sábado, 7 de noviembre de 2009

Sólo yo y un moscardón


Algunos fragmentos
de RAYMOND THORNTON CHANDLER
(Chicago, EE.UU., 1888-1959, La Jolla, California, id.)


De Adiós muñeca

"Habían puesto a Rembrandt en el almanaque ese año, un autorretrato más bien grasoso debido a la impresión imperfecta de los colores. Lo mostraba sosteniendo una paleta engrasada con un pulgar sucio, y con una camisa que no parecía muy limpia tampoco. La otra mano tenía un pincel suspendido en el aire, como si estuviera pensando en hacer un trabajito, si alguien se lo pagaba por adelantado. El rostro se veía envejecido, flojo, lleno de disgusto por la vida y de los efectos engrosadores de la bebida. Pero tenía una dura alegría que me gustaba, y los ojos eran tan brillantes como gotas de rocío."
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De El sueño eterno

"Eran aproximadamente las once de la mañana de un mediados de octubre sin sol y con una copiosa lluvia en la claridad al pie de las sierras. Llevaba yo mi traje azul pólvora, camisa azul oscura, corbata y un pañuelo desplegado, zapatos gruesos y negros, medias negras de lana, con cuadrados azul oscuro. Estaba yo pulcro, limpio, afeitado y sobrio y me importaba muy poco quien lo supiera. Era en todo el detective privado tal cual debe ser. Iba a pedir cuatro millones de dólares."
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De La hermana menor

"El panel de vidrio opaco de la puerta está atravesado por letras en pintura negra algo descascarada: Philip Marlowe... Investigaciones. Es una puerta moderadamente sórdida al final de un pasillo moderadamente sórdido en ese tipo de edificios que fueron nuevos alrededor del año en que los baños azulejados se volvieron la base de la civilización. La puerta está cerrada con llave, pero a su lado hay otra puerta, con el mismo letrero, que no está cerrada. Pueden pasar... Adentro no hay nadie, sólo yo y un moscardón. Pero absténganse los nativos de Manhattan, Kansas. Era una de esas mañanas de verano claras y brillantes que tenemos en California a principios de la primavera, antes de que baje la niebla. Las lluvias han terminado. Las colinas siguen verdes y en el valle al otro lado de las colinas de Hollywood puede verse la nieve sobre las montañas más altas. Las peleterías anuncian su liquidación anual. Las casas de citas especializadas en vírgenes de dieciséis años están haciendo grandes negocios. Y en Beverly Hills los jacarandáes empiezan a florecer."
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De La dama en el lago

Sentado sobre un catre en una celda de Bay City:
“Miré mi reloj: las nueve y cincuenta y cuatro. Hora de volver a casa, ponerse las zapatillas y jugar una partida de ajedrez. Hora de tomar una buena bebida helada y fumar una larga y tranquila pipa. Hora de sentarse con los pies arriba y no pensar en nada. De comenzar a bostezar sobre la revista. Hora de ser un ser humano, un hombre de su casa, alguien sin otra cosa que hacer que descansar y aspirar el aire fresco de la noche, juntando energía para la jornada del día siguiente.”

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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char