miércoles, 20 de julio de 2011

He poblado de nombres el silencio

GIUSEPPE  UNGARETTI
(Alejandría, Egipto, 1888 - Milán, Italia, 1970) 

9

Año tras año, en tanto observo que el invierno
Es sensitivo y, por pudor, es turbio,
Con florecer menudo brota de oro
La mimosa. Se encuadra en la ventana
De aquella casa mía de otro tiempo,
De esta donde transcurre mi vejez.
En tanto me aproximo al gran silencio,
¿Será un indicio de que nada muere
Si incesante retorna su apariencia?
¿O sabré finalmente que la muerte
No reina más que sobre la apariencia?

Versión de Ricardo Herrera
***
Vanidad

De improviso
se alza
sobre los escombros
el límpido
estupor
de la inmensidad
Y el hombre
curvado
sobre el agua
sorprendida
por el sol
se descubre
una sombra
acunada y
lentamente
rota

Traducción de Rodolfo Alonso
***
La Piedad
1

Soy un hombre herido.
Y me quisiera ir
Y finalmente llegar,
Piedad, donde se escucha
El hombre que está solo consigo.
No tengo más que soberbia y bondad.
Y me siento exilado entre los hombres.
Pero por ellos sufro.
¿No seré digno de volver a mí?
He poblado de nombres el silencio.
¿Hice pedazos corazón y mente
Para caer en servidumbre de palabras?
Reino sobre fantasmas.
Ah hojas secas,
Alma llevada aquí y allá...
No, odio el viento y su voz
De bestia inmemorable.
Dios, ¿aquellos que te imploran
No te conocen ya más que de nombre?
Me has expulsado de la vida.
¿Me expulsarás de la muerte?
Quizás el hombre también es indigno de esperar.
¿Está seca también la fuente del remordimiento?
Qué importa el pecado,
Si ya no conduce a la pureza.
La carne recuerda apenas
Que ha sido fuerte alguna vez.
Es loca y gastada, el alma.
Dios, mira nuestra debilidad.
Queremos una certeza.
¿Ya ni siquiera ríes de nosotros?
Y compadécenos entonces, crueldad.
No puedo ya más estar amurallado
En el deseo sin amor.
Muéstranos un vestigio de justicia.
¿Cuál es tu ley?
Fulmina mis pobres emociones.
Libérame de la inquietud.
Estoy cansado de gritar sin voz.

2

Melancólica carne
Donde brotó la alegría alguna vez,
Ojos entreabiertos en el cansado despertar,
¿Tú ves, alma demasiado madura,
El que seré, caído en tierra?
Está en los vivos el camino de los muertos.
Somos nosotros el torrente de sombras,
Son ellas el grano que nos estalla en sueño,
Suya es la lejanía que nos queda,
Y suya es la sombra que da peso a los nombres.
¿La esperanza de un montón de sombra
y no otra cosa es nuestra suerte?
¿Y tú, Dios, sólo serás un sueño?
Al menos a un sueño, temerarios,
Queremos que te parezcas.
Es fruto de la demencia más clara.
No tiembla en nubes de ramas
Como pájaros de mañana
Al filo de los párpados.
En nosotros está y languidece, llaga misteriosa.

 Traducción de Rodolfo Alonso

2 comentarios:

huggh dijo...

la piedad, la piedad... gracias.

irene gruss dijo...

Melancólica carne
Donde brotó la alegría alguna vez... Gracias, huggh, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char