martes, 21 de junio de 2011

Yo no trato con pequeños incidentes

Un poema de


LEONOR GARCÍA HERNANDO
(Tucumán, Argentina, 1955-Buenos Aires, 2001)

LA INTENSIDAD DE LAS VICTIMAS


con guantes de encaje
vienes a romper mi frente, mi aleta de nadar en la avenida
sucia
¿qué quieres de mí, más que ese corazón
que comes de entre enaguas?. Tu delgada cucharilla
de plata escarba su lenta carne idiota.
No mires aún los círculos tristes de mi oído. No hables
sobre la cabeza inclinada en el mimbre esta guillotinada
debe todavía? ¿cuántas monedas de púrpura fiebre?
la indigencia en túneles no es suficiente.
Me quieres con el foco en la frente, como una muñeca de
loza en el teatro cerrado
este estrellado cielo contra mi nuca
esta mano de tinta en el cuello quebrado
hay una intensidad en las víctimas
un esplendor en esos ojos alzados hacia el que ajusta un
pañuelo de seda
hay una intensidad en las víctimas
en la sombría indiferencia con que levantan la frente
cuando la piedra es lanzada desde las terrazas
una impresión de sello en lacre tibio.
He de dormir después atropelladamente un
automóvil plateado sobre un gato tuerto, en la ruta a
Dolores. Lo vi hace 16 años y el gato fascinaba con su
único ojo abierto en el pavimento ardido. En la banquina
blanda como un arrozal, el vapor saturaba los nervios. Lo
brutal sucede tan rápido
y ha quedado esa oscuridad del grisado asfalto extenso
también en mi corazón
detalles en los abismos flores que crecen rarísimas en
la pendiente abrupta pétalos y agua fangosa que se
estiran en un fondo atravesado el crimen que agita las
sienes el sol contra el agua final de ese paisaje roto,
para que llegue descalza la intensidad de las víctimas
recuerdos que caen pesados y fatales en un deshacerse de
plumas pequeño navío de velas pálidas que el
atardecer consume suavemente
detalles ¿sutilezas? pequeños bocados de un pan
rancio desviaciones que son desgracia sólo para el
desgraciado.
Otros pasan rasantes sin hundirse
sólo los intensos resbalan con la espina dorsal arran-
cada como una mala hierba de entre los pulmones,
los dedos negros de arañar terrones y el creciente cabello
de los muertos en la noche de una tierra partida
puedo contar algunas cosas porque he
dormido en vigas secas y puedo hablar de algunos
sucesos que ocurren en las estaciones de tren al
contemplar a los amantes que tiemblan
y puedo preguntar, sí, seguro que sí,
puedo pedir alguna explicación porque la estafa ha sido
altísima
porque me han quitado dientes en los intervalos
y perdí papeles en autos que sangraban una luz rojiza
y puse mi rostro entre las uñas, sin poder respirar,
pedí deseando verdaderamente que me den y no me
dieron
candelabros y fragmentos que el agua inunda bibliotecas
en sótanos sumergidos algas en un temblor que es de
rezo nocturno
yo no pedí venir a esta casa a esta
división de las manos sobre materia ácida
quítenme este sombrero de paja de la
frente estas enaguas estas construcciones que me señalan
quítenme ese aire confuso ese olor a
remedios en un cuarto cerrado y caliente ese manto
sobre los hombros débiles y aún así la intensidad brillará,
su rareza será un esplendor en la noche de ráfagas su
estación será el verano de un agua estancada
y todo por preguntar: ¿por qué somos intensas las
víctimas?
¿por qué nos distingue el daño entre los nadadores de la
piscina?
¿por qué vinimos al mundo para sostener un estuche de
fósforo?
no pedí esta docilidad de las sábanas
que cubren el cuerpo desnudo no quise la gramilla
del parque fisurada por fuentes de piedra
no pedí esta fiesta de rosadas flores de hule y las pupilas
dilatadas en el calor de boleros
porque hay una intensidad en las víctimas
porque camino entre jardines enrejados con un búho
blanco en el hombro
yo no pedí venir no quise que los altísimos techos
negros fueran sostenidos por columnas doradas no
quise esta losa grabada en mi boca
me hiere como otro alfiler clavado du-
rante mi trabajo de costura ver los labios de los que dicen
amarme.
La intensidad sumerge las palabras que se dicen al oído
con el musitar de un moribundo
no pedí venir bajo estos carteles que en la noche subida
palpitan como animales cansados no quise estos gru
-mos no besé su garganta para dormir con agua de es-
malte frío sobre los párpados. Sólo ayer dormía con un
cuerpo olvidado sobre la hierba y tuve unos días de sere-
nidad sobre los lunares de mi pecho
y pasaron días inmensos, de frías rajaduras en los vidrios,
sin que nadie pregunte por mí, sin que a nadie aflija mi
cabeza rapada
yo no trato con pequeños incidentes
aquí estoy mi boca de cine mudo aguardando su
bermellón pastoso como una sangre reciente
la capucha de piel caída en la espalda.
En un cuenco de madera sostengo la vela de cebo
marchito e ilumino el corredor
hay una intensidad en las víctimas
hay elegidos para la caricia
y hay elegidos para la navaja
he dado mi luz en un pasillo que se hundía en puertas
entre esos grises deteriorados de paredes que no se
ventilan
es intenso el pasillo de los retenidos
y es intenso y confuso el lecho de las asesinadas.



estamos abiertos otra vez un peque-
ño y húmedo batracio de piel lisa y ojos de desnudo azu-
lejo vivo
y sin domesticar sin respetar los estiletes
eran ofrendas de musgo y papeles que
se curvan al acercarles la llama de un fósforo .Todo era
tinta que se derrama, niebla sobre el pastizal que se borra,
cuadernos viejos de tapas arrancadas
¿Dónde estás sabor de la noche, sorpresa de los baños
con puertas escritas por rouge, carteles flojos en un viento
de astillas fijas?
¿Me querías delatora? al fin contando las
vergüenzas de una garganta acariciada al fin confesa
duerme sobre mi lengua, idioma que te
pierdes en los asientos traseros de los taxis. Escombros de
mi boca. Saliva de lentos mástiles. Bandera arrancada y
tirada sobre el cabello de los muertos.
¿Me querías de uñas esmaltadas, estúpida, de tacos
dejados en la escalera? ¿Me querías estimulante en una
sábana cruda, mordiendo bordes, poseída y sin nadie?
pídele paz a esas sienes insoladas, a ese
tajo en el vientre en la pollera ese tajo de milonga
arrastrada
y sin domesticar afilando tu tijera en la caja de costura.
tu cabello cae trenzado
y aún escribes inclinada contra el foco.
Todavía silvestre errabas entre mármoles
y no había suavidad, ni misales con dorados rezos, ni pena
tenías, ni un jarro para calentar café.
Tu proximidad con el desastre era lo que tardarías en
caer desde tus tacos de alto negro
¿para qué esa rasada tela nocturna? ¿y las escamadas
estrellas que se estremecen, como un desparramado pez,
en la saliva de una boca que es noche sueño que se repite
incompleto pesadilla que habla por pasillos donde se
apagaron las lámparas?
deja tu lengua en mi lengua como a una
hermana siamesa como criaturas que aman su
imperfección.
No quiero el reposo de los que se estiran al sol,
apretados al agua lavada de las piscinas
no confío en el pudor. Dame hambre y bestias
y corrales de piedras encajadas y páramos lluviosos con
sombra impresa de líquenes
dame desorden muletas que derivan en sótanos
inundados columnas encaladas y piedad
quejidos en las cúpulas volcadas de la ciudad sin patria
seres expulsados de las mesas familiares, heridos entre
el estallido de las copas, entre pocillos de porcelana que
transparentan la oscuridad de las manos
seres sutiles vagamente sospechosos
dame esa sangre de los atravesados por un familiar
cuchillo de cocina
porque no callaron cuando debían
y cayeron con un trémulo ramito de perejil entre los dedos
que son vapor ahora blancas desenvolturas de un
aliento que pide.
era turbada por algunas palabras.
Completaban mi boca con un bocado enfermo "Pañol de
Herramientas" nombre de un cofre alto, de un sufrido
gris resquebrajado, abierto para mostrar sus tenazas y
filos en un orden de amputación y de encastres; olor a
trabajo, a dedos percudidos, a madera iluminada de
lustres, a hierros domesticados. Eran hombres convirtien-
do la materia en objetos
y yo aullaba con la frente sujeta a un vidrio de esquina
Montevideo lapicera fuente negra de tanque trans-
lúcido pereza de la virtud que quiere sábanas rajadas
como vendas jergón donde vas a tirar tu cabello a las
débiles arañas de cabezas ocres, cuadradas, malignas.
los ojos se derraman en una mirada
aturdida. Las bocinas inyectan la noche de pánico. Un
hotel incendiado se retuerce con su cúmulo de amantes
desprovistos
escribe hazme este reino amargo: un fruto de carozo
verde
intenta separarte de tu piel como un reptil en su época de
mutaciones
estás despojada de encanto
idiota de medias negras esperando el deslizamiento del
ascensor.
Vives de esas imágenes desatadas
escribe:
era sospechosa entre los que avanzaban con el
capote golpeando sus tobillos
era escurridiza entre arcadas, donde los hierros rojos
se imponen como una flora menstrual
era ilusa y aún así, las mujeres ciegas anudan
las perlas de sus collares. Aún así, con la mano abierta
recibías las peinetas de vidrio
otros hundimientos envolvían la
garganta con un celofán que brillaba quejándose
en la noche algo ardía hoteles del once y algo se inundaba.
La boca iba hacia las sienes y sonreía
el trapo sucio de la noche cubría mis piernas. Las visitas
eran raras, con ropas enceradas, máscaras japonesas,
extranjeros que sostenían escudillas de arroz con hongos
la patria terminaba en un pastizal
aguado. No tenías provincia no había lengua de los
padres, no tenías otro exilio que las altas terrazas
escribe relata la humedad de los bordes abismos
donde la selva se arrastra como un animal de livianas
vertebras líquenes acumulados sobre la placa negra de
un disco girante en el cráneo roto
y sin domesticar sin pausa en el destello de la hoja de
toledo, encofrada en un pequeño mango de madera,
sin adornar con jazmines el dormitorio
sin sirvientas en tu corazón.
era el país caluroso. Los hombres orina-
ban junto a las carrocerías era tarde
eras extraña como un objeto de barro
la mórbida desnudez de tus ojos en las iglesias
la mantilla caída sobre los hombros de clavículas
expuestas
una ilusión de frescura en el verano ponzoñoso
escribe relata el pecho sofocado por fardos de calor, esa
ilusión de pudor o de mar
dame palabras necias escribe
nadie abrigaba la boca de tu padre en la tumba
nadie abrigaba tus cabellos fríos, lentos, amarillentos
como un tigre
nadie acercaba el cirio de los agonizantes a tus dedos con
fiebre.
¿por qué no dejar que la tarde circule
como el pez de plata en la redonda pecera?
que la intemperie crezca en los techos de pizarra.
Los mimbres de la hamaca son extraños en este cuarto
quieto; los baúles, las botellas de vidrio azul, los íconos
que la insolación fermenta la acumulación de objetos
donde la belleza estuvo alguna vez
temblores en la sombra que crece
¿por qué no dejar tus cabellos vendados
sobre las duras hojas de hiedra?.





Deja descansar mi cabeza sobre las hojas la fría
aspereza del verde rodeando cabellos caídos
y la suavidad del dolor que ya no espera calma
sólo el abandono del musgo en las sienes
puedo ofrecer las manos lavadas de
anillos del inocente. Pero me alumbra rígida la lámpara
del sospechado
confesaría cualquier crimen con tal de
tener las hojas del sueño refrescando mi nuca
daría cualquier pista para terminar
condenada y dormir.
Deja mi cabeza en la húmeda hiedra que crece
arrastrada.
No tengo fuerzas para mantenerme erguida sobre el
pupitre.
No tengo rezo para incarme en los reclinatorios.
No tengo balas para el revólver que dejó mi padre en la
pequeña silla de mimbre.
No hay pudor para ocultar mi mentira.
Deja mi cabeza en la hierba, entre las hojas caídas de los
plátanos,
entre el murmurado peso de las agujas de pino sobre la
tierra sombría.
No es bueno que los amantes se acerquen en las mesas
de mármol
deja mi cansancio en el verde que Marzo mutila
deja mi pasión en la escarcha que cubre los brotes del
ligustro
¿para qué sonreir con un
vidrio apartando los labios?
¿para qué esa insistencia en verter el rojo
espeso de la copa en el mantel?
estoy para las hojas livianas del almendro,
estoy para las gruesas hojas del gomero luctuosas y sin
perfume,
para las hojas del nogal suavemente curvas y de
nervaduras ocres
y estoy para el silencio de los abetos cuajados de mínimas
piñas
o puedo, extensa como la Tuya Dorada, distraerme sobre
jardines perezosos.
No acerques mi cabeza a tu pecho. Bajo mi oído no
quiero los golpes de tu corazón; la mentira de tu vientre
como un suelo de tablas podridas
dame la vida de los árboles que no mudan de entierro.
Desean y persisten en un suelo aferrado como intrusos en
un baldío visitado por el juez
botellas quebradas en una vía angosta paisaje de
descuidos uñas rotas en el desastre la mano lastimada
sin trapos para cubrirla
entre juncos móviles
cae el dulce peso muerto de las flores de almendro. Es frío
desganado el agua que se inclina
seré estéril, sin codicia y sólo la cabeza hundida en
líquenes será mi bienestar
ceniza floja en la corriente viva
sombra de las manos arrastradas en el limo y ese barro es
mi vida. Es mi nombre. Es mi boca ligera, turbia, de
agitación imbécil.
La vida no ha sido sencilla.
deja mi cabeza en la hojas. Perdona este cuerpo que tan
temprano en la noche acaba su sangre
perdona ese grisado del agua que no golpeó piedra
alguna; sólo se escurrió entre pieles de batracios.
Deja mi cabeza en la pendiente enredada
¿para qué fingir cuidados por un míni-
mo jarro de loza que se quebró?
¿para qué fingir amistad con una extran-
jera sin recursos?
quiero las moradas hojas del cerezo como un fuego en la
redonda intemperie. Dame ese rubor. Dame esa ver-
güenza en la blusa arañada de los cuerpos NoAmados
devuelve mi espalda al yuyal de los asesinados
seré una buena chica.
mi cabeza rodará como una perla del collar desatado
seré muda con las pupilas dilatadas, aceitosas de
belladona
los párpados inmóviles
los muslos excesivamente blancos sobre las hojas oscuras.
La noche es de sábanas quietas
de escarabajos que se deslizan en un aire de apretadas
cortinas
de un perfume a pájaros; a plumas quemadas con un
hisopo.
Arden las estrellas del puñal en el cielo alto.
Abandona mi cabeza en las hojas.
Dame el Bosque Real de la Matanza
dame esas aguas sucias, de engangrenadas orillas,
estancadas de drogadas serpientes
y esa hermética, íntima, pobre soledad
ese bosque brutal
donde nunca estuve con nadie
en este cuarto en este Hotel de Pasajeros
estoy en maderas de un piso que cruje, con visitas que
recorren el pasillo ajeno
supondrás mi vida entre arrecifes entre piernas entre
pespuntes
y nada será cierto, más que este retiro sin puertas
este encono de paredes sin aire donde estuve de roces
colmada
sin almuerzo
sin abrigo en los hombros
sin peinetas de carey
y sin otra caricia que el monte recordado, los yuyales
fangosos, las hojas amontonadas en húmedo cieno
deja mis cabellos como algo líquido que se derrama en la
tierra,
dame tu desamparo.
No hay amor en el barro del bosque atravesado.




de delgadas uñas de arrepentida boca
es la caricia del amante y de un dorado casi translúcido el
cuerpo de las botellas desparramadas en el estante.
El crimen es sólo espera reunida
nada más para anotar: esta lámina de
objetos que se derrumban. Fulgores de un intervalo
pero,
para quién suelta su música la máquina tragamonedas?
son delgados labios sobre puertas cerradas
son intensos párpados
maletas que fermentan pañuelos bordados, ligas de encaje
negro, un perfume intenso a mutilación.
Sobre la ráfaga un hombre alza sus dedos remotos en el
aire
¿dice "perdóname esta mano de cercenados dedos en el
aire"?
¿dice "mírame la herida, por favor"?
Inútil es la sombra de la arboleda. Sobre el empedrado
el reposo es intranquilo y caliente. Otros días, miraba peces
muertos girar en la superficie de los acuarios. Eran
tristísimas esas escamas sangrientas,
esos verdes como aquellos ojos de mi padre,
esas desviaciones de lo que tiembla
deja esas caricias en mi garganta para
otra noche, para otro lugar
inútil es la sombra rota de los párpados rotos en esos
quemados ojos de mi padre
inútil el crecimiento del jazmín sobre su ceniza floja.
qué quieren de mí?
¿qué cinta debe atar mi trenza desilusionada en la espalda
deshecha? ¿Qué quieren de mí?
¿cuántas líneas debe crecer el mercurio?
ya está bien. No quiero esa insolación de
voces sobre mi nuca. No quiero pedir, otra vez, en
susurros amarguísimos, cubierta la cabeza por sábanas
sucias. No quiero que anochezca sobre esta arena, esta
boca repentina
estaba entonces despidiéndome,
dormida con el oído inclinado sobre el gotear del veneno
y aún así sin domesticar
aún así afilando la tijera de costura
¿que quieren de mí? qué espalda de desparramados
cabellos qué corza dibujada en la frente como en una
caverna qué niebla de arrugados párpados sobre el
pantano que no tiene orilla?
Bordes, son estos días de una tristeza
que no se quiere vivir.
Padre, fue mucho tiempo atrás que
éramos buenos. Tú no habías muerto
y yo era tu hija de cabellos rubios.
Padre, ¿qué apariencia tenían entonces
las catástrofes? cuando asesinaban a un hombre en un
descapotable
¿qué apariencia tenían las rosas de sangre en el tapizado?
Amanece papeles cansados rotan en el pavimento frío.
Amanece sobre estos pocos sollozos. Un baño quitará la
sorpresa de mi corazón, quitará la intriga
padre, ¿cuando fue que dormía sin pesadillas, sin
muérdago en el pecho?
papá éramos buenos entre los
alzamientos del ligustro los crímenes no cruzaban el
Puente 12 la belleza era esa ciénaga de turbio temblor,
esas estrías de serpientes rojas en la noche de un barro
que insiste
Es muy tarde para confesiones
es muy tarde
para ser en la arboleda que divaga, un padre y su hija.




no hay buenas palabras
nada para sonreir mientras giran los ventiladores de
techo.
La boca arruina la espuma de los vasos.
no preguntes por la cicatriz en el dorso
de la mano; ¿para qué iniciar una conversación? otras
lunas han dejado su párpado roto en el cielo sin que nadie
acaricie su herida
sótanos para esas sombras de bocas
huidizas
nada que decir como alguien que aferró su mapa de
los túneles
así fue que estamos descorazonados
pídeme los ojos alzados sobre los vidrios. En una cámara
nupcial estamos de espejos coronados
entre almohadas de un lupanar ¿para qué iniciar una
conversación?
¿para qué errar entre palabras como en arrecifes?
abiertos como esa paloma en el pupitre el foco
colgante sobre las trenzas que se desatan
así fue que estamos descorazonados
y el sueño inunda nuestras sienes como terrones de un
azúcar negro caídos en el té
un fluir hacia el terror. Nada que decir.
Ninguna pregunta que hacer son estos años
el cabello que el viento mueve es todo lo que tiembla
¿para qué dorar la píldora?
que un farmacéutico me pida en su cama
y que sea viejo; con lentes donde yo pueda ver los reflejos
de la vida eso estaría bien
eso sería bueno ¿para qué iniciar una conversación?
dime tu mentira sin agitación igual no me importa la
verdad
de musgo helado son las palabras de los sótanos
carne de estrellas frías
luz agria de hotel en la ruta
pobrísimas hojas de un ligustro que crece ante la puerta de
alcobas amantes
así fue que estamos descorazonados
acariciarnos sin horror y respirar. ¿Qué recordarás de este
tatuaje en el muslo, esta"dalia negra"?
Perfume de cosas dejadas se estiran bajo los techos donde
las aspas del ventilador rotan en un calor fastidioso
¿para qué iniciar una conversación?
¿para qué demorarnos en un error?
almendras amargas se suceden bajo los párpados,
iguales manos alzan la capucha de piel sobre las nucas
rapadas,
iguales alambres atan el corazón como a un animal que va
a ser carneado.
¿qué cuento de tristeza quieres darme,
qué cal qué casa de expósitos?
Mírame la frente como a la pizarra azul de una cúpula,
tan extraña, tan perdida en ese cielo sin compasión
¿Qué Dios pudo hacer estos sótanos esta vulgaridad
en las almas
qué Boca nos arrojó de la pasión? oh, veneno que
duras!
no me dejes sola. No te vayas de mí
feroces son los días
cabellos sin inocencia enaguas sin temblor lámpara
que la tormenta agita
aletean como pájaros blancos en el espacio de un bosque
quemado
plumas en las cenizas
así fue que estamos descorazonados
así es de sospechoso nuestro impermeable que sacude la
lluvia. Una naturaleza muerta que mueve su aliento
cinematográfico, su atmósfera de conspiración en almacén
cerrado ¿para qué iniciar una conversación?
bordo "dalias negras" ceremonias para una muchacha
asesinada en un sótano
nada que preguntar nada que pedir
esquela dejas en letrinas insinuaciones dejadas a un
contestador automático blues que gimen en cráneos
vacíos como un órgano en una catedral inundada
sobreentendidos que no pueden explicar ni esos grumos
de ceniza en el mantel
un taco de billar que se te incrusta en la sien y te arroja en
estos sótanos
así fue que estamos descorazonados
de qué hablar? Mira mi corazón como un puño cerrado
que quiere golpear
nada de Novios de muchachos que te corran la silla
nada de sutiles deferencias. Aquí hay aguada para que
descansen las bestias y sigan, en el polvo deshaciéndose;
manada que subyuga la sed y el hastío espanta
nada que retener un paisaje de cardos, el pobre azul
de esas flores que dilata el calor
será que estoy triste y el estallido de vidrios en el mosaico
acerca aquellos latidos
violáceo crespón escurriéndose entre paredones de
curtiembres
eran otros los sótanos eran otras
torturas
y la memoria, como un reducidor de cabezas, aprieta sus
imágenes en cajas cada vez mas estrechas
¿qué pedir ahora que pesó tanta sombra
sobre nuestros suaves vientres estériles?
¿qué esperar ahora? La espumosa noche
crece como un mar de lonas negras
y son friolentos los dedos sobre las cucharas de plata, los
dátiles, sobre el lento cabello que la lluvia ilumina
derramado en la espalda
de tajos en la lengua son estos años,
de paladares negros de lobos sin idioma
¿para qué iniciar una conversación? Pídeme la vida que
es tan poca cosa en este país
esta pampa de sótanos donde ningún Señor pregunta a
Caín
"¿dónde está tu hermano?"



en los vestuarios permanecen encajados
los fieltros de los sombreros, unos sobre otros,
y la sombra maquilla las sedas de un reflejo agónico.
la torpeza es el agua que alzamos con la
mano y no alivia la rodilla raspada en escalones que se
repiten en un ascenso carnívoro
¿existe una poética del amo y del esclavo?
¿quién es la sirvienta que limpia las manchas de sangre
en su corazón?
ella agota sus labios en pedir y no es
calma lo que quieren los intranquilos. Es sólo la tristeza
que puede llevarse con un sombrero negro entre plátanos
blandos.
Seré una desviación de pasto en la pendiente, una lengua
de yuyal en el barro. Serán desahuciados los hombros que
la enagua deja descubiertos
los alambres separan la uvas del pasean-
te en una tierra sembrada. Ves huéspedes donde sólo lle-
gan intrusos con linternas
vivo de escamas separadas
vivo de mutilaciones
sonriente a los pies inundados. Despierta entre casas de
tolerancia.
no es calma lo que quieren los asfixiados
pedir macetas en el balcón laureles en el estante de la
cocina un hogar sobre la nuca quebrada algo que
viva en las manos como un animal de fiebre
dime qué lugar en las sábanas
dime qué rezo bajo las cúpulas altísimas
dime qué final ayer y antes, cuando era una niña y ya
pedías mi muerte
estoy sólo para ser asesinada
quiero ser tu sirvienta en el crimen
y quiero ser la criatura que hace perverso un filo.
es suave la caída del terraplén sobre la avenida. Los
camiones saturan de faros el pavimento hasta convertirlo
en un páramo blanco y en el deslumbramiento, el vestido
flota como un bandera rendida
es una conversación secreta que se sorprende en la alcoba
contigua una lámpara volcada que comienza el
incendio
y te marchitas en ese raspar de luces en la velocidad.
dime lo que quieres en el asfalto abierto
como una cuchillada en la planicie
dime lo que pides, Leonor
qué buscas en la niebla, antigua, adherida al agua negra,
pantano que desbordas
y entonces, ayer, cuando eras niña y llegaban las frases de
las visitas desde el cuarto en que estaba la estufa
eras torpe
y las medias caídas sobre los tobillos acentuaban las
piernas torcidas.
No querías contacto con esas bocas pintadas, con esos
rostros afeitados del día anterior. Sus mentiras tenían la
carne blanda de un molusco. Reían con desprecio.
Tardaban en retirarse lo que la tarde en quitarse del
ligustro
palabras como hojas picantes que se prensan en un cuenco
de jade desprendimientos de un fondo estancado,
enjoyado de batracios cicatrices
y atrás días que se evaden como humo del pastizal
quemado
atrás atrás los pájaros que picotean escarcha
y eras extraña y sin caricias
y pasabas las noches contando las formas romboides del
alambre.
gallineros plumas en el calor maíz
desparramado en una tierra gris. Pocas palabras para
relatar esos granos, ese suelo seco y desviado hacia
extremos del tapial gallinas agónicas cuando atardece
y quedan goteando sangre en la noche porosa
y atrás eras niña y ya pedían tus cabellos atados. Ya
querían olfatear tu sangre como la de un ciervo
y la tormenta comía los límites del parque. Me lavaba las
piernas, como un amante, con una esponja embebida en
aceite
qué pides, leonor? qué espera esa niña
que miraba? qué temor guardas?
desobedece sin temblar
eras escurridiza y lagañas de sueño hacían amarilla tu
frente
eras vana y desprolija retama crecida en la intemperie
torcido el delantal rígido de almidón
eras descalza en la tierra invadida de cardos
y con zapatos blancos en el parquet encerado.
no había arrepentimiento en tu boca
y del castigo guardo la trenza, quitada al rape desde la
nuca.
desobedece sin temblar
duerme en esas anchas maderas. Ajusta los labios otra vez
sobre el hilo de costura. Devora tu almuerzo de arroz con
hongos verdes
extasiada en tu pequeña soledad donde se mueven lentas
las manos del amante. Como un disco rayado, tan antigua,
te repites en su corazón
desobedece sin temblar. Todavía es tarde.

**
Imagen: Bajan riñendo, dibujo, Goya. Tomado de artespain.com
Para leer más de Leonor García Hernando, aquí

2 comentarios:

huggh dijo...

tremendo poema... y así empiezo este lunes que se cree martes. gracias.

irene gruss dijo...

Como dicen los pibes, es una masa. Salud, Irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char