viernes, 18 de agosto de 2017

Ver el cielo en verano

Emily Elizabeth Dickinson 
Tomado de Pinterest

(Amherst, Massachusetts, 1830-ibídem, 1886)

340

¿Es la Dicha un Abismo por lo tanto
que no me deja dar un paso en falso
por miedo a que el calzado se me arruine?

Prefiero que mis pies se den el gusto
a cuidar los Zapatos –
porque en cualquier zapatería una
puede comprar
un nuevo Par –

Mas la Dicha se vende una vez sola.
Perdida la Patente
nadie podrá comprarla nunca más –
Díganme, Pies, decidan la cuestión
¿debe cruzar la Señorita, o no?
¡Expídanse, Zapatos!
*
340
Is Bliss then, such Abyss,

I must not put my foot amiss

For fear I spoil my shoe?



I’d rather suit my foot

Than save my Boot—

For yet to buy another Pair

Is possible,

At any store—


But Bliss, is sold just once.

The Patent lost

None buy it any more—

Say, Foot, decide the point—

The Lady cross, or not?

Verdict for Boot!


(Traducción de Ezequiel Zaidenwerg)
**
1472


Ver el Cielo en Verano
Es Poesía, aunque no esté escrito en ningún Libro—
Los Verdaderos Poemas huyen—

*
To see the Summer Sky
Is Poetry, though never in a Book it lie —
True Poems flee —

Versión s/d.

domingo, 6 de agosto de 2017

El temblor de la pluma de su lapicera

Raymond Carver

(Clatskanie, EE.UU., 1938 - Port Angels, id., 1988)

Una tarde

Mientras escribe, sin observar el océano,
siente entre sus dedos
el temblor de la pluma de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no puede imaginar
dónde está. Se dirige al baño. Sacude su cabellera.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
              Quizás,
ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.
**
Mi muerte

Si tengo suerte, estaré conectado
a una cama de hospital. Tubos
por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos.
Os digo desde ahora que está bien así.
Poco se puede pedir al final.
Espero  que alguien telefonee a los demás
para decir, “¡ven rápido, se está yendo!”
Y vendrán. Así tendré tiempo
para despedirme de las personas que amo.
Si tengo suerte, darán un paso adelante
para que pueda verles por última vez
y llevarme ese recuerdo.
Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr
y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren,
me cogerán la mano y me dirán “Valor”
y “Todo va a ir bien”.
Y tienen razón. Todo va a ir bien.
Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.
Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar
mi agradecimiento.
Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir
“Sí, te escucho. Te entiendo”.
Incluso que pueda llegar a decir algo así:
“También yo te quiero. Sé feliz”.
¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.
Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. En cualquier caso,
no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.
**
Dos mundos

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
miro cómo desaparece el cielo limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que salta desde Asia como
dormido,

mi amor se agita y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y sin embargo
parte de aquél.

Traducción de Esteban Moore.

sábado, 5 de agosto de 2017

Un azul casi inhumano

PATTI SMITH

(Chicago, EE.UU., 1946)

“Lo que he perdido y no puedo encontrar, lo recuerdo. Lo que no puedo ver, intento evocarlo. Funciono a base de impulsos concatenados que rayan la iluminación.”

Carta de despedida a Sam Shepard
(Fragmentos)

My Buddy (Mi Colega)

Pocas veces la traducción de dos palabras se queda corta: ¿Cómo traducir My buddy? ¿Mi amigo? ¿Mi mejor amigo? ¿Mi amigo del alma? 
“Él me podía llamar tarde, por la noche, desde un punto perdido, un pueblo fantasma de Texas, un área de servicio de Pittsburgh, o de Santa Fe, donde habría detenido su coche en el desierto, para escuchar a los coyotes aullar.”

Cantó en esas montañas al lado de una fogata, canciones escritas por hombres rotos enamorados de su propia naturaleza desaparecida. Envuelto en mantas, durmió bajo las estrellas, a la deriva en las nubes de Magallanes.

“Sam me prometió que un día me mostraría el paisaje del suroeste, porque aunque viajaba mucho, yo no había visto mucho de nuestro propio país. Pero Sam tenía su mano debilitada por una enfermedad debilitante. Eventualmente dejó de empacar e irse. Desde entonces, lo visité, y leímos y hablamos, pero sobre todo trabajamos. Trabajamos en su íntimo manuscrito, como valentía reunió una reserva de resistencia mental, haciendo frente a cada reto que el destino le asignó. Su mano, con una luna creciente tatuada entre su dedo pulgar y su dedo índice, descansaba en la mesa frente a él. Ese tatuaje era un recuerdo de nuestros días jóvenes, el mío un rayo en la rodilla izquierda.
“Al repasar un pasaje en el que describía el paisaje del oeste, de pronto me miró y me dijo: ‘Lamento no poder llevarte ahí’. Sonreí, porque de alguna manera él ya lo había hecho. Sin una palabra, con los ojos cerrados, recorrimos el desierto americano que desplegaba una alfombra multicolor: el polvo del azafrán, luego rojizo, incluso el color del vidrio verde, verdes dorados, y luego, de repente, un azul casi inhumano. Arena azul, le dije, llena de asombro. ‘Azul todo’, dijo, y las canciones que cantamos tenían un color propio.”
No teníamos que hablar, y eso es una amistad real. Nunca incómoda con el silencio, el cual, en su forma bienvenida, es una extensión de la conversación. Nos conocíamos el uno al otro desde hace tanto tiempo. Nuestros caminos no podían ser definidos o despedidos con unas pocas palabras describiendo una juventud despreocupada. Éramos amigos, para bien o para mal, sólo éramos nosotros mismos. El paso del tiempo no hizo otra cosa más que reforzar eso." 
Me imaginé sentada en la mesa de la cocina, alcanzando esa mano tatuada.


Fuentes: The New Yorker y Periódico La Jornada

viernes, 4 de agosto de 2017

Lo más asombroso de todo es que éramos honrados

William Saroyan

(EE.UU., 1908-1981)

De Cosa de risa
Se encontrarían con esas personas -esos desconocidos-, cada mujer y marido conocería a esos extraños y todos se mostrarían amables unos con otros. Se alegrarían de verse. Las voces volverían a la vida para que las oyeran esos otros. Cada uno de ellos recordaría en su fuero interno cosas buenas, y al recordarlas, se alegrarían de haberlas vivido. Serían divertidos, solidarios, inteligentes, ingeniosos. Beberían y después volverían a beber. Hasta podrían llegar a reirse. A algunos quizá se le ocurriera algo que decir para que todos los demás se rieran. Podrían reirse muchísimo, hasta el extremo de sentirse un poco avergonzados. Quizá sería la misma penumbra la que al principio arrancara las risas. El rojo del cielo, la quietud de las niñas, el súbito recuerdo de sus hijos jugando en el jardín de atrás de la inmensa compasión y bondad y preocupación que sus hijos mostraban por ellos, incluso el recuerdo de los estallidos de maldad y fealdad de sus hijos, como si ya hubieran dejado atrás la infancia.
Cada uno de los cuatro sabría lo peor sobre sí mismo, pero lo pondría a un lado, y así permanecería oculto todo el tiempo que estuvieran juntos, y casi olvidado. Casi, pero no del todo. De vez en cuando aparecería un indicio en sus ojos.
Sin embargo, por un momento conocerían el bienestar. Sabrían que el bienestar es una mentira, también. Sabrían que es desesperado y triste, pero no se preocuparían por ello. Sostendrían sus copas en la mano y beberían, hablando rápidamente, con facilidad y sin sentido. 
**
De La comedia humana
No sentía ni amor ni odio sino algo parecido al asco, y al mismo tiempo una gran compasión, no solamente por aquella pobre mujer, sino por todas las cosas y por la forma terrible que tenían de resistir y morir. Se imaginó a la mujer en el pasado, una hermosa joven sentada junto a la cuna de su bebé. Se la imaginó observando aquella asombrosa cosa humana, sin habla e impotente y llena de porvenir. La vio mecer la cuna y la oyó cantar al niño. Mírala, se dijo a sí mismo. De pronto se encontró en su bicicleta, pedaleando a toda prisa por la calle a oscuras, con los ojos llenos de lágrimas y murmurando palabrotas juveniles y descabelladas. Cuando llegó a la oficina de telégrafos ya había dejado de llorar, pero todo lo demás había empezado, y él sabía que no había forma de detenerlo. – De otra forma yo también estaría muerto -dijo, como si lo estuviera escuchando alguien que no tuviera muy buen oído.
**
De El audaz muchacho del trapecio volador
Por el aire en un trapecio volador, canturreaba en su cabeza. Qué divertido era, era increíblemente gracioso. Un trapecio hacia Dios, o hacia la nada, un trapecio que vuele a algún tipo de eternidad; rogaba a conciencia por la fuerza que se precisa para que el vuelo sea agradable.

Tengo un centavo, se dijo. Una moneda americana. En la noche la puliré hasta que reluzca como un sol y estudiaré bien lo que dice en ella.

Caminaba por la ciudad misma, entre los otros seres vivos. Había uno o dos lugares a los que ir. Vio su imagen en las vidrieras de las tiendas y se decepcionó con su apariencia. No se veía tan fuerte como se sentía; de hecho, parecía un muñecote enfermo, enfermo en todos lados, la nuca, los hombros, los brazos, la columna, las rodillas. Nunca se cumplirá esta voluntad, se dijo, y con cierto esfuerzo trató de juntar sus partes y ponerse tenso, artificialmente erecto y sólido.

Pasó por varios restaurantes asumiendo una disciplina magnífica, rehusándose incluso a mirar dentro y llegó al final a un edificio al que decidió entrar. Subió en el ascensor hasta el decimoséptimo piso, caminó por el recibidor y luego de abrir una puerta, caminó hasta la oficina de desempleo. Había antes que él una docena de hombres; se quedó en una esquina, esperando a que llegara su turno. Finalmente era galardonado por este gran privilegio de ser entrevistado por un flaca y atolondrada señorita de cincuenta años.

Estaba avergonzado. Escribir, dijo patéticamente. ¿Quiere decir que su caligrafía es buena? ¿Es eso?, dijo la longeva doncella. Bueno, sí, respondió. Pero me refiero a que sé escribir. ¿Escribir qué?, dijo la mujer, casi con enojo. Prosa, dijo simplemente. Se hizo una pausa. Al final, la mujer dijo: ¿Sabe usar una máquina de escribir? Por supuesto, dijo el muchacho.
Está bien, vaya; tenemos su dirección; estaremos en contacto con usted. No hay nada, nada esta mañana, nada en absoluto.

Traducción: Martín Abadía
**
De Mi nombre es Aram
(La historia del caballo blanco)
Yo sabía bien que mi primo Murad era de los que gozan simplemente con estar vivos más que cualquiera de esos que vienen al mundo por equivocación, pero esto, desde luego, superaba a lo que podían creer mis ojos.
Lo primero de todo era que mis más remotos recuerdos eran recuerdos de caballos, y mi anhelo mayor, el montar a caballo.
Esta era la parte maravillosa.
La segunda razón es que nosotros éramos pobres. Por esta segunda razón es por lo que yo no podía creer lo que estaba viendo.
Éramos pobres. No teniamos dinero. Toda nuestra tribu vivía en la miseria. Cada una de las ramas de la familia Garoglanián vivía en la más asombrosa y más cómica miseria del mundo. Nadie podía comprender de dónde sacábamos el dinero indispensable para llenarnos el estómago, ni siquiera poder llenarles el estómago a los viejos. Lo más asombroso de todo es que éramos honrados. Toda la familia había sido famosa por su honradez a lo largo, más o menos, de once siglos, aun en el tiempo en que solíamos ser los más ricos, de lo que entonces nos parecía el mundo. Éramos, primero orgullosos, luego honrados y creíamos, además, en el mal. Ninguno de nosotros sería capaz de aprovecharse de nadie en el mundo, aunque no fuera más que robándole.
**
La historia del caballo blanco. Final.
Una mañana, cuando íbamos a encerrarlo en el granero de la viña desierta de Fetvajián, nos topamos de manos a boca con el granjero John Byro, que venía de la ciudad.
--Deja que le hable yo - dijo mi primo -. Yo sé bien cómo hay que tratar con los granjeros.
--Buenos días, John Byro - dijo Murad.
El granjero se quedó mirando con mucha atención al caballo.
--Buenos días, hijos de mis amigos - contestó-. ¿Cómo se llama este caballo vuestro?
--Se llama Corazón - le dijo mi primo Murad en armenio.
--Bonito nombre - dijo John Byro - para un caballo tan bonito. Podría jurar que es el mismo que me han robado hace unos meses. ¿Me dejáis que le mire la boca?
--Naturalmente - dijo el primo Murad.
El granjero le miró la boca al caballo.
--Pelo por pelo y diente por diente - dijo-. Si no conociese tan bien a vuestros padres, juraría que era éste mi caballo. Pero bien sé la fama de honradez de vuestra familia. Sin embargo, el caballo es hermano carnal del mío. Si yo fuera desconfiado, creería más a mis ojos que a mis sentimientos. Adiós, amigos míos.
--Buenos días, John Byro - contestó mi primo Murad.
A la mañana siguiente, temprano, cogimos el caballo y lo llevamos a la granja de John Byro y se lo dejamos en el granero. Los perros vinieron detrás de nosotros sin dar un ladrido.
--Estos perros... - le dije yo muy bajo a Murad -. Creí que iban a ladrar.
--A otro cualquiera le ladrarían- dijo Murad -. Pero yo sé cómo hay que entenderse con los perros.
Mi primo Murad abrazó al caballo, juntó su nariz con la nariz del animal, le acarició y luego nos fuimos.
Aquella tarde John Byro vino a nuestra casa en su tartana y le enseñó a mi madre el caballo robado y devuelto.
--Yo no sé que pensar - dijo -. El animal ha venido más gordo que cuando se fue. Y más manso también. Doy gracias a Dios.
Mi tío Kosrove, que estaba en la salita, se excitó y empezó a bramar:
--Calma, hombre, calma. El caballo ya ha aparecido. No tiene ninguna importancia.

jueves, 3 de agosto de 2017

No “murmuran”, sino “cantan”

Juan Fernando García  

(Necochea,  Buenos Aires, Argentina, 1969)

¿Es una obviedad,
un lugar común pensar
una y otra vez que los árboles
“murmuran” un idioma trabado
por el viento?
Las casuarinas
inventan sobre el mediodía
un silbido de notas afinadas;
sobre la tarde austera de sol,
vuelve su augusta melodía,
y descubro que los árboles de esta vera
no “murmuran”, sino “cantan”.
**
Aires de La otra orilla
para Alicia Genovese


Como si pudiera
quedarme suspendido
¿pura perpetuación
de un instante tan fugaz?
–anécdota, a fin de cuentas,
de un transcurrir moroso
en esta
naturaleza galante del Delta

casa, jardín, cotorras
lluvia a raudales
y todo esplende
y brillo cegador

suspensión del viento
que mueve incansablemente
las hojas
infla un short, flamea
una toalla verde oscuro
tiemblan cuatro vasos de colores
sobre la baranda
de la galería.
**
Sobre el Carapachay

Celebra lo inasible,

esas briznas que dan
la luz en las almenas
de esta otra fortaleza.
Lo que supone un viento
del nordeste en su premura
la prematura idea de sosiego.
Así, como días de vacaciones
robados al trabajo, al yugo diario

entonces: huida al río, a las siestas
que van a dar al muelle
una estelar presencia
y la repetición de rituales
de persistencias

nada es igual
aunque parezca
en el giro de las estaciones
en la velocidad de la noche
que nos acompaña.
de Sobre el Carapachay, Leviatán, 2017.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Esa mujer, colgada, titila. Parece un faro

Raquel Cané
(Santa Fe, Argentina, sin datos)


Tomada de ellitoral.com

De Cartas a H.
1)
Vivirás en una isla. Pienso en los accesos a los lugares. 
Puentes, autopistas, caminos, subterráneos.
Una isla conectada. Las vías radios de corriente sanguínea.
Llegarás por el aire, caerás hasta entramarte en las calles, hasta tener tu puerta, hogar, escondite.
Donde vivo, un sólo camino llega hasta mi casa. Un tajo en la tierra que es fango cuando llueve.
Aquí la sangre de los muertos se seca bajo el sol y brota de los animales que matamos para comer. No hay vías que drenen el flujo de llegada o de partida. 
Lo que vive enraíza, se aprende, se come, se entierra.
¿No es fácil aterrizar, no es así?
De volar, no sé. Sólo miro los pájaros. 
**
6)
H, me contás del ruido, de los rascacielos no quisiste hablar. Entiendo, el ruido los tapa, aún al brillo.
¿Sabías que le llaman “piel de cielo” a los revestimientos de algunos edificios?
Verse en la ciudad, un juego de espejos.
Mientras te escribo una vaca me mira del otro lado de la ventana.
Se acercó a pastar bajo el alero. Las primeras heladas quemaron lo que crece.
¿Qué te aturde? ¿Las voces que se multiplican? ¿Las sirenas?
Decodificar no es simple, en el ruido uno entra para entender y se vuelve parte de él.
¿Querés perderte?
Gracias por la foto de la silueta en neón. Esa mujer, colgada, titila. Parece un faro.
**
14)
H, las manos se asoman en la base del lienzo. Están juntas pero no se tocan. Son casi blancas. Los pliegues del abrigo azul guardan algo del violeta mentiroso.
El abrigo está abierto, no le he pintado botones, sólo ojales.
El fondo cierra el cuello, a la altura de la garganta, negro.
En la cara se esboza la boca, creo que es pequeña, aunque lo sabré cuando mire los ojos. Está cerrada. Hace días que no recibo noticias tuyas.
¿Terminaste los exámenes?
**
22)
H, la oscuridad se demora en verano, escribo bajo el alero, después de que pasara la nube de mosquitos. Pareciera que las pausas las marcan los grillos, esta humedad no dejará que me despegue de la silla. Pienso qué velo, las cosas no se moverán de su sitio y nadie protestará en la mañana si olvido lavar los cacharros. Deambular a tientas, entre sillón y mesada, los objetos guardan la terquedad de la memoria sobre lo conocido, ese trayecto en que no tropiezo y sin embargo, mientras busco en otro desorden, quién sabe qué.
Por eso mejor estar afuera, ahora que el cuerpo está suelto, ahora que la pesadez quedó guardada en los placares.
A veces la oscuridad es bendición ¿no creés? El paisaje desaparece. Es cierto, sí, que con esfuerzo podemos acercar, aquel álamo que se incendiara en la tormenta, o la pequeña luz de un rancho, poco importa. La oscuridad es benévola, descansa aunque estemos despiertos.
¿Cómo son tus noches? ¿Desaparece el paisaje o sos vos quien tiene que hacerlo?
No quiero desaparecer, ¿sabés? 

Inédito


martes, 1 de agosto de 2017

En esa otra oscuridad

Silvina López Medin

(Buenos Aires, Argentina, 1976)

De noche

Se bañó mientras todos dormían
se puso un camisón a oscuras
miró los ojos cerrados del otro una vez más
pisó suavemente las tablas del suelo y no crujieron
abrió la heladera
tomó agua bajo esa única luz
se quedó quieta, atenta a los sonidos: la casa, los suyos
respiraban. Abrió la ventana: en alguna parte había música
no distinguía dónde era la fiesta 
unos volvían, otros iban 
hacia ahí: 
no siguió el ritmo de esa música no sacó el cuerpo por la ventana para ver más no abrió con desesperación una botella no dejó caer un bretel no se pintó la boca al rojo vivo no besó el vidrio no besó no se frotó los labios para no dejar marca no cerró los ojos para perderse no quiso llegar a esa fiesta en el centro de esa fiesta no hay nadie nadie, se dijo. 
No cerró la ventana,
caminó hacia su habitación
ciega, guiada por el roce de las cosas
así volvía a la casa de sus padres cuando era tarde y el miedo
era algo preciso: ser descubierta.
Tocó el borde de la cama, se dejó caer
en esa otra oscuridad
esperó.
***
Algo que aprender de una tormenta

¿habrá más
agua? 
¿habrá algo
que como un rayo aparte el sonido
de la luz,
nos aparte? 
esta llovizna
estos gestos moderados del agua 
se nos pegan
caminamos pegados
a las paredes
sin aleros
sin desesperación
en la insistencia de estar
secos,
a salvo de qué.

De Excursión, inédito.

lunes, 31 de julio de 2017

Sombras y violenta marejada

NINÍ BERNARDELLO
(Cosquín, provincia de Córdoba, Argentina, 1940. Reside en Río Grande, Tierra del Fuego, id., desde 1981)


Poética

Dimensión oculta
un desparpajo
para seguir hablando.
¡Qué sé yo de qué!
Pienso siempre
en un papel de calcar
colocando sobre textos
antiguos, sagrados
Sobre escrituras ajenas
copiarlos y copiarlos
como si fuesen
dibujos de maravillas
quitarle partes
transformando otras
hasta realizar una copia
que no deje vestigio
del original.
**

Se fue Moreira al claustro
de las estrellas. Dejó su pasión
en una pared encalada y ajena.
Hubiera querido entender
de golpe, su misterio. Me digo:
es la vida nuestra de compadres
peones y capataces entreverados
a gritos, oliendo a tabaco negro
y alcohol barato. Pienso por qué
a la suerte se le antojó siempre
sangrar de este lado de la vida.
Morir, morirnos sin chistar
mirando el cielo o al suelo.
**
Mítica

Sombras y violenta marejada. Bordes nítidos
sobre un vacío irreal, de fin del mundo.
Las cumbres bajo la niebla son lenguaje
reverente y consagrado por la intemperie
de todo lo visto como si fuera último.
Eso que termina y recomienza
siendo inicio, núcleo, raíz de todo-todo lo vivo.
Montañas invisibles para los ojos
del que invadiendo conquista
y corta, impiadoso, con el pasado.
**

Una ciudad de cristal blanco
en una niebla de plata y oro
La belleza del frío invernal
gana, en su exceso, un arrebato
hacia lo alto, un aleluya perfecto.

domingo, 30 de julio de 2017

¿Os prosternáis, Millones de seres?

Friedrich Schiller 

(Marbach, Alemania, 1759 - Weimar, id., 1805) 

Coral del cuarto movimiento de la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven

¡Alegría, bella chispa divina,
 hija del Elíseo!
 ¡Penetramos ardientes de embriaguez,
 ¡Oh celeste, en tu santuario!
 Tus encantos atan los lazos
 que la rígida moda rompiera;
 y todos los hombres serán hermanos
 bajo tus alas bienhechoras.

Quien logró el golpe de suerte,
 de ser el amigo de un amigo.
 Quien ha conquistado una noble mujer
 ¡Que una su júbilo al nuestro!
 ¡Sí! que venga aquel que en la Tierra
 pueda llamar suya siquiera un alma.
 Pero quien jamás lo ha podido,
 ¡que se aparte llorando de nuestro grupo!

Se derrama la alegría para los seres
 por todos los senos de la Naturaleza.
 todos los buenos, todos los malos,
 siguen su camino de rosas.
 Ella nos dio los besos y la vid,
 y un amigo probado hasta la muerte;
 Al gusanillo fue dada la Voluptuosidad
 y el querubín está ante Dios.

Alegres como vuelan sus soles,
 A través de la espléndida bóveda celeste,
 Corred, hermanos, seguid vuestra ruta
 Alegres, como el héroe hacia la victoria.

¡Abrazaos Millones de seres!
 ¡Este beso al mundo entero!
 Hermanos, sobre la bóveda estrellada
 Debe habitar un Padre amante.

¿Os prosternáis, Millones de seres?
 ¿Mundo presientes al Creador?
 Búscalo por encima de las estrellas!
 ¡Allí debe estar su morada!

¡Alegría, bella chispa divina,
 hija del Elíseo!
 ¡Penetramos ardientes de embriaguez,
 ¡Oh celeste, en tu santuario!
 Tus encantos atan los lazos
 que la rígida moda rompiera;
 y todos los hombres serán hermanos
 bajo tus alas bienhechoras.

¡Alegría, bella chispa divina,
 hija del Elíseo!
 ¡Alegría, bella chispa divina!


Versión definitiva 1808.
Publicado por fernando delgado. 
***
Amor y apetito

Muy bien dicho, Schlosser: se ama
lo propio; y si no se tiene
se apetece. El alma rica
ama, la pobre apetece.

Versión de J. L. Estelrich



sábado, 29 de julio de 2017

Su idioma se llama Queja

AUGUST STRINDBERG

(Estocolmo, Suecia, 1849-id., 1912)

"LA HIJA DE INDRA.- Y oigo sonidos que vienen de allá abajo … ¿Qué clase de seres viven allá?
LA VOZ DE INDRA .- Baja y verás … no quiero calumniar a los hijos del Creador, pero lo que oyes desde aquí es su idioma.
LA HIJA DE INDRA.- Suena como … no suena muy alegre.
LA VOZ DE INDRA.- ¡Así es! Su idioma se llama Queja. ¡Sí, sí! Los que habitan la Tierra son unas gentes insatisfechas y desagradecidas."
De Comedia Onírica.
**
Tras diez años en provincias estoy de vuelta en mi ciudad natal –ahora mismo, sentado a la mesa, comiendo con los viejos amigos–. Rondamos todos los cincuenta años, los más jóvenes del grupo pasan de los cuarenta o por ahí andan. Nos sorprende no haber envejecido desde la última vez. Se aprecia, desde luego, algo de gris en la barba y en las sienes, aquí y allá, pero hay también algunos que han rejuvenecido desde el último encuentro, y que reconocen que en torno a los cuarenta años sucedió un cambio notable en sus vidas. Se sentían viejos y dieron en pensar que su vida se acababa; descubrían enfermedades inexistentes; sus brazos se agarrotaban y les resultaba difícil enfundarse el abrigo. Todo se les antojaba viejo y raído; todo se repetía, todo sucedía siempre de la misma manera; la nueva generación se abría paso desafiante, sin prestar la más mínima atención a los logros de la anterior; sí, y lo más terrible era que los jóvenes descubrían las mismas cosas que nosotros habíamos descubierto y, peor aún, exhibían sus viejas novedades como si nadie antes hubiera barruntado nada.
*
Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual. No tengo que ver a mis enemigos en mi propia casa, sentados a mi mesa, ni escuchar en silencio mientras alguien se burla de lo que yo más estimo; no tengo que escuchar, dentro de mi casa, la música que aborrezco; evito ver periódicos, tirados por ahí, con caricaturas de mis amigos y de mí mismo; me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías. No he sido nunca un tirano, lo único que he pretendido es dejar de ser tiranizado, cosa que no soportan las personas tiránicas. Al contrario, siempre he odiado a los tiranos, y esto es algo que los tiranos no perdonan.
*
Allí estaba yo sentado, con todo a mis espaldas: ¡todo, todo, todo! ¡La lucha, la victoria, la derrota! Todo lo más amargo y lo más dulce de la vida. Y entonces, ¿qué? ¿Estaba cansado y viejo? No, la lucha continuaba, con más furia que nunca, más en serio y a mayor escala, ¡adelante, siempre adelante! Pero, mientras que antes solo había tenido enemigos delante de mí, ahora los tenía delante y detrás. Me había tomado un rato de descanso para poder proseguir, y sentado en este sofá, en esta casa, me sentí tan joven y apto para la lucha como treinta años antes, con la diferencia de que ahora el objetivo era nuevo, pues las viejas piedras miliares estaban ya a mi espalda. Los que se habían detenido y quedado atrás querían, desde luego, retenerme, pero yo no podía esperar, por eso había tenido que salir a reconocer los desiertos solo, a buscar nuevos caminos y sendas; a veces, engañado por un espejismo, me tocaba darme la vuelta y retroceder; pero esto solo hasta llegar a una encrucijada; y desde allí, de nuevo hacia delante. 

De Solo. Mármara Ediciones. Traducción de Manuel Abella.
**

¡Poetas!
¿Todavía llorando por ideales perdidos?
¡Tienen todas las épocas su idea propia del mundo,
la tenemos nosotros sobre la realidad!
¡Guarda fidelidad vosotros a las vuestras!
¡Con las nuestras seguimos!

¡Poetas!
¿Por qué nobles salmodias sobre tan nobles temas?
En la vida brindada lo sublime es la vida.
¿Por qué tenéis por cierta la belleza aparente?
Es fea la verdad si hermosa es la apariencia.
¡Lo feo es lo auténtico!

De Mal de amor
**
Aquí descansa Ismael, hijo de Agar, cuyo nombre fue alguna vez llamado Israel, porque sostuvo una lucha con Dios, y no cesó de luchar hasta caer derrotado por su Dios omnipotente(…) Yo, que soy el que más sufre, cuyo tormento más penoso es éste: ¡No pude ser lo que anhelé!”

De Camino real

viernes, 28 de julio de 2017

Infatigables formas decididas

Foruq Farrojzad

(Teherán, Irán,  1935-id., 1967) 

REGALO

Hablo de lo profundo de la noche
Hablo de lo profundo de la oscuridad
y de lo profundo de la noche hablo:

Si vienes a mi casa amor mío
tráeme una lámpara
y un ventanuco
desde el que pueda mirar la feliz callejuela.
** 
Mi amado

Mi amado
con su cuerpo desvergonzadamente desnudo
Se paró como la muerte
sobre sus piernas

Infatigables formas decididas
siguen los contornos
de la contracción combatiente
de su figura firme

Mi amado
es algo como las generaciones olvidadas
En los rabillos de sus ojos es
como si siempre estuviera montado
un gitano al anca de un jinete
Como un bárbaro,
fascinado de la sangre de la víctima,
brillan sus dientes

Mi amado
tiene un inalcanzable deseo,
como la naturaleza
El reafirma
la incombatible ley del poder

El es libre como un salvaje
como un instinto sano
en los adentros de una isla desabitada
El se saca el polvo de sus zapatos
con trapos de la carpa de Majnon

Mi amado
desde el comienzo de su
existencia ha estado ausente,
como un dios en el Templo de Nepal
El es un hombre de los milenarios recuerdos
de la verdadera belleza

Igual que el olor de un niño
despierta a su alrededor
constantemente inocentes recuerdos a la vida
El está lleno de violencia y desnudez
como una hermosa canción

Con sinceridad
él ama
la semilla de la vida,
el grano de la tierra,
el dolor del hombre,
dolores verdaderos

Con sinceridad
él ama
una calle,
un árbol,
una copa de helado,
un cordel de la ropa

Mi amado
es una simple persona
simple como yo
en el monstruoso país del mal,
escondido entre los montes
de mis senos
como los restos sobrevivientes de una curiosa religión.


de Nuevo Nacimiento, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo/
Versiones de Clara Janés y Sahand

jueves, 27 de julio de 2017

Y de la condición humana lo consuelan

Giacomo Leopardi

(Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837)

Canto nocturno de un pastor errante de Asia

¿Qué haces tú, luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces,  silenciosa luna?  
Sales de noche, y vas,  
contemplando los desiertos; luego te escondes.  
¿Aún no estás contenta   
de recorrer las sempiternas vías?  
¿Aún no te has cansado, aún te gusta   
contemplar estos valles?  
Se asemeja a tu vida  
la vida del pastor.  
Sale con el alba;  
conduce el grey por el campo, y ve  
rebaños, fuentes y praderas;  
luego agotado reposa por la noche:  
no espera nada más.  
Dime, ¡oh luna!: ¿A qué le sirve  
al pastor su vida,  y a vosotros la vuestra? 
dime: ¿A dónde lleva  mi breve vagar,  
y tu camino inmortal?  

Viejecillo, canoso, enfermo,
harapiento y descalzo,
con una carga pesadísima en los hombros,
por montes y valles,
por peñascos, parameras, matorrales  
al viento, en la tormenta, y cuando arde  
la hora, y cuando luego hiela,  
se va, corre, ansía,  
cruza charcos y torrentes,  
cae, se levanta, se apresura aún más,  
sin pausa ni reparo,  
herido, ensangrentado; hasta que llega  
allí donde el camino,  
y donde el tanto fatigar destino encuentran:  
Abismo hórrido, inmenso,  
donde él precipitando, todo lo olvida  
Virgen luna,  tal 
es tu vida mortal.     

Nace el hombre a duras penas  
y es un riesgo de muerte el nacimiento.  
Siente pena y tormento  
como primera cosa; y desde el principio  
la madre y el padre  
lo consuelan por haber nacido.  
Después, mientras crece,  
el uno y el otro lo sostienen, y así siempre  
con actos y con palabras  
se esfuerzan de darle ánimo  
y de la condición humana lo consuelan:  
no hay otro oficio más grato  
para los padres que cuidar a su prole.  
¿Por qué dar vida,   
por qué mantener en vida  
a quien habrá que consolar por ella?  
Si la vida es desdicha  
¿Por qué la soportamos?   
Intacta luna, tal   
es el estado mortal.  
Mas tú mortal no eres,  
y tal vez de mi decir poco te importa.     

Tú, solitaria, eterna peregrina  
acaso entiendas, tú, tan pensativa  
este vivir terreno,  nuestro padecer, el suspirar, lo que es;  
que sea esto morir, este supremo  
palidecer del semblante,  
y perecer de la tierra, y desvanecer  
de aquellos que amábamos y que nos amaban  
Y tú cierto comprendes  
el porqué de las cosas, y ves el fruto  
del día, de la noche  
del tácito, infinito andar del tiempo.  
Tú sabes, sin duda, a cuál dulce amor suyo  
ríe la primavera,  
a quién es útil el ardor, y qué procura  
el invierno con sus hielos.  
Mil cosas sabes tú, 
miles descubres,  
que están ocultas al humilde pastor.  
A menudo, cuando te miro  
estar tan muda sobre el desierto llano,  
que en su lejano horizonte, se une con el cielo;  
o bien con mi rebaño  me sigues viajando poco a poco;  
y cuando miro en el cielo arder las estrellas;  
digo dentro de mí:  
¿Para qué tantas luces?   
¿Qué hace el aire infinito, y la profunda   
serenidad infinita? ¿Qué signifíca esta  
soledad inmensa? ¿Y yo qué soy?  
Así hablo a mí mismo: y del universo  
ilimitado y soberbio,  
y de la innumerable familia;  
luego de tanto afanarse, de tantos movimientos  
de cuerpos celestes, de cada terrena cosa  
que giran sin detenerse  
para volver siempre al punto de partida;  
ninguna utilidad, ningún fruto  
sé adivinar. Mas tú por cierto,  
jovencita inmortal, todo lo sabes.  
Esto yo sé y comprendo  
que de los eternos movimientos,  
que de mi frágil existencia  
algún beneficio o placer  
otros hallarán; para mí la vida es dolor.  

¡Oh rebaño mío qué feliz reposas,   
que tu miseria, creo, no conoces!  
¡Cuánta envidia te tengo!  
No sólo porque de afanes  
casi libre vas;  
que cada dificultad, cada sufrimiento  
cada miedo extremo de inmediato olvidas;  
y porque el tedio jamás lo pruebas.  
Cuando te tumbas a la sombra, sobre el prado  
estás quieta y contenta;  
y gran parte del año  
lo transcurres así sin aburrirte.  
Yo también me siento sobre el prado, a la sombra,  
pero un pensamiento me agobia  
la mente, y un aguijón me roe  
así que, aún sentado, estoy lejos más que nunca  
de encontrar paz o descanso.  
Y nada deseo,  
y hasta ahora ninguna razón de llanto tengo.  
Lo que tú goces o cuánto,  
no sé decir; pero tú afortunada eres.  
Yo poco feliz me siento,  
¡oh rebaño mío, ni de esto sólo me lamento.
Si tú pudieses hablar, yo te preguntaría:
dime: ¿Por qué yaciendo
sin cuidado y ocioso,
todo animal descansa
mas si yo reposo, el tedio me asalta?

Tal vez, si tuviera alas
para volar sobre las nubes
y contar las estrellas una a una,
o como el trueno errar de cumbre en cumbre,
más feliz  sería, dulce rebaño mío,
más feliz  sería, cándida luna.
O tal vez, equivocado está,
considerando el destino de otros, mi pensamiento;
tal vez en toda forma, en todo 
estado que se encuentre, en una cueva o en una cuna,
funesto es a quien nace el día del nacimiento. 

Traducción de Marcela Filippi P.

miércoles, 26 de julio de 2017

La ciudad está impregnada de vacío

Herta Müller

(Niţchidorf, Timiş, Rumania, 1953)

Después de perder el tren de la noche le dije al
jefe de la estación voy a recostarme un rato
sobre el banco dijo bueno
e inspeccionó las partes lubricadas de la barrera
sus muñecas parecían las patas delanteras
de perros grandes los que giran por las torres de agua
porque les da miedo la sombra
quiso saber si YO pensaba en el hermano en la cárcel
le pregunté lo conoces dijo
casualmente
no estaba previsto

Traducción de Geraldine Gutiérrez-Wienken
**
2

uno de los vecinos murió dos veces en la cama en enero
el mismo día incluso en este y en el siguiente
año el otro estaba sentado con su tablero de ajedrez
delante de la casa se quitó la gorra de borla y el tiempo
grande fuera rió desconcertado para que la atmósfera se pusiera
mejor yo por mi parte no me preocupé mucho casi menos
que vosotros de mí así de joven sólo tiró de la
cortina y corrió a través de la ventana al entierro
como música de acompañamiento tuve que llorar al
sochantre goteó mi nariz en el zapato hasta
que le pareció demasiado y entonces desgarró uno de sus cantos fúnebres
de su cuaderno musical me lo dio como pañuelo
y dijo cuando se seque me lo quedo de nuevo
está claro?

De Los pálidos señores con las tazas de moca.  E.D.A. (Ediciones de aquí) Libros, 2010.
Traducción de José Luis Reina Palazón
**
LOS BARRENDEROS

La ciudad está impregnada de vacío.
Un coche me atropella los ojos con sus faros.
El conductor maldice porque no se me ve en la oscuridad.
Los barrenderos están de servicio.
Barren las bombillas, barren las calles fuera de las ciudades, barren el vivir de las viviendas, me barren las ideas de la cabeza, me barren de una pierna a otra, me barren los pasos al andar.
Los barrenderos me envían luego sus escobas, sus magras escobas saltarinas. Los zapatos se me alejan taconeando.
Y camino detrás de mí, caigo fuera de mí, por sobre el borde de mis pensamientos.
A mi lado ladra el parque. Las lechuzas se comen los besos que han quedado en los bancos. Las lechuzas ni me miran. En la maleza se acurrucan los sueños cansados, hartos de trajinar.
Las escobas me barren la espalda porque me apoyo demasiado contra la noche.
Los barrenderos hacen un montón con las estrellas, las barren en sus palas y las vacían en el canal.
Un barrendero le dice algo a otro barrendero, que se lo dice a otro y éste también a otro.
De pronto los barrenderos de todas las calles hablan a la vez. Yo paso por entre sus gritos, por entre la espuma de sus voces, me quiebro, me precipito al abismo de los significados.
Camino a grandes pasos. Me quedo sin piernas al caminar.
El camino ha sido barrido.
Las escobas me caen encima.
Todo da un vuelco.
La ciudad va por el campo a la deriva, hacia algún punto.

martes, 25 de julio de 2017

X de la ‘x’ de tachar

MARK STRAND
(Isla Prince Edward, Canadá, 1934-Nueva York, E.UU.,2014)




NO HAY PALABRAS PARA DESCRIBIRLO

Cómo ardieron las hogueras que ya no están, cómo el clima empeoró, cómo la sombra de la gaviota desapareció sin dejar rastro. ¿Era el fin de una estación, el fin de una vida? ¿Fue hace tanto tiempo que pareciera no haber sucedido nunca? ¿Qué es lo que de nosotros vive en el pasado y anhela el futuro, o vive en el futuro y anhela el pasado? ¿Y qué importa cuando la luz entra en el cuarto donde duerme un niño y la madre, despertando, abre los ojos y desea más que nada no ser despertada por lo que no puede nombrar?
De Casi invisible (Visor, 2012)

***
La editorial Turner reúne por primera vez en castellano un colección del ensayos del poeta Mark Strand (1934, Prince Edward Island-2014, Nueva York). El autor trabajó en la selección de 'Sobre nada y otros escritos' durante los años que pasó en Madrid e incluyó textos y conferencias inéditos. A continuación, uno de los capítulos:
FUENTE: El País. Babelia

A de ausencia. A veces, no siempre, es agradable pensar que otras personas puedan estar hablando de ti cuando no estás presente, que eres el tema de una conversación que no has dirigido hacia ti y cuyo curso depende de tu ausencia. Esto es lo que les pasa a los famosos. Y a los muertos. Pueden ser el alma de la fiesta sin aparecer nunca. Para los que no son famosos ni están muertos, el deseo de no estar abriga en el fondo la esperanza de que se les eche de menos. Que te echen de menos supone ser querido. Ciertamente, no ser el destinatario activo o vivo de lo que se ansía puede parecer un destino penoso. Pero no requiere esfuerzo alguno. Si estás allí, interfieres con el amor que podrían asignarte; si te mueres, te ganas un hueco propio.

B de ‘before’, antes, el antecedente reconocido de ahora, la forma inocente de anteriormente, el primo impreciso y hermoso de “cuando”, la madre trágica de “será”, el suicidio de “demasiado tarde”.

C de Canadá, el país donde nací, el país de mis primeros recuerdos. El país donde mis padres vivieron sus últimos años y donde están enterrados. Fue el escenario de su pena, y era tan grande, estaba tan vacío, que cada día que pasaron allí podían darse por perdidos.
D de Dante, que no ha tenido ninguna influencia en mí, lo cual es una pena. Por otro lado, tampoco estoy seguro de cuál podría haber sido la influencia de Dante, y me resultaría bastante raro leer en algún sitio que influyó en alguno de mis contemporáneos. Qué grandioso, pensaría. Pero la muerte (death), que resulta más accesible —aquí mismo o a la vuelta de la esquina—, ha sido siempre una influencia. Lo que quiero decir es que la muerte es algo ordinario. Si te lo estás pasando bien y piensas que la diversión se acabará, te preocupa la muerte, aunque sea de manera leve e irrelevante. Pero adonde quiero llegar es a otra cosa: a que la muerte es el tema principal de la poesía lírica. La poesía lírica nos recuerda que vivimos en el tiempo. Nos dice que somos mortales. Celebra o reconoce los estados de ánimo, las ideas y los acontecimientos solo en la medida en que existen en el tiempo. ¿Qué significado tendría nada fuera del tiempo? Aun cuando la poesía esté celebrando algo alegre, porta consigo la noticia de que esa alegría en concreto se ha terminado. Es un largo epitafio, un adiós a nuestra discreta estancia en la tierra. Pero su poder difiere de aquello que celebra, ya que no se trata solo de que lamentemos el paso del tiempo, sino también de que de alguna manera nos preservamos de su peso, y cuando leemos poesía, durante esos breves momentos de ensimismamiento, la idea de la muerte parece indolora, incluso bella.

E de ‘ending’, final, los finales de los poemas, las últimas palabras concebidas para devolvernos a nuestro mundo con la ilusión momentánea de que no se ha sufrido ningún daño. Son variadas, y se inscriben en la fantasmagórica secuela de cualquier obra de arte. Buena parte de lo que amamos de un poema, sea cual sea su tema, es que nos deja con la sensación de renovación, de más vida. La vida, por otra parte, no nos prepara para nada, y nos deja sin lugar al que ir. Se detiene.

F de ‘fashion’, moda, de moda literaria, que marca la escritura de un periodo o de una época, y que es prácticamente inevitable, tan inevitable como su hermana Muerte. Hasta la originalidad será lo que un periodo acepte como original, lo que significa que, de algún modo, la ha anticipado aquello de lo que pretende separarse. No hay manera de eludir la moda. Y si nos creemos ajenos a un estilo contemporáneo, lo más probable es que encarnemos sus patrones. Y si pensamos distanciarnos de la moda actual buscando otra moda a la que amoldarnos, es muy posible que sea la que la moda actual haya pronosticado que escogeríamos.

G de goce de escribir. ¡Como si eso existiera! La verdad es que escribir no reporta ninguna goce, al menos a mí, puesto que cuando pienso en mis momentos más felices, ninguno tuvo lugar mientras escribía. ‘G’ también de gardenia, por el dulce tormento con que nos embriaga su aroma. Me recuerdo de joven: cuando el atardecer daba paso a la oscuridad, me perdía entre las estrellas amarillas de las gardenias. Y vagaba por una sensual versión de la galaxia, alejándome cada vez más y más. Aquel deambular era gozo.

H de Hades, que me gusta ver como una influencia, porque se me antoja el más poético de todos los lugares. Es el último recurso, un reino de murallas altas, pero que cuenta con un gran inconveniente: el clima, pues sopla mucho viento, está oscuro y hace frío. Su mayor ventaja es todo el tiempo libre que ofrece. Está justo ahí abajo, debajo del mundo, y es el lugar de descanso de las almas inmortales. Más importante aún: es donde los muertos aguardan una nueva vida, una segunda oportunidad, donde esperan ser recordados, donde esperan renacer en la mente de los vivos. Es un lugar de esperanza. Y Tánatos, o lo que consideramos la personificación griega de la muerte, no es en realidad una personificación, sino una neblina, un velo o una nube que separa a la persona viva de la vida. Para los griegos, que no tenían una palabra para la muerte irreversible, uno no moría: oscurecía.

I de inmortalidad, que para algunos poetas constituye una forma necesaria y creíble de compensación. Mientras que, en teoría, son desdichados en vida, serán recordados cuando todos los demás hayamos caído en el olvido. Ninguno de ellos pregunta por la calidad de ese recuerdo; cómo será el quedarse agazapado en los oscuros corredores de la mente de alguien hasta el momento en que tenga lugar el recuerdo, o el que lo depositen de repente y para siempre de las praderas de la oscuridad. La mayoría de los poetas sabe muy bien que no debe preocuparse por semejantes cosas. Saben que es más que probable que con ellos mueran sus poemas y que de estos nunca más se vuelva a hablar, que sean reemplazados por otros con un aspecto nuevo y con un lenguaje más contemporáneo. Sabe asimismo que, aunque mueran incluso los poemas singulares, lentamente en algunos casos, la poesía continuará existiendo: que su contenido, sus temas constantes, son menos susceptibles de cambiar que las modas del lenguaje, y que aquí es donde podría darse una inmortalidad alternativa, menos brillante. Todos sabemos que un poema puede influir en otros poemas, mantenerse vivo en ellos, de igual modo que en él viven unos poemas anteriores. ¿No podríamos decir, por tanto, que un poema triunfa del todo cuando fomenta su propia revisión y provoca su propia desaparición? Sí, pero, ¿es esto la inmortalidad, o simplemente una forma resuelta de estar muerto?

J de jardín, pero no sé qué jardín. Tal vez el rincón de un jardín determinado; tal vez un jardín en el que hay una silla que espera que alguien se siente en ella. No es un jardín ideal, no es el jardín del Edén, ni un jardín infernal como Bomarzo, ni ordenado como el de la villa Doria Pamphili de Roma, ni desaliñado como el jardín de Bóboli de Florencia. No es un patio trasero. Ha de ser aquel en el que pienso cuando me digo a mí mismo “jardín”: un espacio verde que está recogido y que contiene parte de la acción de un poema, o tal vez nada. Puede que tenga árboles, puede que sus hojas hayan caído. Podría haber nieve, y algunos juncos podrían reunirse en torno al tronco del serbal que crece allí. No lo sé. Pasará un tiempo antes de que lo sepa.

K de Kafka, y la autoridad de su peculiar realismo. En el primer párrafo de La metamorfosis, ha ocurrido lo inexplicable. Gregor Samsa despierta y ve que se ha transformado en un monstruoso insecto. Nuestro asombro queda inmediatamente mitigado por la tranquilidad con que el narrador describe al “nuevo” Gregor, ya que le interesa que nos imaginemos a Gregor mucho más que hacernos sentir algo por él. A lo largo de la historia, mientras Gregor se va desintegrando, nuestros sentimientos por él van aumentando considerablemente. Pero al principio lo único que sabemos es que Gregor ha sufrido una extraña metamorfosis. No se trata de que solo se sienta como un insecto, ni de que su despertar sea una ilusión y en realidad siga en un sueño incómodo. Es un insecto de verdad. La fuerza del relato depende de que aceptemos esta verdad excepcional. Si Gregor gritara al ver por primera vez su cuerpo, dejaríamos de inmediato de creerle. Ello indicaría que sabía o sentía el alcance de su desgracia cuando, en realidad, su desgracia no había hecho más que empezar. La descripción metódica y distante que Kafka ofrece de Gregor, que establece el tono, así como las fases de la historia, dificulta que el lector pueda revertir —aunque quisiera hacerlo— la extravagante premisa de la narración. Sería demasiado trabajo. Los hechos insisten en que cualquier duda que tengamos acerca de lo que ocurrió está condenada a carecer de fundamento. Estamos más seguros, de momento, si creemos en la desventura de Gregor que si no, porque, si no creemos en ella, ¿en qué creeríamos? No habría ninguna historia, y, lo que resulta igual de penoso, no habría ningún universo que acogiera lo inesperado.

Por qué es la pregunta que nos hacemos una y otra vez. ¿Por qué estamos aquí y no allí? ¿Por qué yo soy yo?

L de lago. Prefiero el mar y algunos de los ríos que conozco, pero para escribir me gustan las aguas manejables de los lagos. Un lago es un soporte más flexible. No impone respeto como el mar, que nos obliga a reaccionar de manera bastante predecible: es decir, ante él sucumbimos con excesiva facilidad a sentimientos de asombro, paz o lo que sea. Tampoco nos tienta con indicios de infinitud. Puede que el lago esté hecho para ajustarse a lo que exige la topografía del poema. Los ríos fluirán por un poema, o lo arrastrarán con él, y tienden a oponerse a la contención formal, de ahí que se les compare con frecuencia (erróneamente) con la vida. Tienden asimismo a ser poco profundos, un rasgo que podría identificarse igualmente con la vida, pero no con la poesía. Así que, en cuanto a masas de agua, a mí denme un lago, un lago enorme, o incluso un lago salado, donde las aguas estén tranquilas, donde se pueda reflexionar, donde pueda arrodillarme en la orilla, bajar la mirada y ver mi reflejo. Es una vieja historia.

M de música, de la música que escucho con auriculares cuando escribo prosa, pero no cuando escribo poesía. Lo que escucho una y otra vez son las denostadas composiciones de Delius, Wag¬ner o Chaikovski. Su música no pone en riesgo ni mi necesidad ni mi capacidad de concentrarme. Con todo, me conmueve, me seduce con una confusa certeza rítmica. Todo es mejor; todo está a la altura de las circunstancias que superan, incluso, el exceso afortunado de la música. Escribo como si me encontrara en un mar infinito de cadencias y placeres.

N de Neruda, que fue un genio, pero en cuya obra se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Sus poemas constituyen una especie de ilusión. Leerlos es participar en la corrección verbal de lo que universalmente se consideran desigualdades sociales o naturales. Los asuntos mundanos, modificados por unos adjetivos que designan lo celestial o lo extraño, se ven elevados a un reino de valor excepcional. Un sapo es signo de melancolía, el vino es inteligente, un limón es como una catedral. Neruda es un esteticista de lo ordinario. Somos felices cuando lo leemos, porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. Después de todo, el universo es bueno. La utopía verbal de Neruda es, dependiendo de la credulidad de cada cual, un antídoto indoloro contra un siglo desgarrador. Su reduccionismo genial ha llevado a la gente a unas actitudes simples y autosatisfechas ante la poesía que, de otra manera, hubieran podido aplicar a otra cosa. N también de nada, que, con toda su modestia ab+rumadora, es la hermana razonable de todo. ¡Ay, nada! Todo puede decirse de ella y se dice. Una ausencia que no conoce límites. El apogeo de la inacción. Puede que la nada haya sido la principal influencia de mi obra. Es el sueño original y el fin de la vida.

O de Ovidio, el primero de los grandes exiliados, cuyo libro de las metamorfosis, cuya elevación de la metamorfosis, del cambio, a un lugar central en el reino de la imaginación, me ha hecho querer hablar de él, aun sin que haya tenido una influencia directa en mis poemas. Después de todo, ¿qué podría yo tomar de sus hermosas historias de ‘Eco y Narciso’, o ‘Jasón y Medea’? ¿Cómo iba yo a poder repetir la ‘Canción de Polifemo’? Con gran esfuerzo por mi parte podría lograr, si acaso, una versión renqueante de su fluidez, y quizá un remedo burdo de sus monstruosos particularismos, pero jamás las dos cosas al mismo tiempo. Fue un surrealista por naturaleza, un poeta de un atractivo inagotable. Y a cambio, el puritano Augusto no le brindó más que el exilio, que lo llevó a orillas del mar Negro, a una ciudad llamada Tomis.

P de paso del tiempo. También de pasaje secreto que escapa del tiempo hacia la quietud de lo que no ha sido aún llamado a ser, el pasaje que lleva al lugar donde nacen los poemas. Y del paso que es el camino de mi pasar, de mi haber nacido, y del paso de lugares hacia la historia y, a través de la historia, hacia el olvido.

Q de ‘questionable’, cuestionable en temas que tienen que ver con la poesía, los versos o las imágenes respecto de los cuales no se nos ocurre ningún precedente y cuyas virtudes se antojan igualmente difíciles de definir. Con el tiempo, nuestros versos e imágenes díscolos pueden llegar a convertirse en nuestros mayores logros, en las verdaderas señas de nuestra autoría. Pero cuando somos jóvenes, tardamos en creer en nosotros mismos y preferimos sonar como escritores más consolidados. Así tenemos la certeza de que lo que hemos escrito es realmente poesía. A la larga, aprendemos a desconfiar de lo que es claramente un derivado, y cultivamos lo que en un principio consideramos una debilidad. Es la parte rara de nuestros poemas, de su idiosincrasia, de sus deslizamientos hacia una incomodidad necesaria, su fragilidad última, lo que atrapa y satisface.

R de Rilke, cuyos poemas son para mí una fuente especial de inspiración, pues lo que me brinda sobre todo su lectura es una sensación de elevación, cierta intención fastuosa y florida de identificar el ser, ciertos momentos de comprensión extática cercana a la verdad, o a lo que creo que es la verdad. Siento que lo indecible ha hallado un lugar en el que ha sido dicho. Pienso ahora mismo en la primera parte de la Trilogía española, y en la novena de las Elegías de Duino, y en ‘Orfeo. Eurídice. Hermes’, y en ‘Lamento’, y en ‘Ocaso’.

S de ‘something’, algo, ese algo que suple una vacante que yo podría cubrir. Tiene una presencia verbal que mi apremiante apetito, o mi ambición, subvierte, malinterpreta o transforma en un atractivo vacío, en un espacio en el que solo yo puedo profundizar. Empiezo con algo como si se tratara de nada (o con nada como si se tratara de algo) porque, muchas veces, lo que he escogido como punto de partida carece de sentido para otros, como cuando, por poner un ejemplo, abro mi ejemplar de Wallace Stevens y mis ojos se posan sobre “sueño agitado”, “perlado” o “razón posterior”. La ‘S’ también corresponde a Stevens. Siempre he recurrido a sus poemas, leyendo fragmentos, saltando de unos a otros, y los he disfrutado a pesar de mi inconstancia, de mi impaciencia. De entre los poetas estadounidenses, admiro por igual a Stevens y a Frost, pero los leo de manera distinta. Stevens influye en mí, cosa que no creo que ocurra con Frost. La dicción de Frost se entrega a la voz; es un sonido continuo que templa el color verbal. En un poema de Frost, lo que cuenta es su naturaleza hablada, algo que anula incluso esos fragmentos periódicos de énfasis profético. Las palabras se sumergen en conjuntos de sentido, de modo que puede imponerse cierto carácter tonal, como un argumento, un gesto extenso que descansa sobre el orden y la dirección de lo que se ha dicho. En Stevens el argumento tiende a ser discontinuo, a estar oculto, a ser misterioso o sencillamente a no existir. Con mayor frecuencia, lo que experimentamos es el poder cautivador de la palabra o la frase. El diseño retórico de sus poemas apunta a la explicación o la anunciación. No es necesario que construya un “lo que viene después”; lo que sigue es una posibilidad, una elección, otra invitación a imaginar.

La verdad es que escribir no reporta ninguna goce, al menos a mí, puesto que cuando pienso en mis momentos más felices, ninguno tuvo lugar mientras escribía

T de tedio, y por tedio no me refiero al abatimiento de la noia de Leopardi ni a la vacuidad sofocante del ennui de Baudelaire. No me refiero a esos encuentros con el vacío que dejan a quien los sufre sumido en la desesperanza o, como se suele decir, en la más profunda depresión. Por tedio me refiero únicamente a esa variedad doméstica del aburrimiento, a la dulce monotonía de la vida cotidiana. Mi tedio es un lujo. En sus brazos soy pasivo. Me siento en cualquier lado y hojeo un libro, o voy a mirar qué hay en la nevera, o hago un rompecabezas. Al poco rato, mi pereza se harta. Trato de liberarme a mí mismo. Tomo un poco de café. Me pongo en marcha. Y me digo que esto no sería así sin el tedio, la más benigna de las presiones.

U de Utah, el entorno occidental de mi tedio indispensable y, en muchos sentidos, su inspiración. Utah es todo lo que no era mi vida antes de trasladarme allí. Es un lugar lento que le aporta a mi tedio su indispensable falta de energía. Charles Wright dice en algún sitio: “Hay tan poco que decir y tanto tiempo para decirlo”. Bueno, pues Utah le da a uno esa sensación por la sequedad y aspereza de su terreno, por la grandeza de su cielo, por su color rojo-amarillento.

V de Virgilio, que cogió lo que era un fragmento fugaz de la música de fondo de Homero, el compás de la elegía, y lo convirtió en la condición esencial e inevitable de la Eneida. Todos esos exquisitos pasajes de lamentos y de cansancio, del tiempo que pasa y la vida que se pierde, toda esa gracia elegiaca que parece hacer de la Eneida un prolongado poema lírico, consagran a Virgilio como el primer gran jardinero del paisaje del dolor y el padre de la elegía pastoril. ¿Es o no una ironía difícil de captar que nuestra visión de la elegía pastoril derive en tal medida de la belleza del inframundo? Yo solo sé que cualquier descripción del paisaje guarda en sí un elemento esquivo e inalcanzable que va más allá de los ciclos estacionales con todo lo que significan, y que sugiere una especie de florecimiento constante de una finalidad en la que nos enfrentamos a los límites del sentimiento. Acabamos lamentando la pérdida de algo que nunca llegamos a poseer.

W de ‘what’, qué, de qué pudo ser o qué podría haber escrito. ¿Puede influirme lo que pude haber hecho y no hice? Como si tuviera aún la elección de escribir lo que no pude, o lo que no escribí sin más. Como si lo que hubiera podido escribir existiese, siquiera como posibilidad. Aun así, a veces me digo que si no hubiera hecho esto, habría podido hacer aquello, aunque no sé el qué. Lo que pude haber escrito juzga, oscura y escuetamente, lo que he escrito. Concita todo lo que de ser hay en ello, y, sin que lo haya invitado, viene a visitarme. También de qué no hubiera escrito nunca porque no podría haberlo escrito ni en sueños. Una previsible fuente de desdicha que, en realidad, supone un alivio. Piénsese en el gran poeta que yo habría sido de haber escrito los primeros cien versos, aproximadamente, del libro xiii del Preludio de 1805. Tendría que destruir todo lo demás que he escrito para que la gente no dijera: “¡Cómo ha decaído la obra de Strand!”. Así que yo no sería yo y no tendría mis poemas ni nada por lo que preocuparme. ‘W’ de Wordsworth, que escribió lo que yo no escribí, ni podría haber escrito, ni escribiré.

X de la ‘x’ de tachar, lo que de influencia no tiene nada. Supone, sin embargo, una actividad sensata, que me gustaría hacer menos, aunque mis detractores tal vez piensen que debería hacer más. Pero tachar no es tan malo. Un verso tachado es menos precioso que antes de que se tomara esa drástica medida. Uno puede llegar a cogerle gusto a deshacerse de esto o de aquello. Es como hacer dieta. Si bien, por otro lado, cercenar un brazo o una pierna quizá no sea el procedimiento ideal para perder peso.

Y de ‘why’, por qué. Por qué es la pregunta que nos hacemos una y otra vez. ¿Por qué estamos aquí y no allí? ¿Por qué yo soy yo? ¿Por qué no soy un pez de colores en el acuario de un restaurante de las afueras de Des Moines?

Z de zenit, la influencia definitiva. Es el punto más alto del cielo sobre nosotros; es adonde apuntan algunos sombreros y lo que rechazan los paraguas; es el extremo final de los más altos pensamientos y la divina refutación de la tierra y lo terrenal; es el punto extremo de contacto con la otredad extrema; es el lugar de descanso final y el término celestial de los poemas que merece la pena tener.

Recogido en ‘Sobre la nada y otros escritos’ de Mark Strand. Traducción de Juan Carlos Postigo Ríos. Turner. Madrid, 2015. 
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char