domingo, 10 de abril de 2011

Vestía harapos pero limpios

JORGE AMADO

(Brasil, 1912-2001)

Fragmento de La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua


Hasta hoy persiste cierta confusión en torno de la muerte de Quincas Berro Dágua. Dudas por explicar, detalles absurdos, contradicciones en las declaraciones de los testigos. lagunas diversas. No hay claridad sobre hora, lugar y últimas palabras. La familia, apoyada por vecinos y conocidos, se mantiene intransigentemente en la versión de la tranquila muerte matinal, sin testigos, sin boato y sin palabras, acaecida veinte horas antes de aquella otra propalada y comentada muerte en la agonía de la noche, cuando la Luna se deshizo sobre el mar y acontecimientos misteriosos ocurrieron en los muelles de Bahía.

Escuchadas, sin embargo, por testigos idóneos, ampliamente comentadas en las laderas y en las callejuelas recónditas, las últimas palabras, repetidas de boca en boca, representaron, en la opinión de aquella gente, más que una simple despedida del mundo un testimonio profético, un mensaje de profundo contenido (como escribiría algún joven autor de nuestro tiempo).

Hubo testigos idóneos, como Mestre Manuel y Quitéria Ojo Asombrado, mujer de palabra; y a pesar de eso hay quien niega toda autenticidad no sólo a la admirada frase póstuma sino también a todos los acontecimientos de aquella noche memorable, cuando en hora dudosa y condiciones discutibles, Quincas Berro Dágua se zambulló en el mar de Bahía y partió para nunca más volver.
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Fragmento de Doña Flor y sus dos maridos

Al cumplirse los seis meses de viuda, doña Flor alivió el luto, hasta entonces cerrado, que la obligó a llevar, tanto en la calle como en la casa, negros vestidos sin escote. Un único matiz en tanta negritud: las medias color humo.

Por eso aquella mañana, las alumnas (una nueva promoción, numerosa y simpática), al verla con una blusa clara con guirnaldas oscuras, un collar de perlas falsas al cuello y un leve toque de color en los labios, prorrumpieron en aplausos entusiastas a la “traviesa profesora”. Todavía tenía que esperar seis meses más para poder usar el verde y el rosa, el amarillo y el azul, el rojo y el habano, así como los nuevos y sensacionales colores de moda: azul rey, azul pervanche, hortensia, verdemar.

La “traviesa profesora”, sí. Como en el verso de doña Magá Paternostro, la ricacha. Porque, en verdad, doña Flor había aligerado también el luto interior, se había desprendido de los velos de la muerte, desde que, en la víspera de la misa del primer mes, enterró dentro de sí toda la pesadumbre del difunto. Por respeto a las costumbres y a los vecinos mantuvo el rigor del negro, pero volviendo a ostentar, sin embargo, su risa serena, su atenta cordialidad, su interés por las circunstancias diarias, su condición de esmerada dueña de casa. Todavía cierta sombra melancólica le daba de vez en cuando un aire pensativo que agregaba una nueva calidad a su doméstica hermosura, con un cierto encanto nostálgico; pero al mismo tiempo se la veía llena de curiosidad por la vida que transcurría en torno suyo e imprimiendo vigoroso aliento a la “Escuela de Culinaria”, cuyo prestigio había descuidado durante el primer mes.

No volvió a aparecer en su boca el nombre del finado; parecía haberlo olvidado por completo, como si después de la crisis y la obsesión pensara, igual que doña Dinorá y sus comparsas, que la muerte del granuja era para ella una carta de emancipación, habiendo llegado por fin a un acuerdo la viuda y las beatas. Al menos eso parecía. (…).
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Fragmento de Gabriela, clavo y canela

Introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz?
Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados se habían transformado en una cabellera suelta, negra, acaracolada. Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en su atadito. Un desgarrón en la falda dejaba ver un pedazo de muslo color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del sueño, el rostro sonreía.
–¡Mi Dios! -Nacib se quedó parado, sin poder creer.
La miraba con un espanto sin límites; ¿cómo se había escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos?
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Fragmento de Capitanes de la Arena

Entonces se portaron como niños, gozaron de una felicidad que antes nunca habían gozado, ni en su infancia de hijos de campesino: montar en el caballo de madera de un carrusel, mientras sonaba la música de una pianola y las luces ofrecían todos los colores.
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Foto: San Salvador de Bahía, Brasil
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char