lunes, 11 de abril de 2011

Gris fundido con el gris de la noche

ELOÍSA OLIVA
(Buenos Aires, 1978. Actualmente vive en Córdoba, Argentina)

Corríamos
alrededor del farol
los cuerpos
de los cascarudos
deshaciéndose
bajo las zapatillas

Ciegamente
corríamos

hacia la luz, al grillo

escondiéndonos, aprendiéndonos
la música
***
Homenaje


para llegar a casa cruzo el boulevard
hace días está cubierto de flores
húmedas que caen
de las tipas
tendido en un banco
un hombre joven duerme
pétalos amarillos
le llueven sobre el jean
***
1 de enero

En el jardín las flores tiemblan
en la brasa del último aire. Un hombre
se acerca y hunde
su cuerpo en la silla
olvidada junto a las hortensias.
Cruza los brazos, un short
es todo lo que lo protege
de la inclemencia de un nuevo año
Como si plantara
una semilla el hombre
mira
un punto fijo en la tarde. Y espera
que finalmente ahí
crezca algo
así como un sueño, y venga
de la noche calurosa, hacia él.
***
una ojeada al abuelo
venas rojo intenso
cortan el rostro en secciones
el espacio total de la carne
como ennegrecido y
suelto
hay marcas en los brazos
terminando en aureolas
violáceas a veces, otras
de un verde claro como el pasto
a fines del verano
***
cerca de barrio general paz

a esta hora de la madrugada
un perro camina al lado de otro perro
sus patas
trazan tréboles de cinco hojas
sobre la vereda
son celestes las bolsas
que deshacen bajo los hocicos
detrás, una fábrica desmantelada oscila
en la humedad recién disipada
su gris fundido con el gris de la noche
titila al verde rojo amarillo
del semáforo

el taxi centellea sobre el pavimento
su chofer
se sabe dueño de un imperio
se acomoda en la butaca
enciende el contador:
“a dean funes 31 de enero 1997”
(a eso no se sabe quién lo pide)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char