sábado, 8 de agosto de 2009

Chismes de puerto


Anna Seghers
(Netti Radványi)
(Alemania, 1900-1983)


Yo quería levantarme para salir. Sentía asco. Entonces cambió repentinamente mi estado de ánimo. ¿A causa de qué? Nunca sé las causas que producen ese cambio en mí. De repente, todas estas conversaciones ya no me parecían tan repugnantes, sino más bien grandiosas. Se me antojaban archiviejo chismorreo de puerto, tan viejas como el Viejo Puerto mismo, y aún más viejas. Maravillosos, viejísimos chismes de puerto que nunca dejaron de oírse desde que existía el Mediterráneo; chismes fenicios; chismes cretenses, griegos y romanos. Nunca habían faltado charlatanes que temían por sus sitios en los barcos y por su dinero; ni los que huían de todos los terrores reales o imaginarios de la tierra: madres que habían perdido a sus hijos, hijos que habían perdido a sus madres; los restos de ejércitos diezmados, esclavos fugitivos; gente expulsada de todos los países que, finalmente, había llegado al mar, donde se arrojaba sobre los barcos queriendo ir a descubrir nuevos países, de los que de nuevo sería expulsada. Todos siempre en huida ante la muerte y hacia la muerte. Aquí los barcos debieron haber estado anclados siempre, en este sitio exactamente, porque en él se acababa Europa y empezaba el mar; y debió haber una fonda siempre porque era el lugar en que la ruta desembocaba. Yo me sentía terriblemente viejo, viejo de milenios, porque todo lo había vivido ya una vez; y, al mismo tiempo, me sentía muy joven, deseoso de ver todo lo que habría de suceder. Me sentía inmortal. Pero esa sensación cambió de nuevo, era demasiado fuerte para mí, hombre débil. Me asaltó la desesperación, desesperación y nostalgia. Me dolían mis veintisiete años dilapidados, enterrados en países extraños.

Fragmento de Visado de tránsito
***
En el siguiente fragmento de su novela Tránsito, Anna Seghers revive la muerte de su amigo y escritor Ernst Weiß, al que la autora intentó visitar en su hotel poco después de que éste se hubo suicidado a la llegada de los alemanes a París.
Aquel hotel de la calle de Vaugirard, angosto y alto, era un hotel corriente. La patrona era más guapa de lo normal: tenía un rostro fino y fresco y un cabello negrísimo; llevaba una blusa de seda blanca. Sin pensarlo, le pregunté si tenía una habitación libre. Ella sonrió mientras su mirada fría me examinaba. "Tantas como quiera."
-Antes, otra cosa -dije-. Usted tiene aquí un inquilino, el señor Weidel. ¿Está en casa, por casualidad?
Su rostro y su actitud cambiaron como sólo puede observarse en los franceses: la más cortés e inimitable indiferencia de repente se torna en cólera cuando pierden el control.
Muy alterada por el enfado, dijo estas frases:
"Ya es la segunda vez que en un mismo día se me pregunta por ese hombre. EI señor ha cambiado de domicilio. ¿Cuántas veces tengo que explicarlo?" Yo respondí: "A mí, en todo caso, es la primera vez que me lo dice. Tenga la bondad de decirme dónde vive ahora ese señor."
-¿Y cómo voy a saberlo yo? -dijo la mujer.
Poco a poco me di cuenta de que también ella tenía miedo. Pero ¿por qué?
"No sé dónde estará ahora, es lo único que puedo decirle." Al final se lo llevó la Gestapo, pensé yo. Puse mi mano sobre el brazo de la mujer; pero ella no lo apartó sino que me miró con una mezcla de ironía e inquietud. "No conozco a ese hombre de nada -aseguré yo-, se me ha pedido que le haga llegar algo, eso es todo, algo muy importante para él. Tampoco quiero hacer esperar a un desconocido."
Me miró atentamente. Luego me condujo hasta una pequeña habitación al lado de la entrada. Tras titubear volvió a hablar: "No puede usted imaginarse todos los disgustos que ese hombre me ha causado. Llegó el 15 por la tarde, cuando los alemanes llegaron. Yo no había cerrado mi hotel; me quedé. Mi padre decía que en la guerra uno no puede marcharse, porque si no le roban y ensucian a uno todo. Y ¿qué tengo yo que temer a los alemanes? Yo los prefiero a los rojos; por lo menos no me tocarán mi cuenta en el banco. El señor Weidel llegó temblando. Me parece raro que alguien tiemble ante sus propios compatriotas. Yo estaba contenta de tener un inquilino, pues entonces estaba sola en todo el barrio. Pero cuando le llevé la hoja de registro, me rogó que no lo inscribiera. EI señor Langeron, como usted ya sabe, el señor prefecto de la policía, insiste rigurosamente en el registro de todos los extranjeros, y es preciso que haya orden, ¿no?"
-Pues no lo sé exactamente –respondí–, los soldados nazis son también extranjeros y no se registran.
"Bueno, ese señor Weidel, en todo caso, incordiaba con su registro. Me dijo que aún no había dejado su habitación en Auteuil, y que allí ya estaba registrado. No me gustaba nada. Ya antes había vivido en mi hotel, con su mujer. Una mujer preciosa, aunque no se arreglaba mucho y lloraba a menudo. Le aseguro que ese hombre ha causado problemas en todas partes. Por caridad cristiana lo dejé sin registrar, aunque sólo por esa noche, le dije. Pagó por adelantado. Al día siguiente no me bajó el hombre. Voy a abreviar: abrí con mi otra llave. También abrí el pestillo, pues una vez mandé hacer uno de esos aparatos con los que se pueden correr los pestillos desde fuera.
Ella, al decir eso, abrió un cajón y me enseñó el aparato, un gancho de construcción muy hábil.
"El hombre estaba tumbado y vestido sobre la cama. En la mesita de noche había una ampolla de cristal vacía. Si esa ampolla estaba antes llena, eso quería decir que el hombre tendría en el estómago algo que sería capaz de matar todos los gatos de barrio. Por suerte tengo un buen conocido en la policía de Saint Sulpice, y éste me arregló el asunto. Inscribimos al señor Weidel con fecha del día anterior, y después lo dejamos morir. Luego fue enterrado. Esa persona me causó realmente más disgustos que la entrada de los alemanes."
Sea como fuera, está muerto -dije yo. Me levanté.
**
Traducido por Marcos Román Prieto
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char