lunes, 21 de marzo de 2011

En la perfecta conjetura del presente

Dos poemas de DARÍO ROJO
(Eduardo Castex, provincia de La Pampa, Argentina, 1964)

De tener la más absoluta seguridad

de la llegada de un par de extraterrestres,
cuál sería el problema para levantarte,
ir a trabajar y culminar la felicidad
a alguna hora de la tarde, o de la noche.
Pero si en tu cuerpo conviviera en zarzuela
el alienígena de brazos delgados,
los perfectos giros de la chica que patina,
y una forma que se abre en silencio; donde
descansarías para cuidarte del foso de cocodrilos.
Tomaste un martini en su nave mientras
los asteroides te recordaban a carteles
demasiado brillantes. Ahora sabés
con el mismo conocimiento que mecaniza
el respirar, que ellos no existen, y que nunca
los verás. Pero cada tanto te encontrás en la playa
cavando hoyos sin ninguna razón, apilando
arena mojada sobre arena húmeda.
***
El primer peinado Leyendecker

En el principio la suspicacia dio nombre a los seres.
Después, en la perfecta conjetura del presente
perdimos el don del impedimento y alzamos este muro
en el que hoy se agolpan las más feroces banalidades.
Desde entonces una consumada incapacidad
comenzó a destinar nuestros mejores trajes
a minuciosos baños de inmersión, los mismos
con los que presenciábamos colosales partidas de bochas
con el único objetivo
de ocultar nuestra verdadera tarea en las ciudades:
la de acumular imágenes de asnos
que empujan objetos de un lugar a otro.

Fue ahí donde escuché decir: “El compás
previsto por Von Schwedler se cerró”;
entonces supe de inmediato
que el único privilegio que arrastraría hacia la costa
era el de la imposibilidad; pero no precisamente la suprema,
más bien la de perfil torpe y operativa en el desdén.

Por eso, aunque me entretenga observando
desde un periscopio de juguete
el resplandor de un horizonte artificial,
debo disculparme y decirte en lengua muerta:
vete; no tengo más hielo para ti.
**
Para leer algo más de Darío Rojo, aquí
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char