miércoles, 2 de junio de 2010

Adiós, adiós. Hasta mañana, lengua


In memoriam JUAN CARLOS BUSTRIAZO ORTIZ
(Santa Rosa, La Pampa, Argentina, 1932- 2010)


Décima Sexta Palabra

Adiós, adiós. Hasta mañana, lengua,
lueguito o no, luegura si me llega,
levántar me, nacerme de la huesa,
la sabanura, almohada, estotra greda
de la que subo taza, vaso o luenga
jarra de Juan. Hasta mañana, lengua!
(Ellos ya están cantando: “cuchillocóoooooo!...)
***

“Soy un perfeccionista, quiero hacer las cosas bien. Y todo lo que haga quiero hacerlo lo mejor que pueda. Nunca dije que fuera talentoso, siempre fui modesto, nunca fui un agrandado. Lo demás me lo decía la gente, pero yo nunca me lo creí. Siempre fui modesto y respetuoso. Cuando la gente me decía cosas, yo me preguntaba ¿será así? Eso sí: siempre soñé ganar el Premio Nobel de Literatura. ¡Creo que todavía estoy a tiempo!”
***
ENTREVISTA / BUSTRIAZO ORTIZ
Por Andrés Cursaro


Lo conocí personalmente hace tres años, invitado por el poeta Bustriazo Ortiz (nació “en Santa Rosa de Toay el 3 de diciembre de 1929. Sietemesino. Me contó mamita que me quiso dar la teta y, claro, como yo era sietemesino, no tenía leche ella en las tetas, probecita. Había una señora que había tenido un bebé y ella me dio de mamar”, cuenta sentado a la mesa del pequeño comedor de su casa). “Nací un lunes a las once de la mañana en momentos en que "El Molino Werner" tocaba la sirena. Era costumbre tocar la sirena a esa hora: exactamente a las once de la mañana. Y aparecí yo.”

En tus poemas nombrás pueblos y parajes de La Pampa y de otras provincias de la Patagonia. ¿Estuviste en todos ellos o simplemente los nombraste sin conocerlos?

Los conocí. Es que vivimos en distintos lugares porque papito era oficial de policía y lo trasladaban cada tanto, y yo iba con mi mamá y mi papá. Lo trasladaban a otros pueblos. El era oficial ayudante. Yo también fui oficial ayudante de comunicaciones. Radiotelegrafista.

También tuviste otros empleos…

Fui ayudante de topógrafo, con Edgar Osvaldo Juan Morisoli Renel. Con
Edgar recorrimos varios lugares, porque él es agrimensor. Yo llevaba la mira, que es una tabla larga. Todo esto fue cuando Morisoli anduvo haciendo mensuras en La Pampa.
También he estado en el diario Río Negro, trabajando como corrector. Yo era corrector de pruebas, sobre todo del diario La Arena, fundado por el finadito Raúl Isidro D’Atri. Ahí nos juntábamos con algunos músicos, estábamos ahí siempre. Estaba Saúl Santesteban, que vive todavía, y está casado con una hija de don Raúl D’Atri: Mirna D’Atri. Saúl es el actual director del diario La Arena. Una vez yo le di un poema que era una zamba y Saúl Santesteban, que tenía un bandoneón y tocaba muy bien, le puso música.

Me contaron que siendo muy joven te fuiste a trabajar lejos de Santa Rosa.

A los 19 años me fui a Santa Isabel, fue mi primer destino como radiotelegrafista de la policía. Me trasladaron a ese pueblo. También anduve por Puelches; ahí estuve en la casa Curacó y compré –la que yo extraño siempre, que la tiene Nelita Alvarez, la hermana de Juancho Alvarez- mi tazona, una taza hermosa, antigua. Se la compré al señor Franciso Feliciano Marrón Lara, ahora no me acuerdo en cuánto me la vendió. La usaba para la sopa, generalmente.
También anduve mucho por los médanos de Santa Rosa buscando restos indígenas porque a mí me apasionaba mucho la arqueología. Hubiera querido ser arqueólogo. Y de algún modo, no siéndolo, recogía piedras, restos de alfarería. Siempre se encontraban en los médanos. Todo lo que iba juntando lo guardaba en mi habitación. Era una habitación que parecía un museo: sobre todo tenía piedras, puntas de flecha.

¿Cómo estaba compuesta tu familia?

Tengo tres hermanas que viven y un hermano fallecido. Son todos menores, yo fui el primogénito. Yolanda Violeta, la mayor de las mujeres; y después siguen Ida Isabel y Juana Manuela. Mi hermano se llamaba Roberto, falleció hace poco. Mi papá se llamaba Carlos y mi mamá Vicenta.
Yo estuve siempre con mamita y papito hasta que fallecieron. Primero falleció papá, a los 74 años. Después falleció mamita, a los 82 años. Ella me preguntaba: “¿cuántos años tengo yo, Negro?" –ese era mi sobrenombre de siempre, de chiquitito, desde que nací-. Y yo le decía: “mamita, vos tenés 82 años”. “No, yo no tengo 82 años”, decía y se ponía a llorar; entonces le decía “no mamita, vos tenés 52 años” y se ponía contenta mi viejita. Vicenta Ortiz Ñañes o Vicenta Ortiz Pardiño, ese era su nombre.

¿Estudiaste formalmente en alguna institución?

Fui a la escuela, aunque hice hasta sexto grado solamente. Pero luego he leído mucho. Sobre todo de literatura. Siempre me gustó mucho la literatura; la novela no. Digo literatura cuando hablo de poesía. Siempre me gustaron los poemas, y he leído mucho. Y, además, escribí los 76 libros que he escrito.

¿Y cómo te relacionaste con la poesía?

No tengo presente cuándo fue que empezó a interesarme la poesía. Sí recuerdo que yo era niño aún y apareció un anciano con un rollo de papeles escritos y le dijo a mi mamá que yo iba a ser poeta. ¡Y fui poeta! ¿Quién era ese anciano? No sé. Tiene que haber sido algún escritor, algún poeta. Qué lástima que no se me ocurrió preguntarle quién era, yo era un niño y no se me ocurrió. Qué notable eso, ¿no? Con un rollo de papel escrito estaba ese anciano. Me vio y vio mi futuro.
Misterioso, ¿no?

Varios de tus poemas están fechados en El Temple del Diablo. ¿Qué recuerdos tenés de esa peña?

El Temple del Diablo era una peña hermosa, un lugar hermoso. Allí tocaba la guitarra mi querido amigo, el finadito Guillermo Jesús Mareque. A él le enseñó el Temple del Diablo el indígena don Juan Huala. A la peña le pusieron ese nombre por un poema mío. En ese lugar nos juntábamos todos, muchos amigos míos. Enriquito Fernández Mendía, mi amigo de siempre, era uno. Con él recorríamos los boliches y donde llegábamos nos convidaban un vaso de vino tinto.
Anduve por todas las peñas que había: El Camaruco, La Querencia, el Boliche de los Cabrales, de mis amigos Juan y Carlos Cabral. Ese boliche quedaba un poco lejos, para el lado de Villa Parque y yo me iba caminando. Nunca aprendí a manejar autos y a caballo tampoco andaba, sólo anduve cuando hice el servicio militar.
Había otra peña que se llamaba El Encuentro, que empezó a funcionar en forma contemporánea al Temple del Diablo.

Mucha gente de Santa Rosa recuerda haberte visto caminando en las madrugadas con un maletín en tus manos.

Es que yo salía a caminar en la noche, en las madrugadas. Andaba yo con mi linterna y cuando venían los perros los alumbraba y se asustaban y corrían. Y por ahí venían tipos extraños, delincuentes, me saludaban: “buenas noches, maestro”, me decían; “buenas noches”, les decía yo y seguía caminando lo más tranquilo, jamás me faltaron el respeto, ni me tocaron ni me golpearon nunca, nunca. ¡Hasta los perros me conocían!
Andaba yo por la noche, recorriendo las peñas. Y después me iba solo por ahí a buscar inspiración. Y ahí nacían los libros. Me acuerdo que me venía la inspiración de arriba, como que me bajaba del cielo y yo escribía sin ningún error ortográfico. Después, cuando estuve internado en psiquiatría, la querida, entre comillas, doctora Rivarola Latini con remedios, o qué sé yo con qué, me robó la inspiración, me destruyó la inspiración y ya no pude escribir más. Intenté escribir varias veces, pero ya no tengo inspiración.

¿Cuándo comenzaste a tomar alcohol?

Tomé vino desde joven, recuerdo que a los 19 ya tomaba. A papito también le gustaba el vino. El le ponía vino a la sopa, vino clarete. Y yo también hacía lo mismo que papá.
Después tuve mi vasito largo, que tenía una tapa de plata. Yo tomaba vino desde muy joven. El vino blanco nunca me gustó. Siempre el tinto tomé. Y ginebra, pero Bols. La ginebra Llave no me gustó nunca. La Bols sí, que rica. Ginebra Bols y vino tinto, y nada más; pero, bueno, también he tomado grapa y otras bebidas blancas, casi todas las bebidas blancas que se toman en el país: caña fuerte, Legui; que se llama así por Leguizamo. Y cantábamos: “Leguizamo solo/ gritan los guapos de la popular”.

Después, con el tiempo, cuando andabas ya por las noches, dicen que eras un buen bebedor…

Mirá, hubo una época que tomaba tanto, pero tanto, unos siete litros de alcohol por día, pero no me hacía mal nada, nada. Después perdí esa facultad y cuando quise beber mucho ¡me agarré una curda terrible! Dicen que yo tenía una técnica para no emborracharme, que al tomar vino lo “masticaba” para que las papilas gustativas no se impregnaran con el alcohol. Eso dicen, ¡pero yo no estoy seguro de eso!

¿Me podés contar eso que decías recién sobre la inspiración que te dictaba los poemas?

La inspiración bajaba del cielo. Y el vino no tenía nada que ver con eso. Era algo que me venía de arriba, como si Dios me la mandara. Era como si alguien me dictara los poemas y hasta los títulos de los libros.
En el caso mío, la inspiración me venía de arriba. Yo sentía que me dictaba los poemas. Venía todo en orden perfecto: título del libro y los poemas. Los poemas hablan de muchas cosas, incluso de cosas que me han ocurrido a mí. De tantas cosas me hablaba la inspiración. Tanto que yo escribí 76 libros. Aunque no se sabe exactamente cuántos fueron los libros que escribí. Yo enumeraba los libros, les iba poniendo el número que correspondía.

¿Cuáles eran tus lecturas en aquellos días?

Leía fundamentalmente a poetas. A Dylan Thomas, por ejemplo. El poeta de Nueva Galia, que después se fue a vivir a Estados Unidos.
He leído a todos los poetas que han llegado a mis manos. Los amigos me prestaban libros, revistas. Y también iba a alguna biblioteca a leer. Leía mucho a los poetas líricos. Y mi poesía es fundamentalmente lírica. También me gustaba Whitman.
Conocí a Manuel J. Castilla, que escribió la "Zamba del río robado". También vino el poeta lírico puntano Raúl Esteban Agüero, a quien le dediqué un poema.

Tus poemas llegaron a la gente. ¿Creés que sucede porque se ve reflejada en ellos de alguna manera?

No sé por qué a la gente le gustaba mi poesía. Será porque le llegaba o por la forma en que yo leo. Parece que estuviera cantando yo cuando leo mis poemas. Eso lo sé porque he escuchado grabaciones leyendo mis poemas. Como si cantara, así leía. Debe ser por el ritmo de los versos, tal vez.

¿Por qué no tenés los libros que escribiste en tu poder?

Cuando estuve internado en el hospital me hicieron firmar un papel en el que dice que yo cedía mi obra. Yo le di mi obra para que me la cuidara a la señora Dora Delia Battiston Martino, ahora viuda de Jaquez después de la muerte del Guri. Yo los conocía desde mucho tiempo antes, ella era mi comadre y el Guri era mi compadre. Yo era el padrino de sus hijos.
Cuando salí del hospital estuve un tiempo en la casa de la Asociación Pampeana de Escritores. Y al tiempo me casé legalmente con Lidia, porque mis colegas me querían dejar en la calle. Entonces, para conseguir una vivienda nos casamos con Chiquita y estamos vivienda acá. Ella me cuida, sin pastillas ni medicamentos.

¿Eso fue en tu última internación? ¿Cuántas veces te llevaron al hospital?

No me acuerdo cuánto tiempo estuve internado la última vez. Me internaron porque me había cortado las venas para suicidarme. Pero me salió un poquito de sangre, ¡nada más! Según me dijeron, estuve varias veces en el hospital.
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Publicado en Confines
N°3 Setiembre de 2007

Presentación por Cristian Aliaga
Entrevista por Andrés Cursaro

Especial para Confines - El extremo Sur
Setiembre de 2007

2 comentarios:

huggh dijo...

tremendo, tremendo post... nada mas que decir... gracias

Irene Gruss dijo...

Así es. Gracias, don; Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char