martes, 23 de agosto de 2011

Final de lluvia

MARÍA CALVIÑO

(Córdoba, Argentina, 1961)

Juguetitos chinos

Le estabas contando a tu hija que cuando éramos chicas
en los cigarrales de Unquillo, venían luciérnagas
como madejas al anochecer,
envueltas en una fosforescencia alegre
y alilada, y hace pensar en eso ver
los juguetitos chinos que se venden
en el acceso al estadio o cerca de los semáforos
después del puente: ovillos vinílicos saltando
prendidos adentro como cascabeles
y caen y ruedan por el camino
de guiones de neón sin apagarse
nunca, sin dejar de hacer ese ruido de supermercado
que disuelve la calle. Esto no tiene nada que ver
con las luciérnagas, bueno, eso pensará ella
quizás cuando se acuerde.
***
Final de lluvia

La única cuerda rota de la lira
muda…el agua la estira
y canta, y la suelta
y canta…
***
Salarium

Ni tu sombra te duplica,
resuena metálica
tu soledad. Aquí,
esperando en la caja
del supermercado, pagando
los impuestos, o en cualquier
otra parte.

Mala combinación
de planos y puntos a mediodía,
sería un chasco también
la calle por la que vas
de no tener estas suaves acacias

Como si las agujas
de algún reloj se hubieran vuelto locas
y ya no se pudiera saber
si son las tres las seis las diez
desvarían las acacias

Mínimas órbitas de luz
“La sal seca lo verde”, eso
parecen decir.

(c) María Calviño
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char