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sábado, 3 de febrero de 2018

Hasta el traje del poeta y su conversación con su mujer debe ser diferente y determinada por toda su producción poética

VLADIMIR MAIACOVSKY
(1893-1930)

PASADA LA UNA DE LA MAÑANA...

Pasada la una de la mañana. Debés haberte ido a la cama.
La Vía Láctea derrama un río de plata a través de la noche.
No tengo apuro; con relampagueantes telegramas
No tengo motivos para despertarte o preocuparte.
Y, como dicen, el incidente está cerrado.
El bote del amor se ha estrellado contra la amoladora diaria.
Ahora vos y yo somos renunciantes. Para qué molestarse
en saldar penas mutuas, dolores y heridas.
Mirá qué quietud se establece sobre el mundo.
La noche envuelve el cielo en tributo de las estrellas.
En horas como éstas, uno se alza para arengar
Las épocas, la historia, y la creación toda.


[Encontrado en el bolsillo de Maiacovsky después de pegar-
se un tiro. Parece haber sido parte de un poema más extenso
sobre el que estaba trabajando en ese tiempo.]
[Del inglés, George Reavey]
***
1. La poesía es una producción dificilísima, complicadísima pero es producción.
2. Enseñar a escribir versos, no es estudiar la preparación de determinado tipo de obras poéticas, sino estudiar los medios utilizados en cualquier trabajo poético, estudiar los hábitos de producción, que ayudan a crear estos nuevos medios.
3. La novedad del material y de los medios de expresión es indispensable para toda obra poética.
4. El trabajo del poeta debe ser cotidiano, debe trabajar todos los días para mejorar su dominio en la materia y acumular reservas poéticas.
5. Una buena libreta de apuntes, y saber manejarla, es más importante que saber escribir sin cometer errores en alguna métrica anticuada y moribunda.
6. No hay por qué lanzar en marcha un gran taller poético para hacer únicamente pequeños encendedores poéticos. Se debe eludir esa forma irracional de trabajo. Se debe tomar la pluma cuando no tenemos otro medio para expresarnos más que en verso. Hay que escribir ciertas obras únicamente cuando se siente con absoluta claridad el encargo social.
7. Para comprender con justeza el encargo social, el poeta debe estar en el centro de los acontecimientos. Los conocimientos teóricos de economía política, el conocimiento real de la vida, el ambiente, los conocimientos de historia son para el poeta más importantes que los tratados escolásticos que siguen rezando a viejos ídolos y profesores dogmáticos e idealistas.
8 Para el cumplimiento mejor del encargo social, debemos estar a la vanguardia de nuestra clase más progresista, debemos luchar juntos con ella en todos los frentes de combate. Debemos hacer trizas la leyenda del arte apolítico. Este viejo cuento surge ahora bajo un nuevo aspecto, cubierto por la charla de los amplios panoramas épicos (primero épicos, luego objetivos y por último sin partido), hablando del gran estilo (primero grande, luego elevado y por último celestial), etc., etc.
9. Si tratamos al arte únicamente como una producción complicadísima, se eliminará la casualidad, la falta de principios en los gastos y la arbitrariedad en las valoraciones individuales. Al tratar al arte únicamente como una producción se ubicarán las diferentes ramas del trabajo literario con los mismos derechos de existencia; los del verso y la nota del corresponsal obrero y campesino. En vez de reflexiones místicas sobre un tema poético permitirá tratar el problema de acuerdo a una rigurosa calificación 
10. Es imposible darle un valor decisivo y dominante a la así llamada elaboración técnica. Pero, precisamente esa elaboración hace de la obra poética su valor y crea las posibilidades de su utilidad. Únicamente la diferencia de estos medios de elaboración crea la diferencia entre los poetas; sólo el conocimiento, el perfeccionamiento, la acumulación, la diversificación de métodos literarios hace de un hombre un escritor profesional.
11. El ambiente cotidiano tiene influencias también en la conciencia del poeta y en la creación de sus obras como los demás factores de su ambiente. La palabra “bohemia” se ha transformado en un elemento negativo para todo ambiente artístico. Por desgracia, la lucha contra estos elementos se hace sólo con palabras y no con medios. Es un hecho, por desgracia, la existencia de ese clima gastado y conocido de carrierismo literario, de individualismo, de estrechos intereses y mezquindades de círculo, de reemplazo de conceptos poéticos por otros de calidad muy inferior. Hasta el traje del poeta y su conversación con su mujer debe ser diferente y determinada por toda su producción poética.
12. Nosotros, los del L.E.F. (Frente de Izquierda), jamás decimos que somos los únicos dueños de los secretos de la creación poética, pero sí somos los únicos que deseamos descubrir esos secretos, los únicos que no queremos rodear la creación poética con especulaciones de carácter artístico-religiosas.
Fuente: laplumadelescritor.wordpress.com

lunes, 16 de febrero de 2015

Los techos oían lo que les arrojaba al oído

VLADIMIR MAIAKOVSKI

(Baghdati, Georgia, Rusia, 1893-Moscú, id., 1930)

MI UNIVERSIDAD 

¿Sabe francés, 
restar, 
multiplicar? 

Declina maravillosamente! 
¡Que decline! 
Pero oiga, 
¿acaso usted podría cantar a dúo, 
con los edificios? 
¿Usted acaso comprende 
el idioma de los tranvías? 
El hombre, a veces, 
apenas sale del cascarón 
y ya lleva libros bajo el brazo, 
y cuadernos escritos. 
Yo 
aprendí el alfabeto en los letreros, 
hojeando páginas de estaño y hierro. 
Los maestros 
toman la tierra, 
la descarnan, 
la destrozan, 
y enseñan: 
–Toda ella 
no es más que un globo pequeño, redondo. 
Pero yo
con los codos aprendí geografía. 
No en vano he dormido tanto sobre la tierra. 
Los historiadores se atormentan con 

/importantes preguntas:

–¿Era o no era roja la barba de Barbarroja? 
¡Que sea! 
No me gusta meterme en las mentiras con 
/telaraña.

Yo conozco de Moscú cualquiera de sus 
/historias.

Hablan de Dobroliubov (para que lo odien) 
pero su apellido está en contra, 
protesta la familia. 
Yo 
desde niño 
aprendí a odiar a los gordos, 
a los que se venden por una comida. 
Se sientan, 
charlan, 
y para gustarle a la dama, 
hacen sonar sus pobres ideas 
con sus frentes llenas de monedas. 
Yo 
dialogaba sólo con los edificios, 
y las tomas de agua eran mis interlocutoras. 
Con la ventana del oído atento escuchando, 
los techos oían lo que les arrojaba al oído. 
Y luego, 
de noche, 
sobre una cosa 
o la otra 
nos pasábamos charlando, 
moviendo la "sin hueso". 
**
¿SE ATREVE? 

Yo emborronaré el mapa de lo vulgar 
vertiendo la pintura en un vaso. 
En un plato de gelatina mostré 
los pómulos oblícuos del océano. 

En las escamas de un pez de hojalata 
leí la llamada de nuevos labios. 
Y usted 
¿se atreve 
a tocar un nocturno 
en la flauta de los canalones? 

viernes, 15 de agosto de 2014

Figurillas quemadas de palabras y números

VLADIMIR MAIAKOVSKI

(Baghdati, Georgia, Rusia, 1893-Moscú, id., 1930)

La nube en pantalones

A vuestros pensamientos que sueñan

sobre sus sesos reblandecidos
como un gordo lacayo sobre un sofá grasiento
quiero irritarlos
con un jirón sangriento de mi corazón,
me burlaré hasta hartarme, mordaz y atrevido.

¡No tengo en el alma ni una sola cana
ni tampoco hay en ella ternura senil!
Ensordeciendo al mundo
con el poder de mi voz avanzo hermoso,
con mis veintidós años de existencia.

¡Los delicados
tocan el amor con tiernos violines!
Pero el rudo se sirve de timbales.
Prueben, como yo,
a darse vuelta como un guante
y ser todo labios.

Salga a aprender
desde su sala de batista
la ceremoniosa funcionaria de liga angelical.

Y también la que hojea en silencio sus labios
como una cocinera un libro de recetas.

Si lo desean
comeré carne hasta ponerme rabioso
-y, como el cielo, mudaré de tonos-; si lo desean
seré impecablemente tierno.
No un hombre,
¡sino una nube en pantalones!

No creo que exista una Niza florida.
Por mi conducto otra vez serán loados
todos los hombres que yacen como un hospital
y todas las mujeres gastadas como un refrán.

I

¿Tal vez creen que la malaria me hace delirar?

Esto ocurrió,
ocurrió en Odessa.
<>, dijo María.

Dieron las ocho.
Las nueve.
Las diez.

Y la noche
escapó de la ventana
al horror nocturno,
sombrío,
decembrino.

A mi decrépita espalda carcajean y relinchan
los candelabros.

Nadie podría reconocerme ahora:
esta mole musculosa
gime,
se retuerce.
¿Qué querrá esta mole?
Pues esta mole es mucho lo que quiere.

Porque para uno mismo no importa
ser de bronce
o tener un corazón de hierro frío.
Pero por la noche uno quiere
esconder su tañido
en algo blando,
femenino.

Y aquí me tienen
enorme,
doblado en la ventana
fundiendo con mi frente el hielo del cristal.
¿Habrá amor o no habrá amor?
¿Cómo sera?
¿Grande o pequeño?
¿Pero cómo un cuerpo así tendría uno grande?
Deberá ser pequeño,
un amorcito dócil.
Que saltará, asustado, al claxon de los autos
y amará las campanillas de los tranvías tirados por caballos.

Metiendo todavía más
mi rostro
en el rostro picado de la lluvia
espero
salpicado por la estruendosa pleamar citadina.

La medianoche, apuntándome con un cuchillo,
me alcanzó,
me apuñaló.
(Te lo tienes merecido)
Y cayeron las doce
como la cabeza de un condenado cae del cadalso.

En los cristales gotitas grises
se fundían en una
mueca inmensa
como si aullaran las quimaeras
del Notre-Dame de París.

¡Maldita!
¿No te basta con esto?
Pronto los gritos lastimarán mi boca.

Y oigo esto:
silenciosamente,
como baja un enfermo de su cama,
salta un nervio.
Primero
camina un poco
y luego
comienza a correr
nervioso,
con paso firme.
Y ahora este y otros dos más
se lanzan a un zapateo desesperado.
Se desprende el enlucido en el piso de abajo.

Nervios
grandes y
pequeños,
muchos ahora,
galopan enloquecidos
hasta que
a ellos mismos les fallan las piernas.

La noche se extiende como limo en mi cuarto
y en ese limo se hunden mis ojos ya pesados.

De pronto la puerta comienza a rechinar
como si al hotel
le castañearan los dientes.

Entraste tú,
rotunda como un  «ahí tienen»,
torturando la gamuza de tus guantes
dijiste:
«¿Sabe usted?
Me caso.»

¿Qué tiene? Cásese.
No importa.
Resistiré.
¿No ve usted lo tranquilo que estoy?
Como el puso
de un difunto.

¿Recuerda?
Usted decía:
«Jack London,
dinero,
amor, pasión»,
pero yo sólo veía esto:
¡Usted es una Gioconda
que alguien debe robar!

Y así ocurrió.

Otra vez enamorado, entraré al juego,
iluminando con fuego la curva de mis cejas.
Pero ¿qué tiene de extraño?
¡Hasta en una casa consumida por el fuego
a veces viven los vagabundos!

¿Se burla de mí?
«Posee menos esmeraldas de locura
que kopeks un indigente.>>
¡Pero no olvide
que Pompeya pereció
cuando irritó al Vesubio!

¡Ey!
Señores
amantes
de los sacrílego,
del crimen,
¿han visto lo
más terrible!
¿Mi rostro
cuando
estoy
del todo calmo?

Y ya siento que
mi  «yo»
me queda estrecho.
Que alguien pugna por salir de mí.

¡Hola!
¿Quién habla?
¿Mamá?
Vuestro hijo está bellamente enfermo.
¡Mamá!
¡Sufre un incendio de su corazón!
Dígale a sus hermanas, a Liuda y a Olia,
que ya no tiene adónde ir.
Cada palabra suya
hasta la broma
que regurgita de su boca requemada,
se lanza afuera como una prostituta desnuda
de un prostíbulo en llamas.

¡La gente husmea
y les huele a quemado!
Trajeron a ciertos tipos.
¡Relucientes!
¡Con cascos!
¡¿Pero adónde van con esas botas?!
Háganle saber a los bomberos
que a un corazón ardiente se sube con caricias.
Déjenme, mejor yo mismo
achicaré mis ojos llorosos con barriles.
Permítanme apoyarme en la costilla.
¡Voy a saltar! ¡Voy a saltar! ¡Voy a saltar!
Y sólo caen los bomberos.
¡No es posible dejar de un salto el corazón!

En el rostro quemado,
de entre las grietas de mis labios,
un beso abrazado quiere alzarse.

¡Mamá!
¡No puedo ya cantar!
En la pequeña iglesia de mi corazón se quema el coro.

Figurillas quemadas de palabras y números
abandonan mi cráneo
como niños un edificio en llamas.
Así el miedo,
queriendo agarrarse del cielo,
elevaba
sus ardientes manos en el Lusitania.
Ante las gentes temblorosas
en la paz de sus casas
un resplandor de mil ojos se desgajaba del muelle.
¡Un último grito:
tú al menos
clama a los siglos que me abraso!

 II

¡Glorifíquenme!
No puedo compararme a los grandes. Y en todo lo que han hecho pongo «nihil».
Jamás
quiero volver a leer nada. ¿Un libro?
¡Qué me importan los libros!
Antes creía
que los libros se hacían de este modo:
llegaba el poeta,
entreabría fácilmente los labios
y al momento comenzaba a cantar el simplón inspirado ¡ahí les va! Pero resulta
que antes de que se comience a cantar
caminan largo rato, les salen callos de tanto fermentarse,
y en silencio chapotea en el limo del alma
el tonto pez de la imaginación.
Y mientras hierven, revolviendo con rimas
cierto guiso de amor y ruiseñores,
la calle se retuerce atrofiada, sin lengua,
sin tener con qué gritar ni conversar.

Orgullosos, levantemos de nuevo
las torres de Babel de las ciudades
mientras Dios
destruyendo ciudades
crea pastos
y mezcla la palabra.
La calle cargaba en silencio su tormento. Un grito le asomaba del gaznate. Se erizan, atravesados de través en taxis regordetes y huesudas calesas. Le han apeatonado el pecho. ¡Peores que la tisis!

La ciudad cerró el paso con tinieblas.

¡Y cuando!…
¡De todos modos!…
La calle escupió la turba a la plaza
sacándose el atrio que aprisionaba su garganta,
he pensado:
entre un coro de arcángeles Dios, saqueado, va a castigar.

Y la calle se sentó y lanzó un grito: «Vamonos a llenar la panza».

Maquillan a la ciudad los Krupps y los kruppitos, amenazan enarcando las cejas. En la boca
se pudren los cadáveres de palabras muertas,
sólo dos viven y engordan:
«canalla»
y alguna otra más, «borsh», creo.

Los poetas
reblandecidos en llanto y en sollozos abandonan la calle, los cabellos hirsutos: ¿cómo tan sólo con esas dos cantarles a las señoritas, al amor,
y a las florecitas cubiertas de rocío?

Y tras los poetas
los millares que habitan la calle:
estudiantes
prostitutas
capataces.
¡Señores!
¡Deténganse!
Dejen de comportarse como indigentes,
no se atrevan a pedir limosnas.

Nosotros, los robustos,
que caminamos a trancos,
no debemos obedecerlos, sino arrancarlos
a todos ellos,
a los que se aferran como un apéndice
gratis a cada cama matrimonial.
¿Pedirles a ellos dócilmente «ayúdame»?
¿Rogarles con un himno, un oratorio?
Creémoslas nosotros mismos como un ferviente
himno entre el ruido de las fábricas
y los laboratorios.

¡¿Qué me importa si bajo el fuego artificial
de los cohetes Fausto se desliza con Mefistófeles
por el parquet del cielo?!
¡Sé
que tengo un clavo en la bota,
una pesadilla mayor que las fantasías de Goethe!

Yo
el pico de oro,
de quien cada palabra
renueva el alma
y celebra el cuerpo,
les digo:
¡la más diminuta mota de lo vivo
es más valioso que lo que he hecho y haré!

¡Escuchen!
Predica
convulso y quejoso
Zaratustra, el labio-gritón de hoy.
Nosotros
con cara como sábanas soñolientas,
con labios colgantes como lámparas,
nosotros,
presidiarios de ciudades-leprosarios,
donde el oro y el lodo han llagado a la lepra,
¡estamos más limpios que el azul celeste de Venecia
que bañan a diario los mares y el sol!

¡Me importa un bledo
que ni en Homero ni en Ovidio
aparezcan gentes como nosotros,
picados por la viruela del hollín.

que el sol palidecería
si pudiera ver las reservas de oro que guardan nuestras almas.

Más seguros que los rezos son los tendones y los músculos.
¿Por qué habríamos de rogar una limosna al tiempo? ¡Nosotros,
cada uno de nosotros,
sostenemos en nuestras cinco
las correas de transmisión del mundo!
Esto me aupó al Gólgota de los auditorios
en Petrogrado, en Moscú, en Odessa, en Kiev, y no hubo ni uno que
no gritara: «¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo!».
Pero para mí todas las gentes
(y también aquellas que me ofendieron)
son lo más querido y cercano.

¿No han visto cómo un perro
lame la mano que lo ha golpeado?

Yo,
escarnecido por las tribus de hoy
como un chiste largo y escabroso,
veo cómo avanza a través de montañas de tiempo
alguien para todos invisible.
Donde el ojo de los hombres se desploma segado,
cual un jefe de hordas hambrientas
con la corona de espinas de las revoluciones
llegará el año dieciséis.
Yo soy su profeta entre las gentes,
estoy donde está el dolor: en todas partes;
me he crucificado
en cada lágrima.
Ya no puedo perdonar nada.
He quemado almas donde cultivaban la ternura.
¡Algo más difícil que tomar
miles y miles de Bastillas!

Y cuando,
proclamando con una revuelta su arribo,
salgan a recibir al salvador, yo
me sacaré el alma, la pisotearé
¡para hacerla más grande!,
y así ensangrentada se la daré como estandarte.

III

¿Qué sentido tiene todo esto?
¿De dónde aparece en la luminosa
alegría este blandir los puños sucios?

Llegaste,
y tu desespero corrió sobre mi cabeza
una cortina que me evitó pensar en el manicomio.

Y
como en la tragedia de un acorazado
entre espasmos asfixiantes
los marineros se lanzan por la escotilla abierta:
a través de
mi ojo desgarrado hasta el grito
salía, enloquecido, Burliuk.
Casi ensangrentados sus sufridos párpados
salió,
se incorporó, se acercó
y con ternura inesperada en
un hombre grueso de pronto dijo: «¡Qué bueno!».

¡Qué bueno cuando una blusa amarilla protege
tu alma de las miradas ajenas! ¡Qué bueno
si cuando te lanzan a los dientes del patíbulo
alcanzas a gritar:
«Tomen cacao de Van Gutten»!

Y este segundo fuego de bengala, sonoro,
no lo cambiaría por nada ni por mi propio pico

Y entre el humo de tabaco, como una copa de licor,
se alarga la cara abotagada-ebria de Severianin.

¿Cómo se atreve a llamarse poeta
y gorjear tan gris como una codorniz?
Hoy
hace falta
pegarle duro al cerebro del mundo con una manopla.

Usted
a quien inquieta este solo pensamiento

«¿bailo elegantemente?» mire cómo me divierto yo:
¡chulo de plaza y tahúr de naipes!

A ustedes
por el amor reblandecidos,
que durante siglos
sólo han vertido lágrimas,
los dejaré,
me pondré el sol de monóculo en el ojo bien abierto.

Y ataviado de este modo increíble iré por la tierra
para gustarles aunque los queme y atado a una cadenita,
abriéndome camino, pasearé a Napoleón como a un dogo enano.

La tierra entera se tenderá como una mujer,
agitará sus carnes, ansiosa por entregarse.
Sus ropas cobrarán vida
y los labios de sus ropas
sisearán zalameros:
«¡Precioso, precioso, precioso!».

De pronto
los nubarrones
y todo lo demás nuboso
levanta en el cielo una gran agitación
como si obreros vestidos de blanco se dispersaran
tras declararle una airada huelga al cielo.
De detrás de una nube, un trueno, furioso,
salió y se sonó las narices desafiante.
El rostro del cielo se crispó por un segundo
con la mueca severa del férreo Bismark.

Y alguien
enredado en los lazos del cielo alargó
sus brazos a un café: de una manera algo femenina,
como tiernamente,
y también como la cureña de un cañón.

¿Usted piensa que el sol, tierno,
palmea la mejilla del café?
Pues no, es el general Galiffet
que va a fusilar a los rebeldes.

Saqúense, transeúntes,
las manos de los bolsillos:
cojan una piedra, un cuchillo, una bomba,
y si alguien no tiene manos
que venga a golpear con su frente.

¡Vayan los hambrientos, los sudorosos, los sumisos,
los podridos en lo pulgoso y sucio!
¡Vengan
los lunes y los martes,
coloreémoslos con sangre como días feriados!
¡Que la tierra se acuerde al sentir
los cuchillos de aquellos que quiso ultrajar!
¡La tierra,
cebada como una amante
de las ya usadas por Rothschild!

Para que los estandartes restallen en el ardor de
la metralla como en cada fiesta
que se digne de serlo: levanten
a la altura de los faroles
los cuerpos ensangrentados de los tenderos.

Blasfemando,
implorando,
acuchillando,
pasando por sobre alguien,
para hundir sus dientes en el costado,

en el cielo, rojo como la marsellesa,
temblaba, palmándola, el crepúsculo.

La locura absoluta.
Pero no pasará nada.

Caerá la noche, morderá algo, y se lo tragará.

¿No ve
que el cielo vuelve a ofrecer como un Judas
un puñado de estrellas salpicadas de traición?

Y por fin cae la noche.
Festeja como Mamai,
posando su trasero sobre la ciudad.
Esta noche, tan negra como Azef,
no habrá ojos que la atraviesen.

Encogido en el fondo de tabernas,
me erizo. Riego con vino mi alma y el mantel
y veo:
en un rincón -mis ojos redondos como platos-
los ojos de la Virgen se me meten en el corazón.
¡Qué sentido tiene ofrecer
su resplandor pintado a esta turba tabernaria!
¿No ves que otra vez en lugar de al ultrajado
en el Gólgota prefieren a Barrabás?
Quizá yo, a propósito,
entre el amasijo humano,
no muestro un rostro más nuevo.
Aunque yo,
quizá,
sea el más hermoso de todos tus hijos.

Dales a ellos
enmohecidos en su alegría
la muerte rápida del tiempo.
Para que haya niños los jóvenes deben
crecer, hacerse padres,
las jóvenes, embarazarse.

Y a los recién nacidos déjenles
crecer las escrutadoras canas de los magos,
y vendrán
y bautizarán a los niños
con nombres tomados de mis versos.

Yo, que he cantado la máquina y a Inglaterra,
acaso, simplemente,
en el más común de los Evangelios,
soy el decimotercer apóstol.
Y mientras mi voz obscenamente ulula
hora tras hora, días enteros,
Jesús Cristo, quizá,
aspira el olor del nomeolvides de mi alma.

IV

¡María! ¡María! ¡María!
Déjame entrar, María,
¡no puedo vivir en las calles!
¿No quieres?
¿Esperas
que mis mejillas se hundan, que degustado por todos, soso, venga
y masculle sin dientes que hoy
«seré asombrosamente honesto»?

María, ¿ves?,
ya comienzo a encorvarme.

Por la calle
las gentes agujerean la grasa en sus buches de cuatro pisos,
asoman por allí unos ojos
raídos por el trajín de cuarenta años
y chismorrean socarrones
porque entre mis dientes sostengo
-¡otra vez!-
el panecillo seco de una caricia de ayer.

La lluvia cubrió de llanto las aceras.
Como un pillo atrapado entre los charcos,
mojado, el cadáver olvidado de un adoquín lame la calle
y en las cejas grises,
¡sí!,
en las cejas de los carámbanos
hay lágrimas,
¡sí!,
y en los ojos entornados de las cañerías de desagüe.

La jeta de la lluvia ha chupado a todos los transeúntes. En los carruajes un atleta sigue a otro atleta gordo. Revientan las gentes de tanto comer
y a través de sus grietas gotea el sebo un río turbio que fluye de los carruajes junto con un panecillo cubierto de saliva y la masa masticada de viejas croquetas.

¡María!
¿Cómo hacer entrar en sus oídos grasientos una sencilla
palabra? El pájaro
pide limosnas con sus trinos; canta,
hambriento y sonoro,
pero yo soy un hombre, María,
un hombre simple,
que la tísica noche escupió en la sucia mano de la calle.

María, ¿quieres a alguien así? ¡Déjame entrar, María!

¡Mis dedos crispados aprietan la garganta de hierro del timbre en tu puerta!

¡María!

Se enfurece el pastizal de las calles.
En el cuello tengo rasguños de una turba de dedos.
¡Abre!
¡Me duele!

¿No ves que tengo clavados en los ojos alfileres de sombreros de mujer?

¡Has abierto!

No temas, criatura,
si ves en mi cuello,
como una bestia sudorosa, la montaña húmeda de
mujeres: es que yo arrastro por la vida millones de amores puros, enormes, y un millón de millones de sucios amorcitos. No temas si otra vez desgraciado e infiel vuelvo a sobar las caritas preciosas «de las miles que aman a Maiakovski», esas que ya son una dinastía de reinas entronizadas en mi alma de loco.

¡Ven, María, acércate!

Desnuda y sin pudor,
o quizá mínimamente temblorosa,
y dame el jamás marchito encanto de tus labios.
Mi corazón y yo nunca hemos llegado a mayo,

y en toda mi vida
hay sólo un centésimo abril.

¡María!
El poeta de sonetos canta a Tiana
pero yo,
hecho sólo de carne, hombre todo, sólo pido tu cuerpo, como un cristiano pide: «Danos el pan nuestro de cada día».

¡Dámelo, entonces, María!

¡María!
Temo olvidar tu nombre
como el poeta teme olvidar
la palabra nacida
en el tormento de la noche
y que le recuerda a Dios por su grandeza.

Amaré, cuidaré de tu cuerpo como el soldado recortado por la guerra, inútil,
solitario,
cuida su única pierna.

María, ¿no quieres?
¿No?

¡Ja!
Bien: otra vez, entonces, sombrío y cabizbajo tomo mi corazón bañado en lágrimas para llevármelo, como el perro que arrastra hasta su cubil
la pata aplastada por un tren.
Riego el camino con sangre de mi corazón
que se pega como flores de polvo en la guerrera.
Como la hija de Herodías,
el sol danzará mil veces rodeando la tierra,
como al cráneo del Bautista.

Y cuando haya danzado hasta el final los años que me tocan,
millares de gotas de sangre cubrirán el camino que lleva a la casa del Padre.
Saldré entonces
sucio (de todas las noches pasadas en las cloacas)
y me pondré muy junto a Él,
me inclinaré
y le diré al oído:
«¡Escuche, señor Dios!
¿Cómo no le aburre
en esa jalea nebulosa
mojar cada día sus bondadosos ojos?
¿Por qué no, sabe usted,
arma un carrusel
con el árbol del estudio del bien y del mal?».

Ubicuo, estará en cada armario y pondremos vino por toda la mesa, para que hasta al taciturno apóstol Pedro le entren ganas de bailar el ki-ka-pu.

Y otra vez llenaremos el paraíso de Evitas:
una palabra tuya y
esta misma noche
te traeré las más bellas muchachas
de los bulevares.

¿Quieres?

¿No?
¿Sacudes la cabeza, desgreñado?
¿Enarcas tu ceja canosa?
¿De verdad crees que ese
detras de ti, ese alado, sabe qué es el amor?

Yo también soy un ángel, lo fui:
como un corderito azucarado miraba a los ojos
pero me cansé de regalar a las yeguas
floreros hechos con sufrimiento de Sévres.
Todopoderoso, tú inventaste las manos,
hiciste
que cada uno tuviese una cabeza
¿por qué, entonces, no eliminaste el tormento
de besar, de besar, de besar?

Yo pensaba que eras un diosazo omnipotente
y no eres más que un alumno retrasado, un diosecillo minúsculo.
Mira cómo me agacho,
me saco de la bota
una navaja.
¡Bellacos alados!
¡Acurruqúense en el paraíso!
¡Larguen sus plumas temblando de miedo!
A ti, oloroso a incienso, te daré un navajazo
desde aquí hasta Alaska!

¡Déjenme ir!

No me detendrán.
Les miento,
no sé si con razón,
pero no puedo estar tranquilo.
Miren:
¡han decapitado de nuevo a las estrellas
y la matanza ha ensangrentado todo el cielo!

¡Eh, ustedes! ¡Cielo!
¡Quítense el sombrero! ¡Voy a entrar!

Silencio.

El universo duerme apoyando en la pata,
garrapateada de estrellas, la oreja enorme.

(1914-1915)
Versión s/d

lunes, 17 de marzo de 2014

Dios se frota las manos

VLADIMIR MAÏAKOVSKI

(Bagdadi, Georgia, Rusia, 1893-Moscú, id., 1930)


LA FLAUTA DE LAS VÉRTEBRAS

Prólogo
(Fragmento)

Dios se frota las manos
y se dice:
¡Vladimir, espera y ya verás!
A él, fue a él
-para que nadie pudiese adivinar quién es-,
se le ocurrió darle un marido auténtico
y dotar de música  humana los pianos,
que alguien, de pronto, se deslice en el dormitorio
y se santigüe sobre la colcha,
lo sé,
olería a chamusquina,
al humo azufrado de tu carne de diablo.
En vez de eso, hasta el alba,
horrorizado de que te lleven para amarte,
voy errante
para engastar los gritos en versos,
¡joyero casi enloquecido!
Quizá jugaría a las cartas.
Con vino
enjuagaría la garganta del corazón seco de tanto gemir.

I

En las calles mi paso aplasta la verstas. [1]
¿Qué hacer con el infierno que llevamos dentro?
¿Quién, di, qué Hoffman celestial
ha podido imaginarme, oh maldita?
La tempestad de alegría separa las calles.
La fiesta derrama dichoso tras dichoso.
Yo medito.
Los pensamientos, guijarros de sangre,
coagulados y enfermos, rezuman por mi cráneo.

Yo,
creador de todo lo festivo,
no tengo con quién compartir este día.
Pronto me desplomaré,
me romperé la cabeza contra el Nevsky[2] de piedra.
Ya está, he blasfemado.
He gritado por todas partes que Dios no existe,
y de las tórridas honduras, Dios hizo brotar
esa frente a la cual toda montaña
se turba y estremece. Y él ordenó:
¡Lo amarás!

Dios está contento.
En el abismo, bajo el cielo,
el hombre extenuado se vuelve salvaje y se extingue.
Dios se frota las manos.
Dios se dice:
¡Aguarda un poco, Vladimir!
Y a Él, siempre a Él,
para que nadie pueda adivinar quién eres,
se le ocurrió darte un esposo verdadero,
abastecer el piano de música humana.
Si de pronto uno se filtrase por la puerta del cuarto.
Si uno se persignase sobre el acolchado,
-lo sé-
olería a pelo chamuscado,
al humo azufrado de una carne diabólica.

En lugar de hacer eso me marcho hasta el alba,
da miedo que te hayan traído para ser amado,
a vagabundear
y tallar gritos para volverlos versos,
joyero casi ya loco.
¡Quizás, a jugar a los naipes!
O a beber vino
para enjuagar la garganta
de este corazón seco de tanto gemir.

¡Puedo prescindir de Ti!
¡Te niego!
Todo me da igual
pues sé
que voy a reventar.

Si es verdad que existes,
Señor
Señor Dios,
Si eres Tú el que teje la alfombre estelar,
si este sufrimiento
todos los días en aumento,
eres Tú, Señor, quien manda lo padezca,
coge pues tu cadena de juez.
Aguarda mi visita.
Soy puntual,
no me pasaré de ese día.
Escucha
oh supremo inquisidor:
Apretados los labios,
ni un grito brotar ha
de mi boca mordida hasta sangrar.
¡Como a una cola de caballo, átame a los cometas,
y azótame!
y que mi cuerpo se desgarre en las puntas de las estrellas.
O si no:
cuando mi alma migratoria
frunciendo un ceño obtuso
comparezca ante tu tribunal,
lanza
La Vía Láctea, haz con ella una horca,
y cuélgame, si quieres, pues soy un criminal.
Haz lo que te plazca
¿Quieres descuartizarme?
Yo mismo te llevaré las manos, oh justo.
Sólo que…
¿me oyes?
¡Llévate a esta maldita
amante que me has dado!

En las calles mis pasos aplastan las verstas
¿Qué hacer con el infierno que llevamos dentro?
¿Quién, dí, qué Hoffman celestial
ha podido imaginarte, oh maldita?

II

Y con mi último amor,
brillando como el rosa del tísico,
besé al cielo, que olvidaba
entre humaredas ser azul,
y a las nubes, semejantes
a refugiados harapientos.

De pura alegría ahogaré los aullidos
de las hordas
que han olvidado la dulzura del hogar
¡Escuchad,
hombres!
salid de las trincheras,
terminaréis la guerra más adelante.

Aún cuando
tambaleante de sangre como Baco,
se libra una batalla,
las palabras de amor nunca son degradadas.
¡Queridos alemanes!
Sé muy bien
que en vuestros labios tenéis
la Grethen de Goethe.

El francés
atravesado por una bayoneta, sonríe;
con una sonrisa en los labios cae el aviador
recordando
el beso de tu boca
Oh! Traviata.

Mas qué representa para mí
la rosada molicie mordisqueada por los siglos.
¡Hoy caemos a otros pies!
Es a ti a quien yo amo,
maquillada y
pelirroja.
Quizá de estos días
terribles como la punta de las bayonetas,
nos quedemos, cuando encanezca la barba de los siglos,
más que tú
y yo
persiguiéndote de ciudad en ciudad.
Por más que estés comprometida del otro lado del agua,
por más que te ocultes en el nicho de la noche,
te abrazaré a través de la bruma de Londres
con los labios fogosos de sus faroles.

Por más que en el desierto tórrido alargues caravanas,
allá donde los leones se mantienen en guardia,
yo posaré para ti,
bajo la polvareda,
herido por el viento,
con el Sahara quemado en mi mejilla.

Por más que vistas los labios con una sonrisa,
por más que encuentres hermoso al torero,
repentinamente
lanzaré al tenido el celo
de la mirada moribunda del toro.
Por más que vayas por el puente con paso distraído,
pensando, por ejemplo:
“Abajo hará buen tiempo”,
y yo seré el que fluye bajo el puente,
seré el Sena,
llamándote, mostrándote
mis dientes podridos.

Por más que con otro enardezca a los trotones
en Strekla o Sokolniki,
seré yo quien, encaramado alto, muy alto,
te esté aguardando, pequeña luna lánguida y desnuda.

Soy fuerte
y ellos podrían necesitarme,
y si me ordenasen:
¡muere en combate!
Tu nombre
será el último en coagularse
entre mis labios desgarrados por el obús.

¿Moriré coronado?
¿En Santa Elena?
Las tempestades marinas ensillan a las olas.
Soy candidato tanto
al trono del universo
como a las esposas.
El destino quiso que sea zar
Contra la imagen de tu carita
grabada con otro solar en mi moneda,
ordeno a mi pueblo:
¡Golpea!

Y allá lejos,
donde la gente se marchita, en la tundra,
donde el viento del Norte comercia con el río,
grabaré en mis cadenas el nombre de Lilo
y lo besaré en las tinieblas de mi celda.
¡Escuchad pues, vosotros
que olvidáis fácilmente que el cielo es azul,
con el pelo erizado
de los animales!
Este es, tal vez sea,
el último amor del mundo
iluminado por un rostro de tísico.

III

Olvidaré el año, el día, la fecha.
Me concentraré, solitario, ante una hoja en blanco.
¡Que nazca la magia inhumana de las palabras
iluminadas por el sufrimiento!
Hoy, apenas entré en la casa
sentí
algo extraño en ella.

Algo escondías en tu vestido de seda,
y en el aire flotaba un olor a incienso.
¿Dichosa?
Frío en alguna parte,
Con toda seguridad
La inquietud hace temblar la muralla de la razón.
Ardiendo y febril acumulo desgracias.

Escucha,
por qué ocultar
el cadáver.
Haz que sobre mi cabeza caiga
la avalancha de palabras,
ya que cada uno de tus músculos
pregona
como por un altavoz:
¡ha muerto, ha muerto, ha muerto!
No,
respondo yo,
¡No mientas!
(¿Cómo saldré de esta?)
Tus ojos excavaron en tu rostro
las fosas de dos tumbas.

Las fosas se hunden.
No tienen fondo.
¿Acaso caeré
del andamio de los días?
Por encima del abismo mi alma está tendida como un cable,
allí me balanceo, haciendo malabarismos
con las palabras.


que has gastado su amor.
Adivino el hastío en muchísimos signos.
Rejuvenece tu alma.
Enseña al corazón la fiesta corpórea.


que una mujer cuesta.
Mala suerte
si mientras espero
te visto con el humo del tabaco
y no con bellos vestidos de París.

Llevaré mi amor
como antaño lo hacía apóstol,
por mil veces mil caminos.
A lo largo de los siglos te aguarda una corona
donde mis palabras
crean un arcoíris de estremecimientos.

Así como los elefantes con su jugueteos de cien toneladas
acabaron con la victoria de Pirro,
mi andar de genio ha retumbado en tu cabeza.
Es inútil.
No logro arrancarte de mí.
¡Regocíjate,
regocíjate
pues a fin de cuentas
me has tenido!
Me siento tan mal,
apenas si me queda tiempo de llegar al canal
para sumergir la cabeza en el rictus del agua.

Tus labios.
Qué brutales pones los labios.
Apenas los rozo, el frío me apresa.
Como si en los labios penitentes besase
un monasterio tallado en el frío de las rocas.

Las puertas
se abrieron y cerraron ruidosamente.
Él entró
salpicando por una alegría callejera.
Era
como si un aullido me hubiera partido en dos.
Le grité
“¡Está bien
ya me voy,
está bien!
Ella te pertenecerá.
Dale algunos trapos,
porque las alas tímidas se abotargan bajo la seda,
Cuida que no se vuele.
¡Ata al cuello de tu mujer
los collares de perlas cual si fueran piedras!”

¡Ah! esta
noche!
Apreté y apreté los cordones de la desesperanza.
Mis llantos y mis risas
echaban debajo de espanto la jeta de los muros.
Una aparición:
tu rostro, que traía conmigo,
iluminado en la alfombra por tus ojos,
como si un nuevo Bialik inventase
una deslumbrante reina del Sión judío.

Mártir,
ante aquella que yo mismo había creado,
caía de rodillas.
El rey Alberto,
que ha perdido
todas sus ciudades,
está a mi lado cubierto de cadenas,
¡Flores y pastos, rodad por el oro del sol!
¡Primaverizáos, vidas de los elementos!
Yo sólo quiere beber vasos y vasos
de un solo veneno.

Ladrona del corazón
al que le quitaste todo,
atormentado con delirios de mi alma,
acepta mi ofrenda, querida,
tal vez nunca vuelva a inventar nada más.

Coloread como fiesta ese día.
Que nazca por fin
la magia semejante a la crucifixión.
Miradme:
estoy clavando al papel
con los clavos de las palabras.
**
[1]Versta: Antigua medida itineraria rusa.
[2] Nevsky: bulevar céntrico de Moscú.

De Elsa Triolet
Recuerdos sobre Maiakovski. Y una selección de poemas
Traducción: José Batlló
Kairós, 1976.

miércoles, 7 de julio de 2010

El alma es también fuerza motriz

VLADIMIR MAÏAKOVSKI
(Bagdadi, Georgia, Rusia, 1893-Moscú, 1930)


¡A todos!
No se culpe a nadie de mi muerte y, por favor,
nada de chismes. Lili ámame.
Camarada gobierno, mi familia es: Lili Brik, mi madre, mis hermanas y Verónica Vitaldovna Polonskaya.
Si se ocupan de asegurarles una existencia decente, gracias.
Por favor den los poemas inconclusos a los Brik,
ellos los entenderán.
Como quien dice
la historia ha terminado.
El barco del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana
Y estamos a mano
tú y yo
Entonces ¿para qué
reprocharnos mutuamente
por dolores y daños y golpes recibidos?
***
Y DE TODOS MODOS

La calle se ha hundido como la nariz de un sifilítico.
El río es voluptuosidad que se prolonga en saliva.
Lanzando su ropa interior hasta la última hoja
los jardines yacen derrengados obscenamente en junio.

Salgo a la plaza,
me pongo en la cabeza
la calle ardiente, como una peluca roja.
Los peatones me eluden con temor: en mi boca
agita las piernas un grito a medio masticar.

Pero no oiré un reproche, no escucharé ladridos,
y habrá flores a mis pies como a los de un profeta,
porque ustedes, narices hundidas, lo saben muy bien:
yo soy su poeta.

¡Vuestro juicio final me da tanto miedo como una taberna!
Pero tan sólo a mí, a través de edificios en llamas,
me sacarán en andas las prostitutas como a efigie sagrada,
y me mostrarán a Dios en su descargo.
¡Y Dios llorará leyendo mi brevísimo libro!
Hecho de temblores en compactado ovillo, no de palabras;
y echará a correr por el cielo estrechando mis versos
y los recitará a sus amigos conteniendo el aliento.
1914
***
EL POETA ES UN OBRERO

Se le ladra al poeta:
«¡Quisiera verte con un torno!
¿Qué, versos?
¿Esas pamplinas?
¡Y cuando llaman al trabajo, te haces el sordo!»
Sin embargo
es posible que nadie
ponga tanto ahínco en la tarea
como nosotros.
Yo mismo soy una fábrica.
Y si bien me faltan chimeneas,
esto quiere decir
que más coraje me cuesta serlo.
Sé muy bien
que no gustáis de frases vacías.
Cuando aserráis la madera, es para hacer leños.
Pero nosotros
qué somos sino ebanistas
que trabajan el leño de la cabeza humana.
Por supuesto
que pescar es cosa respetable.
Echar las redes.
¿Quién sabe? ¡Tal vez un esturión!
Pero el trabajo del poeta es más beneficioso:
la pesca de hombres vivos, esto es lo mejor.
Enorme, ardiente es el trabajo en los altos hornos,
donde se forma el hierro chisporroteante.
¿Pero quién
se atrevería a llamarnos holgazanes?
Nosotros bruñimos las mentes con áspera lengua.
¿Quién es más aquí?
¿El poeta o el técnico
que procura a los hombres
tantas ventajas prácticas?
Los dos.
Los corazones son también motores.
El alma es también fuerza motriz.
Somos iguales.
Camaradas de la clase trabajadora.
Proletarios del cuerpo y del espíritu.
Solamente unidos
solamente juntos podremos engalanar el universo,
acelerar el ritmo de su marcha.
Ante una oleada de palabras, levantemos un dique.
¡Manos a la obra!
¡Al trabajo, nuevo y vivo!
Y a los que discursean
que se les mande al molino.
¡Para que el agua de sus discursos haga girar sus aspas!
***
VLADIMIR ILITCH, LENIN
(Fragmento)

Y la muerte
de Ilitch
fue
un gran
aglutinador del comunismo.
Por encima de los troncos
de un enorme bosque,
millones
de manos
sosteniendo su asta
–la Plaza Roja–
la bandera roja
se eleva,
arrancándose
con una terrible sacudida.
De esa bandera,
de cada uno de sus pliegues,
nos llega
vivo de nuevo,
el llamamiento de Lenin:
–¡En fila,
proletarios,
para el último cuerpo a cuerpo!
¡Esclavos
enderezad
vuestras rodillas hincadas!
¡Ejército de proletarios,
adelante y en orden!
¡Viva la revolución
alegre y rápida!
Esta
es la única
gran guerra
de todas
las que la historia ha conocido.
***
I

¿Me quiere? ¿No me quiere? Retuerzo las manos
y los dedos
destrozados desperdigo.
Así deshojan al adivinar y esparcen
por mayo
corolas de margaritas del camino.
Aunque las canas descubran el peinado y la barba;
aunque abundantes suenen en plata
los años
espero, confío; que jamás llegue
a mí el vergonzoso buen juicio.

II

Son las dos
estarás en la cama
O tal vez
tú también andes mal.
No hay prisa,
y con urgencias de telegrama
no tengo
por qué
despertarte y molestar.

III

El mar se aleja de mí.
El mar se aleja a dormir.
Como dicen, incidente zanjado,
la barca querida varó en lo diario.
Estamos en paz,
y no viene a cuenta un listado
de mutuos dolores, penas y agravios.

IV

Son las dos estarás en la cama.
La Vía Láctea es una Osa de plata estelar.
No hay prisa y con urgencias de telegrama
no tengo por qué despertarte y molestar.
Como dicen, incidente zanjado,
la barca querida embarrancó en lo diario.
Estamos en paz y no viene a cuenta un listado
de mutuos dolores, penas y agravios.
Mira en el mundo qué paz;
la noche orló de un tributo de estrellas el cielo.
A estas mismas horas te levantas a hablar
a los siglos, la historia y el universo.
***

Jamás comprenderéis

por qué yo,
tranquilo,
entre un vendaval de burlas,
llevo en un plato el alma
al festín de los años futuros.
Por el carrillo rasposo de las calles,
resbalando como lágrima inútil,
yo,
quizá sea
el último poeta.
**
Les mostraré

con palabras
sencillas, como un mugido,
nuestras nuevas almas,
zumbantes,
como arcos de lámparas.
Apenas toque con los dedos vuestra cabeza
os crecerán labios
para enormes besos
y una lengua
afín a todos los pueblos.
***

1. La poesía es un oficio.

2. La originalidad de los materiales y los procedimientos creativos resultan indispensables.

3. El poeta debe encontrarse siempre en el centro de las cosas y de los acontecimientos sociales. Debe conocer la teoría económica, la vida real, la historia científica. Todo ello es parte vital del trabajo poético.


4. El poeta debe representar los intereses de su clase.


5. Hay que romper con la tesis del arte apolítico.
***
Traducción de los poemas: José Manuel Prieto.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char