sábado, 29 de octubre de 2011

Cualquier señal oscura de sentido

JUAN JOSÉ SAER

(Serodino, Santa Fe, Argentina, 1937-Francia, 2005)


Reconstrucción del soneto "escrito" en su cuento breve Sombras sobre vidrio esmerilado,
en el que toma versos de un poema de Alfonsina Storni

Cuando una sombra sobre un vidrio veo

Veo una sombra sobre un vidrio. Veo
algo que amé hecho sombra y proyectado
sobre la transparencia del deseo
como sobre un cristal esmerilado

en confusión, súbitamente, apenas
vi la explosión de un cuerpo y de su sombra
ahora el silencio teje cantilenas
que duran más que el cuerpo y que la sombra

¡Ah! si un cuerpo nos diese aunque no dure
cualquier señal oscura de sentido
como un olor salvaje que perdure
contra las diligencias de ese olvido

y que por ese olor reconozcamos
cuál es el sitio de la casa humana
como reconocemos por los ramos
de luz solar la piel de la mañana.
**
De Alfonsina Storni,
Contra voz


ENTIERRA la pluma
antes de atarte a los puños
como una llama
el dolor de servir
a cosas estultas.

Por su punta,
como por los canales
que desagotan el río,
tu agua se desparrama
y muere en el llano.

La palabra arrastra limos,
pule piedras,
y corta selvas imaginarias.

Piden los hombres
tu lengua,
tu cuerpo,
tu vida:
Tírate a una hoguera,
florece en la boca
de un cañón.

Una punta de cielo
rozará
la casa humana.

(de Mundo de siete pozos, 1934)
Para leer este cuento de Saer, haga clic aquí o aquí, etcétera.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char