viernes, 7 de mayo de 2010

Deslizarse –es la ley que rige el Choque


EMILY DICKINSON
(EE.UU.,1830-1886)


«No es el Apocalipsis –lo que- espera,/ sino nuestros deshabitados ojos.»
E.D.


De Poemas a la muerte

La muerte es parecida a ese insecto
que al árbol amenaza,
capaz de aniquilarlo,
y halagador también.
***
Poema Nº 762

No vino todo aquello de una vez
Fue un Homicidio por etapas
La Puñalada, y luego –el alivio de estar Vivo
El Goce de cauterizar

El Gato da una tregua a su Ratón,
afloja sus mandíbulas
para que la Esperanza lo torture
después lo despedaza hasta la muerte

Este es el premio de la Vida -a morir
Mejor si es de una vez
que hacerlo a medias –y luego recobrarse
para un Eclipse más consciente
***
No era la Muerte, pues yo estaba de pie...

No era la Muerte, pues yo estaba de pie
Y todos los muertos están acostados,
No era de noche, pues todas las campanas
Agitaban sus badajos a mediodía.

No había helada, pues en mi piel
Sentí sirocos reptar,
Ni había fuego, pues mis pies de mármol
Podían helar un santuario.

Y, sin embargo, se parecían a todas
Las figuras que yo había visto
Ordenadas para un entierro
Que rememoraba como el mío.

Como si mi vida fuera recortada
Y calzada en un marco
Y no pudiera respirar sin una llave
Y era como si fuera medianoche

Cuando todo lo que late se detiene
Y el espacio mira a su alrededor
La espeluznante helada, primer otoño que llora,
Repele la apaleada tierra.

Pero todo como el caos,
Interminable, insolente,
Sin esperanza, sin mástil
Ni siquiera un informe de la tierra
Para justificar la desesperación.
***
Poema Nº 997

El desmoronamiento no es Acto de un instante
Una pausa esencial
El deterioro y sus procesos
Son como organizadas Decadencias.

Primero Telarañas en el Alma
Una Película de Polvo
Agujero en el Eje
o Elementales Óxidos-

La Ruina es ordenada –un trabajo diabólico,
consecutivo, lento-
Ningún hombre cayó en un solo instante
Deslizarse –es la ley que rige el Choque.
***
Selección, traducción y prólogo
de Rubén Martín.
Bartleby. Madrid, 2010.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char