lunes, 6 de diciembre de 2010

"¿De qué hablás, de qué hablás?"

DE ARCHIVO
Tres poemas de Jorge Aulicino


Cierta dureza en la sintaxis

1


Cierta dureza en la sintaxis indicaba la poca versatilidad
de aquellos cadáveres; el betún cuarteado de las botas
y ese decir desligado del verbo; verbos auxiliares,
modos verbales elegantemente suspendidos, elididos,
en la sabia equitación de una vieja práctica.
¿De qué hablás, de qué hablás? Pero si fue ayer...
Fue ayer... Estabas frente al lago de ese río:
qué lejana esa costa, qué neblinosa y mañanera.
Lo tenías todo, no te habías arrastrado en la escoria
de las batallas perdidas antes de empezadas,
no andabas en el orín de estos muertos...
Lo comprendo, no era el Danubio, era el Paraná
que marea porque viene del cielo cerebral, pero aun así...
¿Se justifica la alegre inacción, el pensamiento venteado?
Abeja: la más pequeña de las aves, nace de la carne del buey.
Araña: gusano que se alimenta del aire. Calandria: la que
canta la enfermedad y puede curarla. Perdiz: ave embustera.

De Cierta dureza en la sintaxis,
Selecciones de Amadeo, 2008
***
Apogeo del imperio

¿Transcurría debajo de la mesa la gloria de Eduardo?
¿Entre los zapatos hinchados, la ceniza de los puros,
las peladuras de avellanas, el acre color de las medias?
¿Dónde transcurría exactamente la gloria del reino?
¿Importaba en el ambiente inflamado por el alcohol,
las carcajadas, el sentimiento de la alta noche,
el olor animal de las mujeres imponiéndose tercamente
entre los aromas de afeites y lavanda?
¿Testigos, convidados de la gloria, eventualidades,
fisuras del banquete, poros, pisos, peladuras,
calcetines sudados y abandonados sobre el parquet
cuando rugiendo en la íntima alcoba, borrachos de nada,
los cuerpos se arrojaban sobre sí?
Ansiedades de príncipes, aventureros, lores,
que vivían esa tosca, brevísima inmediatez como eternidad:
el pequeño olor intenso y acre,
la mano crispada sobre la espalda velluda,
la delicia de todo lo caído -ceniza, peladuras-,
de todo lo sudado, el orbe rápidamente corrompido
en violenta decadencia, por una sola vez.
Hasta que los altos cristales se llenaban de ceniza del alba,
madre de la realidad sin en sí, sin otra cosa
que la monótona, insidiosa, destructora duración.

De Paisaje con autor
Ediciones Último Reino, 1988
***
Michelangelo
Dios separó la luz de las tinieblas
y llamó Día a la luz y Noche a la penumbra
y yo soy un escultor a quien príncipes y Papas
confundieron con un topo sucio
agazapado bajo la bóveda de la Capilla Sixtina.
no conozco sino la muerte que me diste,
he nacido para la luz de la escultura
y soy maldito por el Papa que amenaza
con arrojarme del andamio
si continúo demorando la creación del Universo
-¿pero qué podría crear Dios en esta posición?-;
me estalla la nuca pagarán los imbéciles
aguanten habrá dinero.
(He terminado, babbo, la capilla que estaba pintando:
el Papa satisfecho;
yo escupo la materia humana
porque aprendí a morir tu muerte);
se expanden luces en las sombras
y tinieblas en la luz cristalizada
donde quería sumirme:
la plenitud es una cuestión de formas
che non parlano, babbo,
dios no ha separado nada.

De La caída de los cuerpos
El Lagrimal Trifurca, Rosario, 1983
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char