lunes, 21 de diciembre de 2009

Siento, luego pienso


Un poemazo, en todo sentido,
de JUAN CARLOS MOISÉS

(Sarmiento, Chubut, 1954)

EL DAMASCO


Antes de que ocurriera
yo no sabía nada.
Raúl Gustavo Aguirre
(“Señales de vida”)


En estos primeros días de otoño
el damasco sigue siendo un damasco,
flaco de aspecto pero fiel
a su carácter,
con unas pocas hojas
aferradas de las uñitas
que demoran el desprendimiento.
Da una especie de lástima.

Si lo comparamos con el plano
de la pared del fondo,
con los ladrillos parejos
quemados a fuego, chamuscados,
superpuestos en hilera rigurosa,
esas ramas desiguales modifican
las cosas dispuestas de antemano,
lo uno y lo otro, el fondo y el objeto
de lo que enfoca la mirada.

La perrita, que llamamos Nube
por las manchas claras de color
en su pelo, no es parte del damasco
pero se involucra como si lo fuera,
y hasta se diría que espera el clic
que no espera el damasco
de quien lo mira.
Nubes siguen siendo también
las que miran desde arriba,
prendidas a lo que trepa.
Las ramas se desprenden
de los gajos
como si quisieran ser parte
de otro árbol, pero no tardan en volver
para poner las cosas otra vez en su lugar:
la rama, donde hubo rama,
la hoja, donde hubo hoja.

Árbol movedizo por donde se lo mire,
nunca es el mismo.
Su forma es informal, para decirlo
de otro modo.
El movimiento
engaña en su dirección,
las ramas insinúan que se tuercen
cada una para su lado.
Creemos que la estructura va a desmembrarse
y que después de un instante
nos quedaremos sin árbol ante los ojos.
Esto no es así, el damasco produce
una especie de pataleo impreciso,
un fluir de ramas gruesas y delgadas,
y poco importa en verdad
al cabo de un momento
la magnitud del camino,
ancho o angosto, recto o sinuoso,
porque la forma se las arregla
para descartar lo que parece
y quedarse con lo que es.

Si miramos tras los racimos
de hojas, se deja ver el cuerpo,
las costillas del condenado.
Quedó indefenso, pero no dudó
cuando la oleada de humo
de la fogata de hojas secas
que se elevaba en el patio del vecino
hizo un giro en remolino
y lo envolvió, ni le hizo mella
que en un momento de confusión
se hiciera lo que parecía
la noche anticipada.

La noción de tiempo
es a nosotros que confunde.
Todo pasó y el desafío del árbol
provoca una nueva irrupción
de la realidad en los sentidos.
Que asimismo los sentidos
son provocativos con la realidad
es lo que incomoda, pero no al damasco.
El énfasis de su aspecto
se presta a una definición incierta.
Llama la atención por lo que calla
y rehúye, pero sin bajar los brazos.
Marca su territorio con sólo estirar
el pescuezo; de animal tiene lo suyo
como nosotros de árbol.
Su trazo es delgado y es vago como el vuelo
de una mariposa con las alas asimétricas
que no encuentra el rumbo ni acierta
con el ritmo de su desplazamiento.

Algo desentendido hay allá arriba
que produce entredichos.
Un color último se manifiesta
en diversos tonos que se extravían
y no tienen continuidad,
pero aun lo breve se debate
con crispada tensión.
El efecto de la luz en esa variedad
de detalles descompone la forma
y los espacios ocupados hacen olvidar
los vacíos que envuelven al árbol.
Miramos dramáticamente,
obligados como estamos a definir
esa cosa viva llena de padecimiento.
Y mientras una rama se ha desnudado
toda a lo largo, otra permanece unida
a sus hojas, distraída,
ajena a las modificaciones
que se van sucediendo sin que nada
podamos hacer para alterar
el libreto de su tragedia.
Salvo que como el gato
tuviera seis vidas más para arriesgar
en un juego que, lo sabe,
no tiene los naipes marcados.

No es comedia, como quisiéramos.
El caso es que lo sabemos,
como sabemos que nuestras manos
son incapaces de resolver
el cálculo de posibilidades
de un destino inseguro.
Apenas somos mirada y voluntad
para las intenciones que calla.
Lo mínimo fluye ahora,
mientras vamos apresando
al damasco que hay en el damasco,
como un modelo bajo la pincelada
que tantea el vacío.

No hay manera de escaparles
a las definiciones.
Por lo bajo el árbol se ríe
de lo que pienso de él,
porque sabe quién soy,
y el crédito que no me da
es la duda que ahora le devuelvo.
Nunca está todo dicho, aun
entre viejos amigos
que en medio de la verdad
se quieren y necesitan sin condiciones,
porque uno justifica al otro
y la diferencia lo complementa.

El damasco no es lo que fue
ni es lo que será,
y todo eso, sin embargo, es
un continuo que no pifia
pero engatusa.
Mirándolo me miro a la cara
para interrogarme, para saber
si es posible un pensamiento
sin abolladuras.
Siento, luego pienso, es
lo que digo, lo que creo que digo,
o lo que debería decir.
Estoy dispuesto a caer en su trampa.

De tanto mirarlo vemos que muestra,
esquivo y mordaz, lo más obvio y conocido.
No porque esquive las preguntas
se presta a una confusión inútil.
Su certeza puede más
que nuestra desconfianza.
El árbol no quiere darse
por enterado de lo que silbo.
Pronto mi cuerpo se abatata en el encuentro.

Si aflojar las piernas
fuera algo más que una ilusión,
le haría bien caminar
un poco por ahí, como nosotros;
tanta tierra por delante
lo mantendría ocupado
y no se pondría a pensar
en problemas de difícil solución.

Por momentos se me hace
que anda
con el cuchillo bajo el poncho,
como si nadie lo supiera.
Lo que todavía no sabemos
es cómo se reparte
la muerte en su corazón
ni qué sentimiento bombea primero
al resto del diseño, porque semeja
vivir sin preocupación como una boca
sin palabras.
Eso que llamamos damasco
permanece en apariencia
cerrado, ensimismándose, ajeno
a lo que pasa.
Sin embargo, el otoño
se ha ensañado con el árbol
en este breve día de mayo.

Lo que se había elevado
cae sin peso, sin remordimiento.
Ahora esas hojas miran desde abajo.

Llega el frío y pueden imaginarlo:
cambia su aspecto pero no su orgullo.
De pie y a menos de dos metros
de distancia, busco mis manos al final
de mis brazos abiertos.
La vecindad me devuelve
restos del verano: pétalos oscuros,
hojas secas, carozos descarnados,
macerados por acumulación.

Hasta no hace mucho el damasco despedía
aromas fragantes, y ahora,
cuando una ráfaga anticipa la lluvia,
se dobla con un quejido.
Los arrebatos del viento lo modifican
previendo un final.
Los ojos que miran
se adelantan en el dolor.
Esos golpes bruscos lo deshojan casi
completamente, la humedad que lo cubre
queda a la vista, oscurecida,
pero la luz ha surgido
de algunas hojas como un cosquilleo
que despierta la curiosidad
de quien se ve envuelto en su misma red.

Las hojas que se volvieron negras
tiran de las más claras;
saturada está la base, el tronco
donde nace, y fragmentaria su copa,
su parte de cielo que se mueve en abanico,
sin quejarse pero con chuchos.
Nos olvidamos de aquel aspecto
y la atención nos lleva
a la parte superior
donde las formas precarias
dibujan nuestro acertijo.

Las hojas de arriba se pierden primero,
algunas comienzan a mostrar agujeros
como si la materia tendiera a romperse
por tensión de sus partes individuales;
muestran perforaciones con signos
evidentes de que tarde o temprano
algo se degrada,
a la vez que otras pocas hojas permanecen
indiferentes, ajenas a cualquier posible
modificación, y esto es engaño
también, y es astucia.
Lo inevitable
termina por suceder.
¿Pero qué es lo inevitable?
¿Es ir de lleno hacia la nada
sin recorrer el camino?
Buscamos alguna posibilidad
para el damasco mientras padecemos
un estremecimiento: el árbol
reflejado en nuestros actos.

La única esperanza es que todas
las respuestas puedan ser saciadas
no bien traspuesto el invierno.
¿Pero qué es todas?
¿Y cuáles las respuestas?
En nuestra duda se hace fuerte el damasco.

Piel de gallina en nuestros brazos;
es el frío del invierno anticipado
que hace el efecto por sorpresa.
La forma se desnuda; inocencia
es lo que no puede esconder.
El damasco también está hecho
de palabras, y las palabras
de tiempo.
Todo eso sigue ahí, cerca,
en el jardín, próximo a la ventana
mostrando las hilachas.
Hilachas, no pinceladas.
Podría pasar por una acuarela;
recuerda a las acuarelas
de Pompei Romanov, un artista ruso
y "real" que supo vivir sus últimos años
pintando como un impresionista
tardío en medio de las chacras,
árboles, pastos, aguadas,
de esta tierra perdida.

También podría ser un dibujo
con unas rayas hechas a cuchillo
en el papel, tiradas a ciegas para hacer
notar el efecto de la casualidad
antes que de la furia.
Pero no es casual ni hay abstracción
en su lucha personal, osada y pendenciera.
Es una nueva posibilidad
para el damasco.
No sé
si esos intentos lo tranquilizan
o lo ilusionan; lo que conmueve
es la audacia de su naturaleza.

Y si lo real es posible en esa forma
que asume su revés, podremos glosar
pantomimas antes que palabras
sin que le haga mella
el resultado.
Imitarlo, parodiarlo, padecerlo
o reírnos con él de lo que somos.
Contar su historia en la nuestra
y la nuestra en la de él.
Ser eso de lo que hablamos.

Cada posibilidad se suma para que avance
la idea sobre la cosa, la envoltura
o la falta de ella,
en esa humanidad increpada.
Vuelve a hacer lo suyo la memoria
por un instante: pienso en los frutos
que dio en el verano
contra los cuales se ensañaron
los pájaros cada mañana,
en especial chingolos y zorzales.
Aquellos frutos, dulces y jugosos,
tuvieron su momento;
las huellas de esa violencia
pueden verse en unos pocos
carozos acribillados que todavía cuelgan,
secos, aferrados a las ramas.
Lo que salvamos
se encuentra en la despensa:
unos frascos de mermelada
que hicimos cocinando
la pulpa azucarada a fuego lento
sobre la hornalla y revolviendo
con la cuchara de madera
hasta el punto que indicaba la receta
casera que nos dio mi abuela María
en su cocina de la chacra
cuando la visitamos el último verano
mientras nos hablaba
de su infancia española.
No le temblaban las manos curtidas
cuando refirió detalles de su padre
deportado por causas políticas
a España, en el '35.

De estas cosas también se hace un árbol.

Lo que fue en el damasco
vuelve a ser un desafío sin condiciones,
lejos de un aire veraniego
que sigue en contacto
con el paladar y la lengua.
No hay acto fallido para los sentidos.
Muchas cosas se han ido sumando:
la tierra oscura, las hojas alrededor,
opacas y dispersas, y una vereda,
a su derecha, que refleja una parte
de cielo.
Reflejo de reflejos,
así vamos de cabeza hacia el árbol real.

Sólo en lo alto de esas ramitas
desgraciadas la luz permanece
apiadándose por un momento.
La oscuridad empareja las formas,
las últimas hojas comienzan a definirse
con gruesa imprecisión.
El damasco se hunde en la noche
como si se alejara de nosotros;
diría que nos arrastra con él.
Raro: ninguna queja en el dolor.
Nos tiene agarrados.
Es un escarmiento moral
para los que esperamos algo
de las palabras.

Sabemos que todavía permanece
porque un contorno sugerido,
un arco leve se curva de arriba abajo.
Un pedazo de copa, de rama separada
y de hojas solas se desdibujan en el cielo
donde hay menos oscuridad que al ras
de la tierra, donde de algún modo
la realidad se ha ido
o se ha borrado; sólo
por el movimiento de esas hojas
-que pudieran ser otra cosa-
sabemos que algo todavía queda.
Lo que muere se resiste un poco,
nada más, y el damasco, el pequeño
frutal plantado en los fondos
del patio, dice y no dice
que no quiere saber nada con la nada.
***
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
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No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char