miércoles, 8 de abril de 2009

Los personajes decían lo que decían


JEROME DAVID SALINGER
(EE.UU., 1919)

"Tiempo atrás, en 1939, cuando tenía veinte años, estudié durante un tiempo en uno de los talleres de relatos de Whit Burnett, en Columbia. Déjenme decirles que aquél fue un año muy instructivo y provechoso para mí en casi todo. Con simpleza y conocimiento, Mr. Burnett dirigía el taller sin permanecer nunca neutral con respecto a uno. Cualesquiera sean las razones que tuviese para estar allí, él básicamente no tenía intenciones de usar la ficción como sostén de sí mismo en la jerarquía de las revistas cuatrimestrales o en la academia. Generalmente llegaba tarde a clase, disculpándose, y se las arreglaba para escaparse temprano. A menudo tengo dudas acerca de lo que humanamente debe ser un buen y consciente guía de talleres de ficción. Mr. Burnett lo era. Tengo algunas nociones de cómo y por qué lo era, pero esencialmente parece que sólo es necesario mencionar la pasión que tenía por la ficción corta, la fuerte ficción corta, la que muy fácil y apropiadamente se adueña de una habitación. Para nosotros, estaba claro que le encantaba tomar cualquier relato excelente, ya sea de Bunin, de Saroyan, de Maupassant, Dean Fales, Tess Slessinger, Hemingway como Dorothy Parker y Clarence Day, sin prejuicios ostentosos. Allí estaba él, inequívocamente, y por apestoso que seguramente pueda sonar, al servicio del Relato Corto. Pero no quisiera pedirle a Mr. Burnett que cargue ya con mis roncas plegarias. Al menos, no de la misma manera. Esto es algo que se ha quedado atascado en mi cabeza por veinticinco años. En clase, una noche, Mr. Burnett se sintió con ganas de leer That Evening Sun Go Down de Faulkner en voz alta; se lanzó y lo hizo. Una lectura rápida, en un indescriptible y singularísimo tono grave. En efecto, él era mucho menos leyendo la historia en voz alta que atravesando cada palabra, muy concienzudamente, con apenas el veinticinco por ciento de su voz. Cualquier persona elegida al azar en la multitud de un subterráneo podría dar una versión más dramática o de “mejor rendimiento”. Pero ése es el punto. Mr. Burnett se abstenía deliberadamente de rendir bien y de leer maravillosamente. Era como si se hubiese puesto bajo una lámpara de lectura y su voz hubiese pasado a ser tinta y papel. En suma, dejaba en tus manos averiguar cómo es que los personajes decían lo que decían. Recibías el relato de Faulkner, sin intermediario alguno. Nunca antes yo había escuchado a un lector hacerle tantas instintivas y sentidas concesiones a una página parida por un escritor. Lamentablemente, nunca conocí a Faulkner, pero siempre tengo presente enviarle una carta sobre esta manera única de leer su prosa que tenía Mr. Burnett. En esta loca y explosiva era, la gente que lee relatos maravillosamente está por todos lados grabando discos, registrándose, enalteciéndose en televisión o en la radio; yo quiero contarle a Faulkner, que posiblemente ha oído innumerables buenas interpretaciones de su trabajo, que Burnett, a lo largo de toda la lectura, no se interpuso ni una sola vez entre el autor y su amado lector silencioso. Si ha vuelto a hacerlo realmente no lo sé, pero la alegría de cualquiera que haya alguna vez querido alcanzar algo sabe que la forma del relato corto debe quedarse en casa, intacta, lograda. Saludos a Whit Burnett, Hallie Burnett y todos los lectores y colaboradores de Story."

(“Introduction”, Fiction Writer’s Handbook, Hallie and Whit Burnett, Nueva York: Harper and Row, 1975)
Extraído de worldpress.com
Traducción: Martín Abadía

6 comentarios:

Carolina. dijo...

¡Mirá vos!
Yo hoy empecé un taller de escritura, y tus palabras me recordaron a mi profesora.
Un beso.

Carolina

Irene Gruss dijo...

Bueno, son palabras de Salinger, y al aprecer las hago mías. Bien por el taller, Irene

Irene Gruss dijo...

Perdón, se me trabó la lengua: quise decir parecer, Irene

sibila dijo...

los maestros de verdad son para toda la vida.

Irene Gruss dijo...

Y los de mentira también. El profesor de biología entraba, señalaba a cualquiera y espetaba: "Tiene huevo, che" (por cero). Y comentaba tras cartón que en el hospital "hoy se le había muerto otro más, qué macana". Inolvidable, Irene

sibila dijo...

seguramente, irene.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char