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sábado, 26 de mayo de 2018

El destino que mira como espía del tiempo

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN 
(Buenos Aires, Argentina, 1905-1974)


Yo diría a los más jóvenes que tengan en cuenta un consejo dado por sir Roger Bacon
en 1240: 
"Contempla el mundo”
R. González Tuñón

Apuntes para este libro

La juventud que huye como un ciervo herido
La libertad que muere como un viejo patriarca
El destino que mira como espía del tiempo
La aventura que tiene la llave de la calle
El albatros que vuela sobre el navío náufrago
La botella arrojada al mar con un mensaje
Los sueños de los niños inventando países
El secreto que oculta la guitarra en su caja
Los ojos de los muertos que ven nacer las lilas
La luna allá esperando la primera visita
Aquello del pasado que mantiene vigencia
Y el porvenir que nace como un niño, desnudo.

Nostalgia – devenir – soledad – multitud –
Ah Hölderlin, ya encontraremos
El rumbo de las islas perdidas.

El rumbo de las islas perdidas, Editorial Descierto, Buenos Aires, 2012.

sábado, 30 de julio de 2016

Decir yo he conocido es decir: algo ha muerto

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 1905-Ídem, 1974)

Raúl González Tuñón, un poeta entre el lupanar y la insurrección
Por Jorge Aulicino

¿Quién creen que era Raúl González Tuñón? ¿Era en realidad un santo laico, como lo recordamos muchos? ¿Era el primer poeta comunista de la Argentina? Tuñón nació hace 100 años (fue el 29 de marzo de 1905, en la calle Saavedra) y su propio mundo lo asaltó pronto. A los 21 años, en algún lugar de la ciudad y alguna noche, el poeta que acababa de nacer con El violín del diablo bajo el brazo recibía el chicotazo cálido y sarcástico de Roberto Arlt: "¡Tuñón, el poeta de las putas, de los ladrones y del puerto!" ("¿Un puerto? Yo he conocido un puerto. Decir yo he conocido es decir: algo ha muerto", respondería, y descubriría, años después, pobre, ligero y resplandeciente, acodado en una mesa de un café del Barrio Latino). No faltaba mucho para que cualquier otro pudiera saludarlo, diciendo: "¡Tuñón, el que blindó la rosa!" En 1933 estaba en España, cuando estalló un levantamiento minero en Asturias. Allí nació La rosa blindada, que con La calle del agujero en la media, escrito en París, permiten que Tuñón sea reverenciado en dos altares: como santo patrón de los lupanares y como arcángel de la insurrección.

Ese poeta que iba y venía entre un mundo ancho y ajeno que se agotaba y renacía en cada puerto y el mundo de la lucha social, los héroes antiburgueses y los obreros armados —o dicho de otro modo, el de los aventureros y los ladrones y el de la revolución organizada—, mal pudo ser entendido por quienes esperaban de él que se decidiera por la revolución o por la lírica fantasmagórica de los circos, de los cafetines y los reservados. La aparente ambigüedad de su figura, que era sutileza no más, lo privó de los laureles del estalinismo vernáculo y le deparó mal disimuladas muestras de desprecio, en otros ambientes, por su poesía política.

Hay un problema. Las revoluciones no las hacen los ladrones, y menos los que imaginó Tuñón. Y tampoco los revolucionarios son los santos inocentes que él cantaba. Apostaba en cambio a que, sin saberlo, ellos fueran los únicos que pudieran dar sentido a la palabra capitalismo: elogió los torturados mostradores donde "obreros y ladrones hablan de cosas importantes".

Tuñón era puro en el bien y era puro en el mal. No debió distinguir él mismo, como lo hizo, entre poemas "líricos" y poemas "civiles". Era el soñador que soñaba ambos. Estaba del lado de los ladrones porque se mueven en otra planimetría. A la ciudad que teje las relaciones de clase tanto como los amores prefería verla privada de fronteras. Nocturna, por ejemplo, con las ventanas iluminadas que sólo miran "los ladrones y los hombres de frac"; o como una selva virgen ("nos afeitamos todos los días, todos los días entramos a la ciudad como a un túnel luminoso, seguros de encontrar la aventura"). Por lo demás, la vida "es de los millonarios, de los atletas, de los perfumistas, de los aviadores, de los contrabandistas, de los escribanos". Definitivamente, la vida no era de Tuñón, de su extraño personaje al que llamó Juancito Caminador (traducción de Johnny Walker, la marca de un whisky cuya etiqueta lo había inspirado), quien quería deslizarse "con suavidad y desenvoltura de fumador de opio".

Así pues, si se deplora que el comunista escribiera poemas intimistas o de los bajos fondos, valdría la pena reparar en que su lirismo no excluía la violencia, incluso en la intimidad de las callejuelas de París ("El ciego está cantando. Te digo: ¡amo la guerra!"); y si se deplora su socialismo militante, observar que no dejaba de ser ese mismo lírico demoníaco cuando, en la revuelta, "la ametralladora bailarina lanza sus abanicos de metralla". Era el mismo Johnny Walker, sí, sin duda, el que escribía a los hermanos Genna (de los tiempos de Al, te regalaban una sonrisa con un tiro) y a Buenaventura Durruti, jefe anarquista durante la Guerra Civil española.

La fugacidad brillante de la vida lo hirió e incitó. Era la saudade de tiempos no ocurridos, tiempos del porvenir náufragos en el pasado, lo que inspiraba su poesía más visionaria que humana. Escribía de modo tan natural como su sonrisa luminosa y discreta. "Quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra". Como si no bastara la palabra bonita y hubiera que conocer para decir otra vez: "algo ha muerto". 

Fuente: clarin.com, 2005
***
Nostalgia-Devenir-Soledad-Multitud

                 Soledad, multitud, términos iguales
                     para el poeta altivo y fecundo.
                                        Charles Baudelaire


Por momentos en días graves pero no solemnes
vuelvo los ojos a las madres nutricias, viejas fuentes,
y avanzo hacia la verde frescura de las nuevas.
Estoy solo en la calle y rodeado de gentes
en el patio de adentro de la intimidad.
Entre la multitud camino y escapo a ella cuando sueño
o cuando miro, lánguidas, pasar las bajas nubes.

Si, señor Rilke, el creador es un solitario,
pero sólo en el acto de crear, ya se lo dije.
Antes -usted lo supo en un instante intenso-
suele andar, si es auténtico, contemplando los mundos,
en el barro, en la estrella, en la sangre, en el hombre
y en el rumor espeso que viene del Mercado.
***
El destino que mira como espía del tiempo

Un espía del tiempo es el destino
-no el poeta, que éste es el gran espiado
y es, dijo Schiller, el que llegó tarde
a la Repartición de la Tierra.

Torre de Dios, Darío a su vez lo llamó,
pero desde su altura no hemos visto a Dios
ni en el Chaco Boreal de incendiados fortines
con olor a petróleo, a mariposas secas, a madres que agotaron
las lágrimas y el grito
ni cuando silenciaron a los niños de Guernica
ni en la atroz agonía en los hornos de Auschwitz
ni entre el ruido y el humo del napalm en Vietnam.

Y ese espía del tiempo en fin, conoce historia
como nadie, la sigue desde lejos; nadie desmentirá
cuando todo se ordene y llegue el gran balance
los testimonios que captaron sus miradas profundas
como pozos de sombra con estrellas,
como enterradas lámparas bajo barcos hundidos,
como voces más graves que el secreto remoto
de los stradivarius:
su enorme asombro y su perplejidad.

De El rumbo de las islas perdidas. Libros de Tierra Firme, colección de poesía Todos Bailan, Buenos Aires, 1994. 
***
Katherine Mansfield

...Y que el aire perfume su cabellera clara.
Allí donde discurren las memorias perdidas,
las voces olvidadas y los paseos errantes.
La muerte, distraída, que resucita rosas.

El Gran Meaulnes la hubiera amado.

Antón Chejov, padre de la nostalgia y la dulce ironía,
a través de lejanos anteojos de bruma
la contempla en el tiempo de un otoño evadido.

Su vida fue un poema lánguido y penetrante.
Y, como todos los poetas muertos,
cada vez que alguien sueña ella retorna.
Y vuelve a irse cuando muere un sueño.


De "Sólo unos cuantos nombres de la larga memoria", Demanda contra el olvido, Ediciones La Rosa Blindada, Buenos Aires (1963), tercera edición, 2006.

viernes, 22 de abril de 2016

Yo siento por ti la maldad del espejo

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN 

(Argentina, 1905-1974)



A los veteranos del circo

¡Frank Brown estás viejo!
¡Frank Brown tan arrugado!
Yo siento por ti la maldad del espejo.
¡Maldito maquillaje! ¡Ese carmín está pasado!
Frank Brown eres un fuelle demasiado gastado,
un juguete que ha caducado.
Mira si yo pudiera suplantarte,
llenara el Hippodrome con mis ágiles muecas
-y con Shimmys y tangos y zamacuecas-
-al mismo tiempo haciendo por imitarte-
para hacer reír a un niño, que es tan noble misión,
haría de mi alma una matraca,
de mi entusiasmo una faca,
de mi poeta un clown,
y una serpentina de mi corazón.
Frank Brown.
Duende de Buenos Aires y dueño de las risas de mi
generación.
Yo que he probado tus chocolatines
y que te he visto por los trapecios y los trampolines
dibujando desafíos pirotécnicos
carcajadas elásticas
y pirueteos técnicos.

Rey de las Cabriolas fantásticas,
yo te digo que has sido mi Padre-nuestro,
mi mejor libro y mejor maestro
y clown
de mis primeras emociones plásticas.
Frank Brown, mi querido gnomo Frank Brown.
-¡Salud, domadores! ¡Qué tal bailarinas! ¡Adiós Tony!

El circo es el mayor espectáculo.
La sangre del circo es el Old Tom Gin.
Yo quisiera tener en un circo un cenáculo
ambulante como John o como Anthony.
¡Viva la malla! ¡Viva el trompo! ¡Viva el carmín!
¡Viva el Old Tom Gin!
y la cabaña del Tío Tom
y la gloriosa vejez de San Frank Brown
mi maestro y clown.
***

LOS SUEÑOS DE LOS NIÑOS INVENTANDO PAÍSES

                                            "Cuando paso frente de un local 
                                             donde exponen pinturas de niños, sigo de largo."
                                                                                               Juan Batlle Planas 

Porque el niño conserva todos los libres bríos
de la invención, baraja sus monstruos increíbles
y sus enloquecidos ángeles.
La bárbara inocencia sin prejuicios de la primera pureza
y el espléndido caos, el delirio de la razón, la fantasía.

El niño es el primer surrealista.

Y crece es hombre, y sigue viviendo más no sabe
y quien lo lleva adentro así lo ignora.
A veces, de manera sutil, eso supongo,
en cada acto adulto la infancia nos vigila
-una voz, un suceso rotundo, familiar, una lámpara,
una paloma herida con mensaje-.

Todo hombre en el final minuto de su invierno
piensa en algo lejano cuando muere.
Y la muerte es el último país que el niño inventa.

viernes, 26 de junio de 2015

Soy inmortal, pues paso

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Buenos Aires, Argentina, 1905-1974)

BLUES DEL BARCO ABANDONADO
A Evita Botana

AQUÍ estoy desde el día en que varó la rosa.
Nadie podrá saber quién distrajo su rumbo.
Aquí fui destruyéndome y hoy, casi vuelto al árbol,
sólo la fiel madera permanece en su forma

La tempestad me trajo del pedrusco y el limo
que arrebaté al secreto de las aguas atroces.

Los náufragos partieron y el capitán, sin novia,
quedó en los arrecifes lejanos del olvido.

Cuando la luna saca mi mascarón a flote
la aventura vacía se puebla de recuerdos,
donde en el remolino de las ondas amargas
una paloma besa la frente de la noche.

Vuelvo a ver hondos puertos de carbón y de sal,
tiestos en la ventana del aduanero triste,
y oigo los acordeones que en los barcos de sombra
dicen dulces Italias en nostalgia de mar.

Vuelvo a ver marineros que cantan en las fondas,
deliciosos tatuajes con nombres de mujeres,
la cajita de música y el pontón fatigado
en donde el ángel vela su sueño de gaviota.

Vuelvo a ver horizontes de aldeas sumergidas,
lavanderas que lloran a los maridos muertos,
callejones con fondos de silueta de ahorcado
y el muelle, cuando atracan las ratas perseguidas.

He bordeado la isla de florida fragancia
la tarde en que me vieron pasar los pescadores.
Yo iba a recoger a sus hijos perdidos
en el feroz remanso que devoró la balsa.
Vencedor de la niebla, timonel del ojo astuto,
por los ríos famosos cargué placer y pena,
alegres contrabandos de amores fugitivos,
el jugador fullero y el leñador oscuro.

Ni los soles tremendos ni la bruma enervante
consiguen abatir mi esqueleto solemne.
Sólo turban la paz de mi prisión mecida
los asaltos furtivos de los niños salvajes.

Quisiera ser un puente, un andamio, un refugio
en la lluvia o el féretro de los exploradores.
No estar aquí tumbado, deshabitado, eterno.
Quisiera ser el arca del último diluvio.

A veces desde el tiempo, por la playa desnuda
viene Mary Celeste. Su adolescencia errante
bajo la Cruz del Sur se tiñe extrañamente
y me contempla, solo, desierto de la espuma.

Su clara aparición me hace amar esta orilla,
el otoño mojado y mi antigua congoja.
Entonces un albatros nace en alguna parte,
y se torna dorada mi magnífica ruina.
**
DESPUÉS DE LA MUDANZA

EL NIÑO triste mira con asombro
el patio donde había cielo.
La marca que dejó en el muro
la fotografía de la boda.
El sitio donde estuvo el piano
(su música, como la lluvia).
La ventana donde el otoño
daba su luz a los malvones.
¿Y cómo la verá un día,
vaga, distante, en el recuerdo?

La carta que cayó del mueble
como una hoja del tiempo.
**
EL OPTIMISMO HISTÓRICO

Yo sé que todo cambia,
que nada se detiene,
ni un árbol se detiene
y aun la piedra es viajera.

La soledad no existe,
el mundo es compañía.
Ni la muerte está sola.

Todo lo que es, es lucha.
Soy inmortal, pues paso.
Sólo la estatua queda.
Y aun ella se mueve.

En vano os empeñáis
en detener la historia.

¡Sé que llegará el día!
También lo sabe el sol.
**
La calle del agujero en la media

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto. 
**

Para leer más del autor, aquí

martes, 24 de junio de 2014

Pobre pelele su corazón

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
                                                         (Buenos Aires, 1905-1974)

LA FOGATA DE SAN JUAN 
Escuchar AQUÍ

En la noche enfarolada el piberío viene y va
Alrededor de la fogata porque es la noche de San Juan.
Qué rumorosa la barriada el muñeco se va a quemar
Ya lo han tirado a la fogata porque es la noche de San Juan.


Pobre pelele ya lo han quemado
Pobre pelele su corazón
Puro aserrín viruta y sucio trapo
Pero de aquí nadie se irá
Si no está bien quemado
Larailalala

Alrededor todos vienen y van
Qué linda nochecita
La noche de San Juan.

Se quema al fin y todos los muchachos
Suena el barullero tambores entusiasmo
Una ilusión cenizas que se van
Yo también tuve una noche de San Juan.

jueves, 6 de marzo de 2014

Ve belleza en lo negro y en lo trágico

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Buenos Aires, Argentina, 1905-id., 1974) 

"Mi infancia fue la infancia de un nieto de obreros, hijo de obreros. Una dulce infancia porque mi padre trabajaba." 

Aguafuerte

Calle Pedro Mendoza. Bodegones sombríos
gente que viene de lejanos mares
y de lejanos ríos
y oficia en los altares
del alcoholismo y de los desvaríos.
La parda y Juan Malevo
con las últimas quejas del bandoneón
han huido hacia un nuevo
rincón, a un ex refugio de Barracas.
(En la Boca, las últimas facas
abrieron paso a otra legión)
Lobos. Galpones. Botes y navíos.
Burdeles. Una prostituta coja
y los cuervos del frío.
Ah, los claustros siniestros
donde la misa es roja
y donde los crudos desafíos
son los padre-nuestros.
Y yo como un sonámbulo camino.
Me siento hombre de mar.
Soy un fraile marino
que oficia en el altar
del amor trágico, del dolor, del vino.
Nuestro espíritu gusta de las mañanas claras
y de las aguas frescas.
Pero va hacia las raras
comedietas grotescas.
Ve belleza en lo negro y en lo trágico
y busca el aguafuerte,
(en donde agita su cascabel mágico
el pajecillo negro de la muerte)
Yo que vi algunos puertos
los uno aquí, fantásticos, inciertos.
Porque todos los puertos se parecen.
-Grúas, máquinas, barcos
y almas que a los vientos se estremecen
y que manchan sus velas en los charcos.
Calle Pedro Mendoza. Bodegones sombríos
El niño buscador, triste, fogoso,
saldrá tal vez mañana en un navío
rumbo a un país lejano y misterioso
abandonando el patio luminoso
de la ciudad, sonoro y encendido.
Nadie sabrá su suerte,
nadie sabrá del niño vagabundo.
Solo yo sé que paso por el mundo
como un personaje de aguafuerte.
***
La Calle del Paso de la Mula

La mosca cautiva bajo la campana de vidrio
y el niño que juega porque el sol es bondadoso.
Fíjate como, igual que hoy, igual que ayer, igual que
mañana.
nuestro vecino pasa, recoge su botella de leche,
arroja al suelo el boleto del subterráneo
y sacando el reloj penetra a la casa, a su vida de todos
los días,
igual que ayer, igual que mañana, igual que siempre.
Sólo los puentes, esas piedras cargadas de secretos,
seguirán por los siglos sobre el río pensativo del
tiempo.
Nosotros nos quejamos de morirnos tan pronto.
Vivimos ya una muerte piadosa, tanto
que hasta esperamos morirnos una tarde.
La esquina adonde van a acostarse los ómnibus.
Un hombre que pregunta una dirección vaga.
Un muchacho que entra silbando al mingitorio.
El afiche del jabón Cadum, ¿sabes?
-el niño que posó tiene ahora cincuenta y dos años
y Toribio, Toribio Sánchez que nos hizo reír allá
abajo,
se emborracha con él todas las noches.
Nuestro vecino se levantará con el alba
y nosotros, nosotros estaremos aún desvelados
leyendo cuatro cosas, hablando cuatro cosas,
solos, solos, en la íntima isla de los abrazos.
Somos jóvenes y viviremos en otra calle, en otra
ciudad.
Fíjate, todos los paisajes nos hacen pequeños.
Estarán allí siempre. La esquina
adonde van a acostarse los ómnibus.
Los puentes. El afiche del jabón Cadum.
La mosca cautiva bajo la campana de vidrio
y el niño que juega porque el sol es bondadoso.
Vinos y licores. Comisarías. Ostras Claires y
Portuguesas.
El colchonero.

viernes, 10 de enero de 2014

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Buenos Aires, 1905-1974)


De A la sombra de los barrios amados

EL CEMENTERIO DE LOS TRANVÍAS

(Loria y Carlos Calvo)

En un galpón enorme —donde estuvo la fábrica—,
ese armazón oscuro con el techo llovido,
cual carros amarillos que mascaritas pálidas
de extintos carnavales ahora habitarían,
duermen, esperan ¿qué? los vacíos tranvías,
esqueléticos, sucios. Los miro y los comprendo.
Como ellos, así fueron arrumbados un día,
por inservibles, hijos del bíblico dolor,
nevados obreros, las máquinas vencidas,
los juguetes usados por niños que partieron,
los tristes jubilados y los gorriones muertos,
fotografías borrosas, viejas cartas de amor.

Una esquina en el barrio, tristona y pintoresca
como un destartalado, gris, espectral telón,
cayendo en un teatro de suburbio sombrío,
cuando todos han muerto, sin el apuntador…
Y ahí están, los saludo, la calle solitaria,
esta noche y los árboles del otoño que hablan,
con su sombra, un dialecto que sólo entenderían
Chaplin, los faroleros, las gaviotas y vos.
***
El Barrio 

Vi la luz en el barrio del Once, en el surero.
Cerca de allí nació también Julio de Caro
y escribió de la Púa sus memorables versos.
Entonces aún la luna bajaba hasta los patios
¿Era todo mejor? No lo sé. Era distinto.
Había carnaval, nochebuena, organitos,
Herrerías, corralones y mágicos baldíos.
Y en mi barrio nacieron la poesía y el tango…
Yo amaba ya la lluvia; era un niño perplejo.
Del almacén vecino salía un denso tufo
a lata ultramarina, a vino grueso y truco.
Y la siesta en el barrio con sus perros tendidos,
los últimos faroles de gas en las esquinas,
el enorme fonógrafo con su disco inquietante:
“Alfredo, mi querido Alfredo,
vamos a la tumba a morir los dos”,
la frontera del muro del asilo de enfrente,
y hoy, a veces, escucho en el fondo del tiempo,
la risa de mi madre detrás de los postigos…


Imagen: Primera edición de A la sombra de los barrios amados, de R.G.T., Editorial Lautaro, Bs. As., 1957.

jueves, 22 de marzo de 2012

Querida, querida

Dos poemas de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
(Buenos Aires, 1905-1974)

Descubrimiento de España


Un día viniendo del Sur,
del Sur también de mi sangre, del Sur de mi ceniza,
de la ceniza de los que me dieron la sangre, el hueso, la mirada,
una niñita llegó y dijo: El aire.
Y después el aire del país y el aceite.
Hermanos, hermanos.

Un día viniendo del Sur,
vine a dar adonde nunca había estado pero volvía sin embargo,
reconocí los aldabones, el tahonero, la gorda de la pescadería,
una niñita llegó y dijo: La tierra.
Y después la tierra del país y el vino.
Amigos, amigos.

Un día viniendo del Sur,
del sur de la Madre Patria a ella, de la muerte de mis padres,
encontré de pronto la música, la luz que me arrebataron casualmente,
una niñita llegó y dijo: El agua.
Y después el agua del país y el pan.
Madre, madre.

Un día viniendo del Sur
vine a dar al país de donde había salido antes de nacer
-cuando mi madre adolescente me soñaba en el fondo
del trasatlántico-
una niñita llegó y dijo: El fuego.
Y después el fuego del país y el amor.
Querida, querida.

De La muerte en Madrid (1939)
***
Casa de remate

¡Armatostes insignes! Todavía maduros,
cuánta vida a su orilla es hoy podrida muerte,
cementerio de gestos y voces y cenizas.

Armarios, mesas, cómodas, sillones,
que fueron vegetal estremecido,
aserradero y éxtasis.

Guardaron los secretos familiares,
como animales fieles y callados y lentos
¡compresivos!

El hogar, la provincia,
el adorno de los candelabros,
la represión sexual
y el deseo de los daguerrotipos.

Y cuántas frases célebres,
cuántos niños prodigio con violines,
cuánta vajilla fallecida,
cuánto termómetro,
cuánta carta con noticias que un tiempo conmovieron,
cuánto viaje que nunca realizaron
porque, a lo sumo, con los cuadros cirios
ardiendo todavía, alguien que sale,
alguien a quien se llevan
hacia la soledad y los gusanos,
hacia la nada activa.

Algo de abandonadas estaciones,
algo de teatro clausurado,
algo de recepción deshabitada,
algo de espectro real, concreto espanto,
y de naufragio sin naufragio.

jueves, 20 de enero de 2011

La esperanza y la miseria

Más poemas de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

(Buenos Aires, Argentina, 1905-1974)


EL VISITANTE
"El poeta es un espía de dios."
William Shakespeare

Cuando el invierno vele los fantasmas azules
de la niebla en el barrio
y ya sean memoria la mudanza, el entierro del gorrión,
el domingo,
y los libros se callen en las estanterías
para que vuelva sin temor el grillo
del hogar, fugitivo de un distante verano,
preguntará al olvido
dónde se oculta el espía del tiempo,
en qué relojería, en qué almanaque,
en qué caja de música
abandonada por un niño
y junto a cuál de las sutiles ventanas del crepúsculo
donde sólo hacia adentro puede asomarse uno
la saudade construye sus delicados puentes,
y desde qué clavel del aire
o qué alga marina, o qué arpa de Harpo Marx
apareciendo en un desván, de súbito,
el porvenir –que es poeta– nos mira.
***
EL ENTIERRO DE LA GAVIOTA

¡SALUD las viejas barcas! Deja el crimen que el ciego
relata junto al órgano con arañas dormidas.
Ya está podrida, muerta, la pobre estrangulada.
Eh, tú, dile al patrón que venga con nosotros.

¿Dónde enterrarla, en qué fina tumba del aire?
Ella, que amó partidas y retornos y tuvo
esa delicadeza de morir en la proa
donde los mascarones cayeron para siempre.

Allí donde están ellos descansando, entumidos,
verdes, hinchados, rígidos, de pie, como los ángeles.
En el fondo del mar donde está la botella
con el mensaje último, de misteriosa cifra.
***
Blues de la bohardilla

Estoy solo en mi cuarto y por eso viene la fiebre verde a devorarme.
Cómo te diré mi más bello poema, oh, pequeña amiga,
qué hará mi corazón tan solo.
Los tejados deslizan hasta el suelo musgo y cantos de pájaros.
Otras tantas muertes ruedan por la canaleta del día.
Las lavanderas inclinadas en las bateas y los chiquillos mocosos que crecerán sin cultura.
Los obreros que vuelven de los talleres sólo recuerdan ruidos.
El rumor de la ciudad achicado, perdido en el rumor de las alcantarillas.
El muro del asilo fresco y sonoro, y dos árboles, y dos ventanas y dos luces y dos vientos y dos pesos. Solamente dos pesos.
Y el reloj que no quiere detenerse para aguardarte y sigue palpitando el tiempo.
Y los libros ya manoseados llenos del drama que superamos.
Y los retratos, otras tantas muertes colgadas.
Otras tantas muertes ruedan por la canaleta del día.
Y el penúltimo cigarrillo que arrojamos sin sentir por el ojo de buey de la soledad.
Y el trepidar del tren asombrando la entraña de la tierra.
Un grupo de croatas ha invadido la zona del Bertchold en busca de oro.
Los hombres dentro del túnel buscan el oro que nace sucio y socavan la sociedad cuya base no podrá ser el sucio dinero.
Los cadáveres marchan con una linterna en la frente.
Así murió el padre de Catalina.
Un hilo de sangre le salía de la boca al asesino.
Nada se sabe del submarino hundido.
Señores profesores: la economía política es también poesía.
Piensa que en el fondo de los mares andaba y apenas salía a flote para ver con su único ojo terrible los navíos a la distancia.
Piensa que fue afilado y sereno y tuvo gracia de perfectos tornillos.
74 hombres están agonizando dentro del submarino.
A la hora de cerrar esta edición.
A semejante profundidad no llegarán los buzos, el cable de oxígeno, el discurso del Almirante, los sollozos de los parientes, los nombres de las tabernas, las mujerzuelas de los muelles, el hinchado vientre del puerto, nuestro viejo amigo.
Paciencia.
Ayer enterraron al tercer pistolero muerto.
Es tiempo de ocuparse del hombre.
De Dios nos ocuparemos más tarde.
Y cada uno puede cultivarlo a su hora.
¡Viva Nicolás Lenin!
A los 15 años me decidí por la aventura y soy en potencia el más grande de los aventureros.
***
Los seis hermanos rápidos dedos en el gatillo

"Los Genna, cuyo nombre suena como
un zumbido agónico…"
Fred Pasley

Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
—Earl Himie Weiss no pudo llevarlos a dar una vuelta—
oían cantar a Sam Samoots Amatuma ¨guantes de seda¨
—Sam Samoots qué bien cantaba guantes de seda en el alma.
En la taberna de los Cuatro 2 y "de parte de Al",
una sonrisa le regalaban en cada tiro
y para el alba del mostrador cerveza y éter
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
—muerte de orilla, ventana pronta, noche de duelo—
con la mirada le decretaban la sepultura
—aquellos tiempos de los O’Banion, de los Aiello—
Y eran los días larga aventura sobre el acero,
altos camiones, puertas cerradas y canastillos.

Alegres flores, naipes quebrados, nieve en la calle
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
sentimentales bandoneonistas de las terceras
fichas pesadas de barberías y de prisiones,
ágiles piernas en las batidas y en las ruletas,
funambulismos, magia fullera, clima de circo,
 y amores fáciles en las riberas de los domingos
y cuchicheos bajo las luces de los garajes
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.

Pero Sam Samoots murió fregándose ajo y cantando,
Al está preso, Joe Howard duerme como los niños
y ya están muertos, las manos juntas, los ojos blancos
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
Sí, camaradas, y los entierros fueron suntuosos
y ángeles negros revolotearon sobre las tumbas
y ya están muertos, los ojos blancos, las manos juntas
los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
***
BLUES DE LA ISLA DE PAPEETE

No sé por qué una estatua musgosa, rota con un hilo
de agua verde en la podrida piedra; no sé por qué
me ha hecho recordar Papeete, adonde van a refugiarse
los fracasados de la aventura, la resaca...
¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra?
Le diré que detrás de la estatua rota hay chimeneas,
usinas, niños que juegan en las rampas y desocupados
al pie de las cocinitas.
Le diré que delante de la estatua rota se extiende la rambla salada
de todos los vientos y el mar abierto de todos los caminos.
¿En que pueblo, en qué ciudad azul y olvidada, en qué ciudad
con corazón de isla he visto la estatua rota que me hizo
recordar Papeete?
¿Cuándo he visto Papeete yo, recortado en un muro sonoro,
bajo la lluvia intermitente y huidiza de los ukeleles?
Charles Simonds acaba de servirme un “Mint juleps” y luego
me tomaré un “Tom Collins”.
¿A dónde van las cartas perdidas, las fotografías de estrellas
desaparecidas, los gritos de tantos niños abandonados,
las voces desatadas de tantos imposibles amores?
¿Por qué encuentro tantos subpaisajes, tantos submundos
y nadie quiere creerme y nadie me hace caso mientras
en el Dispensario gritan las parturientas?
Si yo te llevara conmigo, si te dijera: Mira. Quizá tú, espantada,
exclamarías: “¡Madre, el vecino del segundo se ha vuelto loco!”.
Y soy tan humano, impresionable y terrible como un niño.
Cuidando y observando siempre las vidas y las muertes de los otros;
sin cuidar de mi vida y de mi muerte.
Porque cada uno lleva su vida y su muerte consigo.
¡Lejana luna de maremoto! Sería lindo ser poeta para cantarla.
Sólo he podido verla desde un ojo de buey, porque yo estaba
en el sueño.
Y todos estamos presos en el sueño.
Y todos somos el sueño de Dios. Él nos está soñando y nosotros
creemos que verdaderamente vivimos. (Qué hermosa idea
se me ha ocurrido, pero sin duda falsa, tan falsa como mi viaje
a la isla de Papeete.)
Porque cada uno es real.
Porque el alma, los sueños, el clima humano, son realidad.
Porque cada uno lleva su vida y su muerte consigo
y eso es también hermoso.
***
El poeta murió al amanecer

Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,
murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas: la esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y su obra,
escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera
y como hombre de su tiempo que era
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del Café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Becquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro:
tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

miércoles, 28 de abril de 2010

Los símbolos que siempre he amado


Conversaciones con Raúl González Tuñón
(fragmento)

Por Horacio Salas

-De todos tus libros, ¿cuál preferís a la distancia?
-Siento una gran piedad y ternura por el primero, El violín del diablo, con sus balbuceos, y una especial predilección por La calle del agujero en la media, pues la ida a Europa, y en especial a París, tuvo algo de deslumbramiento en mi vida (bien se dijo con razón, por otra parte, que se ve que esos versos fueron escritos por un porteño) y asimismo me es entrañable La rosa blindada, porque aquí se produjo una ruptura dramática, y a ese libro siguieron grandes tragedias, muchas muertes y exilios.

-En una época, para ser exactos afines de la década del cincuenta se dijo que vos escribías demasiados prólogos a muchachos jóvenes. ¿Qué podés contestar a eso? ¿Tuvieron razón?
-A mí me estimularon enormemente en su hora Nalé Roxlo, Oliverio Girondo, Güiraldes, Olivari, Rega Molina, mi hermano Enrique y otros que ya no están, y después, León Felipe, Robert Desnos, Ilya Erhenburg, García Lorca, Nancy Cunard, Mike Gold. Cuando escribo un prólogo para un poeta novel creo que pago en parte aquella deuda.

-Hablando casi del mismo tema, ¿qué poetas influyeron más en vos?
-En la antología preparada y prologada por Héctor Yánover, nuestro común y admirado amigo, dice: ... "En el 24, 26, 28, se influenciaron mutuamente Borges, Rega, Olivari, Tuñón". Creo que tiene razón, si consideramos las coincidencias. ( ... )
Además pienso que influyeron en partes de mi obra, algo de la cautivante aventura dadá-surrealista, cierto clima a lo Rilke, a lo Milosz y el ímpetu gigante de Manhattan de Walt Whitman.

-¿Qué poetas has releído más veces?
-Bueno, a veces sólo tal o cual poema, a veces libros enteros, como el Gaspar de la Noche de Aloysius Bertrand, últimamente releí poemas de El libro de los paisajes, del Lugones no barroco, no retórico. También releo: Luna de enfrente de Borges, Llanto por Ignacio Sánchez Mejía de Federico, La balada de la cárcel de Reading, partes del Canto a la Argentina de Darío y del Canto a mí mismo de Walt Whitman y algunos más.

-¿Alguna vez tuviste miedo de repetirte?
-¿Miedo? No. Además, pienso que citar varias veces el barco en la botella, las cajitas de música, las veletas, no es repetirse sino seguir moviéndose en medio de los símbolos que siempre he amado.

-En la época de Florida y Boedo, ¿se leían mutuamente?
-Solíamos leernos mutuamente en el sótano del Royal Keller en el Puchero Misterioso, aun antes de la guerrilla Florida-Boedo. Hoy prácticamente no existen aquellos típicos cafés y boliches literarios, pero sí los llamados "talleres de poesía" y "talleres literarios" donde jóvenes noveles también suelen leerse mutuamente y hacen bien.

-Las últimas promociones se caracterizan por cierta tendencia a la autodestrucción. ¿Eso ocurría también en tu época?
-No creo que fuéramos autodestructivos. Y ahora también hay de todo.

-¿Por qué creés que en el ambiente literario existen tantos enconos y odios?
-Siempre decía Federico: "El peor gremio es el de los toreros, no hay más que asomarse a uno de los cafés en que se reúnen; le sigue el de los cómicos y luego el de los escritores, donde basta con oír lo que dicen de los demás". Yo agregaría en nuestro medio, querido Horacio, el de los artistas plásticos y de los periodistas. ¡Y no hablemos de los políticos!

-¿Qué opinás de la crítica?
-Creo en críticos como Edmundo Guibourg y como lo fue en lo suyo, Julio Payró. Lo ideal sería que el hombre de teatro haga crítica de teatro, el pintor crítica de pintura y el poeta crítica de poesía. Es claro, insisto en que respeto mucho al verdadero crítico, no a aquel del cual Picasso dijo que suele ser un artista fracasado. Y profesionalmente yo me siento cronista, porque éste más que criticar, informa (...)

-¿Alguna vez te enojaste por una crítica adversa?
-No, nunca que yo recuerde.

-¿Tuviste o tenés enemigos?
-Nunca tuve, creo, un verdadero enemigo. Pero si me pedís un ejemplo, te diré que en los últimos tiempos, Jorge Abelardo Ramos me atacó duramente. Vos sabés que él es trotskista y durante la primera presidencia de Perón, con el seudónimo de Víctor Almagro, publicaba en Democracia sinuosos artículos de corte maccarthysta, antes de Mac Carthy. Pero siendo él quien es, me hizo un favor. Y mirá, pienso ahora en aquella frase del agudo Oscar Wilde: "Yo elijo mis enemigos entre las personas inteligentes".

-¿Te gusta sentir que has descubierto algún nuevo poeta? ¿Consideras que descubriste alguno?
-Mirá, me encanta, e insisto en que me tocó descubrir a Juan Germán, a Héctor Negro, entonces desconocidos que leían sus versos en un teatro independiente, y luego a Julio César Silvia. Fuera del país, si no descubrí en España a Miguel Hernández, pues antes ya lo habían hecho Neruda y Aleixandre, intervine estimulándolo, en su tránsito de los sonetos muy brillantes, pero dentro de una retórica tradicional, a Viento del pueblo, gran libro, en el que se anunciaba como la nueva voz de la poesía española. Y en Chile puede decirse que descubrí a Nicanor Parra -no el actual, divagador, convencional, un poco reaccionario, con resabios dadá-surrealistas que ya no sorprenden a nadie- sino al lúcido poeta a quien alenté desde las páginas del suplemento dominical de El Siglo, que yo fundara con otro notable chileno: Julio Moncada.

-¿Qué poemas te hubiera gustado escribir?
-Bueno, no sé, creo que me hubiera gustado volver a escribir los poemas que en mi juventud quedaron por ahí, en ciertas pensiones, en ciertos fondines de los puertos. Puedo contestarte indirectamente recordándote el final de un poema de La veleta y la antena, mi último libro: "... pero amo y comprendo a los niños terribles / y al corazón alegre de las veletas que ellos aman /y a los poemas que yo amo y nunca escribiré."

-¿Extrañás al viejo Buenos Aires?
-Extraño del viejo Buenos Aires lo que fue más entrañable. Lo extraño y lo amo, como amo aspectos, rincones, los poquísimos que quedan y como amo muchas cosas del Buenos Aires actual. Esto se revela en poemas de mi último libro inédito El banco en la plaza, escrito entre 1970 y 1972. Sigo descubriendo cantidad de cosas que se harán a la vez entrañables, perdurables. Y existe algo que no ha cambiado: es el porteño, el espíritu del porteño "un poco chacotón y un poco triste", corno escribió Carriego. ( ... )

-¿Qué pensás de la muerte?
-La veo como algo que tiene que ver con la vida, con el otro lado de la vida. Con un pie en la dialéctica y otro en el panteísmo, creo que "nada se pierde y todo se transforma".

-¿Le tenés miedo?
-No, en principio, pero sí cuando pienso que me va a apartar de los seres queridos, de todo lo que amo en el país y en el mundo, de esta hora de renacimiento de los pueblos africanos y latinoamericanos.

-¿A qué cosa le tenés miedo?
-A que gobierne la Argentina un gobierno militar.

-¿Alguna vez pensaste en ser alguna cosa especial: ser marinero, pescador, o una cosa así?
-Acertaste, Horacio, me hubiera gustado ser marinero, claro.

-Raúl, ¿tenés miedo de llegar a viejo alguna vez?
-Ya llegué, pero no me siento viejo. Digo: sigo vivo, es decir, sigo luchando y escribiendo. Sigo caminando por mi ciudad y saliendo al interior del país, a dar charlas y a escuchar a los más jóvenes. A mi carnet de viaje agregué primero Uzbekistán, después Cuba. En estos días volveré a nuestra Salta y a nuestro Chaco.

Tomado de www.elortiba.org
***
La luna de Barranca Yaco

No es la luna serena y honda que anda en Tulumba
sino la luna roja, degollada, que yo exalté en Gatuna,
de la estirpe llanera.
Cada año visita el recodo maldito
convocando a un pequeño fantasma solitario.
Es el del muchachito postillón, aún perplejo,
que allí quedó esperando un velorio imposible
desde que Santos Pérez dio otro giro a la Historia
desconcertando el rumbo de la sangre.

Allá en la Recoleta, Juan Facundo, el riojano
que le hizo larga sombra al arrogante
señorío feudal de Juan Manuel de Rosas,
turbado por el ruido de un folklore dudoso
de cuño comercial y música barata
piensa en el ángel de la escolta,
esa inocencia que no pudo crecer
para mirar como a la vez crecían
la patria y las guitarras,
los puñales, los sueños, el trigo, las chinitas.

La luna de Barranca Yaco.
***
LOS SUEÑOS DE LOS NIÑOS INVENTANDO PAÍSES

"Cuando paso frente de un local donde exponen pinturas de niños, sigo de
largo."

BATLLE PLANAS

Porque el niño conserva todos los libres bríos
de la invención, baraja sus monstruos increíbles
y sus enloquecidos ángeles.
La bárbara inocencia sin prejuicios de la primera pureza
y el espléndido caos, el delirio de la razón, la fantasía.

El niño es el primer surrealista.

Y crece es hombre, y sigue viviendo mas no sabe
y quien lo lleva adentro así lo ignora.
A veces, de manera sutil, eso supongo,
en cada acto adulto la infancia nos vigila
-una voz, un suceso rotundo, familiar, una lámpara,
una paloma herida con mensaje-.

Todo hombre en el final minuto de su invierno
piensa en algo lejano cuando muere.
Y la muerte es el último país que el niño inventa.
***
JUANCITO CAMINADOR

murió en un lejano puerto-
El prestidigitador
poca cosa deja al muerto.

Terminada su función
-canción, paloma y baraja-
todo cabe en una caja,
todo, menos la canción.

Ponle luto a la pianola,
al conejito, a la estrella,
al barquito, a la botella,
al botellón, a la bola.

Música de barracón
-canción, baraja y paloma-
flor de campo sin aroma
Todo, menos la canción.

Ponle luto a la veleta,
al gallo, al reloj de cuco,
al fonógrafo, al trabuco,
al vaso y a la carpeta.

Su prestidigitación
-canción, paloma y baraja-
el tiempo humilla y ultraja,
Todo, menos la canción.

Mucha muerte a poca vida,
que lo entierre de una vez
la reina del ajedrez
y un poeta lo despida.

Truco mágico, ilusión,
-canción, baraja y paloma-
que todo en broma se toma,
todo, menos la canción.
**
Imagen tomada de panoramio.com

jueves, 4 de junio de 2009

En qué lámpara pura


Poemas de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
(Buenos Aires, 1905-1974)


Escrito sobre una mesa de Montparnasse

Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
–cada ventana paga su pedazo de sol con una canción,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como
una canción,
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor
de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso
es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre
necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la
mujer
siquiera dos veces a la semana.

Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me
comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.

Una noche bajo la vieja luna de París degollada
en los techos
–la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes–
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán
es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que
hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra.

¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus
mujeres y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.

¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.

¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y
barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.

¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose
hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome
briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los
viajeros extraviados.

Nosotros tenemos además estaciones abandonadas,
pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.

Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente
constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.

Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola
palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por
ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo
recuerdo para mí.

Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del
cristal, de la luz,
de la caricia
–destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo–
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.
***

Texto de Raúl González Tuñón que describe los bombardeos a Madrid durante la ofensiva fascista
(Este poco conocido texto del poeta es una crónica que habría sido publicada por el periódico La Nueva España, editado en Buenos Aires, y recogido en el libro Las puertas del Fuego –1938–, según figura en el Tomo I de La luna con gatillo, editorial Cartago, de 1957. Lamentablemente, en esa selección de Cartago no figura este texto. Dato corroborado por Jorge Aulicino y la dicente.)

Abrí los ojos y nací a las cinco de la mañana. Desde hacía una hora, más o menos, mi sueño no era definitivo. Tenía la sensación de estar haciendo esfuerzos para quitarme un fardo de encima. Para quitarme la noche. Grandes y pequeños ruidos asediaban mi cabeza perfectamente incontrolable. A las cinco fue la lucidez. Desde que estoy en Madrid no había oído estruendo igual. Tan constante. Nada, posiblemente ni los tanques ni los aviones pueden ser tan impresionante como los obuses que, esos sí, no se sabe ni de dónde vienen ni adónde van.

A las siete de la mañana de ese día -11 de mayo- perdí la cuenta. Pensaba: hay quienes en este momento trazan rayas en un papel por cada obús que llega. Hay quienes recogen a los heridos y a los muertos. Hay quienes les dan entrada en los hospitales y en los cementerios; en esos libros manoseados que la historia suele revisar después. Tal vez haya muerto una mujer que vi en la cola del tabaco. O un ex jefe de Negociado -que siempre se le conoce-. O el niño que cantaba en Santo Domingo: 'Cuando viene la aviación, la aviación, la aviación...' con música de 'Los Tres Chanchitos'. O aquel hombre que dijo: 'El obús que me toque tendrá que llevar esta inscripción: Gregorio García.' Mejor así: 'Para Gregorio García'. Es más correcto.

De pronto la habitación era sacudida por un viento atronador. Todo se estremecía: mi cama, los dos o tres libros desvelados, las fotografías de la gente que ocupaba esta casa, intrusas hoy, la recomendación (para ordenanza de Banco), la tarjeta del abate Jean, la casa, en fin, la vieja casa del conde, los cristales, las sonatas dormidas en los pianos amarillos y muertos, el 'schottis' de Don Quintín últimamente colocado en la pianola: el retrato del Papa y el de Joselito, ambos con dedicatoria a la Condesa, ya acabada como ellos: la gran Biblioteca, así como los relojes, los muebles en cuyos cajones yacen las cartas, las recomendaciones, otras tarjetas de visita, el balance del año '35; y luego las tulipas, las pantallas, las flores pintadas, los cortinados, los ceniceros, las alfombras. Ese buen gusto desagradable de comedia fina, ese, a veces, agradable mal gusto y delicioso ridículo que recuerdan la presencia en esta casa de alguien que tuvo cierto ángel, pero cuyos descendientes bajaron después a la cursilería frívola, al clero, a la novela rosa, a lo que no subirá más a la superficie de España ardida y desgarrada y poderosa.

Porque sucede que la guerra trae consigo a la revolución y lo único que quedará de esta casa será la Biblioteca, el retrato de Joselito, por ser auténtico, y tal vez la guardarropía de los condes y de la capilla donde se amontonan disfraces tan parecidos a los que se ven en los escenarios dados vuelta cuando se marcha la compañía y que irán a parar, sin duda, a manos de los utileros de un posible teatro de la Alianza.

Hacia las diez de la mañana pasaron los aviones. Ya estaba en pie y corrí a la ventana. Todavía seguían cayendo los obuses en el corazón de Madrid, de heridas y latidos universales. Casi en seguida dejaron de caer. Nuestros aviones habían detenido al crimen. Y como los aviones fascistas no ofrecen nunca combate, los cañones fascistas, por temor a ser localizados, fueron silenciados y escondidos otra vez en la tierra ofendida por la zapa cobarde. (Esto no es demagogia, es un documento.) Pero después en la calle, con el sol, con la gente, con los niños, con las pipas, con las colas, con la Puerta de Alcalá, con Cibeles, con la Granja -había cerveza-, consumiéndome de amor, de ternura y de coraje, recobré otra vez a Madrid y a su reloj de Gobernación donde se da la hora de España. Y unas piernas rígidas y un niño corriendo hacia los escombros meemocionaron hasta llorar. (La poesía no es sólo experiencia, como decía Rilke. ¡También los sentimientos!)

En el frente de la Gran Vía me aguardaban el polvo amontonado, las vidrieras rotas, los comentarios de la indignación y el humor popular. La huella del crimen, casi borrada ya por la sonrisa de Madrid. Porque lo que no pudo conseguir la aviación no lo lograrán los obuses. ¿A qué este tremendo golpe súbito, este humo, este estruendo, estas muertes, estos letreros sobre las piedras, 'peluquero de señoras'. 'Las señas en la casa vecina', estas sastrerías desplomadas, estos incorrectos maniquíes? ¿Y estos obuses lanzados ciegamente, sin objetivo militar, por lo que detrás de nuestros parapetos, más allá de nuestras trincheras, aunque lanzaran sobre Madrid toda la metralla de los países fascistas no podrían siquiera conquistar la ceniza que sigue a toda muerte? Madrid, de sangre o polvo, no sería jamás conquistada por los bárbaros. El corazón de Madrid, crecido inmensamente por noviembre, nació del toro y la paloma. Tiene el secreto del valor y de la gracia.

[Fuente: http://www.nodo50.org/haydeesantamaria]
Tomado de http://www.elortiba.org/rgt.html#Texto_de_Raúl_González_Tuñón

ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA (1926)

I

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

II

Lamparillas de la Kermesse,

títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.

III

Teatrillos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría.
Paraísos artificiales.

IV

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.
Pero sobre todo mujeres
para hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown
y el trala–trala–trálala
ritma en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
De vida miliunanochesca…

V

¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo…

¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!

VI

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

JUANCITO CAMINADOR

Juancito Caminador murió en un lejano puerto
El prestidigitador
poca cosa deja al muerto.

Terminada su función
–canción, paloma y baraja–
todo cabe en una caja,
todo, menos la canción.

Ponle luto a la pianola,
al conejito, a la estrella,
al barquito, a la botella,
al botellón, a la bola.

Música de barracón
–canción, baraja y paloma–
flor de campo sin aroma
Todo, menos la canción.

Ponle luto a la veleta,
al gallo, al reloj de cuco,
al fonógrafo, al trabuco,
al vaso y a la carpeta.

Su prestidigitación
–canción, paloma y baraja–
el tiempo humilla y ultraja,
Todo, menos la canción.

Mucha muerte a poca vida,
que lo entierre de una vez
la reina del ajedrez
y un poeta lo despida.

Truco mágico, ilusión,
–canción, baraja y paloma–
que todo en broma se toma,
todo, menos la canción.

EDGAR POE

PETER Brueghel, Iernimus Bosch, y Patinir,
Goya y Petrus Borel lo hubieran comprendido
(¿quién dijo que el delirio de la razón
engendra monstruos?).
La sociedad de los Rotarios,
los linchadores de negros y de rosas,
los verdugos de niños y de sueños
le daban asco y él bebía, ¿para olvidar?,
cuando aún no existían
las letras de los tangos tristes.


BAUDELAIRE

FUE UN profeta y vislumbraba el siglo
en que la acción fuera hermana del sueño
y reinventó la poesía, una manera
de recordar que el poeta es un hombre
al que a veces agobian la incomprensión, el barro,
el alquiler, la luna.
Pero él fue poeta, inmenso como un río.
Un río puro impuro
que arrastró légamo y estrellas.


RIMBAUD

…¿PERO por qué murió allá en Marsella
tan cerca de la luz atrevida del muelle,
la Canabière, la sopa de pescado,
las rosadas mujeres de la feria
y el viejo olor que viene de los barcos
sin confesar dónde enterró la poesía
–como a un pájaro loco–, en qué baldío,
en qué lámpara pura, en qué ventana,
en qué lluvia crecida con violetas?

Donde el futuro está esperando.

LLUVIA

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta.

La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.

Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

***
RAÚL

Raúl, si el cielo azul se constelara
sobre sus cinco cielos de raúles
a la revolución sus cinco azules
como cinco banderas entregara.
Hombres como tú eres pido para
amontonar la muerte de gandules,
cuando tú como el rayo gesticules
y como el rayo al rayo des la cara.
Enarbolado estás como el martillo,
enarbolado truenas y protestas,
enarbolado te alzas a diario
y a los obreros de metal sencillo
invitas a estampar en turbias testas
relámpagos de fuego sanguinario.

Miguel Hernández
***

"Generoso con sus libros que repartía a manos llenas, poeta pobre hasta el final, él escribió uno de los poemarios más altos en la lírica de habla castellana, La calle del agujero en la media, y uno de los más estremecedores de la épica, La rosa blindada, escrito en 1936 en homenaje al levantamiento de los mineros de Asturias e impreso en los Talleres de la Federación Gráfica Bonaerense. Pero acompañó con entusiasmo a la vanguardia surrealista. Siempre en la primera línea. Modesto al extremo. “César Vallejo es el mejor de todos nosotros”, nos dijo alguna vez. Y también fue el primero en pelearle al olvido. Allí está su poemario Demanda contra el olvido. Cantata para nuestros muertos, de 1963. Nos dejó algunas frases que resumían su ética: “El hombre a la larga gotea por algún lado”. Pero ni su generación ni la mía lo vieron gotear jamás."
José Luis Mangieri
Página/12
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char