domingo, 25 de abril de 2010

Como el cielo de verano que devora las cosas


MARGUERITE YOURCENAR
(Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)




4

Lo que yo creí mío se disuelve y vacila,
Se desatan por dentro los nudos sin morir;
Como el canto de un violoncelo se evade
y se extiende en el aire, amortiguado, y se derrama,
Solamente me encuentro si me busco por fuera.

¡Templos griegos, callad! ¡Callad, catacumbas!
¡Que no narren las altas olas alteradas!
¡Muertos amordazados en la prisión de las tumbas,
Callad completamente bajo la lluvia del llanto!
¡Dioses! ¡Guardad mi secreto al hablar con el viento!

Testigo desesperado de mis metamorfosis,
Sin poder alcanzar el ser que una vez fui,
Como se busca un perfume en el corazón de las rosas
La muerte para encontrarme excavando las cosas,
En único mendigo rechazado se convierte.

Que vaya, si es necesario, a pedirles a las Sirenas
Mi corazón voluptuoso abandonado a las olas.
Frustré la absolución y los fúnebres cantos;
Como un nardo sobre el pecho de las Reinas derramado,
Existo eternamente en lo que di.

Versión de Silvia Barón-Supervielle
***
El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura de que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle
Tomados del blog a media voz

***

El sufrimiento es uno. Se habla de sufrimiento como se habla del placer, pero se habla de ellos cuando ya nos dominan. Cada vez que entran en nosotros, nos sorprenden como una sensación nueva y tenemos que reconocer que los habíamos olvidado. Son diferentes porque nosotros también lo somos: les entregamos cada vez un alma y un cuerpo modificados por la vida. Y sin embargo, el sufrimiento no es más que uno. No conoceremos de él, como no conoceremos del placer, más que algunas formas, siempre las mismas, de las que estamos presos. Habría que explicar esto: nuestra alma, supongo, no tiene más que un teclado restringido y aunque la vida se empeñe en hacerlo sonar, sólo podrá obtener dos o tres pobres notas.

De Alexis o el tratado del combate estéril (fragmento)
***
FRAGMENTOS DE UNA ENTREVISTA

Matthieu Galey -¿La sorprendió la acogida que recibieron sus libros?
Marguerite Yourcenar -Sí, porque no esperaba nada. Me sorprendió que, desde la aparición de Alexis, Edmond Jaloux haya escrito un artículo que me aportó varias docenas de lectores y lo convirtió en un amigo. Sorprendida de que un hombre de buen gusto me haya dicho, hace ya unos años: “Para algunos hombres de mi generación, Eric (de El tiro de gracia) fue nuestro Werther”, o que ex combatientes de las guerras baltas hayan venido a decirme que había traducido sus recuerdos. Quedé estupefacta de que Memorias de Adriano alcance una tirada que al presente debe estar cerca del millón de ejemplares, creí haberlo escrito para tres personas y ¿por qué se ha traducido L'oeuvre au noir (Opus nigrum)a diecisiete idiomas? No obstante, es evidente también que muchos lectores ven en mis libros no lo que he puesto o intentado poner, sino lo que quieren hallar. Al mismo tiempo, por intermedio de la página impresa, nos llegan amigos. Está la gente a la que muchas veces no se contestará, por una simple falta de tiempo -por otra parte algunos no firman sus cartas-, que nos dicen que tal pasaje de nuestros libros les ha aportado algo. Uno siempre se entera con gran alegría.

¿No tiene usted la impresión de ser sobre todo una intermediaria, una médium, alguien a través de quien ha pasado algo?
Absolutamente sí, y es por eso que, en el fondo, sólo tengo un interés limitado en mí misma. Tengo la impresión de ser un instrumento a través del cual han pasado corrientes, vibraciones. Esto vale para todos mis libros, y aun diría que para toda mi vida. Quizá para cualquier vida, y los mejores entre nosotros quizá son también sólo cristales conductores. Así, a propósito de mis amigos, vivos o muertos, me repito la admirable frase que, según me dijeron, es de Saint Martin, “el filósofo desconocido” del siglo XVIII, tan desconocido para mí que jamás leí una sola línea, y jamás verifiqué la cita: “Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado”. Todo viene de más lejos que nosotros. Dicho de otro modo, todo nos rebasa, y uno se siente humilde y maravillado de haber sido así rebasado y atravesado.

¿Eso no conduce a una actitud pasiva frente a la vida?
De ningún modo. Se debe pensar y luchar hasta el fin, nadar en el río siendo a la vez llevado y arrastrado por éste, y aceptar por adelantado la salida que significa hundirse, pero ¿quién se hunde? Basta con aceptar los males, las preocupaciones, las enfermedades de los otros y las nuestras, la muerte de los otros y la propia, para partir de la vida como algo natural, como lo hubiera hecho, por ejemplo, nuestro Montaigne, el hombre que en Occidente quizá más se pareció a un filósofo taoísta, y que sólo los lectores superficiales toman por un antimístico. La muerte, suprema forma de la vida... Sobre este punto pienso exactamente lo contrario de Julio César, que deseaba morir lo más rápidamente posible, lo que casi le ocurrió. Por mi parte, creo que desearía morir con pleno conocimiento, por un proceso de enfermedad bastante lento como para dejar que en cierto modo la muerte se inserte en mí, para tener tiempo de dejarla desarrollarse por entero.

¿Por qué?
Para no dejar escapar la última experiencia, el paso. Adriano habla de morir con los ojos abiertos, y es con esa intención que hice vivir su muerte a Zenón.
Se acercaría a Proust, que modifica la muerte de Bergotte, calcándola de su propia muerte. Comprendo muy bien que haya intentado hacerlo. Esta utilización de la propia muerte es una especie de heroísmo de novelista. Para mí, se trataría más bien de no perder una experiencia esencial, y es porque me interesa tenerla que me parece detestable robarle la muerte a alguien. En Estados Unidos el cuerpo médico es de una sorprendente sinceridad, mientras que en Francia los médicos, y en especial la familia, pasan muchas veces el tiempo engañando a los enfermos. Desapruebo esa actitud. Me gusta lo contrario y respeto a la gente que prepara su propia muerte.
Eso obliga a vivir en constante intimidad con su propio fin.
Lo cual está muy bien. Se debe pensar amistosamente en la propia muerte, aunque se tenga una cierta repugnancia instintiva en hacerlo.
De todos modos estamos muy desarmados frente a ese paso.
Tan desarmados que terminamos quizá lloriqueando o espantados, pero en ese caso se trata de una reacción física, como el mareo.
La aceptación que importa tendrá lugar antes. Además ¿quién sabe? Quizá se harán cargo de nosotros algunos recuerdos, como si fueran ángeles. Los místicos tibetanos aseguran que los moribundos son asistidos por la presencia de aquello en lo cual se ha creído: Shiva o Buda, para unos; Cristo o Mahoma, para otros. Los escépticos puros o la gente sin imaginación no verán nada, sin duda... Un amigo, reanimado luego de haber estado a punto de ahogarse, me dijo que era verdad la creencia popular según la cual se vuelve a ver toda la vida de manera fulgurante; si es así, a veces será desagradable. Se debería ser más selectivo, pero ¿qué querría volver a ver? Quizá los jacintos del Mont-Noir, o las violetas de Connecticut en primavera; las naranjas astutamente colgadas de las ramas por mi padre, en un jardín del medio día; un cementerio de Suiza cubierto de rosas; otro bajo la nieve y entre los abedules blancos, y otros más de los que ni siquiera conozco la ubicación, lo que después de todo, no importa. Las dunas, tanto en Flandes como en las islas de Virginia, con el ruido del mar que dura desde el comienzo del mundo; la humilde cajita de música suiza, que toca pianissimo una pequeña aria de Haydn... o también los largos chupones de hielo en las rocas de Mount Desert por donde, en abril, el agua encuentra su cauce y rebota con ruido de manantial. El cabo Sounion, al atardecer; Olimpia, al medio día; unos campesinos andando por un camino de Delfos, que ofrecían por nada a la extranjera los cascabeles de su mula; la misa de resurrección en un pueblo de Eubea, tras una travesía nocturna a pie por la montaña; la llegada de mañana a Segesto, a caballo, por unos senderos entonces desiertos y pedregosos que olían a tomillo. Un paseo por Versalles, en una tarde sin sol, o aquel día, en Corbridge, en Northumberland, en que, tendida en medio de un campo de excavaciones invadido por la hierba, me dejé impregnar pasivamente por la lluvia, como los huesos de los muertos romanos. Unos gatos que recogimos André Embiricos y yo en un pueblo de Anatolia; el “juego del ángel” en la nieve; una loca bajada en tobogán desde lo alto de una colina del Tirol, bajo unas estrellas llenas de presagios. O también, más cerca en el tiempo, apenas lo bastante decantados para ser recuerdos, el mar verde de los trópicos, manchado de aceite; un vuelo triangular de cisnes salvajes de camino hacia el Ártico; el sol naciente de Pascua (que no sabía que era el sol de Pascua), visto ese año desde un espolón rocoso de Mount Desert, con un lago aún helado, abajo, y que empezaba a resquebrajarse con la llegada de la primavera... Lanzo estas imágenes en montón, sin pretender convertirlas en símbolos. Y sin duda debería añadirles unos cuantos semblantes animados, vivos o muertos, mezclados con los rostros imaginarios o extraídos de la historia. O acaso nada de todo esto, sino simplemente el gran vacío azul-blanco que contempla -al llegar a su fin, en la última novela de Mishima, terminada unas horas antes de su muerte- el octogenario Honda, un juez de ojos perspicaces que es, al mismo tiempo y en el sentido enojoso del término, un voyeur. Vacío resplandeciente como el cielo de verano que devora las cosas y, comparado con él, todo lo demás no es sino un desfile de sombras.

Quizá no sea un azar que tome este ejemplo de una novela japonesa. Me parece que el budismo ha tenido una gran influencia en usted.
Depender sólo de nosotros mismos... “Sed una lámpara para vosotros mismos”, dice el budismo.
Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna. No pienso por cierto en renegar del hombre que ha dicho que aquellos que tengan hambre de fe y de justicia serán saciados -en otro mundo, con seguridad, porque en el nuestro no es verdad- y que los puros verían a Dios, y que en castigo se hizo crucificar -“Oh, a veces me pongo a temblar cuando lo pienso”, dice uno de los más bellos spirituals-, pero menos renuncio aún a la sabiduría taoísta, parecida a un agua límpida, unas veces clara, otras oscura, bajo la cual se descubre el trasfondo de las cosas. Estoy agradecida por lo precioso que me han enseñado sobre mí misma, y en la medida en que he emprendido y proseguido el estudio, al tantrismo y sus métodos casi fisiológicos para despertar las fuerzas del espíritu y del cuerpo, y al zen, esa espada centelleante. Sobre todo, permanezco profundamente ligada al conocimiento budista, estudiado a través de diferentes escuelas que, como las diferentes sectas cristianas, me parecen menos contradecirse que completarse. No sólo su compasión por todo ser viviente amplía nuestras nociones, muchas veces mezquinas, de la caridad, no sólo, como los presocráticos, vuelve a poner al hombre, pasajero, en un universo que pasa, sino que además, como Sócrates -y confiándose, por supuesto- nos pone en guardia contra las especulaciones metafísicas ambiciosas, para incitarnos, sobre todo, a conocernos mejor y, como en las filosofías modernas consideradas más audaces, insiste en la necesidad de depender sólo de nosotros mismos: “Sed una lámpara para vosotros mismos...”.

¿Es uno de los “deseos budistas” a los que ha aludido varias veces?
Los “cuatro deseos budistas” que, en efecto, me he recitado con frecuencia en el curso de mi vida, dudo volver a decirlos delante de usted, porque un deseo es una plegaria, y más secreto aún que una plegaria. Simplificando, se trata de luchar contra las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin al estudio, perfeccionarse en la medida de lo posible y, por fin, “por numerosas que sean las criaturas que erran en la extensión de tres mundos”, es decir, en el universo, “trabajar para salvarlas”. De la conciencia moral al conocimiento intelectual, del perfeccionamiento de sí, al amor por los demás, y a la compasión por ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo texto que tiene alrededor de veintiséis siglos.

¿Ha puesto en práctica esos deseos?
Muy pocas veces, pero pensar en ellos ya es algo.
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Con los ojos abiertos. Conversaciones con Marguerite Yourcenar. Matthieu Galey. Gedisa y algunos fragmentos de esa conversación citados por Walter Kaiser, profesor de Harvard y amigo de la escritora.
Tomado de http://www.periodicoelpulso.com/html/feb04/cultural/cultural.htm#uno
Foto: tomada de mexicomigrante

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡qué desayuno fastuoso, Irene!
besos grandes y gracias por esta maravilla. Julián.

Irene Gruss dijo...

Es el mate de Yourcenar, no más. Gracias, Irene

huggh dijo...

y desayunaré a la noche para cambiar el curso de mi día... gracias Ire... salute. hl

Irene Gruss dijo...

Así es. Gracias, huggh, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char