miércoles, 28 de octubre de 2009

Poesía y creación


Diálogo entre ROBERTO JUARROZ
y GUILLERMO BOIDO


Nota de Ángel Ros: El libro Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido (Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1980) está dividido en cinco temas principales: "Poesía y creación", "La poesía y el poeta", "Poesía y literatura", "Poesía y sociedad" y "Poesía y realidad". De cada uno de estos temas he seleccionado ciertas preguntas y respuestas, que no aparecen aquí ordenadas de la manera en que figuran en el libro. Al pie de cada bloque está especificado entre corchetes a qué tema corresponde.


—Quizá podamos iniciar esta conversación rescatando algunos rasgos fundamentales de lo que llamamos poesía moderna, desde la perspectiva de su óptica personal. En primer lugar: ¿es posible definir la poesía?

—Hay en la tradición del budismo Zen una anécdota, atribuida a Basho, con la que tal vez pueda contestar a su pregunta. “He estado explicando Zen toda mi vida”, confesó una vez Basho, “y, sin embargo, nunca he podido comprenderlo.” “Pero”, dijo su interlocutor, “¿cómo puede usted explicar algo que no entiende?” “Oh”, exclamó Basho, “¿es que también tengo que explicarle eso?”

Definir la poesía es una imposibilidad, una utopía, algo que no puede hacerse. Yo preguntaría: ¿se puede definir la vida? ¿Se pueden definir la muerte, la música, el amor? Sueño de una definición. Quizás esto hizo decir a Novalis que la crítica de la poesía es un absurdo. No en vano en el siglo XVIII el padre Feijóo, al referirse a la poesía, hablaba de ese no sé qué.
No hace mucho, Pedro Salinas decía: “Todo comentario a una poesía se refiere a elementos circundantes a ella: estilo, lenguaje, sentimientos, aspiraciones, pero no a la poesía misma. La poesía es una aventura hacia lo absoluto”. Es decir: la explicación de lo que no se comprende (en este caso, la poesía) sólo es posible por un único camino, la creación. La creación sólo es explicable por la creación, así como el amor sólo es explicable o comprensible o ubicable por el amor.

Basho vivía el Zen, lo creaba diariamente, se creaba en esa dimensión del espíritu en busca de lo absoluto. Y hay algo que los textos no señalan, pero que nosotros sabemos: Basho era, también, uno de los más grandes poetas de su tiempo. “La única manera de recibir una creación”, escribí alguna vez, “es crearla de nuevo. Tal vez, crearse con ella”.

[Poesía y creación.]

—De su poesía parece desprenderse algo así como una tesis acerca de la inhumanidad de la condición humana, porque en todo hombre hay un costado que se abre hacia el abismo. Quizás el sentido de ella esté dado por aquella sentencia de Porchia: No descubras, que puede no haber nada y nada no se vuelve a cubrir. Se diría que su obra, por el contrario, manifiesta una constante obsesión por esa necesidad de descubrir.

—Algunos de los términos que ha empleado usted no me conforman suficientemente. En primer lugar, lo de una tesis más o menos permanente. Yo no creo tener tesis. Tampoco me gusta la palabra “obsesión”. Diría mejor “preocupación”. Es lo que en la vida interior, en esta visión y experiencia del mundo, uno va encontrando como lo más irreductible del hombre, aquello que de ninguna manera puede disimularse o esquivarse.
Es probable que sean cuatro o cinco cosas, nada más, pero esas pocas cosas, con respuesta o sin ella, con explicación o sin explicación, con sentido o sin sentido, deben definir la vida. Es un problema, si se quiere, ético. Un problema de vitalidad. Alguien dijo que rechazaba la mentira porque era una falta de vitalidad. La vitalidad es tomarlo todo como es. ¿Cómo es la condición humana? ¿Cómo es la vida del hombre? ¿Cómo es esta cosa inexplicable de nacer, durar un instante y morir? Entonces, si así es, ¿cómo puede el hombre hacer que estas cosas no definan todo lo que él es, todo lo que él hace, todo lo que él vive? Únicamente mintiéndose, escapándose, ocultándose la realidad.
Y allí hay otra palabra que tampoco me conforma: inhumanidad. ¿Qué es lo humano, qué es lo inhumano? Por supuesto que es inhumana la falta de respeto al ser humano, pero yo no hablo en ese sentido. ¿Qué es lo inhumano con respecto a los últimos planteos de las últimas cosas? ¿Es inhumano sentir en un momento dado que acabamos en el vacío? ¿O que el vacío es la presencia más constante? ¿O que el vacío no tiene presencia? Para mí, no.
Para mí es lo más humano, pero entendámonos: lo humano con las máscaras caídas, lo humano en la desnudez, no en el disfraz y el convencionalismo. Claro que cuando uno se plantea estos aspectos, cuando quiere entenderlos, cuando habla de ellos, puede parecer frío o cruel. A Porchia, como se sabe, lo han acusado de crueldad.

[Poesía y creación.]

—También a usted.

—Así es. Pero, en último término, su pregunta estaba referida al vacío, al abismo. Claro, las cosas, y nosotros con ellas, no tienen sostén. Los seres humanos no tenemos sostén. Todos los aparatos y los sistemas son disimulos transitorios. El hecho radical es que de pronto nos encontramos existiendo, nos parece que hay otros existiendo con nosotros, que hubo otros antes, y sabemos que vamos a dejar de existir en brevísimo plazo. No nos conforman las explicaciones, ni los cuerpos de ideas, ni las doctrinas, ni los dogmas que pretenden dar a todo esto una coherencia y una significación.
Entiendo que el primer requisito es situar al hombre en su absoluto despojamiento. Y es allí donde aparece lo que podríamos llamar el milagro. Porque, ¿qué sentido tiene que en esta situación el hombre cree algunas formas que aparentemente también se van a deshacer?

[Poesía y creación.]

—Esa parece ser la pregunta fundamental.

—Es claro, porque todo esto es, me parece, un quehacer en el abismo. Y se vincula con otra cosa, que es el sentido de los límites Vivimos entre límites y, sin embargo, en lo más entrañable, uno siente que no hay límites. Pues lo ilimitado no sostiene a nadie: sólo los límites sostienen. Pero ¿cómo es posible entonces que esa especie de esencial reconocimiento y aun búsqueda o vocación por lo que no tiene límites, no tenga un sentido?
No quiero plantear esto discursivamente, porque todo planteo discursivo es aquí absolutamente incompleto y pobre. De esto solamente pueden darse algunos destellos por medio de esa transposición que es la poesía, por ese constante cambio de niveles y de dimensión que es la poesía. Y voy a esto: yo siento que a través de la poesía esa búsqueda cobra vida, calidez, que todo esto no es frío, no es inhumano, no es cálculo más o menos inteligente, sino que es la angustia esencial del ser humano, así, estremecida. Pero, una cosa es este estremecimiento y otra es la incontención, el sentimentalismo, la verborragia fácil y desahogante, pero nada más.

[Poesía y creación.]

—Es posible que ciertos episodios o experiencias particulares de su vida nos permitan indagar desde otra perspectiva el sentido de la poesía y, en especial, el de la que usted ha escrito. No es mucho lo que se conoce de su biografía. ¿Acaso ha querido ocultar al poeta detrás de la poesía?

—Cada vez que me interrogan sobre circunstancias concretas de mi vida me siento un poco desconcertado. No me parece importante para los demás mi biografía, aunque pueda serlo o no para mí. Por eso nunca me he preocupado por transmitir datos o hechos acerca de mi historia personal. Ha de haber otras razones, y esto no es pura paradoja: vivo mucho más hacia el presente o hacia el futuro, que hacia el pasado. Es más: alguna vez he creído que el olvido, en mí, era una especie de salud del espíritu.
Yo no puedo vivir pendiente de experiencias del pasado, y lo cierto es que no recuerdo demasiados detalles, aunque desde luego siempre perduran ciertos destellos o relámpagos en la memoria. Tal vez éstos alimenten también a la poesía, pues todo la alimenta, pero creo que aquello que en lo esencial la nutre es más profundo, más secreto, más indecible.
Por otra parte, siento que las indagaciones sobre mi vida constituyen una interferencia innecesaria. La poesía no se explica por circunstancias exteriores, aunque éstas puedan satisfacer más o menos la curiosidad o el exhibicionismo de ciertas personas. Mucho más que las vinculaciones entre poesía y biografía interesa la relación entre la poesía y la vida interior.

Más allá de la biografía, la biología, la psicología y la historia, habría que cultivar un saber de la profundidad y el abismo humanos, no con la pretensión de explicar totalmente al hombre, sino con la humilde ambición de comprender un poco mejor sus fundamentos, su hondura, sus alcances, sus misterios de fondo. Creo que entonces terminaríamos por comprender que toda vida, si se la vive en profundidad, puede desembocar en la poesía.

[Poesía y creación.]

—Pero al menos podrá referir algunas experiencias claves, en especial las que sirvan para aproximarnos al nacimiento de su quehacer poético. Cuando usted publicó su primer libro tenía treinta y tres años. ¿Qué hubo antes?

—Tal vez podría mencionarle algunas cosas que recuerdo más. En los años anteriores a aquel en que publiqué mi primer libro, yo había vivido, digamos por inclinación, por estructura vital, un alto grado de soledad. De soledad positiva, de reconcentración en aquello que me seducía en cuanto a poesía, a creación, a arte, a meditación y contemplación. Quizá ello aclare algunas cosas. Sospecho que sin una contemplación lo más profunda posible de la poesía que se ha hecho, de la poesía anterior, es muy difícil atreverse a escribir una línea y pretender que esa línea tenga alguna validez.
Otra cosa muy distinta es escribir por simple desahogo o por la sospecha de que escribir es importante y puede reportar alguna forma no muy habitual de consideración o prestigio. ¿Qué otro detalle puede ser significativo en esa prehistoria? Bueno, tal vez que pasé mi primera infancia lejos de la ciudad, y seguramente esa circunstancia me habrá enseñado a ver mejor los seres y las cosas. Y algo más: la dimensión religiosa que acompañó a mi niñez y que de algún modo debe haberme marcado, aunque luego me apartara de sus aspectos exteriores.

[Poesía y creación.]

—¿Cómo caracterizaría la actividad del poeta? ¿Un oficio? ¿Un destino?

—He creído siempre que la poesía no es un oficio o una profesión, sino una forma de vida. ¿Un destino? Sí, es un destino. No sé si es pretencioso decir que uno asume un destino, pero supongo que hay formas conscientes e inconscientes de elección y asunción de eso que llamamos un destino.
¿Qué es un destino? Supongo que debe ser una necesidad, la necesidad profunda de vivir de determinada manera y no de otra, de hacer esto y no aquello, de sentir que cuando uno no hace lo que está dentro de esa concepción de la vida o de lo que debe ser la propia vida, está afuera de lo que es de uno. No entiendo, por supuesto, el destino como una especie de predeterminación, sino más bien de una determinación, pero de una determinación que debe ser asumible, que de alguna manera admite la libertad de decisión.

Recuerdo aquel pensamiento de Demócrito de que todas las cosas están hechas de azar y necesidad. Es decir: de algo imprevisible, aparentemente casual, y al mismo tiempo imprescindible y determinado. Pero pienso que, cuando hablamos de destino en relación con la poesía y la creación, es preciso agregar ese otro elemento fundamentalmente humano que es la libertad. La poesía es destino o no es. Pero es destino si el destino comprende azar, necesidad y también libertad, lo cual es señalar de alguna manera que no hay destino en la poesía sin creación.
Habría que preguntarse por qué, entonces, uno elige ser poeta, elige eso que se le ha demostrado que es algo grave, como modo de vida. ¿Uno elige ser poeta? Es duro decir que sí. Hay algo que viene de atrás aunque no sea una predeterminación absoluta, que de alguna manera lo prepara o lo decide. ¿Qué sería esa preparación? No lo sé, nunca he estado convencido de las cosas que explican los psicólogos, los psicoanalistas, de que las primeras experiencias de la vida deciden la vida, por ejemplo.
No sé cómo juega aquí la herencia, no sé cómo juegan las experiencias infantiles, cómo juega el hecho de haber estado más o menos solo, cómo juega lo temperamental, si se es más bien retraído o expansivo. Pero supongo que sí, que un complejo de esas cosas o condiciones debe colaborar previamente a esa especie de elección de eso que parece un destino.

[La poesía y el poeta.]

—¿Por qué la poesía?

—Nunca he podido separar bien lo que es expresión de lo que es comunicación. Cuando leo esos análisis por donde rondan la ensayística, la filosofía o la crítica literaria, que manejan estos lugares ya demasiado comunes, no entiendo bien cómo puede separarse el hecho de la identidad del hecho de la comunidad o integración con una unidad superior. Yo sé, creo saber, que solo no soy nada, que aislado de todo lo que constituye lo que entiendo por realidad, no existo. sto me parece evidente. Nada existe solo. Pero yo no puedo separar eso del hecho de lo que soy dentro de esa totalidad, o sea, mi identidad.

Encontré no hace mucho, en un trabajo bastante conmovedor, la idea de que gran parte de la perturbación y la violencia tremenda del momento que vivimos se debe a una crisis del sentimiento de identidad, ya que la gente no puede reconocerse como lo que es o lo que podría ser, no puede reconocerse como parte de una totalidad. Supongo que en algunos momentos de la historia debe haber existido ese sentimiento más que ahora, porque en la actualidad hay una serie de condiciones o de interferencias que lo perturban muy especialmente. Entre las interferencias posibles —hay miles— está la lucha infernal por el éxito, el dinero, el poder y, además, ese factor disolvente de la caridad humana que es la comunicación masiva, a través de los medios que nos abruman cotidianamente.

[La poesía y el poeta.]

—La soledad sería un deseo, en el fondo, de identidad. Pero entonces, ¿por qué optar por la palabra y no por el silencio?

—Voy a eso. Porque el sentimiento de formar parte de algo mayor que uno, es el sentimiento de formar parte de la humanidad, de integrarse con otros seres, en la misma situación y el mismo destino: una aventura común. Y la comunicación con esos seres se da, básicamente, a través de la palabra.

[La poesía y el poeta.]

—Es decir, usted siente que allí la palabra no fracasa.

—Exactamente. La poesía es uno de esos pocos lugares donde la palabra no fracasa. O donde, al menos, puede no fracasar.

[La poesía y el poeta.]

—¿Hay otros lugares?

—Yo diría que hay solamente otros dos: el amor y la amistad.

[La poesía y el poeta.]

—¿Por qué?

—Porque también allí la palabra es celebración y coincidencia.

[La poesía y el poeta.]

—En algunos poemas suyos hay reminiscencias de aquella experiencia religiosa que parece ser una clave importante para comprender su obra. Por ejemplo, cierta afirmación de fe en la necesidad de la vida. Y también el rescate de un sentido religioso de la vida que trasciende lo puramente formal o externo. ¿Es así?

—Creo en la vida. Dicho así parece muy general, pero no lo es. Amo entrañablemente la vida, y siento que es tan rica y tan formidable, aunque sea un instante y no tenga explicación, que tengo que afirmarla. No por obligación: la tengo que afirmar porque estoy vivo. Ahora esa fe en la vida involucra algo más, que sí me ha perturbado, me ha preocupado buenamente. Además, ¿qué es un hombre sin preocupación? No es nada.
Voy a esto: es formidable la fe que no tiene un objeto determinado, algo así como la fe en la fe. En algún poema lo he dicho. Yo siento en este momento que la fe, aunque no sepa en qué, es la clave del hombre, la clave de estar vivos. Por otra parte, no he perdido el sentido de lo religioso, sino que lo mantengo intacto, creo que fortificado. Lo que he perdido son los nombres. Lo que he perdido es cualquier sistematización de lo religioso. Le diría más: he perdido ciertas confortables esperanzas o compensaciones que da lo religioso.
Pero a mi ver lo religioso no es eso, sino algo que ya he mencionado reiteradamente: el sentir que uno forma parte de un todo. Quisiera agregar que la poesía, para mí, ya no es salvación ni condena en aquel sentido tradicional, sino simplemente destino. Y esto lo he puesto en un poema: “El cielo ya no es una esperanza, / sino tan sólo una expectativa. / El infierno ya no es una condena, / sino tan sólo un vacío. // El hombre ya no se salva ni se pierde: / tan sólo a veces canta en el camino”.

[La poesía y el poeta.]

—Me gustaría que mencionase algunos poetas contemporáneos que hayan sido particularmente importantes para usted.

—Siempre hay ciertos poetas que uno quiere, que alimentan más que otros. Me asusta un poco lo de contemporáneo, porque no entiendo bien si lo contemporáneo es lo que histórica o cronológicamente todavía no ha muerto o aquello que a mí me parece que está vivo. Podría sentir como contemporáneos a muchos poetas que han muerto y a quienes admiro, como Rilke o Porchia.

Más que dar nombres, prefiero pensar en la influencia de toda la literatura sobre toda la literatura o de toda la poesía sobre toda la poesía. Me interesa especialmente aquella idea de Eliot referente a que toda obra nueva mueve a todas las demás, pasadas, presentes y futuras. Y señalaría además algo que me resulta significativo en este momento, que creo reconocer, y es que hay una especie de contracorriente que se está generando en muchas partes del mundo en cuanto a una búsqueda de la esencialidad de lo poético, a un nuevo ahondamiento, más allá de mucha demagogia poética que tuvo bastante éxito no hace mucho.
Es como si ciertas dificultades, ciertos problemas muy serios que se han agravado en el mundo en estos años, hubieran vuelto a convocar un nuevo entrañamiento de la poesía, en busca de algo así como el fuego interior, aquello que el hombre puede conservar, aquello que puede hacerlo vivir aunque carezca de todo lo demás. Tal vez esté ahí la clave de ese retorno a las fuentes.

[Poesía y literatura.]

—Usted ha escrito, a propósito de Porchia, que lo lleva consigo "por reconocimiento, por elección y por destino". ¿Cree que al menos parte de su obra se ha cumplido a partir de ciertas propuestas de Porchia? ¿O esa influencia se ha limitado al plano de su relación personal con él?

—Conozco bastante el caso de Porchia, por todos los lazos que me unieron a él y que me seguirán uniendo, por supuesto. Me parece que lo que me ha unido a Porchia es sentir que nos movíamos en una misma dimensión en cuanto a búsqueda de la realidad última. Quiero mucho su obra. Sin embargo, no creo que las líneas, las formas de configuración expresiva, los modos del lenguaje seguidos por Porchia y buscados por mí sean análogos. Diría que hemos andado por caminos asociados pero no similares.

Lo que importa en Porchia es su actitud ante lo real, actitud que comparto. Es decir, yo he encontrado en Porchia y en su poesía un alto grado de excelencia, eso que desde siempre he creído que era la sabiduría. Pero esto es una especie de correspondencia espiritual, aunque no necesariamente formal, si bien en la obra de ambos puedan revelarse afinidades. Además, él mismo me decía algo parecido. ¿Cuáles son las diferencias? Es fácil darse cuenta de que en Porchia no hay una adhesión demasiado intensa o evidente a la imagen poética. El lenguaje de Porchia es más directo, más despojado, con aspectos admirables, como la función decisiva que cobra en su expresión el uso de las reiteraciones.

[Poesía y literatura.]

—¿Y la antítesis?

—Bueno, yo diría que en ese aspecto sí estamos asociados. Y también en el uso de categorías absolutas. Pero en muchos otros elementos que podrían atestiguar un lenguaje poético, me parece que no somos demasiado semejantes.

[Poesía y literatura.]
—Es verdad, pero la pregunta apuntaba a explicitar lo que podríamos llamar la gravitación personal, la fermentalidad de Porchia.

—Es que él era un ser humano sencillamente admirable. Y su obra es ejemplar en cuanto a entrega al reconocimiento del ser, al reconocimiento de la realidad. Es muy difícil encontrar otro escritor en donde eso aparezca así, como algo material, como algo que uno puede palpar, tocar, que tiene peso. La obra de Antonio Porchia me vino a confirmar en la búsqueda de eso que he llamado lo vertical. Me ayudó además a aprender cómo una vida puede conjugarse con una actitud interior.
Por otro lado, algo que me parece muy importante: no perder de vista la escala total de la realidad que le es dado percibir al hombre. Creo que la mayor parte de los hombres carecen de realidad, se conforman con una zona mínima de la realidad. Por eso, aunque crean vivir en las circunstancias más concretas, viven en la abstracción. La pérdida de vista de la situación integral del ser humano en la escala total de las cosas es lo más opuesto posible a lo que llamaríamos superficialmente realismo. En Porchia, en cambio, era al revés. Para él la realidad era desde ir a buscar las verduras al mercado o trabajar en su jardín o tomar con unos amigos un vaso de vino con un poco de queso y salame, hasta plantear las últimas instancias de lo posible y lo imposible, de lo real y lo irreal.

Yo siento que la vida del hombre tendría que ser así, no la cosa ínfima, minúscula, de quien se conforma solamente con lo que está al alcance de sus manos. Por eso digo que con Porchia hubo básicamente un aprender a "escarbar" en la misma zona, un aprender de él esa actitud del hombre que no se conforma con lo aparente y, sin embargo, mantiene un grado de humanidad, de compasión, de comprensión hacia los demás seres humanos como he encontrado muy pocas veces. ¿Cómo alcanzar eso? Ahí está la pregunta. ¿Eso es la poesía? Sí, si se le agregan las palabras para decirlo.

[Poesía y literatura.]

—Tal vez muchas de estas reflexiones al borde de la obra de Porchia sean perfectamente aplicables a su propia obra y a su concepción de la poesía.

—Esa conclusión corre por su cuenta. Pero yo le preguntaría si es posible hablar de cualquier cosa que amemos sin hablar de nosotros mismos.

[Poesía y literatura.]

—Es notoria su actitud a negarse a ser promocionado e incluso a ser objeto de una nota periodística. ¿A qué se debe?

—Siempre me ha parecido mejor, y hasta beneficioso para la higiene del espíritu, no confundir los ámbitos de la poesía, la vida cultural, la política cultural y aun la literatura en general. La poesía nace y se inserta en el silencio que no pasa. Por ello, y muy especialmente, he desconfiado de la dimensión que suelo llamar "socioliteraria", o sea ese juego de intereses, de motivaciones, de apetencia de éxito, de búsqueda de reacciones, que suele preocupar a los escritores y a los poetas.

Se me ocurre que en cualquier tipo de búsqueda profunda hay una responsabilidad mucho más grave en cuanto a no caer en los mecanismos habituales de promoción o auto-exaltación. Creo que el entrar en todo ese aparato perturba casi inevitablemente el recogimiento, la concentración y el trabajo de fondo. Mi objetivo no es el éxito ni lo ha sido nunca. Esto mucha gente no lo comprende. Mi objetivo es sentir que estoy viviendo lo que creo que debo vivir. El ojo público, la promoción me parecen cosas insustanciales y peligrosas.

Me interesa mucho más un diálogo profundo con alguien que aparecer en una nota. ¿Eso significa desdeñar la opinión de los demás? No. Significa saber que todo eso es aleatorio, es secundario, que todo eso no puede ni debe afectarme en lo que yo me propongo.
Además hay otra cosa: creo que una de las pruebas más duras que se le presentan a veces al poeta, al artista, es la aceptación de su marginalidad. La sociedad actual está hecha para que luzcan las "estrellas", para que se promuevan las motivaciones del día. Hasta podría ser una cuestión de ritmo: los ritmos aparentes, hijos de los intereses momentáneos, de las seducciones comunitarias o circunstanciales, no hacen juego con lo que uno es. Ya dijimos que los medios masivos implican una falta de caridad humana. Y aparte del aspecto comercial, ofrecen esencialmente espectáculo, algo que la poesía no es.
Por otra parte, también puede ser un asunto temperamental. A mí me sucede que, así como aprecio el diálogo porque me enriquece, al mismo tiempo me empobrece la presencia de mucha gente. Necesito silencio. Por otro lado, desconfío extremadamente de tratar de publicitar las búsquedas profundas con los mismos recursos, con los mismos instrumentos con que se hace la propaganda de los artículos de consumo.

Debo confesar que he tenido mucha suerte. Jamás pedí que me publicaran un libro. No he solicitado nunca una nota, un artículo. He tenido mucha suerte porque, sin provocarlo y sin pedirlo, en estos últimos años sobre todo, han aparecido las ediciones y los comentarios. O sea que hoy, más convencido que nunca, creo que el acto de fe inicial debe mantenerse en su totalidad. Eso no significa de ninguna manera negarse a quien de un modo o de otro parece haber comprendido esa búsqueda y quiere hablar conmigo. Por otra parte, también así puede darse un modo de llegar imprevisiblemente a otra gente, o sea, de comunicarse con ella. Pero una cosa es que eso suceda con naturalidad o por buena fortuna, y otra muy distinta es dedicarse a buscarlo.

[Poesía y literatura.]

—¿No cree que muchos escritores, ganados por la seducción de la vida socioliteraria, han sufrido una especie de atrofia que limita sus posibilidades de seguir creando?

—Entre las múltiples asechanzas que amenazan al escritor y muy especialmente al poeta tendríamos que señalar la que hace primar las relaciones exteriores de la literatura sobre las relaciones interiores. Y así como hablamos de enfermedades hepáticas o cardiovasculares, bien podríamos hablar aquí de una enfermedad literaria. ¿Qué entendemos por ello? La obsesiva preocupación, no por lo que es la literatura, sino por lo que se está haciendo en relación con ella. Es la obsesión por la noticia literaria, la preocupación por lo que se dice de lo que se escribe.

Desde luego, quien esté enfermo de literatura verá amenazada su posibilidad de crear, y aun puede quedar totalmente inválido para la creación. Esto me evoca algo que ha señalado Jaspers, cuando habla de dos dimensiones inauténticas en cuanto a las relaciones humanas: la curiosidad y la charla. Por supuesto, no se refiere a la curiosidad como ese impulso que nos lleva a indagar lo desconocido y que está en el origen de la ciencia, el arte o la filosofía. Jaspers menciona a la curiosidad y a la charla como formas de preocupación por lo que se dice del ser más que por lo que el ser es.
Algo parecido podríamos señalar con respecto a la literatura. Hay un estado del escritor en el cual la ansiedad por lo que ocurre con lo que ha escrito se transforma en algo patológico. Y muy vinculado con esto tendríamos otra calamidad: la paraliteratura. La paraliteratura admite muchas modalidades, pero todas ellas consisten en vivir en la periferia de la literatura y no en el centro, por incapacidad, indecisión, limitación y muchas otras razones posibles. Es una forma de parasitismo que consiste en vivir de dar vueltas alrededor de la literatura.

No vamos a enumerar aquí una serie de profesiones que están centradas en la paraliteratura y que en buena medida se caracterizarían por vivir de la literatura: no en ella ni con ella, sino de ella. Creo que la enfermedad literaria y la paraliteratura admiten un origen común, y por eso no es extraño que, cuando el paraliterato se convierte en escritor, enferme de literatura. Y viceversa, que el escritor enfermo de literatura, por impotencia, se convierta en paraliterato.
Aprecio en especial a los creadores que saben mantenerse al margen de la enfermedad literaria, la paraliteratura y la vida socioliteraria. No me parece casual que aquellos poetas argentinos a quienes mencionábamos a propósito de la atención que han sabido despertar (me refiero a Porchia, a Orozco, a Molina, entre otros) formen parte también del grupo de creadores que han evitado este tipo de seducción. Creo que es necesario saber eludir, y aún más, renunciar , a todo aquello que se parezca a confabulación, intriga, falsedad acomodaticia, a fin de preservar de algún modo el núcleo creador, que no admite la búsqueda de otras ventajas.
Y esto me lleva a otra sospecha. Me parece que hay dos retrocesos que se plantean al creador como exigencias para seguir siéndolo. Uno de ellos debe darse ante el éxito, sus engaños, sus tentaciones. Y el otro, dentro de su propia obra, cada tanto, no para volverse más imperfecto sino para recuperar sus fuentes.

[Poesía y literatura.]

—Bien podría ocurrir que una de esas personas que se acercan a usted para hablar de su búsqueda fuese alguien que quiere convertirse en poeta. ¿Qué le diría?

—Tal vez no me atrevería a decirle nada. O quizá: que trate de alcanzar a no poder distinguir entre la poesía y el hombre. Que no se trata de encontrar una receta para el miedo, sino de transformar el propio miedo en la dolorosa alegría de crear.

[Poesía y literatura.]

—Habitualmente se sobreentiende que el artista crea para un publico determinado, que en último término decide el éxito y el fracaso de su obra. En el caso de la poesía ¿para quién se escribe?

—No creo que se escriba para tal o cual lector, sino básicamente para uno mismo, para ser uno mismo, bajo la presión de una necesidad y contra una resistencia que, en el caso del poeta, es particularmente fuerte. Dijimos que la poesía equivale, para el poeta, a alguna forma de salvación. ¿La salvación de quién? En primer lugar, la de sí mismo. Pero si vinculamos esta idea con otras que mencionábamos a propósito de la expresión y la comunicación, vemos que esa salvación equivale a la salvación del hombre: en sí mismo y en los demás.
Y agregaría algo: creo que esa capacidad de salvación es la que mide el valor de una obra, y no los parámetros usuales, tales como la popularidad o el éxito. El reconocimiento público de cualquier poeta profundo, me parece, tiene mucho de malentendido, en aquel sentido del término que analizó magistralmente Camus. Y ello ocurre porque habitualmente se recoge una parte u otra de su obra, pero nunca toda su obra. Es un reconocimiento tangencial y se parece al malentendido.

[Poesía y sociedad.]

—Y a veces ese reconocimiento es un tanto fantasmal porque al poeta ni siquiera se lo ha leído. Entre la poesía el lector suele haber demasiados intermediarios.

—Que no son solamente los intermediarios del libro: editores, libreros, distribuidores. Hay otros, tales como el que hace reseñas bibliográficas o esas aparentes críticas en diarios y revistas, de las que ya hemos hablado. ¿Qué pasa con ellos? Salvo raras excepciones, todos son comerciantes. Y la poesía es el anticomercio.

[Poesía y literatura.]

—¿Por eso "no se vende" el libro de poemas?

—La poesía, ineludiblemente, pone en crisis. Y nadie compra crisis. La crisis no tiene valor de mercado. Además, nadie compra frustraciones. Y en el fondo de todo hombre, me parece, hay un poeta frustrado. Consciente o inconscientemente, siente que eso está en la poesía que no compra. Claro que tampoco basta con comprar ese libro de poemas: es necesario leerlo, y ya sabemos que eso requiere una capacidad de entrega y recreación no muy habitual entre lo que frecuentemente se denomina "público lector". Recuerdo un libro de Pedro Salinas, Defensa de la lectura, donde hace una distinción entre lo que llama lector y lo que llama leedor. Y aclara que no basta ni siquiera con ser lector, sino que hay que ser actor. Ahí me parece que está la clave.

[Poesía y literatura.]

—¿Tiene la poesía un futuro?

—Yo preguntaría: ¿es suplantable la muerte, el hombre, el misterio, el infinito? ¿Es suplantable la palabra en relación con todo eso? Si las respuestas son no, la poesía sí tiene un futuro. El futuro de la poesía es como su pasado: para ella no existe el tiempo. La poesía es.

[Poesía y literatura.]



copy: robertojuarroz.com

5 comentarios:

Cristalnomano dijo...

Gracias Irene! sin duda que este fabuloso diálogo me sacó de apuros!

Irene Gruss dijo...

Gracias por la visita, una vez más, Irene

Anónimo dijo...

Excelente

Morgan dijo...

Muchas gracias por compartirlo.

Macky Corbalán dijo...

¡Qué jugoso, profundo y sabio este diálogo!¡Gracias!

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char