miércoles, 24 de mayo de 2017

Hago el gesto de la pena

Rosana Formía 

(La Francia, Córdoba, Argentina, 1969)

LO QUE PUEDE UNA NOCHE

Los hombres, las mujeres
los sábados por la noche
(en noches de sábados),
acompañados por alguien
que valga o no valga la pena,
confiesan incluso lo que no
sienten durante el resto de los días.

**

El viento mueve el agua,
el agua en una palangana,
el sol refracta el agua,
la refracción atraviesa las celosías,
el reflejo en el cielorraso,
en el cielorraso el agua en movimiento,
a veces, el agua se aquieta,
y el reflejo también.
**
Dime que eres púrpura, mujer

Manos estuosas escuchan.
En el tarro lapidario
se coloca la lluvia
Toc toc tóc son continuoms encerrados.

Párase la lluvia y bípeda
comienza a correr abajo.
Ojos excitados
la oyen autotélica.
Sólida y sobre sí
y hataca.
Me causa ese manantial estridor
torrente lloral.
Ojos excitados
la sienten desmembrarse en el hastial
y caer densamente.
Manos estuosas
la recogen estrellamar.

Oye a sus enemigos.
Dermis seca y leña junta,
y se enciende, y escapa
de ellos mutilada mi cosa.
Alo a ella con la asteria pluvial
y arde también.
Hago el gesto de la pena
por mi lluvia pavor autumnal,
mientras sometida a tan miedo estival.
Noche y silencio
dan desapacibles a la nada.

Tomados del blog emmagunst.blogspot.com

martes, 23 de mayo de 2017

Imagine usted, amiga mía, la calidad de mi dolor

FEDERICO GARCÍA LORCA
(Granada, España, 1898--asesinado por Franco en 1936)

Para la revista Gallo. F.G. Lorca



De poemas en prosa
Dibujo de Federico García Lorca

AMANTES ASESINADOS POR UNA PERDIZ
Yo he amado a dos mujeres que no me querían, y sin embargo no quise degollar a mi perro favorito. ¿No os parece, condesa, mi actitud una de las más puras que se pueden adoptar?

Ahora sé lo que es despedirse para siempre. El abrazo diario tiene brisa de molusco.

Este último abrazo de mi amor fue tan perfecto, que la gente cerró los balcones con sigilo. No me haga usted hablar, condesa.

Yo estoy enamorado de una mujer que tiene medio cuerpo en la nieve del Norte. Una mujer amiga de los perros y fundamentalmente enemiga mía.

Nunca pude besarla a gusto. Se apagaba la luz o ella se disolvía en el frasco de whisky. Yo entonces no era aficionado a la ginebra inglesa. Imagine usted, amiga mía, la calidad de mi dolor.

Una noche, el demonio puso horribles mis zapatos. Eran las tres de la madrugada. Yo tenía un bisturí atravesado en mi garganta y ella un largo pañuelo de seda. Miento. Era la cola de un caballo. La cola del invisible caballo que me había de arrastrar. Condesa: hace usted bien en apretarme la mano.

Empezamos a discutir. Yo me hice un arañazo en la frente y ella con gran destreza partió el cristal de su mejilla. Entonces nos abrazamos.

Ya sabe usted lo demás.

La orquesta lejana luchaba de manera dramática con las hormigas volantes.

Madame Barthou hacía irresistible la noche con sus enfermos diamantes del Cairo, y el traje violeta de Olga Montcha acusaba, cada minuto más palpable, su amor por el muerto zar.

Margarita Gross y la españolísima Lola Cabeza de Vaca llevaban contadas más de mil olas sin ningún resultado.

En la costa francesa empezaban a cantar los asesinos de los marineros y los que roban la sal a los pescadores.

Condesa: aquel último abrazo tuvo tres tiempos y se desarrolló de manera admirable.

Desde entonces dejé la literatura vieja que yo había cultivado con gran éxito.

Es preciso romperlo todo para que los dogmas se purifiquen y las normas tengan nuevo temblor.

Es preciso que el elefante tenga ojos de perdiz y la perdiz pezuñas de unicornio.

Por un abrazo sé yo todas estas cosas y también por este gran amor que me desgarra el chaleco de seda.

¿No oye usted el vals americano? En Viena hay demasiados helados de turrón y demasiado intelectualismo. El vals americano es perfecto como una Escuela Naval. ¿Quiere usted que demos una vuelta por el baile?

A la mañana siguiente fue encontrada en la playa la condesa de X con un tenedor de ajenjo clavado en la nuca. Su muerte debió de ser instantánea. En la arena se encontró un papelito manchado de sangre que decía: "Puesto que no te puedes convertir en paloma, bien muerta estás".

Los policías suben y bajan las dunas montados en bicicleta.

Se asegura que la bella condesa X era muy aficionada a la natación, y que ésta ha sido la causa de su muerte.

De todas maneras podemos afirmar que se ignora el nombre de su maravilloso asesino.
**
LA GALLINA

"En las noches de invierno la luna de las aldeas da grandes bofetadas a las gallinas"


Había una gallina que era idiota. He dicho idiota. Pero era más idiota todavía. Le picaba un mosquito y salía corriendo. Le picaba una avispa y salía corriendo. Le picaba un murciélago y salía corriendo.

Todas las gallinas temen a las zorras. Pero esta gallina quería ser devorada por ellas. Y es que la gallina era una idiota. No era una gallina. Era una idiota.

En las noches de invierno la luna de las aldeas da grandes bofetadas a las gallinas. Unas bofetadas que se sienten por las calles. Da mucha risa. Los curas no podrán comprender nunca por qué son estas bofetadas, pero Dios sí. Y las gallinas también.

Será menester que sepáis todos que Dios es un gran monte VIVO. Tiene una piel de moscas y encima una piel de avispas y encima una piel de golondrinas y encima una piel de lagartos y encima una piel de lombrices y encima una piel de hombres y encima una piel de leopardos y todo. ¿Veis todo? Pues todo y además una piel de gallinas. Esto era lo que no sabía nuestra amiga.

¡Da risa considerar lo simpáticas que son las gallinas! Todas tienen cresta. Todas tienen culo. Todas ponen huevos. ¿Y qué me vais a decir?

La gallina idiota odiaba los huevos. Le gustaban los gallos, es cierto, como les gusta a las manos derechas de las personas esas picaduras de las zarzas o la iniciación del alfilerazo. Pero ella odiaba su propio huevo. Y sin embargo no hay nada más hermoso que un huevo.

Recién sacado de las espigas, todavía caliente, es la perfección de la boca, el párpado y el lóbulo de la oreja. La mejilla caliente de la que acaba de morir. Es el rostro. ¿No lo entendéis? Yo sí. Lo dicen los cuentos japoneses, y algunas mujeres ignorantes también lo saben.

No quiero defender la belleza enjuta del huevo, pero ya que todo el mundo alaba la pulcritud del espejo y la alegría de los que se revuelcan en la hierba, bien está que yo defienda un huevo contra una gallina idiota.

Lo voy a decir: una gallina amiga de los hombres.

Una noche, la luna estaba repartiendo bofetadas a las gallinas. El mar y los tejados y las carboneras tenían la misma luz. Una luz donde el abejorro hubiera recibido las flechas de todo el mundo. Nadie dormía. Las gallinas no podían más. Tenían las crestas llenas de escarcha y los piojitos tocaban sus campanillitas eléctricas por el hueco de las bofetadas.

Un gallo se decidió al fin.

La gallina idiota se defendía.

El gallo bailó tres veces pero los gallos no saben enhebrar bien las agujas.

Tocaron las campanas de las torres porque tenían que tocar, y los cauces y los corredores y los que juegan al gol se pusieron tres veces morados y tintineantes. Empezó la lucha.

Gallo listo. Gallina idiota. Gallina lista. Gallo idiota. Listos los dos. Los dos idiotas. Gallo listo. Gallina idiota.

Luchaban. Luchaban. Luchaban. Así toda la noche. Y diez. Y veinte. Y un año. Y diez. Y siempre.
**
SUICIDIO EN ALEJANDRÍA

  13 y 22
Cuando pusieron la cabeza cortada sobre la mesa del despacho, se rompieron todos los cristales de la ciudad. "Será necesario calmar a esas rosas", dijo la anciana. Pasaba un automóvil y era un 13. Pasaba otro automóvil y era un 22. Pasaba una tienda y era un 13. Pasaba un kilómetro y era un 22. La situación se hizo insostenible. Había necesidad de romper para siempre.
12 y 21
Después de la terrible ceremonia se subieron todos a la última hoja del espino, pero la hormiga era tan grande, tan grande, que se tuvo que quedar en el suelo con el martillo y el ojo enhebrado.
11 y 20
Luego se fueron en automóvil. Querían suicidarse para dar ejemplo y evitar que ninguna canoa se pudiera acercar a la orilla.
10 y 19
Rompían los tabiques y agitaban los pañuelos. ¡Genoveva! ¡Genoveva! Era de noche y se hacía precisa la dentadura y el látigo.
9 y 18
Se suicidaban sin remedio, es decir, nos suicidábamos. ¡Corazón mío! ¡Amor! La Tour Eiffel es hermosa y el sombrío Támesis también. Si vamos a casa de lord Butown nos darán la cabeza de langosta y el pequeño círculo de humo. Pero nosotros no iremos a casa de ese chileno.
8 y 17
Ya no tiene remedio. Bésame sin romperme la corbata. Bésame, bésame.
7 y 16
Yo, un niño, y tú, lo que quiera el mar. Reconozcamos que la mejilla derecha es un mundo sin normas y la astronomía un pedacito de jabón.
6 y 15
Adiós. ¡Socorro! Amor, amor mío. Ya morimos juntos. ¡Ay! Terminad vosotros por caridad este poema.
5 y 14
4 y 13
Al llegar este momento vimos a los amantes abrazarse sobre las olas.
3 y 12
2 y 11
1 y 10
Un golpe de mar violentísimo barrió los muelles y cubiertas de los barcos. Sólo se sentía una voz sorda entre los peces que clamaba.
9
8
7
6
5
4
3
2
1
0
Nunca olvidaremos los veraneantes de la playa de Alejandría aquella emocionante escena de amor que arrancó lágrimas de todos los ojos.

(1934) 
© Herederos de Federico García Lorca

lunes, 22 de mayo de 2017

Otro mensaje concluso e ido. de un perturbado

Alberto Cisnero
(La Matanza, Buenos Aires, Argentina, 1975)


6-

cada núbil madrugada, cada signo
y cada espacio, las luces y el núcleo de la llovizna; frágiles pétalos, tudescos. el núcleo de esa flor
es a veces negro. tenelos en la mano, cuidalos.
y si integran un sueño verdadero,
que se pulvericen encuadernados en un volumen o donde más quieras vos. en este lugar
de la pampa ha estado lloviendo
toda la noche. quería que lo supieses,
por si me muero mientras duermo.

31-

dejé las más simples para el final. aunque resulta
difícil saber qué decirle a alguien así. cómo
se rompe un hechizo y hacer que sea cierto.
tendrás su recuerdo. pero un recuerdo casi nunca
es lo suficientemente bueno para. tendrás
suficiente tiempo para hablar cuando
tus mejores días hayan pasado. o al pasar
la vista por estas líneas, en el reino
de este mundo y hacer que sea cierto.

17-

si dudás, que al salir, salga cortando. fue
mi alcázar de oro y gemas en todos los rincones
en los que uno está solo. ya dieron su fin
los laberintos y meandros de un viejo río.
mi alcázar de oro y gemas, estas palabras
cárdenas. a veces, lo que perdura es lo que no se
pronuncia. y siempre hablé con intención.
por tierra, por mar, adonde el viento me llevó.
no presentaré mis excusas por ello. a declivio
se redujo, como si oyera golpes en la puerta,
como un sueño repetido.

24-
otro mensaje concluso e ido. de un perturbado
mental. como en las entrañas de un ave.
como en un amor correspondido. como en un no
expresado litigio. no aluden a nada. se pierden
bajo el estruendo. negra lluvia, negra bordura.
podés atribuirles significado. o cualquier solaz.
distinguir categorías morales. no sé qué mierda
me hiciste. pero era de néctar. y me gusta
el tiempo en que falta la claridad del día.

De Oquei, gracias (Barnacle, 2017).

domingo, 21 de mayo de 2017

Existía algo exquisitamente doloroso en su figura

NATHANIEL HAWTHORNE

(Salem, EE UU, 1804-Plymouth, id., 1864)

La noche del 3 de febrero de 1850 Nathaniel Hawthorne le leyó a su esposa el final de La letra escarlata, que acababa de terminar de escribir. «La novela le partió el corazón y la mandó a la cama con un tremendo dolor de cabeza», escribió jubiloso a un amigo al día siguiente, «¡lo que me parece un éxito triunfante! A juzgar por su efecto», seguía, «calculo obtener lo que los jugadores de bolos llaman ¡un pleno!». Tras veinticinco años de paciente esfuerzo literario sin éxito, Hawthorne parecía estar a punto de conseguir la fama y la fortuna. Tenía casi cuarenta y seis años y —como revelan los atípicos signos de exclamación de su carta— se sentía febrilmente entusiasmado ante esa perspectiva.

Sus expectativas resultaron acertadas y equivocadas al mismo tiempo. La letra escarlata, aplaudida desde el principio como un clásico literario, continúa ocupando su lugar entre las obras maestras americanas. No obstante, no se vendieron más que 7.800 ejemplares en vida de Hawthorne, quien ganó solo unos 1.500 dólares. Aunque esta no fuera una suma nada desdeñable para la época, desde luego no se tradujo en riqueza. La esperanza del autor de que el libro fuese un «pleno» se vio defraudada, y de hecho nunca logró su objetivo de convertirse en un gran éxito.
Fuente: megustaleer.com
***
De La letra escarlata
(Fragmento)

La escena aquella no carecía de esa cierta solemnidad pavorosa que producirá siempre el espectáculo de culpa y la vergüenza en uno de nuestros semejantes, mientras la sociedad no se haya corrompido lo bastante para que le haga reír en vez de estremecerse. Los que presenciaban la deshonra de Ester Prynne no se encontraban en ese caso. Era gente severa y dura, hasta el extremo que habrían contemplado su muerte, si tal hubiera sido la sentencia, sin un murmullo ni la menor protesta; pero no habrían podido hallar materia para chistes y jocosidades en una exhibición como ésta de la que hablamos: y dado el caso de que hubiese habido alguna disposición a convertir el castigo aquel en asunto de bromas, toda tentativa de este género habría sido reprimida con la solemne presencia de personas de tanta importancia y dignidad como el Gobernador y varios de sus consejeros: un juez, un general, y los ministros de justicia de la población, todos los cuales estaban sentados o se hallaban de pie en un balcón de la iglesia que daba a la plataforma. Cuando personas de tanto viso podían asistir a tal espectáculo sin arriesgar la majestad o la reverencia debida a su jerarquía y empleo, era fácil de inferirse que la aplicación de una sentencia legal debía tener un significado tan serio cuanto eficaz; y por lo tanto, la multitud permanecía silenciosa y grave. La infeliz culpable se portaba lo mejor que le era dado a una mujer que sentía fijas en ella, y concentradas en la letra escarlata de su traje, mil miradas implacables. Era un tormento insoportable. 
Hallándose Ester dotada de una naturaleza impetuosa y dejándose llevar de su primer impulso, había resuelto arrostrar el desprecio público, por emponzoñados que fueran sus dardos y crueles sus insultos; pero en el solemne silencio de aquella multitud había algo tan terrible, que hubiera preferido ver esos rostros rígidos y severos descompuestos por las burlas y sarcasmos de que ella hubiera sido el objeto; y si en medio de aquella muchedumbre hubiera estallado una carcajada general, en que hombres, mujeres, y hasta los niños tomaran parte, Ester les habría respondido con amarga y desdeñosa sonrisa. Pero abrumada bajo el peso del castigo que estaba condenada a sufrir, por momentos sentía como si tuviera que gritar con toda la fuerza de sus pulmones y arrojarse desde el tablado al suelo, o de lo contrario volverse loca. Había sin embargo intervalos en que toda la escena en que ella desempeñaba el papel más importante, parecía desvanecerse ante sus ojos, o al menos, brillaba de una manera indistinta y vaga, como si los espectadores fueran una masa de imágenes imperfectamente bosquejadas o de apariencia espectral. Su espíritu, y especialmente su memoria, tenían una actividad casi sobrenatural, y la llevaban a la contemplación de algo muy distinto de lo que la rodeaba en aquellos momentos, lejos de esa pequeña ciudad, en otro país donde veía otros rostros muy diferentes de los que allí fijaban en ella sus implacables miradas. Reminiscencias de la más insignificante naturaleza, de sus juegos infantiles, de sus días escolares, de sus riñas pueriles, del hogar doméstico, se agolpaban a su memoria mezcladas con los recuerdos de lo que era más grave y serio en los años subsecuentes, un cuadro siendo tan vivo y animado como el otro, como si todos fueran de igual importancia, o todos un simple juego. Tal vez era aquello un recurso que instintivamente encontró su espíritu para librarse, por medio de la contemplación de estas visiones de su fantasía, de la abrumadora pesadumbre de la realidad presente. 
*
Aquellos que la habían conocido anteriormente y que esperaban contemplarla oscurecida en su desgracia, se quedaron sorprendidos y asombrados al percibir como brillaba su belleza, construyendo un halo sobre la desgracia e ignominia con que la habían envuelto.
 Es cierto, que para cualquier observadora, existía algo exquisitamente doloroso en su figura.
***
De El club de los leones
(Fragmento)
Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
***
De La máscara de Howe
(Fragmento)

Con el semblante arrebatado de furor, el general desenvainó la espada y enfrentó a la figura embozada antes de que esta última hubiera dado un solo paso. `¡Miserable, desenmascárate -gritó-, o no seguirás adelante!' Sin recular un solo milímetro frente a la espada que le apuntaba al pecho, el desconocido hizo una solemne pausa y bajó el embozo de su capa, aunque no lo bastante come para que los espectadores pudieran ver su semblante. Pero, evidentemente, Sir William Howe alcanzó a ver lo suficiente. La severidad de su rostro dio paso a una mirada de extraña estupefacción, si no de horror, y, retrocediendo varios pasos, dejó caer su espada al suelo.
***
Carta de Nathaniel Hawthorne a la Sra. Hawthorne 
(Fragmento)

Es muy extraño (pero no creo poder expresarlo), que, mientras que te amo tanto, y mientras que estoy muy consciente de la profunda unión de nuestros espíritus, aún tengo un pavor por tí que nunca sentí por nadie más. Pavor no es la palabra, tampoco, porque eso puede dar a entender algo severo en tí; está visto que tú deberás descifrarlo por tí misma. Desearía poder poner esto en palabras, no tanto para satisfacerte (porque sé que entenderás) como por mí mismo. Yo supongo que podría tener prácticamente el mismo sentimiento si un ángel fuera a venir del cielo y ser mi queridísimo amigo. Sólo que el ángel podría no tener además la dulzura de la naturaleza humana, la sensación de quién es mezclado con este sentimiento. Puede que eso sea porque, al encontrarte, realmente encuentro un espíritu, mientras las obstrucciones de la tierra han impedido semejante encuentro en todos los demás casos. Pero dejaré el misterio aquí. En un tiempo u otro esto será simple para mí. Pero a mi parecer, esto convierte mi amor en religión. Y es singular, también, que este pavor ( o lo que sea que fuera), no me impide sentir que soy yo quien tiene la respónsabilidad de tí.¿No desearás sublevarte? Oh, no; porque poseo el poder de guiar sólo mientras que te amo. Mi amor me da ese derecho, y tu amor lo consiente. 

sábado, 20 de mayo de 2017

Y para estar en el aire sin ausentarme del fuego

EDGAR BAYLEY
(Buenos Aires, Argentina, 1919 -1990)



“No voy a aducir, para descargar responsabilidades, que he procurado adoptar un   punto de vista poético, tanto para vivir como para manejar las palabras, y que de ese intento o propósito se deriva el modo como he vivido y escrito. Me parece más adecuado destacar otra circunstancia: en el momento en que se escribe poesía  -coincida o no ese momento con el de la experiencia poética- uno está solo”.
Del prólogo de Edgar Bayley a su Antología personal, Centro Editor de América Latina, 1983.

La claridad

Me ha tentado siempre la claridad
Y la claridad se me ha negado a veces
Como un pájaro que vuela en sueños
Y cae y sigue cayendo
Sin volar
Como peso muerto

Me ha tentado siempre la claridad
Especialmente la claridad de las hojas de saúco
También la claridad del guijarro
Y de las ramas de abeto
Y la rápida y voraz claridad de una salamandra

He querido tener claridad para mirar
Los terrones del campo recién removido
Y para mirar también el mismo arado
Y el agua que se desliza límpida por la acequia

Claridad he querido para recorrer tantos sueños
Y glorias y poderes y dispersas situaciones y gentes
Y para estar en el aire sin ausentarme del fuego

Me ha tentado siempre la claridad
De estar totalmente en cada flor
En cada herida o condena o semilla
He querido tener claridad para vivir

Y cuando al fin pude definir la claridad que yo buscaba
Advertí cuánto sueño y plumón y roja tierra
Y confusión y olvido hacen falta para comprender claramente
Y estar aquí con total lucidez sentado a la vera del camino
Avivando el fuego bajo el cielo y el polvo de las horas

Y como me ha tentado siempre la claridad
Aquella vez cuando bajo un abierto y extendido sol
Comenzaron a encresparse las aguas de la bahía
Hasta adquirir un tinte violáceo
Y un gran pájaro blanco surgió de repente de entre las nubes
Batiendo sus alas y revoloteando suavemente a mi alrededor
Decidí que era el momento de arrojar estas palabras al mar
Porque la claridad que tanto he buscado
Sólo está en algunos silencios
En algunos espacios en blanco
Antes y después de unas pocas y triviales palabras.

viernes, 19 de mayo de 2017

Oblicua la niña temerosa

CLARIBEL ALEGRÍA

(Estelí, Nicaragua, 1924)

La mariposa

Ya la ceiba no existe 
derrumbaron mi ceiba 
se hicieron añicos los espejos 
eché a secar mi Río 
y se escondió la luna. 
Estoy vacía de deseos 
mi espada 
en su estuche de satén. 
¿Por qué ahora 
por qué 
busca seducirme 
la poesía? 
Entró por la ventana 
y se posó en mi mano 
la miré con nostalgia 
se entreabrieron mis labios 
y con un leve soplo 
la alejé.
**
Realidad

En este aposento 
que soy yo 
mi realidad 
(la cotidiana
... realidad 
(la cotidiana) 
es un jadeo apenas 
que se extingue.
**
Carta al tiempo
                     
Estimado señor:
Esta carta la escribo en mi cumpleaños.
Recibí su regalo. No me gusta.
Siempre y siempre lo mismo.
Cuando niña, impaciente lo esperaba;
me vestía de fiesta
y salía a la calle a pregonarlo.
No sea usted tenaz.
Todavía lo veo
jugando ajedrez con el abuelo.
Al principio eran sueltas sus visitas;
se volvieron muy pronto cotidianas
y la voz del abuelo
fue perdiendo su brillo.
Y usted insistía
y no respetaba la humildad
de su carácter dulce
y sus zapatos.
Después me cortejaba.
Era yo adolescente
y usted con ese rostro que no cambia.
Amigo de mi padre
para ganarme a mí.
Pobrecito el abuelo.
En su lecho de muerte
estaba usted presente,
esperando el final.
Un aire insospechado
flotaba entre los muebles
Parecían más blancas las paredes.
Y había alguien más,
usted le hacía señas.
El le cerró los ojos al abuelo
y se detuvo un rato a contemplarme
Le prohíbo que vuelva.
Cada vez que los veo
me recorre las vértebras el frío.
No me persiga más,
se lo suplico.
Hace años que amo a otro
y ya no me interesan sus ofrendas.
¿Por qué me espera siempre en las vitrinas,
en la boca del sueño,
bajo el cielo indeciso del domingo?
Sabe a cuarto cerrado su saludo.
Lo he visto con los niños.
Reconocí su traje:
el mismo tweed de entonces
cuando era yo estudiante
y usted amigo de mi padre.
Su ridículo traje de entretiempo.
No vuelva,
le repito.
No se detenga más en mi jardín.
Se asustarán los niños
y las hojas se caen:
las he visto.
¿De qué sirve todo esto?
Se va a reír un rato
con esa risa eterna
y seguirá saliéndome al encuentro.
Los niños,
mi rostro,
las hojas,
todo extraviado en sus pupilas.
Ganará sin remedio.
Al comenzar mi carta lo sabía.
**
Autorretrato

Malogrados los ojos
Oblicua la niña temerosa,
deshechos los bucles.
Los dientes, trizados.
Cuerdas tensas subiéndome del cuello.
Bruñidas las mejillas,
sin facciones.
Destrozada.
Sólo me quedan los fragmentos.
Se han gastado los trajes de entonces.
Tengo otras uñas,
otra piel,
¿Por qué siempre el recuerdo?
Hubo un tiempo de paisajes cuadriculados,
de gentes con ojos mal puestos,
mal puestas las narices.
Lenguas saliendo como espinas
de acongojadas bocas.
Tampoco me encontré.
Seguí buscando
en las conversaciones con los míos,
en los salones de conferencia,
en las bibliotecas.
Todos como yo
rodeando el hueco.
Necesito un espejo.
No hay nada que me cubra la oquedad.
Solamente fragmentos y el marco.
Aristados fragmentos que me hieren
reflejando un ojo,
un labio,
una oreja,
Como si no tuviese rostro,
como si algo sintético,
movedizo,
oscilara en las cuatro dimensiones
escurriéndose a veces en las otras
aún desconocidas.
He cambiado de formas
y de danza.
Voy a morirme un día
y no sé de mi rostro
y no puedo volverme.

jueves, 18 de mayo de 2017

Llamo a esta ventana que han cerrado para que yo no llame

Alfonso Sola González

(Paraná, Entre Ríos, Argentina, 1917–Mendoza, id., 1975) 


Recordando esta noche a Lenin

Escupe camarada sobre tu libro abierto
Mientras mi amada se desnuda en el baño
Y abre la canilla del agua caliente
Y me llega,
A través de la puerta sellada
Su dulce ruido adorado
El rumor de sus senos mojándose, llamándome.

El día ha llegado a su fin
Y abandono en la silla que velará la noche,
La corbata pintada por señoritas ciegas y otras flores aún tibias
Que ya no sirven para nada.
Y la lámpara alumbra en la revista de los tigres tristes,
Tu hermosa barba revolucionaria.

Escupe en tu último espejo de nieve, camarada,
Y él te devolverá los fusiles sagrados
De los Doce.

Ya la puerta se ha abierto
Y oigo sus pies desnudos
Caminar en el lento pasillo
Entre cucarachas y tanta niebla escrita
Mientras lentamente dispone las cosas de la noche.

Recuerdo que tal vez fui tu amigo
Tal vez, sí, inútilmente;
Que fui tu sacerdote desalmado
Viajando en sucios trenes con soldados y putas
Hacia el palacio oscuro de la revolución.
**
Poema 

Vivir por ti 
por mí 
por la naranja 
del verano 
que rodea el sol 
y por los pobres hombres 
que recogen 
las hojas de las rosas 


en el viejo jardín perdido 
en el otro jardín. 
**
Cantos a la noche

I
Erraba yo por la ciudad oscura,
por calles y por rostros caídos a esa sombra
desde la vida o desde las estrellas;
erraba, viejo soñador, castigado
por la belleza que el amor del hombre no alcanza a conocer
y sabiendo
que el ensueño es vano y alejado como una música
detrás de una puerta que nadie abrirá nunca;
sabiendo
que antes que yo y los sueños de mi vida
rieron las hermosas muchachas
y por entonces amaron
y cantaba el ruiseñor y yo no era el amante;
sabiendo
que cuando yo no esté
otras muchachas buscarán mí rostro en el río de los sueños,
que Eurídice volverá de otros infiernos
con los ojos cubiertos por las aguas y la sombra
para escuchar la vieja melodía de Orfeo
y yo no seré nadie en esa música;
sabiendo
que amar es estar perdido
siempre, siempre, siempre desterrado
en un lento palacio.
Y así erraba yo y alcé los ojos, ¡noche!
para mirar tu gran viento quemado,
oh noche, madre inmensa
tendida en los callados arenales de ébano,
y sentí que la tristeza de amar en este mundo
sólo una fuente,
sólo el canto de un pájaro, sólo una gota de sangre,
no descendía de tu imperio ni de tu gran piedad
sino que aquí crecía,
en el jardín terrestre
donde los hombres y la luz combaten
entre ramas de mármol y pantanos.
Y así pensé en los dioses
que tú nutriste con tus ubres consteladas,
desdichadas criaturas hermosas en su fuego de piedra,
con sus coronas de carbón celeste,
con sus cabelleras de agua dulcemente tejida
para las abejas enloquecidas de amor;
pensé en los dioses de vellosos ijares ardientes
prisioneros de una garza del aire,
de una mejilla pastoral;
los bellos dioses que resplandecieron en la vastedad
y en la arena que flota sobre el mar, y en el viento
que sopla en los cóncavos espacios;
los dioses anteriores
que crearon la alabanza y la tragedia
y los himnos que azotan la tierra y la devastan
con sus carros de hierro.
Pensé en los dioses hijos de tu amor, oh noche,
de tus majestuosos racimos genitales.
Pensé en los dioses
y no pude llorar por su insigne desgracia.
Perdidos en tu reino
se extinguieron como leños sagrados,
como ricas cenizas en el vasto
calor de la rosa lejana.
Pero nosotros
pálidas criaturas,
pájaros de pelo delgado y frío,
animales de fina calavera
delicada como pétalos de nácar,
nosotros
herederos de la gran soledad, escombros del espacio
enterrado en tu gran vientre solemne,
nosotros, soñadores, hijos de la mujer,
engendrados en su luna caída,
nutrimos nuestros sueños con infieles palabras
que el diluvio arrastró como un bosque de arpas
y quisimos poblar la antigua soledad donde arde
la médula brillante del vacío
donde alimentas, ¡vieja loba nevada!
la vasta creación.

II

En el mes de septiembre el hemisferio austral ve llegar la
engañosa primavera con su espejo de almendra.

(¡Ofelia, Ofelia, olvida tu canción!)

Cantando nos perdemos en la oscura ciudad entre los
hombres y las muchachas renacidos en el brillante pavor
de sus cálidos cuerpos, y los amantes queman la rosa del
amor junto al mar que golpea sus sienes inocentes.

(En Dakar es de noche.
Caminamos por la pista del aeropuerto,
viajeros hacia París o Londres,
indiferentes, sensatos, silenciosos
junto al ángel de plata que ha cruzado el mar.

Negros insomnes tallados como ídolos
en el azúcar caliente de la noche.
Solo. Cambiando dinero en el bar de otro continente
sin preguntar por ti. Lejos
de nuestros países agrupados
en torno de las frutas.
solo en la noche tórrida de espumas calcinadas
solo, como el nácar celeste de una vena
quemada por el aliento de ángeles impuros.
Solo en la noche de Dakar,
perdido en el plumaje de un pájaro de llama negra,
en la voz de los viajeros desconocidos,
en el ruido del mar que se levanta resonando
como un trueno de luto.
Solo, lejos de ti,
lejos de las maderas unidas de nuestra casa,
de una pesada pluma de piedra junto al cielo
en Mendoza.
Solo, lejos,
en otra noche estoy).

En el mes de septiembre en nuestras tierras del oeste
reverdecen las viñas
y vienen desde lejos apasionadas noches
en los carros espumosos del agua.

Tú cantas y te pierdes en la oscura ciudad,
sonriendo, mi amor,
sollozando, mi amor,
y buscas el jardín adorado que cuelga
de las llaves del cielo.
El racimo solar cae sobre estos montes
y te golpea el pecho con su piedra de miel.
Como desde lo hondo de un rostro
sepultado en arcones de polvo,
has contemplado el sueño vano de la juventud.
Ahora ya es de noche y duermen los amantes
eternamente separados
en cada sueño,
en cada
latido que gotea una arena distinta.
El desvelado, ausente de un reino,
de una ciénaga de rosas
regresa a la ciudad cuando desciende
sobre la inmensa sombra
la lanza solitaria de la luna.

III

Erraba yo, y vanamente preguntaba.
Llamo a esta puerta iluminada donde
un hombre ha derramado su lámpara de vino;
llamo a esta ventana que han cerrado
para que yo no llame. Este es el resplandor
atroz de la taberna de los pobres
inundada por un río pesado donde flotan
pájaros del diluvio.
Esta es la mirada del ídolo cubierto
de pálidos cabellos tejidos por la muerte,
el ídolo que roe las maderas
podridas de la noche y sonríe en los vastos espacios.
(¿O pensé acaso en el ruiseñor que cantó en aquel granado?)
Preguntaba yo, y allí estaba mi padre
que no dormía en la alta noche velando por el hijo
perdido en la violencia y el canto de las rosas.
Y pregunté qué era esa respiración mortal
y vi un jardín de aire enloquecido
que un gran pájaro bebe solitariamente.
Y sólo el amor paseaba
Con su espejo bordado de hiedra roja y viento.

Alcé entonces los ojos, y también más allá
donde no estás, donde se pierde
inútilmente el hierro de los hombres,
vi el león majestuoso de los astros
alzándose despacio en las arenas
sagradas de la música.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Separa el desperdicio

Nancy Montemurro 

(Buenos Aires, Argentina, 1961)

Sur

Sentada en el borde de la cama
la muerte lima sus uñas
Vigila de reojo
Cuando los rayos del sol
entran en la casa
su presencia
todo lo eclipsa
Sabe del miedo
goza
en la demora
Hábil, tensa los hilos
con el justo margen
Casi podemos respirar.
***
Arcanos Mayores 
(Fragmento)
I. El Mago   

Quiébrate en mil pedazos.
Separa el desperdicio.
Busca entre tus ruinas
Los diamantes.
Coagúlate con ellos.

IV. El Emperador

En la fragilidad
de su línea
el horizonte domina
tierra e infinito.
Celoso emperador
lo imita.
Él,
es una línea
que tiembla.

XVII. La Estrella

Tan alta la estrella
se asemeja
a una semilla del campo.
Cada cual en su sitio
multiplica profundidades.
***

La palabra es engañosa                                     
Si el viento la desnuda
se ve la faz austera del amor
No hay para siempre
ni jamás
Nada
es del todo                                                       
entero o parte
Mienten las palabras
miente el amor

martes, 16 de mayo de 2017

Y la espada sea mi diente

Luis de Góngora y Argote

(España, 1561-1627)

LETRILLA XLVIII 

Ándeme yo caliente 
  Y ríase la gente. 
 Traten otros del gobierno 
Del mundo y sus monarquías, 
Mientras gobiernan mis días 
Mantequillas y pan tierno, 
Y las mañanas de invierno 
Naranjada y aguardiente, 
  Y ríase la gente.

 Coma en dorada vajilla 
El príncipe mil cuidados, 
Cómo píldoras dorados; 
Que yo en mi pobre mesilla 
Quiero más una morcilla 
Que en el asador reviente, 
  Y ríase la gente.

 Cuando cubra las montañas 
De blanca nieve el enero,
Tenga yo lleno el brasero 
De bellotas y castañas, 
Y quien las dulces patrañas 
Del Rey que rabió me cuente, 
  Y ríase la gente.

 Busque muy en hora buena 
El mercader nuevos soles; 
Yo conchas y caracoles 
Entre la menuda arena, 
Escuchando a Filomena 
Sobre el chopo de la fuente, 
  Y ríase la gente.

 Pase a media noche el mar, 
Y arda en amorosa llama 
Leandro por ver a su Dama;
Que yo más quiero pasar 
Del golfo de mi lagar
La blanca o roja corriente,
  Y ríase la gente.

 Pues Amor es tan cruel, 
Que de Píramo y su amada 
Hace tálamo una espada, 
Do se junten ella y él, 
Sea mi Tisbe un pastel, 
Y la espada sea mi diente, 
  Y ríase la gente.

Notas:
v.12: Las píldoras medicinales se "doraban" con azúcar para mejorar su sabor.
v. 14: "Quiero más" es prefiero.
v. 21: y [tenga] quien me cuente...
v. 28: Filomena es el ruiseñor.
v. 33: Leandro cruzaba a nado el Helesponto cada noche para ver a Hero.
v. 35: La bota de vino (blanco o tinto).
vv. 38-44: Píramo creyó muerta a Tisbe y se atravesó con su propia espada, luego Tisbe lo halló muerto y se la clavó también: así la espada fue el tálamo donde los amantes se unieron.

lunes, 15 de mayo de 2017

Laura Devetach 
(Reconquista, provincia de Santa Fe, Argentina, 1936) 

Toc

Pájaro flaco, la flecha salió del arco y allá quedó. Palabras con puntería no necesitan explicación.
**
Palabras para consolar a un cuaderno

Hola cuaderno. Ya sé que se marchitan tus hojas en verano que te arrinconan cuando estás escrito y te prefieren con hojas en blanco. Aquí voy flotando en un día largo viento a favor cabeza con pájaros. Y escribo en vos como en la arena cuaderno silenciosa...
**
Nunca soples 

Nunca soples un bicho de luz. Puede convertirse en un incendio.
**
Luciérnaga 

La luciérnaga abre y cierra agujeros en la noche.
**
Bicho de la luz

El bicho de luz engaña se convierte en ascua camina en las sombras como si fumara.
**
Ilustración: Juan Lima

Del libro-álbum La hormiga que canta, con textos de Laura Devetach e ilustraciones de Juan Lima. Buenos Aires, Ediciones del Eclipse, 2004. Colección Libros-álbum del Eclipse.

domingo, 14 de mayo de 2017

Benditos los ladrones que me han robado mis máscaras

Kahlil Gibran 

(Líbano, 1883-1931)

Tus hijos no son tus hijos 

Tus hijos no son tus hijos 
son hijos e hijas de la vida 
deseosa de si misma. 
No vienen de ti, sino a través de ti 
y aunque estén contigo 
no te pertenecen. 

Puedes darles tu amor, 
pero no tus pensamientos, pues, 
ellos tienen sus propios pensamientos. 
Puedes abrigar sus cuerpos, 
pero no sus almas, porque ellas, 
viven en la casa del mañana, 
que no puedes visitar 
ni siquiera en sueños. 

Puedes esforzarte en ser como ellos, 
pero no procures hacerlos semejantes a ti 
porque la vida no retrocede, 
ni se detiene en el ayer. 

Tú eres el arco del cual, tus hijos 
como flechas vivas son lanzados. 
Deja que la inclinación 
en tu mano de arquero 
sea para la felicidad.
***
Varios siglos atrás, camino a Atenas, se encontraron dos poetas, y les alegró verse.

Uno de ellos le preguntó al otro:

-¿Qué has compuesto últimamente, y cómo suena en tu lira?

El otro poeta respondió con orgullo:

-Acabo de terminar el más grande de mis poemas, quizás el más grande poema que se haya escrito en Grecia. Es una invocación a Zeus Olímpico.

Entonces extrajo de abajo de su capa un papiro diciendo:

-Helo aquí, lo llevo conmigo, y desearía leértelo. Ven, sentémonos a la sombra de aquel ciprés blanco.

Y el poeta leyó su poema. Y era un extenso poema.

-Es un gran poema -dijo el otro poeta amablemente-. Vivirá a través de los años, y en él serás glorificado.

-Y tú, ¿qué has escrito durante estos últimos días? -preguntó con calma el primero.

-He escrito poco -respondió el otro. Sólo ocho líneas en memoria de un niño jugando en un jardín-. Y recitó sus líneas.

-No está mal. No está mal -comentó el primer poeta. Y se separaron.

Y hoy, luego de dos mil años, las ocho líneas del poeta son leídas en todos los idiomas, y son amadas y apreciadas.. Y aún cuando el otro poema ha vivido también a través de los años en librerías y en los textos escolares, y a pesar de ser recordado, ni es amado ni leído.
***
El Loco

Me preguntas cómo me he vuelto loco. Ocurrió así: un día desperté de un profundo sueño y descubrí

que me habían robado todas las máscaras, máscaras que había moldeado y usado en otras vidas.

Huí sin máscara por las atestadas calles gritando: “Ladrones, ladrones, malditos ladrones”

Hombres y mujeres se reían de mí, y algunos corrieron a sus casas temerosos de mí.

Y cuando llegué a la plaza del mercado, un muchacho de pie sobre el techo de una casa, gritó: “Es un loco”.

Alcé la vista para mirarlo y por primera vez el sol besó mi rostro desnudo y mi alma se inflamó de amor por el sol y ya no deseé

Más mis máscaras.  Como en éxtasis grité: “benditos los ladrones que me han robado mis máscaras”.

Así fue cómo me volví loco.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char