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jueves, 14 de julio de 2016

Nadie puede arrancarlo de la obsesión de la cámara oscura

Yves Bonnefoy

(Tours, Indre y Loira, Francia, 1923-París, id., 2016)



El pozo, las zarzas

Pero amamos esos pozos que velan lejos de las sendas
Porque nos preguntamos quién llega hasta su lado
Entre hierbas que las zarzas obstruyen, atraídos
Por las cúpulas que forman
Por sobre los matorrales, allí donde empieza
El país que sólo sabe de lo eterno;
Que se detiene cerca de ellos aún hoy,
Que los abre y se inclina en otro mundo.
El hierro oxidado resiste, rechina,
Queda en silencio cuando cae en la piedra
El palastro que separa ambos cielos.

Y no es sino un instante del estío, cuando
El grillo retorna asustado, más allá de la muerte,
Su canto que es materia hecha voz
Y quizás luz, pero para nada.
Notó que esas hierbas aplastadas,
Esas palabras, esta esperanza, no existieron
Más de lo que él (si así cabe nombrarlo) existe entre las zarzas
Que arañan nuestros rostros pero son sólo
La nada que araña a la nada en la luz.
***
Anti-Platón
(Fragmento)
I
Se trata de este objeto: cabeza de caballo más vasta que la naturaleza donde toda una ciudad se incrusta, sus calles y sus murallas corriendo entre los ojos, abrazadas al meandro y a la prolongación del hocico. Un hombre supo edificar de madera y de cartones esta ciudad, iluminarle sus flancos con luna verdadera, se trata de este objeto: la cabeza de cera de una mujer que gira desgreñada sobre el plato de un fonógrafo.

Todas las cosas de aquí, país del mimbre, de los vestidos, de la piedra, o para decir mejor: país del agua sobre los mimbres y las piedras, país de vestidos manchados. Esta risa de sangre cubierta, les digo, traficantes de lo eterno, simétricos rostros, ausencia de mirada, pesa mucho más en la cabeza del hombre que las perfectas ideas, ésas que sólo saben desteñirse en su boca.

II
El arma monstruosa un hacha con cuernos de sombra llevada sobre las piedras,
Arma de la palidez y del grito cuando giras herida en tu traje de fiesta,
Un hacha ya que es necesario que el tiempo se aparte de tu nuca, Oh pesada y toda la densidad de un país sobre tus manos al caer el arma.

III
Qué sentido prestar a esto: un hombre forma con cera y colores el simulacro de una mujer, la adorna con todas las semejanzas, la obliga a vivir, le prodiga con un sabio juego de iluminaciones esa vacilación incluso al borde del movimiento que también expresa la sonrisa.

Luego se arma de una antorcha, abandona el cuerpo entero a los caprichos de la llama, asiste a la deformación, a las rupturas de la carne, proyecta en el instante mil figuras posibles, se ilumina de tantos monstruos, ¿experimenta como un cuchillo esa dialéctica fúnebre en que la estatua de sangre renace y se divide en la pasión de la cera, de los colores?

IV
El país de la sangre se persigue bajo el vestido en carreras siempre negras
Cuando se dice Aquí inicia la carne de la noche y los falsos caminos se llenan de arena
Y tú sabia cavas para la luz de altas lámparas en los rebaños.
Y te vuelcas sobre el umbral del país insulso de la muerte.

V
Cautivo de una sala, del ruido, un hombre mezcla cartas. Sobre una: «¡Eternidad, te odio!» Sobre otra: «¡Que este instante me libere!»

Y sobre una tercera el hombre aún escribe: «Indispensable muerte.» Así, sobre la fisura del tiempo camina, iluminado por su herida.

VI
Somos de un mismo país sobre la boca de la tierra,
Tú de un sólo chorro metálico con la complicidad de los follajes
Y aquél que se llama yo cuando el día declina
Y se abren las puertas y se habla de la muerte.

VII
Nadie puede arrancarlo de la obsesión de la cámara oscura. Inclinado sobre una cubeta intenta fijar el rostro bajo la capa de agua: siempre el movimiento de los labios triunfa.
Rostro sin mástil, rostro extraviado, ¿bastará tocar sus dientes para que ella muera? Al paso de los dedos puede sonreír, como cede la arena bajo los pasos.

VIII
Cautiva entre dos ladrones de superficies verdes calcinada
Y tu cabeza de piedra ofrecida a los ropajes del viento,
Te miro penetrar en el verano (como una mantis fúnebre en el cuadro de las hierbas negras),
Te escucho gritar en el revés del verano.

IX
Se le dice: cava este poco de tierra mueble, su cabeza, hasta que tus dientes hallen una piedra.

Sensible solamente a la modulación, al paso, al estremecimiento del equilibrio, a la presencia afirmada en su estallido que ya lo cubre todo, busca la frescura de la muerte invasora, triunfa holgadamente de una eternidad sin juventud y de una perfección sin quemadura.

Alrededor de esta piedra hierve el tiempo. Con sólo tocar esta piedra: las lámparas del mundo giran, una iluminación secreta circula.

Versión de Pablo Montoya
***
Noli me tangere

De nuevo en el cielo azul vacila el copo
De nieve, el último copo de la gran nevada.

Y es como si en el jardín entrase aquella que
Bien había debido soñar lo que podría ser,
Esa mirada, ese dios simple, sin memoria
Del sepulcro, sin otro pensamiento que la dicha,
Sin otro porvenir
Que su disolución en el azul del mundo.

"No me toques, no", le diría él,
pero hasta el decir no sería luminoso.

Versión de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

viernes, 4 de junio de 2010

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir


Yves Bonnefoy
(Tours, Francia, 1923)

Las ranas, la tarde

I

Roncas eran las voces
De las ranas en la tarde
Allá donde el agua del estanque, percolando sin ruido,
Brillaba entre la hierba

Y rojo era el cielo
En los limpios cristales
Todo un río la luna
Sobre el plano terrestre

Tomados o no de nuestras manos,
La misma abundancia.
Abiertos o cerrados nuestros ojos,
La misma luz.
***
II

Se entretenían, en la tarde
Sobre la terraza
De donde partían los caminos, de arena clara,
Del cielo inmesurable

Y tan desnuda ante ellos
Estaba la estrella
Tan próximo estaba su seno
Necesitado de labios

Que ellos se percataban
Que morir es sencillo,
Una rama separada por el oro
Del cuerpo ya maduro.

Una piedra

Mañanas que poseíamos,
Yo recogía las cenizas, llenaba
El balde, lo colocaba sobre la baldosa,
Con él regaba en toda la sala
El olor impenetrable de la menta

Oh recuerdo,
Tus árboles en flor ante el cielo
Se puede creer que nieva
Pero la luz del sol se extiende sobre el camino
El viento de la tarde derramaba su abundancia de chubascos.

Una piedra

Todo era pobre, desnudo, transfigurable
Nuestros muebles eran sencillos como las piedras
Tan sólo amábamos el saliente del muro
Fue ese espigón donde probábamos los mundos.

Desnudos, esa tarde
Los mismos de siempre, como la sed,
La misma tela roja, desgastada
Imagen, pasajera,
Nuestros inicios, nuestras prisas, nuestras confianzas.
***
La lluvia de verano

I

El más querido y no por eso
Menos cruel
De todos nuestros recuerdos, la lluvia de verano
Repentina, breve.

Salíamos, y era estar
En otro mundo
Nuestras bocas se embriagaban
Del olor de la hierba

Tierra
El manto de la lluvia se extendía sobre ti.
Aquello era como el seno
Que hubiese soñado un pintor.
***
II

Y de pronto en el cielo
Percibíamos
Ese oro que la alquimia
Había buscado tanto.

Lo tocábamos, brillante
Sobre las ramas bajas,
De aquello amábamos el gusto
Del agua, sobre nuestros labios.

Y cuando recogíamos
Ramas y hojas secas
Ese humo al final de la tarde, brusco, ese fuego,
Era también el oro.
***
En el mismo río

I
A veces toma el espejo
Entre el cielo y el cuarto
Entre sus manos el mínimo
Sol terrestre.

Y las cosas, los nombres
Es como si
Las voces, las esperanzas se divirtieran
En el mismo río.

Donde se puede soñar
Que las palabras no existen
Aguas debajo de ese río, río de paz,
Demasiado para el mundo,

Y hablar no es más
Que cortar el cuello
Del cordero que, confiado,
Se deja llevar por la palabra.
***
II

Soñar: que la belleza
Sea verdad, la evidencia
Misma, un niño
Que pasa, emocionado, bajo una troja.

Él se levanta y, feliz
De tanta luz,
Estira su mano para agarrar
La roja uva.
***
III

Y más tarde se entiende
Sólo con su voz
Como si anduviese desnudo
Por una playa

Y tuviese un espejo
Donde todo el cielo
Se abriera, a grandes rayos, que colorearan
Toda la tierra.

Él se detiene a veces,
Aquí o allá,
Su pie arrastra, distraídamente,
El agua sobre la arena.
***
PERO QUE SE CALLE ESA QUE VELA

Pero que se calle esa que vela todavía
En el hogar, su rostro caído entre las llamas
Que permanece sentada, careciendo de cuerpo

Que habla de mí con los labios cerrados,
Que se levanta y me llama, careciendo de carne,
Que se aleja abandonando su cuerpo dibujada,

Que ríe siempre, habiendo muerto la risa hace tiempo.
***
LA IMPERFECCIÓN ES LA CIMA

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir,
Sucedía que la salvación sólo era posible a ese precio.

Arruinar el rostro desnudo que asciende en el mármol,
Machacar toda forma, toda belleza.

Amar la perfección porque ella es el umbral,
Pero negarla una vez conocida, olvidarla muerta

La imperfección es la cima.

**
Traducción: William Guaregua
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char