miércoles, 12 de octubre de 2011

Peregrino del cielo

Un poco más de JAVIER ADÚRIZ
(Buenos Aires, Argentina, 1948-2011)


Ayer a la tarde resolví convertirme en un peregrino del cielo y salir a caminar por los pasillos de dios. Principalmente porque llegó la hora del despojamiento. Me refiero a esa especie de afán de dar un paso y otro y otro, en busca de mis vagas certezas. De ahí también, el hecho oportuno de elegir los ahijú como vehículo de la percepción. Me dije: cada verdad ocasional debe ser anotada en este cuaderno que me regalaron en el año sesenta y cinco, aunque los fragmentos vengan del silencio y no hallen más validez que la de su propio enunciado… Sí, maltrecho lector: seamos viajeros de la eternidad.

A cada paso
Vas hundiendo los pies
En otra carne
***

Pero no es una cuestión de principios lo que aquí atraviesa, sino las correspondencias de la imagen con un espacio privado. No parece haber religión por estos parajes, aunque a veces exista la plegaria. Tampoco civilidad y menos, instinto nacional. ¿Qué va a ser de mí, cuando tire el cuaderno por la ventanilla? Si la literatura no excede el concepto de la compañía, de la pura conversación inteligente. Se vive por lo visto tejas abajo, en el zaguán oscuro donde se urden las palabras.

Habla y habla
Entre sueños
Igual se miente


De Esto es así, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2009
***

Una señora



La señora lava la ropa de la casa, la cuelga.
La señora atiende el hambre de su cría.
Con paso hábil y ademanes precisos
hace lo suyo: esa labor absoluta
de dación oscuramente intensa.
Después, como si fuera un mago,
muestra un habla sutil y delicada,
los vericuetos de un pensamiento
seco, compenetrado con la vida.
Y qué decir de su historia, su dura
y llamativa historia. Nitidez, simpleza
en un punto trabajada en el zen.

Cuánta luz, ella sola en el cuadro.
Ahora piensa: si volviera a nacer,
de verdad, de verdad, que no sé
lo que haría.

***

Balada del contemplativo



Algo así resulta la escena primordial.
Un árbol noble, un viejo cedro
que dejaba trepar su mansedumbre
hasta media altura, a rama suficiente
para pasar las horas y la tarde si quisiera
mirando hacia el oeste,
donde se sabía del próximo espectáculo.
Detrás de un montecito de eucaliptus
el firmamento haría su mudanza
de cambio, entre pocos ruidos
y algún pájaro dichoso por lo libre.

Ese fue el sello que rigió inadvertido
el resto de una vida: contemplación
a expensas de la acción, el vivir para ver,
haberte visto, amor, aun en la locura
de la ferocidad de los días de trabajo,
cuando lo activo nos golpeaba a su ritmo
de ruda vara por la espalda, ajena de emoción
y de sentido. Días de días, horas y semanas
actuando la comedia de existir y haciendo
con honor lo poco que se tenía entre manos.
Pájaros en la jaula de lo no deseado.

En esa distancia entre el ver para vivir
y el hacer para sobrevivir, gastamos vida.
Pero hay mucho de milagro en todo esto.
Por la noche, cuando te tocaba
volvía al cedro, al espectáculo central.
Pasión de sol abrazando el cuerpo del mundo,
la ternura de ese cuerpo tuyo generoso
para que los eucaliptus temblaran
en el tacto y en los ojos. ¿Sabés?
Bendigo ahora la contemplación,
el paraíso del contemplativo.

De Los nada, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2011

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char