miércoles, 29 de junio de 2016

En la hora aquella en que todas las cosas hallan reposo

JAMES JOYCE
(Dublín, Irlanda, 1882-1941)
onlyoldphotography: Man Ray: James Joyce, 1922 Happy birthday ..

Música de cámara
(Fragmento)

I

Las cuerdas en la tierra y en el aire
Hacen música dulce;
Las cuerdas, junto al río 
Donde se encuentran los sauces.

Hay música junto al río
Pues Amor ronda ahí,
Pálidas flores en su manto,
Hojas oscuras en su cabello.

Todas tocando suavemente,
Con el rostro inclinado hacia la música
Y los dedos vagando
Sobre el instrumento.


III

En la hora aquella en que todas las cosas hallan reposo,
Observador solitario de los cielos, 
¿Escuchas tú el viento de la noche y los suspiros
De las arpas, tañendo al Amor, para que descierre
Las pálidas rejas del alba?

Cuando todas las cosas reposan, ¿tan solo tú
Despiertas para oír vibrar las dulces arpas 
Delante del Amor en su camino,
Y al viento nocturno que responde en antífona
Hasta que la noche se ha ido?

Sigan tañendo, arpas invisibles, al Amor,
Cuya ruta se ilumina en el cielo
En la hora aquella en que las suaves luces van y vienen,
Música suave y dulce, arriba en el cielo
Y abajo en la tierra.


IV

Cuando la tímida estrella avanza en el cielo
Virginal, desconsolada,
Escucha en medio de la noche embriagadora
Al que junto a tu reja canta.
Su canto es más dulce que el rocío 
Y viene a visitarte.

Oh, no inclines más tu rostro al meditar
Cuando él por las tardes llame.
Ni te preguntes: ¿Quién puede ser este cantor
Cuyo canto rodea mi corazón?
Conoce así, por el canto del amante,
Que soy yo el que es tu visitante.


VI

Quisiera en ese dulce seno estar
(¡Qué dulce y bello es!)
Do ningún viento burdo me visite.
Por los momentos tristes de ascetismo
Quisiera en ese dulce seno estar.

Quisiera estar por siempre en ese corazón
(¡Con suavidad llamo a su puerta y ruego!)
Donde sólo la paz fuese mi herencia,
El ascetismo sería mucho más dulce
Si tan sólo morara por siempre en ese corazón.


XI

Decid adiós, adiós, adiós,
Decid adiós a los días de la infancia,
Pues el Amor feliz viene a cortejaros
A vos y a vuestros modos infantiles —
El corpiño que os viene tan bien,
La cofia sobre vuestros dorados cabellos,

Cuando hayáis escuchado su nombre
En los cornos de los querubines,
Empezad suavemente a descubrir
Vuestro seno pueril ante él
Y suavemente a desatar la cofia
Que es signo de virginidad.


XII

¿Qué consejo ha puesto la luna encapuchada
En vuestro corazón, tímida y dulce mía,
Acerca del Amor en el antiguo plenilunio,
La gloria y las estrellas bajo sus pies —
Un sabio que no es sino pariente y deudo
Del Capuchino comediante?

Créeme más bien que sabio soy
A despecho de lo divino,
La gloria se enciende en esos ojos
Que tiemblan a la luz de la luna. ¡Mía, oh Mía!
No haya más lágrimas en la luna o en la niebla
Para ti, dulce sentimental.


XIII

Ve a buscarla con toda cortesía
Y dile que ya voy,
Viento de especias cuyo canto es siempre
Epitalamio.
Oh, date prisa sobre el oscuro monte
Y sobre el mar,
Porque ni mar ni tierra jamás del amor mío
Me separarán.

Ahora, viento, sé cortés,
Te pido que ahora vayas
Y entrando allá en su jardincillo
Cantes en su ventana;
El cantar: viento nupcial que sopla pues el Amor
Está ya en el Cenit;
Y pronto, pronto a tu lado, tu amor verdadero,
Pronto estará ya aquí.


XIV

Paloma mía, mi hermosa,
¡Levántate, levántate!
Pues ya el rocío nocturno yace
Sobre mis labios y mis párpados.

Los perfumados vientos tejen
Música de suspiros:
¡Levántate, levántate
Paloma mía, mi hermosa!

Te espero junto al cedro,
Hermana mía, mi amor.
Tu pecho níveo de paloma,
El mío será tu lecho.

El pálido rocío yace
Cual velo sobre mi frente.
¡Hermosa mía, mi dulce paloma,
Levántate, levántate!


XV

De aquellos sueños de rocío, oh, alma mía, despierta,
De aquel profundo sueño del amor, y de la muerte,
Pues ¡ea! Los árboles están plagados de suspiros
Cuyas hojas amonesta la mañana.

Hacia levante la gradual aurora prevalece
Allá donde los fuegos suaves pero ardientes surgen,
Y hacen temblar todos aquellos velos
De grises y áureos hilos de telaraña.

Y mientras dulce, suave, secretamente,
Las campanas floridas de la mañana se agitan,
Y los sapientes coros de las hadas
Empiezan a escucharse  (¡innumerables!).


XVII

Porque tu voz estaba conmigo
Le causé sufrimiento,
Porque en mi mano sostenía
Nuevamente tu mano.

No hay palabra ni señal alguna
Que pueda enmendar el daño—
Ahora es un extraño para mí
El que fuera mi amigo.


XXIII

Este corazón que aletea junto al mío, 
Es mi riqueza y mi esperanza toda,
Infeliz si cosa alguna nos separa
Y feliz entre un beso y otro más;
Es mi esperanza y mi riqueza toda,
¡Si! Y toda mi felicidad.

Porque ahí, cual en musgoso nido
Donde los grajos guardan tesoros diversos,
Ahí puse yo cuanto tesoro había
Antes de que mis ojos hubieran aprendido a llorar.
¿Podremos ser acaso tan sabios como ellos
Aunque el amor no viva más que un día?


XXXIV

¡Duerme ya, oh, duerme ya,
Oh, inquieto corazón!
Una voz que clama “Duerme ya”
Se oye en mi corazón.

La voz del invierno
Se oye a la puerta.
Oh, duerme, pues el invierno
Clama, “Ya no duermas”

Mi beso dará paz al fin,
Calma a tu corazón —
Ahora duerme en paz al fin,
Oh, inquieto corazón.


XXXVI

Escucho cómo un ejército se lanza a la carga sobre los montes
Y el retumbar de los caballos arrancando espuma alrededor de sus rodillas:
Arrogantes, detrás de ellos se yerguen, con negras armaduras,
Desdeñando las riendas, con látigos al aire, los aurigas.

Ellos gritan en medio de la noche su nombre de batalla:
Yo gimo en sueños al escuchar su risa enloquecida.
Ellos hienden el brillo de los sueños, una flama cegadora,
Tañen, tañen sobre el corazón, como sobre un yunque

Vienen agitando triunfantes sus verdes y largas melenas:
Salen del mar y gritan al correr  por la playa.
Corazón mío, ¿no tienes acaso serenidad, como para desesperar de esta manera?
Amor mío, amor mío, amor mío, ¿por qué me has abandonado?

Traducción de Martha Celis
Tomados de Punto en línea, UNAM..

martes, 28 de junio de 2016

Querida señora: ¿No creéis que os ame?




William Congreve
(Bardsey, 1670- Londres, Inglaterra, 1729)

«La música posee Encantos que amansan un Pecho salvaje. Que suavizan las Rocas, o enderezan al retorcido Roble»
***

Infierno, infierno… Sin embargo, voy a estar en calma. Ahora el alba comienza y la lenta mano del destino se estira para atraer el velo y dejarlo desnudo. No hay cólera en el Cielo como la del amor a odio convertido. Ni furia en el infierno como la de una mujer despreciada.

De La novia de luto (Tragedia, 1697), fragmento.
**
The Mourning Bride

As you'll answer it, take heed
This Slave commit no Violence upon
Himself. I've been deceiv'd. The Publick Safety
Requires he should be more confin'd; and none,
No not the Princes self, permitted to
Confer with him. I'll quit you to the King.
Vile and ingrate! too late thou shalt repent
The base Injustice thou hast done my 
Love:
Yes, thou shalt know, spite of thy past 
Distress,
And all those Ills which thou so long hast mourn'd;
Heav'n has no Rage, like Love to Hatred turn'd,
Nor Hell a Fury, like a Woman scorn'd.
***
Carta a Arabella Hunt

Querida señora: ¿No creéis que os ame? No podéis pretender ser tan incrédula. Si no creéis a mi lengua, consultad a mis ojos, consultad a los vuestros. En ellos los vuestros encontraréis que están llenos de encanto; en los míos, que tengo un corazón para sentirlos. Recordad lo que ocurrió la pasada noche. Eso al menos fue un beso de amantes. Su impaciencia, su ferocidad, su calidez, expresaron todo lo bueno de sus padres. Pero, ¡oh!, su dulzura y la suavidad con la que se fundían lo expresaban mucho mejor. Con temblores en mis piernas y fiebre en mi alma, lo arrebaté. Convulsiones, jadeos, murmullos mostraban el poderoso desorden en mi interior: el poderoso desorden aumentado por él. Por esos queridos labios que atravesaron mi corazón y mis entrañas con maravilloso veneno e inevitable pero aun así encantadora ruina. ¿Qué es lo que no puede producir un día? La noche anterior pensaba que era un hombre feliz, que no deseaba nada y esperaba la más justa de las fortunas: aprobado por los hombres de genio y aplaudido por los demás. Complacido, nunca encantado con mis amigos, los que por entonces eran mis más queridos amigos, sensible a cada placer delicado, y a su vez poseyéndolos todos. Pero el Amor, el todopoderoso Amor, parece que en un instante me ha lanzado a una distancia prodigiosa de cualquier objeto que no seáis vos. En medio de las multitudes permanezco en soledad. Nadie más que vos ocupa mi mente, y ésta no se ocupa de Hilda más que de vos. Me veo transportado a algún desierto extranjero con vos (¡oh, ojalá me viera realmente transportado de esa manera!), donde, con abundantes suministros de todo, en vos, podría vivir una eternidad de éxtasis ininterrumpido. La escena del gran escenario del mundo parece repentina y tristemente cambiada. Objetos sin atractivo se encuentran a mi alrededor, excepto vos; el encanto de todo el mundo parece ubicado en vos. Así en este estado triste, pero oh, demasiado placentero, mi alma no se puede centrar en nada más que en vos; a vos contempla, admira, adora, no depende de nada, sólo confía en vos. Si vos y la esperanza la abandonan, la desesperación y una miseria sin fin la esperan.

lunes, 27 de junio de 2016

Con la expresiva pluma del relámpago

ANNA SWIR

Anna Swirszcynska
(Varsovia, Polonia, 1909-1984)

GRACIAS, DESTINO MÍO

Me llena una gran humildad,
me llena una gran pureza,
hago el amor con mi amado
como si hiciera el amor muriendo
como si hiciera el amor rezando,
las lágrimas corren
por mis brazos y sus brazos.
No sé si esto es dicha
o tristeza, no entiendo
lo que siento, estoy llorando.
Estoy llorando, es humildad
como si estuviera muerta,
gratitud, te agradezco, destino mío,
soy inmerecedora, que hermosa
mi vida.
***
CORAJE

No seré esclava de ningún amor.
A nadie
devolveré el sentido de su vida,
su derecho al crecimiento constante
hasta el último aliento.

Maniatada por el oscuro instinto
de la maternidad,
sedienta de ternura como el asmático
de aire,
con qué empeño construyo en mí
el hermoso egoísmo humano,
reservado desde hace siglos
para el varón.

Contra mí
están todas las civilizaciones del mundo,
todos los libros santos de la humanidad
escritos por ángeles místicos
con la expresiva pluma del relámpago.
Diez Mahomas
en diez elegantemente enmohecidas
lenguas
me amenazan con la condenación
en la tierra y en el cielo eterno.

Contra mí
está mi propio corazón.
Amaestrado por milenios
en la cruel virtud de la víctima.

Trad. Bárbara Gill.
***
LE TENGO MIEDO AL FUEGO

Por qué tengo tanto miedo
corriendo por la calle
que está ardiendo.

Después de todo, no hay gente aquí
sólo el fuego zumbando hacia el cielo
y ese estampido no es de una bomba,
sólo son tres pisos derrumbándose.

Llamas desnudas liberadas danzan,
agitan sus brazos
a través de los agujeros de las ventanas.
Es pecaminoso
espiar 
llamas desnudas,
es pecaminoso escuchar a escondidas
el discurso del fuego liberado.

Me escapo de ese discurso
que resonó sobre la tierra
mucho antes que el discurso humano.
***
IGUAL POR DENTRO

Mientras iba a tu casa para un banquete de amor 
vi en una esquina 
a una vieja mendiga.

Tomé su mano,
besé su mejilla delicada,
hablamos, ella era
por dentro igual a mí,
de la misma especie,
lo sentí instantáneamente,
como un perro reconoce por el olor
a otro perro.

Le di dinero,
no podía separarme de ella. 
Después de todo, una necesita 
la proximidad de alguien semejante.

Y entonces ya no supe
por qué estaba yendo a tu casa.

Tomados del blog idiomas olvidados, salvo "Coraje".






domingo, 26 de junio de 2016

El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro

Ingeborg Bachmann

(Klagenfurt, Austria, 1926-Roma, Italia, 1973)



Cantos en la huida (Lieder auf der Flucht)
           
            Dura legge d’Amor! ma, ben che obliqua,
            servar convensi; però ch’ella aggiunge
di cielo in terra, universale, antiqua.
                                   Petrarca, I Trionfi      
I                                                                                                       
Se rompe el gajo en la nieve,
se desmorona el peldaño,
tiesa brilla la ciudad en
reflejo de invierno extraño.

Los chicos gritan y trepan
por la montaña hacia arriba,
comen de la blanca harina
e idolatran al cielo.

El resplandor del invierno,
la mandarina dorada,
está en acción en el viento.
Rueda la roja naranja.

(I // Der Palmzweig bricht im Schnee,/die Stiegen stürzen ein,/die Stadt liegt steif und glänzt/im fremden Winterschein. // Die Kinder schreien und ziehn/den Hungerberg hinan,/sie essen vom weißen Mehl/und beten den Himmel an.// Der reiche Winterflitter,/das Mandarinengold,/treibt in den wilden Böen./Die Blutorange rollt.)


II                                                                                                     
Pero en cambio yo estoy sola,
impedida del hielo, toda herida.

La nieve no me ha atado todavía
una venda en la mirada.

Los muertos, a mí apretados,
en mil lenguas encuentran su silencio.

Nadie me quiere ni lleva
por mí encendida una lámpara.

(II // Ich aber liege allein/im Eisverhau voller Wunden.//Es hat mir der Schnee/noch nicht die Augen verbunden.// Die Toten, an mich gepresst,/schweigen in allen Zungen.// Niemand liebt mich und hat/für mich eine Lampe geschwungen!)


VII                                                                                                   

Por dentro son tus ojos dos ventanas
y en una tierra me hallo, de claridad rodeada.

Por adentro es tu pecho un mar profundo,
que hasta el fondo me arrastra.
Por dentro pasarelas son tus muslos
para mis barcos, retornando a casa 
de tantos largos viajes.

Y mi dicha entrelaza una cuerda de plata
que me tiene amarrada.

Dentro es tu boca un nido
de plumas a mi lengua que alza el vuelo.
Tiene adentro tu carne la luz de los melones,
sin fin dulce y sabrosa.
Y por dentro tus venas son tranquilas,
repletas con el oro
lavado por mis lágrimas,
que algún día tendrá su recompensa.

De títulos que acoges, luego abrazan tus pobres
los bienes que primero a ti se otorgan.

Por adentro tus pies jamás caminan,
sino que ya han llegado a mi tierra deseada.
Por dentro son tus huesos flautas claras
de las que saco tonos hechiceros
que sabrán cautivar también la muerte…


(VII // Innen sind deine Augen Fenster/auf einem Land, auf dem ich in Klarheit stehe.// Innen ist deine Brust ein Meer,/das mich auf den Grund zieht./Innen ist deine Hüfte ein Landungssteg/für meine Schiffe, die heimkommen/von zu großen Fahrten.//Das Glück wirkt ein Silbertau,/an dem ich befestigt liege.//Innen ist dein Mund ein flaumiges Nest/Für meine flügge werdende Zunge./Innen ist dein Fleisch melonenlicht,/süß und genießbar ohne Ende./Innen sind deine Adern ruhig/und ganz mit dem Gold gefüllt,/das ich mit meinen Tränen wasche/und das mich einmal aufwiegen wird.//Du empfängst Titel, deine Armen umfangen Güter,/die an dich zuerst vergeben werden.//Innen sind deine Füße nie unterwegs,/sondern schon angekommen in meinen Samtlanden./Innen sind deine Knochen helle Flöten,/aus denen ich Töne zaubern kann,/die auch den Tod bestricken werden …)

XV                                                                                                   

Tiene el amor un triunfo y la muerte tiene uno,
el tiempo y el tiempo después.
Para nosotros no hay ninguno.

Sólo el derrumbe de estrellas. Resplandor y silencio.
Mas por sobre el polvo el canto
nos ha de superar.

(XV // Die Liebe hat einen Triumph und der Tod hat einen,/die Zeit und die Zeit danach./Wir haben keinen.//Nur Sinken um uns von Gestirnen. Abglanz und Schweigen./Doch das Lied überm Staub danach/wird uns übersteigen.)

Versiones de Irene M. Weiss

 ***
Otra versión

Dura legge d'Amor! ma, ben che obliqua,
Servar convensi; però ch'ella aggiunge
Di cielo in terra, universale, antiqua
Petrarca, "I Ttriunfi"

I
La hoja de palma se parte con la nieve,
las escaleras se derrumban,
la ciudad yace tiesa y brilla
en el extraño resplandor de invierno.

Los niños gritan y suben
a la colina del hambre,
comen de la blanca harina
y rezan al cielo.

La rica quincalla invernal,
el oro de las mandarinas,
vuela en las ráfagas salvajes.
Rueda la naranja sanguina.

II
Yo, sin embargo, yazgo solo
encerrado en hielo, lleno de heridas.

Todavía la nieve
no me vendó los ojos.

Los muertos, abrazados a mí,
callan en todas las lenguas.

¡Nadie me ama ni ha agitado
una lámpara para mí!

X
¡Oh amor, que rompiste y tiraste
nuestras cortezas, nuestro escudo,
el cobijo y la herrumbre marrón de años!

¡Oh penas, que pisándolo apagaron nuestro amor,
su fuego húmedo en las partes sensibles!
Llena de humo, sucumbiendo en el humo, la llama se repliega.

XII
Boca que durmió en mi boca,
ojo que vigiló mi ojo,
mano-

y los que me arrasaron, los ojos!
¡Boca que pronunció la sentencia,
mano que me ejecutó!

XV
El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro,
el tiempo y el tiempo de después.
Nosotros no tenemos ninguno.

A nuestro alrededor sólo hundirse de astros. Destellos y silencio.
Mas la canción por encima del polvo después
va a superarnos.

De Invocación a la Osa Mayor, Ediciones Hiperión, 2001.
Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García.

sábado, 25 de junio de 2016

La lluvia es otro modo de mujer

MARTA CWIELONG
(Longchamps, Buenos Aires, Argentina, 1952)

a la pasión por vivir
se une la ausencia
un corazón a la deriva

***

la lluvia es otro modo de mujer
es otro?
O es ella rompiéndose

***

lo que fue
son miserias
en la cama

De
La orilla (Ediciones del dock, Colección El pez náufrago, mayo 2016)

viernes, 24 de junio de 2016

Hola, doña Adelaida, ¿se acuerda de mí?

Armonía Somers

(Armonía Liropeya Etchepare Locino)
Uruguay, 1914-1994
DE ARCHIVO

De Sólo los elefantes encuentran mandrágora 

"Porque ellos se fueron dejando en el suelo un gran frasco conectado a mi cuerpo y tuve que verlo todo de reojo, el cómo iba saliendo yo de mí en forma de un líquido lactescente, espeso, que por momentos obstruía el catéter y luego era empujado desde adentro por alguien a su placer y a mi cargo." 
*** 
"Entonces fue cuando me sentí empujada hacia el voluminoso libro por alguien que no era yo, pero que estaba emboscado en mí al punto de actuar con mi propia materia gris, mis propios e intransferibles brazos y sus manos."
***
"... yo vi todo el color del mundo, el color Sinfonía me enloqueció, el color mástil diferenciado del velamen, el de las cubiertas del pasaporte, el color eternidad, el color del minuto colmado y del minuto vacío cuando se llevan en angarillas a quien se amó, el único que es ausencia de color, el de las cavidades negras del espacio de Einstein. Y ninguno tuvo primacía, porque el color no es elegido, explota sobre nosotros y tantos no lo ven que los pocos quedamos enamorados o aterrados y a plena boca abierta." 
*** 
Réquiem por Azucena

Yo creo que un relato es siempre parte o continuación de los demás que hemos hecho, vivido, soñado u oído como bellas mentiras, y por eso suelo superponer algún trazo coloquial o algún nombre a fin de no romper la unidad invisible de todo lo narrado. Y también están aquellos sucesos que nos transmitieron como reales, pero se ignora si quien relata ha sido testigo, protagonista o simplemente lector, y en este último caso el suscribirlos sería una apropiación indebida. Entonces el narrador contumaz toma la anécdota y la repite oralmente aquí, allá y quién sabe si de pronto aparezca el que le diga: Pero si eso lo leí en o lo escuché a... De modo que por simple eliminación o por cansancio de que nadie haya acusado hasta hoy el golpe, decidí contar lo de Azucena y Adelaida. 

Vita 

Azucena era la primera niña que había parido Adelaida, y las dos, hija y madre, se parecieron en algo más que la A inicial de sus nombres: una mancha de color vinoso que la chica heredara en plena mejilla, y que con el tiempo la ya adolescente disimuló mediante una leve caída de cabellera rubia en tal punto crítico. Y ese detalle de coquetería, por estar enamorada en silencio de un muchachuelo del barrio muy parecido en color a un cuadro naif: piel blanca, ojos azules, pelo rojo, pecas herrumbre puro, y al que quizás por tal policromía y brillantez le endilgaran el apodo de El Cometa.

La madre de Azucena, o sea Adelaida, dio a luz siete hijos en su corta vida matrimonial, que habrá durado aproximadamente el producto de esta breve multiplicación, 7 x 9 "= 63 meses, con algo de margen para los puerperios, es claro, menos el séptimo, al que no sobreviviera. Y como la dueña de aquella fecundidad estuviese tan ocupada en hacer esos siete chicos en tan poco tiempo, vino a ser la primogénita Azucena quien, desde que tuvo algunas escasas fuerzas, los acogió en sus brazos durante la época indefensa de cada uno. Es como una madre, se acostumbró a oír decir a la gente, viéndola siempre con niño vivo, nunca con muñecas inertes. O mejor dicho, cargando aquellos muñecos que berreaban, comían, ensuciaban el habitat, dormían y despertaban para volver a hacerlo todo de nuevo en un interminable ciclo.

Pero algo iba a suceder como un fenómeno muy especial no investigado aún por los relatores: que a medida que nacían, como si se fuera agostando el árbol luego de cada remesa frutal, las criaturas eran cada vez más chicas. Quizás por la rapidez de las hornadas, o por lo que la genética quiera explicar, el asunto continuó así en la línea evolutiva, o en la involución, si se mantiene fidelidad a la palabra. Y con el último niño, es decir el séptimo, la mujer murió. Y Azucena se abrazó a éste como a las anteriores, sintiendo cada vez menos el peso de la carga. De pronto, pasados ya siete años del último vástago, a quien se le pusiera el obvio nombre de Septimio, se cayó en la cuenta de que aquel achicamiento progresivo de las crías había ido en serio: el niño era, y así lo confirmaron los médicos, enano, pero de un enanismo muy particular, ya que nunca pasaría de los cincuenta centímetros de estatura.

Azucena siguió con el enano en brazos mientras caían las hojas del almanaque con el color de las estaciones sucesivas. Los demás hermanos se fueron de la casa cada cual a su destino, como ocurre siempre para que este mundo sea un muestrario de diferencias. Y con el ensañamiento del tiempo al que nadie ha descrito en la exacta medida de su ferocidad, los años se abalanzaron sobre la ya mujer que, con el pequeño pigmeo encima, envejeció hasta llegar a los ochenta..

Por una operación matemática simple, fácil es colegir cuántos años tendría entonces Septimio, nacido durante el décimo de Azucena.

Y éste vino a ser el final, un final tan humilde y tan anónimo que quedó sin registrar en ningún The End cinematográfico, en ningún libro de cuentas rendidas con el cielo, en ningún memorial de la tristeza. Porque lo cierto es que una tarde tibia de sol otoñal, parada Azucena en la puerta de su antigua y semiderruida casa –casa de cien años, mujer de ochenta, enano envuelto en ropas de bebé de setenta–, acertó a pasar un anciano decrépito apoyado en su bastón, la miró, descubrió cierta mancha vinosa de su cara, que también había sido la marca de la madre, y le dijo: Hola, doña Adelaida, ¿se acuerda de mí? Soy aquel muchacho pelirrojo del barrio a quien le decían El Cometa. Sabrá ahora que yo estaba enamorado de su hija Azucena, tan bonita y tan maternal, con su rebelde pelo rubio que le cubría un lado de la cara. Pero un día nos cambiamos de zona, yo me estiré, me casé, tuve hijos y nietos, enviudé, y hoy he venido a despedir a un amigo de la infancia que murió en la otra cuadra. Y no sabe cuántos buenos y bullangueros recuerdos me despertó el obituario a pesar de ser lo que era, un toque de silencio... Su voz de tortuga vieja, que deben tenerla como todos los seres comunicantes, quedó flotando en el aire dorado unos segundos mientras el dicente se alejaba siempre renqueando. Y de pronto el hombre que recapacita, se vuelve y pregunta: Pero dígame, doña Adelaida, ¿hasta cuándo piensa usted seguir teniendo niños?

Mortis

Sí: Azucena murió allí mismo de un síncope. El homúnculo envuelto en puntillerías antiguas rodó y se desnucó. Y esto último no lo contaba Gastón, pero hay que ser piadosos aunque a fuerza de la desnuda verdad, pues ¿qué iba a hacer un anciano tan pequeño en este inhóspito mundo?, ¿irse a vivir a una colmena para cuidar a la reina? Gastón sabe lo demás, hasta el nombre de la calle en que ocurrió aquello tan extraño, unos niños que nadan cada vez más pequeños al punto de alcanzar lo absoluto. Yo respondo sólo del final, ya que suelo darme a investigar historias truncas, tengo un banco de datos. No, computadora no, las fichas me caen más humanas. Al manejar la de Azucena creí aspirar un vaho sutil de leche coagulada.

Cuentos de ajustar cuentas
Ediciones Trilce - Montevideo 1990

jueves, 23 de junio de 2016

Uno barre, el otro junta

Carolina Musa
Créd.: lanacion.com.ar

(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1975)


Mi balcón

Calentador eléctrico.
Plato de loza blanco.
Maceta de barro sin planta.
Madera de Bolsón.
Uno arriba de otro no en este orden sino
a la inversa:
Madera de Bolsón sobre
Maceta de barro sin planta sobre
Plato de loza blanco sobre
Calentador eléctrico.
Atrás el esqueleto de una silla tonet.
Arriba la soga con broches de colores.
A la derecha un banco de trabajo.
A la izquierda un cactus patagónico anciano,
único espécimen que resiste
la insistencia inanimada de mi
balcón,
con su horizonte amputado en el ventanuco
del baño de los vecinos.
***
Inundación

Intermitentemente llueven tres, cuatro milímetros desde hace días.
Los arroyitos crecen, se desbordan
y serpentean por el valle arrasando caminos,
plantaciones, puentes de tierra apisonada sobre palos.
Correntadas precoces, lodazales
quieren ir
al mar.
Y no hay más desembocaduras que los ojos.
***
Postal de verano

Con las valijas en la vereda
de la casa de la infancia es decir las valijas
en la infancia misma, de algún modo
(los vecinos duermen)
podría robar el cartel de la despensa
la claridad, el cielo, la basura del corso
tirada entre los yuyos
para mi colección de souvenirs:
aerosoles sin nieve, botellas de plástico
papeles, bolsas, envoltorios
y hojas de coca masticadas y escupidas
(un sarpullido triste sobre el suelo)
En la esquina
-justo bajo el farol clueco
donde fumó Agustín en los noventa
con un gesto viciado de galán de TV-
estaciona el camión municipal
y se apean dos mamelucos amarillos
cargando una hoja de palmera
y una pala de albañil.
Uno barre, el otro junta.
La sincronía es imperfecta, de hecho
parecen dos robots drogados cada vez
que uno barre la polvareda sube
amontona los papeles y envoltorios
levemente hacia el cordón, el otro
arrastra la pala por la calle duda
antes de acometer contra el apenas montículo
después tira el cargamento de la pala en el camión
con lasitud enervante, ambos
de súbito se detienen:
el de la pala se apoya sobre ella y cruza los pies
como un bailarín en descanso
el otro nada más ve la coupé taunus
que dobla la esquina y me descubre
espiando en plena calle, por si acaso
no levanto la mano, el de la pala
me devuelve indiferencia: bosteza
a tempo con la ruinosa casi escoba
que agita lánguida el polvo, la polvareda sube
la claridad acobarda.

miércoles, 22 de junio de 2016

Llueve blanco en la noche de las palabras

MARTA LÓPEZ-LUACES
(La Coruña, España, 1964. Reside en Nueva York, EE.UU.)




La sombra del blanco

Un cuadro donde ocurre el blanco.
Pierre Reverdy
Poseer el sentido del blanco
variación de la lluvia
ocurre en el alma.
Separar los elementos más íntimos del blanco
abrir una ventana, el mar brilla,
entra el mundo.
Llueve blanco en la noche de las palabras
Y algo cae en el vacío.
***
El secreto de los dioses

El secreto de los dioses
se encuentra en el idioma
de los hombres.
(H.D)

La clave
no está en el misterio
sino en el reencuentro
del profeta
con su lengua.

Verás las palabras
y serás saciado.
Pedirás
y no faltará.
***
Los infinitos de la tarde

One loves only form,
and form only comes
into existence when
the thing is born.
CHARLES OLSON

Se insinúa el reflejo de la tarde
en la lluvia
condenada a ser
su propia deriva.

Se retrae:
la distancia en su lejanía
el horizonte en su línea.

En la algarabía de la visión
la alharaca de los sentidos
el fresno y su mirlo.

Entre imágenes y sonidos
el paisaje se desliza
hacia la fosa de los nombres.

Se retrae:
la visión en su mirada
el canto en su voz
el gesto en su cuerpo.

martes, 21 de junio de 2016

Una única cosa al tacto

DIEGO BENTIVEGNA 
Tomada de cabiria ediciones

(Munro, Buenos Aires, Argentina, 1973)



Paisaje de fondo

…l´incontro con la immensa capitale mediterranea, piú classicamente antica di Roma stessa, e insieme spagnolesca e orientale…
Roberto Longhi, Caravaggio


Al fondo, Nápoles es un cuaderno abierto,
un trozo de papel que mancha las orillas,
un manuscrito perdido en la basura,
rastros de tinta que las tormentas llevan,
que el viento vuelve signos ilegibles.

La ciudad como un manto
bordado con su sangre
de calles olorosas, perros, cuerpos:

una tierra encarnada que declina
hacia el borde del agua;

muros que tiemblan con la marea densa
frente a las olas que arrastran pedazos
de cartón, culos de botella, gritos.

En el fondo
la escollera en que las sombras se difunden,
la orilla a la que vuelven
salados los difuntos

como si todavía, en un instante,
lográramos rozarlos.
***

Cruzamos los terrenos.

Es la caza de las flores, de las piedras
con mica, de los nidos abandonados.

En el campo juntamos panaderos,
dentro de ellos viven las estrellas.

Apenas los soplamos se desarman:
se vuelven, en un segundo, de aire.
***

Hay un grupo de médicos. Descifran
lo que mi cerebro proyecta en la pantalla,
como si hubiera algo ahí, me dicen, que pudiera afectarme,
un espacio plano donde se pudiera
tantear la mente, tocarla como
se toca una piedra, una fruta;

palparla, hacer que sea
una única cosa al tacto.

lunes, 20 de junio de 2016

En la mesa de más allá




Ezra Pound 
(Hailey, Estados Unidos, 1885-Venecia, Italia, 1972)

ZAPATILLAS NEGRAS: BELLOTTI

En la mesa de más allá,
tras haberse quitado las zapatillas de ante,
con los pies enfundados en medias blancas
y cuidadosamente posados sobre una servilleta,
ella conversa:

«Connaissez-vous Ostende?».

La gorjeante dama italiana en la otra punta del restaurante
replica con cierta altivez,
pero yo espero pacientemente
a ver cómo Celestine vuelve a ponerse las zapatillas.
Se las pone con un gemido.

Traducción de Javier Calvo
**
BLACK SLIPPERS: BELLOTTI

At the table beyond us
With her little suede slippers off,
With her white-stocking'd feet
Carefully kept from the floor by a napkin,
She converses:

«Connaissez-vous Ostende?».

The gurgling Italian lady on the other side of the restaurant
Replies with a certain hauteur,
But I await with patience,
To see how Celestine will re-enter her slippers.
She re-enters them with a groan.

De Personae. Los poemas breves. Ezra Pound. Traducción de Jesús Munárriz y Jenaro Talens. Hiperión. Madrid, 2000
Cortesía de Jorge Aulicino.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char