viernes, 29 de mayo de 2015

No veo no me doy cuenta de nada no registro

FLORENCIA FRAGASSO 
Tomada de internet

(Banfield, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1975)

Melodrama

La cantidad de padres de tu contextura
y niños de su edad aproximada
que vi esa tarde
jugando juntos
cuando pasaban los minutos y ustedes
no aparecían
en la plaza con nombre de condesa
donde habíamos quedado en encontrarnos

La cantidad de ambulancias
que creí oír
enloquecidas por la calle
anunciando una tragedia extranjera

En la prensa al otro día un intraducible titular
“argentinos desmaterializados eran en realidad
pura ilusión”
**

Lo veo desde unos metros antes, cuando voy llegando. Disimulo. Está casi todo como lo dejé ayer. La obra avanzada, los marcos de arriba colocados, la parecita del lateral a medio terminar con el revoque a la vista, algunos ladrillos en el suelo, las bolsas de material, las colillas que tiran los obreros.

Vengo a coordinar el trabajo de hoy, la eficiencia de los albañiles depende de la firmeza de mi ojo, me coloco el casco amarillo achatando el rodete, hundo sin querer queriendo el taco de la bota en el cemento todavía fresco.

Para el martes tenemos que tener todo listo.

Miro de nuevo, trato de no ver, pero está ahí, aunque inmóvil. No puede ser.

Me fuerzo a pensar en los azulejos que hay que conseguir, son medio raros pero los voy a encontrar.

Ahí empiezan a llegar todos, bajan del bondi, ¿ya se habrán dado cuenta? Disimulo.

Calor mucho calor estoy sudando. Tengo planillas en la mano y el blackberry. Los tres de Varela llegan 6 minutos tarde, lo anoto.

No me imaginé esto cuando dijo que me iba a seguir hasta cualquier parte. Te lo juro, dijo. Que no me iba a deshacer de él así de fácil. Que iba a transformarse en mi peor pesadilla, en mi sombra.

¿Qué van a decir ellos? ¿Lo irán a patear? No veo no me doy cuenta de nada no registro. 

No, ni idea qué es. Descarguen esas bolsas ahora, ustedes tres sigan picando el muro. 

Vamos que el martes terminamos, dejen de boludear y laburen.

Siento cómo el labial se me corre por las gotas que chorrea mi cabeza, el pelo apelmasado bajo el casco es una sopa, voy a perder el equilibrio.

¿Estará muerto o sólo quieto? Todos ya se acercan y lo rodean, hacen bromas, preguntan. 

Me estoy por caer redonda al piso, veo cómo uno de los de Varela le pega el primer puntapié.
**
Granizo

Los crímenes de Jack el destripador
sólo pudieron suceder de noche
bajo el amparo del manto negro
que atrapa la identidad de un peluquero
de manos como sogas
y lo transforma en el obstetra
de la reina Victoria.

Pero la noche inglesa rima con la luz
y en el célebre barrio de White Chapel
convive una capilla protestante
para ascender a Dios humildemente
con el blanco más puro y glamouroso
que espolvorea la noche londinense
de talco hecho nevisca
.
Entre las víctimas de la lista -Anne, Emma,
dos Elizabeth, varias Mary-
hay dos que se llaman
Torso Femenino,
ninguna violada todas mutiladas
extraídos los órganos con cierto tipo de estilete
tajeada la garganta

un camino finito y rojo
se abre paso en la nieve

Un Torso Femenino en la noche de hace un siglo
brilla de escarcha,
acá graniza en plena tarde,
desde una ventana de hospital en el barrio de Once
cierro los ojos con un fuerte deseo:
ojalá nevara de verdad.

jueves, 28 de mayo de 2015

No se escucha ninguna voz, ni respuesta.

VITTORIA AGANOOR POMPILJ

(Padua,1855 - Perugia, Italia, 1910)

¡Nunca!

Bajo la luna de mil jinetes,
como señal para llamar a la colección,
voy, vuelo, jadeante, en libertad,
cabello curvada sobre los negros caballos.
Ciego, loco, no se ve, en la vaga
montículos, el pelotón ofreció por medio de tornillos,
o de las invitaciones chispa casas
la paz, en las orillas de los lagos somnolientos.
No, no, no! Sólo brillante, con alas,
hermosa en una terrible belleza,
los comandos de voz y acariciar
llamado el sueño soñado por muchos años.
Allá abajo, allá tenazmente llama
y no el torbellino horda de moscas
crédulos, donde una palabra cruel
extinguir el fuego, el gran deseo.
Es la horrible palabra en lo profundo
abismo que atrae a los codiciosos y golondrinas
quienes cuestionan la magia de la noche
corre a los espejismos que no son del mundo.
Pero eso val! pero a quién le importa? - La mente del sueño;
todo es vano! - A quién le importa? ¡Siguiente! yo
con ustedes, hermanos! y estimuló y alentó y estimuló
mi caballo desesperadamente.

Trad.: s/d
*
Mai!

Sotto la luna i mille cavalieri,
come a squillo che chiami alla raccolta,
vanno, volano, ansanti, a briglia sciolta,
curvi sul crine dei cavalli neri.
Ciechi, folli, non vedono, sui vaghi
poggi, il grappolo offrirsi dalle viti,
né i casolari lampeggiar gl'inviti
di pace, in riva agli assopiti laghi.
No, no, no! Solo, luminoso, alato,
bello d'una terribile bellezza,
con voce di comando e di carezza
chiama il sogno da tanti anni sognato.
Laggiú laggiù tenacemente chiama
e laggiù l'orda turbinosa vola
credula, dove una crudel parola
spegnerà il foco dell'accesa brama.
Sta l'orrenda parola nel profondo
dell'abisso, che attira avido e inghiotte
chi le malìe sfidando della notte
corre ai miraggi che non son del mondo.
Ma che val! ma che importa? - 
Il sogno mente;
tutto è invano! - 
Che importa? 
Avanti! io sono
con voi, fratelli! e sprono e sprono e sprono
il mio cavallo disperatamente.
**
La puerta de bronce

Un hombre bate una vieja puerta
de bronce, pero nadie atiende. La Luna
tan pronto pone un destello crepuscular sobre las esfinges de los frisos y la mano morena
de quien llama;
no se escucha ninguna voz, ni respuesta.

Sólo el eco da en los pasillos oscuros
el estruendo de golpes a la calma
ciénaga, alrededor de la campiña muerta
donde brilla la  sangre en la intimada
agua lívida y tiembla la torcedura
del sauce blanco hacia el fango pestífero.
No trilla la comodidad alada de los huéspedes
en ese desierto, ni al búho en las soñadas
negras torres que la Luna ha rehecho.

¿Quién sabe desde cuándo espera el peregrino?
¿Quién sabe desde cuándo bate aquella puerta
rodeado de la Maremma maldita?

Trad.: s/d
*
La porta di bronzo

Un uomo batte ad un'antica porta
di bronzo, ma nessuno ode. 
La Luna appena mette una scintilla smorta
sulle sfingi dei fregi e sulla bruna
man di colui che batte a quella porta;
non s'ode voce né risposta alcuna.
Sola l'eco dai cupi anditi porta
il rimbombo dei colpi alla soggetta
palude, intorno alla campagna morta,
dove luccica a gore la costretta
acqua livida e trema la ritorta
vetrice alla pestifera belletta.
Non trillo d'alati ospiti conforta
quel deserto, né strige a quelle in vetta
nere torri giammai la Luna ha  scorta.
Chi sa da quanto il pellegrino aspetta?
Chi sa da quanto batte a quella porta
cinto dalla maremma maledetta?
**

¡Entonces mañana! el bosque exulta al manso
sol. Tengo que deciros muchas cosas, ¡muchas
cosas! Os llevaré bajo las plantas
altas conmigo: ¡sólo conmigo! ¡venid!
quizás... -¿quién sabe?- no os podré hablar
enseguida. Quizás, por fin sola
con vos, buscaré en vano una palabra.
¡Pues, nosotros nos quedaremos a escuchar!
nos quedaremos a escuchar las murmurantes
ramas, en el susto de la embriaguez;
sin una mirada, sin una caricia,
pálido el rostro como agonizantes.

Trad.: s/d
*
Dunque domani! il bosco esulta al mite
sole. Ho da dirvi tante cose, tante
cose! vi condurrò sotto le piante
alte con me: solo con me! venite!
forse...-chi sa?- non vi potrò parlare
subito. Forse, finalmente sola
con voi, cercheró invano una parola.
Ebbene! noi staremo ad ascoltare!
staremo ad ascoltare i mormoranti
rami, nello spavento dell'ebbrezza;
senza uno sguardo, senza una carezza,
pallidi in volto come agonizzanti

miércoles, 27 de mayo de 2015

¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

(Moguer, Huelva, España, 1881-San Juan, Puerto Rico, 1958)


ÚLTIMA VOLUNTAD

Si yo muero antes de venir Zenobia, ruego a usted, querido doctor, que haga envolver mi cuerpo en una de las sábanas de mi cama. El ataúd sea modesto y liso, de madera sin forrar ni pintar; el entierro, de pobre. No se avise a nadie, ni se moleste a quien no sea necesario para dicho acto. Amo a Cristo, pero no quiero nada con la Iglesia. Que se me entierre en lugar cercano al de mi muerte, y que se deje al lado de mi fosa otra, por si mi querida Zenobia quiere, cuando muera, venir a mi lado. Si no, quede vacía para siempre.

En la lápida o losa, que debe ser sencilla, se pondrá nada más:
Juan Ramón
de Zenobia

Se dirá a mi familia que he muerto recordándolos. También a mis amigos. Lo que poseo, y lo que pueda poseer por mis libros, sea todo para Zenobia, de quien fue y siempre será mi corazón. Gracias a quien se haya tenido que molestar por mi muerte. Perdono a todos mis enemigos.
Juan Ramón

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Vida. Volumen 1: Días de mi vida, Pre-Textos, Valencia, 2014.
**
YO NO SOY YO 

Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
**
ESTOY TRISTE, Y MIS OJOS NO LLORAN

Estoy triste, y mis ojos no lloran
y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.

¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y lluviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?

Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.

Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!

Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;

y al vibrar la amorosa campana
de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...

Es la esquila; ha sonado. La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.

¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.

Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.
**
CANCIÓN DE INVIERNO

Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada...

Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan.
**
ANTEPRIMAVERA

Llueve sobre el río...

El agua estremese
los fragantes juncos
de la orilla verde...
¡Ay, qué ansioso olor
a pétalo frío!

Llueve sobre el río...

Mi barca parece
mi sueño, en un vago
mundo. ¡Orilla verde!
¡Ay, barca sin junco!
¡Ay, corazón frío!

Llueve sobre el río...
**
EL VIAJE DEFINITIVO

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

© Copyright.  Estos textos tienen Derechos Reservados. 
Herederos intelectuales de Juan Ramón Jiménez.

martes, 26 de mayo de 2015

Con labios de juncos resecos, Petrarca





PAUL CELAN
(Rumania, 1920-Francia, 1970)

UNA MANO
(Otra versión)

La mesa, de madera de horas, con
el plato de arroz y el vino.
Se
calla, se come, se bebe.

Una mano que besé
hace luz para las bocas.

Traducción de Arnau Pons
**
Ciégate para siempre...

Ciégate para siempre:
también la eternidad está llena de ojos-
allí
se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes
al término en que han aparecido,
allí
se extingue lo que del lenguaje
también te ha retirado con un gesto,
lo que dejabas iniciarse como
la danza de dos palabras sólo hechas
de otoño y seda y nada.

Versión de José Ángel Valente
De Cambio de aliento, 1967
**
Ilegibilidad

Ilegibilidad del 
mundo, de éste. Todo doble.
Afónicos,
los relojes fuertes
dan la hora hendida.


Atascado en tus tuétanos,
te remontas de ti
para siempre.

Traducción de Felipe Boso
**
Estar

Estar a la sombra
de la llaga en el aire.

No-estar-por-nadie-ni-por-nada.
Incógnito,
solamente
por ti.

Con todo lo que cabe dentro,
sin lenguaje
también.

Traducción de Felipe Boso
**

Empapado por nombres
de cada exilio,
por nombres y semen,
con nombres, sumergido
en todos
los cálices, colmados con tu
sangre real, Hombre –en todos
los cálices de la gran
Rosa del Ghetto, desde
la que nos miras, inmortal de tantas
muertes apagadas en los caminos del alba.

(Y cantamos la Varsoviana. Con labios de juncos resecos, Petrarca.
A los oídos de la Tundra, Petrarca.)

Y se eleva una tierra, la nuestra,
ésta.
Y no enviamos
a ninguno de los nuestros abajo
hacia ti,
Babel.

Traducción de Iván Ivanissevich
Paul Celan, de “En uno” (La rosa de nadie, 1962)

lunes, 25 de mayo de 2015

Pero es raro que alguien apruebe fríamente

Augusto Monterroso

(Tegucigalpa, Honduras, 1921-Ciudad de México, 2003)

El concierto

Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto con lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán —no lo sabré nunca— sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo.

Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.

Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.

La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas. Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan.

Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien.

La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podremos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación.

Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso.

Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, con todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje.

Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.


Obras completas (y otros cuentos). Seix Barral ed.

domingo, 24 de mayo de 2015

Marineros fantásticos se esfuman

EMILY DICKINSON

(Amherst, Massachusetts, EE.UU., 1830 - 1886)


Poniente

Velámenes de púrpura se mecen
con suavidad en mares de narciso;
marineros fantásticos se esfuman
y queda el muelle en la quietud sumido.

Versión de Carlos López Narváez
**
Para leer más de Dickinson, aquí

sábado, 23 de mayo de 2015

Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo

JORGE LUIS BORGES

(Buenos Aires, Argentina, 1899-Ginebra, Suiza, 1986)

El fin

         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
         El otro, con voz áspera, replicó:
         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
         El otro explicó sin apuro:
         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
         El negro, como si no lo oyera, observó:
         —Con el otoño se van acortando los días.
         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
         El otro contestó con seriedad:
         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

(Artificios, 1944; Ficciones, 1944)

viernes, 22 de mayo de 2015

La vida se tuerce como el cogote de un cisne

LAURA GARCÍA del CASTAÑO 
Tomada de imagexia.com

(Córdoba, Argentina, 1979)

No pude cumplirte Carlos, aún escribo
la vida se tuerce como el cogote de un cisne
y yo sigo con mi frasquito bajo el sangrado
Si fuese arquitecta o costurera
hubiese trazado el mismo blanco
el pozo de mi padre 
por el que no he dejado de caer
Podría ser
dueña de un video club, vendedora de Gigot,
en las hojas de cálculo yacerían entablillados 
fragmentos de la propia extracción 
el saldo infeliz de un cálculo brillante
De cualquier forma, escribiría
compensaría a mi madre por ciertas palabras crueles
luciría este concepto penoso del amor,
y el olfato finísimo de animal
que abandonado muy lejos
de lo único que entiende
sabe orientarse
puede volver.

jueves, 21 de mayo de 2015

Bueno... ¿Y qué? ¿Acaso Dios no es solitario?

Eugene O'Neill 

(Nueva York, EE.UU., 1888-Boston, id., 1953)

MARY TYRONE.- Nadie puede pasar por alto lo que le hace la vida. Las cosas suceden sin que te des cuenta y luego se interponen entre lo que eres y lo que te gustaría ser, hasta que acabas por no ser tú mismo.
Largo viaje del día hacia la noche
** 
Llega el hombre de hielo 
(fragmento)

Marineros borrachos, burreros empedernidos, funcionarios desclasados del servicio diplomático, mujeres que ofrecían y homosexuales que pedían, además de esos jovenzuelos que entregaban por las mesas tarjetas rosadas y amarillas que ofrecían paraísos en rojo... Y siempre, como ruido de fondo, alguna melodía producida a martillazos por un pianista, el único sobrio.
***
DESEO BAJO LOS OLMOS
(fragmentos)

SIMEÓN:
–El caso es que... Había que darle de beber al ganado.
PETER:
–O partir leña.
SIMEÓN:
–O arar.
PETER:
–O segar el heno.
SIMEÓN:
–O echar el abono.
PETER:
–O extirpar la cizaña.
SIMEÓN:
–O podar.
PETER:
–O bien ordeñar.
EBEN (interrumpiéndoles con aspereza.):
–Y levantar paredes..., piedra sobre piedra..., ¡levantar paredes hasta que el corazón de uno se convierte en una piedra, y luego en una pared de piedra que nos tapiará el alma!
SIMEÓN (con tono práctico.):
–Nunca tuvimos tiempo para terciar entre ellos.
PETER (a Eben.):
–Tú tenías quince años cuando mamá murió... y estabas crecido para tu edad. ¿Por qué no 
hiciste algo?
EBEN (con aspereza.):
–¡Había tanto que hacer! (Pausa. Lentamente.) Sólo cuando mamá hubo muerto me di cuenta de lo que la pobre había pasado. Yo empecé a cocinar..., a hacer su trabajo..., y eso me
permitió conocerla, compartir su sufrimiento... Ella volvía para ayudarme..., para hervir las
patatas..., para freír el tocino..., para cocer los bizcochos... Volvía muy encogida para avivar el fuego y sacar las cenizas, los ojos llorosos e inyectados en sangre por el humo y las ascuas,
como antes. Vuelve aún…, se para junto al hornillo, ahí, al atardecer... No puede dormir y
descansar en paz, como debiera. No puede acostumbrarse a la libertad..., ni siquiera en la
tumba.
SIMEÓN:
–Pues nunca se quejó.
EBEN:
–Estaba demasiado cansada. Se acostumbró más de la cuenta a vivir demasiado cansada. Esa fue la obra de él. (Con vengativo apasionamiento.) Y, tarde o temprano, terciaré entre ellos. ¡Diré las cosas que no le dije entonces! Las gritaré con toda la fuerza de mis pulmones.
¡Trataré de que mi madre encuentre algún descanso y sueño en la tumba!
(Vuelve a sentarse, sumiéndose de nuevo en caviloso silencio. Ellos le miran con extraña e
indiferente curiosidad.)
PETER (después de una pausa.):
–¿Adónde diablos crees tú que habrá ido, Sim?
SIMEÓN:
–Lo ignoro. Se fue en el carro, vestido de punta en blanco, con la yegua bien cepillada y
lustrosa. Se fue haciendo chasquear la lengua y restallando el látigo. Lo recuerdo muy bien. Yo estaba terminando de arar, y estábamos en primavera: era el mes de mayo, se estaba
poniendo el sol y había oro en el Oeste, y él penetró en el campo con el carro. Yo grité:
«¿Adónde vas, papá?» Y él se detuvo por un momento junto a la cerca de piedra. Sus ojos de
vieja víbora brillaban al sol, como si hubiese bebido mucho, y dijo, con una sonrisa de mula:
«¡No os larguéis antes que yo regrese!»
PETER:
–¿Estaría enterado de que pensábamos marcharnos a California?
SIMEÓN:
–Quizá. Yo no contesté, y él dijo, con un aire bastante raro, como de enfermo: «He oído
cacarear a las gallinas y cantar a los gallos durante todo el maldito día. He estado escuchando el mugido de las vacas y el pataleo de todos los bichos, y ya no puedo seguir aguantando esto. Estamos en primavera, y me siento condenado—dijo—. Condenado como un viejo y pelado nogal que sólo sirve para ser quemado», dijo. Y entonces, seguramente, me leyó en los ojos un poco de esperanza, porque agregó, muy animado y con tono maligno: «Pero que no se te ocurra la estúpida idea de que estoy muerto. ¡He jurado vivir cien años, y lo haré, aunque sólo sea para fastidiar a tu pecadora codicia! Y ahora me voy en busca del mensaje de Dios para mí esta primavera, como hacían los profetas. Y tú, vuélvete a tu arado», dijo. Y se alejó cantando un salmo. Creí que estaba borracho... ¡De no ser así, le habría detenido!
EBEN (despectivamente.):
–¡No, no lo hubieras hecho! Le tienes miedo. ¡Es más fuerte... por dentro... que vosotros dos
juntos!
PETER (sardónicamente.):
–¿Y tú?... ¿Eres acaso Sansón?
EBEN:
–Me estoy volviendo más fuerte. Siento crecer eso en mí..., crecer cada vez más..., ¡hasta que termine por estallar!... (Se levanta y se pone la chaqueta y un sombrero. Ellos le miran, y
gradualmente en sus rostros se dibujan sonrisas cada vez más burlonas. Eben rehuye sus
miradas tímidamente.) Voy a darme una vuelta... camino arriba. 
(...)
EBEN (picado, se vuelve hacia ella, furioso.):
–¿De qué se ríe?
ABBIE (triunfante.):
–¡De usted!
EBEN:
–¿Qué pasa conmigo?
ABBIE:
Está lamido y aceitado como un toro de exposición.
EBEN (con risa mordaz.):
Bueno... ¡Usted tampoco está tan linda que digamos! ¿No le parece?
(Se miran fijamente en los ojos. Los de Eben son atraídos contra su voluntad por los de ella,
que brillan con ímpetu de posesión. La atracción física existente entre ambos se convierte en
una fuerza concreta, trémula en el aire caliente.)
ABBIE (con suavidad.):
–Usted no ha querido decir eso, Eben. Quizá lo crea, pero no es así. No le sería posible. Eso
iría contra la Naturaleza, Eben. Usted ha estado luchando consigo mismo desde el día en que vine..., tratando de convencerse de que yo no era suficientemente guapa para usted. (Ríe con una risa suave y húmeda, sin apartar sus ojos de los de Eben. Pausa. El cuerpo de Abbie se retuerce en un espasmo de deseo, y ésta murmura, lánguidamente.) ¿Verdad que el sol está fuerte y caliente? Se siente cómo quema la tierra..., la Naturaleza..., haciendo crecer las
cosas... cada vez más..., abrasándonos por dentro..., dándonos deseos de ser... otra cosa... 
hasta que nos sentimos unidos a esa otra cosa... y la hacemos nuestra...; pero al mismo
tiempo, nos posee... y nos hace crecer más..., hasta que parecemos árboles... como esos
olmos... (Vuelve a reír suavemente, sin apartar sus ojos de los de Eben. Este da un paso hacia ella, contra su voluntad.) La Naturaleza le vencerá, Eben. Más vale que lo reconozca desde ahora.
EBEN (tratando de liberarse del hechizo de Abbie, con turbación.):
–Si papá le oyera decir eso... (Con resentimiento.) ¡Pero usted ha convertido en un imbécil a
ese viejo bribón...! 
**
CABOT:
–¡Dios Todopoderoso, háblame desde la tiniebla! 
***
CABOT (sardónico.):
–¡Ja! (Comienza a recobrarse. Se pone lentamente en pie y dice con tono extraño.) Supongo
que Dios les habrá dado el dinero..., ¡no tú! ¡Dios es duro, no complaciente! Puede ser que en el Oeste haya oro fácil, pero ése no es el oro de Dios. No es para mí. Me parece oír su voz,
advirtiéndome de nuevo que sea duro y que me quede en mi granja. Me parece ver su mano
utilizando a Eben para apartarme de mi debilidad. Me parece sentirme en la palma de su mano y sentir sus dedos que me guían. (Pausa. Luego murmura con tristeza.) Ahora estaré más solo que nunca... y estoy envejeciendo, Señor..., estoy maduro para caer de la rama... (bruscamente rígido.) Bueno... ¿Y qué? ¿Acaso Dios no es solitario? ¡Dios es duro y solitario!
(Pausa. Por la carretera, desde la izquierda, llega el sheriff con dos hombres. Avanzan
cautelosamente hacia la puerta. El sheriff golpea con la culata de su revólver.)
SHERIFF:
–¡Abran en nombre de la ley!
(Cabot, Eben y Abbie se sobresaltan.)
CABOT:
–Vienen a buscarte. (Va hacia el foro.) ¡Entra, Jim! (Entran los tres hombres. Cabot los recibe en el umbral.) Un momento nada más, Jim. Están seguros aquí.
(El sheriff asiente. Él y sus acompañantes esperan en el umbral.)
EBEN (súbitamente.):
–Mentí esta mañana, Jim. Yo le ayudé a Abbie a hacerlo. Puedes llevarme a mí también.
ABBIE (con voz desgarrada.): 
–¡No!
CABOT:
–Llevaos a los dos. (Se adelanta, contempla a Eben con un dejo de admiración a
regañadientes.) Bravo... ¡por ti! Bueno. Tengo que reunir mi ganado. Adiós.
EBEN:
–Adiós.
ABBIE:
–Adiós.
(Cabot se vuelve y sale dando grandes zancadas por delante de los policías, dobla la esquina
de la casa, los hombros erguidos, el rostro impasible, y se encamina taconeando fuerte hacia el establo. Mientras tanto, el sheriff y sus dos hombres entran en la habitación.)
SHERIFF (con aire embarazado.):
–Bueno... Más vale que nos pongamos en marcha.
ABBIE:
–Espere. (Se vuelve hacia Eben.) Te amo, Eben.
EBEN:
–Te amo, Abbie. (Se besan. Los tres hombres sonríen y cambian de postura con cierto aire de malestar. Eben toma la mano de Abbie. Ambos salen por el foro, seguidos por los policías, y abandonan la casa, yendo cogidos de la mano hacia la cerca. Eben se detiene y mira el cielo
matinal con su irradiación de sol.) Está saliendo el sol. Hermoso..., ¿verdad?
ABBIE:
–Sí...
(Ambos permanecen inmóviles durante un momento, mirando al cielo, en éxtasis, en actitudes extrañamente abstraídas y devotas.)
SHERIFF (paseando su mirada por la granja con envidia, a sus acompañantes.):
–Es una granja soberbia, no cabe duda... ¡Ojalá fuese mía!
(Telón.)
FIN DE «DESEO BAJO LOS OLMOS»

miércoles, 20 de mayo de 2015

Los platos caen al suelo y estallan

DIEGO L. GARCÍA 

(Berazategui, Buenos Aires, Argentina, 1983)

VIAJE AL PAIS DE LOS ARTICOLAS (*)

Lo cotidiano deja de ser.
Las normas reinan.
Los límites se hacen evidentes.
Nada es resto
y los márgenes
han sido colonizados:
no hay desierto posible
hacia escapar
con una palabra bajo el brazo.

(*) Novela utópica de André Maurois (1928), en la cual
la literatura es el único lenguaje permitido.
**

los días van comiéndose las sobras
y con los recuerdos de las sobras hemos construido
esta ciudad / este abismo de palabras / fotos
para perdernos en el trayecto de regreso
¿a dónde iremos antes? / ¿hasta dónde
el lento bocado del miedo / la trampa
de lo que vemos interminable en sus bordes?
pronto / los platos caen al suelo y estallan
y el dibujo / ese mandala / abandona nuestro punto
de vista / y somos en uno de los aros
concéntricos parte que viaja en el desarme /
perdida unidad / oh pasado / un silencio
que baja la cabeza y sigue / acomoda
el cuello de su abrigo para afrontar
el frío próximo / los años

martes, 19 de mayo de 2015

¡El pasado aniquila!

JACOBO FIJMAN

(Orhei, Besarabia, actual Moldova, 1898-Buenos Aires, 1970)

MORTAJA

Por dentro;
Atrás el rostro.
¡El pasado aniquila!
¡Es en vano que encuentre una herradura
en el estanque turbio de mi imaginación!
El árbol ha cubierto de palomas
mi soledad; pero es en vano.
Desnudo
Siempre estoy como una llanura.
Para buscar un cerro
Miro las multitudes.
Estoy siempre desnudo y blanco;
Lázaro vestido
de novio;
una mortaja viva
entre el ayer eterno
y el eterno mañana;
una mortaja viva
que llora en mi garganta.
**
GABÁN

Soy una alforja
de lluvias.
Mi corazón regó en las primaveras
sementeras de espacio;
por ello mi cabeza
es una gorra remendada y parda
(genialidad)
o, un gabán roído,
pues he amado.
El pienso de mis días
desparramé en las sendas;
rompí todas las tejas
de los pesebres
humanos.
De mal en peor
tildaron mi locura;
merma mi audacia,
enflaquecen mis manos dadivosas
como las muelas viejas.
¡El gabán de mi ser se va pudriendo!

lunes, 18 de mayo de 2015

Muere una tarde suave

ELDER SILVA
Tomada de www.radiouruguay.com.uy


(Pueblo Lavalleja, Salto, Uruguay, 1955)

En la alta luna

Una luna alta hacia el lado de Patitas
se reparte las nubes
y acaso el sur de la Vía Láctea,
como señales para el prójimo.

Las chapas del excusado
golpeándose en el viento
toda la noche.

Recostado en la cama
pienso que el verano es un invento
de los pájaros.

Tengo doce años
y he besado por primera vez a mi novia.
**
Aguas envasadas

¿Alguien sabe
cuál es la relación secreta
entre la metafísica
y el agua mineral?

¿Porqué las burbujas que suben
y suben en el envase verde
se transforman en nada?

¿La nada es una burbuja?

¿Entre la burbuja y la tarde
escapan los ojos de una mujer
amada?

O acaso las burbujas
son señales de un mundo nuevo,
de una ciudad sin nosotros.

De una ciudad imaginada
con burbujas como caricias
haciéndonos cosquillas
en el ombligo, en el pubis.

En todo caso
es bueno beber cuando se tiene sed
y que el agua mineral caiga
como una redecilla,
entre el esófago y el pecho,
donde el corazón derrama afectos.
**
Aseo personal

Mientras aprieto el sachet
del dentífrico
y estiro el gusano de la pasta de
dientes
en el cepillo rojo,
me estremecen tus pasos.
El mismo ruido en la cocina,
el agua otra vez llevándose
las migajas de la cena
de anoche (acaso la última?).

Mientras el dentífrico
se aplasta en mi boca
y me devuelve a lo que
nunca tuve,
pienso que la coartada
del silencio
echará a perder estos gestos
cotidianos
que nos justifican
en este rescoldo del planeta.
**
En simultáneo

Muere una tarde suave
tras la parroquia de Pueblo Lavalleja.

Los tarumanes envejecen al lado del
centro de salud
sitiado por perros vagabundos.

Entre las sombras que escarban
estos pedregales,
la calle se extiende
y mira hacia donde nadie regresa
todavía.

Cosas sin importancia
que suceden a la vez
-en simultáneo-
en una vida que,
sola,
se disuelve como un alkazelzer.

domingo, 17 de mayo de 2015

¡Usted se aburre abominablemente!

DE MARIE BASHKIRTSEFF

A GUY DE MAUPASSANT
[Marzo 1884]

      Señor:
      Le leo casi con entusiasmo. Usted adora las verdades de la naturaleza y en ellas encuentra una poesía verdaderamente inmensa, conmoviéndonos al mismo tiempo con los detalles de sentimientos tan profundamente humanos que nos reconocemos en ellos y le amamos a usted con un amor egoísta. ¡Es una frase! - Sea indulgente, el fondo es sincero. Es evidente que me gustaría decirle cosas exquisitas e impresionantes, esto es difícil así de pronto. Usted es tan notable que sueño, de manera muy novelesca, con llegar a ser la confidente de su hermoso espíritu, si es que su espíritu es bello. Si por el contrario no fuese así, yo lo lamentaría, en primer lugar por usted, luego le calificaría de fabricante de literatura y se acabó. Hace un año que estoy siempre a punto de escribirle pero... varias veces he pensado que yo lo engrandecía y que no valía la pena. Hasta que de repente, hace dos día, leí en Le Gaulois que alguien le había honrado con una graciosa epístola y que solicitaba la dirección de esa amable persona para responderle. Me he puesto de pronto celosa, sus méritos literarios me han deslumbrado de nuevo y heme aquí.
      Ahora escúcheme bien, yo permaneceré siempre en el anonimato (es lo mejor) y no quiero incluso ni verle de lejos, su rostro podría disgustarme ¿quién sabe? Sé solamente que es usted joven y que no está casado, dos hechos tan esenciales como el azul del cielo.
      No obstante, le advierto que soy encantadora; esta dulce idea le animará a responderme. Me da la impresión que si fuera hombre no querría mantener correspondencia al igual que si fuera una vieja inglesa harapienta...aunque pensase como Miss Hastings.

R. G. D. Oficina de la Magdeleine.
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, calle del Redan, nº 1
Marzo, 1884

      Señora,
      Mi carta, seguramente, no será lo que usted espera. Quiero en primer lugar agradecer sinceramente sus palabras para conmigo y sus amables cumplidos, tras lo que vamos a hablar como gente razonable.
      ¿Usted me pide ser mi confidente? ¿A cuento de qué? Yo no la conozco. ¿Por qué tendría yo que decirle a una desconocida cuyo espíritu, tendencias y demás podrían no concordar con mi temperamento intelectual, lo que puedo decirles, de viva voz, en la intimidad a las mujeres que son amigas mías? ¿Acaso no sería un acto de atolondramiento y de inconsciencia?
      ¿Es el misterio lo que puede añadir encanto a las relaciones epistolares?
      ¿Toda la dulzura de los afectos entre hombre y mujer (entiéndanse afectos castos) no vienen acaso del placer de verse, y de murmurar mirándose, y de encontrarse, imaginándose, cuando se escribe a la amiga, los contornos de su rostro flotando entre vuestros ojos y el papel?
      ¿Cómo escribir cosas íntimas, lo más profundo de uno, a una persona de la que se ignora su aspecto físico, el color de sus cabellos, la sonrisa y la mirada?
      ¿Qué interés tendría en confiaros "esto o aquello", sabiendo que eso no provocará en usted más que una imagen de hechos poco interesantes, puesto que usted no me conoce?
      Alude usted a una carta que he recibido últimamente. Era un caballero que me pedía un consejo. Eso es todo.
      Volviendo a las cartas de las desconocidas, he recibido en los últimos dos años unas cincuenta o sesenta. ¿Cómo elegir entre todas estas mujeres a la confidente de mi alma como usted dice?
Cuando ellas quieren mostrarse y darse a conocer como en el mundo de los sencillos burgueses, pueden establecerse unas relaciones de amistad y de confianza; si no es así ¿ por qué rechazar a las amigas encantadoras que uno conoce, por otra que quizás sea encantadora, pero desconocida, es decir que puede ser desagradable, bien a nuestros ojos, bien a nuestro pensamiento? Todo esto no es muy galante, ¿verdad? Pero si me arrojo a sus pies, ¿podría usted creerme fiel a mis afectos morales?
      Perdóneme, señora, estos razonamientos de hombre más pragmático que poético, y considéreme agradecido y abnegado.

GUY DE MAUPASSANT

      Perdón por las tachaduras de mi carta, no puedo escribir sin hacerlo y no tengo tiempo de copiarla.
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo 1884

      Su carta, señor, no me sorprende y no esperaba todo esto que usted parece creer.
      En primer lugar yo no le he solicitado ser su confidente, sería demasiado simple, y si tiene tiempo para releer mi carta, podrá comprobar que no captó de entrada, el tono irónico e irreverente que yo empleé al respecto.
      Me indica usted también el sexo de su otro corresponsal, le agradezco que me tranquilice, pero mis celos eran totalmente espirituales, por lo que me importa poco.
      ¿Responderme a unas confidencias, sería el acto de un atolondrado, teniendo en cuenta que usted no me conoce?... ¿Sería abusar de su sensibilidad, señor, aprender de usted a quemarropa la muerte del rey Enrique IV?
      Responder a unas confidencias, puesto que usted ha interpretado que yo se lo solicitaba, a vuelta de correo, sería burlarse espiritualmente de mí y si yo hubiera estado en vuestro lugar, lo habría hecho, pues estoy alguna vez muy alegre estando a menudo bastante triste como para soñar el desahogarme por carta con un filósofo desconocido y para compartir sus impresiones sobre el Carnaval. Completamente y profundamente sentí esa historia, dos columnas que releí tres veces, pero en venganza, tuve que soportar la cantinela de la vieja madre que se venga de los Prusianos1!
      Con respecto al encanto que el misterio puede agregar, todo depende de los gustos... Que ello no le divierta, ¡está bien!, pero a mí me divierte con locura, se lo confieso sinceramente del mismo modo que la alegría infantil que me ha producido su carta, tal cual.
       Por lo demás, si esto no le divierte, es porque ni una sola de sus corresponsales ha debido interesarle, eso es todo, y si yo tampoco he sabido tocar la nota justa, soy demasiado razonable como para guardarle rencor por ello.
      ¿Nada más que 60? Yo le había creído más obsesivo... ¿Ha respondido usted a todas? Mi temperamento intelectual puede no convenirle... Usted sería muy difícil... en fin, me imagino que le conozco (es el resto del efecto que los novelistas producen en las mujercitas un poco tontas). Por tanto usted debe tener razón.
      Como yo le escribo con la más grande sencillez (por encima del sentimiento además indicado), puede que tenga el aire de una joven sentimental o incluso de una buscadora de aventura...Esto sería una contrariedad.
      No se disculpe entonces de su falta de poesía, galantería, etc.
      Decididamente mi carta era aburrida.
      ¿Dejaremos esto así, para mi muy gran pesar? A lo mejor se me ocurre algún día demostrarle que no merecía el número 61.
En cuanto a sus razonamientos, son buenos pero parten de falsedades. Yo le perdono entonces e incluso las tachaduras y la vieja y los prusianos! ¡¡¡ Sea feliz!!!
      Sin embargo, si lo único que se necesita es una descripción, para así atraer hacia mí las virtudes de su anciana alma sin olfato, yo podría decirle por ejemplo: cabellos rubios, talla media. Nacida entre el año 1812 y el año 1863. Y en el aspecto moral...No, daría la impresión de estar jactándome, y usted descubriría enseguida que soy de Marsella.2

      PD.- Perdóneme las manchas y las tachaduras, etc, pero ya la he reescrito tres veces.

1 Se refiere al cuento de Maupassant "La mére Sauvage"
2  Los habitantes de Marsella tienen fama de ser exagerados.
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, calle del Redan, nº 1
Marzo 1884

      Sí, señora, ¡una segunda carta! Es asombroso. Abrigo quizás el vago deseo de decirle algunas impertinencias. Me está permitido puesto que no la conozco; pero no, le escribo porque me aburro abominablemente!
      Me reprocha usted el haber hecho la misma canción repetida con la anciana y los prusianos, pero todo es una vieja canción. No hago más que eso; no entiendo más que eso. Todas las ideas, todas las frases, todas las discusiones, todas las creencias son estribillos de la misma canción.
      ¿No es acaso una cantinela grande y pueril escribirle a una desconocida?
      Para resumir, interiormente soy un tonto. Usted me conoce más o menos. Sabe lo que hago y a quién se dirige; se dice esto o aquello sobre mi, bueno o malo: poco importa. Aun cuando usted no conozca a persona alguna entre mis relaciones que son amplias, usted ha leído artículos de periódicos sobre mí, mi retrato físico y retrato moral; en fín usted se divierte muy segura de lo que hace. ¿Pero y yo?
      ¿Puede usted ser, ciertamente, una joven mujer y encantadora con lo que me haría feliz, algún día, besar su mano?
      ¿Pero usted puede ser también una vieja portera embobada con novelas de Eugene Sue?
      ¿Puede usted ser una dama de compañía letrada, madura y seca como una escoba?
      Por cierto, ¿es usted delgada? No demasiado, ¿verdad? Estaría desolado teniendo una corresponsal flaca. Desconfío de todo con las desconocidas.
      He caído en trampas ridículas. Un pensionado de señoritas ha mantenido conmigo una correspondencia por la pluma de una maestra. Se pasaban mis respuestas de mano en mano durante las clases. La estratagema era divertida y me hizo reír cuando lo supe por la propia mujer.
      ¿Es usted una mundana? ¿Una sentimental? ¿O simplemente una novelera? O aún sencillamente una mujer que se aburre - y que se distrae. Pero, mire usted, yo no soy en absoluto el hombre que usted busca.
      No tengo ni un ápice de poesía. Tomo todo con indiferencia y paso los dos tercios de mi tiempo aburriéndome profundamente. Ocupo el tercio restante en escribir unas líneas que vendo lo más caro posible, lamentando el estar obligado a realizar ese trabajo abominable que me ha valido el honor de ser distinguido - moralmente - por usted.
      -Aquí tiene unas confidencias - ¿Qué dice usted, señora? Debe encontrarme muy descarado, perdóneme. Me da la impresión, mientras le escribo, que camino por un subterráneo negro con el temor de tener un agujero ante mis pies. Y doy golpes de bastón al azar para tantear el suelo.
      ¿Cuál es su perfume?
      ¿Es usted golosa?
      ¿Cómo es su oreja?
      ¿Y el color de sus ojos?
      ¿Le gusta la música?
      No le pregunto si es usted casada. Si lo es, me contestará que no. Si no lo es, me contestará que sí.
      Beso su mano señora.

      GUY DE MAUPASSANT
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo de 1884

      ¡Usted se aburre abominablemente! ¡Ah, qué cruel! Que este sea el motivo al que yo deba el honor ... que, por otro lado, llegado un momento propicio, me ha encantado.
      Es cierto que me divierto, pero no lo es que le conozca tanto; le juro que desconozco su color de piel y sus medidas y que, como hombre, no le he entrevisto más que en las líneas con las que usted me gratifica y aún a través de su malicia y pose.
      En fin, para un pesado naturalista usted no es brutal y mi respuesta sería un mundo si yo no me recatara por amor propio. No hace falta dejarle creer que todo mi enfado ya pasó.
      Tenemos primeramente que eliminar las cantinelas, si usted lo desea, lo que será un poco largo pues usted me ha colmado, ¿sabe? Tiene usted razón... a grosso modo.
      Pero el arte consiste justamente en hacernos engullir las cantinelas en nuestro encanto eterno como lo hace la naturaleza con su eterno sol y su vieja tierra, y sus hombres creados todos sobre el mismo patrón y animados con los mismos sentimientos... Pero.... están también los músicos que no tienen más que algunos sonidos y los pintores que no tienen más que algunos colores... Del resto, usted lo sabe mejor que yo y usted quiere hacerme posar. Como no entonces, demasiado honrada...
      ¡Cantinela, así es! La madre y los prusianos en literatura y Juana de Arco en pintura.
      Ahora bien, es evidente que como relato semanal es aún bastante bueno .... ¡Y esas otras cantinelas sobre su tan lamentable oficio! Usted me toma por una burguesa que le considera un poeta y busca iluminarme. George Sand ya ha sido alabado por escribir por dinero y el laborioso Flaubert ha gemido sobre sus penas extremas. El mal que es dado se siente. Balzac nunca se quejaba de ello, y el está siempre entusiasmado con lo que iba a hacer. En cuanto a Montesquieu, si se me permite expresarlo así, su gusto por el estudio fue tan vivo que eso fue la fuente de su gloria, fue también el motivo de su felicidad, como diría la maestra de su fantástico pensionado.
      Esto de vender caro, está muy bien, pues no ha habido jamás gloria verdaderamente deslumbrante sin oro, como dijo el judío Baahron, contemporáneo de Job (fragmentos conservados por el sabio Spitzbube, de Berlín). Por lo demás todo gana estando bien flanqueado, la belleza, el genio e incluso la fe. Dios no ha venido en persona a explicar a su servidor Moisés los ornamentos de su arca, recomendando que los querubines que debían flaquearla fuesen de oro y de un trabajo exquisito.
      Así que usted se aburre y todo se lo toma con indiferencia, y no tiene un ápice de poesía ... ¡Si cree usted asustarme!
      Lo veo desde aquí: Debe usted tener un grueso abdomen, un chaleco demasiado corto, de una tela indefinida y con el último botón desabrochado. Pues me interesa usted igual. Lo único que no comprendo es como usted puede aburrirse; yo, me siento a veces triste, desanimada o rabiosa, pero aburrirme... nunca...nunca.
      ¿No es usted es el hombre que busco? ¡Que lástima! (he aquí a la portera)... Usted sería muy amable indicándome como es aquél.
      Yo no busco a nadie, señor, y considero que los hombres solo han de ser accesorios para mujeres fuertes (la madura mujer seca).
      Finalmente, voy a contestar a sus preguntas y con una gran sinceridad, pues no me gusta jugar con la ingenuidad de un hombre genial que, después de cenar, se queda dormido fumando un cigarro.
      ¿Delgada? ¡Oh, no! Pero tampoco gorda. ¿Mundana, sentimental, novelera? ¿Cómo lo entiende usted? Me parece que hay lugar para todo esto en un mismo individuo, todo depende del momento, de la ocasión, de las circunstancias. Yo soy oportunista y sobre todo victima de los contagios morales: así que puedo llegar a ser tan poco poética como usted.
      ¿Mi perfume? El de la virtud. Vulgar nunca. Golosa, sí, o exigente más bien.
La oreja es pequeña, poco regular, pero bonita, los ojos grises. Sí, me gusta la música pero no soy pianista como debe ser su maestra. Si no estuviese casada, ¿podría leer sus abominables libros?
¿Está usted satisfecho de mi docilidad? Si lo está, desabróchese otro botón, y piense en mí mientras cae el crepúsculo... Si no... tanto mejor, yo me encuentro aquí mucho mejor, intercambiando sus falsas confidencias.
      ¿Podría preguntarle cuales son sus músicos y pintores favoritos?
      ¿Y si yo fuera un hombre?

      [Esta carta va con un boceto representando a un hombre gordo, adormecido en su butaca, bajo una palmera al borde del mar. Delante de él, una mesa, una jarra de cerveza y un puro.]
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, 3 de abril de 1884

      Señora, vengo de pasar quince días en París, y como había dejado en Cannes las indicaciones cabalísticas para hacerle llegar mis cartas, no he podido responderle antes.
      Sepa pues, señora, que ¡me ha alarmado bruscamente! Usted me propina golpe tras golpe sin prevenirme, ¡G. Sand, Flaubert, Balzac, Montesquieu, el judío Baahron, Jot y el sabio Spitzbube de Berlin, y Moisés!
      ¡Oh! ahora sé quién es usted, bonito disfraz, usted es un profesor de primero de bachillerato en el Instituto Louis-le-Grand. Confieso que lo sospechaba, pues su papel tiene un vago aroma de rapé. Entonces dejaré de ser galante (¿lo habré sido?) y voy a tratarle como a un universitario, es decir como a un enemigo. ¡Ah! Viejo zorro, viejo maestro, viejo roedor de latines, ¿así que quiso hacerse pasar por una linda mujer? ¡Y usted va a enviarme sus ensayos, un manuscrito sobre Arte o Naturaleza, para presentarlo en alguna revista y comentarlo en algún artículo!
      Que suerte que no le haya informado de mi regreso a París; habría visto llegar a mi casa, una mañana, a un anciano que habría depositado su sombrero en el suelo para sacar de su bolsillo un rollo de papel atado con una cuerda. Y me habría dicho "Señor, yo soy la dama que... ".
      Y bien, señor profesor, voy mientras tanto a responder a algunas de sus preguntas. Comienzo por agradecerle unos detalles benevolentes que usted me ha dado sobre su físico y sobre sus gustos. Le agradezco igualmente la descripción que usted ha hecho de mí. Ha fortalecido mi fe. Le indico algunos errores:
      1º Menos vientre.
      2º No fumo nunca.
      3º No bebo ni cerveza, ni vino, ni licores. Nada más que agua.
      Así pues, la beatitud frente a una jarra no es mi pose predilecta.
      Yo suelo sentarme al estilo oriental en mi diván. ¿Usted me pregunta cual es mi pintor favorito entre los modernos? Millet.
      ¿Si me gusta la música? ¡Me horroriza la música!
      Prefiero en realidad una hermosa mujer a todas las artes. Pongo una buena cena, la verdadera cena, una cena exquisita, casi en el mismo puesto que una mujer bonita... He aquí mi profesión de fe, señor profesor.
      Soy de la opinión que cuando se tiene una buena pasión, una pasión capital, es necesario dejarle todo el lugar, sacrificar todas las otras, eso es lo que yo hago.
      Yo tenía dos pasiones. Tenía que sacrificar una - Tengo un poco sacrificada la glotonería. Me he vuelto sobrio como un camello, pero más difícil el no saber que comer.
      ¿Quiere usted un detalle más?. Me apasionan los ejercicios violentos. He apostado grandes sumas de dinero como remero, como nadador y como corredor.
      Ahora que le he contado todas estas confidencias, señor profesor, hábleme de usted, de su esposa, pues usted está casado, de sus hijos. ¿Tiene una hija? Si es así piense en mí, se lo ruego.
      Ruego al divino Homero que pida para usted al Dios que usted adora toda la felicidad de la tierra.

      GUY DE MAUPASSANT

      Regreso a París dentro de algunos días, calle Dulong, nº 83
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DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884

      ¡Infortunado Zolista! ¡Pero qué maravilla! Si el Cielo fuese justo, usted compartiría mi opinión. Me da la impresión de que no es solamente muy divertido, y que podría haber allí unos goces delicados, unas cosas verdaderamente interesantes, si solamente se fuese absolutamente sincero. Pues al fin y al cabo ¿cuál es el amigo, hombre o mujer, con el cual no se tiene ninguna reserva o ningún miramiento? ¡Mientras tanto unos seres abstractos! ¡No ser de ningún país, de ningún mundo, ser verdadero! Se podría llegar a unas largas expresiones shakesperianas...
      Pero ya basta de bromas como esta. Puesto que usted sabe todo, no le ocultaré nada. Sí, señor, yo tengo el honor de ser profesor y voy a probárselo con ocho páginas de amonestaciones...
       Demasiado astuto para llevar unos manuscritos con unos ostensibles cordeles, le haré saborear mis doctrinas a pequeñas dosis.
      He aprovechado, señor, el ocio de la semana santa para releer sus obras completas...Es usted rudo, indiscutiblemente. Nunca le había leído en bloque y de una vez, así que la impresión que siento está fresca.
      Usted tiene con que poner al revés a todos mis alumnos y perturbar a todos los conventos de la cristiandad
      En cuanto a mí que no soy del todo púdico, estoy confundido, sí, señor, confundido por esta tensión de su espíritu hacia el sentimiento que el señor Alexandre Dumas hijo denomina el Amor. Esto se convertirá en una monomanía y sería lamentable pues usted está ricamente dotado y sus relatos rurales están bien construidos.
      Se muy bien que usted ha escrito Una vida y que ese libro esta impregnado de un gran sentimiento de disgusto, de tristeza, de desaliento. Ese sentimiento, que hace perdonar muchas cosas, aparece de vez en cuando en sus escritos e incita a creer que usted es un ser superior que sufre con la vida. Eso es a lo que uno le rompe el corazón. Pero ese gimoteo, pienso yo, no es más que un reflejo de Flaubert.
      En resumen, nosotros somos unos valientes pánfilos y usted un buen bromista (¿lo ve? la ventaja de no conocerse) con su soledad y sus seres de largos cabellos... El Amor, es todavía esa palabra que impacta a todo el mundo. ¡Oh! Gil Blas ¿donde estas? Fue acabando de leer uno de sus artículos en ese periódico cuando leí El ataque del molino1. Me pareció entrar en un magnífico bosque de fragancias y donde los pájaros cantan "Jamás una paz tan larga, había descendido sobre un rincón más feliz de naturaleza" Esta frase magistral recuerda a algunas de las famosas medidas del último acto de El Africano.
      Usted aborrece la música, ¿Será posible?
      Habrá usted juzgado la música erudita. En fin... por fortuna su libro no está todavía terminado, el libro donde habrá una mujer, sí, señor, una mujer y no ejercicios violentos. Llegando primero en una carrera, usted no será diferente de un caballo, y, algún noble que sea este animal, será un jovencito.
      Permita a un viejo latinista que os recomiende el pasaje donde Salluste dice: Omnis homines qui sese student præstari, etc., etc. Procuraré también convencer a mi hija Anastasía, no se sabe, para que se presente ante usted, es posible...
      ¡La buena mesa, las mujeres! Pero mi joven amigo, cuidado, esto se está volviendo una juerga y mi condición de profesor debería prohibirme seguirle a usted en este terreno candente.
      ¿Nada de música, nada de tabaco? ¡Diablos!
      Millet está bien, pero usted dice Millet como el burgués dice Rafael.
      Yo le aconsejo que vea a un pequeño moderno que se llama Bastien Lepage. Vaya a la calle de Sèze.
      ¿Qué edad tiene usted exactamente?
      ¿Es cierto que pretende preferir las mujeres hermosas a todas las artes?
      Usted se burla de mi.
      Perdone la incoherencia de este párrafo y no me deje mucho tiempo sin su respuesta.
      Y ahora, inmenso devorador de mujeres, le deseo... y quedo de usted con santo terror, su abnegado servidor.

SAVANTIN, JOSEPH

1 Cuento de Zola en la antología Las veladas de Médan, donde apareció publicado también Bola de sebo.
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DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT

      Su carta huele demasiado bien. No había necesidad de tanto perfume para sofocarme. Asi pues, eso es todo lo que se le ocurre para contestarle a una mujer, culpable a lo sumo de imprudencia... ¡Muy bonito!
      Sin duda Joseph no tiene toda la razón, por eso mismo es por lo que está tan ofendido. Pero él tenía la cabeza rebosante de todas las... ligerezas de sus libros como un estribillo del que no se puede desprender.
      Por tanto yo se lo reprocho severamente, pues hay que estar seguro de la cortesía de su adversario antes de someterle unas burlas como las suyas.
      Usted habría podido, me parece, humillarme con más estilo.
      Ahora le diré una cosa increíble y sobre todo que usted no creerá nunca y que surgiendo después, probablemente no tenga más que un valor histórico. Pues bien, es que yo también ya he tenido bastante. A su quinta carta ya estoy fría1...hasta la saciedad.
      ¿Qué por que le escrito? Una se despierta un día pensando ser una persona rara rodeada de imbéciles. Nos quejamos de tantas perlas cuando hay tanta basura.
      ¿Y si le escribiera a un hombre célebre, a un hombre digno de comprenderme? Sería encantador, novelesco y ¿quién sabe?, al cabo de unas cuantas cartas, terminaría siendo un amigo, conquistado en circunstancias poco comunes... Entonces una se pregunta ¿a quién? Y le elegí a usted...
      Para pareja de corresponsal no son necesarias más que dos condiciones. La primera es una admiración sin límites hacia el desconocido. De la admiración sin límites nace una corriente de empatía que le hace decir a una cosas que infaliblemente tocan e interesan al hombre celebre.
      Ninguna de estas condiciones se da. Yo le he elegido con la esperanza de admirarle sin límites más adelante. Pues, como yo pensaba, usted es muy joven relativamente.
      Le he escrito entonces con la cabeza fría y he acabado por decirle unas inconveniencias e incluso cosas desagradables admitiendo que le hayan hecho daño sin darme cuenta. A estas alturas, como dice, bien puedo confesarle que su carta infame me ha hecho pasar un muy mal día.
      Me siento lastimada, como si la ofensa hubiese sido real. Es absurdo.
      Adiós, con gusto.
      Si usted las conserva todavía, envíeme mis cartas; en cuanto a las suyas yo ya las he vendido, en América, a un precio desorbitado.

      1 De hecho, Maupassant, no había enviado más que cuatro cartas.
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A MARIE BASHKIRTSEFF
La Guillette, Étretat.
[Abril 1884.]

      Señora, ¿tanto la he herido? No lo niegue. Me encanta. Y le pido disculpas muy humildemente.
      ¿Me pregunta que es esto? Ella me ha escrito de entrada una carta sentimental, una carta soñadora, exaltada. Es una pose frecuente en las jóvenes, ¿es una joven? Muchas desconocidas son jóvenes.
      Entonces, señora, yo he respondido en un tono escéptico. Usted ha sido más rápida que yo y su penúltima carta contenía unas cosas extrañas. No podía saber más que en otras ocasiones, de que naturaleza podía usted ser. Siempre me preguntaba a mí mismo: ¿Es una mujer disfrazada que se divierte o una simple mundana?
      ¿Sabe usted cuál es la mejor manera de reconocer a las mujeres del gran mundo en el baile de disfraces de la Opera? Se le hace cosquillas. Las mujeres de pueblo están acostumbradas ya a ello y lo único que dicen es "Deje ya". Las otras se enojan. Yo la he pellizcado a usted de una manera muy conveniente, lo confieso y usted se ha enojado... Ahora le pido perdon, tanto más teniendo en cuenta que una frase de su carta me ha apenado mucho. "Usted dice que mi respuesta infame (no es infame lo que me ha dañado) le ha hecho pasar un mal día"
      Busque, señora, las razones sutiles que han podido afligirme tanto con la idea de haber hecho pasar un mal día a una mujer que no conozco.
      Créame, señora, que no soy ni tan bruto, ni tan escéptico, ni tan incorrecto como le he parecido. Pero a pesar de mi mismo, siento una gran desconfianza ante el misterio, lo desconocido y las desconocidas.
      ¿Como puede pretender usted que yo diga algo sincero a la persona X... que me ha escrito anónimamente, que quizás sea un enemigo (los tengo) o un simple bromista? Me pongo una máscara con las personas enmascaradas. Es algo legítimo. Sin embargo, acabo de ver gracias a un ardid, un pedacito de su naturaleza.
      De nuevo discúlpeme.
      Beso la mano desconocida que me ha escrito.
      Sus cartas, señora, están a su disposición, pero yo no las entregaré mas que en sus manos. ¡Ah! Y haré para ello el viaje hasta París

      GUY DE MAUPASSANT
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DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884

      Escribiéndole de nuevo, me rebajo ante usted.
Pero me da lo mismo dado que lo hago para vengarme. ¡Oh! no podría contaros el efecto producido por su ardid para reconocer mi naturaleza.
      Tenía mucho miedo de recoger el correo, imaginándome cosas fantásticas. Este hombre debía cerrar la correspondencia por...Confundí su modestia. Y pensando en ello me esperaba de todo para no estar enfadada. Ha sido incluso mucho más agradable.
      Ante los acariciadores acentos de un noble arrepentimiento.
      ¿Es necesario señalar que ya no le odio?
      A menos que sea otra estratagema: halagada de ser tomada por una mujer de mundo, mantendré esa pose, después de haber provocado un documento humano del que me siento alegre de responder.
      ¿Le parece entonces que sigo disgustada? Esto no puede ser una prueba concluyente, querido señor.
       En fin, ¡adiós! Deseo perdonar si usted insiste, porque estoy enferma, y, como eso no me ocurre nunca, me deja enternecida conmigo misma, con todo el mundo, con usted que ha encontrado la manera de ser tan profundamente desagradable. Pienso que esto será de su agrado.
¿Cómo demostrarle que no soy ni un bromista ni un enemigo?...
      También es imposible jurarle que estamos hechos para comprendernos. Usted no vale tanto como yo. Lo siento. Nada me sería más agradable que reconocer todas las superioridades en usted, o en otro...
       Por tener qué apostar. Su último artículo era interesante y quisiera incluso, a propósito de las muchachas, preguntarle algo. Pero...
...........................................
      Ya ve, una pequeña bobada delicada de su carta me hace soñar. Usted ha estado afligido de haberme apenado. Esto es tonto o encantador, demasiado encantador. Usted puede burlarse de mí, que yo me burlo. Sí, usted ha tenido un rasgo de romanticismo a lo Stendhal, pero quede tranquilo que no morirá aún por esta vez.
      Buenas noches.
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A MARIE BASHKIRTSEFF
calle Dulong., nº 83
[Fin abril 1884.]

      Señora,
      Vengo de pasar unos diez días en el mar, y por eso no le he podido responder antes. Me encuentro en París por algunas semanas, antes de alejarme de aquí durante el verano.
      Decididamente, Señora, usted no está contenta y me declara, mostrándome su malestar, que yo soy inferior.
      ¡Oh, señora, si usted me conociese!, sabría que no tengo ninguna pretensión en lo relativo al valor moral, o del valor artístico. En el fondo, me burlo tanto del uno como del otro.
      Todo me es casi igual en la vida, hombres, mujeres y acontecimientos. Esa es mi auténtica profesión de fe, y añado, aunque usted no me crea, que no me soporto más a mi que a otros. Todo se desdibuja en aburrimiento, broma y miseria.
      Usted dice que se rebaja ante mí escribiéndome todavía, ¿por qué? Usted ha tenido la extraña valentía de confesarme que había sido lastimada por mi carta, y de admitirlo de un modo irritado, simple, franco y encantador, que me ha llegado hondo y me ha emocionado.
      Yo le he pedido mis excusas exponiéndole mis razones.
      Usted me ha respondido todavía muy amablemente, sin ceder, mostrando su benevolencia casi mezclada con cólera. ¡Nada más natural!
      ¡Oh! se bien que le voy a inspirar una gran desconfianza. Tanto mejor, usted no quiere que nos veamos. Se sabe más cosas sobre alguien escuchándole hablar cinco minutos que escribiéndole durante diez años.
      Como es posible que usted no conozca a ninguna persona que yo conozco, pues mientras me encuentro en Paris, voy todas las noches a disfrutarlo. Usted me diría de ir tal día a tal casa ,yo iría. Si le pareciese demasiado desagradable, usted podría decidir no darse a conocer.
      Pero no se haga ilusiones sobre mi persona.
      No soy ni guapo, ni elegante, ni singular. Esto, además, debe darle a usted igual..
      ¿Acude usted a los ambientes orleanista, bonapartista o republicano?
      Yo conozco los tres.
      ¿Desea usted que me deje ver en un museo, en una iglesia o en una calle?
      Es ese caso, yo pondría unas condiciones para estar seguro de no ir a esperar a una mujer que no vaya a acudir. ¿Qué diría usted de una noche en el teatro sin que usted se de a conocer, si le parece?
      Yo le diría el número de mi palco donde estaría con unos amigos. Usted no me diría el del suyo. Y usted podría escribirme al día siguiente "Adiós señor", ¿no soy acaso más magnánimo que los guardas franceses en Fontenoy?
      Beso sus manos, señora.

      GUY DE MAUPASSANT
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       En el Nuevo diario inédito de Marie Bashkirtseff, se encuentran las siguientes lineas:

       Domingo, 15 de abril.
      Quedo en casa para responder al desconocido, es decir que soy yo quien soy una desconocida para él. Ya me ha respondido tres veces. No es un Balzac que se adora completamente. Ahora yo lamento no haberme dirigido a Zola, sinó a su lugarteniente que tiene talento y mucho. Es, entre los jóvenes, el que más me ha gustado. Me levanté una buena mañana, con el deseo de hacer apreciar por un conocedor las hermosas cosas que sé decir; he buscado y lo he elegido a él.

      Viernes 18
      Como había previsto, todo ha acabado entre mi escritor y yo. Su cuarta carta est grosera y ordinaria...

      Miércoles 23
      Rosalie me ha traído del correo una carta de Guy de Maupassant. La quinta es la mejor. No estamos pues más enfadados. Y después él ha escrito en Le Gaulois un artículo encantador. Me siendo seducida. ¡Es tan divertido! Este hombre que no conozco, ocupa todos mis pensamientos. ¿Piensa él en mí? ¿Por qué me escribe?
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DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
14 de junio de 1884

      Al señor Guy de Maupassant.
      Comprendo su desconfianza. Es poco probable que una mujer como es debido, joven y bonita, se divierta escribiéndole. ¿Es eso?. Pero señor... Vamos, iba a olvidar que esto acabó entre nosotros.    
      Creo que usted se equivoca. Estoy todavía en condiciones de decírselo pues voy a dejar de ser interesante, si es que lo he sido alguna vez. Verá usted como.
      Me pongo en su lugar: "Una desconocida aparece en el horizonte, si la aventura es fácil ella me repugna; si no hay nada que hacer, ella es inútil y me aburre".
      No tengo la dicha de estar entre ambos tipos de mujer y se lo advierto muy gentilmente puesto que hemos hecho las paces.
      Encuentro muy divertido decirle simplemente la verdad mientras usted imagina que yo me burlo.
      Yo no frecuento el mundo republicano, aun siendo republicana roja.
      De todos modos yo no quiero verle.
      Y usted...¿No quiere un poco de fantasía en medio de sus perrerías parisinas?¿No desea una amistad intangible? No rehuso verle y voy incluso a prepararme para ello sin advertirle. Si usted sabe que se le mira a propósito, tal vez habría podido adaptar una actitud tonta. Es necesario evitar esto. Su envoltura terrestre me es indiferente, bien, pero ¿y la mía a usted? Imagine que tiene el mal gusto de no encontrarme maravillosa, ¿cree que estaría contenta por muy puras que sean mis intenciones? Un día, no digo cuando, cuento incluso con asombrarle un poco.
      Espero que si esto le cansa, no nos escribamos más. Me reservo no obstante el derecho de escribirle aun cuando me pasen atrocidades por la cabeza.
      Usted me desafía, es natural. Pues bien, voy a darle un remedio de portera para asegurarle de que no soy una. Vaya a una vidente y dele a oler mi carta; ella le dirá mi edad, el color de mis cabellos, todo lo que me rodea, etc. Usted escribirá lo que ella le habrá revelado...
      ¡Aburrimiento, farsa, miseria!... ¡Ah! señor, es perfectamente lógico, incluso para mi. Pero en mi es porque deseo cosas grandiosas que no tengo...todavía. Lo suyo debe serlo también por el mismo motivo.
      No es tan sencillo preguntarle cual es su sueño secreto, aunque mi enfermedad me provoca un candor a lo Chérie. ¡Qué ingenuo este viejo japonés naturalista con peluca estilo Luis XV!
      Entonces usted piensa que después de haber escrito, nada es más simple que decir: "¿soy yo? Le aseguro que me disgusta mucho... Se dice que a usted no le gustan más que las mujeres fuertes y morenas. ¿Es cierto?
      ¿Vernos? Déjeme conquistarle con mi ... literatura; ¡usted lo ha hecho!
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DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Antes del 20 de junio de 1884

      Señor,
      No me gustaría ser pesada y siento que lo soy. Le escribo estas estupideces, humillada al haber sido plantada al cabo de seis cartas. He releído mi última carta (como persona ordenada que soy, guardo mis copias) y busco aquello en lo que he podido disgustarle tan bruscamente. ¿Soy bastante humilde? Le diré que sus Hermanas Rondoli1 me han hecho pasar un buen rato, es el equivalente de Este puerco de Morin2. Eso es el espíritu y el arte. Sus acciones han subido muchos enteros.
      ¿Conoce la rama de los Salzbourg? Pues bien, ¡yo me transformo en usted! me meto en usted y me enfado cuando usted escribe cosas mediocres alegrándome de lo contrario como si fuese yo.
      En fin...lo apruebo, no le pido que me escriba, se bien que es un romance, y si yo soy quizás Eloisa, usted no es Abelardo. Da igual, cuando yo le he escrito usted ha pensado que aquí había una mujer atraída por... esto que hace a todo el mundo amarle y que quiere divertirse de un modo original.
      Usted no puede comprender cuando me divierto en escribir a un hombre que no conozco. Me gustaría interesarle mucho. ¿Le aburro? Nadie lo sabrá, usted me ha insultado, nadie lo ha sabido. Es una rinconcito de mundo apartado.
      ¿Sabe lo que he hecho? Confusa ante mi ama de llaves que ha venido varias veces con las manos vacías de la oficina de correos, me he dirigido una carta para poder enviarla a recogerla. No habrá dos, eso es todo... es infantil.

1 Las hermanas Rondoli (Les soeurs Rondoli) es el título de una antología de cuentos, que lleva el título de uno de ellos. Su tema es el siguiente: En un viaje a Italia, dos jóvenes franceses conocen a una muchacha en el tren; hermosa pero arisca, los engatusa para hacerse amante de uno de ellos.
2 Ese cerdo de Morin (Ce cochon de Morin) es el título de un relato cuyo argumento es el siguiente: Morin, un burgués de provincias, en un arrebato de voluptuosidad incontenible, intenta besar a una desconocida en un compartimiento de un tren. Denunciado por la muchacha, su vida se convierte en un infierno. Pagará su error muy caro convirtiéndose en el puerco de Morin.

Fuente: iesxunqueira1.com/maupassant
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char