martes, 5 de abril de 2011

No se escribe sobre, se escribe en

Entrevista a ROBERTO RASCHELLA
(Buenos Aires, Argentina,1930)
Por Juan Pablo Bertazza
Fuente: Página 12
(fragmentos)

“Yo soy el primer sorprendido, nunca pensé que iba a escribir poesía”, revela como un niño este joven nacido en 1930 (como Juan Gelman, María Elena Walsh y Hugo di Taranto), que en su adolescencia leía filosofía, historia y política, pero casi nunca ficción, que empezó a escribir a los 37 años y, encima, en italiano. Para colmo de males, su primer libro de poesía, Malditos los gallos (1979) (“fue como descubrir el juguete, alguna vez intenté reescribirlo y no lo conseguí, es eso”, adelanta), lo publicó casi a los cincuenta. (...) Justamente, este libro demuestra, entre otras cosas, que, además de haber tardado mucho en largarse a escribir, Raschella también se tomó su tiempo para seguir haciéndolo: para que llegara su segundo libro, Poemas del exterminio, hubo que esperar nueve años, para Tímida hierba de agosto otros trece y para la confección de La casa encontrada transcurrió una década más. Aun teniendo en cuenta que el gran editor José Luis Mangieri tardó demasiado en sacar Poemas del exterminio (1988), entregado por Raschella nada menos que cuatro años antes, las cuentas no cierran, o cierran con demasiado espacio en blanco. “Es que trabajo de una manera minuciosa, con un método realmente demencial, que consiste en anotar infinitamente” (...)
“La segunda parte de La casa encontrada, por ejemplo, iba a estar compuesta por 100 poemas que se redujeron a 57. Procedo por fusiones, eliminaciones y reiteraciones; soy demasiado obsesivo. Además trabajo en varios libros al mismo tiempo. (...) En Historias de la ciudad de dios, a partir de un choque, Pasolini realiza la descripción pormenorizada de la ciudad. No había manera de seguirlo hasta que un día me inspiré y pude, la traducción también me ha dado mucho. Además, como escritor, te traducís el inconsciente.”
(...)
“A Raúl Gustavo Aguirre le debo tanto como le deben muchos, un joven le mandaba un libro y él escribía una carta. Un primer día de clases, en la escuela de Cabildo, tomo la lista de los alumnos y me detengo en el primer apellido, Aguirre. En el casillero del trabajo del padre decía ‘Caja Nacional de Ahorro Postal’. Entonces me enteré de que iba a ser maestro del hijo de este poeta a quien, por entonces, yo no había leído. Luego lo conocí personalmente en una de las peñas que se hacían en la escuela. Ahí lo saludé y le dije que tenía un libro escrito, que quería que lo leyera. No solamente me respondió con una carta sino que además me escribió el prólogo, diciéndome algo cierto y notable: ‘Mire que yo no acostumbro escribir prólogos y tenga en cuenta que éste le va a abrir puertas, pero le también le va a cerrar otras’”, rememora este escritor que ya en uno de sus primeros poemas decía “amo lo que sufre”; una preferencia por los vencidos (“Los vencidos nos acompañan, los vencidos/ que no yacen: hojas sobre los patíbulos, dibujos/ aurorales, cartas desde las prisiones/ y ese soplo blanco que envuelve al mísero muchacho en el suburbio”), por los inmigrantes y, sobre todo, por los trabajadores de los viejos oficios que recorre de manera política pero también estética toda su obra; hasta trazar un ángulo de 180 grados en Tímida hierba de agosto: “Todo amor es extraño” y, especialmente, en La casa encontrada, fascinante poema de amor político en el que ahora el poeta también sufre lo que ama: “porque el amor también es un ciego y oscuro salto sin respuesta”. Se trata de una fascinación por los trabajadores que constituye una de las formas de herencia que le dejó su padre italiano, un militante político y dirigente gremial que tuvo que huir de la Italia fascista y murió a los 58 años, cuando Raschella sólo tenía 22. “Él esperaba de mí una continuidad en lo que hace al plano político y nunca llegó a saber que yo escribía, seguramente él también se habría sorprendido.”
Una herencia que puede ser vista como riqueza pero también como una predestinación ineludible: “A veces pienso/ cuánto nos ha acompañado siempre/ alguna culpa descendida de los padres,/ algunos duros pensamientos suyos/ sobre los hombres bebedores o jugadores de cartas o/ las mujeres que leían las novelas del amor y del odio” escribe Raschella en La casa encontrada.
(...)
“A veces creo que si no hubiera conocido a cierta gente nunca hubiera podido publicar. El primer libro, como te decía, se lo debo un poco a Aguirre, el segundo a Mangieri, aunque fue el libro que menos corrió. Teníamos la idea de hacer una edición lujosa con dibujos de Carlos Gorriarena, pero al final fue muy caro. Y el tercer libro se lo acerca Oscar del Barco a Juan Carlos Maldonando, de Alción. Siempre pienso en cuántos tipos existen que por ahí se asustaron y no escribieron nunca más porque llamaron a una editorial y los rechazaron por no tener un nombre. Neruda dijo algo así como que no hay ninguna gran obra que no haya sido publicada; no estoy para nada de acuerdo”, confiesa este escritor de punto, aun agradecido por haber podido publicar sus libros.
(...)
"En mi casa se hablaba en dialecto y también en castellano. Hablaban un castellano particular, bien podrían haber hablado como yo escribo. Pero aun en mi último libro de poesía me di cuenta de que soy un hablante particular del castellano por el solo hecho de que cuando incluyo, por ejemplo, la palabra penserioso (que no es exactamente pensante) no lo hago ni entre comillas ni en bastardillas”. Lo mismo sucede por ejemplo con la palabra mesticia (pena, dolor), que aparece tanto en Malditos los gallos como en La casa encontrada; o la hermosa Iamunindi (partamos). Pero, claro, se sabe que la traducción está lejos de ser una ciencia exacta y, además, algunas palabras están en el borde de diversas acepciones, de distintas traducciones, como una moneda que no se decide a caer, y es justamente esa ambigüedad ajustada a la novela familiar de Raschella lo que las vuelve tan pertinentes como imprescindibles; no un adorno, no una decoración, sino la misma esencia de su poética: “No se escribe sobre, se escribe en, y para hacerlo necesitás muchos años, mucha reflexión, mucho tirar cosas y, una vez que publicás, no volver a leer porque te pegás un tiro”.
***
De Audiovideoteca de Buenos Aires


Yo escribo porque no me queda otra cosa que escribir y tratar de vivir de algún modo. Uno está en los últimos años de la vida… Pero, sabés, en este instante yo creo que sé por qué escribo. Para quién escribo, no lo sé, para mí mismo escribo, está claro: no creo en el mercado, en la literatura de mercado. Me siento absolutamente inepto para inventar una historia, envidio a quienes en dos meses escriben una novela sobre la historia de Juan y Pedro. Yo no puedo, no me sale. Yo escribo porque, es extraño, puede parecer hasta ridículo: siento que de alguna manera estoy cumpliendo una misión. A mí me interesa el mundo de los vencidos, no me interesa el punto de vista de los vencedores. Los vencedores gozan, disfrutan, pasean, viajan, etc. Los vencidos, no. Además no es ‘ir hacia’ sino, de alguna manera, sentirse parte de eso. Y cuando vos te sentís parte de eso, de una memoria de los vencidos, de los derrotados, quizá no necesites ciertos actos públicos de demostración. Además esa intimidad con ese mundo creo que está dado, fundamentalmente, a través de la lengua. Esa es la clave del asunto: no hay literatura sin lengua. Y sí, vos podés contar ochenta y ocho mil historias muy interesantes, pero si no hay lengua, es otra cosa. Querer explicar la propia obra a mí me parece que, en general, no sirve. Siempre digo que si a Beethoven le hubieran dicho por qué no explica la Novena Sinfonía, entonces el hubiera dicho: lararirarararara… Vuelvo a Passolini, él dijo algo extraordinario en uno de sus primeros libros de poesía pero después repite esa idea. Él dice: ‘Yo soy una fuerza del Pasado’.

Fuente: Roberto Raschella, Audiovideoteca de Buenos Aires
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XXVI


Puede ser, puede ser: por un tiempo
trabajaré con un solo ojo, y
te miraré cruzando de nuevo
por los lugares de cada día,
un poco velado por las nubes
de mi ojo inerme. Pero mi ojo bueno
ya ve el mundo con claridad
de viejo niño, y los colores nuevamente
surgentes son la gloria de la materia
tanto tiempo ignorada por mí,
y también, por qué no,

el amado naranjo en flor
***
La casa encontrada. Poesía reunida de Roberto Raschella. Editado por Fondo de Cultura Económica, 2011.
La casa encontrada (Poesía reunida, 1979-2010), una recopilación que también incluye el nuevo poemario que da título al libro.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char