sábado, 3 de diciembre de 2011

Lloraba porque las tardes eran cálidas y largas

FRANCIS SCOTT FITZGERALD 
(EE.UU., 1896-1940)
Fragmentos


BABILONIA REVISITADA

"Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero lo tranquilizó una caminata por la Rue Bonaparte hasta los muelles, y cuando cruzaba el Sena, fresco y nuevo bajo los focos del muelle, se sintió alborozado. Pero, de regreso en su habitación, no pudo dormir. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a quien amaba tanto, hasta que tan insensatamente comenzaron a abusar del amor, a hacerlo jirones. Esa terrible noche de febrero, que Marion recordaba en forma tan vívida, hacía horas que se desarrollaba una lenta riña. Hubo una escena en el Florida, y luego él intentó llevarla a casa, y después ella besó al joven Webb, que se encontraba sentado a una mesa; luego vino lo que Helen dijo histéricamente. Cuando Charlie llegó a su casa, solo, hizo girar la llave en la cerradura, loco de ira. ¿Cómo podía saber que Helen regresaría una hora más tarde, también sola, y que habría una tormenta de nieve por la cual vagaría con zapatos livianos, demasiado confundida para tomar un taxi? Y luego la secuela, su salvación de la pulmonía por un milagro, y todos los horrores concomitantes. Se "reconciliaron", pero ese fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con los propios ojos y que imaginó que se trataba de una de tantas escenas en el martirio de su hermana, jamás lo olvidó.
El recordar todo aquello hacía que Helen estuviera más cerca, y en la blanca luz suave que se insinúa en el semisueño próximo a la madrugada, se sorprendió conversando otra vez con ella. Helen le decía que tenía perfecta razón en lo relacionado con Honoria, y que quería que ésta estuviera con él. Le dijo que se alegraba que se portara bien y progresara. Dijo muchas otras cosas, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, con un vestido blanco, y se columpiaba cada vez más velozmente, de manera que al final él no logró escuchar con claridad lo que le decía."
***
“The Great Gatsby” 

“Por un fascinado instante, tan transitorio como maravilloso, el hombre debió haber contendido la respiración ante este cotinente, obligado a una estética contemplación que no entendía ni deseaba, frente a frente, por última vez en la historia, a algo proporcional a su capacidad de asombro… Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros… Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos más de prisa, abriremos los brazos, y… buen día… Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.”
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"Absolución" 

Érase una vez un sacerdote de ojos fríos y húmedos que, en el silencio de la noche, derramaba frías lágrimas. Lloraba porque las tardes eran cálidas y largas y era incapaz de conseguir una absoluta unión mística con Nuestro Señor. A veces, hacia las cuatro, bajo su ventana, se oía un rumor de chicas suecas en el sendero, y en sus risas estridentes descubría una terrible disonancia que lo empujaba a rezar en voz alta para que cayera pronto la tarde. Al atardecer las risas y las voces se apaciguaban, pero más de una vez había pasado por la tienda de Romberg cuando ya era casi de noche y las luces amarillas brillaban en el interior y resplandecían los grifos de níquel del agua de Seltz, y el perfume en el aire del jabón de tocador barato le había parecido desesperadamente dulce. Pasaba por allí cuando volvía de confesar a los fieles los sábados por la tarde, hasta que tomó la precaución de cruzar a la otra acera de la calle, para que el perfume del jabón se disolviera en el aire, flotando como incienso hacia la luna de verano, antes de llegarle a la nariz."
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char