sábado, 30 de mayo de 2009

Solo, cercado por reflejos




Poesía de Arseni Tarkovski, padre del director de cine.
(tomado de La jornada)
Jorge Bustamante García, poeta y maestro de traductores, nos dice que “Arseni Tarkovski fue un poeta barroco extraviado en un tiempo extraño”.

Aunque su obra no es muy extensa, siempre vivió para la poesía. La cultivó, la padeció, la veneró, la disfrutó: miró con atención las cosas del mundo. Quienquiera que haya visto el cine de Andréi Tarkovski sabe de la influencia poética que ejerció Arseni en varias de las espléndidas películas de su hijo: en El espejo se incluyen algunos poemas del padre, lo mismo que en Nostalgia, y en el documental El sacrificio el cineasta Andréi realiza extensos monólogos sobre la poesía, con una inspiración que indudablemente recibió desde la infancia. Ante la grisura de tiempos míseros, el poeta se refugió durante largos años en la traducción de la poesía oriental: tradujo a poetas turcos, armenios, georgianos y árabes. Su propia poesía se fue dando lentamente, sin premuras, en perfecto diálogo entre el silencio y la pasión por la escritura. Estuvo condenado a escribir o no escribir y se sometió sólo a su propio ritmo interior, con largas pausas entre poema y poema, obedeciendo únicamente a una intensa necesidad interna. Pensaba sólo en alcanzar, de la mejor manera posible, los objetivos estéticos que él mismo se planteaba, y no en complacer a nadie: ni a los lectores potenciales, ni al régimen, ni a la ideología imperante. El vanguardismo, el constructivismo, la literatura por requerimiento social, todos los “ismos” fueron ajenos a su musa desde el principio. No se manifestó, en fin, como un poeta soviético, sino como un poeta ruso.

Arseni Tarkovski nació el 25 de junio de 1907 en Elizavetgrado. Su padre, Alexander Tarkovski (1862-1924), fue funcionario de un banco de esa ciudad y colaborador de algunos periódicos de provincia. Simpatizante de los revolucionarios de finales del siglo XIX, pagó su osadía con cinco años de destierro en Siberia Oriental. Fue el padre el que despertó en Arseni la pasión por la poesía. Cuando contaba apenas con siete años de edad, en 1914, lo llevó a las tertulias de los simbolistas Sologub, Balmont y Severianin. Años después el joven Arseni leyó en Leningrado sus primeros poemas a Sologub. Tras escucharlo, el maestro le lanzó a quemarropa el siguiente juicio: “Sus poemas son malos, joven, pero no se desanime: escriba y escriba, quizás algo resulte después”. Tarkovski no se desanimó y se inscribió en los Cursos Superiores de Literatura de la Unión de Poetas. Por esa época frecuentó con otros jóvenes poetas a Osip Mandelstam y se ganó la vida escribiendo crónicas judiciales para un periódico, folletines políticos para una revista y trabajando para la radio estatal de la URSS.

En 1940 conoció a Marina Tsvetáieva y tras el suicidio de la poeta escribió un ciclo de poemas en su memoria: `”Dónde está tu retumbante ola,/ Ola marina y sofocante,/ Estrella fugaz, alada amiga,/ ¿Qué fue lo que te sucedió?”. Durante la segunda guerra mundial o la Gran Guerra Patria, como suelen llamarla los rusos, fue corresponsal en el frente, recibió el grado de capitán y, como un Apollinaire de las estepas, escribió poemas bajo el zumbido de los combates. Herido gravemente, sufrió la amputación de una pierna. Después de la guerra trató a Anna Ajmátova, continuó traduciendo y se aisló con exasperación del medio literario. Tras varios intentos frustrados publicó, por fin, su primer libro: Ante la nieve, en 1962, a los cincuenta y cinco años de edad (casualmente, el mismo año en que su hijo Andréi recibe el Gran Premio del Festival de Venecia por su película La infancia de Iván).
(...)

Una observación final. Al traducir algunos de los poemas de Tarkovski, pensé sin poder evitarlo, no sé por qué, en ciertos textos de Macedonio Fernández. Hay algo en el espíritu de estos dos poetas que extrañamente los aproxima. Al menos ciertos versos. Tarkovski escribió: “No existe la muerte,/ la vida es eterna…/ sólo hay vida y luz,/ ni oscuridad ni muerte hay en este mundo”, y como si fuera un eco, Macedonio propone: “La muerte no es la nada, sino que nada es./ No hay lo opuesto a la vida; su contrario no hay.”
Arseni Tarkovski murió en 1989, en Moscú.
Jorge Bustamante García

Poemas
de Arseni Tarkovski

No creo en presentimientos, ni temo
A los agüeros. Acepto el veneno,
La calumnia. No existe la muerte,
La vida es eterna. No hay que temer
A la muerte ni a los diecisiete,
Ni a los setenta. Sólo hay vida y luz,
Ni oscuridad, ni muerte hay en este mundo.
Todos estamos a la orilla del mar
Y soy de los que eligen la red
Cuando la eternidad pasa de largo.
(1965)


Soñé esto alguna vez, lo sueño ahora,
Sé que lo volveré a soñar de nuevo,
Todo se repetirá, todo reencarnará,
Y usted soñará todo lo que yo soñé.
Allá, lejos de nosotros, lejos del mundo,
La ola una y otra vez golpea la orilla
Y en ella hay estrellas, personas, pájaros,
Realidad, sueño y muerte… en la ola eterna.
No necesito fechas: fui, soy y seré,
La vida es el mayor de los milagros.
Solo, como un huérfano, en él yo vivo.
Solo, entre espejos, cercado por reflejos
De mares y ciudades, vivo en la embriaguez.
Y la madre llorando toma al niño en el regazo.
(1974)

La casa de enfrente

Demolieron la casa de enfrente.
Los inquilinos se fueron contentos.
Llevando consigo sofás, ollas, flores,
Espejos torcidos y gatos.
El viejo miró la casa desde el camión,
Y sintió que el tiempo lo atrapaba,
Todo se quedó así para siempre.
Entonces surgió el descontento,
Un polvo seco comenzó a brillar
Lento mientras caía la noche.
En la casa quedaron sueños, recuerdos,
Esperanzas perdidas y deseos.
Demolieron todo, se llevaron los troncos.
Pero los fantasmas del pasado
De ahí no se alejaron ni un paso
Y le cantaron de nuevo al cerezo.
Bebieron vino blanco en las bodas,
Iban al trabajo y al cine.
Trasladaban ataúdes en toallas,
Se prestaban, unos a otros, dinero,
Dormían en colchones de bruma
Y arrullaban a sus primogénitos,
Mientras la áspera encía de la máquina
Lamía sus arcillas roñosas,
Y en una pata, como sobre una “T”,
La grúa giraba y giraba.
(1958)


Como hace cuarenta años,
Palpitaciones y ruidos
De pasos, una casa y un jardín,
Una vela, la mirada miope,
Que no exige ni juramento,
Ni caución. Bullicio en la ciudad.
Amanece. Llueve y una oscura
Y empapada vid silvestre
Se enrolla a la pared, huérfana,
Como hace cuarenta años.
(1969)


En el último mes del otoño,
Al final
De la amarga vida,
Colmado de tristeza,
Yo entré
A un bosque sin nombre y sin hojas.
Lo cubría por completo
El blanco cristal
Lechoso de la niebla.
por las ramas claras
Lágrimas limpias caían
Como de árboles que lloran en la víspera
De este invierno vacío de color.
Y ahí sucedió un milagro:
Al atardecer
El azul brilló en las nubes
Y un rayo vivo, como en junio, atravesó
Desde los días futuros mi pasado.
Y lloraron los árboles la víspera
Del trabajo noble y la abundancia,
De la ventisca alegre que aletea en el azul.
Los pájaros guiaban la ronda,
Como las manos que por el teclado
Urdían los acordes más sublimes.
(1978)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char