domingo, 29 de noviembre de 2009

CANTOS DE MALDOROR (II)


Canto segundo
(Fragmento)

Era un día de primavera. Los pájaros derramaban sus cánticos en alegres trinos y los humanos, que habían acudido a sus distintas obligaciones, se bañaban en la santidad de la fatiga. Todo trabajaba en su destino: los árboles, los planetas, los escualos. ¡Todo, excepto el Creador! Estaba tendido en el camino, con las ropas desgarradas. Su labio inferior pendía como un cable somnífero; sus dientes no habían sido lavados y el polvo se mezclaba con las rubias ondas de sus cabellos. Amodorrado por un pesado sopor, molido por los guijarros, su cuerpo hacía inútiles esfuerzos para levantarse. Sus fuerzas le habían abandonado y yacía allí, débil como la lombriz, impasible como la corteza. Chorros de vino llenaban los agujeros excavados por la nerviosa agitación de sus hombros. El embrutecimiento, de porcino hocico, le cubría con sus alas protectoras y le lanzaba amorosas miradas. Sus piernas, de relajados músculos, barrían el suelo como dos mástiles ciegos. La sangre manaba de su nariz: en su caída se había golpeado la cara contra un poste... ¡Estaba borracho! ¡Horriblemente borracho! ¡Borracho como una chinche que se hubiera atracado durante la noche con tres toneles de sangre! Llenaba el eco de incoherentes palabras que me guardaré mucho de repetir aquí, si el supremo beodo no se respeta, yo debo respetar a los hombres.

Ilustración: Durero
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char