martes, 15 de marzo de 2011

Pero pienso en la otra: ¡en la que falta!

ENRIQUE BANCHS
(Buenos Aires, Argentina, 1888-1968)


La función poética -ese vehemente y solitario ejercicio de combinar palabras que alarmen de aventura a quienes las oigan- padece misteriosas interrupciones, lúgubres y arbitrarios eclipses. Para justificar ese vaivén, los antiguos dijeron que los poetas era huéspedes ocasionales de un dios, cuyo fuego los habitaba, cuyo clamor poblaba su boca y guiaba su mano, cuyas inescrutables distracciones debían suplir. De ahí la costumbre mágica de inaugurar con una invocación a ese dios el acto poético.

"¡Oh divinidad, canta el furor de Aquiles, hijo de Peleo, el furor que trajo a los griegos males innumerables ya arrojó a los infiernos las fuertes almas de los héroes, y libró su carne a los perros y a los alados pájaros!", dice Homero. Y no se trata de una forma retórica, sino de una verdadera plegaria. De un "sésamo, ábrete", mejor dicho, que le abrirá las puertas de un mundo sepultado y precario, lleno de peligrosos tesoros. Esa doctrina (tan afín a la de ciertos alcoranistas, que juran que el arcángel Gabriel dictó palabra por palabra y signo por signo el Corán) hace del escritor un mero amanuense de un Dios imprevisible y secreto. Aclara, siquiera en forma burda simbólica, sus limitaciones, sus flaquezas, sus interregnos.

He indicado en el párrafo anterior el caso muy común del poeta que a veces hábil, es otras veces casi bochornosamente incapaz. Hay otro caso más extraño y más admirable: el de aquel hombre que en posesión ilimitada de una maestría, desdeña su ejercicio y prefiere la inacción, el silencio. A los diecisiete años, Jean Arthur Rimbaud compone el "Bateau ivre"; a los diecinueve, la literatura le es tan indiferente como la gloria, y devana arriesgadas aventuras en Alemania, en Chipre, en Java, en Sumatra, en Abisinia y el Sudán. (Los goces peculiares de la sintaxis fueron anulados en él por los que suministran la política y el comercio.)

(...) En la ciudad de Buenos Aires, el año 1911, Enrique Banchs publica La urna, el mejor de sus libros, y uno de los mejores de la literatura argentina; luego, misteriosamente, enmudece. Hace veinticinco años que ha enmudecido.

(...) La urna, en cambio, no requiere convenios con su lector ni complicaciones benévolas. Ha transcurrido un cuarto de siglo desde su aparición -un dilatado trecho de tiempo humano; ciertamente no ajeno de hondas revoluciones poéticas, para no hablar de las de otro orden- y La urna es un libro contemporáneo, un libro nuevo. (...) Es muy sabido que los críticos les interesa menos el arte que la historia del arte; la obtención efectiva de una belleza que su arriesgada búsqueda. Un libro cuyo valor fundamental es la perfección puede ser menos comentado que un libro que muestra los estigmas de la aventura o del mero desorden...

(...) La urna ha carecido, asimismo, del prestigio guerrero de las polémicas. Enrique Banchs ha sido comparado a Virgilio. Nada más agradable para un poeta; nada, también, menos estimulante para su público.

(...) Tal vez, como a Georges Maurice de Guérin, la carrera literaria le parezca irreal, "esencialmente y en los halagos que uno le pide".

Tal vez no quiere fatigar el tiempo con su nombre y su fama.

Tal -y ésta será la última solución que propongo al lector- su propia destreza le hace desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil.

Es grato imaginar a Enrique Banchs atravesando los días de Buenos Aires, viviendo una cambiante realidad que él sabría definir que no define: hechicero feliz que ha renunciado al ejercicio de su magia.

Jorge Luis Borges, fragmento del artículo "Enrique Banchs ha cumplido este año sus bodas de plata con el silencio", publicado el 25 de diciembre de 1936.
***
Sombra

Si la muerte es final, total olvido,
el alma, en ese sueño no sentido,
nada es, pues no sabe que ha vivido;
nada, pues de sí misma está vacía.

O, acaso, sombra es de lo que ha sido,
y en vena vana hay eco de un latido
y oye caer en ilusorio oído
hojas secas de extinta melodía.

Sombra. Sombra de todo lo perdido,
reflejo que por siempre ha recogido
fugaz amor e instante de agonía,

y por siempre, en el Tiempo detenido,
sueña que es cierto su vivir mentido
porque espera la muerte todavía.
***
I. Entra la aurora en el jardín

Entra la aurora en el jardín; despierta
los cálices rosados; pasa el viento
y aviva en el hogar la llama muerta,
cae una estrella y raya el firmamento;

canta el grillo en el quicio de una puerta
y el que pasa detiénese un momento,
suena un clamor en la mansión desierta
y le responde el eco soñoliento;

y si en el césped ha dormido un hombre
la huella de su cuerpo se adivina,
hasta un mármol que tenga escrito un nombre

llama al recuerdo que sobre él se inclina.
Sólo mi amor estéril y escondido
vive sin hacer señas ni hacer ruido.
***
2.

Hermosa es la sidérea compañía
de siete estrellas en la oscura frente
del universo... Pero está vacía
la sombra que la octava hermana ausente.

¿Qué ignoto espacio su fulgor rocía
desde una eternidad, sola y silente?,
¿qué destino, a ella sola desprendía
como una flor del grupo refulgente?

El aderezo de las siete estrellas
es bello y como lágrimas son ellas...
pero pienso en la otra: ¡en la que falta!...

Veré más rostros y pasión más alta,
pero con fiel angustia, solamente
pensaré en esa que perdí, ¡la ausente!

De La urna (1911)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char