lunes, 30 de noviembre de 2009

Cantos de Maldoror (III)


CANTO TERCERO (fragmento)
¿Sabíais que el Creador... se emborrachaba? ¡Piedad para ese labio mancillado en las copas de la orgía! El erizo, al pasar, le hundió sus púas en la espalda y dijo: «Ahí tienes eso. El sol está en la mitad de su carrera: trabaja, holgazán, y no te comas el pan de los otros. Espera y verás si llamo a las cacatúas de ganchudo pico.» El picoverde y la lechuza, al pasar, le hundieron todo el pico en el vientre y dijeron: «Ahí tienes eso. ¿Qué pretendes hacer en esta tierra? ¿Has venido a ofrecer tan lúgubre comedia a los animales? Pero ni el topo, ni el casoar, ni el flamenco te imitarán, te lo juro.» El asno, al pasar, le dio una coz en la sien y dijo: «Ahí tienes eso. ¿Qué te había hecho yo para que me dieras orejas tan largas? Ni siquiera el grillo deja de despreciarme.» El sapo, al pasar, le lanzó un chorro de baba a la frente y dijo: «Ahí tienes eso. Si no me hubieras hecho tan grande el ojo y te hubiere visto en el estado en que te veo, habría ocultado castamente la belleza de tus miembros bajo una lluvia de ranúnculos, miosotis y camelias, para que nadie te viese.» El león, al pasar, inclinó su regia faz y dijo: «Por mi parte, le respeto aunque su esplendor nos parezca, de momento, eclipsado. Vosotros, que os hacéis los orgullosos, sois sólo unos cobardes porque le habéis atacado cuando dormía, ¿os gustaría que, en su lugar, tuvierais que soportar, de parte de los que pasaran, las injurias que no le habéis ahorrado?
» El hombre, al pasar, se detuvo ante el desconocido Creador, y, entre los aplausos de la ladilla y la víbora, defecó durante tres días sobre su augusto rostro. ¡Ay del hombre culpable de esta injuria!, pues no respetó al enemigo, tendido en la mezcla de barro, sangre y vino, indefenso y casi inanimado... Entonces, el Dios soberano, despertado al fin por tan mezquinos insultos, se levantó como pudo, tambaleándose fue a sentarse en una piedra, con los brazos colgando, como los dos testículos del tísico, y lanzó una mirada vidriosa, sin fuego, a toda la naturaleza que le pertenecía. ¡Oh!, humanos, sois niños terribles; pero, os lo suplico, respetemos esa gran existencia que no ha terminado todavía de digerir el licor inmundo y, no habiendo conservado fuerzas bastantes para mantenerse en pie, ha vuelto a caer, pesadamente, sobre esa roca en la que se sienta como un viajero. Prestad atención a este mendigo que pasa; ha visto que el derviche le tendía un brazo famélico y, sin saber a quién daba limosna, ha depositado un mendrugo de pan en esa mano que implora misericordia.
El Creador se lo ha agradecido con una inclinación de cabeza. ¡Oh!, ¡nunca sabréis qué difícil es empuñar constantemente las riendas del universo! A veces, la sangre sube a la cabeza cuando se está empeñado en sacar de la nada un postrer cometa, con una nueva raza de espíritus. La inteligencia, demasiado conmovida de los pies a la cabeza, se retira como un vencido y puede caer, una vez en la vida, en los extravíos de que habéis sido testigos.

Ilustración: Durero
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char