miércoles, 29 de julio de 2009

Tedio patricio te rodea













PIER PAOLO PASOLINI
(Italia, 1922–1975)


Las cenizas de Gramsci

CANTO 1

No es de mayo este impuro aire
que el oscuro cementerio extranjero
hace aún más oscuro, o lo ilumina

con ciegas claridades... este cielo
de babas sobre techos amarillentos
que en semicírculos inmensos velan

las curvas del Tíber, los turquesas
montes del Lacio... Expande una mortal
paz, desamorada como nuestros destinos

entre las viejas murallas el otoñal
mayo. En él está el gris del mundo
el fin del decenio en el que nos aparece

entre las inmundicias concluido el profundo
e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida,
el silencio, putrefacto e infecundo...

Tú joven, en aquel mayo en que el error
significaba aún la vida, en aquel mayo italiano
que a la vida agregaba al menos ardor,

por lo menos despreocupado e impuramente sano

de nuestros padres -no padre,

pero humilde hermano- con tu flaca mano
dibujabas el ideal que ilumina

(pero no para nosotros: tú muerto, y nosotros
muertos igualmente, contigo, en el húmedo
jardín) este silencio. No puedes,

¿lo ves? que descansar en este lugar
extraño, aún confinado. Tedio
patricio te rodea. Y desteñido

sólo te llega algún golpe de martillo
de los talleres del Testaccio aquietado
en el atardecer entre miserables techos, desnudos

montones de lata, hierros viejos, donde
canta inútilmente un muchachón que concluye
su jornada, mientras alrededor la lluvia cesa.

CANTO 2

Entre los dos mundos, la tregua en la cual no estamos.
elecciones, abandonos, otros sonidos no tienen
que estos del jardín acongojado

y noble, en el que el tenaz engaño
alentaba la vida queda en la muerte.
Los círculos de los sarcófagos no hacen más

que mostrar la sobreviviente suerte
de gente laica de laicas inscripciones
en estas grises piedras, cortas

e imponentes. Aun de pasiones
sin freno sin escándalo han ardido
los huesos de los poderosos de naciones

más grandes: silban, casi nunca desaparecidas
las ironías de los príncipes, de los pederastas
cuyos cuerpos están en las urnas esparcidos

ya cenizas y no aún castos.
Aquí el silencio de la muerte es fe
de un civil silencio de hombres permanecidos

hombres, de un tedio que en el tedio
del parque, discreto cambia: y la ciudad
que, indiferente, lo confina en medio

de tugurios y de iglesias, sacrílego en la piedad
allí pierde su esplendor. Su tierra
plena de ortigas y verdores alimenta

esos flacos cipreses, esta negra
humedad que mancha los muros alrededor
de los flacos entrelazamientos de los tallos, que el anochecer

apaga serenando desnudos
olores de alga... este pasto débil
e inodoro, donde se hunde violeta

la atmósfera, con un temblor de menta
o heno podrido, y quietamente anuncia
con diurna melancolía, la apagada

trepidación de la noche. Áspero
de clima, dulcísimo de historia, está
entre estos muros el suelo que suda

otro suelo; esta humedad que
recuerda otra humedad; y resuenan
familiares de latitudes y

horizontes donde inglesas selvas coronan
lagos perdidos en el cielo, entre praderas
verdes como billares fosfóricos o como

esmeraldas: "and O ye Fountains..." las piadosas
invocaciones.

CANTO 3

Un trapo rojo como aquél
enroscado en el cuello de los partisanos
y cerca de la tumba, sobre el terreno calcinado

diferentemente rojos, dos geranios.
Allí yaces, señalado con adusta elegancia
no católica, en el elenco de los extraños

muertos: las cenizas de Gramsci... A la esperanza
y a la vieja desconfianza te acerco, caminante
sin rumbo en esta flaca tierra, frente

a tu tumba, a tu espíritu apresado
acá entre estos liberados (O existe algo
diferente, quizá de mayor éxtasis

y también de mayor humildad, ebria simbiosis
adolescente de sexo y muerte...)
y desde este país en el que no tuvo descanso

tu alerta, percibo qué error
aquí en la quietud de las tumbas -junto
a qué razón en el inquieto destino

nuestro- tuviste escribiendo las supremas
páginas en los días de tu asesinato.
Aquí para testimoniar el semen

aún no esparcido del antiguo dominio,
estos muertos aferrados a una posesión
que ahonda en los siglos su abominación

y su grandeza: y al mismo tiempo obsesión
esa vibración de yunques, sordamente
sofocada y profunda -del humillado

barrio- para verificar el fin.
Y heme aquí... pobre, vestido
con ropas que los pobres espían en las vidrieras

de chillón fulgor, y que han perdido
la suciedad de perdidas calles
de los bancos de tranvías que vuelven

confuso mi día: mientras siempre más raras
son estas vacaciones, en el tormento
de mantenerme vivo; y si me ocurre

de amar el mundo no es más que por un violento
e ingenuo amor sensual
así como, confundido adolescente, en una época

lo odié, si me hería el mal
burgués a mi burgués: y ahora, dividido
-contigo- objeto parece

de rencor y si casi de místico
desprecio, la parte que tiene el poder?
sin embargo sin tu rigor, subsisto

porque no elijo. Vivo en la apatía
de la eclipsada postguerra: amando el mundo que odio -su miseria

despreciable y perdida- por un oscuro escándalo
de la conciencia...

CANTO 4

El escándalo de contradecirme, de estar
contigo y contra ti; contigo en el corazón
a la luz, contra ti en las oscuras vísceras;

de mi paterno estado traidor
en el pensamiento, en una sombra de acción-
me sé a él aferrado en el calor

de los instintos, de la estética pasión;
atraído por una vida proletaria
anterior a ti, es para mí una religión

su alegría, no su milenaria
lucha; su naturaleza, no su
conciencia; es la fuerza originaria

del hombre que en el acto se ha perdido
que da a la ebriedad de la nostalgia
una luz poética; y más

no sé decir que no sea
justo pero no sincero, abstracto
amor, no profunda simpatía...

Como los pobres, pobre, me aferro
como ellos a humillantes esperanzas,
como ellos por vivir lucho

cada día. Pero en la desolada
condición mía de desheredado
yo poseo: y es la más exultante

de las posesiones burguesas, el estado
más absoluto. Pero como yo poseo la historia
ésta me posee: me ha iluminado

pero ¿para qué sirve la luz?

CANTO 5


No menciono al individuo, al fenómeno
de ardor sensual y sentimental
y de hábitos, otro es el nombre

y la fatalidad de su pecar.
Pero en él mezclados como comunes
vicios uterinos, ¡y cómo

preciso el pecar! No son inocentes
los internos y extremos actos, que lo hacen
encarnarse a la vida, y por ninguna

de las religiones que en la vida están,
hipoteca de muerte, instituidas
para engañar la luz, para dar luz al engaño.

Destinados para ser sepultados
sus despojos en el verano, es católica
su lucha con ellas: jesuíticas

las resistencias con que dispone el corazón
y aún más adentro; tiene bíblicas astucias
su conciencia... e irónico ardor

liberal... y torpe luz, entre los disgustos
de dandy provincial, de provincial
salud... Hasta los mínimos detalles

con que se desdibujan, en el fondo animal
Autoridad y Anarquía... bien protegido
por la impura virtud y por el ebrio pecar,

defendiendo con ingenuidad de fanático
con mucho entusiasmo ¡Vive el yo: yo
vivo, eludiendo la vida, teniendo en el pecho

el sentido de una vida que signifique el olvido
profundo, violento... Ah cómo
entiendo, mudo en la fraternal caricia

del viento, aquí donde permanece muda Roma
entre los cipreses cansadamente sacudidos
cerca de ti, el alma de la que el grafito susurra

Shelley... comprendo ahora el remolino
de sentimientos, el capricho (griego
en el corazón del patricio, nórdico

viajero) que lo tragó en el ciego
celeste del Tirreno, la carnal
alegría de la aventura, estética

y pueril, mientras yaciendo Italia
como dentro del vientre de una enorme
cigarra, abre los blancos laterales

esparcidos en el Lacio con veladas muchedumbres
de pinos barrocos, de amarillentos
espacios la radicha donde duerme

con el miembro hinchado entre jirones un sueño
goethiano, el joven pastor romano...
En la Maremma, oscuros, de soberbias cuevas

de hierbas, entre las que se destaca claramente
el almendro, por los senderos que la huella
de su juventud colma ignorando.

Ciegamente perfumadas en las secas
curvas de Versilia, que sobre el mar
enroscado, ciego, las tersas pinceladas

de los encastres leves de su pascual
campaña enteramente humana
expone, oscurecida en Cinquale

desovillada bajo la tórrida Apuana
los azules vítreos sobre el rosa... De escollos,
rotos, sacudidos, como por un pánico

de fragancia en la Ribera, blandura
ríspida donde el sol lucha con la brisa
para dar suprema suavidad al aceitoso

mar... Y alrededor zumba alegremente
el exterminado instrumento de percusión
del sexo y de la luz: así acostumbrada

está Italia que no tiembla, como
muerta en vida: gritan con ardor
desde cientos de puertos el nombre

del compañero y los jóvenes sudorosos
en la oscuridad del rostro, entre gente
de la ribera, en los huertos de cardos en sucias playas...

¿Me pedirás tú, muerto descarnado,
abandonar esta desesperada
pasión de estar en el mundo?

CANTO 6

Me voy, te dejo en el atardecer
que aunque triste, tan dulcemente desciende
para nosotros los vivos, con la luz de vela

que al barrio en penumbra descubre.
Y lo desordena. Lo hace aún más grande, vacío
más amplio y lejano, lo enciende

de una vida inquieta, y del ronco
rodar del tranvía, de los gritos humanos
dialectales, conjuga un concierto sordo

y absoluto. Y sientes cómo en aquellos lejanos
seres que en la vida gritan, ríen,
en aquellos sus vehículos, en aquellos tristes

caseríos donde se consume el infiel
y expansivo don de la existencia-
esa vida no es más que un temblor,

corpóreo, colectiva presencia;
sientes la ausencia de toda religión
verdadera, no vida sino sobrevivencia

-quizás más dulce que la vida- como
de un pueblo de animales, en el que el misterioso
orgasmo no tenga otra pasión

que la del actuar cotidiano:
humilde fervor a la que da sentido festivo
la humilde corrupción. Cuanto más vano es

en este vacío de la historia, en esta
ronroneante pausa en la que la vida calla
todo ideal, mejor se manifiesta

la estupenda, adusta sensualidad
casi alejandrina, que todo lima
e impúdicamente enciende, cuando acá

en el mundo algo se derrumba, y se arrastra
el mundo, en la penumbra al volver
a plazas vacías, a talleres sin entusiasmo...

Ya se encienden las luces, ribeteando
via Zabaglia, via Franklin, todo el
Testaccio, despojado de su gran

escuálido monte, los caminos a lo largo del Tíber, la negra
profundidad, más allá del río, que Monteverde
amasa o esfuma invisible sobre el cielo.

Diademas de luces que se pierden
brillantes y frías de tristeza
casi marina... Falta poco para la cena;

brillan los pocos ómnibus del barrio
con racimos de obreros en las puertas
y grupos de militares van, sin apuro

hacia el monte que cobija en medio de montones
sucios y muchos cestos de basura
a la sombra, subrepticias mujerzuelas

que esperan ansiosas sobre la basura
afrodisíaca; y no lejos, entre casillas
abusivas a los costados del monte, o en medio

de las casonas, como mundos, muchachones
livianos como jirones juegan en el aire
no ya frío, primaveral; ardientes

de desenfado juvenil su romana
tarde de mayo, oscuros adolescentes
silban por la calle, en la fiesta

vespertina; y estruenden las persianas
de los garajes de golpe, alegremente
si la oscuridad vuelve sereno el atardecer,

y en medio de los plátanos de la plaza Testaccio
el viento que cae en lenguas de tempestad
es muy dulce, aunque afeite los sombreros

y los olores del matarife, se odorice
con sangre putrefacta, y por doquier
sacuda rechazos y olor de miseria.

Es un murmullo la vida, y estos perdidos
en ella la pierden serenamente
si el corazón tienen colmo de ella: a gozar

he los miserables, el atardecer; y potente
en ellos, inerme para ellos, el mito
renace... Pero yo con el corazón consciente

de quien solamente en la historia tiene vida
¿podré alguna vez por pura pasión actuar
si sé que nuestra historia ha concluido?


Foto: Pasolini ante la tumba de Gramsci

Tomado de http://lavquen.tripod.com/poemas_pasolini.htm
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char