miércoles, 22 de abril de 2009

Cero claridad


Dos poemas
de ELVIRA HERNÁNDEZ

(Chile, 1951-)

HUEVICHE SUMMUM

Cero claridad. Durmiendo el día y despertando de noche. La ampolleta apagó la luz en mitad de la escalera. Cayó sobre mí una montaña ardiendo, una ruma de piedras caldeadas o me tragué un pan muy picante. Crucificada en los escalones yo sólo hubiera querido echar lava por la boca. Después estaba en cueros, sucia, goteando, como salida de un terremoto pero intacta, y mi corazón parado de un solo campanazo.
Cero claridad. Ya he contado el veintiocho, el treinta y cinco, el cincuenta y seis y el setenta y cinco sin ver sangre. Sin ver el sol, sin ver nada. Sólo los perejiles que me pongo, y creo que alguien las verá verde.
***
lloverán ignaros a cántaros
Nostradamus
NO HAY PRINCIPIOS

Siempre escuchamos la persistente gotera.
Los días caen
y parecieran tiempo anestesiado.
Pasan las aguas
sobre mojado. Bajo el puente rebulle el caldo
diluvia
más de dos mil años. No hay mar para tanto morir
ni cielo para algún empezar.
Lento lento
vase en el recodo. Salpicados por la fatiga
sin cantos. Cantan solas ya las probetas
hierven, rebuznan
"seréis como estrellas"
arenas carnívoras que todo lo cubren
ciempiés
zombies, sombras
gente del arroyo
parados como estacas.
Por módicos billetes el matricero
de genes sigue su labor. Se lava las manos, sale

por ahí un rato a buscar respiro
una paja que dar vueltas entre los dedos.
"¿Alguna novedad?"

La próxima hornada se encuentra lista para entrar
a las puertas de la Muerte
Trámite desapercibido
fogonazo
y multitudes y estaciones atestadas y aviones despegando
van, vienen con el mismo rostro de mortal racialidad.
Mañana otra vez.
El caudal ha aumentado
por el desagüe se fue la flor cortada de mi generación.
No te detengas, sigue
corre hasta la esquina
pon el cuchillo en pleno corazón
salta la valla
que no te embistan
y detrás de la puerta
un corto coito que el tiempo está detrás de ti.
El amanecer ya te ha despreciado. Placentas
irán a la deriva
hidras desmeneladas
y el semen congelado será otro río.
Que nadie se confunda
con este sueño.

Pronto te deslizas por la calle cuajada.
Empedrados
de ojos que no ven
dan la bienvenida
a la cotidianidad. Los detalles
-esos que dejamos pasar-
zumban
como moscas en el estercolero.
Todavía no sabes
a qué viniste al mundo.
Lo que visitas
a diario como un país desconocido
está en los retazos abstrusos de papel
que han empapelado demasiado
el tiempo detenido.

Más de alguien
te habrá dicho que no tienes lugar.
Los automovilistas
no aquilatan aún
la frente en alto de caballero andante.
A la misma velocidad y
por la misma calzada
va Perogrullo
con el paraguas satelital en la mano
y aquel sin nombre a la vuelta de la rueda.
¿Es ésta la paradoja de Aquiles?
Tú decides pasar el momento con un vaso de vino
Corrida humana
para Todo Competidor
por la Franja
de la Monotonía.
Nada se mueve
Millones de seres microscópicos están allí
agazapados
como dunas.
A su tiempo ascenderán.

En la uña
llevan la cuenta
de los olímpicos
saltos de esas oleadas modernas
en el humanódromo.
En el descampado
infinitos años
cargando el mismo peso
calillas de siete plagas
sin habitación.
Tú decides pasar el momento con un vaso de vino.
En manadas
como nuevos
saliendo de las fosas
esta mañana. No hay alas en los hombros
sino un mecanismo atascado
(No puedes creer
que el sueño continúe) Miles
pie en el pedal
aceleran
sobrepasan la hiperkinesia. Millones
(con los que te cruzas) están
como cajas en la correa transportadora
y tan enteramente vacíos.
Cardúmenes
en posición loto
sacan la lengua para la hostia
del anzuelo electrónico. El triple
se hace aserrín y nada
como leña
del árbol cortado.
Ciudad rota
en su casco
y a pique. No aparece la mano
arañando el agua
(se escapan por la tumba)
ni grita eso que va quedando en pie. A flote
en puntillas
algo te dice que vivir es
guadaña inadvertida.
Tú decides pasar el momento con un vaso de vino.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char