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sábado, 1 de diciembre de 2018

Acerca de Hebe Uhart


Por Irene Gruss 

Nacida en Moreno, provincia de Buenos Aires, Hebe Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como docente primaria, secundaria y universitaria. Colaboró con distintos medios gráficos, entre ellos el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, Uruguay. Escribió notas de viajes, crónicas de personajes y situaciones.
(Moreno, provincia de Buenos Aires, Argentina, 2 de diciembre de 1936- CABA, Argentina, 11 de octubre de 2018.)
***
Mejor tarde que nunca, qué sé yo
Si no hubiese sido por el estratega Fogwil o sus amigos Elvio Gandolfo, Enrique Butti, me pregunto qué hubiese sido de la obra de Hebe Uhart en estos días. De veras me lo pregunto porque antes de que el estratega la consagró, como gran publicista que era, la cosa no era así.  Elvio E. Gandolfo cuenta en su prólogo a Camilo asciende y otros relatos (Interzona): "Con unos diez libros publicados, la obra de Hebe Uhart conoce momentos alternos de invisibilidad y difusión. Dios, San Pedro y las almas (1962) y Eli, Eli, lamma sabachtami (1963) conocieron un anonimato casi perfecto. Recién con Gente de la casa rosa (1970) alcanzó una difusión considerable -el sello era Fabril- y tuvo un prologuista de peso: Haroldo Conti. El volumen recogía varios cuentos de los dos libros previos. Los dos siguientes, La elevación de Maruja (1973) y El budín esponjoso (1977) fueron casi invisibles. La distribución masiva para quioscos de la colección Capítulo Argentino que dirigía Susana Zanetti para el Centro Editor de América Latina hizo que La luz de un nuevo día (1983) tuviera amplia difusión. En cambio Leonor (Per Abbat, 1986) se vio poco, y además estaba compuesto, en un movimiento extraño, por tres cuentos ya incluidos en La luz de un nuevo día. Un camouflage eficaz abarcó las tres novelas cortas siguientes: Camilo asciende (Torres Agüero Editor, 1987), Memorias de un pigmeo (Pluma Alta Ediciones, 1992) y Mudanzas (Mondadori, 1995). La contundencia de dos recopilaciones recientes, Guiando la hiedra (Simurg, 1997) y Del cielo a casa (Adriana Hidalgo, 2003) consolidó el lugar que sus libros ocupan en la narrativa argentina".

O sea que desde 1983 hasta 2003 (año en que Adriana Hidalgo la adopta hasta el presente, seguida luego por Alfaguara), Hebe misma habla de la edición de sus libros como un penar:

 “–¿Por qué nunca publicó en editoriales grandes?

–Lo único que te garantiza es una mejor distribución. Una vez estaba por publicar, pero como me postergaban, le pregunté al editor qué pasaba. Me contestó que tenía que esperar porque estaban sacando a Isabel Allende. A esta altura no voy a hacer ninguna penitencia, ni penar a ver si me admiten o no. (Página 12, 2004). “No me sometería ahora a ir a las editoriales y correr el riesgo de que me reboten material, ni en pedo. Me parecería un movimiento absurdo. No es que no sea ambiciosa: soy cómoda. Escuchá esto: es porque soy cómoda. Y quiero mi comodidad, mi tranquilidad. He tenido mucha agitación de joven.” De Página 12, 2009.

Conocí a Hebe a finales de los ’70. Gracias a Guillermo Boido, amigo en común. Con el tiempo, nos hicimos amigas y hubo un período en que leía, comentaba y hasta tipiaba sus originales. Conocí esa “agitación” cuando algunos editores la maltrataban, la bochaban sin leerla. Otros, más tarde, la usaban, le pagaban una miseria o nada por sus derechos de autor, y hasta le pedían dinero para publicarla (ella llegaba a ofrecerlo para que la publicasen en tal o cual sello). Algunas ediciones fueron descuidadas, mal distribuidas. Hebe realmente padecía todo esto en voz más que baja. Cuando Fogwill dijo que era la mejor escritora argentina no vino el reconocimiento inmediato, pasaron veinte años para que eso sucediera.
Desde loca, borracha, desprolija y otros epítetos, pagó el precio de no ser del palo, mucho menos pituca, muchísimo menos del canon. No era solamente rara para algunos. Elvio Gandolfo explicó este rasgo de rareza no como algo definitorio, sino como “producto de la persistencia misma de la mirada, sin modificar su sencillez aparente, que nada (y sobre todo nadie) es siempre ‘normal’”. Narradores reconocidos no entendían ni apreciaban su escritura. También les costaba leer a Clarice Lispector, Luisa Futoransky, Alicia Steimberg o a la uruguaya Armonía Somers.
Eli, Iamma sabachtani, que editó en 1963 gracias a un subsidio que le había otorgado el Fondo Nacional de las Artes. Ese libro sí lo presentó. “Invité a mis amigos y se pelearon esa noche, vino mediante, y nos fuimos unos para el norte, otros para el sur”, contaba y se reía para desdramatizar aquello que para otros podría resultar imperdonable, como estropearle la que había sido su primera presentación.
También fue etiquetada como minimalista: “La suya resulta entonces una literatura de la experiencia, pero de una experiencia de baja intensidad, siempre módica: tal vez por eso su literatura podría admitir, en este sentido, el atributo de minimalista. Es Uhart quien no lo admite: '¿Quién dictamina qué cosas son mínimas o máximas? No hay jerarquía de lo que es importante para escribir. La importancia la da el que escribe'”. Martín Kohan, reseña de Turistas. O naïve: “Lo de naïve tal vez venga de que yo trabajo con material de cosas que pasaron ya hace mucho, y entonces quedan con ese tonito medio elaborado, ya visto; digamos que el conflicto ya está oculto. (…) Eso puede ser lo que dé cierta pátina de ingenuidad. Pero yo no creo que sea naïve, porque parece como fama de pelotuda, ¿o no?” De Página 12, 2009;  “Yo no soy inocente. Lo que sí tengo es esa veta medio optimista”.
En 2017, cuando aceptó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en Santiago de Chile, afirmaba: “Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien. Y no soporto los cuentos en que los protagonistas son escritores, ni las películas sobre el tema”.
Y sobre su relación con la poderosa tradición de la narrativa argentina, hace una finta: “Mi maestro es un uruguayo, Felisberto Hernández. Es una persona que me ha deslumbrado mucho. Me ha acompañado. Los escritores, decía un amigo, son como todas las personas; algunos son para tener en casa y otros para salir: Borges es para mostrarlo, para salir con él, mientras que Felisberto Hernández es para la intimidad, para amarlo”, dice la escritora que, después de ser admirada tantos años en secreto, ahora sale definitivamente a la luz. (PE/Nodal)
Publicado por Nodal, extraído de Economía y Negocios, Chile, el artículo fue editado por Mercurio, Chile, el 2 de agosto, bajo la firma de Roberto Careaga y Anfibia.
 "Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada", dijo en una entrevista con Anfibia.
Puedo dar fe del caudal de anécdotas y salidas, algunas recogidas por su observación finísima; otras, por su sentido del humor mezclado con su arbitraria interpretación filosófica de los hechos y las personas. Nos juntábamos a tomar café muy seguido; Hebe, ansiosa, siempre llegaba antes y no daba tiempo a que me sentara para contar sus “novedades”.  En general, verbalizaba cuentos enteros que recién había escrito, o que iba a escribir, con la misma forma, la misma puntuación.  Amante de Simone Weil, Flannery O’Connor y Felisberto Hernández, esos cafés fueron clases magistrales que tuve el lujo de recibir.
En los asados que solía hacer cada tanto, invitaba a personas, al principio, muy dispares, y con el tiempo fue aprendiendo a reunir gente más afín;  hacía preguntas agudas a cada uno y, arbitrariamente, como siempre, daba su particular punto de vista. Reíamos y aprendíamos.
Una de esas “salidas” tan personales, un momento desopilante que quedará en la historia de la Feria del Libro, fue en una mesa en la que Uhart, que hablaba de las similitudes en la comunicación corporal de humanos y simios, una mujer sentada en las últimas filas la interrumpió, para decir que el hombre no desciende de los monos sino que los monos llegaron de otro planeta y, acto seguido, empezó a ladrar. Cuando todo parecía que se desmadraba, Uhart le dijo "Yo no comparto el creacionismo, yo creo en la evolución" y siguió como si nada hubiera pasado. El aplauso fue estridente.
Samanta Schweblin recuerda la vez que Hebe contó en una mesa organizada por el Centro Cultural General San Martín; Uhart habló última, cuando el público estaba casi dormido de escuchar a los escritores hablar de su vida. Y les dio un cachetazo en el rostro: "Les voy a contar un sueño. Soñé que cogía con Maradona", dijo (y/o provocaba), y comenzó a relatar ese sueño.
"Hablé de infancia a rolete, hablé de mi familia, de los inmigrantes, de mi pobre tía loca, ¡ya está! Ahora quiero otra cosa, por eso hablo de los animales."; “Pordelantear, por ejemplo, la tomé de una señora que vino a mi casa y que me dijo ‘Yo avanzo sin pordelantear a nadie’.” El hecho de evitar a toda costa el lenguaje académico, el savoir faire, etc., quizás haya sido uno de los motivos por los que sus clases se llenaban, y no volaba mosca alguna cunado señalaba: La obsesión, decía, no sirve para escribir, como no sirve la impaciencia. Y lo expresaba de esta forma: “Para escribir, como decía Chéjov, hay que estar a media rienda”. (Clarín)

Cuando dejó la ficción para pasar a sus crónicas dijo: 'Yo no soy aventurera'. Durante 2015, recorrió como siempre, block en mano: Bogotá, Lima, Quito, Otavalo, Resistencia, Tucumán, Carmen de Patagones para Viajera crónica. La Patagonia, Ecuador, Córdoba, Roque Pérez, pueblos de la provincia de Buenos Aires, distintos pueblos indígenas, cooperativas rurales (a una de ellas donó la mitad del Premio Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas de Santiago, Chile, 2018).
“Mejor tarde que nunca, qué sé yo”, dice Uhart ante el reconocimiento tardío. Prefiere no opinar sobre su supuesta mirada asombrada en la escritura o eso de ser una autora de culto. “Eso que lo digan los otros”, añade.
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Bibliografía y comentarios
Elvio Gandolfo escribía en su prólogo para “Camilo asciende” (de 1987): “Lo que la convierte a la vez en un ejemplo muy poco frecuente de penetración filosófica o antropológica y en portadora de un humor opresivo, desopilante, es que se incluye a sí misma en esa mirada, a través de sus distintos alter ego cuando hablan en primera persona”.
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Por Tomás Abraham
Conozco a Hebe desde hace veinte años. Trabajó conmigo en la cátedra de Filosofía de la UBA. Durante el mismo lapso fue parte del Seminario de los Jueves. Es así que la escuché. Y leí algunos de sus libros. Hebe tiene una mirada rara. Toca y se va. No le gusta que se le impongan. Es un ser libre, inaprensible. Sus palabras se miden con una vara pequeña. Le gustan las frases cortas y odia discutir. Prefiere intervenir con interrogantes. Sus observaciones terminan con un “¿no?”.
Es una persona orgullosa, su compromiso con la literatura es vital. Escribir para ella es algo muy serio, no da lugar para poses y pavadas. No le interesa el negocio de la literatura, ni el aparentar de la gente que tiene la etiqueta de escritor. Escribió siempre, con una cadencia parecida. Quizá pueda decirse que le gusta la metonimia. Las cosas ocurren, pasa un perro, una tía tose, un pibe se olvidó una bolita, se quemó la tortilla. La vida sucede, y las personas son pequeñas. Para Hebe, los hombres se expresan en chiquito, pero ya sea cuando lo hacen así, con poco, con lo que pueden, o, cuando aparentan ser muy grandes y enfatuados, Hebe se ríe.
Hebe Uhart es una escritora con humor, leerla es entrar en una atmósfera liviana, matizada, con pinceladas finas. Nos saca una sonrisa. Pero no diría que es amable, por el contrario, es intransigente, eso por un lado; por el otro, su mirada no sale de sí, tiene la autonomía de ciertas locuras. Parece inconmovible. Admito que me he quedado en una descripción psicológica con escasos argumentos estéticos. Pero no se me ocurre más que decir que Hebe escribe bien, sabe componer cuentos y ofrendarlos ya destilados, y, con sus personajes, tiene el mismo buen trato que su maestro Felisberto Hernández. Concluyo diciendo que Hebe Uhart es una escritora doblemente oriental, tiene algo de uruguaya y de japonesa.
Página 12, 2004.
Hebe Uhart integró el Seminario de los Jueves, desde 1984, junto a Gustavo Mallea,  Zopi, Alfredo Tzbeivel, Hebe Uhart (con un profundo interés por el empirismo inglés, según Tomás Abraham), Carlos Savransky. También Esther Díaz y Jaime Plager. Gente que venía de la Universidad de Morón como Miguel Wiñasky, Oscar Terán, a Enrique Marí y a Alejandro Rússovich. Samuel Cabanchik.   Jorge Telerman, Elías Neumann, Eugenio Zaffaroni, Luis Moreno Ocampo, Néstor Perlongher, Horacio González, Christian Ferrer y Ricardo Forster, Edith Elorza, entre otros… Seminario dirigido por Tomás Abraham.
Fue profesora en Filosofía y trabajó durante casi toda su carrera en la cátedra de Tomás Abraham, en la UBA.y en la Universidad de Lomas de Zamora.

***
1962- La editorial Menhir, de Rosario, publica su libro de cuentos Dios, San Pedro y las almas.

1963- Aparece en Buenos Aires su libro de cuentos Eli, Eli, Lamma Sabachtani, publicado por la editorial Goyanarte.

1970- La editorial Fabril publica en Buenos Aires su libro de cuentos La gente de la casa rosa.

1974- La Editorial Cuarto mundo publica la nouvelle La elevación de Maruja.

1976- Su libro de cuentos El budín esponjoso es publicado por la editorial Cuarto Mundo.

1983- El Centro Editor de América Latina publica en Buenos Aires su volumen de cuentos La luz de un nuevo día.

1987- Se publica su novela corta Camilo asciende (Torres Agüero Editor). Participa en el Primer Encuentro de Escritores organizado en Buenos Aires por el Diario Clarín.
1992- Aparece en Buenos Aires el libro de relatos Memorias de un pigmeo (Editorial Pluma Alta).
1995- La editorial Bajo la Luna Nueva publica en Buenos Aires su novela Mudanzas.
1997- La editorial Simurg, de Buenos Aires, publica su libro de cuentos Guiando la hiedra.
1999- Su novela breve Señorita es publicada en Buenos Aires por la editorial Simurg.

2003- La editorial Adriana Hidalgo publica su libro de cuentos Del cielo a casa. “En su nuevo libro Del cielo a casa abundan los cuentos cuyo tema es un viaje (viajes a Alemania, a una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, a la frontera de Uruguay con Brasil, o el viaje de un holandés a Buenos Aires). Se esperaría la secuencia característica: viajar, vivir, contar. Pero estos viajeros viajan esperando volver, porque el gusto del viaje es volver para encontrar todo distinto (‘la casa distinta’, dice Hebe Uhart, dejando ver que en su propia casa transcurre la parte de los viajes que más le agrada: ‘me gustaría tener el don de la bilocación’). Mientras viajan, es menos lo que viven que lo que observan (como Felisberto Hernández, al que Uhart señala como su referente, que ‘no hace más que mirar y mirar’). Viajan y viven; pero viajan incómodos y viven mirando, y lo que cuentan está por eso impregnado de observaciones agudas, leves o no tan leves descolocaciones, el lento incordio de las cosas que cambian”, escribió Martín Kohan, en la Revista Ñ, diario Clarín, el 2 de agosto de 2003.
2004- Se publica su libro de cuentos Camilo asciende y otros relatos (Interzona). “El mundo de Hebe Uhart, que con tanta nitidez aparece en estos relatos, es abundante, colectivo o absolutamente personal, nunca psicológico en el sentido tradicional, novelístico. Desde la primera persona, o desplegando múltiples vidas ajenas, siempre está mirando hacia fuera. Le ha dado a la literatura argentina decenas de personajes emocionantes, inolvidables, que establecen al hablar, al actuar, al tener sentimientos por otros, una manera de existir, de resistir, de no entregarse. Incluso algún ser que no habla, como esa isoca que se queda a escuchar el divague teológico y palabrero de un predicador mientras afuera llueve. Pero que en cuanto la lluvia para, se toma el olivo, silenciosamente”, escribe Elvio Gandolfo, en el prólogo de la edición.
2008- Se publica Turistas (cuentos), por Adriana Hidalgo Editora.
2010- Se publica Relatos reunidos (cuentos y nouvelles), por Alfaguara.
2011- Se publica Viajera crónica (crónicas de viaje), por Adriana Hidalgo Editora.
2012- Se publica Visto y oído, por Adriana Hidalgo Editora. “Hebe Uhart viaja desde muy joven, pero hace apenas dos años que publica crónicas. Hace décadas, publicó un texto sobre la previa del Carnaval de Corrientes, pero no mucho más. Antes, dice, el viaje era sólo por placer, por aventura. “No bien tuve mis primeros sueldos, los gasté en viajar. A los 18 años me fui a Ushuaia; a los 20 me fui a Bolivia, en un viaje de cuatro días en tren, y de ahí a Perú. Después, desde los 21, me fui todos los años a Brasil. En micro, en tren, de cualquier manera.” Sus crónicas conservan ese espíritu de turista: cuentan los incordios con la tarjeta-llave de los hoteles, se asombran con los excéntricos habitantes de Capilla del Monte. Pero si los textos de Visto y oído son, además, muy hermosos, es por las observaciones de narradora lúcida de Uhart.” (Página 12, Radar Libros, fragmento de la nota de Mariana Enriquez, diciembre 2012).
2015- Un día cualquiera (mapa de las lenguas) (cuentos) Adriana Hidalgo Editora.
2015- De la Patagonia a México (crónicas de viaje) Adriana Hidalgo Editora.
2017- De aquí para allá (crónicas de viaje) Adriana Hidalgo Editora.
2018- Animales (crónicas) Adriana Hidalgo Editora.

Distinciones
2004 - Premio Konex, Diploma al Mérito por "Cuento: quinquenio 1999-2003".
2011 - Premio Fundación El Libro al Mejor Libro Argentino de Creación Literaria, por su libro Relatos reunidos, publicado por Alfaguara en 2010.
2014 - Premio Konex, Diploma al Mérito por "Cuento: quinquenio 2004-2008".
2015 - Premio Fondo Nacional de las Artes (letras).
2017 - Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Un dios exacto

JORGE AULICINO
(Buenos Aires, Argentina, 1949)


Niebla en las montañas cerca del mar en Chukotka: Vasily Knyazev

De Imitatione Christi]
Bienaventurado aquel a quien la verdad por sí misma enseña,
no por figuras y voces trasmitida, sino así como es.


Lo público: un desgastado lustre marcial y recoleto,
largos pasillos vidriados con vidrio opaco,
las firmes vetas de capas de pintura superpuestas,
olor a cloro, ruda limpieza.
Es el antiguo edificio del parque Chacabuco bajo una neblina
casi lechosa alta,
en cuyos vestuarios suenan voces, gallos, pitos, carrasperas,
un acento bronco de vez en cuando
de las voces adolescentes.
Después, la pelota bien lanzada, el golpe
certero del bate: un dios exacto.

La enumeración era el discurso de los rapsodas,
nos dijo el buen profesor Mattarollo.
Pruébalo.
Enhebra tus cuentas.
Sólo unos días volverán del mar.

De Mar de Chukotka (Ediciones del Dock, 2018).

martes, 27 de noviembre de 2018

¿Arrancarle a la mosca la penumbra?

HUGO TOSCADARAY
(Buenos Aires, Argentina, 1957)



LA SED

¿sacarle punta al lápiz con una metralleta?
¿regar la piedra?
¿echarle alcohol al hambre?
¿qué es?

¿golpear el verso? ¿con los puños darle?
¿con el cincel de la espera hasta que sangre darle?
¿es eso escribir?

¿arrancarle a la mosca la penumbra?
¿morder la fiebre?
¿sacar espuma por la nuca?
¿qué es?

¿sentarse a esperar que duela algo?
¿que salte algo? 
¿que brille?

y si nada sacude ¿qué?

¿apagar los ojos? 
¿morir un rato?
¿secar un árbol? 
¿raspar un hijo?

¿agazaparse y aguardar
a que una sola palabra 
incendie todas las cosas?

De calibán caníbal, 2018
***
SOBRE LOS OBJETOS HALLADOS EN LA COSTA

he aquí el zapato negro del negro pájaro de Kansas.

en él se pueden oír:

el abrir y cerrar de los párpados del encantador de serpientes
el dedo del jardinero batiendo la casa de los escarabajos
la rodadura final en los durísimos labios de un viejo
y cansado trompetista

el jadeo de una vendedora de cosméticos en la mente
de un hombre desesperado

el roce de los dedos acariciando la copa en un pub
solitario de la calle 52

el mortal jaque de un blues clavándose en la ojera
del amante

el rugido de un cádillac de piernas afiladas demoliendo
la torre del bebop

hoy el zapato negro

es un animal delicado de cabellos de sal

flotando sobre la arena

con la arrogancia de una cama de bronce.

                                           (de La isla de la sirena de las escamas de fuego)

martes, 20 de noviembre de 2018

El centro no es un punto

ROBERTO JUARROZ

Coronel Dorrego, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1925-Temperley, id., 1995

El centro no es un punto.
Si lo fuera, resultaría fácil acertarlo.
No es ni siquiera la reducción de un punto a su infinito.

El centro es una ausencia,
de punto, de infinito y aun de ausencia
y sólo se acierta con ausencia.

Mírame después que te hayas ido,
aunque yo esté recién cuando me vaya.
Ahora el centro me ha enseñado a no estar,
pero más tarde el centro estará aquí.


De Segunda Poesía Vertical, Carlos Lohlé, 1963.
Cortesía de Gustavo Gottfried
**
El centro del amor...

El centro del amor
no siempre coincide
con el centro de la vida.

Ambos centros
se buscan entonces
como dos animales atribulados.
Pero casi nunca se encuentran,
porque la clave de la coincidencia es otra:
nacer juntos.

Nacer juntos,
como debieran nacer y morir
todos los amantes.


De Poesía Vertical VIII, Carlos Lohlé, 1984.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Su memoria procuran decir

MARIA ELENA WALSH

(Ramos Mejía, Buenos Aires, 1930-Buenos Aires, 2011)

El juglar

Que suene la flauta,
que ruede la danza
y vuelvan los días
de Maricastaña.
Yo soy Juan Derramasoles,
juglar de España.

Traigo un oso amaestrado
y un gorro de cascabel
donde sonar la moneda
que me dé Vuestra Merced.
Pobre soy, lo perdí todo
menos el hambre y la sed.

Yo canto lo que sucede
y lo que no puede ser:
hazañas de por ahora,
leyendas de por ayer.
Yo soy aprendiz de río,
voy de entonces a después.

A mi antigua primavera
ya me vuelvo, ya me voy.
He cantado para siempre,
la esperanza me mandó.
Quien me busque por el tiempo
me hallará en el ruiseñor.
***
LA RATITA OFELIA
(fragmento)

... la ratita ofelia,
con su cola fina,
amaneció muerta en la piscina...

... una rana loca
que está de visita
dice: ¡pobrecita! pobrecita!...

... allá se va muerta,
con su gran pollera
hecha de hojas de la primavera ...
***
Las estatuas

Cuando llueve me dan no sé qué
las estatuas.
Nunca pueden salir en pareja
con paraguas,
y se quedan como en penitencia,
solitarias.

Señalando la fatalidad
en las plazas,
miran serias pasar cochecitos
y mucamas.
No se ríen porque no tuvieron
nunca infancia.

Marionetas
grandes, quietas,
con ellas no juega nadie.
Pero si una sombra mala
para siempre las borrase,
qué dolor caería
sobre Buenos Aires.

Cuando llueve y me voy a dormir
las estatuas
velan pálidas hasta que llegue
la mañana,
y del sueño de los pajaritos
son guardianas.

Su memoria procuran decir
sin palabras
y nos piden la poca limosna
de mirarlas
cuando quieren contarnos un cuento
de la Patria.
***
Ahora

Ahora como un ángel apareces
y me rodeas sin decirme nada.
Ángel que yo cuidara tantas veces
sin saberlo, callada.

En todo lo que miro permaneces
como el aire feliz de la mirada.
Me parezco a tu ausencia y te pareces
a mí resucitada.

Porque viniste cuando me moría
a devolverme a vivas caridades;
porque mi noche muda se hizo día

por gracia de tu voz iluminada,
en esta eternidad con que me invades
yo que no era, soy tu enamorada.
***

Según las entrevistas de entonces, Walsh concibió a Doña Disparate como la encarnación paródica del sentido común, mientras que Bambuco es la "personificación de la infancia". Pero, más profundamente, ambas representan las dos personalidades de Walsh: la rigurosa, romántica y un poco demasiado retórica de Otoño imperdonable , y la niña, popular, y un poco demasiado fresca de Tutú Marambá. Las dos salen a batirse a duelo, nunca se vencen la una a la otra y siempre renacen en la cada vez más luminosa hoguera del humor, en la valiente ordalía de crear.

Leopoldo Brizuela

viernes, 9 de noviembre de 2018

Todas las ideas corcovean

Mónica Sifrim
(Buenos Aires-Argentina, 1958)


De "El canal de la Mancha"
Seis

Ningún crimen quedaría impune en este pueblo donde vine a olvidar. Tampoco los olvidos me sonríen. Una muchacha de cabello rojo trae todas las tardes paquetes del correo. Suena el timbre. Si respondo, la ráfaga se ondula. Si no respondo, su cabellera se consume hasta la coronilla y es cenizas, encomienda, la brasa.
**
Nueve

Ningún crimen quedaría impune en este pueblo donde vine a dormir de sueños dulces. Como si el sueño fuera un lampazo asestado al grumo de la vida. Pero al despertar recordé la ira de los días pasados en algo parecido a una prisión. Ahora los perros corren a las gaviotas en sus playas de piedra. Niñas jugando con sus patinetas hacen surcos sobre el pavimento. Son las cartas de la niña al hielo. Son palotes de niña.
**
Catorce

Nadie se acordará de esta visita. Vine encapuchada, me llevaron de prisa. Corcoveaba el bote que nos trajo desde el continente hasta la isla. Por primera vez me vi desnuda en láminas de cuarzo.Removían mi espíritu las olas y asomaba una punta. Las sirenas se asomaban a ver. Marmaids. Marmaids. No me silben así. Hay un tipo de fiebre que aparece solo cuando cruzo este canal y todas las ideas corcovean.
**
22

Pero ni por asomo
se desprende la huella
dactilar.

Los pecados del viento
son pecados menores.

La huella es una flor desmenuzada
que jamás comparece.

Grano.
Polen

Pedacito de pétalo
creyendo
que lo bueno
era el bien. 



 (De Un barco propio, Cienvolando, 2018) 

lunes, 5 de noviembre de 2018

En esotra ciudad o en ésta

EUGENIA CABRAL

(Córdoba, Argentina, 1954)

Bautismo

He temblado junto a la pila bautismal
en la iglesia a oscuras. He temblado al verte de perfil
porque parecías un galo de la Alta Edad Media.
El techo de la nave central es combado y tiene costillas doradas
y pinturas en rojo. Temblaba en esta ciudad americana
y te señalé los santos tallados por aborígenes,
a lo largo de la nave izquierda. En esta ciudad o en esotra.

Somos criollos de varias generaciones, argentinos,
de apellido hispano, de cultura rioplatense,
de costumbres pampeanas, de silencios federales.
Si festejamos la patria comemos a la usanza del Noroeste,
si filosofamos lo hacemos a lo porteño
(la zamba marechaleana de la escisión).
En esotra ciudad o en ésta.

Agradecí a la penumbra que no le permitiese al temblor
avergonzarme. De pronto el ritmo de las frases no coincide,
el temblor ha desencajado alguna articulación.
Como gozne y goce, una es vértigo, la otra, silbo.
Un desplazamiento de placas, un prefacio a la falla de San Francisco.
Pero los desastres de la melancolía se perciben a solas.
Un cloqueo, un chasquido se levanta con dificultad desde la greda
y, anfibio, atraviesa el patio, llega a la ventana.
Los dos somos jóvenes –él de catorce y yo, de doce años- y temblamos,
bajo el hedor acre de las vestiduras,  en el siglo XIII,
ya no somos coloniales y barrosos españoles
desafiando a las autoridades del virreinato:
somos judíos conversos  y sabemos leer.
Después nos convertimos en arrianos y vuelta a perseguirnos.
Más atrás aun en el tiempo, éramos adúlteros y nos lapidaron.
Entonces nos hicimos hinduistas y nos despreciaron.
Cometimos incesto y nos quemaron.
Mezclamos nuestras etnias y nos apartaron.
En esta ciudad y en esotra.

“Amor constante más allá de la muerte”,
nadie podría vencernos, salvo una clara eternidad.

Miré hacia el altar católico y sentí llegar desde vos
esa como ansiedad fastidiosa, esa exquisita fatiga
que te absorbe hacia los corredores del laberinto,
como los embudos de los ríos serranos a los nadadores angélicos.

Y supe lo de siempre: que, para el gran río,
representamos apenas un sorbo dulzón, como la sangre,
un puñado de moléculas y de entropía.

(De En este nombre y en este cuerpo, Editorial Babel, Córdoba, 2012)
**
La voz herrumbrosa 

Sobre la tierra del patio,
mañanas como países condensados en racimos:
pequeñas naciones verdes y floridas,
minúsculas pampas de tréboles
y –en la habitación trasera-
el jardín zoológico de mis gatos,
jilgueros nerviosos y perros adoptivos.
Todo el mundo de la infancia converge
hasta que la sed nos doblega la espalda
y el sueño (boxeador experto) nos cubre la boca
con una toalla deshilachada,
que apaga un tanto la sed de estar solos.

Tantas veces has creído
que no volverías a ver la luz del día,
que no remontarías la punta de tu dedo
fuera del borde de la ventana
y, ahora, como si nadie te mirase,
encuentras –demorados en el patio-
la brevedad de la tarde, el cansancio
y la huella de salitre que ha calado las paredes.
Sin embargo, no es coherente,
¡si estás muy lejos del mar,
de los salitrales, de toda salina!
¿De qué manera el salobral
podría carcomer los revoques de tu casa,
las punteras de tus zapatos?

Mas, aunque dudes, ahí estás,
comprobando la improbable huella,
el salivazo despiadado
de una sal que no escogiste.
**
SALITRE

La sed no tiene voz.

La sedienta mudez implora
un aullido de ángeles al cielo,
una monodia oscura al infierno,
un arrullo de paloma a la cornisa,
una oración temerosa al canalla,
una diatriba memorable al ministro,
una cáscara de sustantivo,
el hollejo de un verbo,
el hueso de un adjetivo,
la médula de un poema.

Algo que diga algo del deseo
y del silencio.

No es preciso que suene sublime,
ni tan siquiera bien dicho,
sólo algo conque tapar la boca,
la gruta cuaternaria de la boca.

(De La voz más distante, Pan Comido Ediciones, 2016)

viernes, 2 de noviembre de 2018

Lo visible es un adorno de lo invisible

 Roberto Juarroz

(Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1925-Temperley, Capital Federal, Argentina, 1995) 

No siempre la visión y la palabra coinciden hasta la suma del poema. Muchas veces sólo quedan algunos núcleos o gérmenes o imágenes o roces, como si fueran restos o quizá paradójicas ganancias de un naufragio. ¿Pero acaso es otra cosa toda la poesía? Tal vez se debiera entonces hablar aquí de fragmentos caídos, astillas de poemas, gestos de aproximación, trozos de materia poética de textos que no terminaron de nacer. Y consolarse con la idea de que nacer es un proceso que nunca termina.
Llegar con los ojos abiertos a la mirada final, como un estandarte que no se avergüenza. Aunque los ojos abiertos tengan que cerrar muchas cosas.
Lo visible es un adorno de lo invisible.
Apagar una luz me deslumbra más que encenderla.
Una hoja en el árbol, justifica al árbol. Pero un árbol sin hojas lo justifica todo.
Imaginar una lámpara hasta encenderla.
Sólo desnuda da sombra la flor.
Una sola palabra en una casa de espejos.
Allí donde la luz no alumbra, tal vez alumbre la sombra.
Me has enseñado a no cortar las flores. He sospechado que tú eres cómplice de su crecimiento.
Ya que debemos olvidarlo todo, deberíamos por lo menos una vez recordarlo todo.
Aunque pierda mi nombre y yo no responda ya a su llamado, volveré siempre al lugar donde tu lo pronunciabas.
Nadie posee nada. Para poseer algo es preciso desnudarlo, apoderarse de su centro y tener un espacio donde protegerlo. Nadie puede, para poseer una rosa, desvestirla de sus pétalos y retener su fragancia. Las manos del hombre son siempre manos vacías. Tal vez nuestro ejercicio fundamental consista en aprender a amar y escribir con las manos vacías.
***
NOTA INTRODUCTORIA a Poesía vertical, 1958-1975

Es probable que nos falte conciencia para calibrar la posible realidad o irrealidad de la poesía. Podemos sospechar que la realidad es una cuestión de conciencia o visión profunda y que a mayor conciencia corresponde más realidad: o menos realidad. Y nos es dado suponer que para una hipotética conciencia o visión total no habría nada irreal, ni siquiera aquello que más lo parece. La poesía, sin embargo, da un paso más allá. Antes que nada, el poema se nos revela como invención y nos damos cuenta luego que el poema es también descubrimiento de la realidad. Comprendemos entonces la esencia de la poesía: la realidad sólo se descubre inventándola. La poesía es la visión activa: visión que crea lo que uno ve. La visión poética es, además, visión verbal. No nace con posterioridad a otra visión: ve con palabras. Primero hay un impulso, un estado de fluidez. La visión cobra forma mientras brota el poema. No hay, entonces, como a menudo se ha dicho, correspondencia o inadecuación de una forma verbal con respecto a una realidad preexistente, ni puede hablarse por lo tanto de fidelidad o traición. La realidad nace aquí con la forma. Todo el resto —sentimientos, ideas, cultura, tradición, hechos, situación— son factores convergentes, que colaboran en mayor o menor grado con el nacimiento de esa unidad de visión verbal y creadora que es el poema. Vivo el poema como una explosión de ser por debajo del lenguaje. Descubro aquí cuatro elementos básicos: explosión, ser, lenguaje y debajo. Podríamos acercarnos a ellos diciendo lo anterior de otro modo: el poema es la expansión abrupta de una realidad fundamental que se genera a través de las posibilidades subyacentes de la expresión verbal y no sólo por medio de su capacidad significativa inmediata. Partiendo de aquí (o tal vez llegando), he sentido la flaccidez y la blandura de gran parte de la poesía. He  buscado entonces una poesía más concreta en su esencia, con peso propio, sólida, vertical. Creo que el problema no consiste en variar los temas, sino en una cuestión de tono, actitud interior, configuración simbólica y manejo del lenguaje. Tono: una expresión decidida, naturalmente de fondo, rotunda y hasta a veces cortante, aunque se hable de lo más escondido. Actitud interior: vivir las propias visiones con radical consistencia, sin cálculos ni temores, prolongando la vida interior hasta sus últimas consecuencias, hasta que adentro y afuera no se diferencien, en una contemplación casi religiosa de la dinámica profunda de las formas. Configuración simbólica: potencia íntegra de la imagen, entendiendo por tal no sólo la de raíz sensible sino también la fundada sobre los giros más penetrantes y originales del pensamiento, evitando rigurosamente lo difuso, con confianza plena en la vigencia de una estructura poética propia de los últimos alcances de la inteligencia, con la convicción de que sentir y pensar no son cosas distintas, con una fidelidad de base al desarrollo particular de cada núcleo poético y una vivencia o experiencia integral del poema como un organismo unitario. Manejo del lenguaje: concisión, desnudez, concentración, renuncia a lo decorativo y retórico, con una especie de animismo verbal (reconocimiento de la vibración, el temple, la conducta y el ánimo de cada palabra) y un plasticismo figurativo, despierto en los sucesivos esbozos de algo así como una despojada y tal vez inalcanzable parábola del espíritu. Me apasiona la fuerte humanidad de una búsqueda de esta clase, su desafío a las normas y los estereotipos, la densidad del nivel donde se gesta la lucha por la expresión, la intensidad del buceo en las zonas más olvidadas y sin embargo más vivas de lo real, la simbiosis profunda de todas las proyecciones simbolizadoras, la paradójica complementariedad y hasta sincronicidad de lo espontáneo y lo reflexivo, lo dicho y lo no dicho, la victoria y el fracaso, lo esperado y lo inesperado, lo posible y lo imposible, lo uno y lo otro. Me subyuga el amor que se funda y sustancia en estos espacios vivos y la libertad radical de ese amor, que ya no hace distingos entre expresarse y comunicarse, entre soledad y compañía, entre ausencia y presencia, entre voz y silencio, entre amar y pensar, entre todo y algo. La palabra transfigurada de un hombre solitario puede recoger allí, por abajo, el gesto misterioso y absurdamente magnífico de la humanidad. La poesía puede entonces proyectar ese gesto y abolir en un acto de amor la distancia entre el hombre y los objetos, entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y la muerte. Más que un vacío, esas distancias son el músculo al que es posible dar vida con el nervio de la visión creadora, con el tatuaje inusitado de la palabra en función y explosión de ser, para mover así el mundo. La realidad está donde queremos que esté, donde somos capaces de engendrar una forma. En el corazón de mi poesía está la creencia en que el pensamiento es más concreto que todo el resto de la materia del mundo. Por eso, en el corazón de mi poesía hay también un rostro. Toda vida es sólo un amago, el anuncio o comienzo de un gesto. También la poesía es un amago, pero su ademán permanece, como si fuera algo más. El hombre y su lenguaje empujando implacablemente sus límites, desvestidos de todo cuanto no sea límite, desvistiéndose de aquello que ahora lo es. Suprema afirmación, es también lo más cercano a la suprema negación. La grandeza concreta de la poesía, como la de la vida, consiste en no estar hecha. Un salto siempre más allá, el salto que nos hace posibles. Desde dentro, toda obra es un fracaso. Pero creo haber buscado algo distinto. Y esa búsqueda, desde adentro o afuera, no es un fracaso. 
ROBERTO JUARROZ

jueves, 1 de noviembre de 2018

El tiempo arrastra todo

JORGE SPÍNDOLA
(Comodoro Rivadavia, Chubut, Argentina, 1961)

BAILONGO

el viento está silbando una canción
abracémonos querida mía
el tiempo arrastra todo
hay una llanura de cuerpos extendidos
hay un barco de esta piel incendiado a la deriva
hay un gallo tuerto cantando en el baldío
una bolsa de nylon se levanta por el aire
un barrilete remonta a un niño hacia la tarde
todo gira su huracán entre las manos
la vida es un bumerang lanzado hacia la vida
la muerte baila y se desnuda en los pasillos
hay cadáveres bailando en el ama de la tierra
y hay cachorros que navegan en el vientre
todo gira y baila sobre el mar de los tambores
toda suda y se hace polvo que se expande
nos metieron a vivir querida mía
y ahora estamos en el baile
una música extraña está sonando
no importa dejémonos llevar por el deseo
dejemos a nuestros pies bailar sobre las aguas.

jueves, 25 de octubre de 2018

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena

Alfonsina Storni 
(Capriasca, Suiza, 1892​​​​-Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina, 1938) 


FRENTE AL MAR

Oh mar, enorme mar, corazón fiero 
De ritmo desigual, corazón malo, 
Yo soy más blanda que ese pobre palo 
Que se pudre en tus ondas prisionero. 

Oh mar, dame tu cólera tremenda, 
Yo me pasé la vida perdonando, 
Porque entendía, mar, yo me fui dando: 
«Piedad, piedad para el que más ofenda». 

Vulgaridad, vulgaridad me acosa. 
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre. 
Hazme tener tu cólera sin nombre: 
Ya me fatiga esta misión de rosa. 

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena, 
Me falta el aire y donde falta quedo, 
Quisiera no entender, pero no puedo: 
Es la vulgaridad que me envenena. 

Me empobrecí porque entender abruma, 
Me empobrecí porque entender sofoca, 
¡Bendecida la fuerza de la roca! 
Yo tengo el corazón como la espuma. 

Mar, yo soñaba ser como tú eres, 
Allá en las tardes que la vida mía 
Bajo las horas cálidas se abría... 
Ah, yo soñaba ser como tú eres. 

Mírame aquí, pequeña, miserable, 
Todo dolor me vence, todo sueño; 
Mar, dame, dame el inefable empeño 
De tornarme soberbia, inalcanzable. 

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza. 
¡Aire de mar!... ¡Oh, tempestad! ¡Oh enojo! 
Desdichada de mí, soy un abrojo, 
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza. 

Y el alma mía es como el mar, es eso, 
Ah, la ciudad la pudre y la equivoca; 
Pequeña vida que dolor provoca, 
¡Que pueda libertarme de su peso! 

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele... 
La vida mía debió ser horrible, 
Debió ser una arteria incontenible 
Y apenas es cicatriz que siempre duele.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Iacocca piensa en el futuro, en la transformación de las personas

Hebe Uhart 
(Moreno, Buenos Aire, Argentina; 1936-Buenos Aires, Argentina; 2018)​

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LEE IACOCCA Y EL CUIDADO DE SÍ
Por HEBE UHART

En sucesivas exposiciones correspondientes al año 1987, se aplicó la categoría
foucaultiana de "cuidado de sí" a griegos, romanos (estoicos), cristianos y a un sujeto moderno, un ejecutivo norteamericano, Lee Iacocca, empresario de la Ford y de la Chrysler. Me tocó a mí leer y comentar la autobiografía de Iacocca, que correspondería aparentemente a la del hombre que se hace a sí mismo, que se trabaja a sí mismo. En los sujetos anteriores el cuidado de sí estaba en función del autodominio del poder, de la salvación del alma, en fin, de algún poder terreno o supraterreno que los contenía y moldeaba en cuanto individuos. Si bien el examen de sí mismos realizado por los estoicos, por ejemplo, alcanza una gran amplitud en cuanto a la inserción del hombre en el mundo y en la naturaleza, y en el caso de Iacocca la tecnología del yo estaría solamente restringida al rendimiento empresario y por lo tanto, la exigencia del yo
consigo mismo sería volverse más útil para un objetivo heterónomo: la empresa, existe en el mismo Marco Aurelio una mirada similar a la de Iacocca, en cuanto hombre del poder. Dice Marco Aurelio:
"Al levantarte, cada mañana has de decidirte: tropezar hoy con un indiscreto, o con un
ingrato, o un insolente, o con un envidioso, o con un egoísta. Son vicios que le vienen de la ignorancia del bien y del mal... Acostúmbrate a escuchar con atención lo que te dicen y tanto como te sea posible, penetra en el alma de tu interlocutor".
Lo que en Marco Aurelio era una función propia del emperador, recibir gente, en
Iacocca es una técnica, la de la entrevista.
Dice Iacocca, evidentemente acostumbrado a leer en el alma del interlocutor, aunque no lo diga: "Lo que no se puede saber en una entrevista es si el sujeto es trabajador y si es perseverante, o sea si es un adulto y no un niño".
Dice Marco Aurelio, refiriéndose siempre a la gente que recibe: "Yo en esos seres
imperfectos veo a mis hermanos por el espíritu y nuestro común origen divino, yo no puedo recibir daño ni ofensa porque sus defectos no van a pasarse a mí ni es posible que yo me enoje contra mi hermano y lo odie".
Saquemos el origen divino, pero Iacocca piensa en el futuro, en la transformación de las personas; aparece el concepto de oportunidad y de adecuación. "No todas las personas son aptas para las mismas cosas, por eso estoy en desacuerdo con la rotación de puestos; pero cada uno tiene algún valor y hay que darle una oportunidad."
Aun desde la limitada perspectiva de lo que puede ser selección de personal dentro de
una empresa, el concepto de que alguien va a ser apto en una sección, trabajo o rubro, implica un conocimiento del otro y una valorización de su vocación y el virtuosismo que supone una tarea bien hecha. Las normas milenarias de vocación, autoejercitación y auto-examen, aparecen en nuestra sociedad tecnológica, aplicadas al trabajo. Medir a una persona por su rendimiento, es medirla por lo que hace, por su práctica. La objeción que se me planteó al exponer el tema es que no podría hablarse de cuidado de sí en este caso, ya que no se trata, en el sujeto que trabaja en una empresa, de una persona autónoma, dado que toda la tecnología del yo (autoexamen, prácticas para superar rendimiento, etcétera) está al servicio de la empresa, o sea con un fin heterónomo; no sería una relación libre del sujeto consigo mismo; el sujeto sería entonces la empresa. Pensé que la objeción era válida, hasta cierto punto, pero me planteé algunos interrogantes. ¿Es posible por ejemplo que un vendedor, haciendo su autoexamen como tal, descubra que no vende porque es impaciente y no se extienda en consideraciones sobre otras áreas de su vida en que le acontece lo mismo? ¿Es posible desglosar las prácticas económicas como si estuviesen aisladas de otras prácticas sociales, o mejor dicho, como si vender fuera una actividad abstracta y no llevara consigo todo un mayor mundo de intercambios, conversaciones, seducciones?
Suponiendo que en el caso de la empresa se trata de un virtuosismo restringido,
destinado a vender; tomemos un ejemplo que por algún motivo me resulta similar, tal vez porque tiene por objeto el dominio del cuerpo, el deportista, que trabaja su cuerpo, ¿no tendrá acaso un contacto consigo mismo, con sus logros, con los otros -aunque habitualmente no lo expresa-, no adquiere a través del trabajo con su cuerpo un conocimiento mayor o distinto de sí mismo?
En el debate posterior a la exposición se llegó a la conclusión de que en nuestra época
sólo se podría hablar de cuidado de sí en un artista, por la relación consigo mismo que se refleja en su obra, y en aquellos casos en que el arte tiene que ver con la tecnología, por ejemplo un arquitecto, ¿vamos a decir que el sujeto es el edificio, o acaso éste no pareciera ser, como en el caso de la empresa, un conglomerado de intenciones, imaginaciones, producción, personas, que existe como la empresa cuando es habitado, vivido, usado? O en el caso de las artes que lindan con la gimnasia, donde hay una intención de belleza, como la gimnasia acrobática, ¿es cosa sólo de técnica y del cuerpo? ¿Tendremos que distinguir entre arte puro y del otro, y a los puros estaría destinado el cuidado de sí?, a pocos; volveríamos a la línea socrático-platónica de ascesis en contraposición de lo mundanal, de lo que hay. Una empresa, ¿no puede ser acaso algo bello?
De Foucault y la ética.Seminario dirigido por Tomás Abraham. Edición original: Buenos Aires, Editorial Biblos, mayo 1988; 
Hebe Uhart fue profesora en Filosofía y trabajó durante casi toda su carrera en la cátedra de Tomás Abraham, en la UBA y en la de Lomas de Zamora.. 
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char