domingo, 16 de mayo de 2010

La gente rezó para que hiciese más frío



"El 27 de enero de 1944, después de 900 días de asedio (un asedio memorable por su duración, por la importancia de las fuerzas implicadas en la lucha, por la potencia de los medios utilizados y por los inauditos sufrimientos soportados por la población), la ciudad de Leningrado pudo finalmente festejar su liberación. El asedio, que duró casi tres años, provocó más de un millón de muertos.
Zdanov, que era entonces secretario del partido en Leningrado, fue obligado a buscar una solución. La única vía de suministro era el lago Ladoga helado, pero hacía falta que el hielo tuviese un espesor de al menos dos metros para sostener a las columnas de camiones. La gente rezó para que hiciese más frío.
(...)
El 22 de noviembre el termómetro señaló 25° bajo cero, y un voluntario a caballo fue enviado a través del lago para probar la nueva pista, a la que los leningradeses habían dado ya el nombre de "carretera de la vida". El experimento tiene éxito. El lago, cubierto de una capa de hielo de dos metros de espesor, es transitable. Zdanov ordena entonces construir una pista para los camiones a fin de enlazar Leningrado con el sector de ferrocarril hacia Moscú todavía en manos de los soviéticos.
A fines de noviembre no hay ya casi raciones que distribuir. El hambre es tan intensa que la gente llega a hervir madera y a mascar el cuero de los zapatos. Los muertos ya no se cuentan. Hay quien esconde el cadáver de un pariente para sacar sus raciones. Otros no dudan, impulsados por la desesperación y el hambre, en cocinar su carne para sí y sus hijos.
Todos los días se repiten episodios tremendos que ya no son noticia. Especial emoción suscita aún el caso de una niña encontrada en una casa de la que no se ha visto salir a nadie desde hace días. Se llama Tania Savicheva, y cuando la sacan está tan débil que no será posible salvarla. Junto a ella es encontrado el diario en que Tania ha anotado hora por hora la tragedia que ha aniquilado a su familia: "Jenia murió el 28 de diciembre de 1941 a las 12,30. La abuela el 25 de enero. Tío Lescia el 10 de mayo a las 4 de la tarde. Mi querida mamá se fue el 13 de mayo a las 7,30. La familia Savich ya no existe. Han muerto todos. Sólo quedo yo".
(...)
En febrero de 1942 mueren en Leningrado una media de 10.000 personas al día, pero para los supervivientes la vida continúa."
***
Del diario de la poeta soviética Vera Inber, que vivía en Leningrado durante el asedio:

"El terreno de nuestro hospital ha sido limpiado de los escombros y ha quedado casi irreconocible. En vez de montones de ruinas hay ahora huertecillos. En la Casa del Estudiante han abierto una sala de comidas de 'alimentación reforzada'. Hay muchas en cada distrito. Gente débil, pálida, exhausta (distrofia de segundo grado) callejea despacio, como asombrada de estar todavía viva... Muchas veces se sientan a descansar y presentan las piernas a los rayos del sol, para curar las úlceras causadas por la falta de vitaminas... Pero entre los leningradeses hay también quienes no pueden moverse ni caminar (distrofia de tercer grado). Yacen en silencio en sus gélidas casas invernales, donde ni la primavera logra penetrar. Estas casas son visitadas por jóvenes médicos, estudiantes de medicina y enfermeras. Los casos más graves son transportados al hospital. Hemos colocado dos mil camas más en nuestro hospital, comprendida la maternidad. En estos tiempos son poquísimos los niños que nacen. ¡Se podría decir que ya ninguno viene al mundo!"
***
VERA INBER
(Rusia, 1890–1972)


Es cara la felicidad que llega fácil,
felicidad -nieve silenciosa.

La felicidad que apenas
arroja su tenue luz estelar;
Esa felicidad simple es más difícil
que la felicidad que no existe.

Traducción: Natalia Litvinova
***
SERGUÉI ALEXANDROVICH ESENIN
(Rusia, 1895- se suicidó el 27 de diciembre de 1925)


CONFESION DE UN GOLFO

No todos saben cantar,
No todos saben ser manzana
Y caer a los pies de otro.
Esta es la suprema
Confesión de un granuja.

Ando intencionalmente despeinado,
Con la cabeza como una lámpara a petróleo.
Me gusta alumbrar en las tinieblas
El otoño sin hojas de vuestros espíritus.
Me gusta que las piedras de los insultos
Caigan sobre mí como granizo vomitado por la tormenta.
Entonces es cuando aprieto con más fuerza
El globo oscilante de mi cabezota.

Con qué nitidez recuerdo entonces
La laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso
Y que en algún lugar viven mi padre y mi madre.
Mis versos les importan un comino,
Pero me quieren como a un campo, como a la carne de su carne,
Como a la buena lluvia que en primavera ayuda a salir a los brotes.
Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas
Cada vez que me lanzan una injuria.

¡Pobres, pobres campesinos!
Seguramente están viejos y feos
Y siguen temiendo a Dios y a los espíritus del pantano.
¡Si sólo pudieran comprender
Que su hijo
Es el mejor poeta de Rusia!
¿Acaso sus corazones no temían por él
Cuando se mojaba los pies en los charcos del otoño?
Ahora anda de sombrero de copa
Y con zapatos de charol.

Pero con el mismo espíritu juguetón de antes.
De aldeano travieso.
Desde lejos saluda con una gran reverencia
A las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías.
Y cuando se cruza con los coches de la plaza,
El olor del estiércol lo remonta a los campos de su tierra
Y está dispuesto a sostener en el aire la cola de cada caballo
Como si fuese la cola de un traje de novia.

Amo mi tierra.
¡La amo con locura!
Aunque sobre ella caiga toda la tristeza y el moho de los sauces.
Gozo con los hocicos inmundos de los cerdos
Y con las notas estridentes de los sapos en el silencio nocturno.
Estoy enfermo de los recuerdos de infancia,
Sueño con la niebla y con la humedad de las tardes de abril,
Cuando nuestro arce se puso en cuclillas
Para calentarse los huesos en la hoguera del crepúsculo.
¡Trepando de rama en rama,
Cuántos huevos no robé de los nidos de las cornejas!
¿Seguirá siendo el mismo de antes, con su copa verde?
¿Tendrá todavía la corteza tan dura?

¿Y tú, mi querido perro fiel
Overo?
La vejez te ha puesto gruñón y ciego
Y vas de un lado a otro del patio arrastrando tu cola caída.
Tu nariz no distingue ya el establo de la casa.
Cuánto no significan para mí nuestras pillerías de antaño
Cuando le robaba pan a mi madre
Y lo comíamos entre los dos, mordiéndolo por turno
Sin sentir repugnancia.

Soy siempre el mismo,
Mi corazón es siempre el mismo.
Los ojos florecen en el rostro como los azulíes en el trigo.
Y yo, extiendo las esteras doradas de mis versos
Quiero decirles a ustedes
Mis palabras más tiernas.

¡Buenas noches a todos!
¡Buenas noches!
Rozando por última vez la hierba del crepúsculo
Ha enmudecido la guadaña de la aurora.
Y siento unas ganas locas
De mear a la luna desde la ventana.
¡Luz azul, en este azul profundo
Ni siquiera la muerte me importa!
¡Qué importa que yo parezca un cínico
Con un farol colgando del trasero!
Viejo, buen y supercabalgado Pegaso,
¿Qué falta me hace a mí tu trote blandengue?
Yo he venido como un severo maestro
A cantar y a ensalzar a las ratas.
Como agosto, vierte
Mi cabeza el vino espumoso de mis cabellos.

Yo quiero ser ese amarillo
Que nos lleva al país que navegamos.

Traducción: Nicanor Parra.
***
JORGE AULICINO
(Buenos Aires, Argentina, 1949)


23

Los esclavos huían por las estepas acribilladas
con el quizás y la vida, aunque en despojos.
Sintieron el pánico ante los Panzer
y el olor de la sangre.
En un segundo ponían en la balanza
la duda en el triunfo final
y el estar en el hospital canalizados y oyendo
los quejidos de los camaradas
y la voz del comisario político, una certeza.
O muertos, carroña indiferente a la victoria.
Así, retrocedieron pero no entregaron sus ciudades.
La aldea sí, la égloga, Esenin, el fuego y la piara.
Su origen y sus madres. No el Kremlin.
No las pútridas cañerías de Stalingrado.
Resistieron como ratas, con el culo expuesto a sus generales
y el disparo de los propios que seguía a los desertores.
Avanzaron con el invierno entre cadáveres y trazadoras.
Y entre dientes decían que la huida es vaguedad.
El que escapa de verdad deja su cuerpo
a los cuervos y al juicio del Partido.

De Cierta dureza en la sintaxis, Ed. Del Dock.
***
Fuente: texto tomado de forosegundaguerramundial.com
Foto: tomada de voltairenet.org

4 comentarios:

huggh dijo...

Sueño con la niebla y con la humedad de las tardes de abril (oh)

Anónimo dijo...

este domingo se volvió maravilloso con estas entregas. Gracias, Irene.
susana.

Irene Gruss dijo...

Gracias, Huggh y Anónimo; Irene

Cíclopa dijo...

Lindo encontrar esto,
saludos,
Natalia Litvinova

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char