martes, 22 de julio de 2014

Y hay noche por afuera hasta el fin de la vida

Conrado Nalé Roxlo

(Buenos Aires, Argentina, 1898-1971)

EL MURO

Pongo la mano sobre el blanco muro,
pongo la mano sobre el muro helado,
y siento que en la noche, al otro lado,
pesa otra mano sobre el muro oscuro.

Hay un silencio inquieto, un inseguro
silencio de paraje despoblado.
Y mi alma es un pájaro clavado
por mi amarilla mano al muro duro.

Tierra y cal nos separan, tierra escasa
y fría cal. Y hay noche por afuera
hasta el fin de la vida. Ya traspasa

la mano el muro como blanda cera.
Estalla el miedo en la desierta casa,
y asido a un grito vuelvo a mi ribera.



De Antología básica contemporánea de la poesía iberoamericana, Tomo I. Ediciones Nereo Pulitzer, 1978.

lunes, 21 de julio de 2014

Las capillas están ardiendo

Juan Anselmo Leguizamón
Tomada del blog poetassigloveintiuno

(Santiago del Estero, Argentina, 1971)



# 50 TWEETS PARA JAVIER ADÚRIZ

       Sabía percibir como nadie el olor a cucarachas, a la casa Usher la hubiese prendido fuego antes de terminar el cuento.

  1. Varios de los suyos quisieran
    ser Bogart pero él daba un James Dean: mirada de relojeo, rocanrol y no
    hubiese sido raro verlo con la solapa de la campera levantada.
.
Con los primeros cristianos ganándose a los leones para luego echarlos en el césped de esta civilidad tranqui de ciudad sitiada.




Instrucciones para la generación del poema con la brillantez de una bala de plata.



  1. El que limpia su ballesta para
    tirar una flecha en llamas contra un viejo mapamundi.



  1. Del verso libre a que el verso
    te libre.



  1.  Y si “la verdad se mueve” ¡muévete!



  1. No es esto, no es eso, no es
    aquello... Dale por ahí, “metele arte, gordo”, tampoco te la creas ¿quién
    sos? Jugatelá al núcleo… Le pifiaste ¿y qué? ¿Para qué venimos?



  1. Para escribir poesía después de
    Hiroshima.



  1. Paleando nieve fluorescente con
    el historiador Mosca de El eternauta.



  1. Los que están ebrios de lo que
    no han bebido –una definición de los místicos.



  1. No la iba de canchero y menos
    de yuta de la poesía.



  1. Un dialogador post-socrático
    pero sin sofistería ni teocracia.



  1. Hay verdad, hay violencia, hay
    vencidos, hay invicto, hay belleza.



  1. Debería decir samurai pero tengo que decir jedi.



  1. No le pude preguntar qué onda
    con Pat Morita (Sr. Miyagi) pero sería algo así: “nene, andá a pintar las
    verjas para aprender a hacer poemas”.



  1. A pesar de los cantos
    primordiales, en el principio es el Diálogo -y te tratará de “vos”.



  1. No a ese añorar melanco de un orden, una delirada
    casta de Hogwarts o una armonía de dios como si dios no pudiese ser el
    caos.



  1. No a la restauración patética
    de qué valores de los “draculines”, bajo cuya voluntad se entregaran
    toneladas de carne para alienistas y crápulas del siglo veinte.



  1. Contra el decente literato ¿No
    ven que se nos incendia todo, baldío y paraíso?



  1. Vivan los gansos, los putos,
    los yetis, los indies, las fieras, los yiros, los
    wachis y lo que está por delante, que lo de atrás viene truncado.



  1. Las capillas están ardiendo.



  1. Decir lo velado del orden,
    tirar al ruedo lo real, el trastabilleo, el ultrasonido de la poiesis en ignición primicia antes
    de apaciguarse en “lo literario”.



  1. Un buen boxeador bien debe
    bailar (también la curte de gasista y puede tener un taller de motores)



  1. Ahora podrá preguntarle al
    notario siciliano cómo fue eso del primer soneto aquél mediodía del mil
    doscientos y pico.



  1. Si hubiese sido inglés: uno de
    los Smiths, francés: Belmondo, español: Antonio Vega, italiano: Jacopo da
    Lentini, alemán: abad okupa en
    Berlín oriental.



  1. La revolución es “en las
    circunstancias” o no es. Si ocurre, salvo rajar con Pancho Villa será
    referida tirando diagonales en el poliedro de la realidad.



  1. La política esta ahí, pero no
    la parlanchina, discursera, de programa, sino la entrañable, visceral, la
    dura, la verdadera.



  1. No el orden sino la ley en
    mudanza.



  1. Una entrevista que no dio:
    “agarrar al poema de las pelotas” –no, demasiado compadrito, muy callejón
    ¿Será hendir la flor hasta soltar gemido? También y tampoco.



  1. Salir a andar, afuerear, ahí
    entre todos está el cenobita conversador.



  1. No al repliegue mustio, sí a lo
    que se abra en cualquier otra dirección.



  1. Con o sin Eliot, salvaremos de
    la devastación (a) el asombro de la vida (b) en el lenguaje (c) con la
    “radical incongruencia de la libertad”.



  1. El poema es un motor, enciende
    o no, funciona o no.



  1. Lo otro, el otro, el kósmos -de ahí viene y ahí va.



  1. El poema: convivio provisional
    entre ideolectos errantes, habitantes del lenguaje y la historia;
    ocasional banquete por dación mutua de logos
    gozante.



  1. Física posclásica: fisión
    nuclear del legado histórico y cultural -“riqueza abandonada” donde
    abrevar de manera dispar- con la aceleración de la furia actual.



  1. Un arte de la “voladura de tejas”
    controlada, con foco en la “incesante constitución del presente”.



  1. Insumisos a la Gran voz pero bajo el
    sinuoso albedrío de escuchar aún la vieja voz de la poesía occidental,
    energía insistente que corre por las napas del lenguaje.



  1. Sí, irse, zarparse (descender,
    volar o darle por las laterales) pero volver para contarlo.



  1. La metalurgia: aleaciones
    imperfectas de res y verba en cada vuelta, en cada tiro
    de dados del arte.



  1. Lo ternario, la tríada, el
    triduo: “arte o ingenio: cualquier combinación o énfasis; contenido o
    forma: no hay sutura; utilidad o deleite: lo deleitable es lo útil”.



  1. El piercing de la pulsión versus el afecto por la abstracción
    comparten un faso.



  1. Del cruce generacional al
    anudamiento Peirceano: el desequilibrio dinámico del menage à trois entre
    “representamen- objeto- interpretante”.



  1. Entre sus compañeros de armas
    tallaron caballeros de insinuaciones libertarias.



  1. La literatura es una
    conversación en el zaguán cerca de un parque para ir a trepar a los
    árboles.



  1. Si hay vanguardia que no se
    note.



  1. Cuando allá llegan las lluvias
    aquí la seca y viceversa -y en tercer cuadrante se entrecruzan las
    estaciones en gran quilombo. Es así, hay más mundo de lo que se cree.



  1. Una vez traspasada la “zona
    invicta” nos saluda con el puño en alto.



  1. El frontis reza: “La joya es lo
    diverso”.


Juan Anselmo
Leguizamón

Santiago del Estero, febrero 2012.

domingo, 20 de julio de 2014

Ni debe extrañarnos, ni debe pesarnos de ello

MIGUEL DE UNAMUNO Y JUGO 


                         (España, 1864-1936)

Fui a ver a don Catalino. Recordarán ustedes que don Catalino es todo un sabio; esto es, un tonto. Tan sabio, que no ha sabido nunca divertirse, y no más que por incapacidad de ello. Lo que no quiere decir que don Catalino no se ría; don Catalino se ríe y a mandíbula batiente, pero hay que ver de qué cosas se ríe don Catalino. ¡La risa de don Catalino es digna de un héroe de una novela de Julio Verne! Y no diría yo que don Catalino no le encuentre divertido hasta jocoso, amén de instructivo, ¡por supuesto!, al tal Julio Verne, delicia de cuando teníamos trece años. Don Catalino es, como ven ustedes, un niño grande, pero sabio; esto es, un tonto.
Don Catalino cree, naturalmente, en la superioridad de la filosofía sobre la poesía, sin habérsele ocurrido la duda—don Catalino no duda sino profesionalmente, por método—de si la filosofía no será más que poesía echada a perder, y cree en la superioridad de la ciencia sobre e1 arte. De las artes prefiere la música, pero es porque dice que es una rama de la acústica, y que la armonía, el contrapunto y la orquestación tienen una base matemática. Inútil decir que don Catalino estima que el juego del ajedrez es el más noble de los juegos, porque desarrolla las funciones intelectuales. También le gusta el billar, por los problemas de mecánica que en él se ofrecen.
Un amigo mío y suyo dice que don Catalino es anestético y anestésico. Pero anestésicos son casi todos los sabios. Al cuarto de hora de estar uno hablando con ellos, se queda como acorchado y en disposición de que le arranquen, sin dolor alguno, el corazón.

(Miguel de Unamuno, Don Catalino, hombre sabio)
**
Entre mis recortes de periódicos guardo uno de El Imparcial que se titula así: "Perfiles del día. Sólo al público". En él se dice en sustancia que los homenajes públicos son en España al político, y rara vez al literato, el artista o al hombre de ciencia.

En ese artículo se cuenta que, hablando de don Juan Valera un vecino de Cabra con un literato, y al exclamar éste ¡qué grande hombre!, replicaba aquél: Sí, un hombre grande, un gran escritor... ¡pero si viera usted que allí en el distrito, cuando fue diputado... no hizo nada! (Puedo yo añadir que fue senador por Salamanca, y en su vida estuvo en Salamanca, según se lo oí a él mismo.)

En el mismo articulito se dice que refería don Pedro Antonio de Alarcón que, habiendo escrito desde el año 59 de la Restauración multitud de libros que hubieran alcanzado éxito muy grande, jamás sus paisanos de la Alpujarra se habían acordado de él para felicitarle ni para dedicarle el menor obsequio. "Pero me nombró Cánovas Consejero de Estado, y recibí no sé cuántos cientos de telegramas y cartas de felicitación. Es, sin duda, que hay mayor cantidad de gloria en el derecho a dar una credencial que en el de escribir el Itinerario de Madrid a Nápoles."

Todo esto me recuerda lo que contaba Blasco Ibáñez, de que habiendo preguntado en Milán por Edmundo de Amicis, no supieron darle la razón de él, hasta que uno dijo: Amicis... Amicis... ¡ah!, ¡sí, el concejal! Todo esto es perfectamente natural y no debe extrañarnos ni poco ni mucho a los que nos dedicamos a las bellas letras. Ni debe extrañarnos, ni debe pesarnos de ello.

Cada cual debe contentarse con la recompensa acomodada a su trabajo. El político trabaja para el día y por regla general se preocupa muy poco -no siendo los de muy primera fila, los que tengan alma de estadistas- de que su nombre pase o no a la historia. Su ambición se cifra en ejercer el poder e influencia mientras vive, en obrar sobre aquellos que le rodean, en repartir mercedes, en ser jaleado por las hojas volanderas de la prensa. Justo es, pues, que todos aquellos que han recibido o esperan recibir sus mercedes le festejen ostentosamente en vida. A cambio de esto es casi seguro que esos mismos que así le obsequian le olviden a los cuatro meses de acaecida su muerte.

La gloria del político, de lo que ordinariamente llamamos político, se parece a la gloria del actor. Todo lo que cosecha en aplausos de los que le oyen, lo pierde en admiración duradera. Es de ordinario un cómico, y como a tal cómico le tratan los espectadores.

En cierta ocasión le echaba en cara un literato al famoso melodramaturgo francés D'Ennery el que sus melodramas eran unos verdaderos esperpentos juzgados con criterio rigurosamente estético. Y D'Ennery le respondió: "Estos señores literatos son insaciables e insoportables; quieren la gloria y además la fortuna. Partamos las cosas: yo renuncio a la gloria, renuncio a que mi nombre figure en los futuros manuales de historia de la literatura francesa, y busco la fortuna con mis obras. Que se contenten ellos con la gloria, que les cedo de muy buena gana, y no pretendan disputarme también la fortuna". Y hablaba como un sabio, la verdad.

Apenas concibo a un joven dedicado al cultivo del arte o de la poesía que no lo haga ante todo y sobre todo por la gloria, y si luego se queja de que esa gloria no llega tan pronto como esperaba, si se queja de no oír los aplausos del público, es que se siente actor, es que quiere la gloria de una noche, la gloriosa.

Los artistas y las gentes de letras no deben olvidar nunca aquella profundísima sentencia de Gounod: la posteridad es una superposición de minorías. Y con esto se consolarán de que su público esté formado por una exigua minoría. Y lo cierto es que una de las cosas más piadosas y más nobles que puede hacerse en este mundo es buscar consuelo para nuestras adversidades todas. Por aquello de quien no se consuela es un tonto.

Por mi parte puedo decir que he recibido alguna vez regalos de personas a quienes había hecho yo algún favor traductible en provecho material o que ellos se figuraban que se lo había vendido yo, y todavía no he recibido un solo regalo de nadie a quien haya dado un buen rato de placer espiritual por algo que haya yo escrito. Y me parece muy natural esto y en mi vida se me ocurrirá quejarme por ello.

Y hasta el escritor y el artista, cuando son festejados en vida y ostentosamente, es por algo poco duradero, por algo circunstancial o de época, por algo destinado a perecer. Lo que más se aplaude con ruido es eso que por llamar de alguna manera llaman acto ("ha hecho un acto"), el cual acto suele reducirse a palabras. Y luego los que hacen actos son los que más desdeñosamente hablan de las palabras, repitiendo aquello de: "¡palabras.... palabras.... palabras!", frase que puso en moda un insigne y estupendo palabrero, Shakespeare.

Está, pues, muy bien que apenas se festeje sino a los políticos, y que cuando se festeje a los artistas y literatos sea por lo que, de un modo o de otro, tengan de políticos, de una o de otra clase. Ni los de Cabra tenían por qué cuidarse del valor literario de Valera, ni los alpujarreños del de Alarcón.

A Valera y a Alarcón se les lee y leerá y seguirá leyendo aunque Cabra y las Alpujarras se despoblasen.

De Lo pasajero, Nuevo Mundo, Madrid, 1905, recogido en Obras Completas, VII, Escelicer, 1967, Madrid

sábado, 19 de julio de 2014

Abrazados los dos y los dos muertos

EDGAR MORISOLI

(Acébal, Santa Fe, en 1930. Desde muy joven se radicó en La Pampa, Argentina)

Ni paloma ni río

“La distancia no es aire, ni paloma, ni río;
ni siquiera doradura de adiós sobre la frente.
La distancia no late sino quema: escarcha que
va arando la tibieza de un pecho...”

Y uno escribe la carta prometida. Se trata
de ser puntual, de que no crezca olvido, Por eso, simplemente
semana tras semana el alejado
escribe. Se inventa o se desangra
en cada carta; miente
un poco; se repite, ¡y es pálido, es
remoto el fuego de la vida al trasluz de esas páginas
que viajarán después. plegadas, confundidas
a tantas otras páginas de secreta escritura
que llevan cólera y nostalgia, dicha o rutina, padecimientos
y raras veces la visión!
-Todas, sí, cada una
con su sediento filo de misterio y su luna
viva, mortal.

Alguien la espera, lejos,
semana tras semana. Y la distancia
se mide por la arena del silencio, la arena
oscura del silencio, solitaria. ¡Viviente
flor o nombre de flor
que tan callado
crece,
de una carta a otra carta, de un destello
a otro destello, a otro
fulgor de adiós que la azul bengala deslumbrará en la noche de banderas
fugitivas: en la mano tendida y obstinada cuya palma sostiene sin el menor
temblor esa brasa terrible que lentamente la calcina y se llama
distancia!
**
GENERAL ACHA / PARÍS, 1889

a Cristina Ércoli
María Quenupil y Remigia Solana,
entregaron sus finas labores de telar
y de pluma, al garrido doctor y Secretario de la Gobernación,
allí, en General Acha,
para ser enviadas… ¿a quién? ¿a dónde? ¿a París de Francia?
De cualquier modo, lejos. Muy lejos, tras la mar, tras el Agua
Grande… ”Habrá una feria”, les dijeron.

Y hubo una feria, inmensa, “universal”,
se inauguró la Torre Eiffel, y en alguna vitrina
del Pabellón Argentino, sector  Pampa Central y medio ocultas,
lucirían las finas labores de telar
y de pluma de choique, el arte de la tierra que aportaron
María Quenupil y Remigia Solana.                                                    
                                                                            (En esa misma feria, prisioneros
en una enorme jaula con barrotes de hierro,
se exhibieron al público como fieras salvajes
–supuestos “antropófagos”–
una familia entera de indígenas fueguinos. Eran selk’nam, los hijos
del Sur que fue un gigante: el silente Tarémkelas,
y de una seductora irresistible: la Bóveda Celeste.)

En los toldos y ranchos de la planiza, en Acha
–entonces, como ahora, barrio del pobrerío–,
María Quenupil y Remigia Solana
nada supieron de esto. ¿Qué fue de aquellas fajas
tejidas, de las plumas, de los sabios colores logrados con raíces
y cortezas del monte? ¿Acaso conocieron o llegó hasta sus manos
el lujoso catálogo bilingüe
que registró sus nombres?
                                                           (A los selk’nam cautivos
los pudo rescatar la Embajada Chilena
previo pago –”compensación de gastos”–,
al abyecto raptor.)

María Quenupil y Remigia Solana,
ignoraron que fuese el Centenario
de una Revolución traicionada hacía tiempo.
Liberté. Egalité. Fraternité.
María y Remigia. Hoy nadie las recuerda.
**
LA ÚLTIMA TARJA

Tarja tras tarja lo marcó la vida
y nadie nunca le escuchó una queja
ni menos un lamento. Pampa vieja
corría por sus venas. Repetida

jornada del peón fue su jornada
y algún domingo, el pueblo. Ya tordillo
se acollaró. Para cambiar de trillo
buscó un mallín remoto en la Mesada

y allá pobló, no lejos del menuco.
Vinieron los cachorros. Parecía
que la suerte cambiaba. ¿Lograría

ganar, jugando el bueno de ese truco?
Capaz que eso pensaba cuando un día
salió a rastrear al león. . . Los encontraron

al pie del barderío, en el desierto
amanecer, y así me lo contaron:
abrazados los dos y los dos muertos.

viernes, 18 de julio de 2014

Un mirlo y tres luces

Pilar Martín Gila
Tomada de Facebook

(Aragoneses, Segovia, 1962)

Ni otra noche
ni ninguna otra mañana
sino ésta en la que va ardiendo
lo posible a la luz de un candil,
la tráquea de los insectos
y la palabra de los locos
en tres grandes gritos
de tantas formas dicha y desmentida,
el desierto y el estruendo sentados
a la mesa del comedor.
**

Ella tiene la sombra
de las ventanas
y devana un ovillo
entre el futuro y lo cierto,
una soledad que no conoce
y una promesa
que se cumplirá hecha añicos,
porque el viejo Borgen se acurruca
sobre el suelo de las pocilgas
entre los animales
sin esperanza, el peso de la piedra,
el declive que guarda en un bolsillo
y consulta a solas.
**

Llamábamos hogar
a ese tiempo del resguardo.
La transparencia de los niños
cuyo ruido es igual que la luz,
la noche igual de transparente
que el frío y el sueño, al amanecer
un mirlo y tres luces
en otro rincón a esas horas
también transparentes como ventanas
cerradas y el miedo a quedarse solo
y sostenerse en el ir y venir.

jueves, 17 de julio de 2014

El insignificante y anecdótico deseo

MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS
Tomada de www.bne.es

(Madrid, España, 1962)

PALABRAS PARA GAMONEDA

Éste es el único día digno de ser vivido ya que todos los otros días fueron días de negación.
Los sacerdotes hicieron negación y los comerciantes y los hombres de honor hicieron negación;

y hubo negación en los niños y en los que resistían la tortura por causas justas y en los que estaban poseídos por la amistad;

y los muslos que yo conocí con mi lengua se cerraron y los pezones que estuvieron en mis labios se endurecieron como sílice.

Hubo un tiempo habitado por madres y por iluminaciones pero después sucedieron días en que los cuerpos se buscaban y cada cuerpo acudía con su fuerza y entonces hubo delación y algunos murieron y otros retrocedieron hasta sus madres

y las madres estaban ciegas en sus vientres

y no existía lugar en aquel país

y cada hombre lloró en esta enseñanza y abandonó la ciudad y no se supo de él durante mucho tiempo.

De Descripción de la mentira (1975-1976)
**
III

Niñez desnuda, ¿seis, siete años? Al aire toda, sólo una braguita clara y, sobre la cabeza, un barreño lleno de ropa sucia. Llora a gritos, sin perder el paso descalzo, sin que se le caiga al suelo el castigo.
No sé, la que va tras ella puede tener doce: ya le han crecido los pechos y las caderas, ya se cubre el cuerpo con una tela de colores
y azota, furiosa,
las piernas de la chiquitina que no para de llorar:
llora ignorada por los muchachos ociosos que retozan en el río,
llora ignorada por estas madres de ojos mustios,
llora ignorada por los adolescentes que exhiben su exigente virilidad
a las niñas fértiles.
Aquí no extraña tanto desconsuelo, ni verte erguida y que las lágrimas no vuelquen el barreño. Aquí, no.
Mi piragua se aleja de ti pero yo sigo oyéndote el llanto. Verás: es que este poema deja marcas y escuece.
Tú querías jugar
con la luz del atardecer
en el Níger: eso era todo.
**
XII

Domesticar: a la cama, recoged los juguetes. Tragarte el daño; por el miedo, quédate despierta y escucha el llanto de tu corazón.
Tú: la ausencia de nombre, que la vida te robe la manta, que te destape, que se duerma en tu estómago
el dolor, ese
despótico e indolente
vagabundo.

Tú, también:
Delicadeza de las mujeres, lentitud del gesto suspendido en la copa del árbol,
como en la densidad y el vaho de los cuerpos: sudor,
ingrávido el destino donde la Nodriza Cósmica recita
compromisos:
memoria del trigo, abejas, las espigas, el insignificante y anecdótico deseo.
Mañana, pan y la picadura de una estrella
en los hombros,
pasteles de mundo, digo:
masticas almas, como todas las madres: luego, a la boca del hijo esa papilla de saliva y amor.

Una historia esperando
en la tarde de África,
limpiar de sombra oscura
cada claro de luz.

La Vida escribe un salmo en las acacias y en los cafetales, en el bosque de la libertad y en los pájaros: la tarde en África encendida de amor: collares de mariposas sedientas, la nada, heridas que engalanan a las mujeres dulces, estar en el amor:
intercambiamos la tristeza:
cristales de colores, semillas engarzadas, paquetitos de ternura, pulseras de silencio, la tarde africana, húmeda:
cierro las ventanillas
para que no entre
en el coche sucio
de agravios y barro
la palabra que este
trayecto no evita,
la que tú te llevabas en la cesta,
sobre la cabeza,
erguida,
olvidándome ya…

miércoles, 16 de julio de 2014

Spleen

CHARLES BAUDELAIRE

(Francia, 1821-1867)

  ¡Qué penetrante es el final de los días de otoño! ¡Ah, penetrante hasta el dolor! Pues hay ciertas sensaciones deliciosas, cuya vaguedad no excluye la intensidad; y no hay punta más acerada que la del Infinito.

    ¡Gran delicia la de ahogar la mirada en la inmensidad del cielo y del mar! La soledad, el silencio, la incomparable castidad del azul, la pequeña vela que se estremece en el horizonte, y que por su pequeñez y su aislamiento imita mi irremediable existencia, la melodía monótona del oleaje; todas esas cosas piensan por mí, o yo pienso por ellas (¡pues en la grandeza de la meditación, el yo se pierde rápido!); esas cosas piensan, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

    No obstante, esas ideas, ya salgan de mí o broten de las cosas, se toman bien pronto demasiado intensas. La energía dentro dé la voluptuosidad crea un malestar y un sufrimiento positivos. Mis nervios demasiado tensos sólo producen ya vibraciones dolorosas y chillonas.

    Y ahora, la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. Me sublevan la insensibilidad del mar, la inmutabilidad del espectáculo ...

    ¿Habrá que sufrir eternamente, o eternamente huir de lo bello? ¡Déjame, Naturaleza, hechicera sin piedad; rival siempre victoriosa! ¡Cesa de tentarme, en mis deseos y en mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en el que el artista grita de espanto antes de ser vencido.

De Spleen de París
Traducción de Nydia Lamarque. 1º edición, 1961, México, Editorial Aguilar.
**
Spleen (I)
(1857)

Pluvioso, irritado contra la ciudad entera,
De su urna, en grandes oleadas vierte un frío tenebroso
Sobre los pálidos habitantes del vecino cementerio
Y la mortandad sobre los arrabales brumosos.

Mi gato sobre el ladrillo buscando una litera
Agita sin reposo su cuerpo flaco y sarnoso;
El alma de un viejo poeta vaga en la gotera
Con la triste voz de un fantasma friolento.

El bordón se lamenta, y el leño ahumado
Acompaña en falsete al péndulo acatarrado,
Mientras que en un mazo de naipes lleno de sucios olores,
Herencia fatal de una vieja hidrópica,
El hermoso valet de coeur y la dama de pique
Charlan siniestramente de sus amores difuntos.

Traducción de Eduardo Marquina, 1905
**
Spleen

Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso,
rico, pero impotente, joven, aunque achacoso,
que, despreciando halagos de sus cien concejales,
con sus perros se aburre y demás animales.
Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón,
ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.
La grotesca balada del bufón favorito
no distrae la frente de este enfermo maldito;
en cripta se convierte su lecho blasonado,
y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado,
no saben ya encontrar qué vestido indiscreto
logrará una sonrisa del joven esqueleto.
el sabio que le acuña el oro no ha podido
extirpar de su ser el humor corrompido,
y en los baños de sangre que hacían los Romanos,
que a menudo recuerdan los viejos soberanos,
reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido
pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido.

Versión de Ignacio Caparrós
**
Spleen (2)

Yo tengo más recuerdos que si tuviera mil años.

Un gran mueble de cajones atiborrado de facturas,
De versos, de dulces esquelas, de procesos, de romances,
Con abundantes cabellos enredados en recibos,
Oculta menos secretos que mi triste cerebro.
Es una pirámide, una inmensa cueva,
Que contiene más muertos que la fosa común.
-Yo soy un cementerio aborrecido de la luna,
Donde, como remordimientos, se arrastran largos gusanos
Que se encarnizan siempre sobre mis muertos más queridos.
Yo soy un viejo gabinete lleno de rosas marchitas,
Donde yace toda una maraña de modas anticuadas,
Donde los pasteles plañideros y los pálidos Boucher,
Solos, exhalan el olor de un frasco destapado.

Nada iguala en longitud a las cojas jornadas,
Cuando bajo los pesados flecos de las nevadas épocas
El hastío, fruto de la melancólica incuria,
Adquiere las proporciones de la inmortalidad.
-Desde ya tú no eres más, ¡oh, materia viviente!
Que una peña rodeada de un vago espanto,
Adormecida en el fondo de un Sahara brumoso;
Una vieja esfinge ignorada del mundo indiferente,
Olvidada sobre el mapa, y cuyo humor huraño
No canta más que a los rayos del sol poniente.

Versión s/d
*
Otra versión

Albergo más recuerdos que si tuviera siglos.

Un gran aparador repleto de facturas,
Versos, cartas de amor, romances y procesos,
Con pesados cabellos que envolvieran balances,
Menos secretos guarda que mi aciago cerebro.
Es como una pirámide, como una inmensa cueva
Que contiene más muertos que la fosa común.
—Yo soy un camposanto que aborrece la luna
Donde como pesares se arrastran los gusanos
Que sin piedad se ceban con mis muertos más caros.
Soy un viejo boudoir lleno de ajadas rosas
En el que se entremezclan modas de un solo día;
Lamentables pasteles y un Boucher desvaído
Aspiran el aroma de un corrompido frasco.

Nada más insufrible que las rengas jornadas
En que, bajo los copos de nevadas eternas,
El tedio producido por el desinterés,
De la inmortalidad toma las proporciones.
—Desde ahora ya no eres, ¡oh viviente materia!
Más que una mole pétrea rodeada de espanto
Dormida en el confín de un Sahara brumoso;
Una ignorada esfinge del mundo indiferente,
Olvidada en el mapa, y cuyo arisco humor
A los rayos del sol poniente sólo canta.

Versión de Antonio Martínez Sarrión
**
Spleen [LXXVIII]

Cuando como una losa pesa el cielo plomizo
sobre el alma gimiente de un largo hastío presa,
y que abrazando el círculo de todo el horizonte
vierte un día más negro y triste que la noche;

cuando en húmeda celda la tierra se convierte,
donde, como un murciélago la Esperanza revuela,
golpeando los muros con sus alas medrosas,
y dando en los podridos techos con su cabeza;

cuando la lluvia extiende sus inmensos regueros
imitando las rejas de una vasta prisión,
y de infames arañas un pueblo mudo tiende
sus telas en lo más profundo del cerebro,

las campanas con furia saltan súbitamente
y lanzan hacia el cielo un aullido horroroso,
igual que los espíritus errantes y sin patria
que se echan a gemir obstinados y largos.

-Y pasan coches fúnebres, sin tambores ni música,
por mi alma lentamente; la Esperanza, vencida,
llora, y la Angustia atroz y despótica planta
su negro pabellón en mi cráneo abatido.

Baudelaire, Las flores del mal.
Traducción: Luis Martínez de Merlo

martes, 15 de julio de 2014

Muere quien entiende

ADÉLIA PRADO
Tomada de blogentrelinhass

Adélia Luzia Prado Freitas 
(Divinópolis, Brasil, 1935)
De Archivo

Dolores

Hoy me dio tristeza,
sufrí tres tipos de miedo
acrecentados por un hecho irreversible:
no soy más joven.
Discutí política, feminismo
la pertinencia de la reforma penal,
pero al fin de estos asuntos
sacaba de mi bolso un pedacito de espejo,
y se me llenaban los ojos de lágrimas:
no soy más joven.
Las ciencias no me dieron socorro
ni tengo por definitivo consuelo
el respeto de los muchachos.
Fui hacia el Libro Sagrado
a buscar perdón para mi carne soberbia
y ahí estaba escrito:
"fue por la fe que también Sara, a pesar de su edad avanzada,
se volvió capaz de tener descendencia"...
Si alguien, insistí todavía, me fijara
en un cuadro, en un poema...
y fueran objeto de belleza mis músculos fláccidos...
Pero no quiero. Exijo la suerte común de las mujeres con sus baldes,
de las que jamás verán su nombre impreso y no obstante
sustentan los pilares del mundo, porque incluso viudas dignas
no rehúsan casamiento, antes bien creen que el sexo es agradable,
condición para la normal alegría de anudar una cinta en el cabello
y barrer la casa de mañana.
Tal esperanza imploro a Dios.

Traducción: Claudia Schvartz y Fernando Noy
Tomado de El corazón disparado, Ed. Leviatán, 1994.
**
Esquela de la muchacha osada

Jonathan,
aquí hay nazis desconfiados.
Ponete aquella camisa que detesto
-comprada en el Bazar Marruecos-
y venite como si fueras a reparar mi ducha.
Aprovechá el martes que mi padre va con mi madre
a visitar a la tía Quita a Lajeado.
Si cambiaran de idea, te mando una nueva esquela.
Vení sin paraguas –aunque esté lloviendo.
No aguanto más al tío Emilio que sabe y finge no saber
que noviamos a escondidas y vive poniéndote sobrenombres.
Eso que dijiste el otro día en la fiesta del campo
suena hasta hoy como música en mis oídos:
“no paro de pensar en vos”.
Yo también, Natinho, ni un minuto.
El martes, a las dos de la tarde,
hora en que sólo si el mundo acabara
dejaría de verte.
Con preocupación
Antonia.

Traducción Graciela Cros
***
Antes del nombre

No me importa la palabra, la palabra común
lo que quiero es el espléndido caos de donde emerge la sintaxis
los sitios oscuros donde nacen: de, sino,
el, sin embargo, que, esta incomprensible
muleta que me apoya.

Quien entiende al lenguaje, entiende a Dios,
cuyo Hijo es Verbo. Muere quien entiende.

La palabra es disfraz de una cosa más grave, sorda-muda,
fue inventada para ser callada.

En momentos de gracia, infrecuentísimos,
se le podrá atrapar: un pez vivo con la mano.
Puro susto y terror. 

lunes, 14 de julio de 2014

A la demora la podemos exaltar a inmovilidad

JORGE LUIS BORGES

(Buenos Aires, Argentina, 1899-Ginebra, Suiza, 1986)

LAS INSCRIPCIONES DE LOS CARROS
(Fragmento de su ensayo "Evaristo Carriego")

Importa que mi lector se imagine un carro. No cuesta imaginárselo grande, las ruedas traseras más altas que las delanteras como con reserva de fuerza, el carrero criollo fornido como la obra de madera y fierro en que está, los labios distraídos en un silbido o con avisos paradójicamente suaves a los tironeadores caballos: a los tronqueros seguidores y al cadenero en punta (proa insistente para los que precisan comparación). Cargado o sin cargar es lo mismo, salvo que volviendo vacío, resulta menos atado a empleo su paso y más entronizado el pescante, como si la connotación militar que fue de los carros en el imperio montonero de Atila, permaneciera en él. La calle pisada puede ser Montes de Oca o Chile o Patricios o Rivera o Valentín Gómez, pero es mejor Las Heras, por lo heterogéneo de su tráfico. El tardío carro es allí distanciado perpetuamente, pero esa misma postergación se le hace victoria, como si la ajena celeridad fuera despavorida urgencia de esclavo, y la propia demora, posesión entera de tiempo, casi de eternidad. (Esa posesión temporal es el infinito capital criollo, el único. A la demora la podemos exaltar a inmovilidad: posesión del espacio.) Persiste el carro, y una inscripción está en su costado. El clasicismo del suburbio así lo decreta y aunque esa desinteresada yapa expresiva, sobrepuesta a las visibles expresiones de resistencia, forma, destino, altura, realidad, confirme la acusación de habladores que los conferenciantes europeos nos reparten, yo no puedo esconderla, porque es el argumento de esta noticia. Hace tiempo que soy cazador de esas escrituras: epigrafía de corralón que supone caminatas y desocupaciones más poéticas que las efectivas piezas coleccionadas, que en estos italianados días ralean.

No pienso volcar ese colecticio capital de chirolas sobre la mesa, sino mostrar algunas. El proyecto es de retórica, como se ve. Es consabido que los que metodizaron esa disciplina, comprendían en ella todos los servicios de la palabra, hasta los irrisorios o humildes del acertijo, del calembour, del acróstico, del anagrama, del laberinto, del laberinto cúbico, de la empresa. Si esta última, que es figura simbólica y no palabra, ha sido admitida, entiendo que la inclusión de la sentencia carrera es irreprochable. Es una variante indiana del lema, género que nació en los escudos. Además, conviene asimilar a las otras letras la sentencia de carro, para que se desengañe el lector y no espere portentos de mi requisa. ¿Cómo pretenderlos aquí, cuando no los hay o nunca los hay en las premeditadas antologías de Menéndez y Pelayo o de Palgrave?

Una equivocación es muy llana: la de recibir por genuino lema de carro, el nombre de la casa a que pertenece. El modelo de la Quinta Bollini, rubro perfecto de la guarangada sin inspiración, puede ser de los que advertí; La madre del Norte, carro de Saavedra, lo es. Lindo nombre es este último y le podemos probar dos explicaciones. Una, la no creíble, es la de ignorar la metáfora y suponer al Norte parido por ese carro, fluyendo en casas y almacenes y pinturerías, de su paso inventor. Otra es la que previeron ustedes, la de atender. Pero nombres como éste, corresponden a otro género literario menos casero, el de las empresas comerciales: género que abunda en apretadas obras maestras como la sastrería El coloso de Rodas por Villa Urquiza y la fábrica de camas La dormitológica por Belgrano, pero que no es de mi jurisdicción.

La genuina letra de carro no es muy diversa. Es tradicionalmente asertiva —La flor de la plaza Vértiz, El vencedor— y suele estar como aburrida de guapa. Así El anzuelo, La balija, El garrote. Me está gustando el último, pero se me borra al acordarme de este otro lema, de Saavedra también y que declara viajes dilatados como navegaciones, práctica de los callejones pampeanos y polvaredas altas: El barco.

Una especie definida del género es la inscripción en los carritos repartidores. El regateo y la charla cotidiana de la mujer los ha distraído de la preocupación del coraje, y sus vistosas letras prefieren el alarde servicial o la galantería. El liberal, Viva quien me protege, El vasquito del Sur, El picaflor, El lecherito del porvenir, El buen mozo, Hasta mañana, El record de Talcahuano, Para todos sale el sol, pueden ser alegres ejemplos. Qué me habrán hecho tus ojos y Donde cenizas quedan fuego hubo, son de más individuada pasión. Quien envidia me tiene desesperado muere, ha de ser una intromisión española. No tengo apuro es criollo clavado. La displicencia o severidad de la frase breve suele corregirse también, no sólo por lo risueño del decir, sino por la profusión de las frases. Yo he visto carrito frutero que, además de su presumible nombre El preferido del barrio, afirmaba en dístico satisfecho

Yo lo digo y lo sostengo
Que a nadie envidia le tengo.

y comentaba la figura de una pareja de bailarines tangueros sin mucha luz, con la resuelta indicación Derecho viejo. Esa charlatanería de la brevedad, ese frenesí sentencioso, me recuerda la dicción del célebre estadista danés Polonio, de Hamlet, o la del Polonio natural, Baltazar Gracián.

Vuelvo a las inscripciones clásicas. La media luna de Morón es lema de un carro altísimo con barandas ya marineras de fierro, que me fue dado contemplar una húmeda noche en el centro puntual de nuestro Mercado de Abasto, reinando a doce patas y cuatro ruedas sobre la fermentación lujosa de olores. La soledad es mote de una carreta que he visto por el sur de la provincia de Buenos Aires y que manda distancia. Es el propósito de El barco otra vez, pero menos oscuro. Qué le importa a la vieja que la hija me quiera es de omisión imposible, menos por su ausente agudeza que por su genuino tono de corralón. Es lo que puede observarse también de Tus besos fueron míos, afirmación derivada de un vals, pero que por estar escrita en un carro se adorna de insolencia. Qué mira, envidioso tiene algo de mujerengo y de presumido. Siento orgullo es muy superior, en dignidad de sol y de alto pescante, a las más efusivas acriminaciones de Boedo. Aquí viene Araña es un hermoso anuncio. Pa la rubia, cuándo lo es más, no sólo por su apócope criollo y por su anticipada preferencia por la morena, sino por el irónico empleo del adverbio cuándo, que vale aquí por nunca. (A ese renunciado cuándo lo conocí primero en una intransferible milonga, que deploro no poder estampar en voz baja o mitigar pudorosamente en latín. Destaco en su lugar esta parecida, criolla de Méjico, registrada en el libro de Rubén Campos El folklore y la miísica mexicana: Dicen que me han de quitar —las veredas por donde ando; —las veredas quitarán, —pero la querencia, cuándo. Cuándo, mi vida era también una salida habitual de los que canchaban, al atajarse el palo tiznado o el cuchillo del otro.) La rama está florida es una noticia de alta serenidad y de magia. Casi nada, Me lo hubieras dicho y Quién lo diría, son incorregibles de buenos. Implican drama, están en la circulación de la realidad. Corresponden a frecuencias de la emoción: son como del destino, siempre. Son ademanes perdurados por la escritura, son una afirmación incesante. Su alusividad es la del conversador orillero que no puede ser directo narrador o razonador y que se complace en discontinuidades, en generalidades, en fintas: sinuosas como el corte. Pero el honor, pero la tenebrosa flor de este censo, es la opaca inscripción No llora el perdido, que nos mantuvo escandalosamente intrigados a Xul Solar y a mí, hechos, sin embargo, a entender los misterios delicados de Robert Browning, los baladíes de Mallarmé y los meramente cargosos de Góngora. No llora el perdido; le paso ese clavel retinto al lector.

No hay ateísmo literario fundamental. Yo creía descreer de la literatura, y me he dejado aconsejar por la tentación de reunir estas partículas de ella. Me absuelven dos razones. Una es la democrática superstición que postula méritos reservados en cualquier obra anónima, como si supiéramos entre todos lo que no sabe nadie, como si fuera nerviosa la inteligencia y cumpliera mejor en las ocasiones en que no la vigilan. Otra es la facilidad de juzgar lo breve. Nos duele admitir que nuestra opinión de una línea pueda no ser final. Confiamos nuestra fe a los renglones, ya que no a los capítulos. Es inevitable en este lugar la mención de Erasmo: incrédulo y curioseador de proverbios.

Esta página empezará a ponerse erudita después de muchos días. Ninguna referencia bibliográfica puedo suministrar, salvo este párrafo casual de un predecesor mío en estos afectos. Pertenece a los borradores desanimados de verso clásico que se llaman versos libres ahora.
Lo recuerdo así:

Los carros de costado sentencioso 
franqueaban tu mañana 
y eran en las esquinas tiernos los almacenes 
como esperando un ángel.

Me gustan más las inscripciones de carro, flores corraloneras.

domingo, 13 de julio de 2014

Ahí va la vieja, como una hiriente fórmula ruda de una ironía

EVARISTO CARRIEGO 

(Paraná, Entre Ríos, Argentina, 1833-Buenos Aires, id., 1912)

CUANDO HACE MAL TIEMPO

Mientras dice la lluvia en los cristales
sus largas letanías fastidiosas,
me aduermo en las blanduras deliciosas
de las tibias perezas invernales.
El humo del cigarro en espirales
me finge perspectivas caprichosas,
y en la nube azulada van las cosas
insinuando contornos irreales.
¡Qué bueno es el diván en estas frías
tardes, fatales de monotonías!...
¡Qué bien se siente uno, así, estirado,
con una pesadez sensual!... ¡Quisiera
no moverme de aquí! ¡Si se pudiera
vivir eternamente amodorrado!
**
LA VIEJECITA

Sobre la acera, que el sol escalda,
doblado el cuerpo —la cruz obliga—
lomo imposible, que es una espalda
desprecio y sobra de la fatiga,
pasa la vieja, la inconsolable,
la que es, apenas, un desperdicio
del infortunio, la lamentable
carne cansada de sacrificio.
La viejecita, la que se siente
un sedimento de la materia,
deshecho inútil, salmo doliente
del evangelio de la miseria.
Luz de pesares, propios o ajenos,
sobre la pena de su faz mustia
dejan estigmas, de dolor llenos,
entristeciendo su misma angustia;
su misma angustia que ha compartido,
como el mendrugo que no la sacia,
con esa niña que ha recogido,
retoño de otros, en su desgracia.
Esa pequeña que va a su lado,
la que mañana será su apoyo,
flor de suburbio desconsolado,
lirio de anemia que dió el arroyo.
Vida sin lucha, ya prisionera,
pichón de un nido que no fué eterno.
¡Sonriente rayo de primavera
sobre la nieve de aquel invierno!
Radiación rubia de luz que arde
como un sol nuevo frente a un ocaso,
triste promesa, mujer más tarde
linda y deseada que será, acaso,
la Inés vencida, la dulce monja
de los tenorios de la taberna,
cuando el encanto de la lisonja
le dé su frase nefanda y tierna.
—Ritual vedado de sensaciones
trágicos sueños, fiebres aciagas,
hostias de vicios y tentaciones
de las alegres jóvenes magas...
¡Qué de heroínas, pobres y obscuras,
en esos dramas! ¡Cuántas Ofelias!
Los arrabales tienen sus puras
tísicas Damas de las Camelias.—
Por eso sufre, la mendicante,
como una idea terrible y fija
que no ha empañado su amor radiante
por esa hija que no es su hija.
Mas sus bellezas de renunciada
jamás del crudo dolor la eximen...
¡sin haber sido, siquiera, amada
se siente madre de los que gimen!
Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo,
que conociese sólo los besos
de rudos fríos en los portales;
como descanso para sus huesos
sólo le dieron los hospitales!
Girón humano que siempre flota
sobre sus ansias indefinibles,
bondad enferma que no se agota
ni en las miserias irredimibles,
que la torturan, sin un olvido
para sus lacras, para su suerte:
¡con la certeza de haber vivido
como un despojo para la muerte!
Por eso, a veces, tiene amarguras,
tiene amarguras de derrotada,
que se traducen en frases duras
y dan en llanto de resignada;
pues nunca supo la miserable,
de amor alguno, grande o pequeño,
que la alentara, no le fué dable
sobre la vida soñar un sueño.
La dominaron los sinsabores,
que la flagelan como a inocente:
¡en la vendimia de los amores
fué desgranado racimo ausente!
Fué la azucena sobre el pantano,
flor de desdichas, a libertarla
no vino nadie, no hubo una mano
que se tendiese para arrancarla.
Sin transiciones, siempre vencida,
ni en el principio de su mal mismo
tuvo las glorias de la caída:
su primer cuna ya era el abismo.
Bajo un hastío que no deseara,
pasó su noche sin una aurora
sin que en la vida la conturbara
ni una impaciencia de pecadora.
Y así, ha guardado con sus pesares
como un reproche, que se refleja
en las arrugas, sus azahares
de nunca novia, de virgen vieja.
Los años muertos sólo dejaron
esa agonía que no la mata...
¡Jamás a ella la aprisionaron,
como entre flores, rejas de plata!
Forjó ilusiones, y las más leves
la sepultaron como en escombros;
sobre su testa cayeron nieves
y honras de harapos sobre sus hombros.
Porque fue buena, dio en la locura
de cubrir todas sus cicatrices:
puso los besos de su ternura
en sus hermanos, los infelices.
Por eso, a veces, tiene su duelo
en sus cansados ojos sin brillo,
llantos que caen como un consuelo
sobre las llagas del conventillo.
Carne que azotan todos los males,
burla sangrienta de los muchachos,
dádiva y sobra de los portales,
mancha de vino de los borrachos:
Ahí va la vieja, como una hiriente
fórmula ruda de una ironía:
llena de sombras en la esplendente,
en la serena gloria del día.
Tal vez alguna visión extraña
ha conmovido su indiferencia,
pues ha cruzado triste y huraña
como una imagen de la demencia.
¡Y allá, sombría, y adusto el ceño,
obsesionada por las crueldades,
va taciturna, como un ensueño
que derrotaron las realidades!
**
EL ALMA DEL SUBURBIO

El griego musicante ya desafina
en la suave habanera provocadora,
cuando se anuncia a voces, desde la esquina
“el boletín —famoso— de última hora”.
Entre la algarabía del conventillo,
esquivando empujones pasa ligero,
pues trae noticias uno que otro chiquillo
divulgando las nuevas del pregonero.
En medio de la rueda de los marchantes,
el heraldo gangoso vende sus hojas...
donde sangran los sueltos espeluznantes
de las acostumbradas crónicas rojas.
Las comadres del barrio, juntas, comentan
y hacen filosofía sobre el destino...
mientras los testarudos hombres intentan
defender al amante que fué asesino.
La cantina desborda de parroquianos,
y como las trucadas van a empezarse,
la mugrienta baraja cruje en las manos
que dejaron las copas que han de jugarse.
Contestando a las muchas insinuaciones
de los del grupo, el héroe del homicidio
de que fueron culpables las elecciones,
narra sus aventuras en el presidio.
En la calle, la buena gente derrocha
sus guarangos decires más lisonjeros,
porque al compás de un tango, que es “La Morocha”,
lucen ágiles cortes dos orilleros.
La tísica de enfrente, que salió al ruido,
tiene toda la dulce melancolía
de aquel verso olvidado, pero querido,
que un payador galante le cantó un día.
La mujer del obrero, sucia y cansada,
remendando la ropa de su muchacho,
piensa, como otras veces, desconsolada,
que tal vez el marido vendrá borracho.
...Suenan las diez. No se oye ni un solo grito;
se apagaron las velas en las bohardillas,
y el barrio entero duerme como un bendito
sin negras opresiones de pesadillas.
Devuelven las obscuras calles desiertas
el taconeo tardo de los paseantes;
y dan la sinfonía de las alertas
en su ronda obligada los vigilantes.
Bohemios de rebeldes crías sarnosas,
ladran algunos perros sus serenatas,
que escuchan, intranquilas y desdeñosas,
desde su inaccesible balcón las gatas.
Soñoliento, con cara de taciturno,
cruzando lentamente los arrabales,
allá va el gringo... ¡pobre Chopin nocturno
de las costureritas sentimentales!
¡Allá va el gringo, como bestia paciente
que uncida a un viejo carro de la Harmonía
arrastrase en silencio, pesadamente,
el alma del suburbio, ruda y sombría!
***
POR EL ALMA DE DON QUIJOTE

Con el más reposado y humilde continente
de contrición sincera; suave, discretamente,
por no incurrir en burlas de ingeniosos normales,
sin risueños enojos ni actitudes teatrales
de cómico rebelde, que, cenando en comparsa,
ensaya el llanto trágico que llorará en la farsa,
dedico estos sermones, porque sí, porque quiero,
al Único, al Supremo famoso Caballero,
a quien pido que siempre me tenga de su mano,
al santo de los santos Don Alonso Quijano
que ahora está en la Gloria, y a la diestra del Bueno:
su dulcísimo hermano Jesús el Nazareno,
con las desilusiones de sus caballerías
renegando de todas nuestras bellaquerías.
Pero me estoy temiendo que venga algún chistoso
con sátiras amables de burlador donoso,
o con mordacidades de socarrón hiriente,
y descubra, tan grave como irónicamente,
—a la sandez de Sancho se le llama ironía—
que mi amor al Maestro se convierte en manía.
Porque así van las cosas; la más simple creencia
requiere el visto bueno y el favor de la Ciencia:
si a ella no se acoge no prospera y, acaso,
su propio nombre pierde para tornarse caso.
Y no vale la pena (no es un pretexto fútil
con el cual se pretenda rechazar algo útil)
de que se tome en serio lo vago, lo ilusorio,
los credos que no tengan olor a sanatorio.
Las frases de anfiteatro, son estigmas y motes
propicios a las razas de Cristos y Quijotes
—no son muchos los dignos de sufrir el desprecio,
del aplauso tonante del abdomen del necio—
en estos bravos tiempos en que los hospitales
de la higiénica moda dan sueros doctorales...
Sapientes catedráticos, hasta los sacamuelas
consagran infalibles cenáculos y escuelas,
de graves profesores, en cuyos diccionarios
no han de leer sus sueños los pobres visionarios...
¡De los dos grandes locos se ha cansado la gente:
así, santo Maestro, yo he visto al reluciente
rucio de tu escudero pasar enalbardado,
llevando los despojos que hubiste conquistado,
en tanto que en pelota, y nada rozagante,
anda aún sin jinete tu triste Rocinante!
(Maestro, ¡si supieras!, desde que nos dejaste,
llevándote a la Gloria la adarga que embrazaste,
andan las nuestras cosas a las mil maravillas;
todas tan acertadas que no oso a describillas.
Hoy, prima el buen sentido. La honra de tu lanza
no pesa en las alforjas del grande Sancho Panza.
Tus más fieles devotos se han metido a venteros
y cuidan de que nadie les horade los cueros.
Pero, aguarda, que, cuando se resuelva a decillo,
ya verás qué lindezas te contará Andresillo,
aunque hay alguna mala nueva, desde hace poco:
aquel que también tuvo sus ribetes de loco,
tu primo de estas tierras indianas y bravías,
—¡lástima de lo añejo de tus caballerías!—
tu primo Juan Moreira, finalmente vencido
del vestiglo Telégrafo, para siempre ha caído,
mas sin tornarse cuerdo: tu increíble Pecado...
¡Si supieras, Maestro, como lo hemos pagado!
¡Tu increíble Pecado...! ¡Caer en la demencia
de dar en la cordura por miedo a la Conciencia!)
Para husmear en la cueva pródiga en desperdicios,
no hacen falta conquistas que imponen sacrificios:
sin mayores audacias cualquier tonto con suerte
es en estos concursos el Vencedor y el Fuerte,
pues todo está en ser duros. El camino desviado
malograría el justo premio del esforzado...
Por eso, cuando llega la tan temida hora
del gesto torturado de una reveladora
protesta de emociones, el rostro se reviste
de defensas de hielo para el beso del triste;
y porque ahogarse deben, salvando peores males,
las rudas acechanzas de las sentimentales
voces de rebeldía —quijotismo inconsciente—
también se fortalecen, severa, sabiamente,
los músculos traidores del corazón, lo mismo
que los del brazo, en sanas gimnasias de egoísmo,
donde el dolor rebote sin conmover la dura
unidad necesaria de la férrea armadura:
quien no supere al hierro no es del siglo; no medra.
¡Qué bella es la impasible cualidad de la piedra!
El ensueño es estéril; y las contemplaciones
suelen ser el anuncio de las resignaciones.
El ensueño es la anémica llaga de la energía;
la curva de un abdomen —toda una geometría—
es quizás el principio de un futuro teorema,
cuyas demostraciones no ha entrevisto el poema...
En la época práctica de la lana y del cerdo
—hoy, Maestro, tú mismo te llamarías cuerdo—
se hallan discretamente lejos los ideales
de los perturbadores lirismos anormales.
El vientre es razonable, porque es una cabeza
que no ha querido nunca saber de otra belleza
que la de sus copiosas sensatas digestiones
fruto de sus más lógicas fuertes cerebraciones.
Por eso, honradamente, se pesan las bondades
del genio, en la balanza de las utilidades,
y si a los soñadores profetas se fustiga
hay felicitaciones para el que echa barriga.
Y ésto no tiene vuelta, pues está de por medio
la razón, aceptada, de que ya no hay remedio...
Como que cuando, a veces, en el Libro obligado,
la Biblia del ambiente, de todos manoseado,
hay un gesto de hombría traducido en blasfemia,
por asaz deslenguado lo borra la Academia...
La moral se avergüenza de las imprecaciones,
de los sanos impulsos que violan las nociones
del buen decir. El pecho del mejor maldiciente
que se queme sus llagas filosóficamente,
sin mayor pesar, antes de irrumpir en verdades
que siempre tienen algo de ingenuas necedades,
porque quien viene airado, con gestos de tragedia,
a intentar gemir quejas aguando la comedia,
es cuando más un raro, soñador de utopías
que al oído de muchos suenan a letanías...
Por eso, remordido pecador, yo me acuso
—preciso es confesarlo— de haber sido un iluso
de fórmulas e ideas que me mueven a risa,
ahora que no pienso sino en seguir, aprisa,
la reposada senda, libre de los violentos
peligros que han ungido de mirras de escarmientos
las plantas atrevidas que pisaron las rosas
puestas en el camino de las rutas gloriosas.
Pero ya estoy curado, ya no más tonterías,
que las gentes no quieren comulgar insanías...
¡En el agua tranquila de las renunciaciones
se han deshecho las hostias de las revelaciones!
Ya no forjo intangibles castillos cerebrales,
de románticos símbolos de torres augurales.
Sobre el dolor ajeno ni siquiera medito,
porque sé que una frase no vale lo que un grito;
y, sin ser pesimista, no caigo en la locura
de buscar una página de serena blancura,
donde pueda escribirse la canción inefable
que ha de cantar el Hombre de un futuro probable.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char