domingo, 2 de mayo de 2010

No de reposo sino de menor pena


Dante Alighieri
(Florencia, Italia, 1265-Rávena, 1321)
De La divina commedia

Versión de Jorge Aulicino

**
Infierno, Canto Quinto
Paolo y Francesca


Así descendí del primer círculo
al segundo, que menos lugar tiene
y tanto más dolor, que punza al grito.

Allí, el horrible Minos, que rechina,
examina los pecados en la entrada,
juzga y ordena según como se lía.

Digo que cuando un alma mal nacida
se presenta, toda se confiesa;
y aquel conocedor de los pecados

ve qué lugar del Infierno es para ella;
se ciñe con la cola tantas vueltas
como grados quiere que allá sea mandada.

Siempre, delante de él, se encuentran muchas:
van esperando cada una el veredicto,
dicen y oyen, y después ruedan abajo.

"Oh tú que vienes al doloroso hospicio",
me dijo Minos, cuando me vio,
abandonando el alto acto de su oficio,

"¡mira cómo entras y en quién confías:
no te engañe el ancho de la puerta!".
Y mi duca a él: "¿Por qué siempre gritas?

"No impidas su fatal camino:
así se dispuso allá donde se puede
lo que se quiere. Y no preguntes más."

Ahora comienzan las dolientes notas
a hacérseme sentir; ahora he llegado
allá donde mucho llanto me golpea.

Llegué al sitio de toda luz privado,
que mugía como hace el mar en la tormenta
si los vientos contrarios lo combaten.

La tempestad infernal, que nunca cesa,
en su rapiña lleva y trae los espíritus;
volviendo y percutiendo los fastidia.

Cuando llegan delante de la ruina,
allí los gritos, la queja, el lamento;
allí blasfeman la virtud divina.

Entendí que a este tipo de tormento
eran condenados los pecadores de la carne
que la razón sometieron al talante.

Y como los estorninos van con sus alas,
en el frío, en bandadas largas y apretadas,
así aquel resuello a los espíritus malos

arriba, abajo, aquí y allá los lleva;
ninguna esperanza los consuela,
no de reposo, sino de menor pena.

Y como las grullas van cantando sus endechas
haciendo en el aire de sí una larga hilera,
así vi llegar, trayendo sus lamentos

sombras llevadas por aquella brega;
por lo que dije: "Maestro, ¿quiénes son ellas
a las que el aire negro así golpea?".

"La primera de quienes noticias
quieres saber", me dijo él entonces,
"fue emperatriz de muchas lenguas.

"Al vicio de la lujuria tanto se arrojó
que la lascivia permitió en sus leyes
para blanquear el desdoro en que vivía.

"Ella es Semiramis, de quien se lee
que sucedió a Nino y fue su esposa;
tuvo la tierra donde el Sultán gobierna.

"La otra es la que se mató enamorada
y quebró la fidelidad a las cenizas de Siqueo; *
después viene Cleopatra lujuriosa.

"A Elena mira, por la que tantos reos
el tiempo se cobró, y mira al gran Aquiles,
que combatió finalmente por amor.

"Mira a Paris, a Tristán"; y más de mil
sombras me mostró, y nombró, a dedo,
a los que amor arrojó de nuestra vida.

Después que hube a mi doctor oído **
nombrar las damas antiguas y los caballeros,
piedad me alcanzó, y fui casi extraviado.

Yo comencé: "Poeta, de buen grado
hablaría a esos dos que van juntos
y parecen en el viento tan ligeros".

Y él a mí: "Mejor verás cuando lleguen
más cerca de nosotros; entonces ruégales
por el amor que los lleva, y vendrán".

Tan pronto como el viento nos los trajo,
levanté la voz: "¡Oh almas afanosas,
vengan a hablarnos, si otros no lo niegan!".

Como palomas por el deseo llamadas
que con alas firmes al dulce nido
vuelan por el aire del querer llevadas,

así salieron del grupo en que estaba Dido,
hacia nosotros por el aire malo,
tan claro fue el afectuoso grito.

"Oh animal hecho de gracia y benigno
que vienes a visitar el aire condenado,
nosotros que teñimos sanguinolento el mundo,

"si fuese nuestro amigo el rey del universo
le rogaríamos que la paz te concediera,
ya que tienes piedad por nuestro mal perverso.

"De lo que oír y hablar te place,
nosotros hablaremos y oiremos,
mientras el viento, como ahora, calle.

"Está la tierra donde yo he nacido,
sobre la marina en que el Po desciende
para haber paz con los secuaces suyos.

"Amor que al corazón gentil se prende,
prendó a éste del hermoso cuerpo
que me quitaron; y el modo aún me ofende.

"Amor, que a ningún amado amar perdona,
encendió por éste en mí placer tan fuerte
que, como ves, aún no me abandona.

"Amor nos llevó a una sola muerte.
la Caína espera al que nos quitó la vida." ***
Estas palabras ellos nos dijeron.

Cuando comprendí a aquellas almas ofendidas,
incliné el rostro, y tanto así lo tuve,
que me dijo el poeta: "¿En qué piensas?".

Cuando respondí, comencé: "¡Oh miseria!
¡Qué tan dulces pensamientos, tanto deseo,
llevaron a estos dos al doloroso trance!".

Después me volví a ellos, y hablé,
y comencé: "Francisca, tu martirio
lagrimear me hace, triste y pío.

"Pero dime: en la edad de los suspiros,
¿por qué y cómo les concedió el amor
que conocieran el deseo dudoso?"

Y ella a mí: "No hay mayor dolor
que acordarse del tiempo venturoso
en la miseria; y eso lo sabe tu doctor. ****

"Pero si conocer la raíz primera
de nuestro amor quieres con afecto,
haré como aquel que llora y habla.

"Leíamos un día por deleite,
sobre Lanzarote, cómo amor lo hería:
solos estábamos, y sin ningún recelo.

"Muchas veces, nuestros ojos suspendieron
la lectura, y palideció el semblante,
pero al fin sólo nos venció un pasaje.

"Cuando leímos que la deseada risa
fuera besada por el gran amante,
éste, que jamás de mí será apartado,

"la boca me besó, todo tremante.
Galeoto fueron el autor y lo narrado; *****
no seguimos leyendo más en ese día".

Y mientras un espíritu esto decía,
el otro lloraba tanto, que de piedad
vine yo a sentir como quien muere;
y caí, como cuerpo muerto cae.


* Dido, que se mató por amor a Eneas

** Alude a Virgilio, su compañero

*** La Caína es la primera zona del Noveno Círculo, en el que sufren los traidores a su sangre. El matador de Paolo y Francesca ha sido el marido de ella, hermano de Paolo - Cf. Canto Trigésimo Segundo

**** Se supone alusión a La Eneida, de Virgilio, Canto II, en que Eneas cuenta a Dido la destrucción de Troya

**** Galeoto ayudó a Lanzarote a conquistar los amores de Ginebra en la saga artúrica

Inferno, Canto quinto
Così discesi del cerchio primaio / giù nel secondo, che men loco cinghia, / e tanto più dolor, che punge a guaio.// Stavvi Minòs orribilmente, e ringhia:/ essamina le colpe ne l'intrata;/ giudica e manda secondo ch'avvinghia.// Dico che quando l'anima mal nata/ li vien dinanzi, tutta si confessa;/ quel conoscitor de le peccata / vede qual loco d'inferno è da essa;/ cignesi con la coda tante volte/ quantunque gradi vuol che giù sia messa.// Sempre dinanzi a lui ne stanno molte;/ Vanno a vicenda ciascuna al giudizio;/ dicono e odono, e poi son giù volte.// «O tu che vieni al doloroso ospizio»,/ disse Minòs a me quando mi vide,/ lasciando l'atto di cotanto offizio,// «guarda com'entri e di cui tu ti fide;/ non t'inganni l'ampiezza de l'intrare!»./ E 'l duca mio a lui: «Perché pur gride? // Non impedir lo suo fatale andare:/ vuolsi così colà dove si puote/ ciò che si vuole, e più non dimandare».// Or incomincian le dolenti note/ a farmisi sentire; or son venuto/ là dove molto pianto mi percuote.// Io venni in loco d'ogne luce muto,/ che mugghia come fa mar per tempesta,/ se da contrari venti è combattuto.// La bufera infernal, che mai non resta,/ mena li spirti con la sua rapina;/ voltando e percotendo li molesta.// Quando giungon davanti a la ruina,/ quivi le strida, il compianto, il lamento;/ bestemmian quivi la virtù divina.// Intesi ch'a così fatto tormento/ enno dannati i peccator carnali,/ che la ragion sommettono al talento.// E come li stornei ne portan l'ali/ nel freddo tempo, a schiera larga e piena,/ così quel fiato li spiriti mali// di qua, di là, di giù, di sù li mena;/ nulla speranza li conforta mai,/ non che di posa, ma di minor pena.// E come i gru van cantando lor lai,/ faccendo in aere di sé lunga riga,/ così vid'io venir, traendo guai,// ombre portate da la detta briga;/ per ch'i' dissi: «Maestro, chi son quelle/ genti che l'aura nera sì gastiga?».// «La prima di color di cui novelle/ tu vuo' saper», mi disse quelli allotta,/ «fu imperadrice di molte favelle.// A vizio di lussuria fu sì rotta,/ che libito fé licito in sua legge,/ per tòrre il biasmo in che era condotta.// Ell'è Semiramìs, di cui si legge/ che succedette a Nino e fu sua sposa:/ tenne la terra che 'l Soldan corregge.// L'altra è colei che s'ancise amorosa,/ e ruppe fede al cener di Sicheo;/ poi è Cleopatràs lussuriosa.// Elena vedi, per cui tanto reo/ tempo si volse, e vedi 'l grande Achille,/ che con amore al fine combatteo.// Vedi Parìs, Tristano»; e più di mille/ ombre mostrommi e nominommi a dito,// ch'amor di nostra vita dipartille.// Poscia ch'io ebbi il mio dottore udito/ nomar le donne antiche e ' cavalieri,/ pietà mi giunse, e fui quasi smarrito.// I' cominciai: «Poeta, volontieri/ parlerei a quei due che 'nsieme vanno,/ e paion sì al vento esser leggieri».// Ed elli a me: «Vedrai quando saranno/ più presso a noi; e tu allor li priega/ per quello amor che i mena, ed ei verranno».// Sì tosto come il vento a noi li piega,/ mossi la voce: «O anime affannate,/ venite a noi parlar, s'altri nol niega!».// Quali colombe dal disio chiamate/ con l'ali alzate e ferme al dolce nido/ vegnon per l'aere, dal voler portate;// cotali uscir de la schiera ov'è Dido,/ a noi venendo per l'aere maligno,/ sì forte fu l'affettuoso grido.// «O animal grazioso e benigno/ che visitando vai per l'aere perso/ noi che tignemmo il mondo di sanguigno,// se fosse amico il re de l'universo,/ noi pregheremmo lui de la tua pace,/ poi c'hai pietà del nostro mal perverso.// Di quel che udire e che parlar vi piace,/ noi udiremo e parleremo a voi,/ mentre che 'l vento, come fa, ci tace./ Siede la terra dove nata fui/ su la marina dove 'l Po discende/ per aver pace co' seguaci sui.// Amor, ch'al cor gentil ratto s'apprende/ prese costui de la bella persona/ he mi fu tolta; e 'l modo ancor m'offende.// Amor, ch'a nullo amato amar perdona,/ mi prese del costui piacer sì forte,/ che, come vedi, ancor non m'abbandona.// Amor condusse noi ad una morte:/ Caina attende chi a vita ci spense»./ Queste parole da lor ci fuor porte.// Quand'io intesi quell'anime offense,/ china' il viso e tanto il tenni basso,/ fin che 'l poeta mi disse: «Che pense?».// Quando rispuosi, cominciai: «Oh lasso,/ quanti dolci pensier, quanto disio/ menò costoro al doloroso passo!».// Poi mi rivolsi a loro e parla' io,/ e cominciai: «Francesca, i tuoi martìri/ a lagrimar mi fanno tristo e pio./ Ma dimmi: al tempo de' dolci sospiri,/ a che e come concedette amore/ che conosceste i dubbiosi disiri?».// E quella a me: «Nessun maggior dolore/ che ricordarsi del tempo felice/ ne la miseria; e ciò sa 'l tuo dottore.// Ma s'a conoscer la prima radice/ del nostro amor tu hai cotanto affetto,/ dirò come colui che piange e dice.// Noi leggiavamo un giorno per diletto/ di Lancialotto come amor lo strinse;/ soli eravamo e sanza alcun sospetto.// Per più fiate li occhi ci sospinse/ quella lettura, e scolorocci il viso;/ ma solo un punto fu quel che ci vinse.// Quando leggemmo il disiato riso/ esser basciato da cotanto amante,/ questi, che mai da me non fia diviso,// la bocca mi basciò tutto tremante./ Galeotto fu 'l libro e chi lo scrisse:/ quel giorno più non vi leggemmo avante».// Mentre che l'uno spirto questo disse,/ l'altro piangea; sì che di pietade/ io venni men così com'io morisse./ E caddi come corpo morto cade.
**
Imagen: Paolo y Francesca , de Anselmo Friedrich Feuerbach
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char