lunes, 23 de febrero de 2009

Tomo café en la terraza

CLARICE LISPECTOR
Aguaviva (fragmento)


Ahora adivino que la vida es otra. Que vivir no es sólo desarrollar sentimientos gruesos —es algo más sortilégico y más grácil, sin por eso perder su fino vigor animal. Sobre esa vida insólitamente atravesada tengo puesta mi pata que pesa, haciendo así que la existencia fenezca en lo que tiene de oblicuo y fortuito y sin embargo al mismo tiempo sutilmente fatal. Comprendí la fatalidad del acaso y en eso no existe sino contradicción.
La vida oblicua es muy íntima. No digo más sobre esa intimidad para no herir el pensar-sentir con palabras secas. Para dejar eso, oblicuo, en su independencia desarrollada.
Y conozco también un modo de vida que es suave orgullo, gracia de movimientos, frustración leve y continua, de una habilidad de esquivamiento que viene de largo camino antiguo. Como señal de rebelión apenas una ironía sin peso y excéntrica. Tiene un lado de la vida que es como en el invierno tomar un café en la terraza dentro del frío y abrigada en lana.
Conozco un modo de vida que es sombra leve desatada al viento y balanceándose levemente en el suelo: vida que es sombra fluctuante, levitación y sueños en el día abierto: vivo la riqueza de la tierra.
Sí. La vida es muy oriental. Solamente algunas personas escogidas por la fatalidad del acaso probaron de la libertad esquiva y delicada de la vida. Es como saber arreglar flores en un jarrón: una sabiduría casi inútil. Esa libertad fugitiva de vida no debe ser jamás olvidada: debe estar presente como un efluvio.
Vivir esa vida es más un recordar indirecto de ella que un vivir directo. Parece una suave convalecencia de algo que sin embargo podría haber sido absolutamente terrible. Convalecencia de un placer frígido. Sólo para los iniciados la vida entonces se torna frágilmente verdadera. Y se está en el instante-ya: se come la fruta en su vigencia. ¿Acaso ya no sé más de lo que estoy hablando y todo se me ha escapado sin yo sentirlo? Sé, sí —pero con mucho cuidado porque sino por un triz no sé más. Me alimento delicadamente de lo cotidiano trivial y tomo café en la terraza en la finalización de este crepúsculo que parece enfermizo solamente porque es dulce y sensible.
¿La vida oblicua? Bien sé que hay un desencuentro entre los seres que se pierden unos a otros entre palabras que casi no dicen nada más. Pero casi nos entendemos en ese leve desencuentro, en ese casi que es la única forma de soportar la vida de lleno, pues un encuentro brusco rostro a rostro con ella nos asustaría, espantaría sus delicados hilos de tela de araña. Nosotros somos de soslayo, para no comprometer lo que presentimos de infinitamente otro en esa vida de que te hablo.
Y yo vivo de lado —lugar donde la luz central no me tuesta. Y hablo bien bajo para que los oídos sean obligados a estar atentos y a escucharme.


(Traducción de Haydée M. Jofre Barroso)

4 comentarios:

cara de cuero dijo...

cada vez que encuentro a CLarice en el éter
me viene tal estremecimiento ...,
quedo como un náufrago
aferrado
a
su
deriva ...


sudaçoes.

Irene Gruss dijo...

Sí, ¡y es contagiosa! Gracias por pasar, Irene

cara de cuero dijo...

"tengo un caballo dentro de mì que raramente
se expresa . Pero cuando veo a otro caballo,
entonces el mío se expresa .Su forma habla "
clarice lispector.

...por eso no paso.estoy ,

lupiciniassaudaçoes...

Pd.(conoceslacanción"clarice",decaetanoveloso)

Irene Gruss dijo...

Sí, la conozco. Gracias, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char