miércoles, 23 de abril de 2014

Pulmón, que imán del viento es atractivo

Sor Juana Inés De La Cruz 

Juana Inés de Asbaje 
(San Miguel de Nepantla, México, 1651-México, 1695)

PRIMER SUEÑO

Piramidal, funesta, de la tierra
nacida sombra, al Cielo encaminaba
de vanos obeliscos punta altiva,
escalar pretendiendo las Estrellas;
si bien sus luces bellas                      
-exentas siempre, siempre rutilantes-
la tenebrosa guerra
que con negros vapores le intimaba
la pavorosa sombra fugitiva
burlaban tan distantes,                    
que su atezado ceño
al superior convexo aun no llegaba
del orbe de la Diosa
que tres veces hermosa
con tres hermosos rostros ser ostenta,    
quedando sólo o dueño
del aire que empañaba
con el aliento denso que exhalaba;
y en la quietud contenta
de imperio silencioso,                      
sumisas sólo voces consentía
de las nocturnas aves,
tan obscuras, tan graves,
que aun el silencio no se interrumpía.

Con tardo vuelo y canto, del oído        
mal, y aun peor del ánimo admitido,
la avergonzada Nictimene acecha
de las sagradas puertas los resquicios,
o de las claraboyas eminentes
los huecos más propicios                  
que capaz a su intento le abren brecha,
y sacrílega llega a los lucientes
faroles sacros de perenne llama,
que extingue, si no infama,
en licor claro la materia crasa            
consumiendo, que el árbol de Minerva
de su fruto, de prensas agravado,
congojoso sudó y rindió forzado.

Y aquellas que su casa
campo vieron volver, sus telas hierba,      
a la deidad de Baco inobedientes,
-ya no historias contando diferentes,
en forma sí afrentosa transformadas-,
segunda forman niebla,
ser vistas aun temiendo en la tiniebla,    
aves sin pluma aladas:
aquellas tres oficïosas, digo,
atrevidas Hermanas,
que el tremendo castigo
de desnudas les dio pardas membranas      
alas tan mal dispuestas
que escarnio son aun de las más funestas:
éstas, con el parlero
ministro de Plutón un tiempo, ahora
supersticioso indicio al agorero,          
solos la no canora
componían capilla pavorosa,
máximas, negras, longas entonando,
y pausas más que voces, esperando
a la torpe mensura perezosa                
de mayor proporción tal vez, que el viento
con flemático echaba movimiento,
de tan tardo compás, tan detenido,
que en medio se quedó tal vez dormido.

Éste, pues, triste son intercadente      
de la asombrada turba temerosa,
menos a la atención solicitaba
que al sueño persuadía;
antes sí, lentamente,
su obtusa consonancia espaciosa            
al sosiego inducía
y al reposo los miembros convidaba,
-el silencio intimando a los vivientes,
uno y otro sellando labio obscuro
con indicante dedo,                        
Harpócrates, la noche, silencioso;
a cuyo, aunque no duro,
si bien imperioso
precepto, todos fueron obedientes-.

El viento sosegado, el can dormido,      
éste yace, aquél quedo
los átomos no mueve,
con el susurro hacer temiendo leve,
aunque poco, sacrílego ruido,
violador del silencio sosegado.            
El mar, no ya alterado,
ni aun la inestable mecía
cerúlea cuna donde el Sol dormía;
y los dormidos, siempre mudos, peces,
en los lechos lamosos                      
de sus obscuros senos cavernosos,
mudos eran dos veces;
y entre ellos, la engañosa encantadora
Alcione, a los que antes
en peces transformó, simples amantes,      
transformada también, vengaba ahora.

En los del monte senos escondidos,
cóncavos de peñascos mal formados
-de su aspereza menos defendidos
que de su obscuridad asegurados-,        
cuya mansión sombría
ser puede noche en la mitad del día,
incógnita aun al cierto
montaraz pie del cazador experto,
-depuesta la fiereza                      
de unos, y de otros el temor depuesto-
yacía el vulgo bruto,
a la Naturaleza
el de su potestad pagando impuesto,
universal tributo;                        
y el Rey, que vigilancias afectaba,
aun con abiertos ojos no velaba.

El de sus mismos perros acosado,
monarca en otro tiempo esclarecido,
tímido ya venado,                        
con vigilante oído,
del sosegado ambiente
al menor perceptible movimiento
que los átomos muda,
la oreja alterna aguda                    
y el leve rumor siente
que aun le altera dormido.
Y en la quietud del nido,
que de brozas y lodo, inestable hamaca,
formó en la más opaca                    
parte del árbol, duerme recogida
la leve turba, descansando el viento
del que le corta, alado movimiento.

De Júpiter el ave generosa
-como al fin Reina-, por no darse entera
al descanso, que vicio considera
si de preciso pasa, cuidadosa
de no incurrir de omisa en el exceso,
a un solo pie librada fía el peso
y en otro guarda el cálculo pequeño        
-despertador reloj del leve sueño-,
porque, si necesario fue admitido,
no pueda dilatarse continuado,
antes interrumpido
del regio sea pastoral cuidado.          
¡Oh de la Majestad pensión gravosa,
que aun el menor descuido no perdona!
Causa, quizá, que ha hecho misteriosa,
circular, denotando, la corona,
en círculo dorado,                        
que el afán es no menos continuado.

El sueño todo, en fin, lo poseía;
todo, en fin, el silencio lo ocupaba:
aun el ladrón dormía;
aun el amante no se desvelaba.            

El conticinio casi ya pasando
iba, y la sombra dimidiaba, cuando
de las diurnas tareas fatigados,
-y no sólo oprimidos
del afán ponderoso                        
del corporal trabajo, mas cansados
del deleite también, (que también cansa
objeto continuado a los sentidos
aun siendo deleitoso:
que la Naturaleza siempre alterna          
ya una, ya otra balanza,
distribuyendo varios ejercicios,
ya al ocio, ya al trabajo destinados,
en el fiel infïel con que gobierna
la aparatosa máquina del mundo)-;        
así, pues, de profundo
sueño dulce los miembros ocupados,
quedaron los sentidos
del que ejercicio tienen ordinario,
-trabajo en fin, pero trabajo amado      
si hay amable trabajo-,
si privados no, al menos suspendidos,
y cediendo al retrato del contrario
de la vida, que -lentamente armado-
cobarde embiste y vence perezoso          
con armas soñolientas,
desde el cayado humilde al cetro altivo,
sin que haya distintivo
que el sayal de la púrpura discierna:
pues su nivel, en todo poderoso,          
gradúa por exentas
a ningunas personas,
desde la de a quien tres forman coronas
soberana tiara,
hasta la que pajiza vive choza;          
desde la que el Danubio undoso dora,
a la que junco humilde, humilde mora;
y con siempre igual vara
(como, en efecto, imagen poderosa
de la muerte) Morfeo                      
el sayal mide igual con el brocado.

El alma, pues, suspensa
del exterior gobierno, -en que ocupada
en material empleo,
o bien o mal da el día por gastado-,      
solamente dispensa
remota, si del todo separada
no, a los de muerte temporal opresos
lánguidos miembros, sosegados huesos,
los gajes del calor vegetativo,          
el cuerpo siendo, en sosegada calma,
un cadáver con alma,
muerto a la vida y a la muerte vivo,
de lo segundo dando tardas señas
el del reloj humano                        
vital volante que, si no con mano,
con arterial concierto, unas pequeñas
muestras, pulsando, manifiesta lento
de su bien regulado movimiento.

Este, pues, miembro rey y centro vivo    
de espíritus vitales,
con su asociado respirante fuelle
-pulmón, que imán del viento es atractivo,
que en movimientos nunca desiguales
o comprimiendo ya, o ya dilatando        
el musculoso, claro arcaduz blando,
hace que en el resuelle
el que le circunscribe fresco ambiente
que impele ya caliente,
y él venga su expulsión haciendo activo    
pequeños robos al calor nativo,
algún tiempo llorados,
nunca recuperados,
si ahora no sentidos de su dueño,
que, repetido, no hay robo pequeño-;    
éstos, pues, de mayor, como ya digo,
excepción, uno y otro fiel testigo,
la vida aseguraban,
mientras con mudas voces impugnaban
la información, callados, los sentidos    
-con no replicar sólo defendidos-,
y la lengua que, torpe, enmudecía,
con no poder hablar los desmentía.

Y aquella del calor más competente
científica oficina,                      
próvida de los miembros despensera,
que avara nunca y siempre diligente,
ni a la parte prefiere más vecina
ni olvida a la remota,
y en ajustado natural cuadrante          
las cuantidades nota
que a cada cuál tocarle considera,
del que alambicó quilo el incesante
calor, en el manjar que -medianero
piadoso- entre él y el húmedo interpuso    
su inocente substancia,
pagando por entero
la que, ya piedad sea, o ya arrogancia,
al contrario voraz necio lo expuso,
-merecido castigo, aunque se excuse,      
al que en pendencia ajena se introduce-;
ésta, pues, si no fragua de Vulcano,
templada hoguera del calor humano,
al cerebro envïaba
húmedos, más tan claros los vapores      
de los atemperados cuatro humores,
que con ellos no sólo no empañaba
los simulacros que la estimativa
dio a la imaginativa
y aquésta, por custodia más segura,      
en forma ya más pura
entregó a la memoria que, oficiosa,
grabó tenaz y guarda cuidadosa,
sino que daban a la fantasía
lugar de que formase
imágenes diversas. Y del modo
que en tersa superficie, que de Faro
cristalino portento, asilo raro
fue, en distancia longísima se vían
(sin que ésta le estorbase)                
del reino casi de Neptuno todo
las que distantes le surcaban naves,
-viéndose claramente
en su azogada luna
el número, el tamaño y la fortuna          
que en la instable campaña transparente
arresgadas tenían,
mientras aguas y vientos dividían
sus velas leves y sus quillas graves-:
así ella, sosegada, iba copiando          
las imágenes todas de las cosas,
y el pincel invisible iba formando
de mentales, sin luz, siempre vistosas
colores, las figuras
no sólo ya de todas las criaturas          
sublunares, más aun también de aquéllas
que intelectuales claras son Estrellas,
y en el modo posible
que concebirse puede lo invisible,
en sí, mañosa, las representaba            
y al Alma las mostraba.

La cual, en tanto, toda convertida
a su inmaterial Ser y esencia bella,
aquella contemplaba,
participada de alto Ser, centella          
que con similitud en sí gozaba;
y juzgándose casi dividida
de aquella que impedida
siempre la tiene, corporal cadena,
que grosera embaraza y torpe impide        
el vuelo intelectual con que ya mide
la cuantidad inmensa de la Esfera,
ya el curso considera
regular, con que giran desiguales
los cuerpos celestiales,                  
-culpa si grave, merecida pena
(torcedor del sosiego, riguroso)
de estudio vanamente judicioso-,
puesta, a su parecer, en la eminente
cumbre de un monte a quien el mismo Atlante
que preside gigante
a los demás, enano obedecía,
y Olimpo, cuya sosegada frente
nunca de aura agitada
consintió ser violada,                    
aun falda suya ser no merecía:
pues las nubes: -que opaca son corona
de la más elevada corpulencia,
del volcán más soberbio que en la tierra
gigante erguido intima al cielo guerra-,  
apenas densa zona
de su altiva eminencia,
o a su vasta cintura
cíngulo tosco son, que -mal ceñido-
o el viento lo desata sacudido,            
o vecino el calor del Sol lo apura.

A la región primera de su altura,
(ínfima parte, digo, dividiendo
en tres su continuado cuerpo horrendo),
el rápido no pudo, el veloz vuelo          
del águila -que puntas hace al Cielo
y al Sol bebe los rayos pretendiendo
entre sus luces colocar su nido-
llegar; bien que esforzando
más que nunca el impulso, ya batiendo      
las dos plumadas velas, ya peinando
con las garras el aire, ha pretendido,
tejiendo de los átomos escalas,
que su inmunidad rompan sus dos alas.

Las Pirámides dos -ostentaciones        
de Menfis vano y de la Arquitectura
último esmero, si ya no pendones
fijos, no tremolantes-, cuya altura
coronada de bárbaros trofeos
tumba y bandera fue a los Ptolomeos,      
que al viento, que a las nubes publicaba
(si ya también al Cielo no decía)
de su grande, su siempre vencedora
ciudad -ya Cairo ahora-
las que, porque a su copia enmudía,        
la Fama no cantaba.
Gitanas glorias, Ménficas proezas,
aun en el viento, aun en el Cielo impresas:

éstas, -que en nivelada simetría
su estatura crecía                        
con tal diminución, con arte tanto,
que (cuanto más al Cielo caminaba)
a la vista, que lince la miraba,
entre los vientos se desparecía,
sin permitir mirar la sutil punta          
que al primer orbe finge que se junta,
hasta que fatigada del espanto,
no descendida, sino despeñada
se hallaba al pie de la espaciosa basa,
tarde o mal recobrada                      
del desvanecimiento
que pena fue no escasa
del visüal alado atrevimiento-,
cuyos cuerpos opacos
no al Sol opuestos, antes avenidos        
con sus luces, si no confederados
con él (como, en efecto, confinantes),
tan del todo bañados
de su resplandor eran, que -lucidos-
nunca de calorosos caminantes              
al fatigado aliento, a los pies flacos,
ofrecieron alfombra
aun de pequeña, aun de señal de sombra

éstas, que glorias ya sean Gitanas,
bárbaros jeroglíficos de ciego
error, según el Griego
o elaciones profanas,                    

ciego también, dulcísimo Poeta,
-si ya, por las que escribe
Aquileyas proezas                          
o marciales de Ulises sutilezas,
la unión no le recibe
de los Historiadores, o le acepta
(cuando entre su catálogo le cuente)
que gloria más que número le aumente-,  
de cuya dulce serie numerosa
fuera más fácil cosa
al temido Tonante
el rayo fulminante
quitar, o la pesada                      
a Alcides clava herrada,
que un hemistiquio sólo
de los que le dictó propicio Apolo:

según de Homero, digo, la sentencia,
las Pirámides fueron materiales          
tipos solos, señales exteriores
de las que, dimensiones interiores,
especies son del Alma intencionales:
que como sube en piramidal punta
al Cielo la ambiciosa llama ardiente,      
así la humana mente
su figura trasunta,
y a la Causa Primera siempre aspira,
-céntrico punto donde recta tira
la línea, si ya no circunferencia,        
que contiene, infinita, toda esencia-.

éstos, pues, Montes dos artificiales
(bien maravillas, bien milagros sean),
y aun aquella blasfema altiva Torre
de quien hoy dolorosas son señales        
-no en piedras, sino en lenguas desiguales,
porque voraz el tiempo no las borre-
los idiomas diversos que escasean
el socïable trato de las gentes
(haciendo que parezcan diferentes          
los que unos hizo la Naturaleza,
de la lengua por sólo la extrañeza),
si fueran comparados
a la mental pirámide elevada
donde, sin saber cómo, colocada          
el Alma se miró, tan atrasados
se hallaran, que cualquiera
gradüara su cima por Esfera:
pues su ambicioso anhelo,
haciendo cumbre de su propio vuelo,        
en la más eminente
la encumbró parte de su propia mente,
de sí tan remontada, que creía
que a otra nueva región de sí salía.

En cuya casi elevación inmensa,          
gozosa mas suspensa,
suspensa pero ufana,
y atónita aunque ufana, la suprema
de lo sublunar Reina soberana,
la vista perspicaz, libre de anteojos,    
de sus intelectuales bellos ojos,
(sin que distancia tema
ni de obstáculo opaco se recele,
de que interpuesto algún objeto cele),
libre tendió por todo lo crïado:          
cuyo inmenso agregado,
cúmulo incomprehensible,
aunque a la vista quiso manifiesto
dar señas de posible,
a la comprehensión no, que -entorpecida    
con la sobra de objetos, y excedida
de la grandeza de ellos su potencia-,
retrocedió cobarde.

Tanto no, del osado presupuesto,
revocó la intención, arrepentida,          
la vista que intentó descomedida
en vano hacer alarde
contra objeto que excede en excelencia
las líneas visuales,
-contra el Sol, digo, cuerpo luminoso,    
cuyos rayos castigo son fogoso,
que fuerzas desiguales
despreciando, castigan rayo a rayo
el confïado, antes atrevido
y ya llorado ensayo,                        
(necia experiencia que costosa tanto
fue, que ícaro ya, su propio llanto
lo anegó enternecido)-,
como el entendimiento, aquí vencido
no menos de la inmensa muchedumbre        
(de tanta maquinosa pesadumbre
de diversas especies, conglobado
esférico compuesto),
que de las cualidades
de cada cual, cedió; tan asombrado,        
que -entre la copia puesto,
pobre con ella en las neutralidades
de un mar de asombros, la elección confusa-,
equivocó las ondas zozobraba;
y por mirarlo todo, nada vía,              
ni discernir podía
(bota la facultad intelectiva
en tanta, tan difusa
incomprehensible especie que miraba
desde el un eje en que librada estriba    
la máquina voluble de la Esfera,
al contrapuesto polo)
las partes, ya no solo,
que al universo todo considera
serle perfeccionantes,                    
a su ornato, no mas, pertenecientes;
Mas ni aun las que integrantes
miembros son de su cuerpo dilatado,
proporcionadamente competentes.

Mas como al que ha usurpado            
diuturna obscuridad, de los objetos
visibles los colores,
si súbitos le asaltan resplandores,
con la sobra de luz queda más ciego
-que el exceso contrarios hace efectos    
en la torpe potencia, que la lumbre
del Sol admitir luego
no puede por la falta de costumbre-,
y a la tiniebla misma, que antes era
tenebroso a la vista impedimento,        
de los agravios de la luz apela,
y una vez y otra con la mano cela
de los débiles ojos deslumbrados
los rayos vacilantes,
sirviendo ya -piadosa medianera-            
la sombra de instrumento
para que recobrados
por grados se habiliten,
porque después constantes
su operación más firmes ejerciten,        
-recurso natural, innata ciencia
que confirmada ya de la experiencia,
maestro quizá mudo,
retórico ejemplar, inducir pudo
a uno y otro Galeno                        
para que del mortífero veneno,
en bien proporcionadas cantidades
escrupulosamente regulando
las ocultas nocivas cualidades,
ya por sobrado exceso                    
de cálidas o frías,
o ya por ignoradas simpatías
o antipatías con que van obrando
las causas naturales su progreso,
(a la admiración dando, suspendida,      
efecto cierto en causa no sabida,
con prolijo desvelo y remirada
empírica atención, examinada
en la bruta experiencia,
por menos peligrosa),                    
la confección hicieran provechosa,
último afán de la Apolínea ciencia,
de admirable trïaca,
¡que así del mal el bien tal vez se saca!-:
no de otra suerte el Alma, que asombrada  
de la vista quedó de objeto tanto,
la atención recogió, que derramada
en diversidad tanta, aun no sabía
recobrarse a sí misma del espanto
que portentoso había                      
su discurso calmado,
permitiéndole apenas
de un concepto confuso
el informe embrïón que, mal formado,
inordinado caos retrataba                  
de confusas especies que abrazaba,
-sin orden avenidas,
sin orden separadas,
que cuanto más se implican combinadas
tanto más se disuelven desunidas,          
de diversidad llenas-,
ciñendo con violencia lo difuso
de objeto tanto, a tan pequeño vaso,
(aun al más bajo, aun al menor, escaso.

Las velas, en efecto, recogidas,        
que fïó inadvertidas
traidor al mar, al viento ventilante,
-buscando, desatento,
al mar fidelidad, constancia al viento-,
mal le hizo de su grado                  
en la mental orilla
dar fondo, destrozado,
al timón roto, a la quebrada entena,
besando arena a arena
de la playa el bajel, astilla a astilla,  
donde -ya recobrado-
el lugar usurpó de la carena
cuerda refleja, reportado aviso
de dictamen remiso:
que, en su operación misma reportado,    
más juzgó conveniente
a singular asunto reducirse,
o separadamente
una por una discurrir las cosas
que vienen a ceñirse                        
en las que artificiosas
dos veces cinco son Categorías:

reducción metafísica que enseña
(los entes concibiendo generales
en sólo unas mentales fantasías          
donde de la materia se desdeña
el discurso abstraído)
ciencia a formar de los universales,
reparando, advertido,
con el arte el defecto                    
de no poder con un intüitivo
conocer acto todo lo crïado,
sino que, haciendo escala, de un concepto
en otro va ascendiendo grado a grado,
y el de comprender orden relativo        
sigue, necesitado
del del entendimiento
limitado vigor, que a sucesivo
discurso fía su aprovechamiento:

cuyas débiles fuerzas, la doctrina      
con doctos alimentos va esforzando,
y el prolijo, si blando,
continuo curso de la disciplina,
robustos le va alientos infundiendo,
con que más animoso                      
al palio glorïoso
del empeño más arduo, altivo aspira,
los altos escalones ascendiendo,
-en una ya, ya en otra cultivado
facultad-, hasta que insensiblemente    
la honrosa cumbre mira
término dulce de su afán pesado
(de amarga siembra, fruto al gusto grato,
que aun a largas fatigas fue barato),
y con planta valiente                    
la cima huella de su altiva frente.

De esta serie seguir mi entendimiento
el método quería,
o del ínfimo grado
del ser inanimado                        
(menos favorecido,
si no más desvalido,
de la segunda causa productiva),
pasar a la más noble jerarquía
que, en vegetable aliento,                  
primogénito es, aunque grosero,
de Thetis, -el primero
que a sus fértiles pechos maternales,
con virtud atractiva,
los dulces apoyó manantïales              
de humor terrestre, que a su nutrimento
natural es dulcísimo alimento-,
y de cuatro adornada operaciones
de contrarias acciones,
ya atrae, ya segrega diligente            
lo que no serle juzga conveniente,
ya lo superfluo expele, y de la copia
la substancia más útil hace propia;

y -esta ya investigada-,
forma inculcar más bella                  
(de sentido adornada,
y aun más que de sentido, de aprehensiva
fuerza imaginativa),
que justa puede ocasionar querella
-cuando afrenta no sea-                  
de la que más lucida centellea
inanimada Estrella,
bien que soberbios brille resplandores,
-que hasta a los Astros puede superiores,
aun la menor criatura, aun la más baja,    
ocasionar envidia, hacer ventaja-;

y de este corporal conocimiento
haciendo, bien que escaso, fundamento,
al supremo pasar maravilloso
compuesto triplicado,                    
de tres acordes líneas ordenado
y de las formas todas inferiores
compendio misterioso:
bisagra engarzadora
de la que más se eleva entronizada        
Naturaleza pura
y de la que, criatura
menos noble, se ve más abatida:
no de las cinco solas adornada
sensibles facultades,                      
mas de las interiores
que tres rectrices son, ennoblecida,
-que para ser señora
de las demás, no en vano
la adornó Sabia Poderosa Mano-:          
fin de Sus obras, círculo que cierra
la Esfera con la tierra,
última perfección de lo criado
y último de su Eterno Autor agrado,
en quien con satisfecha complacencia      
Su inmensa descansó magnificencia:

fábrica portentosa
que, cuanto más altiva al Cielo toca,
sella el polvo la boca,
-de quien ser pudo imagen misteriosa    
la que águila Evangélica, sagrada
visión en Patmos vio, que las Estrellas
midió y el suelo con iguales huellas,
o la estatua eminente
que del metal mostraba más preciado        
la rica altiva frente,
y en el más desechado
material, flaco fundamento hacía,
con que a leve vaivén se deshacía-:
el Hombre, digo, en fin, mayor portento    
que discurre el humano entendimiento;
compendio que absoluto
parece al ángel, a la planta, al bruto;
cuya altiva bajeza
toda participó Naturaleza.                
¿Por qué? Quizá porque más venturosa
que todas, encumbrada
a merced de amorosa
Unión sería. ¡Oh, aunque repetida,
nunca bastantemente bien sabida            
merced, pues ignorada
en lo poco apreciada
parece, o en lo mal correspondida!

Estos, pues, grados discurrir quería
unas veces; pero otras, disentía,          
excesivo juzgando atrevimiento
el discurrirlo todo,
quien aun la más pequeña,
aun la más fácil parte no entendía
de los más manüales                      
efectos naturales;
quien de la fuente no alcanzó risueña
el ignorado modo
con que el curso dirige cristalino
deteniendo en ambages su camino,          
-los horrorosos senos
de Plutón, las cavernas pavorosas
del abismo tremendo,
las campañas hermosas,
los Eliseos amenos,                        
tálamo ya de su triforme esposa,
clara pesquisidora registrando,
(útil curiosidad, aunque prolija,
que de su no cobrada bella hija
noticia cierta dio a la rubia Diosa,      
cuando montes y selvas trastornando,
cuando prados y bosques inquiriendo,
su vida iba buscando
y del dolor su vida iba perdiendo)-;

quien de la breve flor aun no sabía      
por qué ebúrnea figura
circunscribe su frágil hermosura:
mixtos, por qué, colores
-confundiendo la grana en los albores-
fragante le son gala:                    
ambares por qué exhala,
y el leve, si más bello
ropaje al viento explica,
que en una y otra fresca multiplica
hija, formando pompa escarolada            
de dorados perfiles cairelada,
que -roto del capillo el blanco sello-
de dulce herida de la Cipria Diosa
los despojos ostenta jactanciosa,
si ya el que la colora,                  
candor al alba, púrpura al aurora
no le usurpó y, mezclado,
purpúreo es ampo, rosicler nevado:
tornasol que concita
los que del prado aplausos solicita,      
preceptor quizá vano
-si no ejemplo profano-
de industria femenil que el más activo
veneno, hace dos veces ser nocivo
en el velo aparente                        
de la que finge tez resplandeciente.

Pues si a un objeto solo, -repetía
tímido el Pensamiento-,
huye el conocimiento
y cobarde el discurso se desvía;          
si a especie segregada
-como de las demás independiente,
como sin relación considerada-
da las espaldas el entendimiento,
y asombrado el discurso se espeluza        
del difícil certamen que rehúsa
acometer valiente,
porque teme cobarde
comprehenderlo o mal, o nunca, o tarde,
¿cómo en tan espantosa                    
máquina inmensa discurrir pudiera,
cuyo terrible incomportable peso
-si ya en su centro mismo no estribara-
de Atlante a las espaldas agobiara,
de Alcides a las fuerzas excediera;      
y el que fue de la Esfera
bastante contrapeso,
pesada menos, menos ponderosa
su máquina juzgara, que la empresa
de investigar a la Naturaleza?            

Otras -más esforzado-
demasiada acusaba cobardía
el lauro antes ceder, que en la lid dura
haber siquiera entrado,
y al ejemplar osado                        
del claro joven la atención volvía,
-auriga altivo del ardiente carro-,
y el, si infeliz, bizarro
alto impulso, el espíritu encendía:
donde el ánimo halla                      
-más que el temor ejemplos de escarmiento-
abiertas sendas al atrevimiento,
que una ya vez trilladas, no hay castigo
que intento baste a remover segundo,
(segunda ambición, digo).                  

Ni el panteón profundo
-cerúlea tumba a su infeliz ceniza-,
ni el vengativo rayo fulminante
mueve, por más que avisa,
al ánimo arrogante                        
que, el vivir despreciando, determina
su nombre eternizar en su ruina.
Tipo es, antes, modelo:
ejemplar pernicioso
que alas engendra a repetido vuelo,      
del ánimo ambicioso
que -del mismo terror haciendo halago
que al valor lisonjea-,
las glorias deletrea
entre los caracteres del estrago.        
O el castigo jamás se publicara,
porque nunca el delito se intentara:
político silencio antes rompiera
los autos del proceso,
-circunspecto estadista-;                
o en fingida ignorancia simulara,
o con secreta pena castigara
el insolente exceso,
sin que a popular vista
el ejemplar nocivo propusiera:            
que del mayor delito la malicia
peligra en la noticia,
contagio dilatado trascendiendo;
porque singular culpa sólo siendo,
dejara más remota a lo ignorado            
su ejecución, que no a lo escarmentado.

Mas mientras entre escollos zozobraba
confusa la elección, sirtes tocando
de imposibles, en cuantos intentaba
rumbos seguir, -no hallando              
materia en que cebarse
el calor ya, pues su templada llama
(llama al fin, aunque más templada sea,
que si su activa emplea
operación, consume, si no inflama)        
sin poder excusarse
había lentamente
el manjar trasformado,
propia substancia de la ajena haciendo:
y el que hervor resultaba bullicioso      
de la unión entre el húmedo y ardiente,
en el maravilloso
natural vaso, había ya cesado
(faltando el medio), y consiguientemente
los que de él ascendiendo                  
soporíferos, húmedos vapores
el trono racional embarazaban
(desde donde a los miembros derramaban
dulce entorpecimiento),
a los suaves ardores                        
del calor consumidos,
las cadenas del sueño desataban:
y la falta sintiendo de alimento
los miembros extenuados,
del descanso cansados,                    
ni del todo despiertos ni dormidos,
muestras de apetecer el movimiento
con tardos esperezos
ya daban, extendiendo
los nervios, poco a poco, entumecidos,    
y los cansados huesos
(aun sin entero arbitrio de su dueño)
volviendo al otro lado-,
a cobrar empezaron los sentidos,
dulcemente impedidos                      
del natural beleño,
su operación, los ojos entreabriendo.

Y del cerebro, ya desocupado,
las fantasmas huyeron
y -como de vapor leve formadas-        
en fácil humo, en viento convertidas,
su forma resolvieron.
Así linterna mágica, pintadas
representa fingidas
en la blanca pared varias figuras,        
de la sombra no menos ayudadas
que de la luz: que en trémulos reflejos
los competentes lejos
guardando de la docta perspectiva,
en sus ciertas mensuras                    
de varias experiencias aprobadas,
la sombra fugitiva,
que en el mismo esplendor se desvanece,
cuerpo finge formado,
de todas dimensiones adornado,            
cuando aun ser superficie no merece.

En tanto el Padre de la Luz ardiente,
de acercarse al Oriente
ya el término prefijo conocía,
y al antípoda opuesto despedía            
con transmontantes rayos:
que -de su luz en trémulos desmayos-
en el punto hace mismo su Occidente,
que nuestro Oriente ilustra luminoso.
Pero de Venus, antes, el hermoso          
apacible lucero
rompió el albor primero,
y del viejo Tithón la bella esposa
-amazona de luces mil vestida,
contra la noche armada,                    
hermosa si atrevida,
valiente aunque llorosa-,
su frente mostró hermosa
de matutinas luces coronada,
aunque tierno preludio, ya animoso,      
del Planeta fogoso,
que venía las tropas reclutando
de bisoñas vislumbres,
-las más robustas, veteranas lumbres
para la retaguardia reservando-,          
contra la que, tirana usurpadora
del imperio del día,
negro laurel de sombras mil ceñía
y con nocturno cetro pavoroso
las sombras gobernaba,                    
de quien aun ella misma se espantaba.

Pero apenas la bella precursora
signifera del Sol, el luminoso
en el Oriente tremoló estandarte,
tocando al arma todos los suaves          
si bélicos clarines de las aves,
(diestros, aunque sin arte,
trompetas sonorosos),
cuando, -como tirana al fin, cobarde,
de recelos medrosos                      
embarazada, bien que hacer alarde
intentó de sus fuerzas, oponiendo
de su funesta capa los reparos,
breves en ella de los tajos claros
heridas recibiendo,                      
(bien que mal satisfecho su denuedo,
pretexto mal formado fue del miedo,
su débil resistencia conociendo)-,
a la fuga ya casi cometiendo
más que a la fuerza, el medio de salvarse,
ronca tocó bocina
a recoger los negros escuadrones
para poder en orden retirarse,
cuando de más vecina
plenitud de reflejos fue asaltada,        
que la punta rayó más encumbrada
de los del Mundo erguidos torreones.

Llegó, en efecto, el Sol cerrando el giro
que esculpió de oro sobre azul zafiro:
de mil multiplicados                      
mil veces puntos, flujos mil dorados
-líneas, digo, de luz clara-, salían
de su circunferencia luminosa,
pautando al Cielo la cerúlea plana;
y a la que antes funesta fue tirana        
de su imperio, atropadas embestían:
que sin concierto huyendo presurosa
-en sus mismos horrores tropezando-
su sombra iba pisando,
y llegar al Ocaso pretendía              
con el (sin orden ya) desbaratado
ejército de sombras, acosado
de la luz que el alcance le seguía.

Consiguió, al fin, la vista del Ocaso
el fugitivo paso,                        
y -en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento en la rüina-,
en la mitad del globo que ha dejado
el Sol desamparada,
segunda vez rebelde determina              
mirarse coronada,
mientras nuestro Hemisferio la dorada
ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo        
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.

martes, 22 de abril de 2014

Bajo la ventana, un ruido límpido que raspa

SEAMUS HEANEY
Tomada de www.teinteresa.es

(Condado de Derry, Irlanda del Norte, 1939-2013)

Cavar

Entre el pulgar y el índice
la pluma petizona reposa
confortable como un arma.
Bajo la ventana, un ruido límpido que raspa:
la pala que se hunde en el suelo de grava
mi padre, cavando. Yo bajo la mirada:
se tensa su trasero entre los canteros
inclinándose. Se yergue veinte años
a buen ritmo, agachándose en los hoyos de papas
donde estaba cavando.
El botín basto se apoyaba en el borde, el cabo
firmemente empuñado contra la rodilla
desarraigaba raigones, hundía el filo brillante en lo profundo
desparramando papas nuevas que juntábamos
amando la dureza fresca en nuestras manos.
Mi Dios, este hombre podía manejar una pala
tan bien como su padre.
Mi abuelo cortaba más panes de tierra en un día
que ningún otro más en las turbas de Toner. 
Una vez le llevé una botella de leche
tapada así nomás, con papel. Se enderezó
cortajeando prolijas las tajadas, levantando terrones
por sobre el hombro, yendo hondo, cada vez más hondo
en busca de la tierra mejor. Cavando siempre. Chapaleo y sopapo.
El fresco olor de la forma de la papa,
de la tierra pastosa, cortos cortes del filo
entre raíces vivas despiertas en mi mente.
Pero no tengo pala
para seguir a hombres como aquellos.
Entre el pulgar y el índice
la pluma petizona reposa
voy a cavar con ella.

Versión de Miguel A. Montezanti

lunes, 21 de abril de 2014

¡Benditas tú, yo, mi madre, tu madre!

Sayak Valencia - Margarita Valencia Triana - 

(Tijuana, Baja California, México, 1980)

Ciudad de caníbales.
De autos que vuelan a velocidades prodigiosas.
De autosecuestros.
De pasajeros que corren a toda prisa
(tras un
conejo).
De uniformados que cazan vidas.
Aquí bien podría estar el país
de las maravillas,
De las pesadillas.
Aquí no soy Alicia.
***
Oraciones / horadaciones
(para el neoyorca de la barba enrarecida.
Yes, indeed, Allen this is for you)

I

¡Bendita tú caminando por esas calles de ventanas empañadas.
desbordante de confines ininteligibles y de rutas equivocadas.
Bendito el veneno en la garganta y el desamor a destiempo y en deshoras.
Bendito el transcurso de los días y las cicatrices en el rostro y los órganos sentimentales.
Bendito el cielo que se graba en los ojos de todos los que se pierden.
Benditas las hecatombes mentales y los brazos abiertos!

¡Benditas tú, yo, mi madre, tu madre!

!Benditas las soledades y los pavimentos que son todos pupilas llorosas.
Bendito el fin del fin y el paraíso del cuerpo.
Benditos los amaneceres con desconocidos, la niebla y la ciudades desventuradas.
Bendito el tiempo que no retorna.
Bendito todo lo que nos vuelve otra cosa, lo que nos desteje
y susurra palabras sin importancias.
Benditos los clavos y los huecos, sin historias inherentes!

II

Morbidísima Acker,

Que mi cuerpo no sea sombra
sino asombro
Que ninguna ley lo sostenga
Que mi deseo pueda más que la noche de lo masculino y sus recelos
Que el triangulo de mi sexo deje de ser inmanencia
Que mis armas sean las letras.

Desafiantísima,
Que mi carne no sucumba
ante mantos y restricciones,
que nunca la toque la verticalidad de la vergüenza,
Que mi cuerpo diseccione diccionarios y
rompa antónimos prístinos.
Que mi carne drague el goce de ser otra.

III

Prodigiosa Wittig,

Que mi cuerpo me pertenezca entero
desde el quimo, el cartílago
hasta el encéfalo y la médula.

Que el olvido mastoideo
Se reagrupe con la precisión biliar de mi latido.

Que el occipucio y la cabeza dejen de estar expropiados

Bizarrísima,
Dame fuerza para pelearme entera,
para luchar vértebra a vértebra
en la conquista de mis secreciones.

Ayúdame a cruzar a nado el río del conocimiento
sin perder las falanges ni los globos oculares.

Fortaléceme en el exilio
de la verticalidad del pronombre
y del aplastante horizonte de Lesbos.

Te ofrezco las venas de mi cuello
por una salida de emergencia.
***
Qorbán
I

(quema del sacrificio)

Llevas el pelo suelto,
Tiemblas.
Yo sólo puedo pensarte de esta manera.

Estremecida, violenta,
lúbrica y antigua,
con una patina traída del mar y de lo que
invariablemente existe.

[Aquí inicia la hoguera]

II
OUT OF THE TEXT/ FUERA DEL TEXTO

La incandescencia embistiendo al cuerpo
como si te abriera y me abriera, como si.

[romper con saña, sin mesura]

La sacritud puntualísima centella,
inaugura y sierra,
para que el temblor
no abandone nunca.

[Este es el día en el cual tú y yo hablamos a mis espaldas, de mí]

*
OUT OF THE TEXT 

[(borrado)... romper brutalmente (borrado)... las reglas.]
incandescencia, (borrado)… embistiendo el cuerpo (borrado)… como si te abriera y (borrado)… me abriera (borrado)…  abandone nunca.

[Algún día (borrado)... hablaremos de (borrado)... mí misma a mis espaldas.]

domingo, 20 de abril de 2014

Creo en la palabra

Mirta Rosenberg 

(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)

"La única pasión de mi vida ha sido el miedo."
                                                               Hobbes

El origen de la acción

La pasión más fuerte

                   de mi vida

ha sido el miedo.

Creo en la palabra

                 (dilo)

y tiemblo.


De Pasajes, 1984; del libro El árbol de palabras. Obra reunida 1984 / 2006. bajo la luna editorial

sábado, 19 de abril de 2014

Hasta que el sentido se me salía

EMILY DICKINSON

(EE.UU., 1830-1886)


Yo sentí un funeral en mi cerebro,
y dolientes yendo y viniendo
marcharon, marcharon, marcharon hasta
que el sentido se me salía.

Y cuando todos ya estaban sentados,
los oficios como un tambor
sonaron, sonaron, sonaron hasta
que mi mente se oscurecía.

Y los oí levantar una caja
y crujir a través de mi alma
con sus zapatos de plomo de nuevo.
Y el espacio empezó a doblar,
como si fuera el cielo una campana
y el ser solamente un oído,
y yo y el silencio una raza extraña,
naufraga, solitaria, aquí.

viernes, 18 de abril de 2014

¿Qué tiene esto que ver con la guerra en Europa?

William Carlos Williams 

(Rutherford, Nueva Jersey, EE.UU., 1883-1963)

POEMA

Cómo subió
el gato
al

armario de la mermelada
primero la pata delantera
derecha

con cuidado
luego bajó
las traseras

hasta el fondo
del florero
vacío.
**
EL BRUTO DURMIENTE

Durante tres años al anochecer
ha venido el gorrión
a dormir bajo el tejado del porche.

¿Qué tiene esto que ver
con la guerra en Europa? Durante
tres años invierno

y verano el mismo gorrión
con la cabeza cubierta
dormido entre las sombras grises.
**
POETA CON CABEZA DE CERDO

Todo lo que hago
todo lo que escribo
me aleja
de quienes quiero

Si es bueno
quedan confundidos
si es malo
avergonzados

Corro un riesgo enorme
hacia el amor que me tienen
camino descalzo
por arenas movedizas.

[Traducción de Luis Marigómez]

jueves, 17 de abril de 2014

Gloria a ese violento dormitar de un pájaro

JAVIER ADÚRIZ

(Buenos Aires, Argentina, 1948-2011)

Arde la luna, arde igual que un garfio,
con tanto filo que lastima el aire.
-Honor, honor al lago que tiembla
y es el modo de un sueño. Gloria
a ese violento dormitar de un pájaro.
Gloria mucha…a la mañana que llega.

Algo desata el nudo de las apariencias,
la entraña alta de las apariencias
-No un nombre, no el camino,
no el santón de ojitos en la nuca.
Nada de lo que suceda en vano. Gloria…
A esta furia que cede con el sol naciendo.

A Jorge Aulicino

De Canción del samurai (2004)
***
Nosotros, los que mentimos a diario,
los que encarnamos el difícil arte
de la locuacidad vacía,
nosotros, los embaucadores
de sordos,
temblones mediocres del infinito
abismo, los artistas consumados
de la transmutación y la astucia,
raza de enanos
irredentos, de perdularios
a domicilio, nosotros,
los sabios, los mezquinos, paralíticos
de la alegría, los entusiastas
del odio, los magníficos,
los elegidos desde siempre
para juzgar y condenarnos.

Deliciosa inteligencia.

De Canción del samurai (2004)
***


El punto quizás sea dirimir la naturaleza de lo poético. Por eso ingreso sin querer en el gabinete del “hombre de dos cabezas”. Caramba, me digo, y me hallo notoriamente inquieto. El hombre tiene justamente dos cabezas, como dos balones y no es chiste, aparte de que dialogan bastante raro entre sí. El sujeto profesa un narcisismo insoportable. Ahí es cuando me pierdo, en el instante en que ambas caras se entregan a discutir consigo mismas la valía del Preste Juan. Fetén, fetén, exclamo, y me retiro – como decían los viejos – en los pies de un trote.

Quietud. Los autos
No dejan de pasar
Por la avenida

De Esto es así (2009)

miércoles, 16 de abril de 2014

¿Qué carne, Emily, es la que necesitamos?

ANNE CARSON
Tomada de lasmanerasderecogerseelpelo.blogspot.com


(Toronto, Canadá, 1950)


El ensayo de vidrio
(Fragmento)
Versión de Eugenio Polisky

YO

Yo puedo oír pequeños chasquidos dentro del sueño.  
La noche gotea su grifo plateado
a lo largo de la espalda.
A las 4 de la madrugada me despierto. Pensando

en el hombre que  
me dejó en septiembre.  
Se llamaba Law.

Por mi cara en el espejo del baño
descienden vetas blancas.
Me enjuago la cara y regreso a la cama.
Mañana voy a visitar a mi madre.

ELLA 

Ella vive en un páramo del norte.
Ella vive sola.
La primavera ahí se abre como una navaja.
Viajo todo el día en trenes y traigo conmigo muchos libros—

algunos para mi madre, algunos para mí
incluidas Las obras completas de Emily Brontë.  
Ésta es mi autora favorita.

Además de mi temor principal, que tengo la intención de enfrentar.  
Cada vez que visito a mi madre  
siento que me estoy convirtiendo en Emily Brontë,

mi solitaria vida a mi alrededor como un páramo,
mi desgarbado cuerpo rengueando por los cenagales con una mirada de transformación
que muere cuando llego a la puerta de la cocina.
¿Qué carne, Emily, es la que necesitamos?


TRES

Tres mujeres silenciosas en la mesa de la cocina.
La cocina de mi madre es oscura y pequeña pero del otro lado de la ventana  
está el páramo, paralizado con hielo.
Se extiende hasta donde alcanza la vista

a lo largo de kilómetros planos hasta un cielo blanco sólido no iluminado.  
Mamá y yo estamos masticando lechuga cuidadosamente.
El reloj de la pared de la cocina emite un bajo zumbido irregular que salta

una vez en el minuto justo de las doce.
Tengo a Emily pág. 216 abierta y apoyada sobre la azucarera  
pero furtivamente estoy observando a mi madre.

Miles de preguntas chocan contra mis ojos desde adentro.  
Mi madre está estudiando su lechuga.  
Paso a la pág. 217.

“En mi fuga a través de la cocina tropecé con Hareton  
quien ahorcaba una camada de cachorros  
desde el respaldo de una silla en la puerta. . .”

Es como si a todas nos hubieran bajado dentro de una atmósfera de vidrio.  
De tanto en tanto un comentario atraviesa el vidrio.  
Impuestos en el lote de atrás. No es un buen melón,

falta para los melones.
La peluquera del pueblo encontró a Dios, cierra la tienda cada martes.  
De nuevo hay ratones en el cajón de los repasadores.
Pequeñas bolitas. Mordieron  

los bordes de las servilletas, si supieran  
lo que cuestan las servilletas de papel hoy en día.  
Esta noche llueve.

Mañana llueve.
Ese volcán en las Filipinas otra vez activo. Esa que no me acuerdo el nombre  
Anderson se murió no Shirley no

la cantante de ópera. Negra.  
Cáncer.
No estás comiendo tu guarnición, ¿no te gustan los pimientos?

Por la ventana puedo ver hojas muertas que atraviesan las tierras planas  
y residuos de nieve herida por la mugre de los pinos.  
En el centro del páramo

donde la tierra desciende hacia una depresión,  
el hielo ha comenzado a abrirse.  
Llegan aguas abiertas y negras

cuajadas como la ira. Mi madre habla repentinamente.  
Esa psicoterapia no te está ayudando tanto, me parece.  
No lo estás superando.

Mi madre tiene esa manera de resumir las cosas.  
A ella nunca le había gustado Law
pero le gustaba la idea de que yo tuviera un hombre y que continuara con mi vida.

Pues él es de los que toman y tú de las que dan espero que funcione,  
era todo lo que dijo después de haberlo conocido.  
Dar y tomar eran sólo palabras para mí

en ese momento. Nunca antes había estado enamorada.  
Era como una rueda que bajaba rodando una colina.  
Pero temprano esta mañana mientras mamá dormía

y yo estaba abajo leyendo la parte de Cumbres Borrascosas
donde Heathcliff se aferra a la celosía durante la tormenta sollozando  
¡Entra! ¡Entra! al fantasma del tesoro de su corazón,

caí de rodillas sobre la alfombra y también sollocé.  
Ella sabe cómo ahorcar cachorros,  
esa Emily.

No es como tomarse una aspirina, sabes, le respondo débilmente.  
La Dra. Haw dice que el duelo es un proceso prolongado.  
Ella frunce el ceño. ¿Y qué se logra

con todo ese remover el pasado?  
Oh—extiendo las manos—
¡Yo me impongo! La miro directamente a los ojos.  
Ella sonríe. Sí lo haces.

**
The Glass Essay
By Anne Carson



I can hear little clicks inside my dream.   
Night drips its silver tap 
down the back. 
At 4 A.M. I wake. Thinking 

of the man who   
left in September.   
His name was Law. 

My face in the bathroom mirror 
has white streaks down it. 
I rinse the face and return to bed. 
Tomorrow I am going to visit my mother. 

SHE 

She lives on a moor in the north. 
She lives alone. 
Spring opens like a blade there. 
I travel all day on trains and bring a lot of books— 

some for my mother, some for me 
including The Collected Works Of Emily Brontë.   
This is my favourite author. 

Also my main fear, which I mean to confront.   
Whenever I visit my mother   
I feel I am turning into Emily Brontë, 

my lonely life around me like a moor, 
my ungainly body stumping over the mud flats with a look of transformation 
that dies when I come in the kitchen door. 
What meat is it, Emily, we need? 


THREE 

Three silent women at the kitchen table. 
My mother’s kitchen is dark and small but out the window   
there is the moor, paralyzed with ice. 
It extends as far as the eye can see 

over flat miles to a solid unlit white sky.   
Mother and I are chewing lettuce carefully. 
The kitchen wall clock emits a ragged low buzz that jumps 

once a minute over the twelve. 
I have Emily p. 216 propped open on the sugarbowl   
but am covertly watching my mother. 

A thousand questions hit my eyes from the inside.   
My mother is studying her lettuce.   
I turn to p. 217. 

“In my flight through the kitchen I knocked over Hareton   
who was hanging a litter of puppies   
from a chairback in the doorway. . . .” 

It is as if we have all been lowered into an atmosphere of glass.   
Now and then a remark trails through the glass.   
Taxes on the back lot. Not a good melon, 

too early for melons. 
Hairdresser in town found God, closes shop every Tuesday.   
Mice in the teatowel drawer again. 
Little pellets. Chew off   

the corners of the napkins, if they knew   
what paper napkins cost nowadays.   
Rain tonight. 

Rain tomorrow. 
That volcano in the Philippines at it again. What’s her name   
Anderson died no not Shirley 

the opera singer. Negress.   
Cancer. 
Not eating your garnish, you don’t like pimento? 

Out the window I can see dead leaves ticking over the flatland   
and dregs of snow scarred by pine filth.   
At the middle of the moor 

where the ground goes down into a depression,   
the ice has begun to unclench.   
Black open water comes 

curdling up like anger. My mother speaks suddenly.   
That psychotherapy’s not doing you much good is it?   
You aren’t getting over him. 

My mother has a way of summing things up.   
She never liked Law much 
but she liked the idea of me having a man and getting on with life. 

Well he’s a taker and you’re a giver I hope it works out,   
was all she said after she met him.   
Give and take were just words to me 

at the time. I had not been in love before.   
It was like a wheel rolling downhill.   
But early this morning while mother slept 

and I was downstairs reading the part in Wuthering Heights 
where Heathcliff clings at the lattice in the storm sobbing   
Come in! Come in! to the ghost of his heart’s darling, 

I fell on my knees on the rug and sobbed too.   
She knows how to hang puppies,   
that Emily. 

It isn’t like taking an aspirin you know, I answer feebly.   
Dr. Haw says grief is a long process.   
She frowns. What does it accomplish 

all that raking up the past?   
Oh—I spread my hands— 
I prevail! I look her in the eye.   
She grins. Yes you do. 

martes, 15 de abril de 2014

Pero yo, Magdalena, la descalza

MARÍA DEL CARMEN COLOMBO 

(Buenos Aires, Argentina, 1950)

Por qué habría de extender
sus alas el águila
envejecida
dijo

el águila
envejecida
extendiendo
sus alas

porque tengo esperanza de volver
porque tengo esperanza
de volver al lugar
del que nunca
me he ido
este lugar

porque tengo esperanza
sobre la línea desafinada
de los techos
lloro y canto.

De La muda encarnaciónÚltimo Reino, 1993.
***
MENSAJE

Las escrituras me sujetan
al orden de mi hermano
pero yo, Magdalena, la descalza,
en sueños soplo
y con mi llanto deshago
las hojas cinceladas
de la gran catedral

Ah mi querido Pedro
cuánto darían por llorar
sobre tu nombre seco de vigilias
los hacedores de este mundo
breve e inasible

Mejor mi pelo
emocionado en su caída
que tu acabado monumento
hacia el cielo

Precario el que padece tu perduración
Yo solo resucito.


En El Jabalí, revista ilustrada de poesía, Nº 13, Año VIII, 2001.
***
La Montaña

Si fuera segura 
como una montaña –las cosas 
claras, la palabra 
precisa–. Si fuera calma, una 
piedra de quietud, mi derrotero 
culminaría –seguramente– 
en la cima de cordura 
y así colmada miraría 
desde allí 
un ojo de vértigo, el otro 
abismo. 


**
Recomiendo esta lectura.

lunes, 14 de abril de 2014

Qué instante de dolor y de intelecto

 HILDA HILST 

 (Brasil, 1930-2004)

III

Tu sueño no es un sueño común.
Extiendes la vigilia
y aprendes a través de la oscuridad.
También así
el mar reposa.
                         de Pequenos funerais cantantes ao poeta Carlos Maria de Araújo [1967]
***
III

Descansa.
El hombre ya se hizo
el oscuro ciego rabioso animal
que pretendías.
                         de Amavisse [1989]
 ***
X

Ardiente. Oscuro. Tu ardiente soplo
sobre la oscura cerrazón de la garganta.
Palabras que pensé atrincheradas
resurgen delante del toque nuevo:
Carrascales. Gárgolas. Emergiendo del luto
viene llegando un lago de sorprendimiento
recreando musgo. Vuelven las seducciones.
Vuelve mi propia cara seducida
por tu doble rostro: mitad raíces
oquedades y pozo, mitad lo que no sé:
Eternidad. Y vuelve la ferviente languidez
las sales, el mal que ha sido esta lucha
en tu arena crispada de puñales.
Y de estos versos, y de mi propia exuberancia
y exceso, ha de quedar en ti lo más sombrío.
Dirás: qué instante de dolor y de intelecto
cuando soñé los poetas en la Tierra. Carne y polvo
Lo perecible, exudando resplandor.

de Sobre a tua grande face (1986)
***

No es verdad.
No todo fue tierra y sexo
en mí
si soy poeta
es porque también
sé hablar de amor
suavemente.

Y como nadie sé
acariciar
la cabeza de un perro
en  la  madrugada.
***

Somos iguales a la muerte. Ignorados y puros.
Y mucho después (cuando el cansancio brote de
nuestras alas) seremos pájaros blancos
en procura de un Dios.

Traducción: Leo Lobos
Imagen: Cartel diseñado por Dado Motta para el espectáculo poético Hilda Hilst. O Espírito da Coisa, concebido y realizado por Rosaly Papadopol bajo la dirección de Rui Cortez, y presentado en el Teatro
do Centro da Terra de Sumaré (São Paulo) en mayo y junio de 2009.

domingo, 13 de abril de 2014

Para vino, un dólar. Para un aforismo se requieren dos

Tomas Venclova

(Lituania, 1937)

La baigneuse* 

Quién sabe si fue vida o no fue vida,
pero me ilumina en la estrecha orilla
un reflejo bruñido de agua hendida,
una barca, un romo arado, labra el canal
y yace la ciudad, desde los puentes
hasta las techumbres goteantes
como un fruto partido en dos

sobre el cristal fangoso. Frescas encrespaduras
(mejor diría silencio) baten con terquedad
la orilla. Una ola arrolla un anónimo jirón
de laguna. Celestes telas cortan sesgadamente
ladrillos mohecidos. Oscurece el color,
y está Guardi en la retina, espetado por el viento.

Calli, campi, campielli. Una piedra atezada,
en las arcadas, un húmedo carácter lagunar,
cielos de rancios siglos. Una Clío cegada
no percibió estos muros, ajados por los limos,
agua alta y gravedad terrestre. Los cimientos
se hunden sin apremio en el quieto elemento

y la ciudad vadea el espacio. Sube hasta las calles
de fachadas de mármol, con vahos de podredumbre
y malolientes légamos, una cálida espuma de mar,
y en lo alto, donde apenas alcanza la mirada,
un león blanco con el más sabio de los libros,
henchido de compasión por los muertos y los vivos,

mas la revelación le es confiada a él, y no a nosotros,
aquélla a la que obedece la duración del tiempo
y de todas las formas, del ángel al trilobites,
y la concha incrustada y ahusada en el frontón,
y la isla, donde la hierba recubrió los huesos
en espera de la mañana sin alba del Señor.

El siroco raspa los resquicios de los muros. Oculta
el rostro tras una máscara (un rostro que no es), arroja
la acritud oscura de la cúpula y el cobre de las veletas.
Nada la ciudad en el fondo primigenio, donde reina
una fauna acuórea y viscosa:
rayas, platijas, ascidiáceos, frutti di mare.

Una copa de vino, al anochecer, en la taberna.
Más allá de la plaza, el monocromo e inclemente
abismo, que resiste en las tinieblas de los párpados,
arca nupcial, templo anguloso; las campanadas
sobrecogen la cúpula, y la mano asida a otra mano,
tensa, es capaz de aniquilar al dolor y al tiempo.

* Se refiere a la ciudad de Venecia (nota del autor). 
***
Hommage to Shqipëria [1]

Aprecia ese cielo desplomadizo del anfiteatro.
El semicírculo rocoso y los rayos como pausas
en el monólogo. La escena poco menos que ideal.
Nos hace señas el parásito de la más celebrada
comedia de Plauto. Una vez estuvo aquí Epidamnos,
en este pobre país, tan realista ahora.

Lo que queda: papel de estraza en la palma de la mano
con el perfil de un monte y dos palabras: pesë lekë [2]
y una locomotora negra que existe sólo, al parecer,
en los billetes de banco. Luego ventanas huecas y podridas,
paja en las pestañas del camino y la sombra de un búnquer
junto a la giba parda y deslucida de un asno.

En la hondonada donde flamea el Flegetonte
rompen el espejo lampiños oteros armados.
Europa, digámoslo así, es un sistema solar
(oscilaciones de planetas, eco de conjunción de esferas)
y este país, aun siendo ardiente, resulta ser Plutón,
refugiado en la brecha y el silencio.

Se está bien aquí, donde yo no estoy. Me aferro una vez más
a esta sentencia. Los granados no han madurado
y se han malogrado las milgranas. He sobrevivido
a tres dictadores y a otros tres vi a prudente distancia
en el exilio. Pero el que medra aquí es digno
de seis o siete como él. Parece haber dado portazos

acá y acullá. Crujen los cristales bajo los pies.
Las huellas de metralla son como iris pútridos
en calaveras de marcianos. La malla del refugio
se clava en la caliza para que las generaciones del futuro
recuerden que esto nunca será paraíso o purgatorio,
ni aire, ni agua, pero sí, al menos, será fuego.

A la hora del ocaso, al olfato remilgado llegarán
indolentes efluvios de basura, heces, rakia [3] y ratas.

La constelación crepita bajo un hilo de ceniza.
¡Cómo susurran las muertas y blancuzcas hojas del acanto!
¡Cómo atrae el vacío! Pide prestado el peso
de los cuerpos y madura quedamente en el espacio.

Sobre el árido mármol se pudren cáscaras de fruta
y se dibuja el perfil del viejo cómico
en el humo del tabaco. Escucho en sueños:
“Donde hubo rebalse es donde insiste el panta rhei:
y nadie sabe, ni siquiera Dios, lo que conviene.
Para vino, un dólar. Para un aforismo se requieren dos”.

[1] Composición dedicada a Albania, el más pobre y aislado de los estados poscomunistas. La ciudad de Durrës (Epidamnos), que conserva los restos de un anfiteatro romano, es el lugar donde se desarrolla la acción de la comediaMenaechmi (‘Los gemelos’) de Plauto. Uno de sus protagonistas, llamado Peniculus (en la traducción lituana, Šepetis), aparece en la primera estrofa del poema, y en la última se parafrasea a Heráclito y Sócrates (nota del autor)
[2] En albanés, ‘cinco leks’. El lek es la unidad monetaria de Albania (nota de los traductores)
[3] Aguardiente característico de los Balcanes (nota de los traductores).


Traducción del lituano de Pietro U. Dini y Albert Lázaro-Tinaut
Tomados de impedimentatransit.blogspot.com.ar

sábado, 12 de abril de 2014

El paciente contempla su calzado vacante

CÉSAR VALLEJO

(Perú, 1892-Francia, 1938) 

XXXI

Esperanza plañe entre algodones.
Aristas roncas uniformadas
de amenazas tejidas de esporas magníficas
con porteros botones innatos.
¿Se luden seis de sol?
Natividad. Cállate, miedo.
Cristiano espero, espero siempre
de hinojos en la piedra circular que está
en las cien esquinas de esta suerte
tan vaga a donde asomo.
Y Dios sobresaltado nos oprime
el pulso, grave, mudo,
y como padre a su pequeña,
apenas,
pero apenas, entreabre los sangrientos algodones
y entre sus dedos toma a la esperanza.
Señor, lo quiero yo...
Y basta!

De Trilce
***
Las ventanas se han estremecido...

Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su espalda.
Es el huracán. Un castaño del jardín de las Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos, habrán caído, hendiendo, matando.
¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los océanos, de qué punto viene este huracán, tan digno de crédito, tan honrado de deuda derecho a las ventanas del hospital? Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el huracán y esta pena directa de toser o defecar! Ay! las direcciones inmutables, que así prenden muerte en las entrañas del hospital y despiertan células clandestinas a deshora, en los cadáveres.
¿Qué pensaría de si el enfermo de enfrente, ése que está durmiendo, si hubiera percibido el huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin, pronunciar sus llanas palabras de hombres.
La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes regresivas, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio. La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.
Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana? Y ¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente, una mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no le ha sanado.
El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan sierra. La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de novios, del corazón.
El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas, rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de números, en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.
Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta mosca, a lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos, sus zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del disparo, en las noches tremebundas.
¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en tales condiciones, anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad para adentro! ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias, prójimos de las bases! Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a las malas, en mi temperatura polvorosa.
En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva en que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego, percute aquí otra risa de contrapunto.
En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de espantosa incertidumbre.
En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando, al regresar, hay discordia bastante para el diálogo.
¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de dolor, si, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?
De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y sería ya mucho sonreír.
Se atumulta la sangre en el termómetro.
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!

De Poemas en prosa
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char