lunes, 22 de julio de 2013

Y el vano amor por estas cabezas al desnudo, inclinadas, numeradas

SEAMUS HEANEY

(Condado de Derry, Irlanda del Norte, 1939)

Viendo visiones
I

Inishbofin un domingo por la mañana.
Luz del sol, turba humeante, gaviotas, embarcadero, diesel.
Uno por uno, nos hicieron descender
Hasta un barco que, asustadizo, se sumía
Y vacilaba y vacilaba. Nos sentamos pegaditos
En bancas cortas cruzadas, de dos en dos y tres en tres,
Nerviosos, dóciles, en cercanía reciente; nadie hablaba
Más que los barqueros, conforme se hundían las bordas
Amenazando con zarpar de un momento a otro.
El mar estaba en gran calma, y aun así,
Cuando la fuerza del motor hizo al barquero
Ladearse en busca de equilibrio y tomar la caña del timón,
Me horrorizó la rápida respuesta y pesadez
De la propia embarcación. La falta de garantía
—Ese fluir y flotar y navegar—
Me mantuvo agonizante. Todo el tiempo,
Al ir surcando llanamente por las aguas
Profundas, quietas, visibles a fondo,
Era como si estuviese mirando desde otro barco,
Surcando por los aires, allá arriba, percatándome
De la amplitud del viaje en la luz de la mañana,
Y el vano amor por estas cabezas al desnudo, inclinadas,
     numeradas.
**
II

Claritas. La palabra latina de ojo seco
Es perfecta para la piedra labrada del agua
Donde Jesús se yergue sobre sus rodillas secas
Y Juan el Bautista le derrama aún más agua
Sobre la cabeza: todo esto, bajo el brillo solar
Que baña la fachada de una catedral. Líneas
Fuertes y delicadas y sinuosas representan
El caudal del río. Abajo, entre esas líneas,
Pececillos traviesos en movimiento. Nada más.
Sin embargo, con todo y esa visibilidad cabal,
Bulle en la piedra la vida de lo invisible:
Hierbas flotantes, granos de arena en carrera,
La ensombrecida corriente sin sombra.
El calor ondeó por los escalones toda la tarde
Y el aire que, de pie, teníamos enfrente, ondeaba
Por la vida como aquel jeroglífico zigzagueante.
**
III

Érase una vez que mi padre, sin ahogarse,
Llegó caminando hasta el patio. Había ido
A regar papas en un terreno a las márgenes del río,
Y no quiso llevarme. Según él, el rociador
Era demasiado grande y moderno, el desinfectante
Me haría daño a los ojos, el caballo estaba fresco,
Yo podría espantarlo, y demás. Me puse a arrojarle
Piedras a un pájaro desde el tejado del cobertizo,
Más que nada por el ruido que hacían al caer.
Pero cuando regresó, yo estaba adentro de la casa
Y lo vi por la ventana, los ojos desorbitados
Y llenos de temor, qué raro se veía sin su sombrero.
Perdido el rumbo; su espectralidad, inmanente.
Al dar la vuelta por las márgenes del río,
El caballo, aturdido, se había encabritado
Arrojando carreta, rociador, todo fuera de equilibrio,
Así que el aparejo entero cayó en un profundo
Remolino, cascos, cadenas, ejes, ruedas, barril
Y enseres, todo desplomábase del mundo,
Mientras el sombrero, feliz, se deslizaba ya
Por las corrientes más tranquilas. Esa tarde
Lo miré a los ojos, vino a mí desde aquel río,
Con las plantas húmedas,
Y no hubo nada entre ambos ahí que no pudiera
Seguir siendo feliz para siempre jamás.
***
El ermitaño

Rondando, a punto de desbrozar terrenos
donde la navaja de la elección
no había otorgado ni un ápice de afecto,

era como una reja de arado
enterrada para dar sostén a todo el campo
de fuerzas, desde la curva tensa

del cuello del caballo en alto
hasta el propósito firme
entre codos y muñecas;

mientras más brutales el impulso
y el jalón, más profunda y apacible
la obra refrescante.
**
Traducción: Pura López Colomé

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char