martes, 25 de noviembre de 2014

Todo aquello que viene después será restos

ANDI NACHON
Tomada del blog kriller71

(Buenos Aires, Argentina, 1970)



Nada tan arduo como cruzar este mapa, recorrido
repetido al infinito donde mi madre
todavía desespera cada tardanza y se esfuman

nombres y amigos. Tus hermanos
juegan simulacros de batalla, estrategias
de huida y camuflajes. Al tiempo

reclamarás precisiones, indicios
capaces de certificar tus fantasías
como eso: una mera fantasía más. Están los viajes
meses avanzando en auto la falta, están las mudanzas y papeles
sin nombre paterno. Nada más arduo que

el cruce de este viaje
lanzado a un espacio donde a veces
confiás en cierta clave que aparezca, alguna pauta
capaz de dar volumen o sentido
a tanto barullo inasible, casi viento

feroz de Comodoro y la obligación
imposible de atravesarlo. Al tiempo pedirás mapas
un entendimiento adulto o al menos
alguna teoría de la compensación. Todo

tanto más sencillo que admitir
la huida fue real, real el peligro
empujó y empujó al chevy siempre un poco
más allá: tu infancia fue esto

arduo –infinitamente arduo– el trabajo de cruzarla.
**

No despegan los misiles, no dibujan claros

centelleos por los aires: las batallas
se vuelven masacres
aunque otras. Crecemos en el miedo

como quien crece hacia adentro, en cierta
forma del aliento. Tal vez
mucho después mientas: no hay buenos ni malos

todos fantasmas
hasta que te cortan las manos. No

los misiles no despegan y la tierra
frente a la avidez de estos ojos se niega
y no logra estallar. Tan cerca

dicta la muerte sus sentencias

demasiado para que alguien afirme:
este cuerpo es mío, ésta
su retirada.
**

En el fin del mundo, el mundo
no termina. Ensenada, Bahía Inútil
Renegada. En el fin
el mundo

no deja de ser ni un segundo
aunque tu hermano, vos, la familia unida

pretendan renombrarlo. Agua del aire detenida
sobre el agua clara en la bahía: dos grises

en continuidad perfecta y sin
escisión posible. Hasta vos anhelarías eso
como instancia última. Tanta

belleza así visible donde acampa
al norte la tormenta y nada
tiene final. Cuando a Ushuaia vuelvas

serás una mujer en sus cuarenta, paradita ahí
frente a la calma, ahora hermana
de esa niña que fuiste y entendió cómo

aceptar qué cuestiones terminan, cuáles
no tienen fin.
**
Eco: gritás ¡Gerónimo! y el acantilado
devuelve amplificada
en escalofrío la voz. Eco de mí, mi eco
convoca una valentía que ha sido mía

no elegida: como ese cuerpo al borde

siempre de caerse y sin caer, porque sabe
la humanidad niña del precipicio desde ahí

decide y grita: ¡Gerónimo! Abajo el cañadón
lengas moradas como esta tarde
dando paso a la noche. Eco de vos, hermano

esta valentía niña no sabe

ya está caída, solita ahí en el borde
grita y grita.
**

Todo esto que viene después
es resto. Caminamos las aguas mansas de Rada Tilly
metros y metros mar adentro hasta alcanzar
cierta profundidad. Resto

estas olas transparentes y la altura
sobre los hombros del hermano mayor. Satisfecho
tu cuerpo es revoleado, cae y se sumerge. Nada importa

el terror anterior o los gritos
repetidos de la madre y la palabra perdedor. Ahora

los hermanos son un mismo titán
incontenibles luchan en un ring de espuma
y no hay ningún final. Si cerrás los ojos

todo aquello que viene después será restos,
extrañeza y restos.

De La III Guerra Mundial, Bajo la luna, 2014

lunes, 24 de noviembre de 2014

Quiero llegar a tiempo

SONIA SCARABELLI
Tomada de laanciondelpais

(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1968)



El maestro de dibujo nos enseña que no hay totalidad
Al Maestro Julián Usandizaga

En la clase de hoy
el maestro nos enseña
que en lo que vemos
nunca hay totalidad

Y el mundo se reparte
en miles
de pequeños pedazos,
trocitos de visión,
instantes luminosos,
parpadeos

Estar parada y ver
se vuelve
un asunto distinto

Entro de su mano
al tiempo y al espacio
por un camino nuevo.
Una puerta inesperada
que se abre
mientras a mis espaldas
voy sintiendo
ese suave cerrar
de otras. Es
la vida,

y poder
salir serenos
por cada puerta hasta la última
sea quizás
el verdadero desafío

Por eso yo celebro
que hoy por hoy mi maestro
esté abriéndome una puerta
y me hable tan bellamente
del cristalino
y su soledad
ante las cosas

Ahora creo que puedo
ver con otros ojos
una vez más
cómo la forma es intocable
y su misterio
crece ante mí
como un capullo
que no ha de abrirse
hasta después

¿La encontraremos
por fin
en otra parte?
¿Nos esperará
completa y sonriente
y de una vez
seremos recibidos?

Ahí el maestro
se retira y sabiamente
nos suelta la mano.

A ese lugar
vamos solitos.
***
Lección

Sabernos ir,
dijo tu voz querida,
todo está ahí,
la clave del decoro
y la nobleza
ganada de una vida
se alcanza en ese gesto.

Cierre final
del círculo, encontrado
un poco de azar
y otro, por coherencia,
por hacerse
el ciego lazarillo
de sí mismo,
poniendo el corazón
al frente de los pasos.

Estas cosas se aprenden,
me dijiste,
en parte de los libros
sí, cuando la palabra
todavía es humana
y no ha perdido
su lustre tibieza,
pero más
te enseña la tenaz
partida de los otros.
Si se van
con dolor o con pericia,
no es lo que cuenta,
importa

ese último momento,
que sin decirse ocurre,
y dicho sonaría quizás
a: Sí, te dejo ahora
y no me quejo,
seguro hubiese
querido más,
qué hacerle,
no se pudo.

Entonces pasa,
justo ahí
se suelta el alma
como un barquito,
una pequeña
barca en aguas
que ni tan frías son
ni tan profundas como dicen.

Yo creo en todo esto,
dijo tu voz querida,
y de ahí tanto esfuerzo
por aprenderlo, tanto
apuro
por no apurarme: quiero
llegar a tiempo.
***
De El arte de silbar
(Bajo la luna, 2014)

Trato 

Ahora lo trato de vos al mundo.
Ahora que te hiciste el aire,
el viento de la mañana, la lluvia de ayer,
el color del cielo, la nube que no se cae.
Esas golondrinas en el techo
que cualquier día de estos
se van en una bandada azul, enorme.
Ahora que sos como el yuyito de las macetas,
pero si te arranco no importa, crecés de nuevo,
les hablo a todas las cosas como a vos
y cuando te encuentro
el mundo me parece más bueno.
**
El arte de silbar

Silbo y al rato un eco se desprende
y como si llegara alto, va y se queda
flotando en el aire.
Silbar no es de mujeres pero él
nos enseñaba a todos por igual,
mis hermanos y yo: silbar, nadar, pescar.
Después crecimos y recuerdo haber sentido
la soledad de ser una mujer
como quien marcha hacia el exilio.
Sobre todo del padre,
que en el sueño de anoche
se aparece de pronto en una ruta solitaria:
diferente y el mismo como siempre,
a la luz de los faros de un coche, dice:
hija, de la vida no se huye.
**
Afilada

No estoy lejos, estoy cerca,
pero me afilo
como un palito en la intemperie
y no me ven.
Desaparezco en la intemperie.
No me ve la tormenta
que se revuelca furiosa,
no me ve el rayo, no me acierta.
Soy un palito seco,
una ramita casi nada,
pero el sol me toca,
me lleva el agua flotando suave
y yo me hago lugar donde no hay lugar:
me voy con vos a ese mundo invisible,
y después volvemos en todas las cosas,
lo más tranquilos.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Acerca del taller Mario Jorge De Lellis y otras cuestiones

Unos cuantos...


Lo que copio abajo es eso que Matías Capelli llamó “Un ejercicio de ficción”; y que en realidad es un collage de respuestas que le dimos algunos de los integrantes del Taller Mario Jorge De Lellis, las que Capelli supo editar, mal o bien, a modo de
Imagen en Facebook de JA:Jorge Aulicino, Rubén Reches, Daniel Freidemberg y Raúl González Tuñón en 1973.
historia verídica o, mejor sea dicho, verosímil. Las alteraciones, los detalles no hacen a la cosa. Creo que sí es importante ver para dónde disparó la escritura de cada uno, visto y considerando que aún nos siguen envolviendo en obleas intituladas “objetivistas”, “coloquialistas”, “gelmanianos”, “etc.”, como si fuéramos o
De izq. a der.: Marcelo Cohen, Raúl González Tuñón, Daniel Freidemberg
hubiésemos sido una masa informe y pegoteada. De igual modo podría leerse la historia de la gente de los ’90, y sin embargo, en el recién salidito conjunto de entrevistas a
García Helder, Casas, Wittner, Raimondi, De Nápoli, Arteca, Villa, Franzetti, Gambarotta, Ainbinder, trabajo y compilación de Osvaldo Aguirre (La poesía en estado de pregunta, gog y magog, 2014), es interesante notar tanta diferencia entre uno y otro autor, a pesar de haber pasado, algunos de ellos, por la misma fuente. Es interesante, digo, cotejar lo que se dice o se ha dicho con lo que se ha escrito y se escribe, pasada tanta agua bajo demasiados puentes; así como lo que cada uno ha hecho, deshecho y/o renegado, y sigue haciendo con su obra, así como las teorías que apuntan o han apuntado en el mientras tanto (¿se cayeron?, ¿siguen en pie?, ¿coinciden con lo que dice la obra de cada cual?). Cotejar , digo, insisto. Y no poner nombre a lo que no lo tiene.

PD:         Me permito agregar unos datos que creo sí importan al collage o cadáver exquisito de Capelli: algunos de nosotros tuvimos el lujo, digo bien, el lujazo de charlar con Bayley, Madariaga, Orozco, Raúl Gustavo Aguirre, Molina, Ceselli, Tuñón, Biagioni, Giannuzzi, Beatriz Vallejos, Francisco Gandolfo, Juan L. Ortiz, Haroldo Conti, Paco Urondo, Alberto Girri, Élida Manselli, Roberto Juarroz, entre otros, y sin contar a los que aún viven. El honor de Freidemberg, por dar sólo un ejemplo, de haber hablado en el entierro de Raúl González Tuñón, como primera muesca, quizá, de su carrera o recorrido. La dicha de estar en una fonda y que se nos acercara Enrique Cadícamo a decirnos que él también era poeta:  "Yo escribí un tango que se llama Nieblas del Riachuelo"...

Irene Gruss

 ***

EL DE LELLIS: UNA RECAPITULACIÓN

Si mal no recuerdo el taller empezó en 1969. Al principio se llamaba “taller Aníbal Ponce” y se hacía los sábados en el barrio de Once, alrededor de una mesa en una oficina que nos prestaba el IFT, el teatro de la comunidad judía comunista. Casi todos caímos ahí por nuestro vínculo con la juventud del Partido. El que no era militante, simpatizaba: Gruss, Cohen, Asís, Freidemberg, Reches, Aulicino y yo éramos parte de un grupo de pendejos apasionados coordinado por José Murillo. Era una buena persona Murillo, muy elegante, de bigote recortado, siempre de traje, canoso y de ojos verdes, acento jujeño, pero con una visión literaria dogmática. Hubo una época en que se dedicó a la literatura infantil y publicaba cuentos con animales en el monte jujeño, buenos relatos, pero por ese entonces había pasado a escribir novelas proletarias que salían por alguna de las seis o siete editoriales del PC. Una de sus novelas se llamó Los traidores y era sobre el movimiento sindical, aparecía Vandor pero con otro nombre, porque él había trabajado en fábricas y sabía de eso. Lo apreciábamos aunque nos resultaba demasiado rígido y limitado, con bajadas de línea del tipo la literatura tiene que estar al servicio de la revolución, alumbrar la conciencia del hombre nuevo.
No recuerdo si fue producto de una defenestración de Murillo o si el IFT no pudo albergarnos más, lo cierto es que nos fuimos a la SADE, al caserón de la calle México, y ahí empezó a llamarse taller Mario Jorge De Lellis. Creo que fue el Turco Asís, que tenía mucha circulación por los cafés de Corrientes, quien vino y nos dijo que se había encontrado con Ulyses Petit de Murat, presidente de la SADE, y que este le había ofrecido un espacio para hacer el taller. Lo discutimos y aceptamos ir incluso teniendo aversión hacia la Sade. Era como dar un empuje de luz y de juventud, mal que bien.
Para nosotros De Lellis era un personaje legendario por las historias que de él se contaban. Era un tipo muy recio, socarrón, de perfil bajo, que representaba todo lo que era la porteñidad. Se pasaba las noches chupando en los boliches, muy de Almagro, del bar Gildo de Medrano y Corrientes, hincha fanático de Boca. Pero más allá del mito, la verdad es que no era un poeta al que admiráramos tanto como a Tuñón, por ejemplo, a quien íbamos a visitar. Además De Lellis había muerto dos o tres años antes. Le pusimos su nombre porque estábamos en esa corriente medio porteñista coloquialista, nos gustaba Gelman, y entonces en algún punto sí fue una declaración de principios. Fue una marca urbana, ideológica en cuanto a tener libertad y no estar atados.
Cuando nos mudamos a la Sade dejó de haber coordinador y cada reunión pasó a ser coordinada por un integrante del taller que se hacía cargo de distribuir el uso de la palabra cuando se comentaba un texto sometido a consideración. Era como se dice ahora un taller autogestionado. Alguien se proponía para ser leído en la siguiente reunión y traía fotocopias. Había poetas y narradores, la mayoría teníamos dieciocho, diecinueve años. Leíamos poemas, fragmentos de novelas, cuentos, y después venía la ronda de crítica, totalmente libre, en la que cada uno decía lo que opinaba. Había turbulencias dentro del taller porque éramos de hacer críticas muy duras, muy desbocadas; tal vez porque no teníamos muchos elementos teóricos terminábamos diciendo cualquier disparate. Todo era “no me gustó porque es una cagada”, “cómo escribís así”, etcétera. Eso sí: había mucha honestidad intelectual. Éramos muy apasionados, y muy crueles. Yo aprendí así, a los palos. Si hay algo que reivindico es haber aprendido que el poema es un objeto estético, no es a mí me pasó tal cosa y esto es lo que me salió. Éramos muy críticos y autocríticos, no se permitía la chantada, la cosa fácil. No queríamos seducir, queríamos conmover.

Teníamos una línea antinerudiana, provallejiana a full. Éramos muy de Girondo, de Huidobro, en cambio a Benedetti lo denostábamos mal. Nos interesaba la poesía yanqui, que no era tan conocida, toda la generación de Wallace Stevens, Williams C. Williams, muchísimo Eliot, Ezra Pound. Montale y Pavese fueron dos de nuestros maestros. No eran autores para Gelman o para Urondo, no era lo que ellos leían. Hubo un recambio; en ese momento leer a Dylan Thomas era rarísimo, no era una lectura de época. Novela se leía sobre todo la novela argentina que iba saliendo, lo que editaba Tiempo contemporáneo: Viñas, Rozenmacher, etcétera. Cada tanto, una vez por mes, había un invitado, por ejemplo un abogado que hoy es uno de los grandes abogados de derechos humanos, hasta trabajó para Naciones Unidas, Roberto Matarolo, en ese momento era poeta y vino a dar una clase de poesía francesa. O un poeta comunista paralítico de apellido Malamud, no era muy buen poeta pero daba una lección rara de creencia en la poesía y voluntad de sobrevivir. Y después los maestros, tipos que iban a dar una charla, a contestar preguntas: Isidoro Blaisten, Haroldo Conti, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Humberto Costantini, Luis Luchi, Alfredo Carlino, Miguel Briante.
Mal que bien por ese entonces muchos sacaron su primer librito. Por esos años Aulicino publicó su primer libro,Reunión, del cual reniega; Freidemberg, Blues del que vuelve solo a casa; Cohen los cuentos de Los pájaros también se comen, del que reniega, él también. Y en ese momento era difícil sacar narrativa, salvo ser un Turco que convencía a cualquiera. El Turco tenía una labia impresionante, era muy hábil: sacó un libro de poemas, Señorita Vida, la novela Don Abdel Salim, el burlador de Domínico y los cuentos de La manifestación, en los que todos éramos personajes, nos escrachó. Un librito digno, igual. A finales del 72 salió una antología que se llamó Los que siguen. Era de ediciones Noé y tenía poemas de Lucina Álvarez, Guillermo Boido, Daniel Freidemberg, Guillermo Martínez Yantoro, Rubén Reches, Jorge Ricardo Aulicino, Manuel Ruano y también algunos poemas míos. A Gruss le dijeron lisa y llanamente vos todavía no estás, y ella acató.
En ese momento el que verdaderamente tenía una idea personal de la poesía era Reches, un poeta romántico tardío con unos poemas increíbles en que podía aparecer la palabra “rueca”. Tenía un hálito muy rimbaudeano, una voz muy linda. Era comunista hijo de comunistas, como Aulicino. Después en los ochenta publicó Arrabal de esferas, que le presentó Beatriz Sarlo, y en noviembre pasado editaron su poesía reunida, que son setenta páginas. A Reches lo había traído el Turco y era un poeta que no se parecía a nadie, de un lirismo triste, con una dicción muy clara y sin embargo, en fin. Otros que también se acercaron al taller a través del Turco, aunque eran más grandes que nosotros, fueron Oscar Barros y su mujer, Lucina Álvarez. Eran de esos noviazgos de los setenta de estar siempre en los cafés, horas de café por día leyéndose cosas. Barros era un intelectual de Corrientes que escribía pero nunca terminaba de escribir una novela demasiado cortazariana. Lucina había sido mujer, compañera nada menos que de De Lellis. Era mucho más joven que él y lo había cuidado en su agonía, De Lellis enfermo a los cuarenta y pico y ella de veinte. Por supuesto que tenía un aura por haber sido mujer del tipo. Muy hermosa, buena poeta, era impensable para cualquiera de nosotros, pero Barros no había tenido escrúpulos con el mito. Vivían en un departamento por Arenales y Coronel Díaz. Después los dejé de ver y en mayo del 76 los secuestró un grupo de tareas.
Matías Capelli (Buenos Aires, 1982)
**
COMENTARIOS en FB tomados del muro de Marcelo Leites:
Daniel Freidemberg ¿Quién es Matías Capelli? No había nadie con ese nombre. Si es un seudónimo, no consigo reconocer quién es el que lo usa. La mayor parte de los datos son ciertos, pero también hay muchas equivocaciones. Si tengo tiempo voy a consignarlas.
·        Matías Capelli nació en Buenos Aires en 1982 (acabo de pedirle amistad por acá). Publicó el libro de relatos Frío en Alaska y la novela Trampa de luz, ambos por el sello Eterna Cadencia. FUENTE de la crónica y datos del autor: Revista EL ANSIA, Nº1, octubre de 2013.
·        https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-xfp1/v/t1.0-1/c0.0.32.32/p32x32/10801502_10205453325672115_512497260163146382_n.jpg?oh=92bdcfc5ee07dd935e6349dc51c9731c&oe=551734A0&__gda__=1427433609_c8c8f2f3b11818665ff3b957f11d2bdc
·        https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-xfa1/v/t1.0-1/c83.76.462.462/s32x32/428652_10201216801965307_1759790626_n.jpg?oh=6be2acc8fa6077b0dafa2baa4be162a4&oe=5519E7D5&__gda__=1423807805_96622f09d0a587676db1e89df0210e72
Daniel Freidemberg Pero no estuvo en el taller ni está entre los poetas de Los que siguen, y ahí el que habla en primera persona dice haber estado en los dos lugares. Acabo de revisar ese número de El Ansia y dice que es un ejercicio de ficción. No me parece que baste para justificar la confusión, aunque tampoco es algo que tenga verdadera importancia,.
·        https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-xfp1/v/t1.0-1/c0.0.32.32/p32x32/10801502_10205453325672115_512497260163146382_n.jpg?oh=92bdcfc5ee07dd935e6349dc51c9731c&oe=551734A0&__gda__=1427433609_c8c8f2f3b11818665ff3b957f11d2bdc
Marcelo Leites Dónde dice que es un ejercicio de ficción?
·        https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-xfp1/v/t1.0-1/c0.0.32.32/p32x32/10801502_10205453325672115_512497260163146382_n.jpg?oh=92bdcfc5ee07dd935e6349dc51c9731c&oe=551734A0&__gda__=1427433609_c8c8f2f3b11818665ff3b957f11d2bdc
Marcelo Leites El artículo está dedicado a Jorge Aulicino, a Irene Gruss y a Marcelo Cohen (al principio yo creí que era él quien escribía), porque está dentro de un dossier que la revista le dedica.
·        https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-xfa1/v/t1.0-1/c83.76.462.462/s32x32/428652_10201216801965307_1759790626_n.jpg?oh=6be2acc8fa6077b0dafa2baa4be162a4&oe=5519E7D5&__gda__=1423807805_96622f09d0a587676db1e89df0210e72
Daniel Freidemberg En la página 36, en el copete de la nota, que termina diciendo "A continuación, un ejercicio de ficción recrea aquellos años".
Jorge Aulicino En efecto, Capelli me mandó algunas preguntas. Tengo entendido que también a Irene y a Marcelo Cohen. Creo que luego armó esto con todos los datos, creando un personaje narrativo imaginario. Las inexactitudes probablemente son nuestras, o fallas de memoria, o registros distintos. Pero, querido Marcelo Leites, creo que hay algo que podés cambiar sin mengua del relato ni del estilo; el primer taller al que alude el erzat creado por Capelli era el Aníbal Ponce, no "Ronce"
·        Daniel Freidemberg 1) En el principio estuvo el taller Aníbal Ponce (evidentemente, “Ronce” es un error de tipeo), que, como su nombre lo sugiere, estaba vinculado al Partido Comunista. Fue el primer taller literario del país, fundado por José Murillo, quien conoció la experiencia de los talleres literarios en la República Democrática Alemana, y secundado por dos poetas jóvenes, Mauricio Herzovich y Víctor Malamud. Todos los demás nos incorporamos después, yo entré en junio de 1969, invitado por Malamud, a quien conocí en la Facultad de Filosofía y Letras. No es cierto, por lo tanto, que Malamud haya ido alguna vez al taller como invitado: fue uno de sus fundadores.
2) Si bien éramos mayormente militantes del PC o la FJC, no es cierto que “el que no era militante simpatizaba”: ni Lucina Alvarez, ni Oscar Barros (su esposo) ni Leonardo Moledo ni Armando Najmanovich ni Jorge Zunino, entre otros, estaban vinculados al PC. Tampoco el turco Asís, en un principio: fue a través de su participación en el taller que luego se vinculó.
3) No es cierto que nos fuimos del IFT y del Aníbal Ponce a la SADE para fundar el De Lellis. Hubo un momento, mientras estábamos en el Ponce, en que vino el turco a proponernos fundar un taller en la SADE, debido a sus contactos con gente de esa institución, pero sin dejar el Ponce, y durante un tiempo funcionaron los dos talleres a la vez. Lo que no recuerdo es en qué momento dejó de funcionar el Ponce y quedó solamente el De Lellis, en el que entramos casi todos, menos Malamud y Herzovich, pero no porque hubiera habido alguna pelea o ruptura. Tampoco es cierto que tuviéramos aversión a la SADE.
4) A Tuñón no íbamos a visitarlo todos. Íbamos Aulicino, yo y dos o tres más. En cuanto al nombre De Lellis, se nos ocurrió porque poco antes se le había hecho un homenaje en el IFT, a lo que se agregó el hecho de que fue pareja de nuestra compañera Lucina Alvarez (luego desparecida, durante la dictadura, con Oscar Barros, ambos militantes del PRT).
5) Que yo recuerde, en el De Lellis nadie coordinaba las reuniones. No es cierto que se designaba un coordinador para cada reunión. No hacía falta, podíamos discutir sin necesidad de eso.
6) Ni Girondo ni Huidobro figuraban entre nuestras principales preferencias. Nos gustaban, sí, pero no eran los poetas con los que nos identificábamos. No es cierto tampoco que denostáramos a Benedetti. Incluso una vez fue invitado a conversar con nosotros en el taller, cuando ya éste funcionaba en la Galería Meridiana, creo que en 1974. Lo invitó el turco Asís, que se hizo amigo suyo, así como fue el contacto para que conociéramos a otros escritores más o menos renombrados.
7) No es cierto lo que se dice de nuestra afición por la poesía norteamericana. Conocíamos a la beat generation y nos gustaba, pero no a Stevens ni a Williams. Eliot un poquito (le gustaba sobre todo a Marcelo Cohen, y más tarde empezó a gustarnos a los demás). A Pavese, sí, lo teníamos entre nuestros maestros, pero a Montale recién lo estábamos empezando a conocer, entre otras cosas porque recién por esos años se publicó por primera vez un libro suyo en la Argentina: la antología de Fabril Editora. En Cambio Dylan Thomas sí era una lectura de época, muy conocido, o al menos nombrado, aunque no era fácil conseguir libros suyos.
8) Había invitados, pero no una vez por mes. Venían cuando les parecía bien o nos parecía bien a nosotros. Sí vinieron Isidoro Blaisten, Haroldo Conti, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Humberto Costantini (que además era muy amigo del turco, y, a través de él, de todo el grupo), pero ni Luis Luchi ni Miguel Briante vinieron al taller. En cuanto a Carlino, no vino a dar una charla, simplemente participaba del taller como uno más, aunque era bastante mayor que nosotros, igual que Carlos Marcucci. Eso ya en la etapa del De Lellis, no del Ponce.
9) Mattarolo, que entonces firmaba Rodolfo Benasso, no vino a dar una clase de poesía francesa, sino un breve curso, que duró varias semanas. Tengo un recuerdo muy fuerte de una clase que dio sobre el romancero español. Y no fue en el De Lellis sino en el Ponce, convocado por Murillo.
10) Los que siguen no fue una publicación vinculada al taller. Alvares, Reches, Aulicino y yo estábamos en el taller, pero no Ruano ni Martínez Yantorno. En cuanto a Boido, no participaba del taller: nos encontrábamos con él en los bares, y Boido fue el que tuvo la iniciativa de publicar el libro, y el que invitó a Ruano y a Yantorno. El otro que participó de Los que siguen, y al que aquí no se lo nombra, era Armando Najmanovich, que sí era integrante del taller.
11) A Rubén Reches no lo trajo el Turco Asís. Al revés: Rubén, al que conocíamos del PC y de la facultad, lo trajo al turco, que no tenía nada que ver con ninguna de las dos pertenencias.
12) No es cierto que “la poesía de De Lellis no era sentimental tanguera, evocativa o nostalgiosa; era más exaltadora, celebradora de su época”. Era todo eso a la vez. Nada que ver entre De Lellis y Maiacovsky: De Lellis venía del neorromanticismo cuarentista, de una poesía con métrica tradicional y rima, un poco melancólica y muy tierna. Recién en sus últimos libros empieza a adoptar algunas audacias de escritura, notoriamente provenientes de Vallejo.
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Constantino Mpolás Andreadis ...calidoscopio...o caleidoscopio...ay la poesía siempre es joven !...
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Alicia Genovese Tanto Jorge como Daniel recuerdan muchas más cosas que yo que entré mucho después. En líneas generales coincido con las acotaciones, aunque me cuesta precisar a veces si un autor sí o no. Con Irene en esa época leíamos a Pizarnik, por ejemplo. Las iniciaciones no son tan lineales.
·        https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-xfa1/v/t1.0-1/c83.76.462.462/s32x32/428652_10201216801965307_1759790626_n.jpg?oh=6be2acc8fa6077b0dafa2baa4be162a4&oe=5519E7D5&__gda__=1423807805_96622f09d0a587676db1e89df0210e72
Daniel Freidemberg En esa época, sí, leíamos todos, o casi todos, a Pizarnik
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Clelia Bercovich Y Leonardo Goloboff, hermano de Mario, no hacía teatro por entonces en el IFT?
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Marcelo Leites Corregido el error, que es de la revista, no de tipeo.
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Daniel Freidemberg Leonardo Goloboof fue profesor mío en el Ift. Pero no tenía nada que ver con el taller. El taller funcionaba en una oficina del edificio del Ift, pero no pertenecía al Ift.
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Gustavo Gottfried Me gustaría compartir esta historia -corregida y aumentada por sus protagonistas- de los talleres literarios y de una parte importante de la literatura en Argentina. Pero creo que, con los comentarios incluidos no se puede. En fin, me conformo con haberla leído. Oro en polvo, realmente. Gracias, MarceloDaniel y Alicia.
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Pedro Oblomov No sé por qué se piensa "que nos apropiamos". Yo llegué al Taller gracias a Malamud. Salíamos de una charla de Raúl de la Torre en el Comité Central del PC. Le pregunté a Víctor adonde iba. Me contestó al taller, ¿querés venir?. Bueno, ahí conocì
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Pedro Oblomov (Se me dispara el enter) a los "apropiadores". (No estoy provocando ninguna discusión, es algo fútil). Unos años después, yo cursaba Letras y el jefe del Departamento era Paco Urondo, Literatura latinaomerciana, Noé Jitrik, Teoría literaria, Josefina Ludmer (todos un ¡¡¡¡!!!) y aproveché para aplicar toda la onda del estructuralismo, el formalismo ruso en el Taller. Luis Alonso fue 'nuestro poeta' Un poeta excepcional que no tiene la transcendencia de Leonor....(to be continued)

Me recuerda a algo de Tolstoi

TENNESSEE WILLIAMS
Thomas Lanier Williams
(Columbus, EE. UU., 1911-Nueva York, 1983) 

"Algo de Tolstoi"
Por Tennessee Williams
De La Noche de la Iguana y otros relatos
DeBolsillo, Argentina, 2007

Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; ésos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de sólo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.
En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban las polvorientas estanterías de la librería.
En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años. Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos, de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados. Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de darme el empleo.
El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica era gentil. Por eso era por lo que el viejo señor Brodzki quería que el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros judíos de su generación, se oponía desesperadamente al matrimonio de su hijo con una gentil, y parecía que los dos, si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio. El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más. Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el uno para el otro.
No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos. Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico; ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad animal, de vida y entusiasmo.
A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.
Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu. Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla, cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.
Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente a por su hijo, pero antes de que éste hubiese tenido tiempo de volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas, y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima de la librería. La señora Brodzki no sería tan enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante quince años, yo fui espectador.
El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como lo había sido la devoción del uno por el otro.
La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como esposa del dueño de una librería que iba bastante bien. Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa. Quería más, mucho más, de lo que le podía proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su marido a que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo. No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que le conocía podía ver que aquel muchacho soñador no encajaría en ningún sitio mejor que una librería. Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso, por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que empezaban al otro lado de la puerta de la librería.
La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él. Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz y habló a la chica de las posibilidades que tendría en el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella decidió abandonar a su marido.
Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se pierde la amada, se pierde la vida. Ésta se hace trizas. Y eso fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer se marchó con la compañía de variedades.
Debería describir el modo en que ella le dejó.
Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética, en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera asfixiando.
Por el modo en que habló con su marido se habría pensado que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba más nublado de lo habitual.
Ella le dijo:
-Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy a Europa con un espectáculo de variedades.
El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le había abandonado toda vida. La siguió, mirándola fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la grotesca correspondencia de aquel título con la expresión aturdida, desamparada de la cara de él.
Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico había conseguido entender lo que estaba pasando.
-¿Te marchas? -preguntó sordamente.
Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra. Era la llave de la puerta delantera de la librería.
-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa tranquilidad-, porque algún día la necesitarás. Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte de él. Volverás en algún momento, y yo estaré esperando.
Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando con fuerza, salió de la librería. En el sombrío interior, nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos; la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.
Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo que parecía peor que la muerte.
Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él. Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio creí que se sumiría en una completa y violenta locura. Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir de la librería. Traté de convencerle de que se quedara en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería. No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más que otra cosa, decían:
-Tú me quieres... en algún momento volverás.
Viendo que no lo superaba, mandé a por su madre, que había ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco. Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.
Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad espantosa.
Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía el día entero, hasta que los ojos se le cenaban de cansancio. Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero se había vuelto tan inútil y torpe como un niño pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia, haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase de salir de un profundo sueño
Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él una intensa piedad y simpatía- que aquel estado sólo fuera temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo, no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido; una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso -Incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.
Casi quince años después de que su mujer se hubiera marchado, para irse al extranjero con la compañía de variedades, la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero la gente, de compras para navidades, todavía pululaba por las aceras de la dudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería, lo recuerdo, con una escarcha brillante.
La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia la librería supe de inmediato que era ella.
Con una extraña sensación de terror me retiré de la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías. Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado; en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido la profecía de su marido y al cabo de quince años había descubierto que su amor por él había sido demasiado fuerte para rehuirlo?
Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura. Todavía la tenía; ¡la llave que le había dado él aquella mañana de quince años atrás!

***

En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente. Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros. Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana en que se marchó; como si alguien la estrangulara.
En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle sumamente difícil creer que aquellos años habían pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra, las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel, el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del piso alto para ayudarle a cenar la librería.
Debía de tener la sensación de que retrocedía, literalmente, en el tiempo.
Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa. Sólo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado, le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió, con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente él casi no había cambiado. En aquellos quince años su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.
Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción. Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.
Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada, entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido de su entrada y de sus pasos; del crujido de éstos en las vetustas tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría, y de una especie de terror, como para preguntarse nada.
Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:
-Jacob.
Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía mirarse uno al otro.
Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera. Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?
Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a la tensión, él habló.
Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había convertido en la suya habitual, estas palabras:
-¿Quiere un libro?
Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió de llegar a una conclusión; decidió que los quince años le habían afectado mucho más a ella que a él, y que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó la mano de la garganta.
-¿Quiere un libro? -repitió él.
Ella tartamudeó:
-No... bueno... quería un libro, pero he olvidado su título. Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber encontrado completamente imposible decir directamente: -Soy Lila. He vuelto contigo.
Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había venido a por un libro, como un modo de revelarle quién era con una franqueza menos embarazosa.
Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la mesa, dijo:
-Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían sido compañeros constantes desde la infancia. Querían estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica era gentil. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería proporcionaba poco más de lo escaso para vivir, y la chica era ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería que había pertenecido a sus padres. ¿Entiende? El chico era soñador, sentimental, un Judío raro. Y la chica nunca conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de ella, que había muerto y la había dejado con una tía viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del agente de una compañía de variedades para que hiciera gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta del agente de la compañía de variedades. Volvió a la librería y le dijo a su marido que le iba a dejar. Él fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla, y en lugar de eso le entregó una llave de la librería y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo un éxito enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante famosa y recorrió todos los países más importantes de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos periodos ni siquiera pensó en el judío soñador que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero la llave de aquella librería, que le había dado su marido, permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella, casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua, pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más obsesivo. Finalmente ella comprendió que quería volver; que quería entrar en la librería con la llave conservada durante quince años, y encontrar que su marido todavía la esperaba, como prometió que haría.
La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba y se agarraba a la mesa como apoyo.
Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué se había convertido el hombre que había sido su marido.
-¿No recuerda... tiene que recordarla... la historia de Lila y Jacob?
Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero en la cara no había nada más que desconcierto.
-Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstói.
Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un fuerte sonido metálico que debía de ser el de la llave al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él y se había ido de nuevo, y todo era tan fantásticamente igual que podría creerse que había ocurrido en sueños, si yo no hubiese visto, caída en el suelo, la pesada llave negra de la librería.

Abril de 1936
**
Nunca atraparán a su especie hasta que aprendan que la justicia no viene del tambor de los revólveres.... Tampoco nunca nos atraparán a nosotros... ¡No hasta que derriben las podridas paredes viejas en las que querían encerrarnos! (Más tranquilo.) Mira, Glory, la nieve sigue cayendo. Supongo que Dios sigue dormido. 
(Subiendo la inflexión.) ¡Pero a la mañana tal vez se despierte y vea el desastre! Oirá las voces de los chicos que gritan las noticias de la mañana: "¡El criminal fue capturado, el fugitivo volvió!"... ¡Y tal vez esté terriblemente enojado por lo que hicieron en su ausencia, esos idiotas virtuosos que jugaron a ser Dios anoche y todas las noches mientras Él estuvo durmiendo!... (Suavemente pero con mucho sentimiento.) Pero si nunca se despierta... entonces nosotros también podemos jugar a ser Dios y a enfrentarlos con coraje y con nuestra propia idea del bien, y ver cuál de las dos mascaradas resulta mejor al final, la de ellos o la nuestra... (Lentamente se aparta del ventanal. Entonces, pone su 
brazo alrededor de Glory.) Pero esta noche no queda nada que hacer, salvo dormir un rato y olvidar, mientras la nieve sigue cayendo...
EL TELÓN SE CIERRA LENTAMENTE

(T. Williams, Especie fugitiva, escena VIII “Nunca atraparán a nuestra especie”)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char