El mundo incompleto
martes, 21 de mayo de 2013
¿Jamás sabremos nunca?
RODOLFO ENRIQUE FOGWILL
(Buenos Aires, Argentina, 1941-2010)
MÍNIMA VOZ
El hueco de una sombra
se ahonda
y grave, crece
como la voz, que crece
y grave, cree
su oración
a nada.
***
sobre el instante
clic
de la luz
del intervalo
que revela
su oscuridad.
***
PREGUNTAS
Allí en la sílaba que se despierta:
aquí, detrás, delante-antes de mi pasado
¿dónde estaré en la voz?
¿dónde preguntas "dónde estaré en la voz"?
¿dónde vos, material?
¿dónde la voz?
¿y qué la voz?
¿y qué la flotación del mundo?
***
¿Jamás sabremos nunca?
¿nunca más
intentaremos responder?
¿y nadaremos siempre
en nuestro todo
sin saber nada
sin poder nada
sin querer nada
puro nadar,
nosotros?
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RODOLFO ENRIQUE FOGWILL
lunes, 20 de mayo de 2013
La alegría de mis semejantes los perros
ELBA FÁBREGAS
| De Historias de pájaros. Javier Villafañe. Ilustraciones: Elba Fábregas |
(Buenos Aires, Argentina, 1918-1984)
Tengo el cuerpo en otro lado,
piedra en el seso,
armas en la nuca.
La médula tirita, tiempo acanalado.
Este agujero como el sol sobre el fondo de la carne.
Lluvia en el pecho.
Igual a la locura:
se llega solo a todas partes
y ni la propia sangre se conmueve.
***
La alegría del ahorcado
quiero para mí.
La alegría de estar solos entre todos
quiero para mí.
La alegría de la boca llorando,
masticando,
lamiendo,
gritando,
hablando,
cantando
y todo lo que haga la boca
quiero para mí.
La alegría de mis semejantes los perros
quiero para mí.
La alegría de la locura
quiero para mí.
La alegría de los granos en la espalda,
la alegría del cuerpo sobre el colchón,
la alegría del hijo de cualquier hombre
quiero para mí.
La alegría de las manos en descanso
o rompiéndose contra la piedra
quiero para mí.
Que se pudran los que no me comprendan.
Amén.
de Piedra demente,
Ed. Libros de Tierra Firme, 1987; y en Los Villafañe – Poesía familiar.
Ed. Colihue, 2012.
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domingo, 19 de mayo de 2013
Las vacas también ceden su lastre a la tierra
VALERIA TENTONI
(Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1985)
Tambo
Que cuando era chica
mi mamá me llevaba al campo
me ponía
botas de plástico Pampero
para que los yuyos no me raspen
-ahora supongo que apenas lastimarían mis tobillos
pero entonces
podían arrancarme un ojo-
y sobre todo
porque estaba lleno de bosta,
-como brillantina de caracol
las vacas también ceden su lastre
a la tierra-
y porque la cuestión no era esquivar
la mierda.
La cuestión
era pisar la mierda sin mancharse la ropa.
***
Cartografía
La madre es los bordes del hijo.
Afuera hay un país limítrofe.
El hijo conquista la frontera
y reconoce el mundo
a fuerza de batallar
contra el cuerpo
contra la patria que es
su propia madre.
El primer llanto no es otra cosa
que un grito de guerra.
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VALERIA TENTONI
sábado, 18 de mayo de 2013
La playa que antes de abandonar el sol ilumina
GUILLERMO SUCRE
(Tumeremo, estado Bolívar, Venezuela, 1933)
In-
flexiones de la palabra: hacen de uno muchos objetos
sin tocarlos sin gastarlos: no los palpan
re-
flexiones del cuerpo: escritura del universo
un objeto que no sea sensación
una memoria que no sea recuerdo
vaciar el sentido
lenguaje: reloj de arena
lo demás es lo viciado: lo pleno
de sentido de poder
palabras que no nuestras que no poseemos
de repente al apenas decirlas ya nos poseen
el mundo es una dicción que no nos es dado
pausar pautar sino con el cuerpo
***
Las palabras tienen que seguir siendo lo que son
lo que siempre han dejado de ser
no hay dos lenguajes: la misma palabra que habla
es la misma que calla
pero hay dos silencios: la misma palabra que calla
no es la misma que habla
cada palabra desplaza a otra que nunca logramos
decir.
***
Los que piensan que les ha llegado la hora
Los que piensan que les ha llegado la hora
y se aprestan para asumir su destino
los que saben que siempre llegan a deshora
contra todo destino
los que escriben para sobresalir
no para encontrar la salida ¿Hay salida?
los que sólo viven para poner la vida en palabras
los que escriben para poner la palabra en la vida
los que lo coleccionan todo para sentirse perdurables
los que han contemplado una sola vez la belleza
y ya ello les depara una riqueza un desamparo
para siempre
***
De SERPIENTE BREVE
en ro(s)cas de cristal serpiente breve
g.
NOCHES BLANCAS
soñamos con las noches de San Petersburgo
y nos despertamos en Pittsburgo
EL OTRO AMANECER
el día dice que sí
porque la noche es
perdurable
IL PENSIEROSO
si de verdad existimos
por qué nos creemos ilusorios
RECUENTO
tu rabia minuciosa no es
como tu espléndida tristeza
***
HAY LA CABEZA QUE NACE EN EL ESPEJO PULIDA POR
el pensamiento
aparece como la música que regresa después de
un largo olvido
la luz que la dibuja desvela la noche de donde
emerge
remota como el pájaro que late en nuestras
manos
la piel quemada por las cicatrices de la
intemperie
es la cabeza amada que yace en los acantilados
al fondo de los años
la sal se destroza y se dispersa en su pelo
la playa que antes de abandonar el sol ilumina
se despeja en su frente
sus ojos fijan la fría fulguración de quien
despierta en medio del sueño
y ya no reconoce el mundo.
la vida no es avara ni para preservarla
hay que saber también arriesgarla
como en el amor: más fuerte cuando más lo alimenta
el desamor
más vívido cuando nace y se extingue cada día
***
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Venezuela
viernes, 17 de mayo de 2013
Ni lo quiero probar ni lo concedo
FRANCISCO GÓMEZ DE QUEVEDO Y
SANTIBÁÑEZ VILLEGAS
(Madrid, España, 1580-Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, íd, 1645)
OJO DE CULO ES EVIDENTE (608)
Que tiene ojo de culo es evidente,
y manojo de llaves, tu sol rojo,
y que tiene por niña en aquel ojo
atezado mojón duro y caliente.
Tendrá legañas necesariamente
la pestaña erizada como abrojo,
y guiñará, con lo amarillo y flojo,
todas las veces que a pujar se siente.
¿Tendrá mejor metal de voz su pedo
que el de la mal vestida mallorquina?
Ni lo quiero probar ni lo concedo.
***
SI ERES CAMPANA, ¿DÓNDE ESTÁ EL BADAJO? (516)
Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;
si pirámide andante, vete a Egito;
si peonza al revés, trae sobrescrito;
si pan de azúcar, en Motril te encajo.
Si chapitel, ¿qué haces acá abajo?
Si de diciplinante mal contrito
eres el cucurucho y el delito,
llámente los cipreses arrendajo.
Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?
Si cubilete, saca el testimonio;
si eres coroza, encájate en las viejas.
Si büida visión de San Antonio,
llámate doña Embudo con guedejas;
si mujer, da esas faldas al demonio.
Su mierda es mierda, y su orina, orina:
sólo que ésta es verdad, y esotra, enredo,
y estánme encareciendo la letrina.
***
PUTO ES EL HOMBRE QUE DE PUTAS FÍA (600)
DESENGAÑO DE LAS MUJERES
Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado,
si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.
jueves, 16 de mayo de 2013
La imagen previa al poema puede estar quieta o en movimiento
JUAN CARLOS MOISÉS
(Sarmiento, Chubut, 1954)
Una lucha desigual con las palabras
1
Escribir es devolver golpe por golpe en una lucha desigual con las palabras.
2
Toda escritura se puede leer también como un libro de viajes.
3
La primera sensación es que las palabras nos pertenecen.
Pero la realidad puede ser otra: que somos nosotros quienes pertenecemos a las palabras.
4
Escribo lo que no sé. Lo escribo como si lo supiera.
5
No escribo porque lo sé. Lo sé porque lo escribo.
6
En poesía, las ideas no se conciben sino con palabras.
7
Auden: “La poesía no hace que ocurran cosas”.
La poesía ocurre en las cosas y las cosas en la poesía.
8
Un escritor debería tener un “atrapatodo” para escribir.
9
Cosismo. El efecto de las cosas en las personas.
10
Las cosas, su presencia: cosismo.
11
Escribir un poema sin palabras. Escribir palabras sin poesía.
No escribir ni palabras ni poesía. Pero escribir.
12
Escribir en el agua una poesía de tierra. Escribir en el agua, con tierra.
Escribir como si el agua fuera tierra. Escribir en la tierra, con nuestros propios pasos.
13
Si no hubiera más alternativa, escribir con pasos en el aire,
con pasos en el agua, hasta que la escritura se haga visible.
14
Escribir en la arena de la playa el sentido de lo duradero. Escribir en la roca
el sentido de lo pasajero.
15
Escribir solamente lo que se ignora. Y sobre todo, escribir ignorando lo que se conoce.
16
Escribir con la mano que le han cortado al ladrón.
17
Escribir con los ojos. Escribir en los ojos. Llegado el caso,
escribir como si no tuviéramos ojos.
O bien, escribir sobre los ojos como si no existieran las palabras
18
Irnos del poema, como si pudiéramos irnos, o como si no hubiera poema.
19
Escribir, para estar acompañado. Escribir, para saber que no hay compañía.
20
Olvidar las palabras en el camino, y ya no poder volver atrás a buscarlas.
21
Perder las palabras y que las encuentren otros.
22
Escribir porque sí y escribir porque no. Pero escribir.
23
Escribir una sola palabra, una sola que valga la pena.
Escribir esa palabra con todas las palabras a disposición.
24
Cuando alguien escribe lo que se cuenta, lo que cuenta es lo que se escribe.
25
Escribo sobre la imposibilidad de escribir; escribo con la excusa de que no
puedo escribir. Para que esta forma de escritura no sea un fin en sí mismo,
grito lo que escribo. Grito con todas mis fuerzas. Sólo me oye mi perro.
26
Escribir un poema es aprender a hablar de nuevo.
27
Más de una vez he tenido que irme de la poesía. La negué (tres veces, como Pedro a Jesús),
la rechacé, la olvidé, la reduje a nada.
Pero siempre he vuelto, rendido, y caí a sus pies, como se hace con un amor verdadero.
28
Suele pensarse que el poema esconde palabras de utilería, y que lo visible,
lo que muestra, es la imagen acabada y pulida de esas palabras desechadas en el camino.
Si los diéramos vuelta del revés, esos signos provisorios también deberían ser el poema.
Sería bueno hacerles esa jugada —ponerlas en igualdad de condiciones que las otras—
para que no se escondan detrás del poema sin dar la cara.
29
En la intención real de esta mano que escribe
hay un movimiento elástico por hacer (salto mortal, sin red);
y aunque no siempre alcanzar lo otro es conocer su realidad,
hago lo que debo: dispongo las palabras en la línea, como acróbatas,
para tocar desde lejos a quienes no veo ni puedo oír.
30
Las palabras son impacientes. Pensemos, pensémonos, dicen ellas,
y que nos piensen, que no ahorren pensar los pensamientos.
31
Sobre este paisaje estepario. La primera impresión es que las pampas altas
nos provocan una conmovedora inquietud.
La segunda es saber si nuestra presencia les produce alguna inquietud a las pampas altas.
32
Carver: "La buena narrativa es, en parte, la transmisión de un mundo a otro".
En poesía deberíamos hablar de transmisión de sentido.
Y esta otra: "Una línea de referencia que va del mundo real al mundo de ficción".
Son dos mundos comunicados. Pero el camino no sólo es de ida; también es de vuelta.
33
Dos vidas, como espejos enfrentados, se manifiestan en la persona que escribe.
La primera, en movimiento: la experiencia antes que las palabras.
La segunda, en reposo: el movimiento de las palabras.
34
La imagen previa al poema puede estar quieta o en movimiento,
puede ser clara o confusa. No se trata sólo de verla sino de que sea una presencia,
un estar en uno, como en la tierra las semillas.
**
Tomado de www.tuertorey.com.ar/
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De qué hablo,
JUAN CARLOS MOISÉS
miércoles, 15 de mayo de 2013
Pero una tempestad sopla desde el Paraíso
WALTER BENJAMIN
Seudónimo: Benedix Schönflies, Detlef Holz
(Berlín, Alemania, 1892-Portbou, 1940)
Fragmentos
Crónica de Berlín
El lenguaje ha supuesto inequívocamente que la consciencia no sea un instrumento para explorar el pasado, sino su escenario. Es el medio de lo vivido, como la tierra es el medio en el que las ciudades muertas yacen sepultadas. Quien se trate de acercar a su propio pasado sepultado debe comportarse como un hombre que cava. Eso determina el tono, la actitud de los auténticos recuerdos. Éstos no deben tener miedo a volver una y otra vez sobre uno y el mismo estado de cosas; esparcirlo como se esparce tierra, levantarlos como se levanta la tierra al cavar. Pues los estados de cosas son sólo almacenamiento, capas, que sólo después de la más cuidadosa exploración entregan lo que son los auténticos valores que se esconden en el interior de la tierra: las imágenes que, desprendidas de todo contexto anterior, están situadas como objetos de valor –como escombros o torsos en la galería del coleccionista- en los aposentos de nuestra posterior clarividencia. Y no cabe duda que para emprender excavaciones con éxito se requiere un plan. Pero igual de imprescindible es la prospección cuidadosa de tanteo en la oscura tierra, y aquel que guarde en su escrito únicamente el inventario de los hallazgos sin incluir esta oscura suerte del propio lugar exacto donde los ha encontrado, ése se está privando a sí mismo de lo mejor. La búsqueda desafortunada forma parte de ello tanto como la afortunada, de ahí que el recuerdo no deba avanzar de un modo narrativo, ni menos aún informativo, sino ensayar épica y rapsódicamente, en el sentido estricto de la palabra, su prospección de tanteo en lugares siempre nuevos, indagando en los antiguos mediante capas cada vez más profundas.
Sin duda hay incontables fachadas de la ciudad que están exactamente igual que en mi infancia; pero cuando las miro no me encuentro con mi propia infancia. Con demasiada frecuencia las han rozado mis miradas desde entonces, con demasiada frecuencia han sido decoración y escenario de mis paseos y recados. Y las pocas que constituyen una excepción a esta regla –sobre todo la iglesia de San Mateo en la plaza de San Mateo- quizá sólo lo sean aparentemente. Pues ¿realmente he visto de niño con frecuencia, o he conocido siquiera ese rincón, tan apartado como está? No lo sé. Eso que hoy me dice se lo debe probablemente en su totalidad a la propia arquitectura: a la iglesia con sus dos angulosos tejados a dos vertientes encima de las naves laterales y con el ladrillo amarillo y ocre del que está hecha. Es una idea pasada de moda con la que sucede como con algunos edificios pasados de moda; aunque por supuesto no han sido pequeños con nosotros, aunque tal vez ni siquiera nos conocían cuando éramos niños, sin embargo saben muchas cosas de nuestra infancia y los amamos por ello. Pero yo me encontraría a mí mismo muy cambiado actualmente, a esta edad, si tuviese el valor de cruzar la puerta de cierta casa por la que he pasado de largo miles de veces. Una puerta situada en el Viejo Oeste. Aunque ni ella ni la fachada de su casa le dicen nada ya a mis ojos. Las plantas de los pies seguramente serían las primeras que, una vez cerrada la puerta de la casa detrás de mí, me avisarían de que habían encontrado en mi propio interior la distancia y el número de los ya pisados escalones, de que al entrar en esta pisada escalera que une las plantas del edificio habían encontrado viejos rastros, y si no vuelvo a cruzar el umbral de esa casa es por miedo a que un encuentro con ese interior de la escalera que, en su retiro, ha conservado la capacidad de reconocerme que la fachada ya perdió hace mucho tiempo. Pues ella, con sus cristales de colores, ha permanecido igual, pero en el interior, donde se habita, nada siguió siendo como antes. Monótonos versos llenaban los intervalos de los latidos de nuestros corazones cuando, agotados, hacíamos una pausa en el descansillo que hay entre las plantas. En ellas se reflejaba la luz del atardecer, o bien relampagueaba una ventana de la que una mujer de marrón castaño con una copa salía flotando como la Madonna de Rafael de una hornacina, y mientras los cordones del cartapacio me cortaban en los hombros yo tenía que leer: El trabajo es el adorno del ciudadano, el éxito es la recompensa del esfuerzo. Afuera llovía otra vez. Uno de los cristales de colores estaba abierto, y al ritmo de las gotas se continuaba escaleras arriba.
Nunca me he tumbado en la calle en Berlín. He visto el arrebol del crepúsculo y el de la aurora, pero entre medio estaba cobijado. Sólo saben algo de una ciudad que yo no conozca aquellos para quienes la miseria o el vicio la han convertido en un paisaje por el que vagan desde el anochecer hasta el amanecer. Yo siempre he encontrado un alojamiento, si bien algunas veces era uno tardío y además desconocido que no volvía a ocupar y en el que tampoco estaba solo. Cuando a esas horas tan tardías me detenía bajo un portal, mis piernas se habían enredado en las cuerdas de la calle, y no eran precisamente las manos más limpias las que me liberaban.
Los recuerdos, incluso cuando se extienden en detalles, no siempre representan una autobiografía. Y con toda seguridad esto no lo es, ni siquiera en lo referente a los años de Berlín, que son de los que únicamente aquí se trata. Pues la autobiografía tiene que ver con el tiempo, con el transcurso y con aquello que constituye el constante fluir de la vida. En cambio aquí se trata de un espacio, de momentos y de inconstancia. Pues aunque también aquí aparecen meses y años, lo hacen en la forma que tienen en el momento de la rememoración. Esta extraña forma –llámese fugaz o eterna-, en ningún caso la materia de la que está hecha es la de la vida. Y eso se revela aún menos en el papel que aquí desempeñará mi propia vida que en el de las personas que eran –cuando fuese y quienes fuesen- las más próximas a mí en Berlín. El ambiente de la ciudad que aquí se evoca sólo les permite a ellas una breve y vaga existencia. Se introducen furtivamente en sus paredes como mendigos, emergen fantasmalmente en sus ventanas, para luego desaparecer, husmean por los umbrales igual que un genius loci, y si efectivamente ellas llenan incluso barrios enteros con sus nombres, lo hacen del mismo modo que el nombre de un muerto llena la lápida de su tumba. El Berlín sensato y ruidoso, la ciudad del trabajo y la metrópoli del tráfago, realmente se ha mostrado no menos sino más bien más llena que algunas otras de muertos en los lugares y en los instantes en que da testimonio de esos muertos, y tal vez el oscuro sentido de estos instantes, de estos lugares, sea más que cualquier otra cosa lo que le da a la infancia eso que la hace tan difícil de comprender y al mismo tiempo tan seductoramente atormentadora como los sueños medio olvidados. Pues la niñez, que no conoce ninguna oposición preconcebida, tampoco conoce ninguna sobre la vida. Se muestra tan artificialmente unida (aunque no menos reservada) al reino de los muertos, allí donde éste surge introducido en el de los vivos, que a la propia vida. Es difícil saber hasta dónde es capaz un niño de remontarse; depende de muchas cosas: de la época, del entorno, de la naturaleza y de la educación. Que mi sensibilidad a esa tradición de la ciudad de Berlín que no se deja refundir en unos cuantos datos sobre la redada de Stralau, Fridericus mil ochocientos cuarenta y ocho, es decir, a esa tradición topográfica que representa la unión con los muertos de este suelo, sea limitada, está determinado por el hecho de que las familias de mis padres no fueran nativas de aquí. Esto pone sus límites al recuerdo infantil, y es éste, más que la propia experiencia infantil, la que se expresa a continuación. Pero por donde quiera que discurra este límite, es seguro que la segunda mitad del siglo XIX está a este lado del mismo, y a ella es a la que pertenecen las siguientes imágenes, no en el sentido de imágenes generales sino en el de aquellas que según la teoría de Epicuro se disocian constantemente de las cosas y condicionan nuestra percepción de ellas.
De Escritos Autobiográficos, Alianza. Madrid, 1996
***
Mientras estés trabajando, intenta sustraerte a la medianía de la cotidianeidad. Una quietud a medias, acompañada de ruidos triviales, degrada. En cambio, el acompañamiento de un estudio musical o de un murmullo de voces puede resultar tan significativo para el trabajo como el perceptible silencio de la noche. Si éste agudiza el oído interior, aquél se convierte en la piedra de toque de una dicción cuya plenitud sepulta en sí misma hasta los ruidos excéntricos.
***
La plataforma con los solícitos animales gira casi a ras del suelo. Tiene la altura ideal para soñar que se está volando. Ataca la música, y el niño se aleja, dando tumbos, de su madre. Al principio tiene miedo de abandonarla. Pero luego advierte lo fiel que es a sí mismo. Cual fiel soberano, gobierna desde su trono un mundo que le pertenece. En la tangente, árboles e indígenas hacen calle. De pronto, en algún oriente, reaparece la madre. De la selva virgen surge luego la copa de un árbol tal como el niño la vio hace ya milenios, tal como acaba de verla ahora en el tiovivo. Su animal le tiene afecto: cual mudo Arión va el niño montado en su pez mudo, un toro-Zeus de madera lo rapta como a una Europa inmaculada. Hace ya tiempo que el eterno retorno de todas las cosas se ha vuelto sabiduría infantil, y la vida, una antiquísima embriaguez de dominio con el estruendoso organillo en el centro, cual tesoro de la corona. Al tocar éste más lentamente, el espacio empieza a tartamudear y los árboles, a volver en sí. El tiovivo se convierte en terreno inseguro. Y aparece la madre, ese poste tantas veces abordado, en torno al cual, el niño, al tocar tierra, enrolla la amarra de sus miradas.
***
Quien interroga adivinas para conocer el futuro revela, sin saberlo, un conocimiento íntimo de lo venidero mil veces más preciso que todo cuanto pueda escuchar de boca de ellas. Lo guía más la inercia que la curiosidad, y nada se parece menos a la resignada torpeza con la que asiste a la revelación de su destino que la maniobra veloz y peligrosa con que el valiente afronta el futuro. Pues la presencia de ánimo es la quintaesencia de este futuro; captar exactamente lo que está sucediendo en el lapso de un segundo es más decisivo que conocer con antelación futuros remotísimos. Presagios, presentimientos y señales atraviesan día y noche nuestro organismo como series de ondas. Interpretarlas o utilizarlas, ésta es la cuestión. Ambas cosas son incompatibles. La cobardía y la pereza aconsejan lo primero, la lucidez y la libertad, lo segundo. Pues antes de que una profecía o advertencia semejante se convierta en algo mediatizable, palabra o imagen, ya se habrá extinguido lo mejor de su fuerza, esa fuerza con la que da de lleno en nuestro centro, obligándonos —apenas sabemos cómo— a actuar en función de ella. Si la desatendemos, entonces —y sólo entonces— se descifrará por sí misma. La leemos. Pero ya es demasiado tarde. De ahí que cuando un incendio estalla de improviso o de un cielo despejado llega la noticia de una muerte, surja, en el primer momento de terror mudo, un sentimiento de culpa unido al vago reproche: ¿Acaso no lo sabías ya, en el fondo? La última vez que hablaste del muerto, ¿no tenía ya su nombre una sonoridad distinta en tus labios? Ese ayer-noche cuyo lenguaje sólo ahora entiendes ¿no te hacía acaso señas desde las llamas? Y si se pierde un objeto al que querías ¿no había ya en torno a él —horas, días antes— un halo fatídico de burla o de tristeza? Como los rayos ultravioleta, el recuerdo muestra a cada cual, en el libro de la vida, una escritura que, invisible, iba ya glosando el texto a modo de profecía. Pero no se intercambian impunemente las intenciones ni se confía la vida aún no vivida a cartas, espíritus y estrellas que la disipan y malgastan en un instante para devolvérnosla profanada; no se le escamotea impunemente al cuerpo su poder para medirse con los hados en su propio terreno y salir victorioso. El instante equivale a las Horcas Caudinas bajo las cuales el destino se doblega ante él. Transformar la amenaza del futuro en un ahora pleno, este milagro telepático —el único deseable—, es obra de una presencia de ánimo corpórea. Los tiempos primitivos, en los que un comportamiento semejante formaba parte de la economía doméstica del hombre día a día, le ofrecían en el cuerpo desnudo el instrumento más fiable para la adivinación. La Antigüedad conocía aún la verdadera praxis, y es así como Escipión, al pisar suelo de Cartago, da un traspiés y exclama, abriendo desmesuradamente los brazos, la fórmula de la victoria: Temo te, terra africana! Lo que pudo haber sido signo funesto, imagen de la desgracia, él lo ata corporalmente al instante y se convierte a sí mismo en factótum de su cuerpo. Y es precisamente en esto donde las antiguas prácticas ascéticas del ayuno, la continencia y la vigilia han celebrado, desde siempre, sus mayores triunfos. El día yace cada mañana sobre nuestra cama como una camisa recién lavada; el tejido incomparablemente delicado, incomparablemente denso de un vaticinio limpio, nos sienta como de molde. La dicha de las próximas veinticuatro horas dependerá de que sepamos hacerlo nuestro al despertarnos.
En Dirección única
Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar
***
El Ángel de la Historia
De las Tesis sobre el concepto de Historia. Traducción de Bolívar Echeverría, Ítaca.
| Paul Klee: Agnus novus |
Seudónimo: Benedix Schönflies, Detlef Holz
(Berlín, Alemania, 1892-Portbou, 1940)
Fragmentos
Crónica de Berlín
El lenguaje ha supuesto inequívocamente que la consciencia no sea un instrumento para explorar el pasado, sino su escenario. Es el medio de lo vivido, como la tierra es el medio en el que las ciudades muertas yacen sepultadas. Quien se trate de acercar a su propio pasado sepultado debe comportarse como un hombre que cava. Eso determina el tono, la actitud de los auténticos recuerdos. Éstos no deben tener miedo a volver una y otra vez sobre uno y el mismo estado de cosas; esparcirlo como se esparce tierra, levantarlos como se levanta la tierra al cavar. Pues los estados de cosas son sólo almacenamiento, capas, que sólo después de la más cuidadosa exploración entregan lo que son los auténticos valores que se esconden en el interior de la tierra: las imágenes que, desprendidas de todo contexto anterior, están situadas como objetos de valor –como escombros o torsos en la galería del coleccionista- en los aposentos de nuestra posterior clarividencia. Y no cabe duda que para emprender excavaciones con éxito se requiere un plan. Pero igual de imprescindible es la prospección cuidadosa de tanteo en la oscura tierra, y aquel que guarde en su escrito únicamente el inventario de los hallazgos sin incluir esta oscura suerte del propio lugar exacto donde los ha encontrado, ése se está privando a sí mismo de lo mejor. La búsqueda desafortunada forma parte de ello tanto como la afortunada, de ahí que el recuerdo no deba avanzar de un modo narrativo, ni menos aún informativo, sino ensayar épica y rapsódicamente, en el sentido estricto de la palabra, su prospección de tanteo en lugares siempre nuevos, indagando en los antiguos mediante capas cada vez más profundas.
Sin duda hay incontables fachadas de la ciudad que están exactamente igual que en mi infancia; pero cuando las miro no me encuentro con mi propia infancia. Con demasiada frecuencia las han rozado mis miradas desde entonces, con demasiada frecuencia han sido decoración y escenario de mis paseos y recados. Y las pocas que constituyen una excepción a esta regla –sobre todo la iglesia de San Mateo en la plaza de San Mateo- quizá sólo lo sean aparentemente. Pues ¿realmente he visto de niño con frecuencia, o he conocido siquiera ese rincón, tan apartado como está? No lo sé. Eso que hoy me dice se lo debe probablemente en su totalidad a la propia arquitectura: a la iglesia con sus dos angulosos tejados a dos vertientes encima de las naves laterales y con el ladrillo amarillo y ocre del que está hecha. Es una idea pasada de moda con la que sucede como con algunos edificios pasados de moda; aunque por supuesto no han sido pequeños con nosotros, aunque tal vez ni siquiera nos conocían cuando éramos niños, sin embargo saben muchas cosas de nuestra infancia y los amamos por ello. Pero yo me encontraría a mí mismo muy cambiado actualmente, a esta edad, si tuviese el valor de cruzar la puerta de cierta casa por la que he pasado de largo miles de veces. Una puerta situada en el Viejo Oeste. Aunque ni ella ni la fachada de su casa le dicen nada ya a mis ojos. Las plantas de los pies seguramente serían las primeras que, una vez cerrada la puerta de la casa detrás de mí, me avisarían de que habían encontrado en mi propio interior la distancia y el número de los ya pisados escalones, de que al entrar en esta pisada escalera que une las plantas del edificio habían encontrado viejos rastros, y si no vuelvo a cruzar el umbral de esa casa es por miedo a que un encuentro con ese interior de la escalera que, en su retiro, ha conservado la capacidad de reconocerme que la fachada ya perdió hace mucho tiempo. Pues ella, con sus cristales de colores, ha permanecido igual, pero en el interior, donde se habita, nada siguió siendo como antes. Monótonos versos llenaban los intervalos de los latidos de nuestros corazones cuando, agotados, hacíamos una pausa en el descansillo que hay entre las plantas. En ellas se reflejaba la luz del atardecer, o bien relampagueaba una ventana de la que una mujer de marrón castaño con una copa salía flotando como la Madonna de Rafael de una hornacina, y mientras los cordones del cartapacio me cortaban en los hombros yo tenía que leer: El trabajo es el adorno del ciudadano, el éxito es la recompensa del esfuerzo. Afuera llovía otra vez. Uno de los cristales de colores estaba abierto, y al ritmo de las gotas se continuaba escaleras arriba.
Nunca me he tumbado en la calle en Berlín. He visto el arrebol del crepúsculo y el de la aurora, pero entre medio estaba cobijado. Sólo saben algo de una ciudad que yo no conozca aquellos para quienes la miseria o el vicio la han convertido en un paisaje por el que vagan desde el anochecer hasta el amanecer. Yo siempre he encontrado un alojamiento, si bien algunas veces era uno tardío y además desconocido que no volvía a ocupar y en el que tampoco estaba solo. Cuando a esas horas tan tardías me detenía bajo un portal, mis piernas se habían enredado en las cuerdas de la calle, y no eran precisamente las manos más limpias las que me liberaban.
Los recuerdos, incluso cuando se extienden en detalles, no siempre representan una autobiografía. Y con toda seguridad esto no lo es, ni siquiera en lo referente a los años de Berlín, que son de los que únicamente aquí se trata. Pues la autobiografía tiene que ver con el tiempo, con el transcurso y con aquello que constituye el constante fluir de la vida. En cambio aquí se trata de un espacio, de momentos y de inconstancia. Pues aunque también aquí aparecen meses y años, lo hacen en la forma que tienen en el momento de la rememoración. Esta extraña forma –llámese fugaz o eterna-, en ningún caso la materia de la que está hecha es la de la vida. Y eso se revela aún menos en el papel que aquí desempeñará mi propia vida que en el de las personas que eran –cuando fuese y quienes fuesen- las más próximas a mí en Berlín. El ambiente de la ciudad que aquí se evoca sólo les permite a ellas una breve y vaga existencia. Se introducen furtivamente en sus paredes como mendigos, emergen fantasmalmente en sus ventanas, para luego desaparecer, husmean por los umbrales igual que un genius loci, y si efectivamente ellas llenan incluso barrios enteros con sus nombres, lo hacen del mismo modo que el nombre de un muerto llena la lápida de su tumba. El Berlín sensato y ruidoso, la ciudad del trabajo y la metrópoli del tráfago, realmente se ha mostrado no menos sino más bien más llena que algunas otras de muertos en los lugares y en los instantes en que da testimonio de esos muertos, y tal vez el oscuro sentido de estos instantes, de estos lugares, sea más que cualquier otra cosa lo que le da a la infancia eso que la hace tan difícil de comprender y al mismo tiempo tan seductoramente atormentadora como los sueños medio olvidados. Pues la niñez, que no conoce ninguna oposición preconcebida, tampoco conoce ninguna sobre la vida. Se muestra tan artificialmente unida (aunque no menos reservada) al reino de los muertos, allí donde éste surge introducido en el de los vivos, que a la propia vida. Es difícil saber hasta dónde es capaz un niño de remontarse; depende de muchas cosas: de la época, del entorno, de la naturaleza y de la educación. Que mi sensibilidad a esa tradición de la ciudad de Berlín que no se deja refundir en unos cuantos datos sobre la redada de Stralau, Fridericus mil ochocientos cuarenta y ocho, es decir, a esa tradición topográfica que representa la unión con los muertos de este suelo, sea limitada, está determinado por el hecho de que las familias de mis padres no fueran nativas de aquí. Esto pone sus límites al recuerdo infantil, y es éste, más que la propia experiencia infantil, la que se expresa a continuación. Pero por donde quiera que discurra este límite, es seguro que la segunda mitad del siglo XIX está a este lado del mismo, y a ella es a la que pertenecen las siguientes imágenes, no en el sentido de imágenes generales sino en el de aquellas que según la teoría de Epicuro se disocian constantemente de las cosas y condicionan nuestra percepción de ellas.
De Escritos Autobiográficos, Alianza. Madrid, 1996
***
Mientras estés trabajando, intenta sustraerte a la medianía de la cotidianeidad. Una quietud a medias, acompañada de ruidos triviales, degrada. En cambio, el acompañamiento de un estudio musical o de un murmullo de voces puede resultar tan significativo para el trabajo como el perceptible silencio de la noche. Si éste agudiza el oído interior, aquél se convierte en la piedra de toque de una dicción cuya plenitud sepulta en sí misma hasta los ruidos excéntricos.
***
La plataforma con los solícitos animales gira casi a ras del suelo. Tiene la altura ideal para soñar que se está volando. Ataca la música, y el niño se aleja, dando tumbos, de su madre. Al principio tiene miedo de abandonarla. Pero luego advierte lo fiel que es a sí mismo. Cual fiel soberano, gobierna desde su trono un mundo que le pertenece. En la tangente, árboles e indígenas hacen calle. De pronto, en algún oriente, reaparece la madre. De la selva virgen surge luego la copa de un árbol tal como el niño la vio hace ya milenios, tal como acaba de verla ahora en el tiovivo. Su animal le tiene afecto: cual mudo Arión va el niño montado en su pez mudo, un toro-Zeus de madera lo rapta como a una Europa inmaculada. Hace ya tiempo que el eterno retorno de todas las cosas se ha vuelto sabiduría infantil, y la vida, una antiquísima embriaguez de dominio con el estruendoso organillo en el centro, cual tesoro de la corona. Al tocar éste más lentamente, el espacio empieza a tartamudear y los árboles, a volver en sí. El tiovivo se convierte en terreno inseguro. Y aparece la madre, ese poste tantas veces abordado, en torno al cual, el niño, al tocar tierra, enrolla la amarra de sus miradas.
***
Quien interroga adivinas para conocer el futuro revela, sin saberlo, un conocimiento íntimo de lo venidero mil veces más preciso que todo cuanto pueda escuchar de boca de ellas. Lo guía más la inercia que la curiosidad, y nada se parece menos a la resignada torpeza con la que asiste a la revelación de su destino que la maniobra veloz y peligrosa con que el valiente afronta el futuro. Pues la presencia de ánimo es la quintaesencia de este futuro; captar exactamente lo que está sucediendo en el lapso de un segundo es más decisivo que conocer con antelación futuros remotísimos. Presagios, presentimientos y señales atraviesan día y noche nuestro organismo como series de ondas. Interpretarlas o utilizarlas, ésta es la cuestión. Ambas cosas son incompatibles. La cobardía y la pereza aconsejan lo primero, la lucidez y la libertad, lo segundo. Pues antes de que una profecía o advertencia semejante se convierta en algo mediatizable, palabra o imagen, ya se habrá extinguido lo mejor de su fuerza, esa fuerza con la que da de lleno en nuestro centro, obligándonos —apenas sabemos cómo— a actuar en función de ella. Si la desatendemos, entonces —y sólo entonces— se descifrará por sí misma. La leemos. Pero ya es demasiado tarde. De ahí que cuando un incendio estalla de improviso o de un cielo despejado llega la noticia de una muerte, surja, en el primer momento de terror mudo, un sentimiento de culpa unido al vago reproche: ¿Acaso no lo sabías ya, en el fondo? La última vez que hablaste del muerto, ¿no tenía ya su nombre una sonoridad distinta en tus labios? Ese ayer-noche cuyo lenguaje sólo ahora entiendes ¿no te hacía acaso señas desde las llamas? Y si se pierde un objeto al que querías ¿no había ya en torno a él —horas, días antes— un halo fatídico de burla o de tristeza? Como los rayos ultravioleta, el recuerdo muestra a cada cual, en el libro de la vida, una escritura que, invisible, iba ya glosando el texto a modo de profecía. Pero no se intercambian impunemente las intenciones ni se confía la vida aún no vivida a cartas, espíritus y estrellas que la disipan y malgastan en un instante para devolvérnosla profanada; no se le escamotea impunemente al cuerpo su poder para medirse con los hados en su propio terreno y salir victorioso. El instante equivale a las Horcas Caudinas bajo las cuales el destino se doblega ante él. Transformar la amenaza del futuro en un ahora pleno, este milagro telepático —el único deseable—, es obra de una presencia de ánimo corpórea. Los tiempos primitivos, en los que un comportamiento semejante formaba parte de la economía doméstica del hombre día a día, le ofrecían en el cuerpo desnudo el instrumento más fiable para la adivinación. La Antigüedad conocía aún la verdadera praxis, y es así como Escipión, al pisar suelo de Cartago, da un traspiés y exclama, abriendo desmesuradamente los brazos, la fórmula de la victoria: Temo te, terra africana! Lo que pudo haber sido signo funesto, imagen de la desgracia, él lo ata corporalmente al instante y se convierte a sí mismo en factótum de su cuerpo. Y es precisamente en esto donde las antiguas prácticas ascéticas del ayuno, la continencia y la vigilia han celebrado, desde siempre, sus mayores triunfos. El día yace cada mañana sobre nuestra cama como una camisa recién lavada; el tejido incomparablemente delicado, incomparablemente denso de un vaticinio limpio, nos sienta como de molde. La dicha de las próximas veinticuatro horas dependerá de que sepamos hacerlo nuestro al despertarnos.
En Dirección única
Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar
***
El Ángel de la Historia
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus novus. En él está representado un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que mira atónitamente. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, abierta su boca, las alas tendidas. El ángel de la historia ha de tener ese aspecto. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. En lo que a nosotros nos aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe, que incesantemente apila ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. Bien quisiera demorarse, despertar a los muertos y volver a juntar lo destrozado. Pero una tempestad sopla desde el Paraíso, que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al que vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso.
***
VI
Articular el pasado históricamente no significa descubrir "el modo en que fue" (Ranke) sino apropiarse de la memoria cuando ésta destella en un momento de peligro. El materialismo histórico quiere apropiarse la imagen del pasado que, de repente, se aparece al hombre seleccionado por la historia en un momento de peligro. El peligro afecta tanto al contenido de la tradición como a sus receptores. La misma amenaza pesa sobre ambos: la de convertirse en instrumento de las clases dirigentes. En cada época deben realizarse nuevas tentativas para arrancar a la tradición del conformismo que pretende dominarla. El Mesías no viene sólo como el Redentor: él viene también para derrotar al Anticristo. Sólo aquel historiador que esté firmemente convencido de que hasta los muertos no estarán a salvo si el enemigo gana tendrá el don de alimentar la chispa de esperanza en el pasado. Pero este enemigo no ha dejado de vencer.
Articular el pasado históricamente no significa descubrir "el modo en que fue" (Ranke) sino apropiarse de la memoria cuando ésta destella en un momento de peligro. El materialismo histórico quiere apropiarse la imagen del pasado que, de repente, se aparece al hombre seleccionado por la historia en un momento de peligro. El peligro afecta tanto al contenido de la tradición como a sus receptores. La misma amenaza pesa sobre ambos: la de convertirse en instrumento de las clases dirigentes. En cada época deben realizarse nuevas tentativas para arrancar a la tradición del conformismo que pretende dominarla. El Mesías no viene sólo como el Redentor: él viene también para derrotar al Anticristo. Sólo aquel historiador que esté firmemente convencido de que hasta los muertos no estarán a salvo si el enemigo gana tendrá el don de alimentar la chispa de esperanza en el pasado. Pero este enemigo no ha dejado de vencer.
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De qué hablo,
WALTER BENJAMIN
martes, 14 de mayo de 2013
Aguda espina dorada
ANTONIO MACHADO
(Sevilla, España, 1875-Collioure, Francia, 1939)
YO VOY SOÑANDO CAMINOS
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
“ya no siento el corazón”.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada”.
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OFF THE CANON
lunes, 13 de mayo de 2013
Fragmentos de un arco iris roto
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| Tomada de comerbeberamar.blogspot.com |
TENNESSE WILLIAMS
Thomas Lanier Williams(Columbus, EE. UU., 1911-Nueva York, 1983)
El zoo de cristal
(Fragmentos)
(…)
Tom entra de la callejuela de la izquierda (o de la derecha, si se omite la de la izquierda). Viste indumentaria de marinero de la marina mercante y va despaciosamente por el frente del escenario hacia la escalera de emergencia. (Tom puede inclinarse contra el enrejado de la escalera cuando enciende el cigarrillo.) Allí, se detiene y enciende un cigarrillo. Le habla al público.
TOM: Tengo trucos en el bolsillo —y cosas bajo la manga— pero soy todo lo contrario del prestidigitador común. Éste, les brinda a ustedes una linda ilusión con las apariencias de la verdad. Yo, les doy la verdad con las gratas apariencias de la ilusión. Los llevo a una callejuela de Saint Louis. La época en que transcurre la acción es el lejano período en que la enorme clase media de los Estados Unidos se matriculaba en una escuela para ciegos. Sus ojos les fallaban, o ellos fallaban a sus ojos, y por eso se les oprimía enérgicamente los dedos sobre el feroz alfabeto Braille de una economía en desintegración. En España, había revolución. Aquí, sólo había gritos y confusión y conflictos obreros, a veces violentos, en ciudades por lo demás pacíficas como Cleveland… Chicago… Detroit… Ésa es la atmósfera social en que se desarrolla la acción de esta comedia. Esta comedia son los recuerdos. (Se oye música.) Como es una comedia de recuerdos, hay poca luz, es sentimental, no es realista. En la memoria, todo parece acontecer con música. Ello explica el violín que se oye, entre bastidores. Yo soy el narrador de la comedia y también uno de sus personajes. Los otros son mi madre Amanda, mi hermana Laura y un candidato matrimonial que aparece en las escenas finales. Este es el personaje más realista de la pieza, por ser el emisario de un mundo del cual, en cierto modo, estábamos separados. Pero como tengo la debilidad de un poeta por los símbolos, uso a este personaje como el demorado pero siempre esperado algo por el cual vivimos. Hay un quinto personaje que sólo aparece en una fotografía colgada de la pared. Cuando vean la imagen de este sonriente caballero, sírvanse recordar que es nuestro padre, que nos abandonó hace mucho tiempo. Era un telefonista que se enamoró de la larga distancia: de modo que renunció a su empleo en la compañía telefónica y huyó de la ciudad… La última noticia que tuvimos de él fue una postal de la costa mexicana del Pacífico, con un mensaje de dos palabras:
«¡Hola, adiós!», y sin dirección. Creo que el resto de la comedia se explicará por sí mismo. (Se encienden las luces en el comedor.) (Tom sale por la derecha. Hace mutis por el primer término, se quita su abrigo de marinero y su ajustado gorro tejido y se queda junto a la puerta de la derecha del comedor, esperando el momento de entrar en escena. Se oye la voz de Amanda a través de los cortinajes, esto es, de las cortinas de gasa que separan al comedor de la sala. Amanda y Laura están sentadas junto a una mesa-libro. Amanda ocupa la silla del centro y Laura la de la izquierda. El acto de comer se indica con gestos, sin viandas ni utensilios. Amanda está de frente al público. El interior del comedor, se ha iluminado suavemente y a través de las cortinas de gasa, vemos a Amanda y a Laura sentadas a la mesa en la zona del foro.)
AMANDA: ¿Sabes una cosa, Laura? El domingo pasado, me sucedió algo graciosísimo en la iglesia. El recinto estaba atestado y sólo quedaba libre uno de los primeros bancos y allí se veía apenas a una mujercita. Le sonreí muy dulcemente y le dije: Perdóneme usted… ¿Tendría inconveniente en que yo compartiera este banco? «Sí —me dijo—. Este espacio está alquilado.» ¿Sabes que es la primera vez que oigo decir que el Señor alquila espacio? (Las cortinas de gasa del comedor se descorren automáticamente.) ¡Esos episcopales del Norte! Comprendo a los del Sur, pero a los del Norte, no. (Tom entra en el comedor por la derecha, se desliza hacia la mesa y se sienta a la derecha.) Querido, no empujes la comida con los dedos. Si es forzoso que la empujes con algo, usa una corteza de pan. Debes masticar lo que comes. Los animales tienen en el estómago secreciones que les permiten digerir su comida sin masticarla, pero los seres humanos, antes de tragarla, deben masticarla y masticarla. Oh, come sin prisa. Come sin prisa. Una comida bien preparada tiene muchos sabores delicados que conviene retener en la boca para apreciarlos, y no limitarse a engullirlos. ¡Oh, mastica, mastica, mastica! (A esta altura, la cortina de gasa —si el director decide usarla—, la que sugiere la pared externa, se levanta y no vuelve a bajar hasta el fin de la comedia.) ¿No quieres darles oportunidad de funcionar a tus glándulas salivales?
TOM: Mamá, no he disfrutado de un solo bocado de la cena a causa de tus constantes instrucciones sobre la manera de comerla. Eres tú quien me obliga a comer precipitadamente, con tu atención de gavilán sobre todos mis bocados. Resulta repulsiva… toda esa disertación sobre la secreción de los animales… las glándulas salivales… ¡la masticación!
***
Final de la escena cuarta del acto primero:
AMANDA:
¿Cómo te atreves a arriesgar tu empleo?¿A arriesgar nuestra seguridad? ¿Cómo crees que podemos componérnoslas para…? (Se sienta en la butaca.)
TOM:
Oye, mamá. ¿Crees que estoy loco por la zapatería? ¿Crees que estoy enamorado de la Continental Shoemakers? ¿Crees que quiero pasarme cincuenta y cinco años de mi vida ahí, en ese interior de celotex… con… tubos fluorescentes? ¡Palabra de honor que preferiría tomar una pistola y saltarme los sesos… antes que volver por las mañanas!¡Pero voy!¡Claro, cada día entras gritando ese maldito!:<<¡Levántate y lúcete! ¡Levántate y lúcete!>> ¡Pienso en cuán dichosos son los muertos! Pero me levanto (Se levanta del sofá-cama.) ¡Voy! ¡Por sesenta y cinco dólares mensuales, renuncio a todo lo que sueño con hacer y ser siempre! Y dices que sólo pienso en eso. ¡Oh, Dios mío! Pero, mamá… Si sólo pensara en mí mismo, estaría donde está él… ¡Me habría marchado! (Va a tomar el abrigo, colgado sobre el respaldo de la butaca.) ¡Me habría ido todo lo lejos que me lo permitiera el sistema de transportes! (Amanda se levanta, se le acerca y lo aferra del brazo.) ¡Por favor, no me agarres, mamá!
AMANDA (siguiéndolo):
No te agarro. Quiero saber adónde vas ahora.
TOM (toma el abrigo y se dirige hacia la puerta de la derecha):
¡Voy al cine!
AMANDA:
¡No te creo en esa mentira!
TOM (va hacia Amanda):
¿No? Pues bien: tienes razón. Por una vez en tu vida, tienes razón. No voy al cine. ¡Voy a los fumaderos de opio! Sí, mamá, a los fumaderos de opio, guaridas del vicio y refugio de los criminales. He ingresado en la banda de Hogan. Soy un asesino asalariado. ¡Llevo una pistola ametralladora en un estuche de violín! ¡Poseo una cadena de burdeles en el valle! ¡Me llaman el Asesino, el Asesino Wingfield! En realidad, llevo una doble vida. De día, soy un sencillo y honrado dependiente de zapatería, pero de noche soy un dinámico zar del hampa. ¡Voy a los garitos y derrocho allí una fortuna en la ruleta! Tengo un parche sobre un ojo y un bigote postizo: a veces patillas verdes. En esas ocasiones, me llaman… ¡El Diablo! ¡Oh, podría decirte cosas que te desvelarían! ¡Mis enemigos proyectan dinamitar alguna noche esta vivienda! Y entonces, nos harán volar hasta los cielos. ¡Y cómo me alegraré! ¡Qué feliz me sentiré! Y tú también. Tú volarás muy arriba… cada vez más arriba… ¡por sobre Blue Mountain, cabalgando en una escoba! Con diecisiete candidatos. ¡Vieja bruja charlatana!
***
Monólogo Final
Tom: “Yo no fui a la luna. Fui mucho más lejos. Porque el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares…Me marché de Saint Louis. Bajé por última vez esos peldaños de la escalera de emergencia y seguí, desde entonces, los pasos de mi padre, tratando de hallar en el movimiento lo perdido en el espacio…Viajé mucho por todas partes. Las ciudades pasaban rápidamente ante mí como hojas secas, de brillantes colores pero arrancadas de la rama. Me habría detenido, pero algo me perseguía. Aquello acudía siempre de improviso tomándome de sorpresa. Quizá fuese un pasaje musical familiar. Quizá solo un fragmento de transparente cristal…Quizá me esté paseando por una calle de noche, en alguna ciudad extraña, antes de haber encontrado compañeros y pase junto a la ventana iluminada de una perfumería. La ventana está llena de piezas de cristal de color, de frasquitos transparentes de delicados tonos, que parecen fragmentos de un arco iris roto. Entonces, repentinamente, mi hermana me toca el hombro. Me vuelvo y miro sus ojos… ¡Oh Laura, Laura!… ¡Traté de dejarte atrás, pero soy más fiel de lo que pensaba ser! Tiendo la mano hacia un cigarrillo, cruzo la calle, entro corriendo en un cine o un bar. Pido una copa, hablo con el desconocido más próximo-¡cualquier cosa capaz de apagar tus velas!-¡porque hoy el mundo está iluminado por el relámpago! Apaga de un soplo tus velas, Laura. Y ahí termina mi memoria y comienza vuestra imaginación. ¡De modo que Adiós!…”
de El zoo de cristal
Tennessee Williams
Losada, Buenos Aires, 2006
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TENNESSE WILLIAMS
domingo, 12 de mayo de 2013
La muerte como una mala madre
Blanca Varela
(Perú, 1926 - 2009)
ESTA MAÑANA SOY OTRA
esta mañana soy otra
toda la noche
el viento me dio alas
para caer
la sin sombra
la muerte
como una mala madre
me tocó bajo los ojos
entonces dividida
dando tumbos
de lo oscuro a lo oscuro
giré recién llegada
a la luz de esta línea
en pleno abismo
abriéndose
y cerrándose la línea
sin música
pero llamando
sin voz
pero llamando
sin palabras
llamando
De Concierto Animal (1999).
(Perú, 1926 - 2009)
esta mañana soy otra
toda la noche
el viento me dio alas
para caer
la sin sombra
la muerte
como una mala madre
me tocó bajo los ojos
entonces dividida
dando tumbos
de lo oscuro a lo oscuro
giré recién llegada
a la luz de esta línea
en pleno abismo
abriéndose
y cerrándose la línea
sin música
pero llamando
sin voz
pero llamando
sin palabras
llamando
De Concierto Animal (1999).
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OFF THE CANON,
Perú
sábado, 11 de mayo de 2013
Recuerdo el primer terror al oír el maullido de ladinos amorosos gatos
D.H. LAWRENCE
(David Herbert)
(Eastwood, Nottinghamshire, Inglaterra, 1885-Vence, Francia, 1930)
El deseo está muerto
El deseo puede estar muerto
y aun así un hombre puede ser
el lugar de reunión de la lluvia y el sol,
maravilla que derroca al dolor
como un árbol en invierno.
***
Reptiles: Grito de tortuga
Creí que el macho era mudo,
pensaba que era mudo,
pero le he oído gritar.
Un débil quejido inicial
nacido del insondable amanecer de la vida,
lejano, tan lejano, como una locura, bajo el filo naciente del horizonte.
Un grito lejano, muy lejano.
Tortuga in extremis.
¿Por qué fuimos crucificados en el sexo?
¿Por qué no se nos dejó acabados, terminados en nosotros mismos
tal como empezamos,
como ella seguramente empezó, tan perfectamente sola?
Un grito distante, ¿llegó a oírse?
¿O se oyó directamente en el plasma?
Peor que el llanto del recién nacido,
que un grito,
que una llamada en alta voz
que un alarido,
que un pean,
que una agonía de muerte,
que un grito al nacer,
que una sumisión,
peor es un reptil diminuto y distante, bajo la luz del alba primigenia.
Grito de guerra, triunfo, aguda delicia, grito de muerte de reptil,
¿por qué fue desgarrado el velo,
el sedoso alarido de la rota membrana del alma?
La membrana del alma del macho
desgarrada con un aullido, mitad música, mitad horror.
Crucifixión.
La tortuga macho, encaramada y tensa
como un águila de alas desplegadas, penetra el muro de cloaca de la compacta hembra,
como queriéndose salir del caparazón,
en una desnudez de tortuga,
con su cuello largo y esbelto y sus vulnerables miembros
extendidos, como un águila que abriera sus alas
sobre un tejado,
mientras que el profundo y oculto rabo que todo lo penetra
se curva bajo los muros de la hembra,
y él la abarca tensamente, agarrándose, con la más envolvente
de las angustias y la más inimaginable de las tensiones,
hasta que, inesperadamente, en el espasmo de la unión,
se aparean con un brinco repentino y, ¡oh!,
saca su constreñida cara de su tenso cuello
y emite ese frágil aullido, ese tan perceptible grito,
salido de su rosada y hundida boca de viejo,
liberando así su espíritu.
O gritando en un Pentecostés, que recibiera su espíritu.
Tras el grito y su eco momentáneo,
sobrevino un instante de un silencio eterno,
y sin embargo aún no liberado y, tras esto, el inesperado, estremecedor espasmo de unión, y, repentinamente,
el inexpresivo aullido que acabó por desvanecerse-
y así hasta que el último plasma de mi cuerpo se derritió
en los primigenios rudimentos de la vida y del secreto.
De esta forma, se aparea y emite
una y otra vez ese frágil aullido desgarrado
que sigue a cada convulsión, largo intervalo,
eternidad de la tortuga,
reptiliana persistencia, vieja como el tiempo,
corazón latiente, lento latido, persistente, y así hasta un nuevo espasmo.
Recuerdo, cuando niño,
que oí el grito de una rana, apresada por el anca por una culebra repentinamente erguida;
recuerdo cuando por primera vez oí a los sapos prorrumpir en cantos por la primavera;
recuerdo oír a un ganso salvaje en medio de la garganta de la noche,
gritando estridentemente al otro lado de las aguas;
recuerdo la primera vez que entre arbustos, en la oscuridad, los gritos
punzantes y los gorjeos de la alondra sacudieron las profundidades de mi alma;
recuerdo el grito de un conejo mientras yo cruzaba el bosque a media noche;
recuerdo a la novilla en celo, mugiendo y mugiendo, hora tras hora, persistente e irreprensible;
recuerdo el primer terror al oír el maullido de ladinos amorosos gatos;
recuerdo el grito de un aterrorizado caballo herido, su desgarrador relámpago,
y recuerdo que huí al oír la brega de una parturienta: algo parecido al canto de una lechuza;
y el sonido penetrante del primer balido de un cordero,
o el primer llanto de un niño
y mi madre cantando sola,
y el primer canto tenor de la apasionada garganta de un joven minero muerto, hace ya mucho tiempo, de tanto beber,
y la primera percepción de un habla extraña
en labios oscuros y salvajes.
Y más aún que todo eso,
y menos aún que todo eso,
este último,
extraño, débil lamento de unión
de la tortuga macho, puesta al límite de sí,
diminuta debajo del mismísimo filo del más lejano horizonte de vida.
La Cruz,
la rueda sobre la que nuestro silencio por primera vez se rompe,
el sexo que hace estallar nuestra integridad, nuestra aislada inviolabilidad, nuestro profundo silencio,
Haciéndonos gritar desgarradamente.
El sexo, que nos hace romper en un alarido, que nos hace invocar, a través de lo más profundo, invocar,
llamar al otro, cantar invocando y cantar de nuevo, y ser respondidos, y habemos encontrado.
Desgarrados, para volver a ser uno de nuevo, después de haber buscado largamente lo perdido.
Un mismo grito: el de la tortuga y el de Cristo, el grito de desolación de Osiris,
aquello que es uno y que está desgarrado en pedazos,
dividido, y encuentra su totalidad por todo el universo nuevamente.
[D.H. Lawrence, Poemas, traducción de José María Moreno Carrascal. Renacimiento, Sevilla 1998]
***
Misterio
Soy un enorme
Tazón de besos,
Como el alto
Y delgado cuenco
Llenado en Egipto
Para los excesos de Dios.
Alcé hacia ti
Mi tazón de besos,
Y a través del receso
Azul del templo,
Lloré hacia ti
Con salvajes caricias.
Y hacia mis labios
La pasión deslizó
Un rubor brillante,
Y por mi silueta
Blanca y delgada fluyó
El himno tonante.
De pie frente al altar
Ofrecí el cáliz,
Y lloré hacia el cielo,
Para que te inclines
Y bebas, oh, Señor.
Oh, bebed mi cuerpo,
Que tal vez yo sea
El interior del cuenco,
Como un misterio,
Como el vino inmóvil
En el éxtasis.
Brillantes todavía
En el éxtasis,
Vinos mezclados
De ti y de mí,
En un completo
Y absoluto Misterio.
***
Somos los transmisores
Mientras vivimos somos transmisores de vida.
Y cuando no logramos transmitir vida, la vida
ya no logra fluir a través de nosotros.
Es parte del misterio del sexo, es un flujo que avanza.
Las gentes asexuadas jamás transmiten nada.
Y cuando al trabajar logramos transmitir vida a nuestro trabajo,
la vida, ya más vida, corre a nosotros para compensarnos,
para estar preparada
y ondeamos vivientes a través de los días.
Ya sea una mujer haciendo un pastel de manzana
o un hombre un taburete,
si la vida penetra en el pastel, bueno será el pastel
y bueno el taburete,
contenta estará ella, ondeando de vida fresca,
contento estará él.
Da y te será dado,
ésta es aún la verdad de la vida.
Pero dar vida no es tan fácil.
No significa dispensarla a cualquier necio
ni dejar que los muertos vivientes te devoren.
Significa encender el principio de vida allí donde no estaba,
incluso si es tan sólo en la blancura de un pañuelo recién lavado.
Trad. Jordi Doce
***
Autocompasión
Nunca vi un animal salvaje
Tenerse lástima a sí mismo
Un ave caerá muerta
Congelada desde la copa de un árbol
Sin nunca haber sentido lástima
Por sí misma.
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OFF THE CANON
viernes, 10 de mayo de 2013
Mi corazón está hecho con el patrón de la maquinaria agrícola
| Tomada de poesiasalvaxe.blogspot.com |
(Vilarmao, Brollón, Galicia, 1975)
QUERIDA mamá: estoy aprendiendo a ladrar.
une saison en enfer. repite conmigo Une-Saison-En-Enfer.
mis treinta generaciones analfabetas Yo estoy aprendiendo a ladrar.
marcar un nunca territorio con la epiglotis
como un can como una perra cualquiera
emperrarme hasta volver en mí en can entonces pronuncio
Walt Walt
Walt Whitman mamá.
estoy aprendiendo a ladrar.
me pongo de culo al sol me agarro a una azada e
intento imitar el canto del cuco del cuco de culo al sol entonces
mi garganta se exprime de dolor
y aúllan como nunca los futuros posibles que nos abomban las venas
como un cazo de leche vertiéndose en el fuego.
los ojos de mi amor llevan dentro
el tintineo de los cencerros unocontraotro unocontraotro
de la novena sinfonía de Gustav Mahler
mamá.
y yo te miro a los ojos a los ojitos estás tan cansada
pero yo no y aquí
es el momento de la furia can
escucho con atención la campana de cris
tal de tus sueños incumplidos
como una escultura delicada de Brancusi
de Cons tan tín Brancusi.
una y otra vez el corazón tan grande
como una seta enorme el otoño eres tú auh auh auh loba
aquí me tienes bailando gritando saltando
una maestra gutural un volcancito gutural
como Virginia Woolf como Virginia Woolf como Virginia Woolf.
te miro las manos podría lamerte las cicatrices de las manos
hasta que dieran luz
y curarte las hernias discales con un solo verso alejandrino
con una sílaba de centeno crudo con un oh-là-là y después después
contar una por una tus canas enraizadas en las edades del mundo
tu lengua plantígrada mamá
podría incluso reestructurarte la osamenta
con el implante de una canción anarquista.
a veces siento el dolor sedimentándose
lámina
por
lámina
como la pizarra: es un esguince emocional clavado en la nuca
y para ladrar así a veces es preciso llorar yodo
sajarme las rodillas con una guadaña hasta ver el sol tan cerca
a tres centímetros del iris
mamá
yo tenía que mamar de tu médula
asombrar al mundo cuando te baja la compasión a las caries
y a los pechos
caídos
de cansancio.
para poder ladrar yo tenía que roer durante años
tu alergia al polen a los vilanos de los chopos
tu anemia circulando en sentido inverso por la sangre
tendría que ir contigo a enterrar a tu hermano de veintisiete años y
apretar la mandíbula para no partirme la lengua
con su tuberculosis mamaíta.
sé muy bien que para poder ladrar
tendría que ir contigo a mi infancia
y verme a punto de morir deshidratada
y rogarle a la virgen en la que no crees
que me devolviese a la vida de tres meses y medio
y soldarme en tu regazo para siempre
como una pieza de hierro de tu vientre.
no pienses que no sé que para poder ladrar
tendría que ir contigo a las últimas horas
de la abuela Carmen agarrada a las cuatro puntas de su pañuelo
y a tu bazo.
yo sé muy bien sé todo
que para aprender este ladrido
al fin hicieron falta
mil mujeres lavando sin cesar en el río de Saá
y mil arando y dos mil cosiendo y cinco mil
recogiendo leños y raíces en mitad del monte y Tú
sobre todo tú plantando pinos en una sierra inmensa
desaprendiendo cuanto eres
agujereando tus dudas.
Querida mamá: estoy aprendiendo a ladrar.
alguien me ve abriéndome la mandíbula hasta hendirla y digo ya
ya ladro ouh como el perro no no
como Camille Claudel como Camille Claudel como Camille Claudel
como Camille mamá en el marmol
como Camille
como Walt Whitman Walter Benjamin voy mamá
voy hacia ti
voy yo voy
alta
alta
auh...
***
Vesubio
En memoria de las trabajadoras de los lupanares de Pompeya.
Si entro en erupción
nadie está a salvo.
Desde pequeña sé
que en el fondo estoy hecha
de lava prófuga.
Mi columna de humo
asciende vértebra tras vértebra
hacia la estratosfera.
Te abrazo.
Te abraso.
***
Cosas que sé
Se está moviendo la industria de mi intuición:
la niña que fui va feliz tres metros delante de mí
tocando mi alma con una vara.
Se está precipitando la lentitud:
sobrevuelo con paciencia
un ave rapaz
hasta que desciendo y
se me está acabando de fabricar
seda artesanal
en el vientre.
Están mis sueños organizando el comité de la noche
Están las criaturas moviendo las poleas del cometa
que pasa sobre nosotros cada mil años.
Está la geometría acomodándose para dormir
en tu último ángulo
todo el mundo sabe ya
que mi corazón está hecho con el patrón de la maquinaria agrícola
Y puedo
arrancarme de mí
tan suavemente
que apenas oirías que me marcho.
Mis cicatrices hablan
como un huracán mudo.
Salgo al peligro como a la lluvia
escuchada por mis órganos.
Todo esto sé
y sin embargo…
***
La teta sobre el sol
Aquello era la maduración de toda mi lava
y la entonación rotunda de mis cantos de niña
la absoluta fuerza con la que tiraba por el carro
recibiendo el aliento de los labios de otra vaca.
bailar en mayo exactamente igual que si reventaras uvas
dejarte alimentar beber como quien vive
la leche última
saliendo de una teta dispuesta sobre el sol.
Vesubio
En memoria de las trabajadoras de los lupanares de Pompeya.
Si entro en erupción
nadie está a salvo.
Desde pequeña sé
que en el fondo estoy hecha
de lava prófuga.
Mi columna de humo
asciende vértebra tras vértebra
hacia la estratosfera.
Te abrazo.
Te abraso.
***
Cosas que sé
Se está moviendo la industria de mi intuición:
la niña que fui va feliz tres metros delante de mí
tocando mi alma con una vara.
Se está precipitando la lentitud:
sobrevuelo con paciencia
un ave rapaz
hasta que desciendo y
se me está acabando de fabricar
seda artesanal
en el vientre.
Están mis sueños organizando el comité de la noche
Están las criaturas moviendo las poleas del cometa
que pasa sobre nosotros cada mil años.
Está la geometría acomodándose para dormir
en tu último ángulo
todo el mundo sabe ya
que mi corazón está hecho con el patrón de la maquinaria agrícola
Y puedo
arrancarme de mí
tan suavemente
que apenas oirías que me marcho.
Mis cicatrices hablan
como un huracán mudo.
Salgo al peligro como a la lluvia
escuchada por mis órganos.
Todo esto sé
y sin embargo…
***
La teta sobre el sol
Aquello era la maduración de toda mi lava
y la entonación rotunda de mis cantos de niña
la absoluta fuerza con la que tiraba por el carro
recibiendo el aliento de los labios de otra vaca.
bailar en mayo exactamente igual que si reventaras uvas
dejarte alimentar beber como quien vive
la leche última
saliendo de una teta dispuesta sobre el sol.
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jueves, 9 de mayo de 2013
Todos rodeados de niebla, niebla en todas partes
CHARLES DICKENS
(Portsmouth, Inglaterra, 1812-1870)
Fragmentos
Niebla por todas partes. Niebla río arriba, donde fluye entre silenciosos prados verdes; niebla río abajo, donde rueda profanada entre los barcos y el agua contaminada de una enorme (y sucia) ciudad. Niebla en los pantanos de Essex, niebla en las alturas de Kent. Niebla en las cabinas de los bergantines carboneros; niebla sobre los astilleros cerniéndose sobre el aparejo de los grandes buques; niebla sobre las bordas de las gabarras y los botes. Niebla en los ojos y las gargantas de ancianos retirados de Greenwich, que carraspean junto a las chimeneas en las salas de los hospitales; niebla en la boquilla y en la cazoleta de la pipa que se fuma por la tarde el patrón malhumorado; niebla que enfría cruelmente los dedos de los pies y de las manos del aprendiz que tirita en cubierta. Gentes que pasan por los puentes y miran por encima el cielo bajo la niebla, todos rodeados de niebla, niebla en todas partes, como si estuvieran metidos en un globo, colgados en medio de las nubes neblinosas.
De Casa desolada
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| Tomada de healthythoughts.in |
(Portsmouth, Inglaterra, 1812-1870)
Fragmentos
Niebla por todas partes. Niebla río arriba, donde fluye entre silenciosos prados verdes; niebla río abajo, donde rueda profanada entre los barcos y el agua contaminada de una enorme (y sucia) ciudad. Niebla en los pantanos de Essex, niebla en las alturas de Kent. Niebla en las cabinas de los bergantines carboneros; niebla sobre los astilleros cerniéndose sobre el aparejo de los grandes buques; niebla sobre las bordas de las gabarras y los botes. Niebla en los ojos y las gargantas de ancianos retirados de Greenwich, que carraspean junto a las chimeneas en las salas de los hospitales; niebla en la boquilla y en la cazoleta de la pipa que se fuma por la tarde el patrón malhumorado; niebla que enfría cruelmente los dedos de los pies y de las manos del aprendiz que tirita en cubierta. Gentes que pasan por los puentes y miran por encima el cielo bajo la niebla, todos rodeados de niebla, niebla en todas partes, como si estuvieran metidos en un globo, colgados en medio de las nubes neblinosas.
De Casa desolada
***
—¡Bueno! —dijo Eugene, a un lado del fuego—. Me siento pasablemente cómodo. Espero que el tapicero pueda decir lo mismo.
—¿Que iba a impedírselo? —preguntó Lightwood, desde el otro lado del fuego.
—Claro —añadió Eugene, reflexionando—, no está al tanto de nuestros asuntos pecuniarios, así que quizá esté de lo más tranquilo.
—Le pagaremos —dijo Mortimer.
— ¿De verdad? —replicó Eugcne indolentemente sorprendido—. ¡No me digas!
—Lo que es yo, tengo intención de pagarle —dijo Mortimer, en un tono un tanto ofendido.
— ¡Ah! Yo también tengo intención de pagarle —replicó Eugene—.
—Lo que es yo, tengo intención de pagarle —dijo Mortimer, en un tono un tanto ofendido.
— ¡Ah! Yo también tengo intención de pagarle —replicó Eugene—. Pero tengo intención de hacer tantas cosas que... no tengo intención de hacer.
— ¿No?
—Tantas que solo tengo intención de hacerlas, y solo tendré siempre esa intención, y nada más, mi querido Mortimer. Es lo mismo. Mortimer, repantingado en su butaca, le observaba mientras él también permanecía repantingado en su butaca y estiraba las piernas sobre el felpudo de la chimenea, al tiempo que decía, con ese aire divertido que Eugene Wrayburn siempre despertaba en él sin pretenderlo y sin que le preocupara:
—De todos modos, tus caprichos han aumentado la factura.
— ¡Llamas caprichos a las virtudes domésticas! —exclamó Eugene, elevando los ojos al techo.
—Es la cocina tan completa que tenemos —dijo Mortimer—, en la que nada se cocinará nunca...
—Mi queridísimo Mortimer —replicó su amigo, levantando perezoso la cabeza para mirarlo—. ¿Cuántas veces te he señalado que lo importante es la influencia moral?
— ¡Su influencia moral sobre este sujeto! —exclamó Lightwood, riendo.
—Hazme el favor —dijo Eugene, levantándose de su butaca con gran seriedad— de indicarme qué detalle de nuestro hogar menosprecias tan a la ligera. —Tras decir esas palabras, cogió una vela y condujo a su compinche hacia la cuarta habitación de las que disponían (una pequeña y estrecha), que estaba completa y pulcramente equipada como cocina—. ¡Fíjate! —dijo Eugene—: barril de harina en miniatura, rodillo, especiero, estante de tarros marrones, tabla de cortar, molinillo de café, aparador provisto de todo tipo de vajilla, sartenes y cacerolas, asador, un delicioso hervidor, un arsenal de cubreplatos. La influencia moral que estos objetos, al conformar las virtudes domésticas, podrían llegar a ejercer sobre mí es inmensa; sobre ti no, pues eres un caso perdido, pero sí sobre mí. De hecho, creo que estas virtudes domésticas ya están formando en mí una idea. Haz el favor de entrar en mi dormitorio. Un secreter, ¿ves?, un abtruso conjunto de casilleros de caoba maciza, uno para cada letra del alfabeto. ¿Qué utilidad le doy? Recibo una factura... pongamos que de Jones. Rotulo pulcramente en el secreter, Jones, y lo pongo en el casillero de la J. Es lo más parecido a pagar la factura, y para mí es igual de satisfactorio. Y no sabes cuánto deseo, Mortimer —hablaba sentado en la cama, con el aire de un filósofo impartiéndole saber a un discípulo—, que mi ejemplo pueda inducirte a ti a cultivar hábitos de puntualidad y método; y, mediante la influencia moral de todo lo que te he rodeado, alentar en ti la formación de virtudes domésticas.
Traducción de Damián Alou
"Eran los mejores tiempos, era los peores tiempos, la edad de la sabiduría, el ciclo de la estupidez, la fase de la creencia, la etapa de la incredulidad, la estación de la Luz , la hora de las Sombras, era la primavera de la esperanza, el invierno de la desesperación, lo teníamos todo por delante, nada había frente a nosotros..."
"A lo largo de las calles de París avanzaban con estruendo los toscos y trágicos carros de la muerte. Seis carretas llevaban el vino del día a la guillotina... Seis carretas rodaban a lo largo de las calles. Vuélvelas a lo que eran antes, Tiempo, tú que eres un poderoso mago, y se verán las carrozas de monarcas absolutos, los equipajes de nobles feudales, los vestidos de rutilantes jezabeles, las iglesias que no son la casa de mi padre, sino guaridas de ladrones, las chozas de millones de hambrientos campesinos."
"De mi puedo decir que mi mayor deseo sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene algo bueno."
De Historia de dos ciudades
***
Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la trasladaron al hospicio, una institución regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los más necesitados. Al día siguiente nació su hijo y, poco después, ella murió sin que nadie supiera quién era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde vivían veinte o treinta huérfanos más.
Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo, que aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde vivían veinte o treinta huérfanos más.
Los pobrecillos estaban sometidos a la crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo, que aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de privación y frío.
De Oliver Twist
***
PRIVADO
SEÑOR EUGENNE MORTIMER
SEÑOR MORTIMER LIGHTWOOD
(Las oficinas del señor Lightwood están enfrente)
SEÑOR EUGENNE MORTIMER
SEÑOR MORTIMER LIGHTWOOD
(Las oficinas del señor Lightwood están enfrente)
—¡Bueno! —dijo Eugene, a un lado del fuego—. Me siento pasablemente cómodo. Espero que el tapicero pueda decir lo mismo.
—¿Que iba a impedírselo? —preguntó Lightwood, desde el otro lado del fuego.
—Claro —añadió Eugene, reflexionando—, no está al tanto de nuestros asuntos pecuniarios, así que quizá esté de lo más tranquilo.
—Le pagaremos —dijo Mortimer.
— ¿De verdad? —replicó Eugcne indolentemente sorprendido—. ¡No me digas!
—Lo que es yo, tengo intención de pagarle —dijo Mortimer, en un tono un tanto ofendido.
— ¡Ah! Yo también tengo intención de pagarle —replicó Eugene—.
—Lo que es yo, tengo intención de pagarle —dijo Mortimer, en un tono un tanto ofendido.
— ¡Ah! Yo también tengo intención de pagarle —replicó Eugene—. Pero tengo intención de hacer tantas cosas que... no tengo intención de hacer.
— ¿No?
—Tantas que solo tengo intención de hacerlas, y solo tendré siempre esa intención, y nada más, mi querido Mortimer. Es lo mismo. Mortimer, repantingado en su butaca, le observaba mientras él también permanecía repantingado en su butaca y estiraba las piernas sobre el felpudo de la chimenea, al tiempo que decía, con ese aire divertido que Eugene Wrayburn siempre despertaba en él sin pretenderlo y sin que le preocupara:
—De todos modos, tus caprichos han aumentado la factura.
— ¡Llamas caprichos a las virtudes domésticas! —exclamó Eugene, elevando los ojos al techo.
—Es la cocina tan completa que tenemos —dijo Mortimer—, en la que nada se cocinará nunca...
—Mi queridísimo Mortimer —replicó su amigo, levantando perezoso la cabeza para mirarlo—. ¿Cuántas veces te he señalado que lo importante es la influencia moral?
— ¡Su influencia moral sobre este sujeto! —exclamó Lightwood, riendo.
—Hazme el favor —dijo Eugene, levantándose de su butaca con gran seriedad— de indicarme qué detalle de nuestro hogar menosprecias tan a la ligera. —Tras decir esas palabras, cogió una vela y condujo a su compinche hacia la cuarta habitación de las que disponían (una pequeña y estrecha), que estaba completa y pulcramente equipada como cocina—. ¡Fíjate! —dijo Eugene—: barril de harina en miniatura, rodillo, especiero, estante de tarros marrones, tabla de cortar, molinillo de café, aparador provisto de todo tipo de vajilla, sartenes y cacerolas, asador, un delicioso hervidor, un arsenal de cubreplatos. La influencia moral que estos objetos, al conformar las virtudes domésticas, podrían llegar a ejercer sobre mí es inmensa; sobre ti no, pues eres un caso perdido, pero sí sobre mí. De hecho, creo que estas virtudes domésticas ya están formando en mí una idea. Haz el favor de entrar en mi dormitorio. Un secreter, ¿ves?, un abtruso conjunto de casilleros de caoba maciza, uno para cada letra del alfabeto. ¿Qué utilidad le doy? Recibo una factura... pongamos que de Jones. Rotulo pulcramente en el secreter, Jones, y lo pongo en el casillero de la J. Es lo más parecido a pagar la factura, y para mí es igual de satisfactorio. Y no sabes cuánto deseo, Mortimer —hablaba sentado en la cama, con el aire de un filósofo impartiéndole saber a un discípulo—, que mi ejemplo pueda inducirte a ti a cultivar hábitos de puntualidad y método; y, mediante la influencia moral de todo lo que te he rodeado, alentar en ti la formación de virtudes domésticas.
Traducción de Damián Alou
De Nuestro común amigo
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miércoles, 8 de mayo de 2013
Desde antes de mí hasta cualquier hoy
ANDREA GUTIÉRREZ
(Buenos Aires, Argentina, 1960)
Estar ajeno no es estar de otro
sino vacío de cuanta lluvia hubo...
G. González Paz
Nada late.
el otro mira, dispara un entusiasmo que no estalla.
Tan liso está el verbo
tanto sé hoy que
ni relato ni explicar.
Horas enteras
de silencio placé,
en cada lengua sugerir
partir debo.
Puedo seguir estando como un gesto,
siempre me voy
no sé estar cuando me quedo.
***
Niñas ajenas
Me aferré a otras niñas ajenas que eran mí,
no sé qué de mí,
un algo, una idea de un algo que nunca se concreta
me alisé, me suspendí huérfana de época
a destiempo siempre fanática de error
y no querer definir.
El animal de la noche domesticó mi desconcierto
y mientras, crecer entre paredes altas al sur
sin poder ningún recuerdo,
3, 5 o cualquier número impar de fotos imperfectas el
único hacia atrás,
escueta memoria y desmedida densidad de olvido
de mí, de él, de ellos, de todo lo que sí y lo que no en su
grandeza era.
Me refugié en la silueta espejada
–el sexo fue después—
para forzar la traducción del adiós, de cada puerta que se
cierra.
Desde antes de mí hasta cualquier hoy
deambula una mujer
incierta.
***
Autismo
lo ajeno, lo que allí fuera existe fastidia,
delicado equilibrio, ser cívica y correcta mientras
la demencia carcome
hacia adentro, hacia el centro del dolor, habitar y no.
días enteros entre las ramas del silencio, con nadie hablar.
semanas, meses y años de confinamiento sin ninguna religión
que salve, impedida de fe: sublimar es una opción indigna.
paralizar el devenir. ignorar, no hacer ni puto caso al tiempo,
que de todas formas transcurre, lo cotidiano: un sueño malo y
prolongado, la rutina: terror precario
y sin embargo insistir,
con falsas ganas y forzado entusiasmo.
todavía decir: no quiero, decir, nada nunca.
y no poder esa mudez prestigiada.
mañana, tarde, noche inclinada hacia la fractura del sentido
quebrada reverencia que besa los pies del endiosado autismo.
lo único que queda, lo mínimo que hay, sólo perdura el placer
de lastimar
y más luego, y después:
mundo y seres despreciados.
(Buenos Aires, Argentina, 1960)
Estar ajeno no es estar de otro
sino vacío de cuanta lluvia hubo...
G. González Paz
Nada late.
el otro mira, dispara un entusiasmo que no estalla.
Tan liso está el verbo
tanto sé hoy que
ni relato ni explicar.
Horas enteras
de silencio placé,
en cada lengua sugerir
partir debo.
Puedo seguir estando como un gesto,
siempre me voy
no sé estar cuando me quedo.
***
Niñas ajenas
Me aferré a otras niñas ajenas que eran mí,
no sé qué de mí,
un algo, una idea de un algo que nunca se concreta
me alisé, me suspendí huérfana de época
a destiempo siempre fanática de error
y no querer definir.
El animal de la noche domesticó mi desconcierto
y mientras, crecer entre paredes altas al sur
sin poder ningún recuerdo,
3, 5 o cualquier número impar de fotos imperfectas el
único hacia atrás,
escueta memoria y desmedida densidad de olvido
de mí, de él, de ellos, de todo lo que sí y lo que no en su
grandeza era.
Me refugié en la silueta espejada
–el sexo fue después—
para forzar la traducción del adiós, de cada puerta que se
cierra.
Desde antes de mí hasta cualquier hoy
deambula una mujer
incierta.
***
Autismo
lo ajeno, lo que allí fuera existe fastidia,
delicado equilibrio, ser cívica y correcta mientras
la demencia carcome
hacia adentro, hacia el centro del dolor, habitar y no.
días enteros entre las ramas del silencio, con nadie hablar.
semanas, meses y años de confinamiento sin ninguna religión
que salve, impedida de fe: sublimar es una opción indigna.
paralizar el devenir. ignorar, no hacer ni puto caso al tiempo,
que de todas formas transcurre, lo cotidiano: un sueño malo y
prolongado, la rutina: terror precario
y sin embargo insistir,
con falsas ganas y forzado entusiasmo.
todavía decir: no quiero, decir, nada nunca.
y no poder esa mudez prestigiada.
mañana, tarde, noche inclinada hacia la fractura del sentido
quebrada reverencia que besa los pies del endiosado autismo.
lo único que queda, lo mínimo que hay, sólo perdura el placer
de lastimar
y más luego, y después:
mundo y seres despreciados.
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OFF THE CANON
martes, 7 de mayo de 2013
Cuando ya no pregunte por qué, lo sabré todo
EMILY DICKINSON
(EE.UU., 1830-1886)
Tan lejos de la piedad, como la queja...
Tan lejos de la piedad, como la queja -
tan frío a la palabra -como la piedra -
inconmovible a la revelación
como si mi oficio fuera de hueso -
tan lejos del tiempo -como la historia -
tan cerca de uno mismo -hoy -
como niños, a las bufandas del arco iris -
a la puesta de sol a su juego amarillo
a los párpados en el sepulcro -
¡cuán mudo yace el danzarín -
cuando las revelaciones del color se rompen -
y resplandecen -las mariposas!
Versión de Silvina Ocampo
***
Cuando ya no pregunte por qué, lo sabré todo
Cuando ya no pregunte por qué, lo sabré todo:
sabré por qué cuando termine el tiempo,
Cristo me irá explicando las penas, una a una,
en el aula hermosísima del cielo.
Me maravillaré de su desgracia
y entenderé, por fin, la promesa de Pedro.
Olvidaré esta gota de angustia intolerable,
en que ahora me quemo,
en que ahora me quemo.
En 'Versiones' de Rosario Castellanos, poemas de Emily Dickinson en Poesía no eres tú, FCE.
**
Para leer más de la autora, haga clic aquí
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lunes, 6 de mayo de 2013
Una cabeza es siempre algo que tiene un peso
Avanza como avanzan los felices:
ingrávida, ligera, no tanto por las alas
cuanto porque es acéfala.
Una cabeza es siempre algo que tiene un peso:
la estructura del cráneo que es ósea y el propósito
siempre de mantenerla erguida, alerta.
Y lo que dentro guarda.
***
AMANECER
¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?
¿Se echa uno a correr, como el que tiene
las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?
¿Cuál es el rito de esta ceremonia?
¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?
¿Quién aparta el espejo sin empañar?
Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.
Ya no hay sollozo. Nada, más que un silencio atroz.
Todos son una faz atenta, incrédula
de hombre de la otra orilla.
Porque lo que sucede no es verdad.
***
AJEDREZ
Porque éramos amigos y, a ratos, nos amábamos,
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban,
decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente de nosotros:
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando
encarnizadamente
cómo dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable, y para siempre, al otro.
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ROSARIO CASTELLANOS
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char










