martes, 16 de junio de 2009

Midi le juste


En el período que va desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los años cuarenta del s. XX, la lista de artistas que llegaron a Marsella y a la Costa Azul procedentes de París –del mundo entero a través de París– es larga: Manet, Renoir, Van Gogh, Cézanne, Corot, Signac, Pissarro, Daumier, Bonnard, Picasso, Picabia, Vlaminck, Manguin, Vuillard, Lhote, Modigliani, Kisling, Utrillo o Dufy. Se incluyen también pintores provenzales, menos divulgados pero también artistas remarcables, como Monticelli, Ponson, Olive, Dufeu, Dellepiane, Seyssaud, André y Louis-Mathieu Verdilhan, Ambrogiani o Audibert.
Si París, y más concretamente Montparnasse, era el punto de atracción para artistas del mundo entero que llegaban tras recorrer enormes distancias para realizar su trabajo en un ambiente de libertad, Marsella jugaba desde mucho antes el rol de un puerto de mil reencuentros y colores en el corazón del Mediterráneo.
Larue Canebière de Marsella parece emparejarse con el boulevard du Montparnasse; la actividad cosmopolita que se produce en ellas se parece mucho, tanto que es casi idéntica en las terrazas de los cafés o en el interior de las salas llenas de humo donde se juega a las cartas al tiempo que se intenta arreglar el mundo. Montparnasse es ese imán benéfico para todas las fuerzas de expresión artística que permitió a las vanguardias del sigloXX moverse libremente en cualquier dirección. Y Marsella se beneficia de estos avances artísticos, pues inevitablemente, como las golondrinas de invierno, los artistas adquieren cada vez más el hábito de trasladarse a la Costa Azul, al país de las palmeras y de los inviernos suaves. Cuando Renoir compra en 1907 una finca agrícola cerca de Cagnes, descubre esta región al mundo. Tras Renoir, una cuarentena pintores convierten Cannes en la «Montmartre de invierno». Van Gogh vive horas de exaltación en Arles, mientras que Signac descubre Saint-Tropez por el mar e invita allí a todos los pintores jóvenes de París ávidos de nuevas impresiones. En Marsella, Emile Loubon recibe en el Palais des Arts a artistas llegados del mundo entero y bajo su influencia nace, a mitad del siglo XIX, una verdadera escuela provenzal de paisaje. Después del paso de Braque y Picasso, L’Estaque y las Martigues se convierten en lugares de culto para las generaciones venideras. Saint-Paul-de-Vence, Antibes, Saint-Jean-Cap-Ferrat, Sanary, Bandol... son también lugares de reunión para los artistas.
Paul Cézanne, nacido en Aix-en-Provence, con su trabajo, a la vez impresionista y al margen de este movimiento, fue el jefe de filas cuya visión iba a influir en las de sus amigos y en las de las generaciones siguientes. Sus lugares preferidos, L’Estaque y sobre todo la montaña de Sainte-Victoire, fueron tantas veces interpretados por él que hoy no se puede verlos más que a través de su pintura.
Años más tarde los fauvistas se precipitan sobre Tolon, La Ciotat y L’Estaque. Manguin, Dufy, Valtat, Friesz, Marquet y Bonnard gozan con tranquilidad de la armonía provenzal. Montparnasse disemina sus pintores al sol del Midi. Los cielos luminosos les devuelven un vigor que la gran guerra ha empañado en el norte. Modigliani, en compañía de Soutine y Foujita, pasa el verano de 1918 en Cagnes. En 1920 Picasso adopta Juan-les-Pins y la playa de la Garoupe. En adelante será el brillante motor del impulso creativo que no cesará de extenderse alrededor de Vallauris, Vence y Antibes.
Cuando los pintores de Montmartre y de Montparnasse desembarcan en Marsella y se diseminan por la Costa Azul, se encuentran con paisajes preciosos, que cambiarán por completo el curso de sus respectivas historias. «En el Midi sucede que los artistas, y entre ellos los mejores, se olvidan de la vanguardia y dejan ir los pinceles a la antigua usanza, con un estilo más fácil, con intención de descansar un poco, de volver a experimentar las sensaciones que sintieron de jóvenes», escribía Rambert. En el Midi, los artistas encuentran la calma necesaria para trabajar, una calidad de luz y de color excepcionales que los predisponen a actitudes románticas.
Una de las razones más profundas que lleva a los artistas del Norte a instalarse en el Sur, a considerar aquel paisaje saturado de colores como un ejercicio necesario, fue con toda certeza intentar esta progresión, servirse de este tema como de cualquier otro medio para investigar su propio yo profundo.
Tomado de http://www.telepolis.com
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Camille Pissarro
(Francia,1830-1903)

"Todo el arte es anarquista si es bello y bueno."
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Descendiente directo de Corot, Pissarro no busca el brillo por oposición como un Delacroix, sino la suavidad que produce la proximidad; evita yuxtaponer dos matices lejanos entre sí para obtener, por medio del contraste, una nota vibrante, e intenta, por el contrario, disminuir la distancia de esos dos matices por la introducción, en cada uno de ellos, de elementos intermedios, a los que denomina pasajes. La técnica neoimpresionista se basa, precisamente, en el contraste que Pissarro desecha y en la explosiva pureza de los matices que el ojo de Pissarro sufre.

Él no toma de la división más que el procedimiento, el puntito, cuya razón de ser depende, de hecho, de la posibilidad que tal constraste y la conservación de tal pureza se inscriba en un cuadro. En consecuencia, no es difícil comprender que Pissarro haya abandonado el medio del puntito, tan mediocre si se lo aplica de forma aislada.


Pissarro le reprocha a Guillaumin la elección de su paleta y expresa su opinión en una carta que le dirige a su hijo Lucien el 28 de diciembre de 1893: «Ayer vi un cuadro de Guillaumin, es siempre el mismo arte, un poco menos brutal. A pesar de todo su talento, acaba siempre por embetunarlo todo. ¡Qué lástima, cegarse siempre por voluntad propia! Es cierto que lo mismo dice él de mí. Pero yo sé a dónde voy y el porqué de las cosas y en cambio él, que siempre se ha unido a nosotros a la hora de gritar contra los Jules Dupré y todos los oscurantistas, le da la espalda al sol y se vuelve más tenebroso que nunca: cuanto más suba el tono, más pardo se volverá».

Imagen: El Louvre, mañana brumosa, 1901 (Camille Pissarro).
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char