viernes, 18 de septiembre de 2009

Reposo, novilunio


Algunos pocos poemas de
HUGO PADELETTI
(Alcorta, Santa Fe, Argentina, 1928)


(...)
No hay secreto
que no sea interior.
Aún en flor
su encubrimiento prevalece.
¿Qué primavera
dice su invierno?

La primavera
es.
(...)

[LA PACIENCIA]
***
Ahora soy un ojo
inmóvil en el cielo,
una nostalgia sin yo
que forma nubes en el cielo.

Ahora soy la imagen del cuadro, sobre fondo
de rojo sombrío,
la mirada perdida en insondable dignidad,
reclinado en un marco de oro.

Mañana habré caído
en un pozo de sangre,
en una vieja trampa familiar,
me habré enredado entre los hechos.

Mañana habré bajado hasta una alfombra
raída,
hasta el polvo que enciende los deseos,
hasta la culpa.
***
Misión

Hay sedimentos de sequía
en el fondo del cauce.

En el pasto su propio
secar
y brotar.
Reposo, novilunio.

Me llego hasta las ramas abiertas
porque tiemblo y vacilo.
Las ramas tienen su actitud cada una.

Los álamos obstinan
la misión de lo magro.

Goza en los trigos
el barbecho
su maternidad sombría.

Sube y me reconforta
-proyección de la savia-
algo que viene de antes
de la tierra

y vuelvo de los campos
tenso
de gestaciones.

Reverdezco así tras de la entrega,
de la higuera repito el milagro
y, diciendo,
me cumplo.
***

PARA DECIR que te arrastras
habría que limpiar esa palabra
de las adherencias del uso.
No te arrastras, desbordas
tu circunstancia.
Si la violeta ilustra la modestia,
tú floreces la fiel culminación,
la plenitud de lo chato.
Porque has descartado la ambición
encarnas la autenticidad.
No trepas, te encarama
lo cotidiano.
***

Crédito imagen: Ahora es ahora es ahora
01/05/1997, de Hugo Padeletti,
monocopia láser s/ tela
62,5 x 72,5 cm.
Firmada y fechada en el ángulo inferior derecho.
Ingresa al museo en el año 2003. Donación del artista.
Núm. de registro: en trámite.
Núm. de inventario: en trámite.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char