sábado, 27 de noviembre de 2010

Tempus fugit. Definitivamente

WYSTAN HUGH AUDEN

(York, Inglaterra, 1907-Viena, Austria, 1973)


Epílogo
(Fragmento)

Sólo los pájaros poco melodiosos,
guerreros inarticulados,
necesitan un plumaje llamativo.
***
La Naturaleza, consecuente y augusta,
no puede enseñarnos qué escribir o hacer:
con Ella lo real siempre es cierto,
y lo que es cierto también es justo.

Versión de Eduardo Iriarte
***
En memoria de W. B. Yeats
I

Desapareció en medio del invierno:
los arroyos estaban congelados, los aeropuertos casi desiertos
y la nieve deformaba las estatuas;
el mercurio se hundía en la boca del día moribundo.
Los instrumentos con que contamos coinciden
en que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.

Lejos de su enfermedad,
los lobos seguían corriendo en los bosques siempre verdes,
el río pueblerino no se dejaba tentar por los muelles en boga;
voces enlutadas
ocultaban la muerte del poeta a sus poemas.

Para él, sin embargo, su última tarde fue como él mismo,
una tarde de enfermeras y rumores;
las provincias de su cuerpo se rebelaron,
las plazas de su mente estaban vacías,
el silencio invadió los suburbios,
se cortó la corriente de su visión; se volvió sus admiradores.

Ahora está diseminado en cien ciudades,
enteramente abandonado a afectos desconocidos,
a hallar su dicha en otra clase de bosque
y ser castigado con un código ajeno de conciencia.
Las palabras de los muertos
se alteran en las entrañas de los vivos.

Pero en el ruido y la importancia de mañana
cuando los corredores estén rugiendo como animales en el piso de la Bolsa,
y los pobres tengan los sufrimientos a los que están harto habituados,
y cada uno en la celda de sí mismo esté casi convencido de su libertad,
algunos miles recordarán este día
como uno recuerda un día en que hizo algo
ligeramente inusual.

Los instrumentos con que contamos coinciden
en que el día de su muerte fue un día oscuro y frío.

III

Acoge, tierra, a un huésped honorable:
William Yeats recibe sepultura.
Que el ánfora irlandesa
descanse vaciada de su poesía.

En la pesadilla de las tinieblas
ladran todos los perros de Europa,
y las naciones vivas aguardan,
secuestradas en su odio cada una;

La deshonra intelectual
mira desde cada rostro humano,
y en cada mirada están bloqueados y congelados
los mares de la piedad.

Sigue, poeta, sigue derecho
hacia el fondo de la noche,
convéncenos aún de celebrar,
con tu voz que no obliga;

con el cultivo de un verso
haz de la maldición una viña,
canta sobre el fracaso del hombre
en un rapto de angustia;

deja fluir la fuente que cura
en los desiertos del corazón,
en la prisión de sus días
enseña al hombre libre la manera de alabar.

Versión de Gerardo Gambolini
***
Mis reflexiones me condenan

Mis reflexiones me condenan,
y me pregunto cómo me atrevo
a mirarte a los ojos.
¿Qué derecho tengo de jurar
siendo la una de la madrugada
que te amaré hasta que muera?
La tierra enfrenta muchos crímenes
para preocuparse por mentiras banales;
si puedo dar mi palabra
el perdón puede repetirse
una y otra vez
en el tiempo. Lo cual es absurdo.
Tempus fugit. Definitivamente.
Así que termina tu trago.
Toda la carne es hierba. Lo es.
¿Pero quién puede decir
con seriedad o liviandad
qué resultará de eso?

Versión de Silvia Camerotto
***
Paren los relojes...

Paren los relojes, descuelguen el teléfono,
dénle al perro un buen hueso para que no ladre;
acallen los pianos, suene sordo el tambor,
levanten el cajón y el cortejo, que avance.
Que los aeroplanos den vueltas gimiendo
y garabateen en el cielo: "Él ha muerto";
a cada paloma pública cuélguenle un crespón,
y la policía, que dirija el tráfico
usando guantes negros de algodón.
Él era mi Sur, mi Norte, mi Este y mi Oeste era,
mi semana laboral y mi descanso del domingo,
mi charla, mi canto, mi alta noche y mi mediodía.
Pensé que el amor por siempre duraría:
estaba en un error.
Ya no hacen falta estrellas, sáquenlas a todas;
desmantelen el sol y la luna sea guardada;
desagoten el mar y acaben con el bosque;
nada de todo eso sirve ya para nada.

Traducción de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich
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Imagen tomada de 2.bp.blogspot.com
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char