miércoles, 1 de abril de 2009

Estoy contento de que haya lechuzas


WALDEN O LA MÍSTICA DEL BOSQUE
Por Henry David Thoreau

(1817-1862)
Fragmentos
1. La enseñanza de la simplicidad.
Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales, y no sucediera que estando próximo a morir, descubriese que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera vida; ¡la vida es tan cara!, ni tampoco deseaba practicar la resignación, a menos que fuese enteramente necesaria. Quería vivir profundamente y extraer todo lo maduro como para infligir una derrota a todo lo que no fuese vida; guadañar un ancho espacio a ras del suelo; empujar la vida a un rincón y reducirla a sus términos más bajos, y si mostrase ser mezquina, obtener su genuina y total mezquindad y publicar su miseria ante el mundo; o si resultara ser sublime, conocerla por experiencia, y ser capaz de dar una verdadera noticia de ella en mi próxima excursión. Porque me parece que la mayor parte de los hombres están en una extraña incertidumbre sobre si será del diablo o de Dios la vida, y han llegado a la conclusión, un poco apresurada, de que el principal fin del hombre sobre la Tierra es "glorificar a Dios y gozar de Él eternamente".
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Estoy contento de que haya lechuzas. ¡Qué lances sus gritos idiotas y maniáticos hacia los hombres! Es un sonido admirablemente adecuado a los pantanos y al crepúsculo de los bosques, del que en vano se buscara un ejemplo en el día, y sugiere una naturaleza vasta y primitiva que los hombres no han descubierto aún. Representan el rígido crepúsculo y los pensamientos insatisfechos que todos tienen. Todo el día ha brillado el sol sobre la superficie de algún pantano salvaje, donde hay un abeto solitario cubierto de colgantes líquenes llamados barba de viejo, y pequeños halcones circulan por encima, y el pato susurra entre las siemprevivas, y abajo remolonean la perdiz y el conejo; pero luego apunta un día más triste y riguroso, y una distinta raza de criaturas despierta para expresar así el significado de la Naturaleza.
Extraído de temakel.com**
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En la literatura sólo nos atrae lo salvaje. La torpeza es otro nombre para la docilidad. Es el pensamiento indómito, incivilizado, libre y salvaje en Hamlet, en la Ilíada y en todas las escrituras y mitologías lo que nos deleita, lo no aprendido en las escuelas ni refinado y pulido por el arte. Un libro bueno de verdad es algo tal salvajemente natural y primitivo, misterioso y maravilloso, ambrosíaco y fértil como un hongo o un liquen. Supongamos que la rata almizclera o el castor se dedicaran a la literatura: ofrecerían nuevas perspectivas de la naturaleza. La falta de nuestros libros y de nuestras acciones es que son demasiado humanas. Quiero algo que hable en cierto modo de la condición de las ratas almizcleras y de las mofetas tanto como de la de los hombres, lejos de la cháchara complaciente y condescendiente de los filántropos.
Escribir (Una antología) Pre-Textos. Valencia. 2007

2 comentarios:

huggh dijo...

un gusto increíble -de conmoción... leer estos textos... gracias Irene (aunque suene repetido el agradecimiento no lo es)... saludos, h

Irene Gruss dijo...

A mí me pasa lo mismo, así que no hay nada que agradecer, je, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char