miércoles, 11 de marzo de 2009

Basta con tener buen diente



Algunos poemas de JUAN ANTONIO VASCO
(1924-1984)

“Le pido a Juan Antonio que si algún día me encuentra transformado en un ánima trajinante por la Cuenca del Plata, me eche al hombro —con gracia y con gala de querido compadre— su abrigo blanco de algodón americano.”
Fragmento de un texto de Francisco Madariaga originalmente publicado en Tierra de Nadie (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1998), en un libro de homenaje a este autor.

De Cambio de horario
Ediciones Letra y Línea, Buenos Aires, 1954


LA AGONÍA DE UN PARIENTE
El hombrecito que se inclina para salir por la puerta de su casa
ese agujero de bala cuyos bordes ostentan la pátina de los años
saca primero un ojo luego un brazo
luego una obra en dos tomos
Empuja con todo el cuerpo para agrandar la cavidad de su lenguaje
pero está herido de muerte
morirá dentro de su casa
Un último esfuerzo consigue sacar medio cuerpo por el tragaluz
Su cabeza de plomo fundente cae chorrea sobre la multitud

LA RECONSTRUCCIÓN DEL HECHO
El juez de instrucción se ha puesto las medias de lana
la bufanda de lana
ha metido su corbata de lana en el café con leche está obsesionado
Es su primer asesino y el boleto del subterráneo
se le cambia de bolsillo como una babosa
dejando una huella de jurisprudencia sobre su chaqueta de lana
El guarda del subterráneo empuña sus tijeras y recorta la peluca del juez de Instrucción haciendo una asombrosa juglaría de tijereteos
Pero es su primer asesino
Cambia de asiento saluda con una reverencia a las mujeres que viajan con el paraguas abierto
La humedad es espantosa llueve dentro del subte
El asesino sonríe con esa inconfundible cortesía de las gentes bien nacidas echadas a perder por las malas compañías
le presta su pañuelo al juez de instrucción le recita el primer capítulo del Quijote según establece el código de procedimientos
Es un asesino de cabellos grises sus manos tienen la suavidad de la lana de Angora
ha hecho migas con el polizonte y juegan a en qué mano está
gana el asesino siempre gana el asesino
regala puros y sonríe al público
El juez de Instrucción limpia sin cesar sus anteojos cambia de posición en el asiento el subterráneo se detiene en la ventanilla del hipódromo
en un velorio
en una fiesta de primera comunión donde la niña comulga con rodajas de queso
y la madre lleva rodando la torta con un gancho de alambre
Es su primer asesino
Sólo falta una estación la terminal debajo del gran lago helado las escaleras de caracol talladas
en el hielo muestran alrededor el más perfecto acuario
Pero es su primer asesino corre la cabina del conductor intenta persuadirlo de que es preciso volver porque el lago se ha derretido y marchan hacia una muerte segura
Yo tengo mi planilla dice el conductor mientras yo tenga mi planilla el resto no es asunto mío
Pero es mi primer asesino
A mí qué me importa es mi diezmilésima planilla
El juez de instrucción intenta acogotar al conductor
quiere dar marcha atrás pero el mecanismo echa aire por todas las compuertas y los hombres salen de las escotillas con el rostro cubierto de musgo
y el subterráneo sigue adelante porque el conductor tiene su planilla y pone al juez de instrucción en su sitio
El asesino sonríe una vez más ha adivinado dónde oculta la piedra el polizonte
en la foja de servicios dice y gana otra vez
Han llegado es preciso comenzar la reconstrucción del hecho
El juez tiembla como las recitadoras cuando abren los brazos y sacan sus relojes de bolsillo para llevar el ritmo de los anapestos y de la peste
El asesino le dice ya pasará yo también estaba nervioso en mi primer caso
pero todo es empezar y si usted lo desea le mostraré cómo se hace
Es usted muy amable pero yo no estoy nervioso
empecemos de una vez háganos ver cómo asesinó a la muchacha
cómo detuvo su lecho de ruedas cuando salía de la estación de tranvías absolutamente sola dormida y desnuda
Yo dice el asesino procedo siempre de una manera científica
a las muchachas se las asesina con facilidad y no es preciso poseer una gran imaginación basta con tener buen diente
Le corté la cabeza con este cuchillo
así
El juez de instrucción está muy impresionado
su cabeza ha quedado separada del tronco
El asesino y el polizonte se juegan los despojos a en qué mano está

De Aforismos y desafueros, en Parranda y Funeral [seguido de Aforismos y desafueros] (Fondo Editorial Tropykos, Caracas, 1992)

* Hay esquinas que devoran a quien pasa.
* He aguantado tanto miedo en mi vida, que debo de ser muy valiente.
* Hombre que siempre estaba por organizarse, tenía en vista una estructura, pero mantuvo lábil su forma de charco.

PROHIBIDO PASAR
No se puede pasar por aquí no hay puerta no hay llave no hay más que la roca y la baba y no hay nada que hacer
Y no hay más que signos y símbolos y cercos y ceros y caries y cáscaras y cofres y corchos y curias y culpas y no hay nada que hacer
No nada que engendre ni para ni ruja ni ría ni mate ni ordeñe ni trepe a los árboles ni escupa en el río ni cuelgue el teléfono ni limpie la baba de no hay nada que hacer
ni los barcos ardiendo de música ni los gallardetes del sexo ni el jabón de los parques ni la televisión de la jungla ni la nuca de pelo ni nalgas ni vértebras ni dos mil millones de cepillos de dientes no hay nada que hacer
No se puede pasar por aquí ni desnudo ni negro ni occiso ni arcángel ni a tiros ni fantasma ni enfermo ni un jueves ni a gatas ni ahora ni nunca ni nadie ni hay nada que hacer
No nada ni el cuerpo maniatado hasta los ojos podrá sacar de los bolsillos una gota de sangre para el peaje ni el alma enredada en sus tripas encuentra la cédula ni el espíritu con su ojo enrojecido de luz ni la familia se moverá un centímetro de su retrato de las Bodas de Oro de la Edad de Oro de nada de la conquista del espacio para nada de la civilización occidental para nada de la Producción en masa de NO HAY NADA QUE HACER.

Crédito foto: www.jornaldepoesia.jor.br
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char