lunes, 27 de abril de 2009

Cambié mi vestido por mi túnica


Extractos de Mi vida
de ISADORA DUNCAN

(EE.UU., 1878-Francia, 1927)

Desde que vi expuestas sus obras me preocupaba el genio de Rodin. Un día me encaminé a su estudio, situado en la rue de l'Université. Mi peregrinación hacia Rodin se parecía a aquella de Psyche en busca del dios Pan en su gruta. Sólo que mi camino no me llevaba a Eros, sino a Apolo...
Rodin era pequeño, cuadrado, fuerte, con una cabeza completamente rapada y una barba abundante. Me fue enseñando sus obras con la sencillez de los verdaderamente grandes. De vez en cuando musitaba algunas palabras ante sus estatuas; pero una comprendía que esas palabras tenían muy poco significado. Pasaba las manos sobre ellas y las acariciaba. Recuerdo que me dio la sensación de que bajo sus manos el mármol corría como plomo fundido. Tomó un poco de yeso y, respirando con fuerza, lo estrujó en la palma de su mano. El fuego salía de él como de un horno radiante. En pocos momentos hizo un seno de una mujer, palpitante bajo sus dedos.
Me tomó de la mano, me metió en un coche y llegamos a mi estudio. Cambié a toda prisa mi vestido por mi túnica y bailé un idilio de Teócrito que Andrés Beaunier había traducido para mí de esta manera:

Pan amaba a la ninfa Eco;
Eco amaba al sátiro, etc...


"Me detuve luego a explicarle mis teorías sobre una nueva danza; pero en seguida me di cuenta de que no me escuchaba, sino que me contemplaba con los párpados entornados y los ojos penetrantes, y así, con la misma expresión que tenía ante sus obras, vino hacia mí. Pasó sus manos por mi cuello y por mis senos, acarició mis brazos, y sus dedos rozaron mis caderas, mis piernas y mis pies desnudos. Palpaba mi cuerpo como si fuera yeso, despidiendo un fuego que me ahogaba y derretía. Quería yo entonces entregarle todo mi ser, y así lo hubiera hecho si una educación absurda no me hubiera inspirado en aquel momento una actitud de espanto. Me puse mi traje sobre la túnica y lo despedí llena de asombro. ¡Qué pena! ¡Cuántas veces he lamentado esta ridícula incomprensión, que me arrebató del goce divino de ofrecer mi virginidad al Gran Dios Pan, al Poderoso Rodin! Mi arte y toda mi vida se hubieran enriquecido en aquel momento. No volví a ver a Rodin en dos años, hasta mi regreso de Berlín. Fue luego durante mucho tiempo mi amigo y mi maestro."
***

“Me dedicaba a leer todo lo que se había escrito en el mundo sobre el arte de la danza, desde los primeros egipcios hasta el día, y tomaba nota especial de todo lo que iba leyendo; pero cuando hube terminado esta tarea colosal, comprobé que los únicos maestros de baile que yo podía tener eran Juan Jacobo Rousseau -Emilio-, Walt Whitman y Nietzsche.”

2 comentarios:

huggh dijo...

porqué será que estos relatos siempre guardan un lugar de privilegio para el sueño... parecen exponernos ese lugar de... penumbra? intenso, hermoso esto que has subido... (bueno por todo y siempre gracias)

Irene Gruss dijo...

Gracias a usted por la visita, irene

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char