lunes, 2 de noviembre de 2009

Esta memoria que se lo come todo


Algunos poemas de
MARÍA TERESA ANDRUETTO
(Arroyo Cabral, Provincia de Córdoba,
Argentina, 1954-)



Las amigas de mi abuela

Íbamos a verlas
los días de los muertos,
cuando la muerte no dolía.
Mi madre (que era hermosa y usaba
tacos altos) nos llevaba de la mano,
se pintaba la boca. Hablaban piamontés,
la palabra cerrada en la garganta a gritos.
Nos ponían vestiditos blancos de piqué
y volvíamos con olor a gladiolos,
a margaritas. Tenían una casa oscura
las amigas de mi abuela, y el tamaño
de un hombre. Ellos en cambio
eran flacos, frágiles como niñas:
se llamaban Geppo, Vigü,
Gennio, Chiquinot.
***
Instantánea con caballo

Tu cuerpo de muchacho
tira las riendas: la pierna
avanza y es bonito el caballo,
te diría, con su pelaje oscuro.
Tal vez sea una yegua mansa
porque hay niños sobre el lomo,
sin cabalgadura. Tu hermano
se ha vuelto hacia el fotógrafo
y están los otros en el cogote
y en la grupa.

Es una foto de blanco
y negro, con los bordes ajados,
te diría (causa gracia esa remera
de banlon, sobre los pantalones
nuevos). Tu madre, escondida
tras los niños, sostiene todo.
Veo las piernas y la pollera;
es su fuerza lo que miro,
te diría.
***
Autorretrato ante el caballete

porque el vacío
pesa.

Susana Cabuchi

1.

No es la pieza oscura donde pintas,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma,
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido
ni los olores rancios del encierro.
Son tus ojos que no encuentran a Saskia,
a Hendrickje, al bienamado Tito,
tus ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.

2

Pero la luz sí está
Circe Maia

Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba
y carcomía con su podredumbre,
el retrato del joven con gorguera.
Bajo las arrugas y los ojos desteñidos
están los ojos arrogantes de otro tiempo,
pero ni el otro ni éste son grandes
ni pequeños, a todos nos ha herido
esta luz, ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.
***
Autorretrato
ante el caballete


.................a Alejandro Schmidt

El pincel sirve para salvar
las cosas del caos.
.........Shitao

1.

Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo... la mano que va,
que se desvela, desde el charco
de luz hacia la tela.

De Kodak
***
Primavera de 1992.
In memoriam Clara Crimberg.


Por qué a cada sobresalto...
te vuelven a la mente los troncos
y el río y la colina con la luna
detrás y el camino...?

C.P. 19 de agosto de 1946.
Diario.

Lapataia/94

Caen sobre el camino los troncos
centenarios. Un zorro acecha.
Más allá los manchones
de las castoreras.
Somos nosotros los que vamos
bajo la lluvia, pero parece
que nadie fuera,
que nos hubiéramos hecho de aire
entre las lengas.
***
Te asombra que los otros pasen
a tu lado y no sepan, cuando tú
pasas junto a tantos y no sabes?

C.P. 17 de agosto de 1950.
Diario.

Entre tus fauces

Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra. Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la grava. Vuelven
los que trazan la huella de los días,
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo, huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.

De PAVESE y otros poemas
***

© María Teresa Andruetto
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char