miércoles, 22 de octubre de 2014

Por qué en mí la melancolía era amarga y en ellas dulce como la miel



GRISELDA GAMBARO
(Barracas, Buenos Aires, Argentina, 1928)

Bicho bolita

            No había manera de entrar en confianza. No presentaba el mínimo intersticio que permitiera penetrar en su intimidad. Apenas lo tocaba con la yema del dedo, se volvía redondo. Y como se sabe, la esfera es la más reservada de las formas.
 **
Jirafas

Si algo me molestaba era sentirme objeto de una observación constante. No porque pensara que querían meterse en mi vida o creyera que me espiaban con intenciones aviesas. Resultaba... no sé cómo decirlo, incómodo para mí que cada vez que saliera al patio las encontrara con la cabeza por encima del tapial. Era una familia rara. Yo saludaba: —Buen día– y jamás devolvían el saludo. Me costaba además enfrentar esas miradas tristes, de una melancolía infinita, que me lanzaban a través de las gruesas pestañas. Intuía que habían sufrido infortunios, pero todo el mundo padece los propios y no era el caso de compartirlos. Tampoco lo deseaban en apariencia. De ser así, me hubieran devuelto el saludo, iniciado una conversación. Estaban mudas. Yo me acercaba a la tapia, generalmente de noche, para tratar de retener unas palabras sueltas, el barullo de una discu­sión, algún jolgorio, el ruido del televisor encendido. Nada, no ponían ni siquiera la radio. En muchos aspectos eran vecinas ideales. No reñían, jamás me despertó un escándalo, jamás tuve que golpearles la pared requiriéndoles decoro.
Sin embargo hubiera preferido otras vecinas. Temprano, en la mañana, cuando yo quería disfrutar del fresco en la soledad del patio que corría a lo largo de la casa, ya estaban ellas sometiéndome a su observación constante. Oteaban hacia el patio como lo habían hecho en la inmensidad de la sabana o de la estepa, con la misma atención.
Me incordiaban, y también me producían desasosiego; esos ojos de extrema dulzura me contagiaban su melancolía. No sabía por qué miraban así, a un desconocido, a un extraño. Inexplicablemente, yo quería reparar esa melancolía, me sentía en deuda, responsable, como si la hubiera provocado en cierta forma, o encerrara un secreto que me concernía y yo fuera incapaz de comprender. Pero se limitaban a quedarse mudas, ni siquiera las oía hablar entre ellas cuando resultaba evidente que, como a cualquier mortal, les sobraban temas de conversación, empezando por lo más cercano e inmediato: la salud, la comida, la crianza. Y si despreciaban estos temas por menudos había otros disponibles en la inmensidad del universo. Ese mutismo, que se volvía más patente cuando se asomaban con las cabezas aladas por encima del tapial, contribuía a mi malhumor, sobre todo a mi tristeza.
En invierno desaparecieron por unos días. Hacía frío, había helado en la madrugada. Cayó después una lluvia entre relámpagos, tan copiosa que esfumó la luz en un instante. Empapándome hasta los huesos, tomé una escalera y la apoyé en el muro de ladrillos. Necesité un momento para acostumbrarme a la falta de luz. El terreno que lindaba con el mío estaba desierto. Lo contemplé a través de una cortina de agua, ni un pajarito ni una jirafa.
Al mediodía la lluvia había cesado. Insistí para una corroboración total, quizás habían emigrado o se habían ido de viaje. Mi ánimo se aligeró. Montado en la escalera, atisbé a la altura de mis ojos.
Bajo el cielo plomizo, las jirafas adultas, con delicadeza increíble, rumiaban las hojas altas de una acacia espinosa y las crías, abriendo mucho las patas, aprovechaban unas plantas rastreras. Con una lengua que medía metros, las jirafas adultas torcían las ramas acercándolas a la boca. Entonces, una de ellas me vio. Levantó todavía más el cuello, golpeó nerviosamente el anca con el penacho de la cola, y en seguida, estremeciéndose, las crías enderezaron las patas, se alzaron, y como si hubieran recibido un aviso, corrieron en tropel hacía la casa. Las otras las siguieron, desparramando agua de los charcos. Me sentí despechado, ellas podían mirarme a su antojo y yo no. ¿Qué significaba yo? ¿Un estorbo? ¿Una amenaza, un intruso indeseable?
Me fui al campo, no demasiado lejos, apenas a unos kilómetros de distancia. Recogí montones de hojas de los árboles, arranqué tallos y plantas rastreras, llené una bolsa y la traje en el auto. Cuando regresé, la tarde se había tornado diáfana, el sol borraba los rastros del frío. Las cabezas aparecieron sobre el tapial. Corrí a buscar la bolsa, exhibí con un gesto de ofrecimiento las hojas y los tallos. Creí que se mostrarían reconocidas. No obtuve un estremecimiento de las narices, tampoco una mirada codiciosa. Menos una palabra. Desaparecieron sin ruido.
No me permití sentirme afectado por una actitud que a primera vista hubiera podido entenderse como una manifestación de desprecio. Monté en la escalera cargando la bolsa. Había ido al campo, había regresado con generosas intenciones, y no me resignaba a la frustración.
Esparcí hojas, tallos y plantas rastreras a lo largo del tapial, en la parte alta. Al día siguiente, se las habían comido. Ningún vestigio de verde, salvo un poco de musgo. Lo festejé: si habían aceptado la comida, no rechazarían mi presencia. La lógica me decía que este cambio de actitud iniciaría una nueva relación entre nosotros, una relación de estima mutua, de pequeños favores. Guardé la esperanza de que no me desairaran cuando yo asomara la cabeza y, del mismo modo, cuando ellas lo hicieran accedieran a conversar, como con un buen vecino. Entraríamos en confianza, una palabra llevaría a la otra, y entonces, yo podría formular aquella pregunta acuciante sobre la melancolía y la dulzura.
En un momento de la mañana, aparecieron todas oteando como siempre por encima del tapial. Yo había tomado una decisión: las interpelaría directamente y deberían ser muy groseras para no contestarme. Me dirigí a la jirafa alta quien en apariencia tenía la voz cantante, era la que transmitía mensajes en código con el penacho de la cola, su cuello se destacaba claramente por encima de la pared mostrando su entramado de blancas líneas sobre la piel oscura. Inquirí por su estado de salud. Si me oyó, no lo supe. No le saqué una palabra. Su boca parecía sonreír pero ya había observado que era su expresión habitual y no significaba nada.
Esta situación me ensombrecía. Ellas me contagiaban su tristeza y yo quería saber por lo menos qué infortunios la habían provocado y cómo podían seguir mirando no obstante con semejante dulzura. Nunca había conocido seres a quienes el dolor no agraviara. Después de tantas hojas y tallos, de tantos intentos de charla, era justo que conociera el secreto de esa dulzura, si se debía a la conjunción de la pena y el consuelo, del dolor y la mansa aceptación del dolor. En el fondo, ya que esa tristeza me había caído de regalo, quería apropiarme de esa sabiduría que me faltaba, por qué en mí la melancolía era amarga y en ellas dulce como la miel.
Fui al campo y de nuevo hice acopio de hojas, de tallos, de plantas rastreras. En las primeras horas de la noche las esparcí sobre el tapial y al día siguiente habían dado cuenta hasta de la menor hojita.
Esto se transformó en una costumbre. Les procuraba alimento y ellas se lo comían. El mío no era un trabajo menor. Esperé pacientemente para que les pudiera nacer la gratitud, hasta que una mañana, cuando se asomaron, pregunté: —Las hojas, ¿estaban buenas?
Debían de estar más que buenas, había observado que comían hojas con espinas, tallos duros, cuando yo les aportaba tiernos vegetales, primicias tempraneras impregnadas de savia. Como cualquiera que emplea su tiempo en la atención de un semejante, esperaba una respuesta mínima.
Las otras siguieron oteando, sin concederme ninguna, pero la más alta inclinó la cabeza con los cuernitos dorados de pelambre, y lo tomé como una afirmación.
Ese día no obtuve más. Los sábados y domingos iba al campo, traía bolsas y bolsas de comida. Montado en la escalera, la disponía en cantidades generosas sobre la superficie del tapial. Cuando yo saludaba: —Buen día— y agregaba —¿Les alcanzó? ¿Comieron bien?— la más alta inclinaba la cabeza. Dirigiéndose a mí indudablemente, me miraba con esos ojos grandes y separados, pesarosos.
Un día pensé que era el momento justo para la pregunta crucial. Nada se interponía en el camino. Les había dado pruebas de afección, había tenido paciencia durante largos meses. Al cabo había conseguido un fruto no desdeñable: esas inclinaciones de cabeza de la jirafa alta, esas miradas de reconocimiento. Pero ahora, con seguridad, intuyendo mi inquietud, ella ya estaría esperando que fuera al meollo del asunto para explayarse como una cotorra.
Entonces me atreví. —¿Por qué tanta melancolía? —pregunté. —Y esa dulzura.
De pronto hubiera querido volver atrás. Ante una interpelación demasiado tajante temí que huyera, que golpeara el anca con la cola empenachada y todas desaparecieran de golpe. Sin embargo, ella no varió de posición y debo decir que tampoco las demás que siguieron con sus rígidos y graciosos movimientos de cuello, cada una hacia diferentes lugares.
Mi pregunta había quedado sin respuesta. Con prudencia, bajando el tono, insistí en dirección a la jirafa alta. Sus orejas horizontales se movieron ligeramente. Oí una especie de bufido y después la voz amable, un poco ronca.
Me asaltó un pasmo tal al oírla que tras tantos esfuerzos por establecer un diálogo, estuve a punto de quedarme mudo. Aunque me aclaró aquel misterio sobre la melancolía y la dulzura, tampoco el diálogo se desarrolló como había imaginado. En cierta forma, había tenido todas las respuestas delante de los ojos incluso antes de que aparecieran las jirafas por encima del tapial. Pero es así. Negándonos al sufrimiento, somos ciegos al color de lo evidente.
—¿Dulzura?— repitió, y guardó un largo silencio. No supe si se había distraído o rehusaba contestarme. Su boca sonreía. —Se tiene o no se tiene— terminó por decir.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Y la melancolía?— pregunté decepcionado.
—No sé. Dicen que se debe a las pestañas, tan gruesas que nos velan los ojos.
—¿Las pestañas?
—Nos dan esa expresión. Parece.
—¿Sólo eso?
—Sólo eso.
Fatigada, se le escapó un sonido ronco. —Además...— dijo, y dejó la frase inconclusa. Dirigió una mirada de preocupación a las crías. Las espantó con un golpe de cola en el anca, como si quisiera proteger su inocencia, librarlas de un conocimiento fatal.
—¿Además?— la alenté, el corazón apretado.
No me contestó hasta que las crías desaparecieron en la casa. Suspiró y volvió los ojos hacia mí. —Además... el mundo es triste—, y con esa boca cuya sonrisa no significaba nada, dulce y melancólicamente agregó: —¿No lo sabías?
 *
De Los animales salvajes (Editorial Alfaguara, 2014).

martes, 21 de octubre de 2014

Aquí es donde la uva del descontento se refugia

JILL BATTSON
(Inglaterra, 1958. Ha vivido en los Estados Unidos; actualmente reside en Toronto, Canadá)

Tomada de openbookontario.com
Lunes por la tarde
En una cuchillada de luz solar 
en un lugar hambriento de sol, hambriento de calor 
soy mía 
y todo es resplandor y brillo 
una bocanada de palabras 
peligrosas y clementes 
brisa sobre mí 
el suave viento de la exigencia.

**
Relación pugilística
Negociando entre sí 
con pesados movimientos 
de músculo bombeado silueteado sobre huesos enrarecidos 
firmes, deliberados 
moviéndose en agresión 
en los lustrosos brazos del oponente 
con un suspiro de músculos en clinch 
están seguros en el abrazo mutuo 
conociendo sus grandes pulgadas rivales mediante dura labor y dolor 
frentes en reposo, roce de cabellos sobre la piel 
el salado sudor ardiendo 
cogiéndose el uno al otro, como amantes 
sus brazos echados sobre el cuerpo 
bajando las espaldas o a través de patrones deltoides 
con solícita caricia 
mejilla a mejilla 
lenta danza de lo rítmico 
porque el boxeo de pesos pesados y el amor son tan similares 
jab que toma segundos en la vida del ring 
en conectar el tejido 
latigazo de vuelta al cuello sobre la gruesa arquitectura 
cascadas de cerebro azotando el cráneo 
un roseado de sudor cristalizándose 
y aquí es donde ocurre el daño cerebral 
en las cuerdas rojas del ring 
empujadas hacia atrás por el golpe lento, mortal, esperado 
reconocimiento de un sonámbulo de que nada importa 
más allá de este momento 
cuando se alzan los guantes, golpeando el aire 
en un aturdido arco que nunca conecta 
nunca protege 
y los ojos: divididos, cerrados, cegados 
no ven nada después de este fragmento 
este dolor anticipado 
que vive solo en las calientes luces como lentejuelas, el rugido de la multitud 
el sabor de la sangre en la boca 
la robada electricidad de la derrota.

**
Otra Vez Amor

Y así es como ocurre
con un disco herniado
cuando el cuchillo corta a través de la piel suave
profundamente a través de la gruesa musculatura que lo mantiene a uno erguido
en los escondrijos de la estructura ósea paleozoica de la columna vertebral
para extirpar el problema del tamaño de una uva
así también ocurre con el amor
el cuchillo de la emoción, de la necesidad, del deseo
rebana a través del corazón
el centro de todo sentimiento, el mismo punto donde
el duodeno se encuentra con el estómago
o cualquier otro lugar el cuerpo localiza el sentimiento imaginado
el dolor hormigueante, aunque no es dolor
que el amor hace crudo y real
y aquí es donde la uva del descontento se refugia
en alguna parte en la cavidad central del cuerpo
como una semilla que crece con cada palabra cortante
cada mano no sostenida, cada promesa no cumplida
cada noche solitaria
hasta que se encona en todas sus dimensiones
como un anillo de cartílago
haciendo estragos en los nervios
hasta que el cuerpo ya no puede soportar las repercusiones
la creciente disfunción en meses de dolor
esperanza constante de que mañana las cosas mejorarán
en ambos casos
la única salida es la cirugía.
*
Traducción: Oscar Aguilera F.

lunes, 20 de octubre de 2014

¿Qué decía? Palabras, eso sí

JULIA UCEDA 

(Sevilla, España, 1925)

Nada se oye

                    The abandoned ruins of the dreams I left behind.
                                                     De una canción popular inglesa.

¿Estuve sola
a través de los tiempos y los grupos
dorados del otoño, a través de la sombra
del árbol en el agua
inquieta o dura, y más y más allá?

¿Fui o fuimos hablando entre la niebla
que fingía triunfantes
contornos a mi lado: un rostro puro
muy extraño en su noche, con los signos
de un idioma remoto en su frente, en su boca?

¿Yo les hablaba a la niebla y a la sombra
o es que alguien me oía?

¿Oía alguien?

La respuesta, ¿era una voz o el viento?
Era una voz ¿o el agua
salvaje de ese río cruel y poderoso
que el amor no conoce?

Nada se oye.
En la casa vacía, las preguntas -los pájaros-
se estrellan, silenciosas, contra el muro
y una muy tierna gota de sangre sustituye
a la huella del ala en el cemento.
Un instante fue el roce y destruidas
una a una se ocultan.

El silencio, ¿no es mucho para cada criatura?
La eternidad es sólo un peligro invisible
porque las roncas voces de la montaña claman
por los cuerpos perdidos que hablaron a las sombras.

Nada se oye.
Pero entonces, ¿me oía?

El silencio es como una eternidad sin fondo,
sin principio: una espalda
a la vida, a los hombres.

Para después no quiero contestación ninguna.
Es aquí donde tuve la urgencia de saberlo.

Oh sí, ya nada se oye.

Pero entonces, ¿me oía?
***
Semanas

Cuántos lunes y martes
en el polvo, detrás, por los caminos.
Serían diferentes entre sí, pero todos
parecían el mismo.

Busco las sillas, las ventanas, los lechos
de la fiebre o el llanto, del diente dolorido,
a esos lunes o martes, y ya todos
están fuera de sitio.

Forman montón de cosas, horas,
piedras, palabras, lápices, destinos,
pero fueron cruzando la puerta de hacia adentro
con mucho frío.

A veces los despierta una canción
antigua, una esquina, un amigo,
y me hace gracia de que todos entonces
me parezcan domingos.
**
Decía hielo

¿Qué dijo?
¿Qué decía? Palabras, eso sí,
palabras eran, pero ¿qué palabras?
Caían sobre una mesa. Y había luz.
Una luz muy oscura.
Ahora las manos se agrietaron
buscando los sonidos, revolviendo
agujeros, bolsillos falsos, nidos
abandonados, hojitas de musgo
y hojas secas: todo lo quieto. Sacude
los recursos para encubrir, por si cayeran,
las palabras, al suelo, con un sonido comprensible.

Pregunta
a los árboles del más allá, de vez en cuando,
si se acuerda, al llanto de los helechos y a la nuez
en que la luz, copo de fe, se encierra.
Porque asegura
que las oyó y eran como rastrojos, nudos
de alambre, manzanas podridas y un rostro
volcando todo eso, echando todo eso, tan frío,
en la nuca inocente. Y helaba la dulzura.
¿Dónde se han escondido? ¿Desde dónde
la miran, las palabras, agazapadas, riéndose
de que no las encuentre, tan torpe?
Que se muera buscándolas, dirán.
Tal vez al otro lado…
***
Fábula

No sabía cómo, pero estaba
ante el mar, un músculo compacto
que hacía su gimnasia
allá en el horizonte.
Tenía
una escopeta entre mis manos
(lejos parecían oírse
pueblos en ferias, gritos rotos
ante algún tiro al blanco).
Pronto el arma
estuvo contra mi hombro
derecho, mirando fijamente
a las estrellas. Y mi dedo
no vaciló.

El negro tubo se dejaba
mirar como el oscuro
corazón del misterio.
Nunca tocaría una estrella:
aunque mi brazo fuese firme
y mi ojo experto,
habían hecho trampas. Todo
era un juego.
Lo supe de repente. Un juego
de feria. Una escopeta
de feria, apta para
los cinco perdigones
de una pobre moneda,
v no para alcanzar
blancos de luz. No
para acercarse al mar. No para alzarla
sobre un hombro inocente.

No sabía cómo, pero estaba
de nuevo contra mi hombro
y mi dedo, firmemente,
no vaciló.

En silencio,
no corno un mundo que cae, sino
como una rosa que se desprende,
descendía. Cayó en el horizonte,
vertical, pura como la recta,
levantando
un camino de fuegos silenciosos.
Y avanzó
entre las crestas líquidas,
segura y decidida
para detenerse, suavemente,
a mi lado.

domingo, 19 de octubre de 2014

Labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Vicente Aleixandre

(Sevilla, 1898-Madrid, España, 1984) 

Se querían

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

sábado, 18 de octubre de 2014

¡Oh libertad, tus puertas son heridas!

Manuel Altolaguirre

(Málaga, 1905- Burgos, España, 1959)

Oh libertad errante, soñadora,
desnuda de verdor, libre de venas,
arboleda del mar, errante nube;
si en lluvia el desengaño te convierte,
la forma de mi copa podrá darte
una pequeña sensación de cielo.
Vuelve a la tierra, oh mar, vuelve a la vida,
a las cadenas de los largos ríos,
a las prisiones de los hondos lagos;
vuelve afiliada a penetrar mil veces
angostos laberintos vegetales.
¡Oh libertad, tus puertas son heridas!
No las quieras abrir, sigue encerrada
en la sedienta piel o te sostenga
el inclinado cauce del torrente.
Todo sueño que es nube se deshace.
Vuelva a brillar el sol, pues la blancura
de esa ilusión de libertad celeste
es tan sólo una sombra hecha jirones.
No sueñe más el agua, y tenga vida
en la savia o la sangre, tenga sólo
en mí su libertad, libre en mis lágrimas.

viernes, 17 de octubre de 2014

Pero a continuación le parece que está exagerando

SANDOR MÁRAI

(Kassa, Hungría, 1900-San Diego, EE.UU., 1989) 

Fragmentos de La Gaviota

Seguro que he palidecido de golpe, piensa él, que se halla frente a la cruzada luz que irrumpe por la ventana y tiene la impresión de que la sangre no le llega a la cabeza, sino que le fluye hacia el corazón, aunque sabe que eso no es más que una licencia poética, como ha leído en algún libro de todo punto prescindible. En realidad, ese flujo constituye un disparate biológico. La sangre, naturalmente, siempre fluye hacia el corazón, pero la conmoción que está experimentando en ese instante nada tiene que ver con la circulación sanguínea. Uno puede leer esos tópicos sentimentales en cualquier libro. Seguro que estoy muy pálido, se repite, y se aparta discretamente de la luz, porque no quiere que la visitante perciba su palidez.

Pero a continuación le parece que está exagerando. Y entonces se permite sentir una alegría desmedida y nerviosa, como si una mano maliciosa acabara de inyectarle un elixir de buen humor instantáneo. Debo ir con cuidado, piensa, si no quiero provocar un escándalo. Un momento más y, si esta maldita comezón hormigueante no cesa en alguna parte de mi cuerpo, mi alma o mis nervios, si no reacciono y me reprimo, prorrumpiré en risas... ¿Risas? Más bien carcajadas. Reiré a carcajada limpia dando palmadas a la mesa.

Me tumbaré en la otomana y, sujetándome el vientre, reiré a mandíbula batiente. Sí, debo contenerme o se armará una buena, los funcionarios de los despachos vecinos acudirán presurosos, avisarán al ministro, llamarán a una ambulancia, me llevarán a un sanatorio mental y me jubilarán. No obstante, cree que no podrá evitarlo, que va a romper a reír, y nota resurgir contra su voluntad palabras casi olvidadas, palabras que brotan dispuestas a expresar abiertamente su buen humor y su sentido juguetón, como si después de un largo exilio pudieran retornar y recuperar sus derechos; unas palabras que se arrellanan en su alma, toman posesión y giran en su mente y su boca: un instante más y las soltará en forma de carcajada, las lanzará sobre la alfombra, ante los pies de la joven, en medio del despacho, ante Dios y el mundo. Estoy exagerando, vuelve a decirse. Me echaré a reír y lo haré como quien se ríe a la vez de sí mismo, del cielo, la tierra y la Creación. Quizá sólo el diablo ría con tanto sarcasmo y desesperación al percatarse en sus horas libres de que su rostro feo y torcido, con cuernos en la frente, se parece al de Dios, aunque sólo sea remotamente.

En cualquier caso, un instante más y estallará en carcajadas, sin remedio. Entonces, la mujer se asustará y huirá de su despacho. Aunque, a fin de cuentas, ¿por qué querría huir? ¿Qué se habrá creído esa mujer presentándose allí, entrando desde la calle, volviendo del pasado y de un espacio aún más temible que el pasado, que está más allá del espacio infinito, donde ni siquiera viven ya cuerpos geométricos, figuras y conceptos, sino que reina un caos turbulento que mezcla cuerpos, figuras, apariencias e impresiones reducidas a fríos recuerdos? Sin duda, no se habría presentado allí sin un motivo concreto. Y por mucho que se ría en su cara, ella seguramente sabrá contestar a cualquier pregunta: por el simple hecho de existir, de vivir y ahora hallarse allí, en su umbral. Así pues, lo embarga una curiosidad infinita, una sensación parecida a la excitación sensual. Al fin y al cabo, no se trata de un fenómeno corriente, pues a la gente no suele ocurrirle que, después de haber enterrado a una persona, ésta emerja de la compleja tumba que es la realidad y el recuerdo, y sobre la que se cierran tres tapas como los sarcófagos de los reyes paganos, y se presente de pronto en el umbral, a la una y veinte del mediodía.

**

A ti la realidad se te antoja una respuesta; en cambio, yo la considero una pregunta… Ésa es la diferencia entre nosotros, dentro de la pareja; es decir, es la diferencia entre hombre y mujer, entre otras cosas. Permite, acepta que también conteste a mi manera.

**

Mientras permanece así sentado, una mujer sube la escalinata del vasto edificio a paso vivo, ligera como las aves, como si saltara de un escalón a otro. La mujer se apresura a su encuentro, pero él no lo sabe.

No la conoce, jamás la ha visto. Sigue sentado a la mesa, cubriéndose la cara con las manos. Piensa en la guerra y se esfuerza en imaginar lo que esa palabra supondrá en realidad al día siguiente, y dentro de un año. Quienes hasta el momento sólo habían conocido la guerra a través del cinematógrafo, ahora la conocerán como a una persona que tiene no sólo nombre y reputación, sino también un cuerpo. Le gustaría poder ayudar a alguien. En instantes así, tal vez lo más correcto sería elegir a una persona entre la inmensa población mundial y dedicar todas las energías a prestarle ayuda. A un hombre o una mujer que lo merezca. Pero ahora, de pronto, la palabra “merecer” ha perdido significado, enfrentada a la realidad que están viviendo, pues todos merecen por igual poder cumplir su destino. Y dentro del gran destino colectivo, de la guerra, las personas también tienen su destino particular, el pequeño, el pleno.
**


Cuando llega al primer piso, la mujer se detiene en el rellano. Mira alrededor con cautela, comprueba que no hay nadie a la vista y entonces, como un ladrón, extrae con gesto rápido la polvera del bolso, con la mano enguantada limpia los granitos de arroz pegados al espejo y luego se empolva la nariz. La operación dura sólo unos segundos. Después, con seriedad y aprensión, se observa el rostro en el diminuto espejo. Está inquieta, en el estómago nota el nerviosismo de los estudiantes antes del examen final. Al oír pasos, recupera rápidamente el aspecto de una dama ceremoniosa. Continúa hacia el piso de arriba, ya más serena, y entonces se cruza con un hombre mayor. Éste, deteniéndose a mitad de la escalera, la sigue con la mirada, una mirada eminentemente masculina. “¡Menuda belleza!”, se dice, y, soltando un débil silbido, prosigue el descenso.

Sí, ella también sabe que es “una belleza” y hoy lo sabe más que nunca, de la cabeza a los pies. Esa misma mañana ha dudado largo rato si calzarse las botas para la nieve o no, vista la copiosa nevada de la noche anterior. Finalmente, ha decidido emprender el camino sin botas, con zapatos abiertos de piel de foca y suela fina, y medias de seda color carne, tratando de no mancharlos con el barro de la calle. Ahora, calzada con esos zapatos elegantes, siente frío y tiene piel de gallina, pero precisamente ese día no debe ocultar con las botas sus tobillos ni sus bien torneadas y bellas pantorrillas.

Va a visitar a un hombre a quien no conoce. Se detiene en la segunda planta y descansa unos instantes. En el edificio reina una temperatura cálida y agradable; el pasillo abovedado y blanco parece conducir hacia un monasterio. De las paredes cuelgan antiguos grabados de marcos dorados que representan la ciudad. Todo tiene un aura serena y majestuosa. La mujer suspira brevemente. No ve a nadie. Extrae un papelito del bolsillo del corto abrigo de piel y deletrea un nombre. Luego mira alrededor con ojos miopes, entornando los párpados. Entonces un hombre vestido de librea se le acerca y ella pronuncia el nombre.

Es la primera vez que lo dice en voz alta. Cuando se pronuncia un nombre, fuerzas e hijos desconocidos del universo conectan a dos personas, igual que una central telefónica. El hombre de librea asiente con la cabeza y dice:
–El señor consejero sólo recibe visitas hasta las doce.
–Ésta es mi tarjeta –dice la mujer en mal húngaro–; le ruego se la entregue.

Esa respuesta halaga al subalterno, pues, como todo hijo de un pueblo pequeño, considera un honor que un extranjero se esfuerce en hablar su idioma. Con un amable gesto ofrece asiento a la desconocida y se aleja con la tarjeta en la mano.
Ella se sienta en el sofá tapizado de verde. Se aprieta la mano contra el pecho y nota el corazón acelerado…
***

“Yo amé a una persona, lo cual también constituye un hecho. Y ahora de repente comprendo que más allá de las citas neuróticas que los creadores de noticias, películas y novelas definen como amor, entre el hombre y la mujer existe realmente algo fatal, irrepetible e inevitable, algo personal, algo que queda por encima de este mundo y de la tumba. Por ejemplo, si esta noche bebiera cianuro (una idea descabellada, lo sé) no cambiaría las leyes ni solucionaría nada. Algo me obligaría a salir de la tumba para amarte, mejor dicho, para amar a la persona que tú eres ahora, más allá de la vida terrenal y la tumba. ¿Estás de acuerdo? Me alegra que me escuches con calma y que no protestes cuando trato de comprender (con al experiencia de mi trabajo a mis espaldas) las consecuencias de los hechos. Los astrólogos, que hoy en día no llevan un capirote en la cabeza y en su mayoría no son más que diligentes matemáticos, afirman que hay tres hechos que el libre albedrío del hombre no puede cambiar: el nacimiento, la muerte y el amor… Estos tres hechos son más poderosos que cualquier fuerza y voluntad humanas. Porque hay parejas, Aino Laine, dos personas arrastradas en el espacio una hacia la otra por una única ola, que no pueden evitar encontrarse, no son capaces de escapar la una de la otra ,ni yendo al norte o al oeste, y tampoco a la India o a la tumba… Deben regresar en el espacio y el tiempo para reunirse.
***
“La única casa del mundo donde sabía lo que había en cada cajón; en el salón, junto a la chimenea, estaba el sillón en que murió mi abuela, el mismo en que solía sentarse mi padre a leer por las noches, cuando volvía de trabajar. Había muchas cosas en aquella casa. Por ejemplo, un cuarto desde donde se veía el mar, los veleros: era mi habitación. Y todo lo que hay en una casa donde han vivido abuelos, padres e hijos. Allí nací y allí por poco muero, pues nos quedamos atrapados en el sótano y el humo nos asfixiaba. Aquello era la realidad. Y el que no lo haya vivido, el que no haya experimentado lo que se siente en un sótano, cuando a uno se le viene la casa encima y todo lo que ha formado parte de la vida familiar, todo lo que significa la niñez, queda reducido a cenizas, tal vez no sepa del todo lo que es esta guerra.”
**
La gaviota
Trad. de Mária Szijj y J. M. González Trevejo. Salamandra, 2011

jueves, 16 de octubre de 2014

Los papeles de las hojas

CARINA SEDEVICH

(Santa Fe, Argentina, 1972. Recide en Villa María, Córdoba, Argentina)

12

Dormir de tarde
por dos horas de olvido.
El pesado sueno de la rabia
urdido como un mimbre.
Ojo conmigo.
Me levanto a tereré lavado.
*

Si fuera feliz
nunca escribiría.
Soy de esa gente que
no tiene que perder.
Como los hombres que viven
en las plazas
no temo que vean mi miseria.
La humillación es contagiosa:
no me apena.
Mi rencor es como un río.
Y mi moral es blanda.
Lloro siempre porque
soy de agua.
Ojo conmigo.
Calibro mal el dolor.
*

Ya no recuerdo todo,
pero no hace falta.
Dos o tres nombres,
dos o tres armas lacerantes.
Ojo conmigo.
No creo en nada.
Y mi dolor mal calibrado vuelve
como cuando tenía cinco anos.
*

No me recuerdo.
Lloro en silencio,
odio profusamente.
Mi odio es una cana voladora
de chicos pobres a la siesta.
*

Miento para ver qué pasa.
Elijo los señuelos,
los arranco de mi propia carne.
Es que estoy templada como un té.
Ojo conmigo.
No guardo una pasión,
no guardo nada.
Como una vieja loca
ya empecé a resolverlo todo.

De Como segando un cariño oscuro (Llanto de Mudo Ediciones, Córdoba, 2012), también editado en España y en Chile.
**

Quiero escuchar los ruidos que la lluvia dejó
Porque son hondos.
Los inocentes fuegos del pájaro.
Los papeles de las hojas.
Un carnaval sin arder
Es lo que pasa.
El gris de los muros está más grisado
Y el campo lavado
sigue siendo gris.
**

Paso la vida sentada ante la mesa
leyendo
y escribiendo

y bebo

y celebro a los poetas chinos
que le cantan al vino,
a la contemplación.

Pero si veo a mi hijo borracho
me preocupo

y si lo veo ocioso
me entristezco.
**

La naranja de hoy estaba seca.

La turgencia no garantiza nada.

Ni el color rabioso, ni el botón saliente
que acaricié en la góndola del súper.

La naranja de ayer no era perfecta
pero sus gajos estallaban.

Eran bastante buenas las naranjas
que me tocaron durante la semana.

Hoy el recuerdo de otro jugo no me alcanza.

Y el amor que tuve
no me moja la boca.

Escribió Dickinson, Alción, Córdoba, 2014

miércoles, 15 de octubre de 2014

Mira a tu alrededor. Era la calle Mikó...

SANDOR MÁRAI
Tomada de tierrapapel.wordpress.com


(Kassa, Hungría, 1900-San Diego, EE.UU., 1989) 


Anselm Kiefer

...ten cuidado, que pisas sangre, dejado y lleno
de barro está el Bastión; alzan la vista al cielo
los cadáveres, cielo al que el humo ya anuncia
que abajo está en llamas el barrio de Krisztina;
el gitano del Balta, de música quejosa,
ha desaparecido, quedan hedor y sombra,
y en el Castillo, en su iglesia, yacen juntos
caballos muertos y príncipes difuntos...

Ya puedes descansar sentado en el bordillo,
donde la Escalinata de Granito da al vacío:
se mecía el follaje de los verdes castaños,
feliz, en las mañanas del fúlgido verano,
detrás de la ventana novelas escribías,
y el cielo en los momentos de vértigo se abrió;
aquí fuiste poeta, lloraste, de rodillas.
Mira a tu alrededor. Era la calle Mikó...

...Era el puente. Aquí andabas bajo la luna llena
-a mitad de camino frenaba una calesa-,
lo construyó Adam Clark, durante su reforma
entre los grandes arcos volaban las gaviotas,
sobre la barandilla suicidas se inclinaban;
yacen ya en el agua, con ellos la balaustrada,
y por el Túnel sopla un viento suave y fresco
que acaricia el cabello de todos los hombres muertos...

Budapest 1945
**

Siempre que pienso en Kassa los recuerdos vuelven a mi memoria. Y me gritan: 'Devolvédmela. Devolvedme la casa en la que nací y la otra, en la que crecí, devolvedme mis tumbas, los recuerdos, las ventanas y los arcos de mi niñez, devolvedme las praderas y la casa de , la Puerta del Norte y la catedral entera con el sepulcro de Rákóczi, pues, si no, nada volverá a tener sentido para mí. Quiero recobrarlo porque me pertenece, porque no consigo olvidar su pérdida. Devolvédmelo pues, si no, creeré que todo es posible, también la rabia de la desesperación. Allí quiero morir, donde comienza la ciudad, donde yacen mis muertos, en las hondonadas bajo las colinas, en las habitaciones donde descansan también mis recuerdos. Devolvédmela mientras todavía es tiempo.

De Poemas en prosa Las cuatro estaciones, versión s/d

viernes, 10 de octubre de 2014

Breve descanso, breve


Una bandada de álamos en vuelo

Blaga Dimitrova

(Bjala Slatina, Bulgaria, 1922-2003)

JUVENTUD

Cuando eres joven
y ondean al viento
tus cabellos alborotados
y te sumerges en sus ojos
ves un fragmento del mundo,
un balcón rozando el cielo,
un tren rebelde sin raíles,
una bandada de álamos en vuelo.
¡Mundo de libertad, sin fronteras
al cual añades fantasía con tu existencia!
De pronto un día tus cabellos clarean y ante ti
se descubre un mundo en su totalidad.
El balcón está empotrado en un muro,
el tren se mueve por raíles
y los tallos inmovilizan a los álamos.
Aquí no hay lugar para la fantasía.
Perdiste tus cabellos alborotados.
**
CÍRCULO

Los crímenes se repiten.
No tienes pasado si no tienes memoria.
Y encima pretendes futuro.
**
Siembra a ciegas 

Arrojadas de ninguna parte
por la mismísima mano vacía del Universo,
semillas de laboratorio,
esparcidas y abandonadas a su suerte,
o peor todavía,
bajo permanente control,
nos precipitamos
y precipitamos

cada vez más aceleradamente,
más unidireccional,
más vertical,
cada vez más y más
hacia la Tierra,

hasta sembrarnos en ella.

¿Y qué brotará?

jueves, 9 de octubre de 2014

Un dibujo imperfecto

NANCY MONTEMURRO
(Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1961)

IX – EL ERMITAÑO

El tejedor que supo
tramar hilo por hilo
un dibujo imperfecto
puede ahora destejer
sin cortar
las hebras enredadas.
Del error
aprendió la perfección
y comprendió
el tramado de lo humano.
**
VI – EL ENAMORADO

Camino bifurcado
obliga a una elección.
Avanzar con un pie
sobre cada sendero
tarde o temprano
parte a la mitad.
Optar por uno u otro,
también.
Imposible evitar el desgarro.
**
VIII – LA FUERZA

La maestría del gladiador
no consiste
en matar a la fiera
sino en transmutar
para sí
el poder de sus garras.

De Arcanos Mayores (Ediciones del Citrino, 2011)

miércoles, 8 de octubre de 2014

Sin embargo creo reconocer esa oscuridad

FRANCISCO BITAR 
Tomada de todasantafe

(Santa Fe, Argentina, 1981)


DE LAS FUERZAS SUPREMAS
A LAS FUERZAS ELEMENTALES

Día ventoso, nubes dóciles
perdiéndose hacia el oeste
por la zona de los hospitales
donde a último momento se las confunde
con la cama vacía de alguien
que se recuperó de una enfermedad
o de otro que usó la suya
hasta las últimas consecuencias.
Es un aire donde una chica
podría apoyar su vestido y hacerlo flotar,
sopla para nosotros, oh dios de las bombachas.
En la puerta de las lavanderías
se siente al pasar
el vapor tibio de las planchas
al contacto con la tela
y el efluvio te arrastra a pensar
en los méritos necesarios
para ganarse la ropa limpia,
una mujer, una cuerda donde secarla,
sobre todo un caudal suficiente
para mezclarlo con jabón.
Como ocurre con el cuerpo
el 70% es agua,
con el 30 real
he arruinado mi vida.
***

Si estás solo en tu casa
una ciudad crece en el patio
el té tiene gusto a una frase bien hecha
en los objetos resplandece el último uso:
la sábana trabajada de dormir vestido
la alfombra del baño
donde juntaron los pies descalzos
mujeres sin amor

Si estás solo en la casa
y se viene la noche, cuidado:
nunca vi un gato
caer de otra forma que parado
en cambio vi a muchos hombres
caer de cabeza
lo que obliga a saber con precisión
si uno está solo como un gato
o solo como muchos hombres

Un cambio de estación
es un viento nocturno
que agita el altillo
de todos los amores superados

Si tu casa quedó sola
no te acerques a las puertas

Hay más frío cerca de las puertas.
***
Manual para retroceder una cajita de música

Tenés que darle dos veces
a la puerta de la habitación
para que cierre definitivamente.
Entre el primer golpe y el segundo
hay tiempo de sobra para que entren al cuarto
los olores de una noche caliente:
olor a tierra húmeda del jardín,
a las hojas mojadas del helecho
creciendo en un vaso plástico
de a litro de fernet.
A veces las plantas no hacen
lo necesario durante el día
como par dormir de noche
y se las puede sentir desde la habitación
agitadas por el recuerdo
de la mujer que las cuidó.
Sobre la base de los tallos
o entre las hojas más largas
que tocan el cantero,
el agua de riego no refleja
las luces superiores, sino
los espacios oscuros de la noche,
la distancia entre las estrellas,
la negra separación.
***
El corazón es la caja del cuerpo

Bordeo la ciudad
donde vivimos juntos hace años,
la sobrevuelo en realidad
desde la autopista levantada
sobre el lomo de una elevación.
A lo lejos hay unas pocas luces
y me veo en la tarea inútil
de buscar nuestra casa
en la más cerrada oscuridad.
Sin embargo creo reconocer esa oscuridad.
Escribo esto en el bolso
a la luz del celular
aunque no tan adentro
como para que mi vecino no despierte.
Yo también soy poeta -me dice-. Escribo sobre el amor.
***
De CUESTIONARIO SCHMIDT



1.     qué objetos te acompañaron toda tu vida?

El auto. No siempre el mismo auto, claro. Una imagen del auto, el modo en que reparte los lugares de la familia: el padre al volante, la madre al lado, atrás mi hermano y yo. Primero fue un di tella negro, después un fiat 147 prestado durante dos años, un r 12 break que se fundió en dos meses, un citroen 3cv que mi viejo ataba cada noche al fresno de enfrente con una cadena que salía del amortiguador. Entre la break y los primeros tiempos del citroen, tuvimos dos autos porque nadie quería comprar la break ni llevársela de ahí. Al final, un duna. En ese momento se cortó la relación con los autos de mi viejo, justo cuando él empezaba a repuntar y vendrían autos incluso mejores. Yo no tengo uno, pero todavía me llaman la atención los pocos di tella que andan dando vueltas, el auto con que mi viejo llevaba a mi vieja a su trabajo en el frigorífico.

2.     sentís presencias, voces, músicas del trasmundo?

No.

3.     qué pensás de la rosa, los anillos, el mar y los tatuajes?

Cuando mis viejos se separaron por segunda vez, le robé a mi vieja el anillo de bodas y se lo regalé a una chica. No la recuperé. Pienso que los anillos no sirven para nada.

4.     cuál es tu superstición?

El trabajo.

5.     en qué parte del cuerpo, el aire o el paisaje sentís la poesía?

Si es mala, en el estómago.

6.     escribís mientras escribís o antes o después?

Escribo mientras escribo. Antes y después, corrijo.

7.     qué autores no releerías?

Muchos. Por suerte, cada vez son más.

8.     de los poetas que conociste cuál, cuales te parecieron que unían su vida a sus palabras?

Ninguno. Menos los que trataban de hacerlo.

9.     qué, quién, quiénes escribe en vos?

No sé. Un libro tiene mucho que ver con mi hermano, otro con una casa, los tres con mi mujer.

10. vuelven algunas palabras, algunos temas o algunos climas?

Vuelve una escena de escritura: mi casa está cerca de la cervecería y cada tarde se siente en todo el barrio el olor al malteado de la cebada. Siempre tengo una cerveza en la heladera. Mi mujer no vuelve del trabajo hasta la noche.

11. en tu vida, la poesía como propósito, destino o circunstancia?

Ninguna de las tres.

12. qué quisieras leer mañana, que quisieras releer para siempre?

Releo lo que me sirve para trabajar. Hay constantes: Chejov, Joyce, Scott Fitzgerald, Ashbery, Carver, Juan Manuel Inchauspe.

13. qué pensás del romanticismo alemán?

Que hizo estragos.

14. el silencio, la soledad, la transparencia, el orden, adentro, afuera, a veces, nunca?

La determinación.

15.  qué fue lo imposible?

Escribir el libro de mi ciudad. Espero hacerlo.

16. la poesía es una arma cargada de futuro, pasado, eternidad?

No sé. Te respondo en veinte años.

17. la poesía es literatura?

Este último verano vino una poeta a visitarnos. La mañana del domingo en que se iba, mientras hojeábamos el diario, dijo: “Fulanito y yo somos los únicos poetas profesionales de mi aldea” porque había aparecido una nota de Fulanito en el suplemento literario. Pensé qué disparate. Después lo pensé mejor. Y sí; un poema tiene incorporado una determinada cantidad de trabajo y se trabaja todos lo días en el poema. Hay becas, talleres literarios, instancias de legitimación. Sí, la poesía es literatura, la poeta tenía razón en eso. En lo otro no: hay más poetas que ella y Fulanito en esa aldea.

18. qué lugar ocupa la poesía argentina en Latinoamérica y en la lengua castellana?

No estoy seguro de que exista la poesía argentina. Si existe, no estoy seguro de qué cosa sea y, en ese caso, preferiría no saberlo.

19. cuáles poetas argentinos te parece que deberían estar y no están?

Me parece que hay poetas que todavía no están del todo, pero que ya van a estar de lleno, los nacidos en los 80s: Miguel Ángel Petrecca, Julián Bejarano, Carlos Godoy, Gerardo Jorge, Luciano Lamberti, Matías Heer, Carlos Gradín, Eloísa Oliva, Alfredo Jaramillo, Pablo Natale, Mariana Suozzo, Federico Leguizamón, Martín Maigua. Alguno más.

20. alguien te llevó o fuiste solo a esa palabra oscura?

Solito.

21. fuera de la poesía que campo del arte te interesa?

El cine y la música. Las fotos de Miguel Grattier y Federico Inchasupe. Me gusta el baile pero solamente por motivos egoístas. Cuando pasa el fin de semana y no salgo a bailar siento como si fuera a trabajar sin dormir.

22. la poesía es una tarea del espíritu o una emanación de la historia ¿hay espíritu, hay historia?

Hay de los dos.

23. cuál es la mayor dificultad en la relación existencia-poesía?

Cuando una de las dos falta.

24. quisieras responder otras preguntas, quisieras hacer otras preguntas?

No. Acá están todas. Buenísimo.

martes, 7 de octubre de 2014

La tierra giró musicalmente

EUGENIO MONTEJO 
Rembrandt: Autorretrato

(Caracas, Venezuela, 1938-Valencia, España, 2008)

Dos Rembrandt

Con grumos ocres pudo el viejo Rembrandt
pintar su último rostro. Es un autorretrato
en su final. Hecho de encargo
para un joven pintor de 34.
(El mismo Rembrandt visto en otra cara.)

Puestos cerca esos cuadros
muestran en igual pose las dos bocas,
unos ojos intensos o vagos,
las manos juntas en el aire
y el tacto de colores
con hondas luces que se rompen
en sordos sollozos apagados...

Rembrandt: Autorretrato
Rembrandt en la vejez, al dibujarse
supo ser objetivo. No interfiere
en los estragos de su vida,
ve lo que fue, no afiade, no lamenta.
Su alma sólo nos busca por espejo
y sin pedirnos saldo
se acerca en sus dos rostros,
pero quién al mirarlos no se quema?
***
Adiós a mi padre

Mi padre muerto iba delante
 y detrás junio, de verdor ubérrimo,
 y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
 Al paso de su sombra
 los refrenados carruajes nos seguían.
 Mi padre hablaba del camino,
 de cafetales con piel de adormidera
 que a un simple roce ya eran calles y torres.
 Hablaba dormido,
 con voz inubicable,
 una voz rápida de cuando era muy joven
 y yo no había nacido...
 Atravesamos un bosque de apamates
 que en lenta fila también iban marchando
 no sé adónde.
 Después sólo se oyeron las cigarras
 estremecidas en un coro compacto.
 Mi padre acaso creyó que las oía
 pero ya entonces a bordo de un relámpago
 su alma cruzaba remotas intemperies.
***
Regreso

Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos.

Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas.

Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio.

Fiel a sus tablas, sólo da reposo,
cuando en tardes la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos.
***
La tierra giró para acercarnos

La tierra giró para acercarnos
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char