domingo, 19 de abril de 2009

Hier ancore




Hier ancore
Cuando se tiene entre
las manos esta riqueza...
tener 20 años y un
mañana lleno de promesas.
Cuando el amor se inclina
hacia nosotros...
para ofrecernos sus
noches blancas.
Cuando se ve, lejos
delante de uno reír la vida...
rodeada de esperanzas,
llena de felicidad y de locuras.
Hay que beber hasta
embriagarse...
la juventud.

Pues todos los momentos
de nuestros 20 años
son contados.
Y ya nunca más
el tiempo perdido
vuelve a nosotros.
Sólo pasa.
A menudo en vano,
tendemos la mano...
y nos lamentamos.
Ya es muy tarde,
ese camino nada lo detiene.
No se puede conservar
para siempre, la juventud.
Ayer aún, tenía 20 años
acariciaba el tiempo...
y jugaba con la vida,
como se juega con el amor.
Y vivía mis noches,
sin contar mis días...
que se escapaban
con el tiempo.
Hice tantos proyectos
que quedaron en la nada.
Tuve tantas esperanzas
que luego desaparecieron.
Y estoy perdido,
sin saber a dónde ir...
Con los ojos buscando el cielo,
pero el corazón en la tierra.
Aún ayer, que tenía 20 años
desperdiciaba el tiempo
creyendo que lo detendría,
y para retenerlo y
hasta superarlo
no hice más que correr
hasta sofocarme.
Ignorando el pasado
y uniéndome al futuro
me adelantaba a mí mismo
en toda conversación
y daba mi opinión
creyéndola la mejor
para criticar al mundo
con total libertad.
Aún ayer, que tenía 20 años
pero perdí mi tiempo
haciendo locuras
que en el fondo
no me dejan nada en claro.
Sólo algunas arrugas
en la frente...
y el miedo al dolor.
Pues mis amores han muerto
aún antes de existir...
Mis amigos se fueron
y no volverán.
Por mi culpa, hoy me rodea
la soledad...
Y arruiné mi vida
y mis jóvenes años.
Entre lo mejor y lo peor,
descarté lo mejor.
¿Dónde están ahora...
ahora,
mis 20 años?

Cuando se tiene entre
las manos esta riqueza...
tener 20 años y un
mañana lleno de promesas.
Hay que beber hasta
embriagarse...
la juventud
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char