jueves, 26 de agosto de 2010

Una sola y fatigada desesperación

JOAQUÍN GIANNUZZI

(Buenos Aires, Argentina, 1924-Salta, íd., 2004)

La gallina

Mi ventana se abría hacia el jardín
como a una fresca prehistoria. Estaba allí
gallarda señora, de moteada pluma nerviosa
abultando el pecho hacia el sol, como un posible
lenguaje orgulloso: una gracia personal en un carácter,
paseando la certeza de la especie, picoteando
semillas, cáscaras, gusanos, regida
por la orientación instantánea de sus ojos.
Y de pronto una ráfaga fría paralizó
en un rápido pánico su ardiente cabeza:
y la noción del cambio
fue un oscuro dolor en su aterrado cerebro.
Entonces le transferí
los deseos de un universo estable
lo bastante iluminado para seguir comiendo:
un ritmo puntual que desmintiera
mi humillada respiración detrás del vidrio,
el triste conocimiento de la pérdida.
***
La peste

Estas calles y sus días se alargan con mucho sufrimiento
a total disposición del mal.
Por algún milagro que desconozco
por la ciudad camino todavía.
La época dispara su metralla hacia distintas direcciones
y toda cosa viva se ofrece como un blanco propicio a la peste.
Cómo se entiende esto, la intensidad
con que una mano se justifique
en el aniquilamiento de otra.
Sigo de pie, no destruido sino hecho a un lado,
apartado hasta que se agote la humanidad de mis ojos
y todas sus rotas convicciones.
Antes de caer baleado
-y todo el mundo ignorando en nombre de qué fue mi blanco/elegido-
me pregunto si llegaré a tiempo para morir sin asco ni locura.
***
Final de época

He llevado oscuramente en el bolsillo
un pequeño proyecto de muerte personal
en un país humillado. Los nervios principales
se inclinan hacia la mesa y mi cobarde cabeza cae
a la penumbra de la vida interior. La historia
tira de las piernas y finalmente me expulsa
a puntapiés del planeta, acompañado
de otros cadáveres
igualmente insufribles e hinchados
de informaciones falsas. Qué vergüenza
en la voluntad de lo viviente. Otros optaron
hasta la aniquilación
por indefensas verdades y otros por el dormitorio.
Acorralado por todas las incertidumbres
nada quedó resuelto. En mi bolsillo resta
una sola y fatigada desesperación.
***
Hueso cavando

Esta es la hora del hueso de mi cara
en la mitad de la noche irracional,
vuelto sobre la almohada, hundido,
tan remoto de las manos dormidas, cargado
de conciencia en bruto, hurgando hacia abajo,
en las posibles opciones de la oscuridad.
Este obrero nocturno cavando,
este hueso autónomo que me reserva el día
dónde sólo puedo apostar a las apariencias
apenas pulidas
por el extremo de mis nervios principales.
***
Teólogo en la ventana

Este cerrado dolor de cabeza
causado por la presión del mundo visible
reclama un significado.
Pero la visión de la calle desde mi ventana
sólo ofrece alternativas a una apariencia dislocada
hecha de fragmentos trémulos, colores dudosos
y un sufrimiento de cosa oscuramente mezclada consigo misma.
¿Qué materia desean los ojos y que no pueden ver?
No esta especie de traición a lo largo del pavimento,
la naturaleza criminal que revelan los automóviles,
el taciturno rumor de los objetos manufacturados,
la vacilante verdad de la muchedumbre hacia el ocaso,
los asuntos de esta terrible sociedad que se aplasta al planeta.
¿Cuál es la relación de esta escena con el otro orden?
La divinidad está aquí por delegación sombría.
Hay un millón de ventanas y cada una padece
su teólogo fracasado ante la única realidad posible
con su correspondiente dolor de cabeza al anochecer.
***
La dalia roja

La dalia roja, este año
de azul raspada
tiende a girar cada tarde
como un pensamiento retórico
sobre el tallo doblado.
Masa atrapada en su propio resplandor,
gravitación carnal,
peso de agua y viento
todo es la misma vida unificada
frente a estas manos que oscurecen
al borde de la ventana, unidas para salvarse,
con aguda conciencia de su movimiento libre
y del desvanecimiento universal.
**
Imagen tomada de aromito.com
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char