domingo, 10 de julio de 2011

Mañana habrá pasado todo


Dino Buzzati, Autorretrato (1959)
DINO BUZZATI
(Belluno, Italia, 1906 – Milán, id., 1972)

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DULCE NOCHE
(De Il colombre e altri cinquanta racconti, Mondadori, Milano, 1966)
Traducción de Guillermo Boido
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En sueños, la mujer emitió un débil lamento.
Junto a la cabecera de la otra cama, sentado en un diván, el hombre leía a la quieta luz de una lámpara. Alzó la mirada. Ella tembló suavemente, agitó la cabeza como para liberarse de algo molesto, abrió los ojos y miró al hombre con estupor, como si lo estuviese viendo por primera vez. Luego esbozó una leve sonrisa.
—¿Qué sucede, querida?
—Nada, no sé por qué me siento inquieta, ansiosa.
—Te ha cansado un poco el viaje, siempre te ocurre, y además tienes unas líneas de fiebre. No tiene importancia. Mañana habrá pasado todo.
Ella calló por un momento, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos. Para ambos, provenientes de la ciudad, el silencio de la vieja casa campestre era decididamente exagerado. Tan profundo e impenetrable era ese bloque de silencio que la casa parecía hallarse a la espera de algo y que las paredes, las vigas, los muebles, todo, estuviesen conteniendo la respiración.

Después ella dijo, serena:
—Carlo, ¿qué hay en el jardín?
—¿En el jardín?
—Por favor, Carlo, ya que todavía estás levantado, echa un vistazo fuera, tengo la sensación de que…
—¿De que haya alguien? Vaya idea. ¿Quién podría estar en el jardín a estas horas? ¿Ladrones? —Él rió—. Tienen algo mejor que hacer que rondar alrededor de una vieja choza como ésta.
—Te lo ruego, Carlo. Echa un vistazo.
Él se alzó, abrió la ventana y los postigos y miró hacia afuera. Quedó maravillado. Al atardecer se había desencadenado un temporal, pero ahora, en una atmósfera de increíble pureza, tres cuartos de la luna iluminaban extraordinariamente el jardín, inmóvil, desierto, silencioso, porque también los grillos y las ranas formaban parte del silencio.
Era un jardín muy sencillo, conformado por un prado liso con un pequeño camino circular de grava blanca del cual partían senderos en diversas direcciones y en cuyo borde asomaban macizos de flores. Pero también era el jardín de su infancia, un doliente fragmento de su vida, un símbolo de una perdida felicidad, que siempre, en las noches de luna, parecía hablarle con apasionadas e indescifrables alusiones. Hacia el este, a contraluz y por lo tanto oscuro, un matorral de ojaranzos podados en forma de arcos; al sur, un bajo seto de boj; al norte, la escalera que llevaba al huerto y el romántico edificio del granero; al oeste, la casa. Todo descansaba de aquel modo inspirado y maravilloso con el cual duerme la naturaleza bajo la luna y que nadie ha logrado explicar. Sin embargo, como siempre, el espectáculo le producía una profunda angustia, por aquella belleza que él podía contemplar pero nunca hacer suya.
—Carlo —llamó María desde el lecho, inquieta, al ver que el hombre permanecía inmóvil mirando hacia afuera—. ¿Hay alguien?
Él cerró la ventana pero dejó abiertos los postigos. Luego se volvió:
—Nadie, querida. Hay una hermosa luna. Nunca he visto una paz semejante.
Recogió el libro y volvió a sentarse en el diván.
Eran las once y diez.
En ese preciso momento, en el extremo sudeste del jardín, en la sombra proyectada por los ojaranzos, se alzó la tapa de una trampa disimulada entre la hierba, que cayó luego hacia un lado y dejó al descubierto la entrada a un túnel que se internaba debajo de la tierra. Súbitamente, emergió de allí un ser abultado y negruzco que comenzó a correr en zigzag con frenética rapidez.

Aferrado a un pequeño tallo, un saltamontes recién nacido descansaba, dichoso, con su tierno y verde abdomen palpitando con gracia al ritmo de su respiración. La negra araña hundió rabiosamente sus pinzas en su tórax, desgarrándolo. El pequeño cuerpo forcejeó, estirando bruscamente sus patas posteriores, pero ello ocurrió solo una vez. Las horribles tenazas le arrancaron la cabeza y se introdujeron en el vientre. De los desgarros surgió el líquido abdominal, que la carnicera araña succionó con avidez.
Enfrascada en el demoníaco frenesí de la comida, no advirtió a tiempo la gigantesca silueta oscura que se acercaba por detrás. Slac. Apretando todavía a su presa entre sus patas, la araña desapareció para siempre en las fauces del sapo.
Pero todo en el jardín era divina quietud y poesía.
Un aguijón venenoso penetró en la suave carne de un caracol que avanzaba hacia el huerto. Logró recorrer todavía dos centímetros, pero entonces la cabeza comenzó a darle vueltas y comprendió que el cuerpo ya no le obedecía. Estaba perdido. Pese a que su conciencia se nublaba, sintió que las mandíbulas de la larva agresora le arrancaban furiosamente trozos de carne, excavando atroces cavernas en su bello, sebáceo y elástico cuerpo del cual tan orgulloso se sentía.
Quizás a modo de consuelo, en el último momento de su oprobiosa agonía, haya advertido que la larva maldita había sido víctima de los arpones de una araña‐lobo y destrozada en un abrir y cerrar de ojos.
Algo más allá, un tierno idilio. Con su lámpara intermitente encendida al máximo, una luciérnaga macho giraba alrededor de la luz fija de una apetitosa hembra, lánguidamente recostada sobre una hoja. ¿Sí o no? ¿Sí o no? Se acercó, comenzó a acariciarla, ella lo dejó hacer. La excitación amorosa le hizo olvidar hasta dónde un prado en una noche de luna puede ser un infierno. En el momento en que abrazaba a su compañera, un escarabajo dorado lo destripó definitivamente con un solo golpe, abriéndolo por entero. Su farolito continuaba palpitando, preguntando sí o no, pero el predador ya lo había engullido casi por completo.
A medio metro de allí, en cuestión de segundos, se produjo un salvaje alboroto. Algo enorme y cubierto de plumas cayó desde lo alto, fulminante. El sapo sintió un espasmo fatal en el dorso y trató de volverse, pero ya se elevaba en el aire entre las garras de una vieja lechuza.
Sin embargo, a simple vista no ocurría nada. Todo en el jardín era divina quietud y poesía.
La kermesse de la muerte había comenzado con la llegada de las tinieblas. Ahora se hallaba en el colmo del frenesí, y así continuaría hasta el alba. Todo era masacre, matanza, suplicio. Escalpelos que perforaban cráneos, garfios que rompían piernas, arrancaban pieles y hurgaban en las vísceras, punzones que ensartaban, dientes que trituraban, jeringas que inoculaban venenos y anestésicos, hilos que aprisionaban, jugos erosivos que licuaban a seres esclavos todavía vivos. Desde los más pequeños habitantes de los musgos, los rotíferos, los tardígrados, las amebas, las tecamebas, hasta las larvas, las arañas, los carábidos, los ciempiés, y más todavía, los gusanos, los escorpiones, los sapos, los topos, los búhos, el infinito ejército de asesinos se entregaba salvajemente a la carnicería, masacrando, torturando, desgarrando, descuartizando, devorando. Era como si, en una gran ciudad, todas las noches decenas de miles de vándalos sedientos de sangre y armados hasta los dientes salieran de sus guaridas, penetraran en las casas y degollaran a sus habitantes mientras se hallaban entregados al sueño.
En el fondo calló de improviso el Caruso de los grillos, cruelmente destrozado por un topo. Se apagó, junto al cerco, la lamparita de la luciérnaga despedazada por el mordisco de un carábido. Se extinguió con un sollozo el canto de la rana, apresada por una serpiente. Y la mariposa no volvió a aletear contra los vidrios de la ventana iluminada; con las alas brutalmente rotas se retorcía aprisionada en el estómago de un murciélago. Terror, angustia, laceración, agonía, muerte para miles y miles de otras criaturas de Dios era el sueño nocturno de un jardín de treinta metros por veinte. Y lo mismo sucedía en los campos vecinos, y lo mismo allá en las montañas que resplandecían a la luz de la luna con vítreos reflejos, pálidos y misteriosos. Y por la entera superficie del mundo, dondequiera, lo propio sucede en cuanto anochece: exterminio, aniquilamiento, matanza. Y cuando la noche se desvanece y asoma el sol comienza otra carnicería, con otros asesinos de los caminos, con igual ferocidad. Así ha sido siempre, desde el comienzo de los tiempos y así será por los siglos de los siglos, hasta la consumación del mundo.
Maria se agita en la cama y murmura voces quebradas e incomprensibles. Luego abre los ojos, asustada.
—Carlo, si supieras qué horrible sueño he tenido, he soñado que allí afuera, en el jardín, estaban matando a alguien.
—Trata de calmarte, querida, ahora me iré a dormir también yo.
—Carlo, no te enfades, tengo todavía aquella extraña sensación, no sé, es como si afuera, en el jardín, estuviera sucediendo algo.
—¿Qué es lo que piensas?
—No me digas que no, Carlo, te lo ruego, sólo quiero que des un vistazo afuera.
Él sacude la cabeza y sonríe. Se levanta, abre la ventana y mira.
El mundo yace en una inmensa quietud bajo la luz de la luna. Nuevamente aquella sensación de encantamiento, nuevamente aquella misteriosa congoja.
—Duerme tranquila, querida, no hay un alma. Nunca he visto tanta paz.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char