miércoles, 19 de enero de 2011

No pises tu sombra, no pises mi escoba

Algunos poemas de LEONARD COHEN (Montreal, Canadá, 1934)

Entre los miles
Que son conocidos,
O que quieren ser conocidos
Como poetas,
Quizá uno o dos
Sean auténticos
Y el resto son impostores,
Rondando por los recintos sagrados
Tratando de parecer genuinos.
No hace falta decir
Que yo soy uno de los impostores,
Y ésta es mi historia.
***

Me gustaría leer
uno de los poemas
que me arrastraron a la poesía.
No recuerdo ni una sola línea,
ni siquiera sé dónde buscar.
Lo mismo
me ha pasado con el dinero,
las mujeres y las charlas a última hora de la tarde.
Dónde están los poemas
que me alejaron
de todo lo que amaba
para llegar a donde estoy
desnudo con la idea de encontrarte.
***

Dejé que tu mente entrara en mí
por culpa de la soledad.
Fui un hogar para tu visión.
Pero no podría serlo dos veces.
No pises tu sombra,
no pises mi escoba.
Yo mantendré tu sombra limpia.
***

Comí y comí y comí,

no me perdía ni un plato.
¿Cuánto cuestan estas comidas?
Nos lo cobraremos en odio.
Yo gastaba mi odio por doquiera,
en cada trabajo, en cada cara.
Alguien me concedió deseos
pedí un abrazo.
Varias muchachas me abrazaron, entonces
fui abrazado por hombres.
¿Es perfecta mi pasión?
Hacedlo de nuevo.
Yo era hermoso, yo era fuerte,
Conocía la letra de todas las canciones.
¿Os gustaron mis canciones?
Las letras que cantaste estaban equivocadas.
¿Quién eres tú a quien me dirijo?
¿Quién anota lo que confieso?
¿Eres acaso una maestra del corazón?
Un coro respondió Sí.
Profesores, ¿han terminado mis lecciones,
o debo tomar alguna más?
Rieron y rieron:
Hijo, no has hecho más que empezar.
***
Si supieras

si supieras cuánto te quisimos
lo disimularías
no irías por ahí jodiendo
con la pasión
que mató a trescientas mil personas
en hiroshima
o recogió rocas de la luna
para hacerlas polvo
buscándote
buscando tu ánimo perdido
*
Versiones de Antonio Resines
Foto: tomada de usonica.com
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char