martes, 16 de noviembre de 2010

Ni tú tienes derecho a decirme que no

BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO
(Buenos Aires, 1886-1950)



¡¡¡¡LE DIGO A UN SAUCE!!!!



Sauce: en verdad te digo que me das compasión;
Como si fuera un nido se te ve el corazón.
Tu pecho, verde claro, no puede guardar nada;
Te penetra hasta el fondo la primera mirada.

Cuando desciende el sol, ¡Oh sauce!, al iluminarte,
Te atraviesa como un puñal de parte a parte;
Y a través de tus ramas, perezosas y bellas,
Filtra toda la noche con su millón de estrellas.

Aprende, sauce, de ese ciprés fúnebre y mudo,
Grave como un secreto y prieto como un nudo.
***
Palabras

Me borré el doctor
hace mucho tiempo.
Borré la inicial
de mi nombre feo.

No quiero ser nada
ni malo ni bueno.

Un pájaro pardo
perdido en el viento.
***

Ved en sombras el cuarto, y en el lecho
desnudos, sonrosados, rozagantes,
el nudo vivo de los dos amantes
boca con boca y pecho contra pecho.

Se hace más apretado el nudo estrecho,
bailotean los dedos delirantes,
suspéndese el aliento unos instantes...
y he aquí el nudo sexual deshecho.

Un desorden de sábanas y almohadas,
dos pálidas cabezas despeinadas,
una suelta palabra indiferente,

un poco de hambre, un poco de tristeza,
un infantil deseo de pureza
y un vago olor cualquiera en el ambiente.
***

Tal vez haya soñado con un beso instantáneo...

Tal vez haya soñado con un beso instantáneo,
dos estrellas fundidas augustamente en una.
Un temblor en el cuerpo y un mareo en el cráneo
y un ponerse la sangre del color de la luna.

No, jamás me has besado ni siquiera la frente,
sólo has puesto los labios o los atraje yo.
Continuaré soñando, Alondra, eternamente.
Ni tú tienes derecho a decirme que no.
**

2 comentarios:

huggh dijo...

le digo a un sauce, le digo a un sauce!!!!

Anónimo dijo...

che, re lindo. caí de casualidad, y me gané unos poemas : )

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char