domingo, 12 de junio de 2011

Por eso escribí en el vaho de los espejos

LASSE SÖDERBERG
(Estocolmo, Suecia, 1931)

El pozo

El que quiere recordar y está lleno de oscuridades tiene que
estar al borde de sí mismo como al lado de un pozo,
tiene que estar recostado contra el pozo con una piedra en la
mano y preguntarse qué oculta el pozo, cuán profundo es, cuán
largo penetra la luz,

y tiene, para calcular la profundidad y oscuridad, que tirar la
piedra y verla caer despacio, como reflexión, como colgada en la
oquedad hasta que esté fuera del alcance de la vista

y quedarse de pie y esperar al borde de sí mismo, inclinado
hacia adelante, hasta que la piedra encuentre la aún más indistinguible
superficie del agua

y aquel que quiere recordar ve la profundidad centellear de
repente, atrayendo la luz, volverse animada como cuando un párpado
se abre y es reconocida por un ojo más abajo.
***
ESQUELETO DE AVE

No tritures lo que queda del canto
Esos huesitos frágiles y fríos
La muerte los lavó sin piedad
Y ahora son como plumas en tu mano
Tampoco pesa el silencio
Su pico sigue afilado y sin brillo
Aquella fuga envuelta en nubes sobre la montaña

Es todo cuanto queda
Un esqueleto de ave en la arena
Texto impronunciable que nadie interpreta.
***

Aquí donde todos eran hijos
Yo no era hijo de nadie

No tenía padre
ni siquiera un árbol, una efigie o una roca

que yo pudiera llamar padre
amorosamente de rodillas

Por eso no maté a nadie
por eso escribí en el vaho de los espejos

Viéndolos hacer venias
ante el dios de las venganzas

Entendí que no había salvación,
sólo lágrimas más pesadas que el plomo

¿Cuántos Goldstein había entre ellos
cuántos Baruch?

La devoción es nido de serpientes
donde nacen vástagos venenosos.

Traducción del autor

2 comentarios:

huggh dijo...

gracias por esta maravilla, Irene. saludos domingueros.

irene gruss dijo...

¡Gracias a ud!, ¡igualmente!

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char