miércoles, 6 de enero de 2010

¡Oh sin esperanza, clavado, antiguo deseo!

UMBERTO SABA
(Trieste, Italia,
1883 - Gorizia, íd. 1957)


FELICIDAD


La juventud, ansiosa de obligaciones,
ofrece espontánea a la carga sus hombros.
No resiste. Llora de melancolía.

Vagabundaje, evasión, poesía,
¡caros prodigios cuando es tarde! Tarde,
se afina el aire y los pasos se vuelven
livianos.
Hoy es mejor que ayer
aunque aún no sea la felicidad.

Asumiremos un día la bondad
de su rostro, veremos a alguien disolver
como un humo su dolor inútil.
***

VENTANA

El vacío
del cielo sobre el color de purgatorio
de las tejas. Detrás, la línea
maternal de las colinas; debajo la cuesta donde
las palomas se deslizan desde las cornisas
del teatro; reverdece
un árbol que poca tierra nutre;
unas estatuas cargan aves sobre su lira;
y unos niños entre gritos caprichosos
corretean
Traducción: Eduardo Berti
***
La cabra
Hoy le he hablado a una cabra.
Sola estaba en el prado, estaba atada.
De hierba harta, bañada
por la lluvia, balaba.
Aquel balido igual era fraterno
a mi dolor. Y respondí, primero
riendo, después porque hay dolor eterno,
tiene una voz, no cambia.
Sentía esa voz
gemir en una cabra solitaria.
En una cabra de rostro semita
sentía quejarse a cualquier otro mal,
a cualquier otra vida.

Versión: Rodolfo Alonso
***
Primera y segunda licencia

I

Desde la marea que un pueblo ha sumergido,
y a mí con eso, ¿todavía
levanto la cabeza? ¿Todavía
escucho? ¿Todavía no está todo perdido?

II

¡Oh mi corazón desde el nacimiento dividido,
cuántas penas resistió por un delirio!
¡Cuántas rosas en ocultar un precipicio!

Versiones de J. Aulicino
***
Amé

Amé palabras simples que ni uno
osaba. Me encantó la rima flor
amor,
la más antigua difícil del mundo.
Amé la verdad que yace en lo hondo
como un sueño olvidado, que el dolor
amiga redescubre. Con miedo el corazón
se le aparea, y ya no lo abandona.
Te amo a ti que me escuchas y a mi buena
carta dejada al final de mi juego.

Versión de Rodolfo Alonso
***
El deseo

A la venerada memoria del pintor Giuseppe Bolaffio

¡Oh, entre la antigua carne
del hombre este clavado,
antiguo deseo!
Ilusión y mentira,
vanidad de las cosas,
que no lo son o para
no parecerse a él visten diversas
formas, y sin embargo tienen una
donde toda dulzura de lo creado
la carne aúna.

¡Cuánto el hombre ha soñado
por ti, feroz deseo!
En silencio nocturno lo reclama
tu voz que primero es una caricia
y entre los sueños y cuidados, brisa
en la tarde sin viento después, trueno
de pronto que ensordece dominante.
Te reconoce aquel que por la noche,
con lucha y pena, de la vida llega,
te reconoce y, por huirte, invoca
la muerte; ¡ay de aquel
que en ti quiera alcanzar su muerte, antiguo
deseo! Y de su lecho,
ya profanado, hacia el hastío salta
y hacia el horror de sí mismo, el fiero
joven, en cuyo pecho una vergüenza
oprimirá después -¡qué largo el día!-
y un remordimiento.

Pero sigues celando en él tu curso
subterráneo, preparas tu retorno
fatal hacia la antigua
carne del hombre, ¡oh sin esperanza, clavado,
antiguo deseo!

Con él nacido, ¿qué vale
que de sí te sacuda,
la más movil tú, tú la más inmóvil
entre las cosas del mundo, antiguo deseo?
Omnipresente, asumes raras formas,
y ya te velas o te impones en desnuda
forma impúdica.
¿De qué sino de ti he hablado
en los moldes del arte? ¿A qué he escondido
o desvelado, sino a ti?
Lo que sin ti hubiera a mis sentidos
parecido ingrato, y a mi alto espíritu
odioso, lo que hubiera abandonado
como indigno de mí, lo he buscado
por ti, oscuro deseo.
Ni aun maldecirte podría, pues eres
demasiado yo mismo, eres los padres de mis padres
y los hijos de mis hijos.
Ay, que querría en vano
renegar de la vida
el que en suaves abrazos
dijo, sólo una vez dijo,
el "sí" al que persuades
tú con grave dulzura, ¡oh en la antigua
carne del hombre, demasiado adentro clavado,
antiguo deseo!

Cuando el otoño
a cada hoja da
su rojo de sangre, el corazón oprimes
como un aviso extremo, antiguo deseo.
Pones nostalgia de perdidos días,
empresas dejadas,
cosas que hubieran podido
ser y que no son,
y en el hombre, caduco
como las hojas,
pones una confusa voluntad
de vencer a la tumba, ¡oh creador
deseo! Y por qué caminos,
a través de qué hallazgos
a esto llegas, o causa,
tú, de mi mal, y, a la vez,
sí, de mi bien: que por ti veo ahora gente ir y venir,
altas naves partir,
del vasto mundo haciendo
por ti una sola cosa, ¡oh en la antigua
carne del hombre desde el principio clavado,
antiguo deseo!

Cuando retorna
la primavera que al aire
suaviza, el corazón de ansia me aprietas,
de ti lo enfermas al hacerse la noche.
En el invierno
incubas lascivias, en sueños
monstruosos el cálido estío estancas.
Y a veces te lamentas
piadosamente en miradas y en palabras,
como hace el niño grácil y angustiado
que un beso implora.
Así te acogió alguien
en sus jóvenes años, y ahora tan
distinto en sí te siente,
que querría, para sacudírsete
de encima de una vez,
haberse quitado la tiniebla
y no la luz, el día que a la luz
vino con en la nueva
carne, tú, antiguo deseo
tan adentro clavado.

A veces, con amigos,
me burlo de ti, asiduo deseo.
Y entre ellos, uno más querido, triste
entre los tristes y con un aire
más dócil a la vida.
No tiene, que yo sepa, tus placeres,
sino luto de hombre.
Devotamente él la mano tiende,
que tiembla de ansia al colorear sus telas.
En ellas pinta velas
al sol, fuertes contrastes
de formas, y crepúsculos a orillas
del mar, y a bordo, en cada cosa luces
de santidad que de su alma viene
y en otros se reflejan.
De ti no pone nada
en su arte adolescente,
pareciendo de ti siempre inocente.
Sino que él, en largas horas de insomnio
en inviernos enteros,
sin que su mano ni una pincelada
ose, no viejo aún, sino curvado
como un viejo, para ti sueña cosas
que después espantosas
le serían de oír, ¡oh en la antigua
carne del hombre para su dolor clavado,
antiguo deseo!

Versión de Jesús López Pacheco

2 comentarios:

huggh dijo...

grande!! feliz encuentro!! gracias por este post... un saludote!

Irene Gruss dijo...

¡Igualmente gracias!, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char