viernes, 12 de febrero de 2010

Ojos que no ven...


De cómo la realidad es mejor que la ficción

Hace muchísimos años, impresionada por lo que hizo Francis Ford Coppola en El Padrino III, me aferré a la última escena y traté de transcribirla en el primer poema que sigue abajo. Hete aquí que hoy veo el film comentado por el mismo Coppola, y descubro que el efecto de esa última escena fue idea no de Al Pacino sino del sonidista. El nuevo texto no es tan bueno como el primero pero me voy dando el gusto. IG

SOBRE EL ACTOR
I


El efecto es impagable: el actor,
que hace de padre que
mira a su hija,
recién muerta, abre la boca
y con los ojos, desencajados como la boca,
pega un grito
mudo, un silencio
brutal, la cámara filma en primerísimo plano
la voz que no sale,
hasta que el actor,
y siempre con su boca abierta y
desencajada, como sus ojos, saca
de no sé qué garganta, quién
dirige el gutural, el gemido
insoportable, como si sufriera
demasiado.
***
II

El actor sufría demasiado.
Pegaba un grito ensordecedor y
se hincaba ante Dios como una mula.
El sonidista quería más, algo peor, algo
agonizante.
La cámara filma en primerísimo plano la boca abierta y
los ojos, desencajados como la boca, del actor.
El sonidista suspira, gira
la perilla: “Esa boca abierta y muda
es veraz, ¿no es así?";
y sale del estudio.
**
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char