domingo, 9 de agosto de 2009

Siseante


Tres poemas de MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)

El Pasado

Si alguien se atreviera a poner sobre la mesa su pasado
y contemplar ese animal sangriento
que resuella
con la cabeza yacente y como absorto
deberíamos advertirle
de su doblez
de su astuto carácter de aguzados dientes.
A las bestias del tiempo conviene
acercarse con cuidado.
Su cuerpo con facilidad transmuta
en niebla
y al apartar las púas
para sorber el tuétano
podemos con facilidad
perder el rumbo
en sus ojos
fijos en nosotros.
El pasado tiene un cuerpo anormal
esponjoso
hasta que nos salta al cuello
enfurecido
hundiéndonos con él
como piedra de molino
en aguas quietas.
El pasado puesto sobre la mesa
tiene un ronroneo
de máscara satisfecha.
Acechante.
Siseante.
**
El ruido

No tengo nada que decir
O sea que perdonen
por interrumpir, pero
tal vez quisiera eso sí que continuara
esto que es apenas algo más que
silencio
un susurro
insistente monocorde mientras
sus voces restallan
con altura.
No es que fuera a decir algo
digo
apenas este murmullo
pero
insisto
es empecinado
y se mantiene al ras
entre los muebles de las habitaciones de los hombres
en sus lechos
y mesas
y en los huecos húmedos
que se arman y desarman
entre los cuerpos amantes.
Nada en que reparar
digo
mientras
los ruidos de ustedes
aturden.
**
Lo efímero

Durante nuestra niñez los balnearios
donde pasábamos los veranos eran
azotados por tormentas
y ráfagas de arena enfurecida.

Nuestros padres permanecían ausentes
o absortos en las tropelías de un gobierno lejano.
También los abuelos padecían enfermedades tremendas
o habían sido muertos por racimos
en guerras europeas.

Y nosotros trotábamos en un sol deslumbrante.

Nuestro lugar era precario,
nuestro tiempo, enorme,
y podíamos correr por horas
en el lugar exacto
donde el mundo caía.

Aun así, el ánimo
no flaqueaba
y en medio de médanos inhóspitos
o a merced de las olas
reíamos y chillábamos
como gaviotas maltratadas
por el vendaval.

Éramos feos.
Éramos tenaces.
Flacos y secos y oscuros
como palos
y no supimos hasta mucho más tarde
que conocíamos
la cara salvaje
de una cierta felicidad.


De Lo efímero y otros poemas inestables,
Ediciones en Danza
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char